28 marzo, 2015

El anuncio como salvación. Por Francisco Sosa Wagner



Lo mejor de los periódicos en estos tiempos turbios y turbulentos son los anuncios. Yo me demoro en ellos, los leo, admiro su composición, el ingenio de su creador, medito sobre su mensaje y ya solo me falta hacerles caso y seguir el consejo mercantil. Pero eso es lo de menos, imagino que, al haber llegado a tanta perfección, a quienes ponen los anuncios en los periódicos lo que menos les importa es que alguien compre aquello que venden. Lo esencial es disfrutarlos y participar de su contenido pues, cuando esto ocurre, ya se crea una corriente de simpatía, de camaradería y de empatía (como se dice ahora) hacia el comerciante de la que no podrán salir sino frutos benéficos para el estamento productivo. 

La visión de la playa de Alicante con unos bañistas retozones, olvidados de sus cuitas, felices por haber sabido dar con una oferta rellena de la crema de los atractivos nos proporciona gran sosiego y nos pone sobre la pista de lo que es realmente valioso en la vida. Nos descubre, como si dijéramos, su sustancia.

Pues ¿y cuando el destino no es Alicante o Ribadeo sino Tailandia, Kenia, Samurai Sugoi o Annanpurna? Entonces ya se desatan nuestras entretelas aventureras, reactivamos nuestras lecturas juveniles, segregamos jugos, meditamos sobre el entrelazamiento de las culturas, sobre la relatividad de las diferencias religiosas y de los quesos... ¿Puede concebirse algo más provechoso para enriquecer nuestra mente y activar los músculos de la imaginación?

Esto por lo que se refiere a los anuncios que nos llevan al sueño y a la leyenda, a la literatura de Kipling y a los versos de Tagore y a tantos otros excesos de la lírica. Pero lo bueno es que anuncios hay que nos convocan a comprar carburantes y que producen parecidas sensaciones plásticas. ¿Se concibe mayor desafío creativo? Hacer de un chorro de gasolina que sale de una manguera una obra de arte es solo comparable al retrete de Duchamp pero en mejor, por más caprichoso y más limpio. 
Veo un anuncio de un producto que elimina las humedades de las paredes y me quedo maravillado pensando que lo único que le falta al famoso cuadro de Van Gogh donde se ve una cama, un aguamanil, unas sillas y poco más, lo único que le falta son las humedades en las paredes para convertirse en una obra de arte con aliento de eternidad. Pero es más: es que el anuncio del producto anti humedades me lleva a la situación melancólica de echar de menos en mi casa unas humedades decorosas que justifiquen la compra del anuncio. Unas humedades artísticas que son el presagio de grietas amenazadoras a las que es preciso combatir porque por ellas se nos pueden escapar el wifi y los secretos domésticos y aventarlos sin saber su destino.

“¡Sorprende a los coaches con tu talento!” es otra página del periódico de mi preferencia (es decir “La Nueva España”). ¿No es un hallazgo lleno de misterio? No sé qué son los coaches evidentemente pero solo la idea de que mi talento pueda sorprenderlos ya me llena de vigor y de entusiasmo cuando, por mi edad, ya pensaba que jamás sorprendería a nadie ni a nada. Y de pronto sé que hay un coache vagando en torno a mí y expuesto a ser deslumbrado por mis capacidades y fortalezas (hasta ahora desconocidas por mí).

Y así podría seguir... Los cambios van a ser sensacionales porque, poco a poco, los periódicos solo contendrán anuncios y ese día la vida será más risueña. Más amarilla y canora, con más senderos y con veredas más cuidadas.