15 enero, 2013

El pueblo intocable



                Dos mitos bastante ligados a cierta corrección política o al discurso político más superficial y ñoño se han hecho fuertes en estos tiempos propicios para tiralevitas. El primero es el de que al pueblo no se le puede criticar ni poner de vuelta y media por nada, aunque sí quepa atacar a tal o cual miembro concreto de ese grupo o a los gobernantes del mismo. El segundo hace valer que la voluntad del pueblo es incuestionable y sagrada, palabra de Dios, y que su más íntegro respeto es santo y seña del que se quiera decir demócrata. Esos dos mitos son dos auténticas pamplinas.

                Usted puede decir que el pueblo P (los españoles, los venezolanos, los alemanes, los asturianos, los vascos, los catalanes…) tiene unos gobernantes lamentables y que se sabe ahora y se sabía antes que esos que mandan son unos cretinos y unos ladrones, o unos indocumentados sin escrúpulos, cualquier lindeza, y puede añadir que los gobernantes de ese tenor que dicho pueblo tiene los tiene porque los ha elegido él en las urnas y con muy holgada mayoría, lo cual dota a tal gobierno de legitimidad democrática. Hasta ahí muy bien y nadie se molesta. Es más, los mismos que votaron con perruna entrega a tales candidatos le van a dar sin reservas la razón en las tres cosas: que sus mandatarios son lamentabilísimos, que ellos los votaron y que tienen legitimación democrática. Pero cualquier marciano mínimamente razonable inferiría algo más, algo que esos interlocutores suyos o del marciano no va a tolerar de buen grado: que el pueblo que vota a delincuentes, ineptos y sinvergüenzas es, como mínimo y en el mejor de los casos, un pueblo de tontainas. Porque en el caso peor, sería un grupo de cómplices del delito y la sinvergonzonería. Y ahí es donde aparece el mosqueo.

                Ese que con usted habla y que ha votado lo que ha votado, y lo ha votado un montón de veces y piensa seguir metiendo la misma papeleta en la urna con la misma fruición e idéntico gesto que cuando se mete el dedo en salva sea la parte, no le va a replicar con un oiga caballero (o señora), usted me ofende personalmente. Cómo habría de alegar tal ofensa, si él le ha puesto las premisas sobre las que usted concluye, si él le ha reconocido o le ha soltado de mano que esos que mandan son calamitosos, que son los que votó la gran mayoría y los que apoyó el mismo. No, para ofenderse se va a ir al pueblo y la réplica va a seguir dos pasos. Primero, que usted está ofendiendo a los tal (los españoles, los asturianos, los catalanes, los gallegos…, el pueblo que venga al caso) y, segundo, que no es usted un demócrata, puesto que no respeta la voluntad popular libremente manifestada en las urnas. En verdad, lo muy cierto es que es ese que con usted dialoga el que, por no respetar, no se respeta a sí mismo y cuando se le hace ver su condición de humilde boñiga, corre a refugiarse en el honor de las masas y en lo más cursi de una filosofía política banal. El que no respeta ni a su pueblo ni los fundamentos de la democracia, como consecuencia de que a sí mismo no se ve digno de respeto, es el que vota a sabiendas a chorizos y lerdos y, de propina, va cacareando que son tales los que eligieron él y sus iguales.

                Inimputables así provocan consecuencias todavía más graves para el interés general y el buen funcionar de la democracia. Repito que ellos saben y van explicando a quien quiera oírlos que los que en su representación y por su designio gobiernan son unos miserables. Pero un día viene alguien del pueblo vecino y dice o escribe esto: como saben mejor que nadie los mismos del pueblo P, y si no lo saben aquí les traigo yo las pruebas fehacientes, los que por elección popular rigen los destinos de P son unos crápulas. ¡Horror! ¿Qué hacen esos de P? Sentirse colectivamente agredidos, ofendidísimos porque alguien que no sea de los suyos sepa y repita lo que ellos bien conocían ya o sospechaban con buena base.  Pero no es solo que los que votaron a ese o esos partidos y a dichos líderes los vuelvan a votar para afirmar el honor dañado por la intolerable agresión exterior. No, no es eso solamente, sino que, de propina, muchos de los que antes no les dieron su voto se lo regalan a lo siguiente para que se enteren de cómo los de P respaldan a los suyos y cuánto les duele la ofensa. Ese mismo paisano que la vez anterior no votó al candidato tal porque ya se olía que era un corrupto, se echa en sus brazos ahora porque los de tal o cual otro pueblo han descubierto y probado que, en efecto, es un corrupto.

                Consecuencia: si usted, que ni es de P ni vota allí ni tiene nada personal  contra los  de ese sitio ni interés ninguno para atacarlos, pero que cuenta con las pruebas de aquella corrupción y de los consiguientes tejemanejes delictivos , si usted, digo, no quiere que aumente el sustento de los tunantes en P, al grito de quien llama delincuentes a nuestros delincuentes nos ofende a todos nosotros, líbrese muy mucho de decir esta boca es mía, guárdese para sí las pruebas y los argumentos. ¿Cómo se explica, si no, que en Valencia siguieran votando a Camps y al PP, en Andalucía a Griñán y al PSA, en Cataluña a Pujol primero y a Mas ahora, a Ciu, en suma? Y tantos casos más.

                Bueno, pues a lo mejor el problema está justamente en gastarse tanto cuidado con el pueblo, con la masa popular, con el cuerpo electoral, con los votantes. Quizá vaya siendo hora de pasar de la prudencia y el mimo vacuo a cantar las evidencias. Y la evidencia es, expuesta en términos generales, la siguiente: el pueblo que sabe que sus gobernantes son unos corruptos y unos delincuentes y que, aun así, continúa votándolos o que, incluso, más los vota cuando se corre la voz por ahí afuera, es un pueblo bien lamentable. Y ya está. Caiga quien caiga y aunque caiga León, donde bien podríamos poner también algún ejemplillo guapo. Pero como las generalizaciones son algo injustas a veces, maticemos para que no se diga, expresémonos mejor: donde los corruptos ganan por mayoría es porque los votantes penosos y ruines son mayoría, al menos mayoría de votantes. Oigan, y para que no nos ofusquemos con un único tipo de delitos y turbios manejos, añadamos que lo mismo vale para quien vota al incapaz, aunque sea honrado, a sabiendas de su incapacidad, o al asesino o cómplice de asesinos cuando bien clara tiene su catadura de canalla.

                Déjenme que les cuente un secreto, aunque me cueste algún disgusto o unos cuantos reproches: hay ciudades que yo no piso si no es por estricta necesidad o porque no puedo evitar pasar por ellas. ¿Porque me parezcan un asquito todos los de allí? No, no es eso, habrá de todo, como en todas partes. Es por un puro cálculo: si los que votan ciertas cosas son muchos, un porcentaje considerable de esa población, es muy probable que alguno me caiga al lado en el bar o me atienda en la recepción del hotel. Y, ante la duda, uno prefiere su propia dignidad y pensar que se cruza con buena gente y no con cabronazos o cobardicas. Insisto e insisto: no es que de cada uno de allí yo presuma esa condición, sino que prefiero no correr el riesgo de estar con muchos que la tengan sin que yo lo sepa. Tampoco tomaría vinos en un  bar de la asociación de violadores ni comería en el restaurante del club de maltratadores,  ni aunque me juren que admiten a todo el mundo y que el camarero es contratado y no tiene que ver con la filosofía del local.

                Luego está lo de la mitología democrática, el culto al “gesundes Volksempfinden”, al sano sentir popular. Con lo otro no podías criticar los resultados de la democracia: ni críticas al que gobierna ese pueblo, si tú no eres de él, ni, críticas al que lo votó, salvo que lo hayas votado tú también. Pero con este segundo mito la democracia proclamada es una especie de democracia de plebiscito permanente. Aquí ya no se trata de rendir pleitesía a lo que de las elecciones resulte, sino de plegarse a lo que la gente quiera cada día o cada mes. ¿Lo que quiera qué gente? La gente que lo quiere. ¿Y por qué se sabe que la gente quiere eso? De dos maneras: o bien porque trescientos contestaron una encuesta telefónica y de ellos el ochenta por ciento se pronunció, así, a favor de no sé qué, y entonces ya podemos entender que el ochenta por ciento de ese pueblo comparte tal deseo, o bien porque hubo una manifestación o acto similar  y acudió un montón de gente. Esto último es más efectivo todavía como mecanismo democrático de nuevo cuño: si una quinta parte de los miembros de un pueblo acuden a una manifestación en la que se reclama X, ese pueblo quiere X, pues los que no se manifestaron no es porque estén en contra de X, sino por causas tales como que no pudieron estar allí ese día, tenían qué hacer, no soportan los gentíos o el espacio abierto o tenían miedo de que les pasara algo por sumarse a la reclamación. Mano de santo otra vez.
               
                Conozco a muchos que votan servilmente a quienes saben corruptos y que luego se pasan el tiempo despotricando contra el sistema, los partidos dominantes y el contubernio mafioso. Tienen parecida coherencia que uno que azotara cada día a sus hijos y luego se echara las manos a la cabeza por el abundante maltrato infantil. Igual que éste quizá se defienda con el argumento de que sus hijos son suyos y los trata como quiere, el otro piensa que a esos ladronzuelos tiene derecho él a ponerlos de vuelta y media porque son los que él escogió. A veces, muchos, estaríamos mejor calladitos.

18 comentarios:

Anónimo dijo...

Buenos días, Profesor:

Hoy, en el Hospital Universitario de Móstoles se anunciaba la escasez de sangre tipos 0 + y 0-. Por favor, donen sangre, es urgente.

Por otro lado, más allá de las siete de la tarde, rodaba por la Calle Alberto Alcocer de Madrid el autobús con el equipo ché. Y en Ciudad Universitaria, este lema escrito en el suelo: Desentiéndete (o algo así).

Gracias, profesor, por su blog.

Un abrazo y gracias de nuevo.

David.

Exiliado dijo...

Profesor, tiene usted el valor de hacer declaraciones políticamente incorrectas sobre asuntos intocables. En efecto, los políticos en una democracia (e incluso en una dictadura) no provienen de un OVNI y los pueblos por lo general (con más razón en una democracia) tienen lo que se merecen. Nos hace sentirnos bien pensar que somos mejores que nuestros políticos pero deberíamos mirarnos antes en el espejo.

Juan Carlos Sapena dijo...

Siempre estimado profesor:
Como veo que le está creciendo el Imperio mucho esta temporada, igual es tendencia, me veo obligado a matizarle algunos conceptos sobre la corrupción política, a saber:
- La corrupción se produce por la perpetuidad de las estructuras de poder. Así de sencillo, limite usted el tiempo en el cargo a los “muy honorables” e impedirá que se puedan aprovechar del mismo, en demasía intolerable.
- viene favorecida por la falta de contrapesos y vigilancia, aunque mínima, sobre las cajas del dinero y las manos que en ella se meten. Ponga usted un auditor, con medios, y un sistema mínimo de autorizaciones contrapuestas que den publicidad al gasto autorizado y verá como los dineros no acaban donde no deben. De la misma forma someta todos los gastos a un sistema libre de la designación a dedo e impida que ningún gestor-cacique disponga libremente de nada a su antojo. Dejemos las urgencias para los hospitales que aburre ya ver como se aprueban por el procedimiento de urgencia proyectos que tardan años en materializarse.
- La realizan personas organizadas en lo que llamamos partidos políticos, pero que en realidad son agencias de colocación y grupos de asalto al poder. Haga usted una ley de partidos que impida ambas cosas, limitando el tiempo de permanencia y "sacrificio" en la función pública e impidiendo el acceso a la misma hasta un cierto grado de consanguinidad y afinidad y verá como les resulta imposible tejer su red clientelar y esquilmar los recursos públicos en beneficio propio. También ayudaría un correcto reparto de tareas entre las administraciones, más a lo francés o europeo, que aleje ciertas materias como la urbanística de las administraciones locales y les acerque otras como los servicios de asistencia o dependencia. Elimine las diputaciones, establezca un número de firmas que pueda tumbar cualquier ley contraria a los intereses generales, al estilo suizo o, a contrario, vincule la iniciativa legislativa popular con el concepto de soberanía directa y conviértala en un mecanismo legislativo real. Ya bordeando el orgasmo puede usted prohibir las listas cerradas y eliminar subvenciones.
- Finalmente, hay que concluir que la corrupción se realiza, como todo, porque se puede realizar; porque no hay responsabilidad alguna que recaiga sobre un político más allá de un real lo siento mucho, o al estilo botella “que se vayan todos que yo ni me inmuto”. Haga usted una ley de responsabilidad política, donde se explicite el cómo se va a reintegrar lo expoliado, de qué patrimonios saldrá, quien deberá responder de los hechos acaecidos y hasta qué punto se anularán retroactivamente las acciones fraudulentamente cometidas o cuándo no se puede seguir en el cargo por mucho que se haya untado con epoxi el silloncete, elimine la posibilidad de nombrar sucesor y de poner como asesores a unos y otros, (también se puede organizar una escuela de asesores o de altos cargos a los que se acceda por oposición y conformen un cuerpo especial de la Administración como tantos otros) y verá como desaparece la corrupción y los jueces y fiscales dejan de hacer flashmobs con el lalalá de Massiel en ciertos juicios y se van tomando el Derecho un poco más en serio. Que los tontos no son peligrosos, los peligrosos son los tontos con poder.
Pues ya ve, querido profesor, estas son las causas y los remedios, bien que “a grosso modo”, que a mi juicio versan sobre la corrupción política. Fíjese que no nombro a los votantes en ningún momento. Quizá sea porque sé distinguir entre las víctimas y los agresores y, por definición, la víctima nunca puede ser culpable.
No estoy de acuerdo con el planteamiento que une los actos de los representantes políticos con los votantes que le dieron, o incluso sin hacerlo, su voto. Culpable es el sistema y los que de él se benefician. Víctimas, la sociedad que los padece. Secuestrados todos.
Un saludo.

Perplejo dijo...

Estimado Juan Antonio,

Predica usted en el desierto. Descuide: también yo. Como probablemente recordará de otros comentarios, este es uno de los temas con los que inútilmente me fatigo una y otra vez (en su blog y en tantos otros ámbitos). El asunto de la “responsabilidad colectiva” es un tabú consustancial a toda sociedad por una razón fácilmente comprensible: nos quita uno de nuestros consuelos y placeres más poderosos: la tentación de la inocencia (propia) y la delicia de convertir al otro en chivo expiatorio.

Como muestra un botón. Dice el amigo Juan Carlos:

“Limite el poder”, “vigile las cuentas”, “ponga un auditor”, “cambie la ley”, etc. La clave de estas (sensatas) propuestas es que falta el sujeto de esos imperativos. Porque, en una democracia, ¿quién es el responsable último de que se limite el poder, se vigilen las cuentas, se ponga al auditor, se cambien las leyes, etc.? ¿De quién depende en última instancia que se hagan o no tales cosas? “Los políticos”, dirán los tentados de la inocencia.

Usted, yo, cualquiera que aplique el “menos común de los sentidos” podríamos responderles: “Pero, hombre, ¿quién ha puesto ahí, mediante el voto, a esos políticos? Y, si no esos políticos no han cumplido sus promesas y llevan años sin limitar su poder, vigilar las cuentas, poner auditores, cambiar las leyes, etc., ¿por qué caramba sigue usted votándoles “ad nauseam”? Si le engañan una vez, la culpa es del político. Sea; pero, si usted se empeña en seguir apoyando a un mentiroso y a un corrupto, se convierte en cómplice del mentiroso y el corrupto.” Como si oyeran llover. Volverán a contestarle (en el mejor de los casos): “Vale. Pero, ¿qué hago entonces? ¿A quién voto? Es que el “sistema no me da alternativas”.
Usted, yo, cualquiera que aplique “el menos común de los sentidos” podríamos responderles: “Pero, hombre, claro que tiene alternativas: quizá haya partidos que demuestren ser menos corruptos. O si cree, como yo, que estamos en un sistema partitocrático, corrupto desde la raíz; si cree que el partido que se maneja con las reglas del juego vigentes pierde necesariamente su crédito democrático, vote en blanco o no vote. Si en las próximas elecciones, el 95% de los españoles tomamos esta decisión, no dude en que los partidos (por la cuenta que les trae), se pondrían las pilas. O, si no se las ponen, ¿por qué no se implica usted en formular una alternativa? ¿O en animar a alguien que le merezca confianza para que lo haga? ¿No ha oído hablar de los ciudadanos que, hartos de los tejemanejes de los partidos oficiales, montan en su pueblo o ciudad una alternativa? Etcétera.” Y son ejemplos entre tantos otros...

Perplejo dijo...

La cuestión es muy simple: la mayoría del “pueblo” se ha convencido (porque es comodísimo) de que la “democracia” debe ser sostenida siempre por los demás; de que uno puede desentenderse de lo público sin consecuencias catastróficas; de que la democracia no hay que mantenerla día a día, con ímprobos esfuerzos y engorrosísimos quebraderos de cabeza. Damos carta blanca a quienes “se meten en política” (como si la política no fuera un deber de todo ciudadano responsable) y luego nos llevamos las manos a la cabeza cuando hacen y deshacen a su antojo. Y ni siquiera eso: porque seguimos votando (con entusiasmo, en muchos casos) a quienes se aprovechan de sus privilegiados cargos. Incluso imitamos, en nuestro ámbito de posibilidades, las corruptelas de esos “políticos”: quizá no pueda choricear un millón de euros, pero bien puedo llevarme mil con este chanchullo; quizá no pueda retirarme con una pensión encandalosa, pero sí cobrar el PER o la paguita de turno mientras trabajo “en negro”. Y un fatigante etcétera.

Eso sí: “la culpa es del sistema”. El “sistema” es como “los designios divinos” o la “necesidad histórica” de hegelianos y marxistas: una virguería de imprecisión que justifica todos los desmanes y todas las perezas. Como si el “sistema” no lo conformáramos entre todos, como si no fuera lo que hacemos entre todos y no pudiera cambiarse si realmente estuviéramos dispuestos a luchar (sí, a luchar) por cambiarlo (por cambiarnos).

¿Que tiene más responsabilidad quien más poder tiene? Hombre, ¡faltaría más! ¿Que las cosas podrían cambiar –incluso rápidamente– si todos los que nos quejamos del “sistema” nos comprometiéramos de verdad a cambiarlo? Evidentísimamente.

Ahora bien: si de verdad queremos cambiar las cosas, hay que ser conscientes de que hay que implicarse (diría “sacrificarse” si no me repelieran las connotaciones) muchísimo. Como hicieron, por ejemplo, las sufragistas que lucharon por el voto femenino o los obreros que peleraron por sus derechos laborales.

Otra cosa es que, en el fondo, no queramos cambiarlas porque, si somos sinceros con nosotros mismos, preferimos una sociedad sustentada en el mamoneo, la picaresca y el chalaneo. O porque en el fondo nos da igual y, garantizado un sueldo mínimo y cobertura social, prefiero pasarme el día frente a la tele o el Marca y que el "sistema" lo arreglen y lo mantengan otros. Que no está uno para quebraderos de cabeza.

En suma, profesor: vaya usted a una reunión de vecinos. Sólo eso: a una reunión de vecinos. Tome nota y luego dígame que esto tiene remedio y que la culpa es (sólo) de los políticos. O del “sistema” (?). Pos vale.

Exiliado dijo...

Perplejo, me adhiero a todos sus comentarios. Aunque corro el riesgo de repetir o parafrasear lo que ya se ha dicho, aquí van algún apunte más:

- Partiendo de que exista al menos un marco legal que impone un nivel mínimo de control sobre los gobernantes, la adopción de normas más estrictas (que pueden ser vulneradas de manera subrepticia) sirve de muy poco si no va acompañada de un alto nivel de exigencia por parte de los ciudadanos. Haga usted aprobar las leyes que quiera pero si el “pueblo” no exige su cumplimiento y además sigue aclamando a los mismos gobernantes (en parte porque se identifica con sus principios – o falta de ellos) ya me dirá para qué sirven esas leyes.

- Los partidos políticos, en general, se han convertido en entes parasitarios pero con ello sólo reflejan una mentalidad predominante en España de intenta aprovecharse de “lo público”. Además, nada impide la creación de nuevos partidos políticos, como demuestra UPiD, y aunque el marco legal para ello no sea propicio (debido a una Ley Electoral que beneficia descaradamente a partidos grandes de ámbito nacionales y a partidos nacionalistas) si hubiera verdaderamente una demanda de regeneración democrática ya habrían surgido partidos que respondieran a ella.

¿De verdad les parece que la diferencia entre un ciudadano español y un cargo electo o gobernante español es mayor que la que existe entre sus equivalentes en, por poner un ejemplo, Alemania? El año pasado, los presidentes de Alemania y Hungría dimitieron (sin que hubiera obligación legal para ello) por irse de vacaciones pagadas con un empresario favorecido y por plagiar una tesis doctoral, respectivamente. En España tales conductas provocarían indiferencia o, en el mejor de los casos, una reacción al estilo “Ley del Embudo”, es decir, defensa a ultranza por parte de sus conmilitones y votantes y ataque frontal por parte de sus contrincantes políticos y votantes de otros partidos (que probablemente incurrirían en la misma conducta deshonesta por ellos criticada).

Juan Carlos Sapena dijo...

Perplejo y Exiliado:
Sea que parecemos ya el club del abuelo cebolleta, pero no matemos al mensajero.
El título del post era "El pueblo intocable" y repito que no comparto la tesis de que el pueblo sea culpable de nada, porque el pueblo no es nadie.
Intocables son, en primer lugar los políticos que producen éstas las nuestras cuitas y en segundo lugar el sistema que se lo favorece. Anda correcto perplejo al apuntar en que son los propios políticos los que diseñan el sistema, pero es que el sistema, el biopoder y la biopolítica, se han apropiado de las personas como sujetos, recipientes, y los han vaciado.
Igual es que perseguimos un sueño, una entelequia o qué sé yo, porque la democracia clásica, no era sino el mantenimiento de unos cuantos y la moderna lo mismo, pero con tarifa plana. Y es que ninguna tiene mucho de democracia en el sentido de igualdad, pluralidad, alternancia, buena fe, bien común, sacrificio, etc...que utilizamos nosotros aunque se podría mejorar con algo de cinta americana.
Es decir que, parafraseando a Faulkner cuando dice "Ninguna guerra se ha ganado jamás. La victoria es ilusión de filósofos e idiotas." Podríamos aventurar que ninguna democracia real y verdadera se ha dado jamás sino en la mente de algunos filósofos e idiotas (entre los que me incluyo)
La cantidad de eventos que deben ocurrir al unísono para que sea real es tal, que resulta una quimera pretender que una sociedad humana llegue a ella y el hecho de perseguirla es un mero acudir al canto de las sirenas.
No somos iguales, nunca lo fuimos y nunca lo seremos. Sálvese quien pueda. Ahora, culpables todos, no. Porque hay víctimas. Y muchas. Y son siempre las mismas.

Un saludo.

Perplejo dijo...

Estimado Juan Carlos,

Telegráficamente (ya habrá tiempo de profundizar, si procede):

- Claro que no hay democracias perfectas (suponiendo que quepa hablar de perfección en este ámbito); pero no por ninguna maldición bíblica o conjura de poderosos, sino porque quienes conformamos los "sistemas democráticos reales" somos de una imperfección que asusta.

- El "sistema" no es algo ajeno a los individuos: el sistema está conformado por el conjunto de los individuos y por las relaciones y la gestión de la convivencia que entre todos establecemos. Unos cuentan, de partida, con más poder e influencia; otros ganan ese poder e influencia con inteligencia, fuerza, falta de escrúpulos, voluntad y un largo etcétera; otros, sencillamente, se abstienen. Pero todos podemos, en mayor o menor medida, influir en "el sistema" y cambiarlo. Porque el sistema, insisto, somos nosotros. No una entelequia.

- Los gestores de un sistema llegan hasta donde los demás miembros de un sistema les dejan llegar. Son un reflejo de la masa social que los mantiene en el poder. Acepto que un etíope que sólo ha conocido miseria esté alienado; pero afirmar que la mayoría de los españoles de hoy -por ejemplo- hayan sido lobotomizados por el sistema [¿qué sistema?] y sean víctimas de él no puedo aceptarlo.

La grandeza y la dificultad de una auténtica democracia estriba en que, para sostenerse, depende de la implicación activa y constante de la "sociedad civil", de cada uno de nosotros. Una paisano de Faulkner decía, con toda la razón del mundo: "No te preguntes qué puede hacer el sistema por ti; pregúntate primero qué puedes hacer tú por el sistema". Hasta que no asumamos ese principio no habrá democracia que valga.

- Es inimaginable una nación de ciudadanos responsables y virtuosos dirigida por políticos corruptos y necios. Los políticos son como somos y sólo cambiarán cuando cambiemos.

Un saludo cordial.

P.S. Completamente de acuerdo con sus puntualizaciones, Exiliado.

Juan Carlos Sapena dijo...

Estimado Perplejo:
Dice usted que “El "sistema" no es algo ajeno a los individuos” e incluso que “el sistema, insisto, somos nosotros” y me da la impresión que donde dice sistema quiere usted decir sociedad.
El sistema, Perplejo, es enemigo del individuo. De cualquier individuo. El sistema intenta anular al individuo.
Como creo que estamos en polos opuestos y me gustaría que me entendiera bien, le voy a pedir que piense usted en la persona, el individuo, como en un recipiente de vida, simplemente. Coincidirá conmigo en que el más representativo signo de dominio desde el mundo clásico ha sido el disponer del derecho de vida y muerte de otros. Primero a través de los esclavos, luego de los súbditos (siempre de la mujer) Finalmente, este derecho se transmutó, junto con el poder soberano, en la Europa de las revoluciones, dando lugar al biopoder, que pretende convertir la vida en algo administrable por el poder, sin cuello ya el soberano. Para ello, según Foucault, se vale de dos grandes grupos de técnicas: por un lado la vigilancia, el control, la utilidad, es decir el control del individuo; y por otro, el control de la natalidad, la mortalidad, la migración, es decir, de las poblaciones humanas, la biopolítica.
Por supuesto puede usted no ver estas técnicas o afirmar que la democracia actual es solo un abuso de la estadística, que nadie nos maneja, que no hay un patrón, que solo son una panda de ladrones al igual que la sociedad, formada por ladrones mismos esperando su turno (homo hominis lupus) Todos los sucesos tienen varias lecturas, tantas como lectores (mi favorita teoría del observador) pero la principal ventaja que tiene seguir esta línea de razonamiento es que se ajusta a la hora de encontrar un culpable (la mano que mece la cuna) así como también a la hora de ofrecer solución (cámbiese el sistema) y vea que, siguiendo su razonamiento, como todos somos culpables, pues de cada uno de nosotros es culpa lo que sucede, nadie acaba teniendo la culpa y la solución que aporta (que cambien millones de personas en unísona y alegre catarsis) es , en el mejor de los casos, utópica.
Está usted siguiendo la línea de pensamiento que el sistema le ha inculcado. Está absolviendo a los políticos y a sus políticas y promete un futuro en otra vida (cuando todos cambiemos). No es algo nuevo, hace unos dos mil años ya lo hicieron los evangelistas, aquellos liquidadores de un Imperio que estaba en concurso.
Bajando a lo cotidiano, yo no veo por ningún lado que el individuo tenga ninguna capacidad para responder frente al sistema una vez que éste se pone en marcha. Piense en los judíos que se dejaban matar como corderos y después piense en los soldados aliados que se dejaban matar como corderos también…Unos y otros fueron víctimas del mismo biopoder.
Naturalmente que la sociedad se organiza e intenta responder, se han constituido plataformas contra los desahucios, las preferentes, etc…pero es imposible que consigan nada. Para eso están las técnicas que comentaba Foucault (y otros). Y funcionan.
Un saludo y perdón por el tochazo que me ha salido.

Betawriter dijo...

Como dicen ustedes, el pueblo no existe, pero es que "los políticos" tampoco. Los políticos son personas. Padres, vecinos, ciudadanos.

Quien ha viajado a otros países y conoce otra ética, otros valores y otras actitudes, entiende cuál es el mal de nuestro país: el egoísmo. Es por eso que el dinero público usurpado, los parques sucios, los váteres cagados fuera, no se sienten como una agresión a uno mismo. Tampoco el que las normas se apliquen cuando conviene y se llamen injustas cuando no. O que se pida dureza extrema para el otro y compresión para uno mismo.

Hay fraude y picaresca en todos los niveles. Demonizar a los políticos es absurdo. Seamos serios, ¿qué investigador principal no ha comprado material para su uso y disfrute personal? ¿qué investigador no se ha fijado en el destino del congreso en vez de en su calidad? ¿qué colegios privados no se han inventado cargos absurdos bien remunerados? ¿quién no ha ganado un pico abusando del sistema de dietas? ¿quién es tan tonto de llamar desde su móvil si puede llamar desde el teléfono del organismo público en que trabaja? Y así podemos seguir ad nauseam.

El caso de los políticos es cuantitativamente diferente, porque disponen de más poder, pero cualitativamente es el mismo.

Y lo peor es que algunos ni siquiera entienden que estén haciendo nada reprobable, sin que forma parte "del cargo".

Un cambio educativo y de mentalidad es la única salvación. El problema es de base.

Saludos.

Juan Carlos Sapena dijo...

Coincido con su última frase Betawriter, el problema es que la mano que mece la cuna está fuera de nuestro alcance en cuanto que individuos. Le pertenece al sistema. Es una de sus herramientas.
El problema se entiende mejor si a Foucault (el biopoder, la biopolítica) se le suma Agamben (la nuda vida), Chomsky (la cultura del miedo) e incluso Weber (el monopolio de la violencia)
No es difícil llegar a la conclusión del cambio de paradigma que usted apunta como solución.
Un saludo

Perplejo dijo...

Estimado Juan Carlos,

Como soy incapaz de ver la relación entre sus argumentos y los míos, voy a hacer un último intento [último, lo prometo] ateniéndome a su discurso idea a idea. Mil disculpas por la intolerable extensión (y aun así, soy consciente de que simplifico imperdonablemente):

"El sistema, Perplejo, es enemigo del individuo. De cualquier individuo. El sistema intenta anular al individuo."

Sigo sin saber qué entiende usted por ese inconcretísimo "sistema". Pero, como todo epifenómeno social y cultural, el "sistema" (sea el democrático, el educativo o el penal) ha sido creado por los hombres. Unos cuantos lo formularon y el resto lo acepta (con más o menos entusiasmo), lo tolera o pasa del tema. Otros lo rechazan: unos "de boquilla" y otros en teoría y en la práctica (estos últimos serían los revolucionarios, los rebeldes, los levantiscos). Basta observar nuestra sociedad para concluir fácilmente que este último grupo es ridículamente reducido.

¿El sistema "enemigo" y "anulador" del individuo?. Ni idea. Puesto que ignoro a qué sistema se refiere ni en qué sentido es enemigo de él De hecho, la mayoría de los sistemas son una bicoca para ciertos individuos (las oligarquías, por ejemplo).

Los sistemas son creaciones humanas para gestionar la convivencia humana (necesariamente conflictiva). De ahí que hablar del "sistema" en abstracto es un poco absurdo: o aceptamos la anarquía más absoluta (que propende, por pura lógica, a la ley del más fuerte; y que no deja de ser otro "sistema") o aceptamos que hay muchos sistemas distintos y valoramos en concreto cada uno: unos propenderán a la emancipación individual, otros tenderán al colectivismo uniformador... y un inmenso etcétera. Pero, una vez más, son creaciones de hombres, sostenidas, rechazadas o toleradas por hombres. Si se convierten en sistemas "enemigos", "agresores" o "alienantes" para "todos" los individuos (absurdo planteamiento) es porque los hombres los han creado (o aceptado sin rebeldía) así.

Sigue usted: "le voy a pedir que piense usted en el [... ] biopoder, que pretende convertir la vida en algo administrable por el poder, sin cuello ya el soberano. Para ello, según Foucault se vale de dos tipos grandes grupos de técnicas [...]"

A Foucault lo he leído a veces con provecho y muchas veces con consternación y alarma (por sus incoherencias, inconcreciones y meros disparates). No es éste el espacio para mis refutaciones. Sólo una pequeña maldad sólo aparentemente "ad hominem": el filósifo del biopoder, el fustigador de "la sociedad de control", acabó lamiendo las babuchas ¡de Jomeini! y acusando al "poder vigilante" de inventarse la enfermedad del SIDA -enfermedad que le costó lamentablemente la vida- para controlar la libertad sexual.

Perplejo dijo...

Pero sigamos. Dice usted: "el biopoder pretende...", "el poder se vale de..."; pero concretemos: ¿a quién se refiere en concreto usted con ese "bipoder", ese "poder", que pretende o se vale de esto o lo otro? ¿Quién diantre conforma ese "sistema" alienante y controlador que convierte en pobres víctimas irresponsables de todo a la mayoría de la sociedad (que se entiende que carece por completo de poder o es completamente ajena a los manejos del inconcreto "sistema")? ¿Botín y los banqueros? ¿Los altos cargos del PP y PSOE? ¿La CIA? ¿Quién detenta en exclusiva el poder? ¿Quién es responsable y quién no y en virtud a qué condiciones?

"Por supuesto puede usted no ver estas técnicas o afirmar que la democracia actual es solo un abuso de la estadística"

No es que no las vea: es que entiendo que las cosas son mucho más complejas que la comodísima distinción (nunca concretada ni justificada, por supuesto) entre "buenos y malos", "poderosos e impotentes", "responsables e inocentes". Respecto a la democracia como abuso de la estadística lo afirmaba, entre otros, Borges. No me gustan las definiciones simplistas, salvo que se trate de una boutade.

Sigue: "[afirmar] que nadie nos maneja, que no hay un patrón..."

Claro que hay individuos y grupos con mucho poder e influencia que intentan manejar al resto, con técnicas bien diseñadas. De hecho, casi todo el mundo intenta manejar a todo el mundo, cada quien con sus capacidades y sus medios. Pero eso, ¿qué tiene que ver con el hecho de que, en una democracia, los ciudadanos son corresponsables de las decisiones (y las abstenciones) políticas que toman? Eso no implica que todos seamos igualmente responsables de todo lo que hacemos, sino que cada uno somos responsables de lo que hacemos o no hacemos. Ejemplo concretísimo: si usted vota reiteradamente a un corrupto fehaciente es usted cómplice de su corrupción. Punto.

Perplejo dijo...

Sigue: "que solo son una panda de ladrones al igual que la sociedad, formada por ladrones mismos esperando su turno (homo hominis lupus)"

¿Quién ha sostenido semejante simplismo? Los políticos no son todos una panda de ladrones ni todos son corruptos. Los hay sinvergüenzas olímpicos, corrompidillos, potables y honestísimos. Estos últimos, por supuesto, duran menos en los cargos de responsabilidad (si es que llegan) que un sueldo en la casa de un español. Entre otras cosas, porque a los votantes de los partidos políticos suele importarles poco menudencias como la honestidad y el mérito y votan sin quejas (incluso con entusiasmo y banderitas agitadas) la lista que les ponen por delante. ¿Quiero esto decir que todos los votantes son unos ladrones y corruptos? En absoluto. Quiere decir que una parte significativa de ellos son necios, cerriles o cómplices de ver en el poder a quienes pueden beneficiarle de una forma u otra y montar un tinglado de chalaneo en el que se mueven como pez en el agua. ¿Que hay ciudadanos honestísimos? Muchos. Pero son minoría. Por eso el "sistema" funciona.

Sigue: "la principal ventaja que tiene seguir esta línea de razonamiento es que se ajusta a la hora de encontrar un culpable (la mano que mece la cuna) así como también a la hora de ofrecer solución (cámbiese el sistema)"

En efecto, la "ventaja" de su línea de pensamiento es que encuentra (comodísimamente) al "culpable": "la mano que mece la cuna". Y me pregunto de nuevo: ¿Botín y los banqueros? ¿Los altos cargos del PSOE? ¿El presidente de Coca-Cola? ¿La CIA? Hay quien se imagina el mundo [espero que no sea su caso] como una confabulación de un centenar de "poderosos" (siempre oscuros) que, taimados y crueles, engañan a la inmensa mayoría de la humanidad, que -inocente- se deja pisotear o -en el fondo honesta y nunca responsable- les sigue el juego. Pues vale.

La solución. "Cambiénse el sistema". Aunque sigo sin saber a qué sistema en concreto se refiere, aceptémoslo. Pero se habrá dado cuenta de que su verbo carece de sujeto concreto. ¿Quién es el responsable de cambiar el sistema? ¿Botín? ¿Bill Gates? ¿Rajoy? Yo diría: los responsables de cambiar el sistema son todos los que hoy sostenemos el actual: esto es, la inmensísima mayoría. Unos parten con más capacidad de influencia; otros, con menos. Pero cada quien puede hacer algo (mucho) por cambiarlo. Es lo que ha pasado [al menos en apariencia] en las revoluciones. Y si las revoluciones no han cambiado nada en el fondo (Lampedusa) es porque en el fondo la mayoría no ha querido cambiar las cosas.

Perplejo dijo...

Sigue: "...siguiendo su razonamiento, como todos somos culpables, pues de cada uno de nosotros es culpa lo que sucede, nadie acaba teniendo la culpa..."

¿Mande? Supuestamente sostengo que todos tenemos la "culpa" (no: sostengo que todos somos responsables -o correponsables como mínimo- de lo que hacemos y no hacemos) y, por tanto, que nadie tiene la "culpa" de nada. Bonita contradicción. Yo diría que es usted quien diluye las responsabilidades al achacar los males al hispostásico "sistema" o al inconcretísimo "biopoder" (le recuerdo que las instituciones humanas son creadas, integradas y apoyadas o toleradas por hombres concretos; responsables, por cierto, de su creación, integración, apoyo o tolerancia).

Sigue: "y la solución que aporta (que cambien millones de personas en unísona y alegre catarsis) es , en el mejor de los casos, utópica."

Precisamente porque descreo de utopías y milagros, sostengo que la única solución pasa por que cada uno se comporte con honestidad y coherencia, sin justificaciones que nos eximan de nuestra responsabilidad, rechazando la corrupción (ajena y propia) y apoyando el mérito y la excelencia (ajena y propia). ¿Que eso no va a suceder? Cuénteme algo que no sepa. ¿Que es imposible un sistema honesto y meritocrático si la mayoría de los ciudadanos que lo conforman no defienden (activamente) la honestidad y el mérito? Obvio.
Su propuesta es que "el sistema cambie" (?): pues explíqueme, en concreto, quién va a cambiarlo y cómo, sin partir de las premisas anteriores.

Sigue: "Está usted siguiendo la línea de pensamiento que el sistema le ha inculcado."

Que no, hombre, que no. No me exima de mi responsabilidad. Que a mí al "sistema" ese nunca me lo han presentado ni me cae bien. Me hago responsable de mis palabras. Si son necias es porque no doy para más, no porque sistema alguno me haya idiotizado.

Sigue: "Está absolviendo a los políticos y a sus políticas..."

Pero ¿qué dice usted hombre de Dios?

"... y promete un futuro en otra vida (cuando todos cambiemos)"

¿...?

Sigue: "Bajando a lo cotidiano..."

Al fin...

" ... yo no veo por ningún lado que el individuo tenga ninguna capacidad para responder frente al sistema una vez que éste se pone en marcha."

Claro que puede responder, otra cosa es que un individuo aislado tenga la más mínima capacidad de éxito. Como ya he dicho, los que son minoría están jodidos pero bien. Decir que son víctimas del sistema quiere decir que son víctimas de la mayoría: esto es, de otros muchos hombres.

Perplejo dijo...

"Piense en los judíos que se dejaban matar como corderos..."

¿Qué tiene eso que ver? Precisamente, el verdugo de los judíos no fue sistema alguno: fue buena parte de la sociedad alemana, antijudía hasta la médula (o indiferente o cobarde ante la matanza).

" ...y después piense en los soldados aliados que se dejaban matar como corderos también..."

Muchos de esos soldados se consideraban patriotas: aceptaban la posibilidad de morir por una causa. Otros, en efecto, no se atrevieron a objetar o desertar. La libertad a veces es una opción durísima. Pero, de nuevo, la sociedad americana (es decir: la mayoría de los americanos) apoyó la guerra, lloró pero justificó la muerte de sus soldados y luego siguió votando a los partidos que habían apoyado la guerra. ¿Tenían razón? ¿Quién soy yo para determinarlo? Pero, para bien y para mal, fueron responsables de sus decisiones (o sus abstenciones).

"Unos y otros fueron víctimas del mismo biopoder."

Me remito a lo ya dicho.

"Naturalmente que la sociedad se organiza e intenta responder, se han constituido plataformas contra los desahucios, las preferentes, etc... pero es imposible que consigan nada."

Qué va a ser imposible... Es que esas plataformas y organizaciones son absolutamente minoritarias. No sólo chocan contra el "biopoder" (?). Chocan contra la indiferencia (o la disparidad ideológica) de la mayoría.

"Para eso están las técnicas que comentaba Foucault (y otros). Y funcionan."

Sí, hombre: el hecho de que en Sevilla salga cien veces más gente a la calle para manifestarse por la posible bajada del Sevilla a Segunda B que por el tema de los desahucios es culpa del "biopoder". El hecho de que me pase el día leyendo el Marca y entrando en páginas porno, en lugar de estar atento a lo que de verdad me incumbe y afecta es culpa del "sistema". Pues vale.

Simplificando: claro que los políticos y los "poderosos" (acépteme la simplificación) son responsables: son responsabilísimos; pero, en su nivel, también lo son quienes apoyan, aceptan, toleran o "pasan de" esos políticos y "poderosos". Y somos la mayoría.

¡Qué cómodo sería un mundo en el que uno sólo fuera responsable de lo que hace bien y fuera siempre inocente e irresponsable de lo que hace o deja hacer mal!

La democracia exige un nivel de esfuerzo y compromiso tremendos. Derechos y deberes. Quien se niegue a asumirlo, no es demócrata. Y quien mima la irresponsabilidad eterna del otro (pobre ignorante incapaz de manejar su vida) es que prepara el terreno para mejor aprovecharse de ella ("tú déjame a mí, que yo sí sé cómo organizar esto").

Un cordial saludo.

Juan Carlos Sapena dijo...

Estimado Perplejo:
Le agradezco la extensión. Soy consciente de que este formato es duro para temas como éste.
Solo destacar que es clara la distancia entre las posturas y entiendo que se mueve usted en un campo distinto del mío.
Sigue usted persiguiendo la idea utópica e inexistente de democracia y anda dándole vueltas a porqué no se cambia la realidad para mejor acomodarse a esa su idea.
Mientras que yo parto de la fea realidad y trato de buscar una explicación, usted intenta defender una imagen ideal, una democracia que no existe más allá del sufrido papel y se lamenta porque no seamos capaces (la capacidad, una técnica...) de alcanzarla.
No tiene suficiente con eso sino que además por el camino me quiere hacer a mí, en cuánto que español y posible votante, corresponsable por acción u omisión y en la parte alicuota que me corresponda, de lo que los de la casta andan haciendo en su único provecho cuando yo no les di mi permiso para nada y aunque les hubiera votado tampoco hubiera sido para que hicieran eso, y aunque los volviera a votar, aún después de haber hecho eso para lo que yo nunca di mi visto bueno, tampoco tendría que haber relación causal entre mi acción de votar y las suyas de robar pues sepa usted que mi voto es soberano y por ende no necesita justificación alguna, ya que de hacerlo así dejaría de ser poder soberano puesto que estaría sometido a otro superior. Ese es el único esfuerzo que requiere ser demócrata, en mi opinión, aceptar que somos todos pares.
Por otro lado, mire pues no, si no ve el poder, su evolución y su estado actual tal y como yo lo veo, si no entiende como yo lo hago la relación entre el poder y la sociedad, entre los individuos, no tengo mayor problema, simplemente es la teoría del observador (cada uno ve una cosa) pero yo ni me siento culpable de la situación ni pienso asumir responsabilidad alguna.
No me lo tome a mal, desconocía lo de Foucault y las babuchas, a decir verdad, de los filósofos y pensadores solo me interesan sus ideas. El motivo de citarlos es para apoyar mejor lo que intento decir y facilitar la ampliación del profano interesado, que siempre puede haberlo, en los temas que menciono. Tampoco espero que lo que yo entiendo de ellos sea igual que lo que entiende usted o incluso parecido a lo que el autor quería decir con lo que le agradezco cualquier corrección que estime pertinente al respecto.
Reciba un saludo afectuoso.

AnteTodoMuchaCalma dijo...

Querido don GA:

1. Qué desgarradora descripción de este caldo social de heces. Náusea y mareo.

Una idea que siempre le oigo (en otro contexto) es que para que en un individualismo extremo la democracia funcione, debe haber consecuencias para el votante, de modo que se responsabilice de su voto. Sin embargo, se instala entre la gente la idea de que el voto a los minoritarios nunca puede producir consecuencias que veamos en vida, y que en los mayoritarios es todo lo mismo o casi.

¿Tendrán razón?

Y si la tienen, ¿puede haber democracia -organización de las decisiones colectivas- en un individualismo extremo?


2. Por mi limitada capacidad de abstracción y mi tendencia cotilla-porteril, cuando el sabio señala a la luna yo siempre me quede mirando al dedo. Pido perdón por adelantado.

Dice usted que hay ciertas ciudades que usted tiene claro que NO. Eso es un criterio de discernimiento (discriminación de la buena) que guía su conducta.

La pregunta sería: en ejercicio de ese autónomo criterio, ¿qué ciudades SÍ?

Por preguntar algo, námás.