28 julio, 2008

El personal y la crisis

Más de uno se puede acordar de mis muertos por pensar estas cosas, pero lo voy a decir: me alegro de que la crisis económica sea honda, resistente, duradera y bien jodida. Y me apresuro a puntualizar dos cosas. Una, que este que suscribe con mala leche no está vacunado contra los padecimientos financieros. Soy funcionario, sí, y no me quejo de mi sueldo, pero como vengan muy mal dadas se me puede atragantar la hipoteca. Verdad es, sin embargo, que los que de críos no comimos yogures ni asistimos a actividades extraescolares conservamos más agujeros en el cinturón y estamos mejor preparados para apretarlo hasta donde haga falta.

La otra puntualización es que no me tengo por tan simple como para desear el mal del Gobierno porque los números no le salgan. No, Gobierno hay el que se merece, y punto. Nos casamos con quien quisimos y con suficientes relaciones prematrimoniales como para que ahora no nos pongamos a invocar vicios ocultos o error en el consentimiento. Ajo y agua. Si me alegro perversamente de la crisis es por el pueblo en general y con la esperanza de que unas buenas leches en la cartera nos hagan recuperar la normalidad y nos apeen de tanta pijería insufrible.

Bien sé que toda generalización tiene peligros y que más de un justo pagará por tantos pecadores. Pero es posible que a la larga todos salgamos ganando. En realidad, uno está pensando más que nada en esa fauna con la que suele toparse en el trabajo, los viajes y los bares de copichuelas, burguesitos de tres al cuarto que de un día para otro se creyeron tocados por el dedo divino y empezaron a gustarse y a creer que tanto bienestar y tanto chollo era simple merecimiento, elemental retribución de su valía y su hermosura.

Como no hemos entendido nunca qué misterioso designio nos había permitido cambiar las lentejas estofadas por la cocina de diseño y de muchos tenedores, como jamás se nos explicó qué milagro ajeno a nuestros merecimientos nos llevó a sustituir la pana del abuelo por el Hugo Boss, no estamos psicológicamente preparados para retornar a nuestra pequeñez sin disimulos. Cuando no alcanza la razón se impone la superstición, y aquí hemos acabado muchísimos con complejo de pueblo elegido y convertidos a una especie de animismo sui generis, a un infantilismo simplón.

Me parece que la trayectoria de esta mentalidad puede sintetizarse del siguiente modo. En tiempos quisimos, muy legítimamente, salir del atraso social, político y económico, curarnos el complejo de patito feo y poder mirar a los ojos a franceses, alemanes o belgas. Casi todos los franquistas se tornaron demócratas de toda la vida y hasta las abuelas de misa diaria se volvieron socialistas y partidarias de la revolución sexual. Aquello funcionó bien, pero el primer mensaje torcido llegó cuando unos cuantos listillos nos mostraron que no hay incompatibilidad de ningún género entre ser progresista y hacerse rico a golpe de puro pelotazo. Sin embargo, siguieron llegando los dineros europeos, las empresas funcionaban más o menos, el país crecía. Y dimos con dos conclusiones rápidamente. La primera, que la mangancia generalizada no es impedimento para el progreso económico de la nación. La segunda, que si, pese a ser uno de los países con más baja productividad, con menos investigación seria, con mayor absentismo laboral, con funcionariado más escaqueador y con políticos más pillos, el desarrollo no cesaba y abundancia de los más crecía sin parar, era simple y llanamente porque teníamos algo que nos hacía estupendos y justos acreedores de tan buena fortuna. ¿Qué podría ser? Nuestra pose, nuestro estilo, esa especial categoría que nos convierte en la envidia del mundo. ¿Y en qué consistían éstos? Pues en que somos progres, guapos y muy modelnos, gentes de puro diseño, la crème de la crème.

La cosa tiene su lógica, hay que reconocerlo. Si nos llega más maná cuanto más golfeamos, si vivimos más opíparamente cuanto más nos endeudamos, si se triunfa más y mejor cuanto menor es el mérito objetivo y se lo monta uno más lujosamente cuanto más exiguo es su esfuerzo, tiene que haber una explicación. Si las pasan canutas los alemanes, pese a su laboriosidad, si no salen del pozo los franceses, con todo su orgullo y su amor al Estado, y si hasta los neblinosos nórdicos empiezan a verle los agujeros al Estado social, mientras que nosotros vamos viento en popa y a toda vela, inferimos que un país no marcha bien por ser serio, trabajador y concienzudo, sino por tener gente muy enrollada y vividora. Y ahí nos quedamos, en el convencimiento de que mientras seamos tan maravillosos no habrá problema ni crisis que nos derrote.

Seguramente no existe hoy país con gente más preocupada por ir a la ultimísima, sea en el vestir, en el comer, en el viajar o en las ideas, y más convencida de que son las simples maneras las que mueven la rueda de nuestra fortuna. Entre hacer o ser, preferimos parecer. Y ahí llega esta especie de pensamiento mágico que nos posee. A fin de cuentas, si no habíamos hecho nada especialmente notable para merecer la bonanza en la que andábamos, será porque ésta no era ni más ni menos que el premio debido a nuestro palmito. Así que, poseídos por semejante infantilismo, tendrán que caer chuzos de punta antes de que nos convenzamos de que para salir de apuros no nos basta con ser los más pacifistas, los mejores valedores de los derechos de los monos, los más preocupados por el calentamiento global o los más solidarios de boquilla con los parias de la tierra. Cosas todas que hasta ahora cultivábamos sin angustia ninguna, mientras aguardábamos turno en El Bulli o nos hacíamos el crucerillo por los fiordos noruegos, aprovechando la baja por depresión que nos habíamos gestionado en el curro.

Por eso no ha de sorprender la actitud de Zapatero, que es entre nosotros lo más parecido al tonto del pueblo: tan ignorante de lo que más importa como lince para lo que le conviene. Él sabe perfectamente que todavía no puede desengañarnos, que tiene que seguir recitando los mismos mantras, que no estamos dispuestos a asumir nuestras íntimas miserias ni preparados para resolver nuestras contradicciones, que no le perdonaríamos una apelación a trabajar más, a ser más austeros, a obrar con mayor honradez, a concentrarnos en el día a día y en los problemas inmediatos, en lugar de evadirnos con milongas y mandangas. Él está convencido de que no hay crisis que se resista a una sonrisa y a un par de frases hueras sobre el amor universal, y nosotros necesitamos seguir creyendo que así es.

Tendremos que pasarlas aún muy canutas para darnos cuenta de que contra la sequía no valen las oraciones, ni contra el hambre los ripios baratos, ni contra el paro las posturitas y los ensalmos. Y el día en que a la fuerza caigamos de la burra, le daremos a Zapatero y a toda la tropa de chamanes y soplagaitas una patada en el culo con la misma furia con que en las aldeas se tiraba al río la imagen del santo que no había protegido las cosechas. Y a lo mejor maduramos de una maldita vez, se nos quita esta cara de gilipollas, dejamos de adorarnos ante el espejo y nos ponemos a trabajar en serio. Si la crisis sirve para todo eso, viva la crisis, y que dure.

9 comentarios:

roland freisler dijo...

Lo malo es que ahora se han inventado otro mantra asaz peligroso : que la derecha arregle las crisis y que la izquierda después reparta dividendos entre los más necesitados. Y no se ponen ni coloraos.

Anónimo dijo...

1) "Si me alegro perversamente de la crisis es por el pueblo en general y con la esperanza de que unas buenas leches en la cartera nos hagan recuperar la normalidad y nos apeen de tanta pijería insufrible".

Me gustaría saber de qué "pueblo" esta usted hablando. Por el contenido del post ("(...) uno está pensando más que nada en esa fauna con la que suele toparse en el trabajo, los viajes y los bares de copichuelas, burguesitos de tres al cuarto que de un día para otro se creyeron tocados por el dedo divino y empezaron a gustarse y a creer que tanto bienestar y tanto chollo era simple merecimiento, elemental retribución de su valía y su hermosura"), parece que usted habla de un tipo de personas que no son, precisamente, las que están sufriendo y van a sufrir más crudamente las consecuencias de la crisis. No es que yo me vaya a acordar de sus muertos, pero quizás debería matizar

2) Tiene razón cuando dice que España es "uno de los países con más baja productividad, con menos investigación seria, con mayor absentismo laboral, con funcionariado más escaqueador y con políticos más pillos".

No pretendo defender al gobierno (su gestión de la crisis me parece lamentable). Pero ¿realmente usted está convencido de que cuando la ciudadanía le dé "a Zapatero y a toda la tropa de chamanes y soplagaitas una patada en el culo con la misma furia con que en las aldeas se tiraba al río la imagen del santo que no había protegido las cosechas" todos estos males se disiparán como un mal sueño de cuatro años, ni uno más ni uno menos?

roland freisler dijo...

Anónimo
Como no dice que personas considera Vd como el "pueblo" que va a sufrir las consecuencias de la crisis , yo le doy la razón a Garciamado en que son esos burguesitos (generalmente votantes del PSOE y PP)los que van a sufrir las consecuencias de la crisis, porque los más pobres siempre están sufriendo con crisis y sin crisis.
Opino asimismo, que con la patada en el culo a ZP , de la noche a la mañana desaparecerán todos los problemas mencionados : investigación seria, etc...

Anónimo dijo...

r. freisler:
una opinión categórica ("de la noche a la mañana") no responde la pregunta (2); ayúdame con algún argumento, hombre

Garciamado dijo...

Estimado Anónimo. No le falta a usted razón: estoy pensando fundamentalmente en una parte de la gente que suele estar algo más resguardada económicamente. Pero, con un poco de suerte, a más de uno de estos le salpicará la decadencia que viene. Y no, no se arreglará todo milagrosamente cuando le demos la patada a tanto farsante zapateril, pero la patada será señal de que algo empieza a cambiar y el personal sale de su embobamiento pijo-progre. Y ya sé que el PP tampoco parece gran solución, en eso seguramente estaremos de acuerdo.
Saludos cordiales.

Anónimo dijo...

tampoco a mí me gusta el clima de autocomplacencia que se ha instalado en España en estos últimos años (ése era, creo, el tema); al margen de mis comentarios, comparto bastantes cosas del post; saludos (saludos también a r. freisler)

roland freisler dijo...

Anonimo
Creo que la respuesta que ha dado Garciamado es muy correcta, tampoco hay que matarse a argumentar para manifestar una simple opinión. Pero "de la noche a la mañana" ,depende de donde nos hallemos no deja de ser cuestión baladí, porque si es la primera noche del invierno de Islandia hata que llega la siguiente mañana pasan unos meses. Pero es importante que un amigo del blog manifieste su interés por la argumentación, por lo que dentro de la brevedad trataré de ser más sólido cuando no se trate de opiniones sino de creencias y posturas personales. Un saludo (a la romana).

Anónimo dijo...

r.freisler:
¿un saludo a la romana? lo siento, pero...; pensaba que lo de tu seudónimo era una coña sofisticada (segunda vez que visitaba este blog), pero por lo del saludo romano veo que no; si no vas de coña, ojalá cambies ideas y referentes
un saludo (no romano); espero que no te molestara el comentario que te hice

pd. más de un verano islandés hará falta para solucionar los males que señalaba el post

Un amigo dijo...

Estoy de acuerdo: la crisis, en cuanto generadora de verdades de a puño (sobre la energía, sobre la que aquí se denominaba 'pirámide del ladrillo', sobre las capacidades de los memos tardocapitalistas que pasan por hombres sabios en ambas mitades del Parlamento, ... ) es una bendición, ... bendición atea pero bendición de tres pares de cojones.