Septiembre, y es hora de retornar al blog y a las vueltas. Me digo que
vamos a ir recuperando la soltura con las teclas y me viene a la cabeza antes
que nada este tema que me sume día tras día en la perplejidad. Decían los
clásicos que nada hay sin razón suficiente y a algún motivo tiene que deberse
el que tantas instituciones públicas sean tan disfuncionales. Estoy pensando de
nuevo en las universidades, pero seguro que podríamos hablar de otras muchas.
La respuesta sólo puede ser una: cuando las funciones teóricas y que sobre el
papel justifican y legitiman la institución se descuidan con tanto empeño, ha
de ser porque son otros los cometidos y los servicios que tácitamente la
institución asume, aunque no se confiesen y aunque se finja, cada día menos y
cada día peor, andar a lo que se debe. El gran enigma está en cuáles sean esas
otras misiones que tergiversan los cometidos y qué fines deforman la razón de ser
de lo que entre todos los ciudadanos se paga.
Hace unos días hablaba con uno de los profesores universitarios que más
admiro, un colega ya algo veterano y que es un pozo de sabiduría y un
honestísimo profesional de la enseñanza y la investigación. Me contaba que
tiene muy pocas clases, que le van quitando horas de docencia y que a su
alrededor crece la indiferencia por su trabajo y los reparos ante cualquier
esfuerzo serio que quiera hacer. Me aventuré a decirle que, por mucho que
cínicamente podemos pensar que está estupendo que le paguen lo mismo por laborar
menos y dedicarse discretamente a lo que le dé la gana sin incordiar a
compañeros y a los excelsos cargos académicos, seguro que en verdad estaría
dispuesto a aceptar mucho más trabajo si se lo pidieran y lo animaran un poco.
Me respondió que por supuesto que sí, pero que es lo que hay y para qué darle
más vueltas. La institución que un día te formó y que te sigue abonando tu
nómina sin reparo ninguno prefiere que te quedes quieto y que ni produzcas ni
te entregues con excesivo afán a la docencia. Alguien debería mirarse el alma o
las posaderas, esto es raro de verdad. Cierto que conozco o he conocido a más
de cuatro rectores que no saben hacer la o con un canuto y que rozan la
estulticia extrema, narcisos sin luces y soplagaitas irredentos, pero ni aun
así me lo explico.
Lo lógico y normal sería que la universidad de mi amigo tratara de
explotarlo de la mejor manera, aprovechar su buen hacer y su mucho saber para
animarlo a enseñar mucho, a dar un montón de clases y dirigir un puñado de
investigaciones. Pero es exactamente al revés, sobra, estorba, hasta molesta.
Con su erudición inquieta a los zánganos, con su profundidad
desconcierta a los discentes, con su sentido crítico, que sale de una cabeza
bien formada, preocupa a los mandamases sositos. La propuesta es clara, usted
vaya quitándose de en medio y a cambio nosotros le pagamos su sueldo entero y
hasta le permitimos que incumpla cuantas normas quiera. Si fuera una empresa de
fontanería se mandaría a los más competentes para que hicieran los trabajos más
exigentes y se encargaran de las instalaciones más complejas. En las
universidades no, bien al contrario, para las clases en el máster descartamos a
los más expertos y últimamente las tesis doctorales ya las dirigen los que
ponen las copas o planchan las servilletas. ¿Por qué?
Hace poco andaba un servidor por una Comunidad Autónoma en la que
conozco a muchos profesores universitarios, y estaban muchos sobrecogidos del todo
porque la autoridad autonómica había nombrado para un alto cargo de gestión
académica a un tipo sobre cuyas taras e incompetencias se podría escribir un
libro bien gordo. Es ignorante, es lerdo, es un inútil completo, es mala gente
y, de propina, no pasaría ni el más elemental examen psiquiátrico. Tampoco ha
estudiado nada serio en su mísera vida de triunfador. Eso sí, es experto en
artes de mamporrero y hábil al hacer la pelota a quien quiera que mande en algo
y comparta, en el fondo, atributos similares a los que a él lo adornan. No hay
un tonto con el que no se entienda ni un corrupto con el que no pacte. Tengo
entendido que ha sido el ojito derecho de más de un rector. En mi pueblo había uno que se iba de
prostitutas y volvía encantado porque la de turno le contaba que nunca había
conocido a alguien tan hombre como él y con tan descomunal miembro viril. Era un
pobre diablo, pero se lo creía y se ufanaba del halago mercenario. Hoy sería
consejero autonómico, quién sabe si ministro. Si a muchos de nosotros nos
dijeran que buscáramos a alguien apropiado para destruir la institución en
cuestión, lo señalaríamos a él sin dudar, a ese que tiene flamante cargo, al
que hace el papel de hetaira ante el gobernante regional. ¿Acaso el consejero
de turno desea que esa parte del sistema universitario se vaya al carajo y
ayudar a que todo se hunda más? No sé, cuesta creer tan alta dosis de cinismo y
mala fe. ¿Entonces?
Dos posibles explicaciones. Una, que el tal consejero o consejera o lo
que sea tenga una especial propensión a favorecer a quienes lo halagan y le
hacen la rosca sin pudor ni vergüenza. Pero en ese caso estaríamos ante un
sujeto con autoridad y poder, ciertamente, pero cuyos signos psicológicos y
de personalidad son equiparables a los de una lombriz intestinal o de una ameba
ligera de cascos. La otra posibilidad es que ese que manda y nombra sea bobo
con alevosía, tontaina sin paliativos, un zascandil que no sabe ni a qué está
ni por dónde se anda. Es probable que tengan mucho de cierto las dos hipótesis,
combinadas en la proporción que corresponda. Viene a ser como si al entrenador
de un equipo de fútbol que pretende competir por la Champions le diera por poner de portero a un manco que le sonríe
mucho y le pasea al perrito los sábados por la tarde, cuando no que le masajea
(con los pies, claro) las partes en el vestuario mientras los demás entrenan.
Entrañable, sí, pero inverosímil. ¿Por qué en las universidades y en tantas instituciones
públicas lo inverosímil se convierte en regla y lo anormal es la pauta? Ahí
está la madre del cordero.
Ciertamente, el sábado pasado a Casillas le pitaba una parte del público
del Bernabeu, y es Casillas al fin y al cabo, nada menos. En otros lugares
nadie pita, seguramente porque no tenemos pito, chitón y a callar, no vaya a
enfadarse alguno o nos perdamos un par de invitaciones para un cóctel. ¿Será
que en la selva ya no reinan los leones y se ha transferido todo el poder a los
topillos? Parece probable, pero en ese caso los raros no son los topillos, que
nunca la vieron más gorda, sino los leones, que deben de estar atusándose las
melenas o haciéndose la manicura en las garras.
Mientras todo se degrada y se ensucia y en la barra americana vocean los
más macarras, los virtuosos de pega ponemos las copas y apretamos el culete,
sonreímos y cambiamos las sábanas. Por si nos dan propina o algo; o no sea que
se nos enfade el patrón y haya que ganarse la vida honestamente. O a ver si
alguno se fija en nosotros y nos pide en matrimonio, mire usted; o que nos
acrediten. Vaya tropa.