01 julio, 2014

Los juristas y su carácter



                Hoy termino el borrador primero de aquella traducción que ya mencioné aquí hace algunos meses, la del libro de Bernd Rüthers titulado “Derecho degenerado”. Albricias. Acaba con unas consideraciones bastante interesantes sobre si, en términos generales o como promedio, serán los juristas más malvados y moralmente menos fiables que los de otros oficios o que la gente en general. Se lo pregunta, por supuesto, después de recordarnos de qué manera tantos cientos y miles de juristas se dejaron arrastrar por las sugerencias y órdenes de los nazis sin la más mínima resistencia y hasta con alegría y espíritu de superación, ansiosos por medrar y deseosos de recibir los parabienes del régimen.

                Aquí y ahora, yo no sé responder. Mejor dicho, mi pesimismo es mayor cada año que pasa, pero desconozco si lo negativo de mis juicios sobre tantos de los del gremio de juristas se debe a que somos peores y más villanos los más o si será porque de estas profesiones conozco a más gente que de otras. Tal vez es idéntica la proporción de tiralevitas, arribistas, aprovechados, desleales, cretinos y rastrerillos en otros sectores, por ejemplo entre, digamos, albañiles, camioneros, ingenieros de caminos, reponedores de supermercado, futbolistas, químicos, fresadores, mecánicos de automóvil o economistas, no sé. Aunque se me diga que así es, vendría a dar igual o hasta sería razón para tristeza mayor. Y mal de muchos, consuelo de tontos.

                También cabe que mi perspectiva no sea la del que observa juristas, sino la del que ve ante todo profesores universitarios, sean de Derecho, los más, o sean de otras materias. Merecería la pena plantearse en equipo un riguroso estudio, basados en buenos tests, entrevistas con garantías y variado trabajo de campo, para comprobar si es o no suprema la maldad entre profesionales de lo jurídico, entre docentes universitarios, entre docentes de Derecho en particular o si habrá un virus por ahí que esté haciendo que la proporción de hijos del demonio con cara de conejo crezca sin control y por todas partes.

                Pero espérese, amigo lector, no se me sulfure tan rápido y concédame a mí mismo el primer matiz. Habría que definir qué significa ser malo, qué quiere decir maldad o, si concretamos algo más, qué presuponen expresiones como cobardía, deslealtad a los principios o falta de carácter.

                Tengo una hipótesis de andar por casa, que paso a exponer. Si me preguntaran cuántos de los colegas juristas y profesores que conozco creo que me alojarían en su casa una noche, sólo una, porque de pronto ha llegado una dictadura feroz y andan sus esbirros buscando a los asturianos para matarnos, o a los que tenemos pocas cejas o a los que decimos tacos, mi respuesta será descorazonadora. Muy pocos, muy pocos. Y miren que estoy pensando en que me dieran breve asilo sin grave riesgo para el que me auxilia y tratándose nada menos que de salvarme la vida frente a unos aborrecibles e injustísimos asesinos y torturadores. Eso, un día o dos escondido en esa casa y luego podría huir al extranjero y evitarme la tortura y la muerte.

                Que haga yo mismo ese ejercicio tiene poco valor o acaba mostrando lo mal que envejezco y cuán poco me gustan tantos de los que a diario me cruzo. Pido al amigo lector que se imagine él mismo en situación semejante de necesidad y que reflexione sobre cuántos serán los amigos y compañeros suyos que moverían un dedo. ¿Se lo pongo más fácil? Imagine que lo que usted necesita no es habitación para un día, para salvar su vida, sino tres mil euros para pagar al del barco que lo va a llevar a las Azores, librándolo de la muerte cierta. ¿Cuántos de ésos que nos sonríen en el bar irían al cajero para dejarle a usted los tres mil euretes, aun teniéndolos de sobra? Que si me pillas en mal momento, que si estoy sin liquidez, que si por qué no me lo dijiste ayer que fue casualmente cuando lo puse todo a plazo fijo y hoy ya no puedo sacar, que si se me ha dañado la banda magnética de la tarjeta, que si… Porquería de gente, hombre.

                Pero el eje de mi hipótesis es que, de ésos, pocos podrán ser con propiedad tildados de malvados porque estén obrando contra los principios morales que asumen o traicionando convicciones morales que en el fondo tienen. Eso, al menos, sería algo. La situación es peor, mucho peor, aquí y ahora y sin ir más lejos. Es peor porque me parece que cada día abundan más los anómicos, los puramente posibilistas, los narcisos incapacitados para regirse por reglas morales propiamente dichas y que no han salido de aquello que Freud y compañía llamaban la fase anal en el desarrollo de la personalidad: bueno es lo que a mí me da placer y malo lo que me disgusta. Yo, mi,  me y conmigo. Y, claro, son cobardes, porque todo riesgo lo es de dolor o de pérdida y ese ególatra pequeñín no ve jamás una razón para padecer o perder por causa de su consideración hacia los demás.

                Sostengo, pues, que no abundan tanto los malos como los incapaces, los que eligen el mal camino como los que no saben ni que hay caminos, los que moralmente calculan como los que éticamente vegetan. Si me apuran, me atrevería a decir que en el gran malvado hay tal vez un fondo de grandeza personal, hace una apuesta y se arriesga, quizá lucha o ha luchado a brazo partido con su conciencia, se mantiene en una tensión que a ratos no será fácil. El otro ni se entera. El malo de verdad nada más que es feliz cuando triunfa e impone su ley, si consigue vivir según su pauta y salirse con la suya, sabiendo que también le puede ir de pena. El otro, el medio inimputable y bovino, es feliz siempre, bordea todo el rato el standby y su encefalograma moral parece plano porque oscila con disimulo. No es que no sufra, pues si pierde cien euros o le dan a otro el carguete a que aspiraba lo pasa mal. Pero su sufrimiento no es el del humano ante la injusticia o el de la persona que no ve el mundo marchar como le parece que debiera, sino el de la vaca a la que no le acercan el pienso o el de la burra en celo que sigue atada al poste y sin macho cercano que la cubra.

                Yo, como supongo que le ocurre a usted, conozco hoy en día a gentes buenas y fiables y conozco a algunos perversos alevosos. Pero unos y otros son los menos, aunque de todo haya. Los más de los que trato y me cruzo son cositas, criaturillas, semovientes con traza humana pero si gran seso, anómicos con laxante para la conciencia, roedores felices porque les han puesto en la jaulita una rueda y algo de comida para gerbillos. Modositos y culiempinados, afables por indiferentes, tan funcionales y funcionariales para tomarse el café con usted como para apretarle el botón de la silla eléctrica, si el jefe se lo manda o ven leve ascenso para ellos a cambio de la ejecución suya.

                Lo interesante de verdad no es ni el síntoma ni la enfermedad siquiera, sino la etiología. De los alemanes de los años treinta se han escrito bibliotecas enteras para ver cómo fue posible que se hiciera tan bruto un pueblo tan culto. Poco a poco, los historiadores han ido enseñando que lo más extraño no es que aparecieran y triunfaran aquellos asesinos degenerados, los psicópatas acomplejados que se subieron al poder, los Hitler, Himmler, Goebbels, Heydrich (por cierto, estoy leyendo su biografía, “Heydrich. El verdugo de Hitler”, de Robert Gerwarth, y viene muy al caso de lo que estamos hablando), Göring, etc.  Tampoco lo raro del todo es que tantos los votaran o llegaran a creer una sola palabra de aquella locura que proclamaban. No, lo peculiar es que a tantísima gente del montón no le importara mayormente ver cómo los judíos eran expulsados de sus casas y acabar enterándose de que aquellos internos en un sanatorio psiquiátrico los habían gaseado, que no se preguntaran adónde iban aquellos trenes cargados de judíos y por qué, o que tantísimos apretaran el gatillo cuando se lo ordenaron y sin particular angustia ni grandes dilemas morales. Estaban acreditándose, como quien dice.

                No vamos a comparar, no debemos comparar. Pero no estaría de más un somero y serio análisis de por qué aquí, en España y ahora, nos hemos hecho de estatura moral tan baja, por qué se multiplican los mezquinos, por qué, sobre todo entre eso que se llama la gente con carrera y con la vida asegurada, de funcionario mismamente, hay tal cantidad de sabandija radicalmente incapacitada para la reflexión moral más simple y para el comportamiento social más levemente solidario. Cuántos, ay, apoyarían ahora mismo a un Hitler si estuvieran convencidos de que así conseguirían la convocatoria de “su” cátedra, setenta eurillos más al mes o aquel despacho mayor que tiene Fulano y que por qué no se morirá, el muy judío, o a ver si el nuevo rector lo prejubila.

3 comentarios:

roland freisler dijo...

Profesor, parafraseando a Sostres : que ha vuelto a decir Caca, se lo voy a decir al Fürher (al próximo).
Vamos a imaginar en un supuesto de laboratorio que por causas X se conjuran los astros y en votación partitocrática salimos los nazis elegidos y resulta ser que es a nivel mundial, es decir, que salvo a Corea del Norte o a Cuba era imposible escapar ni te dejasen 10.000 euros, no había donde ya que excepto esos 2 paises en todos imperaba el Movimiento.
¿Qué harían los catedráticos excepto Vd?
a) Si era obligatorio jurar las Leyes del Reich para seguir siendo catedrático.
b) Si todo seguía como ahora pero con ciertos principios nuevos, por ejemplo, prohibido todo enchufe o recomendación.

Exiliado dijo...

Excelente entrada, Profesor. Coincido con todo lo que dice, pero me gustaría hacer una pequeña precisión. La inmensa mayoría de las personas que carecen de un código moral definido, y que por tanto son más o menos amorales, fingen participar de una moral colectiva, y por supuesto voluble. Esas mismas personas se escandalizan (en algunos casos, no se manera fingida sino autosugestionada) ante comportamientos que poco tiempo antes les hubiera dejado indiferentes, por la simple razón de que tal reacción es la socialmente imperante. El ratón al que usted alude, al menos, no finge tene un código moral del que realmente carece.

Juan Carlos Sapena dijo...

Pero es que yo me creo, o igual es que resulta de leer mucho esta creencia mía, que ha sido así siempre.

Esa altura moral, tan elevada, cuasi algodonosa, que tantas veces se deja caer por este foro es la misma que perseguían aquellos patricios o aquellos griegos, élites todos de sociedades mayormente aborregadas y causahabientes de épocas donde los cuellos venían con el velcro de serie.

Que no digo yo que no sea una justa causa el tender a ella, como los ríos van a dar al mar, pero tampoco esperemos que la chusma se ponga a comer pasteles (María antonieta lo hizo y ya ven, el velcro) ni siquiera nuestro ordenamiento jurídico, tan tiquismiquis con las féminas abortivas y los varones divorciados, se pone exigente con el heroísmo de cada cual. Y no sé porqué los catedráticos, como cualquier otro jurista de cutis fino, iban a perderse un peldaño de su escalera o una planta de plástico de su despacho con vistas al campus, por un colega cualquiera (aún por un muslamen pendenciero pero yo no he sido)

La entrada, rigurosamente excelente como siempre. La vida, a su aire, como que también.

Besos y abrazos.