25 junio, 2013

Más sobre lo normal que nos parece lo extraño. Con la universidad como ejemplo



                Cuando me llegue el día de jubilarme formalmente, fecha por sí lejana y que no adelantaré ni aunque se vuelva a poder, me iré con algo de tristeza. No sé si tristeza es la palabra, pero no me refiero, desde luego, a sensaciones de nostalgia por los buenos años pasados o de añoranza de gentes y momentos. De eso poco. En los treinta años que llevo de oficio, he sido y soy feliz y privilegiado y en la universidad he conocido maravillosos colegas y amigos y un buen puñado de estudiantes que han merecido mucho la pena. Pero la mayor parte de los personajes vistos y con los que me he rozado son o bazofia moral o de una vulgaridad personal e intelectual que pasma. Así que no es de esa índole la tristeza aludida, no. Puede que perplejidad fuera términos que describiera mejor la sensación, pero uso demasiado esa palabra. Tal vez incomprensión pudiera valer, incomprensión de los entresijos y razones de fondo de un mundo que superficialmente me es tan familiar. En fin, tristeza, perplejidad, incomprensión, que sea lo que quiera con tal de que acierte a explicarlo. A ello voy.

                Es muy extraño ir dándose cuenta de que en tu lugar no importas a nadie, que menos que tú todavía importan los que son mejores que tú, y que, sin embargo, pululan dichosas y en plenitud las sabandijas. Comparemos y busquemos analogías, según es uso en este blog.

                Un grupo de personas crean un club de tiro al plato, con el propósito de poder competir en los mejores torneos de ese deporte y de ganar competiciones y trofeos en España y fuera, quién sabe si hasta tener un día un campeó olímpico. Las autoridades locales se implican y ponen dinero, mucho dinero. Los directivo del club se eligen de entre los socios y los candidatos prometen siempre que lograrán para los tiradores afiliados, y por extensión para esas tierras, éxitos mayores y premios cada vez más importantes. Ése es el marco en el que transcurrirá nuestra historia.

                Usted desde pequeño, o poco menos, tuvo afición al tiro y se quedaba boquiabierto leyendo sobre o viendo fotos o filmaciones de los viejos tiradores, y ya de jovencillo se sabía mil y un historias sobre memorables torneos y figuras señeras de la esa disciplina deportiva. Cuando tuvo edad, comenzó a hacer sus pinitos y le dijeron que sí podría ser usted un buen tirador. Así que, de un modo que al principio casi le parecía natural, fue pasando pruebas de ingreso en el club y de acceso a las competiciones. Todo marchaba a pedir de boca. Incluso el club o alguna institución pública le financiaron unas cuantas estancias juveniles en centros internacionales de alto rendimiento o de entrenamiento especial. Poco a poco, sin embargo, la extrañeza se apoderaba de usted, sepamos por qué.

                Hay que contarlo desordenadamente, pues son anécdotas y sucedidos que no tienen una trama ordenada ni una secuencia muy lógica. Diríase que existe un componente onírico y surreal, pero cuando mencionaré ahora son experiencias bien ciertas y que usted ha ido viendo y viviendo. Primero le extrañaron las pruebas para ir subiendo de categoría tanto dentro del club como en la Federación correspondiente. No sabe por qué, pero se había hecho la idea, al principio, de que tendría que disparar a un montón de platos los días de autos y conseguir unas marcas muy notables, mejores en cada oportunidad. Pero no. En cada ocasión señalada aparecían unos señores y, si acaso, alguna señora, y le pedían que desarmase y armase una escopeta, que los ilustrara sobre marcas y tipos de munición y que les contara algún chascarrillo sobre tiradores famosos o antecedentes de este deporte, amén de similitudes y diferencias con otros de tiro, como el tiro con arco y el tiro al pichón. Con el tiempo acabó usted oyendo que, con tales métodos de examen y admisión, más de una vez se había colado algún tirador que no sabía ni apuntar a un blanco de diez metros, y hasta uno que era medio cegato pero que entró por parentesco y cuota. Cuéntase que había uno que fingía disparar, mientras en verdad lo hacía y abatía los platos un “negro” que tenía escondido entre los matorrales, pero vaya usted a saber y seguro que es todo falso y que los”negros” eran dos.  

                Lo que son las cosas. Años después, y ya bien curtido usted en el club y la competición, descubrió detalles tales como la abundancia entre los tiradores al plato federados y distinguidos de hijos de campeones de tiro con arco, en la misma proporción que había y hay un alto número de tiradores reconocidos de tiro con arco que son hijos o sobrinos de campeones locales del tiro al plato. Que se practica entre clubes y federaciones el intercambio de vástagos, vaya, lo cual no es delito, al menos dicho así y dado que la prueba más jodida es la prueba del dolo. Mas no le arrebatemos al azar su mérito ni a la Inocencia su presunción y prosigamos con las experiencias tan raras, diríase casi que paranormales.

                En el club se cobra, y no se cobra mal del todo, aunque todo depende de las comparaciones y el agraviado suele ser muy de compararse y de no verse la viga intraocular. Pagan por el oficio ese de tirador al plato, oficio vocacional y sacrificado. Vocacional porque hay cosas menos pesadas y agotadoras que alguien puede y debe hacer si no siente esa llamada insondable, y sacrificado debido a que nadie puede competir ni dar pie con bola escopeta en ristre si no entrena con esmero, échele usted horas y más horas y esfuerzo tras esfuerzo. Vale, pues va usted comprobando, poco a poco, que hay en el mismo club e idéntica profesión compañeros y compañeras que no tiran un carajo, aunque cobran cual si como dioses dispararan. Quiero decir que no acuden a entrenar y que hasta de las competiciones se escaquean siempre que pueden, hoy poniendo un dolor de muelas como disculpa, mañana trayéndose una baja psiquiátrica  y a la tercera hablando con el capitán del equipo para que los exonere porque un hijo se examina ese día de flauta, casualmente. Irán perdiendo afición, pensaba usted, trabajo tan duro como este desgasta y cansa, agota a ratos. Ya, pero cuando habla con muchos de esos evasores, se topa con que no sólo incumplen alevosamente, sino que proclaman a los cuatro vientos su odio al club y al tiro, y más ante entregados profesionales como usted. Que si aquí no se nos paga bien, que si no se nos respeta bastante, que si están adulteradas las competiciones, que si quién es nadie para decirme a mí -aquí ya se exaltan y casi gritan- que rompa un plato o que yo no acudo ya jamás a los entrenamientos porque estoy hasta la coronilla de ver tanto mangante escopeta en mano, y ¿sabes qué? –ya se excitaron del todo-, los que más medallas ganan son los peores, pues es indicio de que no tienen otra vida ni saben hacer cosa que no sea la del oficio.

                Caramba, ahí sale siempre usted un poco herido, ya que: a) esos colegas suyos que como usted o poco menos ganan, que tan a disgusto se encuentran y que al trabajo no acuden sino para aparentar o pegar unos tiros al aire, no le están diciendo que dimiten o se cambian de empresa o renuncian a la nómina, no; lo que mantienen es que los que cobran igual que ellos pero cumplen bien o lo intentan son unos memos y unos corruptos que encima presumen de sus éxitos; b) ellos casi siempre llaman tener “otra vida” o saber y ser capaz de hacer “otras cosas” a pasarse las jornadas limpiando mierda de bebé o haciendo las camas o buscando telas para unas nuevas cortinas del salón o dándole la turra al profesor de kárate del niño porque el niño últimamente cuando vuelve a casa llora porque en el gimnasio se ríen de su pitirrín y como eso siga así va ese pedazo de padre o madre a poner una denuncia y no sabe usted con quién está hablando, que yo soy tirador al plato.

                Es curiosísimo este último punto, el b) pues usted ha visto tiradores de su club y de otros que son unos deportistas de élite y que, al tiempo y por ejemplo, se han hecho los viajes más tentadores o se han montado las juergas más divertidas, pero de estos que dicen que los buenos no tienen vida y que ellos no trabajan porque sí la tienen, no conoce uno solo que haya pasado de emocionarse cuando el cuarto hijo o de irse una Semana Santa a Dublín, y encima llovió, como era de esperar.

                Resulta muy entrañable ese momento que casi siempre llega, cuando de esos críticos con el club y el tiro se trata, los que sostienen que no cabe trabajo peor ni lugar más cutre. Hacía años que usted no veía a su colega tirador Fulano, pues primero se montó una baja de diez meses porque le dolía mucho aquí atrás, tócame ese bulto, ahí, ahí, sí, tú no lo notarás, pero yo siento como una descarga cada vez, luego se inscribió para un intercambio con tiradores checos que casualmente se hacía durante un mes en Marbella y con charlas, no con cartuchos, más tarde juntó la baja por la muerte de su padre con el permiso por la lactancia de su quinto hijo, y, por fin, los últimos cinco años los pasó de liberado sindical y porque no nos pagan una mierda con todo lo que trabajamos aquí. Total, que casi no lo reconocía usted con esa barriguilla y las nuevas gafas de pasta, pero tras los saludos de rigor le presenta a Paquín y le pide ayuda para colocarlo en el club como tirador junior y luego ya irá ascendiendo por sus propios méritos, pues aunque es miope de ocho dioptrías, tiene mucha intuición para los platos y cuando sea tirador oficial a lo mejor hasta se opera. Paquín es su hijo de él, of course. Tú, todavía con resquemores por alguna de aquellas conversaciones de antaño, le preguntas, cuco, que si cambió de idea y ya le parecen una profesión digna y un club aceptable, a lo que, sin correrse un ápice, te contesta que no, que la misma porquería de siempre pero que es para mientras Paquín asciende en el partido y hasta que se haga concejal o algo y no sé si sabes que sale con Emérita, la hija del que fue ministro y es cuñado del presidente del club. Por cierto, hace nada hablábamos de ti y decía el padre de Emerita que si no estarías interesado en dirigir un área de percutores y gatillos que vamos (sí, en estos casos esta gente usa la primera del plural) a crear aquí y que es todo un trampolín y yo porque no quiero dejar ahora a mi Encarna con toda la faena de la reforma del salón, pero si no me pedía yo mismo ese chollo y ya sabes que donde pongo el ojo pongo la bala, jejeje, cómo me alegro de verte y qué te parece mi Paquín que el día menos pensado se nos casa.

                La puta que los parió.

                Y luego está lo de los directivos del club. Cambian los estatutos cada año para aumentar el tamaño de la letra con la que se escribe que el club busca la excelencia en la competición y la eficacia en los resultados y tal y cual y esto y lo otro. Se ponen como motos magreando a la Excelencia y jurándole amor a la Sostenibilidad. Pero perdonémosles los excesos retóricos y los oníricos desarreglos y vayamos a su gobernanza. Esta, la tal Gobernanza, los tiene igualmente encandilados. Usted pensaba, en aquellos juveniles años suyos, que si el club está para justificarse con los triunfos, en cuanto usted empezara a ganar trofeos el Presidente de la entidad y su equipo entero se desharían en felicitaciones. Pues no. Hubo uno, incluso, que en una asamblea de socios afirmó que eso de las copas y las medallas estaba todo amañado y que si él no había ganado ni una en su prostituta vida era porque no se prestaba a tales enjuagues. Es muy parecido a lo que afirmaba sobre los tramos de investigación un rector que hubo en mi universidad y que no tenía más que uno, si acaso, al tiempo que insistía en que el profesorado estaba para dar clases y que lo de la investigación era para el tiempo libre y el que quisiera. Pero no andábamos hablando de la universidad, ya sabe usted que no. Así que no entremos en cómo puede ser rector de una universidad un zascandil que ni ha investigado un pimiento ni sabe hacer la o con un canuto, y menos aún en el enigma de cómo será que para el cargo lo votaron los mismos a los que ese indocumentado tenía que gobernar. A la postre, alguien vendrá que bueno te hará y, como decía don Carlos, lo que empieza como tragedia termina como farsa.

                Dos experiencias de hace poco en su club lo tienen a usted conmovido. Una, cuando alguien de su mismo grupo ganó el campeonato de España de tiro al plato. ¡El campeonato de España, oiga! Se le comunicó al Presidente de la institución y su reacción fue el silencio, un silente disimulo con un y a mí qué resonando entre lo no dicho. Sin embargo, al mismo cantamañanas lo vieron ayer inaugurando un certamen sobre la decoración mozárabe de los plato de tiro. Es verdad, se ha perdido el Norte. Y bastantes cosas más, todas muy cardinales.

                Y ya el acabóse es cuando se jubila por enfermedad o edad alguno de los tiradores titulares y que habían traído unos cuantos trofeos a lo largo de su carrera. Usted piensa que buscarán otros. Y los buscan, ciertamente, pero entre la asociación de mancos o en la ONCE. Caray, pero si no van a poder ni sujetar la escopeta ni sabrán a dónde disparan. Da igual. Es que hay que ahorrar, sabeuzté, y, ya puestos, los platos los vamos a sacar de plástico y en vez de disparar con munición los enfocaremos con un puntero láser. ¿Y esa nueva modalidad cómo se va a llamar? Pues cómo va a ser, hombre, tiro al plato, como toda la vida. Precisamente hemos reformado ayer los Estatutos del Club para insistir en que nos mueve la Excelencia y que nos justifican los rendimientos y nuestra altísima responsabilidad social. Sí, ese clon-clón son sus partes íntimas, que se le acaban de caer sobre el entarimado.

                Bah, me he despistado. Yo iba a inventar alguna analogía para luego hablar de la universidad, pero ya no recuerdo cuál era la idea en lo que a la Universidad se refiere. Creo que tenía algo que ver con que es un sitio muy raro que a todos nos parece muy normal, y que cuando un sitio tan raro parece normal a todos es porque ya todos somos anormales. Pero no estoy nada seguro de que la comparanza con lo del club deportivo sirva aquí de algo, pues no le veo tan notable el parecido. Nuestras universidades son infinitamente peores y la proporción de sinvergonzones no tiene parangón en ningún otro club de nada, en cualquier otro tipo de clubes, diurnos o nocturnos, céntricos o de extrarradio.

                Lo dejo y otro día procuraré explicarme algo mejor. Voy a apuntarme a un curso que en mi universidad se imparte para dejar de fumar y a otro sobre cómo cocinar saludable y para ir bien de lo intestinal. Lo que te digo, las funciones sociales de la institución.

3 comentarios:

Juan Carlos Sapena dijo...

Igual todo es una cuestión de tiempo, o de cómo la filosofía, que no es otra cosa que el hombre frente al tiempo. Demasiado tiempo persiguiendo un final hace que olvidemos el principio. No hay pasión (animal o vecinal) que resista siquiera un lustro, salvo que se consiga aplicando Alzheimer tres veces al día antes de las comidas.
Soy de los que piensan, que cada 15 o 20 años, el barco debe virar, el horizonte debe cambiar porque sino corremos el peligro de ser los más sabios en la mayor de las idioteces o, peor aún, creernos alguna verdad en la soledad de la cumbre a fuerza de andar sacándole punta a nuestro pequeño lápiz diez veces al día.
Claro que uno empieza todo siempre con la voluntariosa intención de la vocación temprana pero cuando ésta pasa y llega el tedio, mejor cambiar. Los lunares nos parecerán melanomas y los otrora arrullos de placer ronquidos hipohuracanados serán, pues que serán los demás, el sistema, este gobierno o la infusión; más bien seremos nosotros que estamos cambiando, que siempre cambiamos pero que nos empeñamos en vernos igual. Tememos perder al niño curioso que nunca dejamos de ser.
Ese niño que no quiere perder lo ganado, lo conquistado, la clave de nuestro éxito, nuestra victoria; pero "nadie ha ganado nada jamás y la victoria es solo una ilusión de filósofos e idiotas" y lleva razón Faulkner. Dónde está el premio si ya has perdido, si siempre pierdes, si la agonía del naufragio constante orillea tu condición de jugador...
Toda novela es la historia de un viaje, todos somos Ulises volviendo a Ítaca en la novela de nuestra vida, pero somos jugadores y solo tenemos una vida para apostar sabiendo que, con total seguridad, ya hemos perdido.
Ésto del Derecho está bien, queda relumbrón y aguanta las cenas de Navidad pero, sinceramente, no da para tanto.

Salvo mejor opinión.

Calvanki dijo...

Buenísimo, aunque yo lo hubiera comparado con un club de pesca :)

Anónimo dijo...


Le chemin vers toute grandeur passe par le silence.