29 julio, 2014

Una nueva cátedra. Por Francisco Sosa Wagner



La historia seria, la escrita por historiadores sesudos, ahítos de legajos guardados en archivos penumbrosos, está trufada por los datos económicos, las decisiones políticas, los acuerdos diplomáticos, las declaraciones de guerra o paz, todo lo cual va conformando el relato de un período del pasado.

Junto a esta historia formal, a mí cada vez me gustan más las historias tejidas sobre historietas, es decir, hilvanadas en el cañamazo de las anécdotas curiosas, de sucedidos indiscretos o de los dichos que se ponen en boca de este o de aquél personaje. Cuando la historia se edifica con estos materiales ligeros dijérase que se ha bajado de su pedestal de ciencia social o humana -o cómo se la llame- para convertirse en un familiar cercano o en uno de esos amigos que disponen de entrada franca en nuestras viviendas y la llenan de su trato confianzudo.

Porque la anécdota es justamento eso: confianza a la que se empareja la cercanía. Cuando se nos cuenta por ejemplo la forma en que trataba de fornicar Carlos II (en la prosa de Ramón J. Sender), la majestad de este personaje ha quedado a nuestro alcance y es entonces cuando ya podemos penetrar, sin que se nos nublen las entenderas, en los entresijos de su reinado, en las idas y venidas de su madre, de sus validos, de sus disparates y de sus testamentos. Y lo mismo ocurre con las menudencias adorables que Valle-Inclán nos ofrece en sus novelas carlistas o isabelinas.

La anécdota es así la llave con la que el curioso y el diletante puede entrar con cierta soltura en las estancias repletas del Archivo de Indias o de Simancas.   

Pero para ello hay que liberar a la anécdota de su azoramiento, de su comparecencia en la sociedad científica con el lastre de su recato, porque la anécdota cree, en su humildad, que carece de empaque y quien la cultiva acaba teniendo complejo de bufón intimidado y temeroso.

Por eso a la anécdota hay que darle entidad de ciencia y yo crearía -si en mano estuviera- la cátedra de historia anécdotica y llevaría a ella como titular a una persona que sepa cuidar la espuma, atenta además con los detalles y buena conversadora, uno de esos prójimos cuyos matices y fulgores al narrar tienen el colorido de la llama que chisporrotea en la chimenea. Es decir, una persona que tenga entronizada a la minucia irrelevante como una fuente de conocimiento y también como una pócima para el alivio de las amarguras varias con que la vida nos obsequia.

Si encima sabe encender el fuego de artificio de las imágenes chocantes, esas que producen lucecitas y más lucecitas desperdigadas, pero cada una de ellas con su significado estelar próvido, entonces ya tendríamos a un catedrático honoris causa.

La anécdota presta gracia a la historia y la dota de una credibilidad que el académico tradicional le hurta de manera que, si el anecdotismo creara escuela, sería como un torrente que iría a confluir al río de la ironía y del humor y eso que perdería el prontuario de los engolamientos.  

Crear la cátedra de historia anécdotica sería como hacer una estatua a una burbuja.  Que bien la merece.