03 septiembre, 2016

Artistas y políticos. Por Francisco Sosa Wagner



Esos intelectuales, poetas, pintores, músicos etc que pontifican sobre  intimidades políticas, sobre la Unión Europea, la OTAN, el Tratado de Libre Comercio o la compra de deuda pública me recuerdan a estas personas que, de visita en una feria, se sacan una foto por detrás de un cartón para salir de torero o de Napoleón.

Estos privilegiados de la fortuna hacen lo más excelso que cabe en la producción humana porque ¿hay algo más creativo y satisfactorio que ultimar una novela, pintar un cuadro o componer una sinfonía? A mí me parece que no, que el cultivo del arte es un valor superior a todo lo demás porque contiene ingredientes de la realidad y de la irrealidad, de lo fabuloso, de lo imaginado y de lo soñado. El resultado es belleza, equilibrio, naturalidad, encanto, gracia y una porción más de elementos positivos que esponjan nuestros sentidos y nos permiten concluir que merece la pena vivir para seguir de cerca a estos seres tocados por el dedo generoso de la providencia. Y es que las creaciones envueltas en la vaga transparencia del arte, en su atractivo infinito, tienen la facultad de transportarnos sin necesidad de comprar el billete del AVE ni tomar el coche, de transportarnos, digo, al punto donde nacen los torrentes de la inteligencia y de la ironía y donde nos esperan agazapados unos fantasmas simpáticos, juguetones y acogedores, los fantasmas del alborozo, de las sensaciones plenas, de la ingenuidad.

Si esto es así, y yo así lo creo ¿a qué viene que nos déis la paliza hablando de asuntos muy enrevesados que no entendéis? ¿a qué viene que nos contéis vuestras preferencias sobre combinaciones políticas? Benditos vosotros que podéis vivir sin comprender esos arcanos que se os escapan porque, si los conociérais, es probable que vuestro estro se apagaría, anegado en mil prosas opacas, sórdidas y gárrulas, en tablas de números y, lo que es peor, en un modelo econométrico, pleno de curvas y ayuno de colores. ¡Qué horror!

Recuerdo a aquel torero que fue invitado a dar una conferencia en París sobre la tauromaquia. Alguien le preguntó: “pero usted, maestro, ¿sabe francés?”. No, contestó el diestro, “ni Dios lo quiera” añadió.

Pues eso es lo que os digo: Dios no quiera, en su infinita bondad, que os veáis obligados a entender de política monetaria o a interpretar los preceptos del Reglamento de las Cortes para trenzar tal o cual pacto político. ¿Se os ocurriría pronunciaros sobre el funcionamiento del aparato digestivo o sobre el tratamiento de esta o aquella dolencia de las articulaciones? 

No estoy diciendo que el artista deba vivir al margen de los asuntos de su tiempo, lo que sostengo es que, si se pronuncia sobre ellos porque lo cree su obligación ciudadana o se lo imponen los pliegues de su conciencia, la obligación de quienes les admiramos es no hacerles ni puñetero caso.

Mi ruego humilde, artistas, poetas, músicos, es pues que no permitáis que vuestra visión opulenta de la realidad, vuestra capacidad para sobrevolar tanta vulgaridad como nos rodea, vuestra hambre de emociones estéticas, sea interceptada por prejuicios huecos y esquemas tan simples como enclenques.