17 enero, 2013

Democracia y responsabilidades



                Tercio en la interesante polémica entre algunos amigos de este blog sobre si la gente, el electorado, responsable de la mala calidad de los políticos que gobiernan; o de la buena, si fuera el caso.

                La cuestión, recordemos, puede resumirse así: si estamos en un sistema formalmente democrático y, por tanto, gobiernan aquellos que tienen más votos, ¿podemos imputar responsabilidad a los votantes por los defectos de los por ellos elegidos, al menos cuando esos defectos son conocidos o se pueden sospechar muy razonablemente antes de votar?

                No entremos en el espinoso tema de las responsabilidades colectivas como tal, que nos llevaría a si tiene sentido hablar de una entidad colectiva (el conjunto total de los ciudadanos con derecho a voto) que, como tal, tenga aquella responsabilidad. Tampoco en su secuela, la de si yo, aunque no haya votado, haya votado en blanco o haya votado a la minoría que no gobierna, tengo mi cuota de responsabilidad en el resultado general. Creo que habría buenos argumentos para contestar que sí, aun matizando en cada uno de esos supuestos. Pero eso para otro día. Ahora conformémonos con trabajar nada más que con el siguiente supuesto complejo:
                (i) Hay un partido o grupo de partidos que, por separado, en coalición o “repartiéndose el pastel”, gobierna.
                (ii) Ese partido o esos partidos pueden ser descritos como poseedores de uno o varios de los siguientes caracteres: a) tienen altos grados de corrupción; b) bloquean cualquiera de las reformas posibles que podrían poner coto o limitar la corrupción. Hablamos de corrupción cuando a través de maniobras o artimañas ilegales y/o moralmente indefendibles los partidos o sus miembros, y en tanto que cargos o militantes de los mismos, se apropian ilícitamente de dinero, bienes o posiciones socialmente ventajosas, sea para financiar el propio partido, sea para su personal beneficio o el beneficio de sus amigos y compañeros. Esa apropiación puede ser directa, como cuando ilegalmente se detraen para el bolsillo del individuo dineros de los fondos públicos o a costa del erario público (por ejemplo, cobrando comisión por la concesión de una obra pública y encareciendo de ese modo el coste de tal obra), sea indirecta, como cuando, por ejemplo, se “enchufa” a un pariente, camarada o amigo en algún puesto o condición que exigirían aplicación de algún tipo de baremo objetivo.
                (ii) Todo votante no completamente desinformado sabe o puede saber, si quiere, cuál es la situación y la actuación de esos partidos que, por las razones expuestas, llamamos corruptos o fuertemente dados a prácticas corruptas.

                En ese contexto, hay un número N de electores que votan a tales partidos corruptos, tantos, que ese partido (o esos partidos) tiene mayoría y en su virtud gobierna. Tal mayoría de votantes legitima democráticamente ese gobierno de los grupos políticos corruptos. Pues bien, acotamos así el asunto: ¿son esos electores -nada más que hablamos ahora de esos- personalmente responsables, cada uno en su parte alícuota, de la corrupción de esos gobiernos?

                Mi tesis, y la de algunos amigos del blog, es que sí. Fundamentémosla:

(1) Si esos electores no son responsables de los malos gobiernos, tampoco lo serían de los buenos. Es decir, si hay un partido P que es un partido de consumados ladrones, yo voto a P a sabiendas, pero no tengo ninguna responsabilidad moral o política por las fechorías de P, tampoco tengo mi parte de mérito moral si voto a un partido honrado o si al poder ha llegado con mi voto un partido honradísimo que hace una gestión ejemplar. Si estamos a las maduras, estamos también a las duras; lo otro es la ley del embudo.

(2) Si la responsabilidad por mi voto es totalmente independiente de los resultados de mi voto, estaremos con tal tesis socavando por completo los fundamentos teóricos del sistema democrático. Pues los gobernantes democráticamente elegidos no nos representarían en modo alguno. Es decir, diez millones de personas votamos al partido P por los caracteres de P (su ideología, su programa, el grado de fiabilidad u honradez de sus candidatos, etc.), pero al mismo tiempo nos desentendemos de que P tenga o no esos caracteres. Una de dos, o asumimos que ni sabemos lo que votamos ni nos importa, que nuestra alienación es total o que votamos a tontas y a locas porque la democracia nos importa un carajo, o asumimos las consecuencias de nuestro voto, en la proporción que a cada uno corresponda. Y la proporción es muy alta, por lo siguiente. En tanto que demócrata, yo no puedo escudarme en que mi voto vale lo que significa uno dividido entre veinte millones de electores que somos, por ejemplo, sino que un demócrata moral y políticamente responsable vota así: si nada más que de mí dependiera cuál de estos candidatos gobernara, a cuál elegiría. Sobre esa base, a cada votante del partido ganador P se le puede valorar por su voto como si su voto fuera el único y decisivo. La responsabilidad moral del votante no puede escabullirse a base de aritméticas. El ciudadano demócrata moralmente maduro asume así la responsabilidad por lo que vota.

(3) Hagamos una comparación. Usted y nueve amigos crean un club de tiro con arco. La finalidad es llegar a tener en el club un tirador, de entre ustedes, que pueda un día concurrir a una olimpiada con altas posibilidades de ganar la medalla de oro. Se han propuesto repartirse los beneficios de los premios, en la proporción que se quiera, pero quedando claro que si los tiradores que compitan ganan, ganan todos ustedes, y si pierden, pierden todos también. Llega el día de escoger al que irá a la próxima olimpiada. Todos saben que uno de los miembros de ese club de tiradores está últimamente afectado por una grave enfermedad de la vista y se ha quedado medio ciego. Así y todo, la mayoría de ustedes diez, seis, votan por él y es el seleccionado. Aquí la pregunta: ¿son esos votantes responsables de que con toda seguridad no se gane la medalla y todos acaben perdiendo lo que les habría tocado con un buen competidor, o cabe más bien echarle la culpa al “sistema”? ¿A cuál sistema? Pues al sistema de mayorías, por ejemplo. Ya, pero si en lugar de elegir por mayoría se sorteara, por ejemplo, quién elige al tirador, con ese grupo habría un sesenta por ciento de probabilidades de que se seleccionara al cegato. Entonces, ¿las culpas para el sistema socio-político-educativo que hace que los electores (o seis de ellos) sean tan “ciegos” como para preferir al cegato aun sabiendo que no dará ni una vez en la diana? Ahí habría una especie de contradicción performativa, que diría el pedante, pues esos seis que votaron, a) votan porque se entienden capaces y legitimados para votar; es más no admitirían que por incapaces se les inhabilitara como votantes; b) se desentienden del resultado de su voto aduciendo que el sistema los ha incapacitado como votantes competentes; c) si por pura casualidad o un extrañísimo azar, el ciego acaba ganando la medalla, se apuntan todos a cobrar lo que del premio les corresponda, pese a su previa imputación del “mérito” al sistema: en puridad, deberían regalarle su parte del premio al “sistema”.

                Creo que ni uno solo de nosotros consideraría mínimamente racionales a esos seis votantes del cegatón. No los tendríamos por personas moralmente maduras, pero tampoco les reconoceríamos, y eso aquí es más importante, racionalidad instrumental. Esto último quiere decir que nos parecerían en términos prácticos unos torpones, pues: a) parten ellos mismos de que desean la medalla de oro y de que sería para cada uno muy beneficioso que el elegido la consiguiera; b) prefieren ellos mismos al que saben que no puede ganarla.

                ¿Puede haber explicaciones de alguna clase para el comportamiento de los seis mencionados votantes? Sí, por supuesto. Una, la más fácil, que sean tontos de remate. Perdón, quiero decir que sean lerdos por completo, que no sepan hacer la o con un canuto y no entiendan nada. No estaría bien decir que son mala gente, pues ni a eso alcanzan, pero nadie debería alarmarse si se afirma que, por su palmaria incapacidad, están echando a perder el club y haciendo que no se gane una maldita competición.

                También pueden ser listos, pero perversos. El votante listo y perverso al tiempo es el que a) ve beneficio particular en votar lo que vota y en que gane el corrupto o incapaz; b) antepone ese personal beneficio al interés general: vota al calamitoso con plena conciencia y asumiendo que su victoria será catastrófica para el grupo…, pero muy beneficiosa para él. Por ejemplo porque si gana ese lo van a enchufar a él o a un familiar suyo en tal o cual cargo, o les van a subir el sueldo a los de su oficio, o no van a hacer una autopista que pase cerca de su casa, etc. Ande yo caliente y ríase la gente y después de mí el diluvio. Que se joda España, pero yo voy a vivir como un marajá porque los ladrones me van a dar una parte de su botín.

                Yo, particular y modestamente, solo tengo una duda: qué proporción tenemos de cada uno de esos dos grupos entre los que votan a los partidos de cuya corrupción y de cuya intención de mantener las estructuras jurídico-políticas que favorecen su corrupción no se puede dudar razonablemente. O sea, cuántos son inimputables y cuantos unos cabronazos egoístas.

                A lo mejor queda por ahí alguno que sea buena gente o la mar de generoso y preocupado, pero a ese yo le pregunto con toda humildad estas dos cosas: justifíqueme usted por qué votó a un ladrón conocido y, sobre todo, ¿está dispuesto a seguir haciéndolo siempre y pase lo que pase? Ah, y cuando se explique, ya le digo que no le voy a hacer mucho caso si me cuenta que entre ladrones iguales, prefiere a los de su pueblo o a los de su ideología, pues vaya mierda de pueblo o de ideología que se gasta usted. Tampoco me sirve la teoría del mal menor, pues ni le voy a admitir que ahora mismo entre los grandes partidos dominantes haya diferencias cuantitativa ni cualitativamente notables en sus latrocinios ni me vale que, pudiendo votar a alguien que no le conste todavía que puede robar o pudiendo usted quedarse en casa o votar en blanco, prefiera a estos o los otros porque a lo mejor, son un pelín menos chorizos que los otros chorizos.

                Me permito una coda: allí donde los electores no se hacen responsables de sus elegidos, falta la base principal para que los elegidos asuman su responsabilidad ante los electores y para que puedan ponerse en funcionamiento mecanismos jurídicos eficaces de freno a la corrupción.

6 comentarios:

Juan Carlos Sapena dijo...

Estimado profesor:
Le mentaba el Imperio y le hacía la observación de que andaba orilleando con peligro de desborde la idea del pensamiento único en su discurso.
Insiste usted en el pensamiento reduccionista (y falaz) de considerar que todos los votantes pertenecen a una intersección moral común, son todos ellos portadores de unos valores (los que usted dice) y se deben comportar según los mismos o sufrir las consecuencias. Pues no. Puede un votante, o cien, o mil, votar lo que le parezca, atendiendo a los motivos que le parezca, y en eso consiste la democracia real. En el momento en que pidamos justificaciones estaremos condicionando ese voto y, por tanto, ya no será libre en su emisión. Si bien es cierto que, a partir de esta premisa del voto libre, la democracia moderna se puede considerar más como un abuso de la estadística que como el sistema político ideal (e inexistente) al que una y otra vez acuden los críticos en pos de la utopía; Pero hete aquí que los votantes hacen lo que les parece y ni usted ni yo podemos saber cual es el sentido de su voto sin caer en error pues no podemos estar en las cabezas de todos esos millones de personas, ni siquiera intentar comprender su manera de actuar como grupo, puesto que no lo son. Introducir un sesgo valorativo en este momento tiene el peligro de concluir que el voto debe ser uno concreto (por utilidad, por razonamiento, por lógica, por moral…) lo que nos llevaría a diferenciar entre votos “buenos” y “malos” y ya estaríamos fuera de esa democracia ideal.
Pero, además, pide usted responsabilidad para los votantes…lo de la responsabilidad moral dependerá de cada cual y si hace lugar común a todos los votantes, entiendo que vuelve a caer en el error anterior. Otra cosa es que desee que haya una responsabilidad y retuerza los argumentos buscándola; sea, pero no la hay.
Al ejemplo que pone del club de tiro con arco, le falta el indicar la condición de voluntariedad de la pertenencia al mismo, así como la elección por consenso del sistema de elección del representante (doctrina de los actos propios a cascoporro y que asuman las consecuencias dado que nadie les obliga a pertenecer a ese grupo, que monten otro que les permita tener acceso a todo lo que les está vedado por culpa de los lerdos, o tontos (o subnormales ¿porqué no? ¿Se puede decir a estas horas subnormales? Y que, con toda seguridad, se merecen siendo taaaan buenos arqueros) y finaliza usted con el manual del buen elector/elegido que no sé porqué me recuerda a los parlamentos censitarios, los prohombres…en fin.
El problema siempre es el mismo: acatar el pensamiento de la mayoría como lo que es: una imposición hecha desde la fuerza del número, no desde la razón porque la suma de muchas razones no produce una razón (ese Imperio tan sencillo todo él) sino muchas, las mismas.
Un saludo.
¿Es posible que su coda sea de Kelsen?

Perplejo dijo...

Una vez más, profesor, un texto pertinente y clarificador.

Me animaría a responder pormenorizadamente a su texto, amigo Juan Carlos, si no hubiera quedado agotado -y consternado por mi descortés prolijidad- con mis comentarios al texto precedente.

Un saludo cordial.

roland freisler dijo...

Profesor y amigos del blog, por favor, no caigan en la trampa del sistema de llamar democracia a lo que es partitocracia porque creo que no somos tontos y no debemos seguir el juego a ningún memo que vive del sistema sea honrado o delincuente.
No me cansaré de repetirlo, pensemos que somos alumnos o chaarlamos en un blog de química y mantenemos con dos cojones que los protones tienen carga eléctrica NEGATIVA.
Creo que no nos tomarían en serio.

Juan Carlos Sapena dijo...

Estimado Perplejo:
No se preocupe porque tiempo y ocasiones tendremos de abundar en ello (espero que esto de la extensión nos lo sepan perdonar a ambos)
Pese a ser un lector indomable, aprendo más con el contraste, siempre raro y escaso, que con lo escrito en los libros.

Freisler, ha puesto el dedo usted en la llaga. En una de ellas, al menos.

Un saludo

Exiliado dijo...

Estimado Juan Carlos:

Afirma usted lo siguiente:

"Puede un votante, o cien, o mil, votar lo que le parezca, atendiendo a los motivos que le parezca, y en eso consiste la democracia real. En el momento en que pidamos justificaciones estaremos condicionando ese voto y, por tanto, ya no será libre en su emisión".

Con independencia de que se esté o no de acuerdo con esa afirmación, estamos aquí debatiendo la responsabilidad del votante por las conductas de la persona a la que vota, no sus motivaciones. Sus comentarios iniciales, en la entrada anterior, se centraban en criticar duramente las conductas deshonestas de políticos y cargos electos y en exonerar a sus votantes. En el marco de esa absolución del votante que usted concede, ¿qué importancia tiene la motivación que ahora invoca? 

Añade usted a continuación:

"Pero, además, pide usted (Garcia Amado) responsabilidad para los votantes…lo de la responsabilidad moral dependerá de cada cual y si hace lugar común a todos los votantes, entiendo que vuelve a caer en el error anterior. Otra cosa es que desee que haya una responsabilidad y retuerza los argumentos buscándola; sea, pero no la hay".

Defiende usted un relativismo moral un tanto peculiar, ya que lo aplica solamente a los votantes, que parecen tener según usted libertad de conciencia para obrar como les venga en gana. Sin embargo, cuando se trata de cargos electos o políticos, se vuelve usted defensor de una moral absoluta y exige todo tipos de controles legales para hacerla cumplir.     

Por ultimo, concluye usted:
"El problema siempre es el mismo: acatar el pensamiento de la mayoría como lo que es: una imposición hecha desde la fuerza del número, no desde la razón porque la suma de muchas razones no produce una razón (ese Imperio tan sencillo todo él) sino muchas, las mismas".

Lanza usted un interesante debate sobre la legitimidad de las decisiones democráticas. Coincido con usted en que la "dictadura del numero" (Unamuno) no puede justificar cualquier decisión o gobierno. Junto al manido ejemplo de Hitler existen multitud de casos que lo demuestran. No obstante, una vez más, se aparta usted del tema de esta entrada y de la anterior y no aporta, en mi opinión, razones para su pretendida absolución general de votantes reincidentes de políticos corruptos.

Juan Carlos Sapena dijo...

Estimado exiliado: No me ha entendido o yo no me he explicado.
A ver si concretamos las posturas y no nos escampamos:
- mantiene el profesor, y entiendo que le siguen en ello usted y Perplejo, que la realidad democrática que vivimos no coincide con la idea que debiera ser por culpa, o debido a, que los elegidos realizan tareas no aceptadas por ustedes (conviene matizar que las realizan porque el ordenamiento jurídico se lo permite, o no permitiéndoselo los pena poco y tarde y mal)
- Llegan a la conclusión de que, causa causae, la responsabilidad debe ser de los electores que allí los pusieron, y como el argumento les chirría un poco porque se puede alegar error en su defensa, acuden a la reiteración del voto cuando se sabe a ciencia cierta que los elegidos van a seguir, a su vez, en sus comportamientos (que nuevamente son denostados por ustedes, pero no así por los electores)
- Una vez cerrado así, el conjunto, y obviando pequeños detalles como la esencia del voto soberano o la incorrección de afirmar "a priori" conductas en base a estimaciones pasadas (derecho penal de autor? en serio estamos aún ahí? juzgamos antes de que ocurran los hechos? Ah, el Imperio ¡qué sencillo todo él!)
- Y aquí les llega el eco de la generación del 98 y concluyen que Ay, perdidos somos, fuéronse los principios sacrosantos de la sociedad virginal, depúrense responsabilidades y castiguemos con la tacha de la infamia, ya que no se puede hacer otra cosa, a los que lo permitieron...
Ya que el tema se reduce a la responsabilidad, podemos acudir a Aristóteles y, teniendo en cuenta que la misma es siempre un desequilibrio que introduce el sujeto, una toma de ventaja que debe ser reparada, concluir que el elector con su voto no lo produce, el elector tiene una libertad de acción limitada y tasada, es por tanto IRRESPONSABLE siendo que está también "obligado" a participar de esta manera, pues no hacerlo supone el fin del Estado, la anarquía, el vacío, el dejar a las minorías aprovechadas (que sí votan porque les conviene hacerlo) que sigan con ello. Resulta esclarecedor de esta irresponsabilidad que mantengo: la falta de alternativas, la credibilidad de las opciones, la limitación de actos de los electores, la impunidad de los elegidos...

1º Con respecto a la motivación, no fui yo el que la puso en el debate sino el profesor cuando acotó el ejercicio a la reincidencia en el voto. Si solo analizamos el voto primero, la capacidad de alegar error impide la responsabilidad. Así pues, el hecho de que el profesor acote a la reiteración, y añada que se sabe la reincidencia del elegido, intenta crear un nexo entre esa motivación y la conducta previsible del elegido, a efectos de que no quepa el error, lo que hace es preparar el juicio moral. Lo único que digo yo es que la motivación, y por ende el nexo, es incuestionable pues es soberano (en el sentido de primigenio, no sometido, originario) y además la postura del elector está falta de libertad, acotada.
2º Yo no he defendido ninguna moral para los elegidos, le comenté al profesor, las medidas que se podían tomar para evitar el comportamiento de los elegidos y para que se viera que dichas medidas no existían en la realidad porque hablábamos de cosas diferentes: la idea de la democracia y su realidad.
Y yo mantengo que la moral es de cada cual y evito realizar juicios morales, pero estaremos de acuerdo en que del relativismo moral surge la ética con lo que tampoco es algo negativo.
Espero que ahora tenga más claras las razones.
Un saludo