07 marzo, 2015

Generaciones



   Mis padres eran campesinos asturianos, nacidos ambos en 1917. Sabían leer. Mi madre podía escribir cosas sencillas. A mi padre nunca lo vi escribir más que su firma, no había aprendido más. Mi padre recordaba con gran dolor que el padre suyo, mi abuelo, apenas le había permitido, de niño, ir a la escuela, pues le decía que tenía que trabajar con el ganado y en la tierra y que no necesitaba saber más. Pocas cosas daban mayor placer a mi padre que leer periódicos, cuando uno caía en sus manos (normalmente, uno a la semana) lo devoraba con fruición de cabo a rabo, silabeando en voz baja. De la televisión (cuando llegó) y la radio, sólo le interesaban los programas informativos. Mi padre y mi madre eran sumamente inteligentes. Admiraban por encima de todo a las personas que sabían expresarse muy bien.

   Desde niño me dejaron muy claras mis opciones. Si yo quería estudiar, ellos se sacrificarían cuanto fuera necesario y renunciarían a cuanto hiciera falta. Cuando, a los diez años, me mandaron al colegio a la ciudad, vendieron el único prado pequeño que era de su propiedad, y destinaron el dinero a ese gasto mío. Mis padres trabajaban en el campo, los dos, y mi madre también en la casa. Su jornada de trabajo duro era de más de diez horas al día, sábados y domingos incluidos. Se levantaban y comenzaban la labor a las seis de la mañana. Terminaban a eso de las nueve de la noche, después de ordeñar, a mano, por supuesto. Nada más que paraban un par de horas a mediodía. Era su destino, les vino impuesto sin vuelta de hoja. Lo asumieron con rigor y entrega.

   Yo trabajé en el campo desde pequeñito, en lo que me mandaban y fuera del horario de la escuela. Pasé muchas horas, muchas, con las vacas en el campo, de pastor (en asturiano se dice “llendando”). Con siete u ocho años me iba con las diez o doce vacas a eso de las nueve y retornaba a casa al caer el sol. Llevaba muchas veces la comida, una pequeña radio y algo para leer, unos tebeos o alguno de los seis o siete libros que tenía en casa y que eran mi tesoro. De todos modos, allí, yo era un niño privilegiado y bastante protegido. Con diez años y el apoyo de doña Manolita, la maestra de Ruedes, mis padres me dijeron que tenía que elegir. Si quería estudiar, adelante, pero no podía fallar ni tomármelo a broma. Si no quería estudiar, debería trabajar con ellos y como ellos. Dije que sí, que estudiaría, y me lo tomé muy en serio. La otra opción siempre estuvo clara. Nadie me iba a mantener ocioso si no me aplicaba fuertemente. Durante la carrera vivía en mi pueblo y desde allí iba y volvía a Oviedo. Me levantaba los más de los días antes de las seis de la mañana y caminaba por sendas de monte hasta el apeadero del tren. Al volver de la Facultad, muchos días debía echar una mano en las labores, en el campo. Me liberaban todo lo que podían y todas las otras horas las gastaba en estudiar. Nunca suspendí un examen y competía con los compañeros que tenían mejores notas en cada asignatura. En aquel tiempo (empecé en la universidad en 1975) el estudio era duro, los exámenes tremendos, y hasta los menos aplicados estudiaban una barbaridad. Era así, y punto.

   Hoy veo a mis jóvenes estudiantes, veo cien o doscientos nuevos cada año. Hay de todo, naturalmente. Pero la mayoría ellos viven constitutivamente agotados y vitalmente idos. Los mejores de cada curso suelen ser unos pocos de más edad y que trabajan, estudiantes tardíos de treinta, cuarenta o cincuenta años. A casi todos mis estudiantes les parece casi todo un gran esfuerzo. Leer un libro los agota, en un examencito sobre treinta páginas de un librillo simple suspende sin remisión más del cincuenta por ciento. No siguen las noticias nacionales o del mundo ni por los periódicos ni por ningún otro medio. Son buena gente, estoy seguro, y están tremendamente alelados. Si la revisión de un examen y sus calificaciones se les pone a las doce de la mañana, aparecen veinte o treinta. Si esa revisión se hace a las nueve, no pasan de diez los que acuden. Será por algo, supongo.

   No se trata de andarse en maniqueísmos generacionales ni de insinuar siquiera que cualquier tiempo pasado fuera mejor en algo. No es eso. Tampoco de ensañarse con nadie. Cada cual es hijo de su tiempo y de sus particulares circunstancias. Pero nunca dejo de preguntarme por el motivo de tan tremendos cambios en las actitudes y las mentalidades, en particular las de los jóvenes. Cuando yo hacía la carrera era enorme la efervescencia política en las aulas. Si en la Facultad aparecía un conferenciante interesante, no se cabía ni en el salón mayor. Hablábamos de todo, claro, pero hablábamos mucho de política, de religión, de cine, de literatura. Yo, que al fin y al cabo no era tan excepcional en aquel ambiente, leí en los trenes que me traían y me llevaban todos los cuentos de Cortázar y Borges, lo recuerdo bien, y mucha más literatura. Con mis escasísimos dineros, me compraba el periódico cada día. Cuando ahorraba cuatro duros, iba a la librería y me buscaba buenas novelas. Las librerías eran para muchos de nosotros lugares incitantes y mágicos.

   ¿Qué pasó luego? ¿Qué cambió? Realmente no lo sé. Solamente tengo algunas pistas inconexas. Entre mis compañeros había estudiantes mejores y peores, como habrá sido siempre. Pero creo que no conocí a ninguno que no estuviera en la carrera porque quería estudiar. Todos, creo que hasta los más ricos, sabían que su alternativa era clara, evidente y muy poco cuestionable: ponerse a trabajar en lo que se pudiera. Entre mis compañeros había hijos de abogados, de empresarios, de labradores, de funcionarios, de pequeños autónomos, de obreros. Había bastantes hijos de obreros. Cuando mis compañeros hablaban de sus padres y de sus madres, creo que nunca oí a ninguno que no contara que sus viejos trabajaban una barbaridad.

   Casi todos vivíamos, durante la carrera, en la casa familiar. Éramos bastantes los que teníamos que gastar horas de cada día en viajes. Fiestas había pocas. Los que se alojaban en pisos de estudiantes o residencias no parecían menos esforzados que los otros. Había una sensación general de que se debía responder por el esfuerzo de la familia. Curiosamente, tengo la sensación y el vago recuerdo de que las familias se inmiscuían escasamente en los estudios de los hijos. Mi caso tal vez era especial, pero no solía hablar en casa de exámenes ni notas. Al final del curso mis viejos me preguntaban y yo les respondía que había aprobado todo y con buenas calificaciones. Su sonrisa era mi premio. No había más vueltas con el tema. Nunca supe de ninguno (los habría, no digo que no) al que en casa presionaran o preguntaran demasiado. Cada cual estaba en su tarea y cumplir la tarea de cada uno parecía lo normal, algo no especialmente digno de comentario.

    ¿Qué pasó? La gran mayoría de mis estudiantes actuales dispone de medios extraordinarios, de todo tipo, ellos tienen todo el tiempo para ellos mismos, viven en cómodas condiciones, no les falta dinero, a muchos sus familias les pagan para que se vayan muy lejos de casa y vivan independientes y libres. Poquísimos han trabajado en algo alguna vez o trabajan ahora. ¿Por qué están tan cansadísimos siempre? ¿Por qué a muchos les cuesta una barbaridad madrugar un poco? ¿Por qué a la mayoría no le tienta nada leer poesía o buenas novelas, o ir al cine cada tanto a ver películas con algo de seso, o echar un vistazo al periódico o enterarse de lo que sucede en el mundo? ¿Por qué, a igual gasto, prefieren fotocopiar un libro antes que comprarlo? ¿Por qué jamás de los jamases me encuentro a ninguno en una librería o en el cine? ¿Por qué a muchos se les hace cuesta arriba entender cualquier palabra o expresión mínimamente rebuscada? ¿Por qué abundan los que, después de sacar un uno o un dos en un examen, te cuentan, con cara de sinceridad, que ellos creían que les había salido muy bien y que aprobarían sin problema? ¿Por qué no les interesa lo que estudian? ¿Por qué, sea mejor o peor el profesor, el cincuenta por ciento ya no vuelve por clase el segundo día si la asistencia no es obligatoria y no se pasa lista? ¿Qué hacen durante las horas y los días? ¿Dónde están? ¿En qué se entretienen? ¿De qué hablan? ¿Qué les preocupa? ¿Tendrán algún plan para el futuro o algún propósito? ¿Cómo ven a sus mayores y para qué les sirven sus mayores?

   No sé contestar a esas preguntas. Ahora diremos que es por la crisis económica, el desánimo y la falta de perspectivas. Allá por el 2004, por ejemplo, no había crisis y la actitud era idéntica. Entonces comentábamos que era porque no había crisis y por causa de la abundancia. Los mayores no conseguimos entender lo que les ocurre a estos jovenzuelos, y ellos son opacos del todo, opacos incluso para sí mismos. Su lema podría ser un sincero Dios proveerá, pero tampoco saben expresarlo así ni se proponen expresar nada. Están en standby o como si tuvieran las pilas medio agotadas y no hubiera donde recargarlas.

   Son buena gente casi todos, esto lo repito una y mil veces. Quizá nunca he visto tantos estudiantes bonachones y mansos, bondadosos y tranquilos como en estos últimos diez años. No dan guerra, incordian poco y muy ingenuamente, como el buen mendigo en la puerta de la iglesia; si acaso, transmiten a menudo su despiste y su desfondamiento, sin mala fe.

   Cada vez estoy más convencido de que, dicho en cierto sentido que quiere ser amable, son moralmente inimputables. Ellos tienen escasa culpa, sus acciones u omisiones no son dolosas, no desean perjudicar a nadie, tampoco a sí mismos. Si hubiera culpables, creo que estarían en otra parte. Mucho me temo que los culpables están en casa. Somos nosotros, sus mayores. Por tantas cosas.  

   A lo mejor nos da una pista el dato de que en casi todas las carreras destacan más las chicas que los chicos, estudian más y tienen mejores resultados. Hoy contaban en alguna radio que el sesenta y cinco por ciento de los jueces de menos de cincuenta años son mujeres. ¿Por qué rinden mejor ahora las mujeres? Supongo que por cosas tales como que han partido de una situación social de menor ventaja, de discriminación. Estoy convencido de que a gran parte de ellas sí les han dicho en casa que hay que echar una mano, que debían hacer su cama o ayudar en la cocina o fregar los platos. Tal vez han estado menos protegidas y por eso son más competitivas. No les pesan tanto las posaderas como a ellos, no conciben la vida como una plácida estabulación ni como un negocio redondo a costa del que paga y ampara.

9 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Cómo puede haber alumnos desmotivados existiendo profesores que les estimulan tanto intelectualmente?¡Raro, raro, raro!
¿Por qué no intenta pasar la pelota al otro tejado y se plantea que es lo que están haciendo mal para que exista esa situación?
Vivo en el pleno convencimiento de que hay gente con ganas de "aprender", pero ustedes se empeñan en que lo importante es "memorizar".Les importa un bledo si los alumnos entienden algo de lo que les enseñan.Lo único que les interesa es que sean loros y en los examenes repitan palabra por palabra lo que un día les dictaron en clase.
Acéptelo, hay mchos profesores que quieren alumnos dóciles que no los cuestionen en absoluto y que nos les pregunten más allá de lo que es el tema de ese día.Por supuesto que relacionar el tema 3 y el 5 ni hablar y ya no te digo relacionar diferentes derechos.De todos es más que sabido que el civil, el mercantil, el fiscal y el penal no se interrelacionan.
No puedo dormir desde el día que un profesor nos contó que le habían puesto una multa y llamó a su abogado para que se lo solucionara.Un Doctor en Derecho incapaz de hacer un pliego de descargo.
Y luego mi madre quiere que entienda los análisis de sangre porque para eso he estudiado.¡Bendita ignorancia!
Mariel

Urko dijo...

Me ha encantado el artículo, da gusto leer a gente que escribe así de bien.

Igual que planteas la duda únicamente desde tu punto de vista, yo escribo mi respuesta (mi opinión) desde el mío: los ritmos de la comunicación han cambiado drásticamente desde los años 70. En los 80 se masificó el videoclip, que influyó sobre las películas, series, ... todo. Además a finales de los noventa se extendió el acceso a internet, multiplicando el acceso a la información de interés individual (normalmente, paridas, videos de gatitos, alguien que se cae,...). Hay gente que está dentro y también gente que se ha criado en hogares más impermeabilizados a este profundo cambio.
Para mí, ir a clase siempre ha sido insufrible, porque el ritmo de la comunicación era cansino y lento hasta el punto de que las clases siempre han ido por debajo de a mi ritmo, a diferencia del resto de medios de comunicación, que yo hago que sí que lo hagan. Insufrible. Tras acabar mis dos ingenierías "a mi manera", trabajé unos años en un buen puesto de una empresa vasca y lo dejé para venirme a Alemania a hacer un doctorado, pero cuidándome de que las mediciones las tuviera que hacer en una empresa externa a la universidad, para evitar tener que ir a la ella (a clases) en la medida de lo posible.
Diría que soy un adicto a la iformación, pero que las clases universitarias y sus profesores con sus egos desmedidos, me dan repelús. Además de lo alejados que están de la realidad del mundo... ¡a ver qué gran catedrático aceptaría de buen agrado una crítica a su manera de dar clase!

garfiogattus dijo...

De acuerdo con el artículo.
Y como prueba de que el autor acierta en lo que dice, no hay más que leer el comentario de Mariel. No ha entendido nada, no se trata de si los profesores son buenos o malos (en mi paso por la Universidad también predominaban los últimos, y con mucho), y tampoco creo que en los años 70 fueran unos dechados de virtudes. De lo que se trata es de la actitud, del pasar de todo, de todo me da igual, de que como vaya el mundo me importa un bledo y a mi que no me toquen el Madrí que es lo único que vale.
La actitud de cada cual depende de sí mismo, no del profesor que te toca cuando tienes 18 años. Y me temo que esta actitud viene de cómo te han educado en casa, y del valor que le das al esfuerzo, tuyo y de los demás. Si te tiene que motivar tu profesor de derecho mercantil...

Anónimo dijo...

Pues no me gusta a mí nada que me lleven la contraria.Lo siento por usted, pero me parece que me voy a convertir en la protagonista de so blog.
He entendido perfectamente de lo qu estaba hablando.La gente mayor de 50 años cree que la cultura del esfuerzo se esfumó hace 30 años, pero le aseguro que no es cierto.
Conozco a mucha gente joven con grandes inquietudes intelectuales, pero que al cruzar el umbral de una Facultad se han sentido plenamente desencantados.
La persona de la que ma´s he aprendido en mi vida fue de mi abuela,una mujer que me contaba que su madre que no la dejaba perder un día de escuela porque ella solo había aprendido a leer en letra de imprenta.Mi abuela entendía que a la escuela se iba a aprender cosas útiles para la vida y lo que critico es que hoy en día se nos harta de atontados, pero que EN las Facultades se nos llega la cabeza de paja que no sirve absolutamente para nada.
A lo mejor a su padre le interesaría más conocer la diferencia entre la renta fija y la renta variable para saber invertir ese dinerito que con tanto esfuerzo ganaba arreando el ganado, que no conocer la clasificación de las obligaciones o el sistema de fuentes.
No toda la gente joven tiene tantas facilidades en la vida como usted se cree.La gente de los pueblos como usted cundo llega el fin de semana a su casa también tiene que ayudar a sus padres en las tareas del campo.No es algo que solo sucediera hace 40 años.Ni tampoco los madrugones y desplazamientos para ir a la Facultad.¿Acaso tiene una mirilla que le permite ver lo que ocurre en cada una de las casas de sus estudiantes?
Ah, y la gente joven no solo lee los periodicos nacionales,también hay gente que le gusta saber lo que pasa en el mundo y se dedica a leer periódicos internaciones, porque por si no se ha dado cuenta, esos jovenes aborregados que tanto critica hablan diferentes idiomas.¿Me puede decir cuantos mayores de 50 años con las mismas posibildades pierden 5 minutos de su tiempo siquiera en ojearlos?Se me olvidaba que hace 40 años no les enseñaban idiomasy como hace 40 años no se les enseñaban, hoy en día tampoco los pueden aprender.
"Muchos habrían podido llegar a la sabiduría si no se hubieran creído ya suficientemente sabios"Juan Luis Vives
Mariel

Anónimo dijo...

Porque ahora todo es mentira y antes no.

Antes las reglas eran claras: si haces ésto pasa esto otro. Así siempre.

Los jóvenes de ahora no saben qué pasa, pero en el fondo no se creen a tantos vendedores de motos que salen por todas partes.

Desde la publicidad, las promesas de "felicidad" por comprar lo que sea, desde los partidos políticos hasta las Administraciones públicas son mentira.
Los bancos, las hipotecas, las reglas de juego, ganar dinero o tener un trabajo no depende del esfuerzo. No se sabe de qué depende.
Desde niños se les cuenta mentira tras mentira. Y al final ven a un buen profesor, como estoy seguro que es usted, y no ven más que a otro vendedor de motos, de teorías de mundo perfecto que cuando salen a la calle chocan con la realidad.

Antes las reglas de juego, buenas o malas, no las discuto; eran las que eran pero eran claras y se cumplían. Los jóvenes sabían a qué atenerse.

Ahora ya no sabes si quieres ser el ingeniero que vende hamburguesas o el palurdo que gana una millonada vendiendo su intimidad en Sálvame.

Lo que nos enseñan es mentira y eso claro que desmotiva.

Un saludo

Anónimo dijo...

Y para muestra un botón:

http://www.elmundo.es/espana/2015/03/10/54ff349d268e3e66478b4574.html

¿Qué nos están contando, vendedores de motos?

Un saludo

Anónimo dijo...

Me parece un debate de lo más sugerente que deberíamos llevarnos a que cada cual, desde su posición, se plantee qué podríamos hacer mejor. Siempre recuerdo una pintada, ya borrada, que había en la puerta de mi Facultad: "Aquí se perdió la curiosidad... y el deseo"

Anónimo dijo...

Una cosa que he advertido en mis alumnos y que veo también en muchos comentarios al brillante texto de Juan Antonio (comentarios también brillantes, por cierto) es que los alumnos están convencidos de que la enseñanza tiene que ser, antes que nada y por encima de todo, amena. Sin embargo, no es función de los profesores amenizar a nadie. El fin de la enseñanza no es divertir. Tratar de exponer algo tan árido como la Teoría del Derecho de forma amena es hallar la cuadratura del círculo. Hay que asumir que el estudio puede ser ameno, pero normalmente no lo es. Es un trabajo y exige sacrificio. Y esto es lo que muchos de nuestros alumnos no están dispuestos a asumir. Otros muchos sí, por supuesto: los que no tienen inconveniente en levantarse a las 9 para revisar su examen.

Montse Doval dijo...

¡Dios mío, he pensado esto tantas veces! También doy clase en la Universidad y es todo un enigma el cansancio y el resultadismo de los alumnos. Por poner un ejemplo, les he recomendado un libro de 160 páginas a 100 alumnos y lo han leído 3. Chicas.