04 julio, 2014

Derechos y antojos.



El relato de hoy tiene en sí poca sustancia, pero con algo de esfuerzo podemos sacarle cierta utilidad teórica. Lo primero que uno piensa es que se va haciendo mayor, bastante mayor, pero luego constata que esa mismas cosas que pasaré a contar ahora las hacen también algunos de sus mismos años, aunque, ciertamente, en proporción menor que los más jóvenes. Me parece que lo que hay detrás no son contrastes entre generaciones, sino que estamos ante indicios de cambios sociales. Y lo más útil será plantearse qué cambios son ésos y cuáles, si acaso, sus consecuencias generales, más allá de la anécdota personal.

Para no andar en demasiadas vueltas, sintetizo un puñado grande de casos en una historia única e inventada, pero completamente representativa y significativa. Repito, es invención al hilo de la experiencia, que no se me moleste nadie en particular. Y adapte cada cual el relato a su oficio y sus vivencias.

Ponga que usted es, como yo, profesor universitario. Hace unos años apareció por su lugar una persona que quería hacer su tesis doctoral. Llamémosla Margarito. Margarito ya en el primer encuentro le explicó que estaba interesadísimo en el doctorado y que le gustaría que usted le dirigiera el trabajo doctoral. Después de darle juntos unas cuantas vueltas a la situación, acordaron un tema para investigar, el posible objeto de la tesis. Margarito le dice que sí, que ese tema puede estar bien. Y de inmediato empieza a mostrar síntomas que usted, ingenuo y confiado, no utiliza para hacer el diagnóstico debido. Pues acto seguido le dice el buen hombre que, ahora que ya tienen lo básico, le explique usted qué debe él hacer.

¿Qué debe hacer? Sí, aquí es donde las cuestiones se bifurcan, pues, por un lado, quiere saber qué trámites burocráticos y académicos debe completar, cuándo y cómo tiene que matricularse o inscribirse, cuánto cuesta, de qué plazo dispone, etc. La contestación normal y razonable sería esta: mire, buen amigo, eso le toca averiguarlo a usted, pues me ha dicho que busca director de su tesis doctoral y no una gestoría ni un secretario personal. Pero no, ahí está usted poniéndole los papeles en bandeja para que no se fatigue con burocracias ni pierda su tiempo, él, leyendo reglamentos o consultando en la oficina administrativa correspondiente. Es como si el que va para futbolista le pide al entrenador del equipo ayuda para su declaración de la renta.

La siguiente pregunta ya es la monda: ¿me podría decir qué bibliografía básica debo utilizar para mi tesis? Hombre, pues mire, eso le corresponde a usted, yo le puedo recomendar un par de libros para arrancar, pero mal empezamos si empezamos así.

Se inscribe, cumple con los trámites reglamentariamente previstos (un pequeño curso de esto, un trabajito sobre lo otro…) y al cabo de seis meses, seis, regresa con este planteamiento: ya leí aquellos dos libros que me dijo. ¿Y? Pues que a ver si me recomienda otros dos; ésos que me sugirió me gustaron regular. Usted, que ya ve que está gastando su tiempo con un mindundi algo superficial, le deja otros dos volúmenes, convencido de que no volverá a verle el pelo.

Pasan tres años, cuatro tal vez. Suena el teléfono de su despacho. Es Margarito que, con voz acelerada y tono de emergencia, le explica que necesita hablar con usted urgentísimamente. Le contesta que de acuerdo, que cómo le va mañana a las nueve. No, a las nueve no, pues no puede él. ¿Pasado mañana? No, que tampoco -dice Margarito-, pues he acumulado dos años de vacaciones y estoy pasando dos meses en Roma y recorriendo todos los museos de la ciudad, esto es fantástico, ¿ha estado usted en Roma? ¿Y cuándo regresa de Roma?, pregunta usted. Dentro de cuarenta y cinco días, pero me urge verlo esa misma semana de mi regreso. Vale, se citan para dentro de mes y medio.

Llega el día y aparece Margarito dos horas más tarde de la concertada. No se disculpa. Tiene buen aspecto, moreno, aseado, expresión risueña, desenvoltura. Va rapidísimo al grano: verá, es que me he enterado de que dentro de ocho meses finaliza el plazo para presentar mi tesis y si no la defiendo ya tendría que empezar de nuevo todo el proceso y hasta cambiar de tema. ¿Ocho meses? Sí, ya ha preguntado y le quedan ocho meses, aunque cabe una prórroga de dos más, diez meses en total. ¿Y qué ha investigado sobre su tema en estos años? Contesta: leí y subrayé los cuatro libros que usted me recomendó y hasta saqué algunas notas. ¿Cuatro libros? Sí, sí, los cuatro, no se crea. ¿Y considera usted que en estos diez meses venideros le dará tiempo a hacer mucho más y leer y trabajar a fondo las cincuenta monografías y aproximadamente los otros doscientos artículos doctrinales que tendría que dominar? Verá, de eso quería hablarle, estoy viendo que por mucho que me apure ya no me va a dar tiempo a redactar mi tesis sobre ese tema. ¿Y entonces? Pues que he pensado cambiar de tema. Ah, pues dígame. Y le dice: he oído que ha salido una ley nueva sobre mediación paterno-filial en familias desmembradas y creo que sobre tal cuestión sí me puede quedar un buen estudio, pues ya durante la carrera hice un trabajo sobre algo parecido en la asignatura de Procesal Civil. ¿Y qué ley dice usted que quiere analizar? No sé, el dato no lo tengo, pero voy a buscar la norma en cuestión y la leeré esta misma semana. Además, tengo un primo procurador de los tribunales que dice que me puede ayudar un poco y buscarme jurisprudencia.

Si usted le replica lo debido y adecuado, que es que por qué no se marcha por donde vino y que lo deje en paz, se puede indignar muchísimo y saldrá diciendo que menuda porquería de científico es usted y que bien se ve que en este país nadie apoya la investigación de los noveles. Si a usted en ese instante le falta carácter para mandarlo a la porra y le sigue dando largas, con el consejo de que bueno, que empiece y que ya veremos en qué queda todo, sus sobresaltos no habrán hecho más que empezar.

Transcurren otros ocho meses y un día Margarito vuelve. Aquí está, le dice, mientras saca de su maletín un paquetito de folios impresos, concretamente setenta y seis. ¿Y eso? La tesis, le responde ufano y cargado de satisfacción. Me costó, añade, pero aquí lo tengo todo. Ahora necesito que me indique cómo son los trámites para el depósito del trabajo y para proponer tribunal, y si se encarga usted de todo o tengo yo que hacer alguna cosa. Todo eso se lo casca Margarito con la mayor naturalidad y un punto de soberbia, casi como el que le da unas instrucciones al mayordomo.

Es una historieta real como la vida misma, pero cabrían otras mil con diversos protagonistas. Las hay también con estudiantes de licenciatura o grado. Jennifer Josefina, de segundo de carrera, ha suspendido el examen final, tiene una nota de uno sobre diez. Se presenta a revisar su examen y comprobar que no hay errores en la calificación. Usted busca su ejercicio y se lo pasa. Lo toma y, sin echarle ni un vistazo, le suelta: es que yo vengo a que me diga usted en qué fallé. Criatura, corazón, alma cándida, su nota es de uno sobre diez, es un suspenso total, no ha dado una a derechas, está mal todo. Réplica: es que yo salí del examen bastante contenta, convencidísima de que como mínimo tendría un cinco. ¿Un cinco? Sí, y eso porque ya me han dicho que usted califica bajo. Usted, tratando de mantener la calma y preguntándose por qué dejó de fumar, con lo bien que viene en un momento así encender un cigarrillo y contar hasta cien: mire, eran diez preguntas y cinco las dejó en blanco; en las otras cinco sí contesta algo, pero nada más que burradas, locuras completas, esto no hay por dónde cogerlo. Contraataca: ya, pero es que yo estudié por sus apuntes. Yo no doy apuntes, le aclara usted. Pues a mí me dejaron unos apuntes y me dijeron que eran los suyos. No sé de quién serían, pero su examen es lo que es, una chapuza completa. Jennifer Josefina: pues el que me los dejó sacó un siete, así que ya me explicará usted qué baremo es ése y cómo corrige.

Créame el amable lector, lo del doctorando feliz lo he vivido yo mismo media docena de veces y lo de estudiantes con esos ánimos lo veo cada año una vez tras otra. Ahora ya casi no me altero, pues me he ido dando cuenta de que apenas hay mala intención ni son conscientes de lo que dicen y lo que piden. Van así y son así porque así están las cosas. ¿Dónde está el fallo, si es que hay fallo?

Han ido cambiando las pautas sociales y los hábitos, las actitudes y los usos. Y se han alterado en todos, por todas partes, no sólo entre estudiantes, por ejemplo, también entre profesores. Si en mis tiempos de alumno a uno se le ocurría ir a pedirle a un profesor explicaciones por suspenderle un examen casi en blanco, los gritos se habrían oído en un par de kilómetros a la redonda y puede que ese estudiante hubiera salido por la ventana. Ahora no, y bien está. Ahora templamos gaitas, y repito que mejor alternativa será ésa que la de la agresión verbal. Eso no lo dudo. Pero entre lo uno y lo otro, no acabamos de dar con el virtuoso término medio. Por ejemplo, ¿qué me impide a mí tratar a Margarito como se merece y mandarlo a tomar vientos, por ceporro y cretino? Pues no sé, pero algo hay en el ambiente que nos tiene así, apocaditos.

Con todo, creo que el cambio social más importante es el siguiente. Vivimos en la era de los derechos, aunque sea de los derechos mal entendidos y a costa de acabar con los derechos auténticos. Ya no se estila decir “me gustaría X” o “aspiro a X” o “voy a intentar X” o “me convendría conseguir X”. Ahora se parte de un contundente “tengo derecho a X”. ¿Usted se matricula en el doctorado? Pues tiene derecho a ser doctor. ¿A ser doctor si hace una tesis buena y que pase todos los controles? No, no, a ser doctor he dicho. Toda objeción es frustración ilícita de un derecho básico y fundamentalísimo. ¿Es usted estudiante de tal asignatura de una carrera universitaria? Pues tiene derecho a aprobarla. ¿Y si hace una porquería de examen? Pues igualmente, ¿acaso no he pagado mi matrícula como cualquiera?

El ciudadano con una pequeña gripe acude a la consulta hospitalaria de urgencias. El médico le echa un vistazo y le dice que espere, que lo suyo no corre prisa y que acaban de entrar dos con aneurisma, uno que ha tenido un accidente y se desangra y tres más con un derrame cerebral. El ciudadano levemente griposo monta en cólera y organiza un escándalo porque no se satisface su derecho a ser urgentemente atendido en el servicio de urgencias.

Se parte de que toda pretensión está respaldada por un derecho indubitado y de que toda frustración de expectativa o deseo es vulneración de un derecho. El sistema jurídico se bloquea por sobresaturación de derechos imaginarios. La resolución de los conflictos se vuelve casuística y se avienen las instituciones y los operadores a examinar las circunstancias personales concretas. Aunque los setenta y cinco folios de Margarito sean una boñiga y el examen de Jennifer Josefina esté en blanco, se debe ponderar si Margarito es padre de familia, si se daña su ascenso laboral por no hacerlo doctor, si ha tenido un divorcio traumático y no sea que le vengan impulsos suicidas; y a Jennifer Josefina hay que considerarle que ya es la penúltima convocatoria en esa asignatura y que sus padres viven en la Alcarria y no pueden prepararle las cenas o si tendrá un hermano militar destinado en el Líbano y fíjate qué inquietud.

Los deseos son norma, los intereses se han vuelto imperativo social, el rigor del que juzga se ve como indicio de su carácter reaccionario y de su afán por sabotear el buen rendimiento institucional. El que tiene obligación legal de controlar se topa con incentivos perversos para aligerar la exigencia requerida. Si ése profesor al que se le presenta Margarito con su folios infames quiere acreditarse para profesor titular o catedrático, sabe que si hace la vista gorda y Margarito se doctora él tendrá un mérito más en su currículum y lo podrá alegar ante la correspondiente agencia evaluadora. Así que adelante y ahí veremos, felices y contentos, a Margarito con su título y al otro con su pose de director científico de tronío. Un amigo de otra universidad me contaba hace poco que  a todos los profesores de allá que no han aprobado al cincuenta por ciento de sus estudiantes les ha enviado la autoridad una cartita diciendo que están incumpliendo sus objetivos y que se les puede abrir expediente para ver qué pasa y en que fallan ¡ellos! Entre los no aprobados estaban los no presentados, naturalmente.

Infantilismo pedestre, derechos verborreicos, tolerancias acomodaticias, facilismo ramplón, renuncia a la toda responsabilidad, egoísmos sin tasa. La alternativa al autoritarismo no es la blandengue condescendencia. Pero el país y sus instituciones van por su camino. Y ese camino tiene su avieso sentido. Lo que las instituciones públicas no controlen norma en mano lo determinará implacable el mercado. Jennifer Josefina y Margarito no saben que esos títulos que puerilmente persiguen ya casi carecen de valor y pronto no tendrán ninguno. Los vemos y los veremos a todos pletóricos de derechos nominales y, a la hora de la verdad, tendrá trabajo solamente el rico y tratamiento médico el que pueda pagarse el seguro privado. La manera más perversa y sutil de recortar derechos consiste en diluirlos, en dejarlos sin objeto ni sentido, en desvincularlos de las normas para ponerlos a merced de los caprichos y las dinámicas sociales incontroladas. No vamos, aquí y ahora, hacia una feliz arcadia sin Estado o con un Estado bonachón y paternalista; caminamos de vuelta al estado de naturaleza, pero con clases sociales y hasta estamentos, ojo. El nuevo siervo de la gleba tendrá tres carreras y un doctorado; y le van a dar mucho por el saco.  

03 julio, 2014

Sobre si Colón y Teresa de Jesús eran catalanes. O de cómo las tonterías cumplen su función



Hoy me ha tocado conducir un buen trecho y venía pensando, a ratos, en la noticia que leí esta mañana, la de que andan muchos políticos catalanes muy nacionalistas (catalanes) reclamando que en Cataluña nacieron personajes como Cristóbal Colón, los hermanos Pinzón, Cervantes, Francisco Pizarro, Diego de Almagro, Hernán Cortés, Juan Sebastián El Cano, Santa Teresa de Jesús y San Ignacio de Loyola, entre otros, como Erasmo de Rotterdam, quien, evidentemente y en consecuencia, no era de Rotterdam. También se dice que El Quijote, La Celestina y El lazarillo de Tormes eran obras catalanas y escritas en catalán y que los castellanos las usurparon malamente. Estas o algunas de estas lindezas las avala un historiador apellidado Bilbeny, que dirige un Instituto de Historia Nacional Catalana y que es muy aplaudido por políticos catalanes como Pujol (Sr.) o Carod. Hablan, por ejemplo, de una conspiración castellana y españolista para borrar la catalanidad del descubrimiento de América. El acabose.

La primera tentación de cualquiera que no ande muy obnubilado es la de ponerse a hacer chistes y guasas. Pero cuando uno se cansa de las bobadas no está de más preguntarse a qué vendrá todo esto. Básicamente la cuestión es sencilla: y qué. O sea, a mí, que soy la mar de asturiano y ando muy orgulloso de serlo, me muestra ahora que Colón nació en Ribadesella (Asturias) y me hace gracia, pero me quedo como si tal cosa. Si me insisten en que menuda conspiración histórica montaron unos malos para que ese dato quedara oculto para siempre, lo único que se me ocurre es que caray o jolín o cáspita, incluso. Pero no le saco más sustancia. De lo que se desprende que o algo me falta a mí o algo les sobra a algunos catalanes.

Básicamente, lo que no se me ocurriría, en la reseñada tesitura, es que he dado con una excelente razón para reclamar la independencia de Asturias o que se organice un referéndum de autodeterminación asturiana, o que por aquello del nacimiento de Colón en tierra astur gana peso el llamado derecho a decidir, en este caso de los asturianos. Entre otras cosas, no aumenta de calibre la condición de Asturias como nación con derecho a decidir o a autodeterminarse si a Colón lo alumbraron en Ribasesella o Santa Eulalia de Oscos (Asturias) o Ruedes (mi pueblo), por lo mismo que, de tener la nación asturiana ese derecho, no perdería ni un ápice el mismo porque vinieran ahora los historiadores a demostrar que en verdad Hitler no era austriaco, sino parido en Gijón. Entre quienes, buenos o malos, nacieran en Asturias y Cataluña y la condición de nación con derecho a autodeterminarse políticamente de Asturias y Cataluña  hay la misma relación que entre el culo y las témporas o la velocidad y el tocino: ninguna. Luego, no puede ser por ahí.

Lo que políticamente se busca no es aumentar la nómina de hijos ilustres en tal o cual terruño, sino que interesa nada más que el rédito de la teoría de la conspiración.

La teoría de la conspiración histórica, para ser completa en el caso catalán, todavía necesita un elemento más, que supongo que no tardará en aparecer. Igual que hay que hacer ver que grandes personajes históricos muy buenos y positivos nacieron en tierras catalanas y que es la historiografía españolista la que ha conspirado siempre para ocultarlo, sería muy interesante hacer una relación de gentes malísimas y muy dañinas y perniciosas que pasaran por indudables catalanes, sin serlo y de resultas de la misma conspiración. ¿Que Fulano fue un tremendo fascistón franquista y que en la Guerra Civil destacó como sanguinario ejecutor de demócratas y tenía partida de nacimiento que acreditaba que había venido al mundo en Reus o Tortosa? Falso de toda falsedad, era de Chinchón o de Tordesillas y los españolistas falsificaron los datos registrales.

Por cierto, e incidentalmente indicado aquí, ahora va a resultar corregida la llamada Leyenda Negra. Porque hasta ahora los Pizarro, Hernán Cortés y compañía, y hasta el mismo Colón, contaban crudelísimos exterminadores de indígenas americanos y esbirros de la perversa y sanguinaria Corona española. Pero, si eran todos catalanes, ¿seguirán siendo villanos al servicio del avieso imperialismo? Supongo que no.

Pero vamos al grano y a la tesis que importa. ¿Cómo sacar rédito de algo tan tontaina como que éste o aquél nacieran en Cataluña? Repito, por la vía de la teoría de la conspiración. Si los aviesos españoles, castellanos sobre todo, han sido capaces de urdir toda una complejísima trama histórica para negar a los catalanes la paternidad de tan excelsos hijos y los méritos del descubrimiento y colonización de América, qué no harán para perjudicar de otras mil maneras a Cataluña y para negar a los catalanes el pan y la sal.

Ahí está la clave. Quienes han contado durante siglos tantas mentiras y tan enormes, qué trolas no inventarán ahora y como parte de la misma trama conspiratoria anticatalana. ¿Las noticias sobre la turbia fortuna de la familia Pujol y las abundantes pruebas de que andaban con maletines de dinero negro camino de paraísos fiscales? Patrañas de españoles españolistas. ¿Lo de la trama del Liceo? Falsedades de españolistas odiosos. ¿Qué en Cataluña (también) y desde los tiempos de gobierno de Pujol está perfectamente instaurada la mordida del tres o cuatro por ciento para cada concesión de obra pública? Vil maniobra rastrera de castellanos. Todo lo malo que se diga de gobernantes y partidos catalanes ha de ser falsedad pura. Los mismos que manipulan la historia para negar que Colón era catalán y que la bandera que ondeaba en las carabelas era la de Cataluña tienen que ser los que ahora alevosamente inventan que los Pujol no son honrados, por ejemplo.

Lo que cuenta e importa no es el dato histórico en sí, sino el ambiente que se crea. En la Alemania anterior al nazismo y en la Alemania del nazismo se publicaba una y mil veces que los judíos secuestraban bebés alemanes y se reunían algunas noches para asesinarlos y beber su sangre, en orgías de violencia y odio. No se probó ningún caso, pero servía la leyenda para alimentar el odio a los judíos y para crear el clima propicio para los intereses de los nazis y sus secuaces y paniaguados. Cuando por intereses políticos se tergiversa locamente la historia, no interesa la historia en sí, sino la política.

Todo esto es sabido y vulgar, de cajón, evidente y patente. Pero funciona. En Alemania sirvió, vaya si sirvió. Y todavía están todos, historiadores incluidos, preguntándose cómo fue posible que tantos millones de alemanes entraran a ese trapo y se creyeran tan obscenos embustes. Y, sobre todo, qué relación pudo haber entre que se tragaran que los judíos eran tan odiosos y que acabaran no sólo votando a Hitler, sino aceptando, cual si de consecuencia lógica se tratara, que Alemania tenía derecho dominar el mundo y que la raza aria era superior a las otras.

Mutatis mutandis, yo me pregunto qué relación pueden ver hoy tantos catalanes entre el lugar de nacimiento de Colón y el derecho de Cataluña a ser Estado independiente. Puede haber buenas razones para que muchos quieran esa independencia, razones que merecen ser seriamente consideradas y debatidas, naturalmente que sí. Pero si a mí me dijeran que un buen motivo para apoyar la autodeterminación de Asturias está en que Colón nació en Llanes (Asturias) y que llevaba en la Santa María una camiseta del Sporting de Gijón, pensaría que me toman por tonto de remate y que es como si me cuentan que esta noche debo cenar huevos fritos porque la primera gallina que viajó en barco a América salió de un corral asturiano. Creería que alguien intenta manipularme y me enfadaría bastante. Pero se ve que muchos amigos catalanes no tienen ese amor propio que nos gastamos los de mi tierra.

Por cierto, ¿para cuándo una buena tesis histórica que demuestre que en verdad Messi no es argentino, sino de la parte de Palafrugell?

01 julio, 2014

Los juristas y su carácter



                Hoy termino el borrador primero de aquella traducción que ya mencioné aquí hace algunos meses, la del libro de Bernd Rüthers titulado “Derecho degenerado”. Albricias. Acaba con unas consideraciones bastante interesantes sobre si, en términos generales o como promedio, serán los juristas más malvados y moralmente menos fiables que los de otros oficios o que la gente en general. Se lo pregunta, por supuesto, después de recordarnos de qué manera tantos cientos y miles de juristas se dejaron arrastrar por las sugerencias y órdenes de los nazis sin la más mínima resistencia y hasta con alegría y espíritu de superación, ansiosos por medrar y deseosos de recibir los parabienes del régimen.

                Aquí y ahora, yo no sé responder. Mejor dicho, mi pesimismo es mayor cada año que pasa, pero desconozco si lo negativo de mis juicios sobre tantos de los del gremio de juristas se debe a que somos peores y más villanos los más o si será porque de estas profesiones conozco a más gente que de otras. Tal vez es idéntica la proporción de tiralevitas, arribistas, aprovechados, desleales, cretinos y rastrerillos en otros sectores, por ejemplo entre, digamos, albañiles, camioneros, ingenieros de caminos, reponedores de supermercado, futbolistas, químicos, fresadores, mecánicos de automóvil o economistas, no sé. Aunque se me diga que así es, vendría a dar igual o hasta sería razón para tristeza mayor. Y mal de muchos, consuelo de tontos.

                También cabe que mi perspectiva no sea la del que observa juristas, sino la del que ve ante todo profesores universitarios, sean de Derecho, los más, o sean de otras materias. Merecería la pena plantearse en equipo un riguroso estudio, basados en buenos tests, entrevistas con garantías y variado trabajo de campo, para comprobar si es o no suprema la maldad entre profesionales de lo jurídico, entre docentes universitarios, entre docentes de Derecho en particular o si habrá un virus por ahí que esté haciendo que la proporción de hijos del demonio con cara de conejo crezca sin control y por todas partes.

                Pero espérese, amigo lector, no se me sulfure tan rápido y concédame a mí mismo el primer matiz. Habría que definir qué significa ser malo, qué quiere decir maldad o, si concretamos algo más, qué presuponen expresiones como cobardía, deslealtad a los principios o falta de carácter.

                Tengo una hipótesis de andar por casa, que paso a exponer. Si me preguntaran cuántos de los colegas juristas y profesores que conozco creo que me alojarían en su casa una noche, sólo una, porque de pronto ha llegado una dictadura feroz y andan sus esbirros buscando a los asturianos para matarnos, o a los que tenemos pocas cejas o a los que decimos tacos, mi respuesta será descorazonadora. Muy pocos, muy pocos. Y miren que estoy pensando en que me dieran breve asilo sin grave riesgo para el que me auxilia y tratándose nada menos que de salvarme la vida frente a unos aborrecibles e injustísimos asesinos y torturadores. Eso, un día o dos escondido en esa casa y luego podría huir al extranjero y evitarme la tortura y la muerte.

                Que haga yo mismo ese ejercicio tiene poco valor o acaba mostrando lo mal que envejezco y cuán poco me gustan tantos de los que a diario me cruzo. Pido al amigo lector que se imagine él mismo en situación semejante de necesidad y que reflexione sobre cuántos serán los amigos y compañeros suyos que moverían un dedo. ¿Se lo pongo más fácil? Imagine que lo que usted necesita no es habitación para un día, para salvar su vida, sino tres mil euros para pagar al del barco que lo va a llevar a las Azores, librándolo de la muerte cierta. ¿Cuántos de ésos que nos sonríen en el bar irían al cajero para dejarle a usted los tres mil euretes, aun teniéndolos de sobra? Que si me pillas en mal momento, que si estoy sin liquidez, que si por qué no me lo dijiste ayer que fue casualmente cuando lo puse todo a plazo fijo y hoy ya no puedo sacar, que si se me ha dañado la banda magnética de la tarjeta, que si… Porquería de gente, hombre.

                Pero el eje de mi hipótesis es que, de ésos, pocos podrán ser con propiedad tildados de malvados porque estén obrando contra los principios morales que asumen o traicionando convicciones morales que en el fondo tienen. Eso, al menos, sería algo. La situación es peor, mucho peor, aquí y ahora y sin ir más lejos. Es peor porque me parece que cada día abundan más los anómicos, los puramente posibilistas, los narcisos incapacitados para regirse por reglas morales propiamente dichas y que no han salido de aquello que Freud y compañía llamaban la fase anal en el desarrollo de la personalidad: bueno es lo que a mí me da placer y malo lo que me disgusta. Yo, mi,  me y conmigo. Y, claro, son cobardes, porque todo riesgo lo es de dolor o de pérdida y ese ególatra pequeñín no ve jamás una razón para padecer o perder por causa de su consideración hacia los demás.

                Sostengo, pues, que no abundan tanto los malos como los incapaces, los que eligen el mal camino como los que no saben ni que hay caminos, los que moralmente calculan como los que éticamente vegetan. Si me apuran, me atrevería a decir que en el gran malvado hay tal vez un fondo de grandeza personal, hace una apuesta y se arriesga, quizá lucha o ha luchado a brazo partido con su conciencia, se mantiene en una tensión que a ratos no será fácil. El otro ni se entera. El malo de verdad nada más que es feliz cuando triunfa e impone su ley, si consigue vivir según su pauta y salirse con la suya, sabiendo que también le puede ir de pena. El otro, el medio inimputable y bovino, es feliz siempre, bordea todo el rato el standby y su encefalograma moral parece plano porque oscila con disimulo. No es que no sufra, pues si pierde cien euros o le dan a otro el carguete a que aspiraba lo pasa mal. Pero su sufrimiento no es el del humano ante la injusticia o el de la persona que no ve el mundo marchar como le parece que debiera, sino el de la vaca a la que no le acercan el pienso o el de la burra en celo que sigue atada al poste y sin macho cercano que la cubra.

                Yo, como supongo que le ocurre a usted, conozco hoy en día a gentes buenas y fiables y conozco a algunos perversos alevosos. Pero unos y otros son los menos, aunque de todo haya. Los más de los que trato y me cruzo son cositas, criaturillas, semovientes con traza humana pero si gran seso, anómicos con laxante para la conciencia, roedores felices porque les han puesto en la jaulita una rueda y algo de comida para gerbillos. Modositos y culiempinados, afables por indiferentes, tan funcionales y funcionariales para tomarse el café con usted como para apretarle el botón de la silla eléctrica, si el jefe se lo manda o ven leve ascenso para ellos a cambio de la ejecución suya.

                Lo interesante de verdad no es ni el síntoma ni la enfermedad siquiera, sino la etiología. De los alemanes de los años treinta se han escrito bibliotecas enteras para ver cómo fue posible que se hiciera tan bruto un pueblo tan culto. Poco a poco, los historiadores han ido enseñando que lo más extraño no es que aparecieran y triunfaran aquellos asesinos degenerados, los psicópatas acomplejados que se subieron al poder, los Hitler, Himmler, Goebbels, Heydrich (por cierto, estoy leyendo su biografía, “Heydrich. El verdugo de Hitler”, de Robert Gerwarth, y viene muy al caso de lo que estamos hablando), Göring, etc.  Tampoco lo raro del todo es que tantos los votaran o llegaran a creer una sola palabra de aquella locura que proclamaban. No, lo peculiar es que a tantísima gente del montón no le importara mayormente ver cómo los judíos eran expulsados de sus casas y acabar enterándose de que aquellos internos en un sanatorio psiquiátrico los habían gaseado, que no se preguntaran adónde iban aquellos trenes cargados de judíos y por qué, o que tantísimos apretaran el gatillo cuando se lo ordenaron y sin particular angustia ni grandes dilemas morales. Estaban acreditándose, como quien dice.

                No vamos a comparar, no debemos comparar. Pero no estaría de más un somero y serio análisis de por qué aquí, en España y ahora, nos hemos hecho de estatura moral tan baja, por qué se multiplican los mezquinos, por qué, sobre todo entre eso que se llama la gente con carrera y con la vida asegurada, de funcionario mismamente, hay tal cantidad de sabandija radicalmente incapacitada para la reflexión moral más simple y para el comportamiento social más levemente solidario. Cuántos, ay, apoyarían ahora mismo a un Hitler si estuvieran convencidos de que así conseguirían la convocatoria de “su” cátedra, setenta eurillos más al mes o aquel despacho mayor que tiene Fulano y que por qué no se morirá, el muy judío, o a ver si el nuevo rector lo prejubila.