05 septiembre, 2016

El tontalaba



(Publicado en El Día de León)
               Podríamos llamarlo también el zoquete o el zopenco, con terminología tradicional, o, con palabras más de hoy y sonoridad algo vulgar, el gilipollas. Es un sujeto típicamente español, un individuo que muy raramente podremos encontrar entre las gentes de otros países. Cierto que nos toparemos con británicos borrachos y pendencieros, con alemanes de malas pulgas, con franceses muy estirados o con norteamericanos que se piensan que el mundo es el corral para un rodeo grande, y ellos, los vaqueros que han de domar la bestia, pero el tontolaba es nuestro, hispano hasta los tuétanos, carpetovetónico, destilación de lo peor que por aquí han dejado tantas tribus y ejércitos venidos del hambre, el fanatismo y la crueldad. Ah, y el tontolaba es, además, muy macho, un hombretón que se alza sobre sus complejos y que grita para olvidar sus taras y sus tallas. No hay mujeres con esas peculiaridades, aunque por ahí podamos dar también con señoras que válgame el cielo, pero de otras maneras, no con los caracteres del ceporro que hoy no ocupa.
                Este mismo mes de agosto coincidí con un par de cantamañanas así en una excursión, nada menos que visitando el Partenón en compañía un puñado de gentes de varios países. Enseguida detectamos todos a los dos imbéciles y temimos de inmediato que nos arruinaran el momento o que acabara aquello como el rosario de la aurora. Luego, casi lamentamos que no llegara la sangre al río, dicho sea en sentido figurado. Gritaban, repetían a voces chistes malísimos, faltaban al respeto a quien se les ponía por delante, y más cuanto más débil fuera su víctima, presumían de hazañas que no lo eran, bebían las latas de cerveza con ansia digna de quien viene de cruzar desiertos o no tiene en casa más que agua del grifo, se reían compulsivamente, como si tuvieran alguna gracia sus mamarrachadas. Se crecen cuando se juntan varios de tal ralea y se explayan mejor cuanto menos probable es que se les plante cara, sea porque los otros no se conocen entre sí, sea porque se trata de gente educada que ni asimila que se le aparezca de repente una piara de memos ni sabe cómo reaccionar ante especímenes que se salen de las pautas civilizadas comunes entre los bien nacidos.
                Estoy seguro de que al amable lector le sonarán tales personajes, a quién no se le ha cruzado alguno más de una vez. Lo interesante es que nos preguntemos por qué esos tipejos salen bien parados habitualmente, por qué razón los demás permitimos su mal gusto, su grosería y su vulgaridad. Pues cuando algunos de ese jaez se presentan en un evento o reunión, los demás pasamos de la incredulidad al disgusto discreto y, todo lo más, cuchicheamos con los cercanos sobre lo bonito que sería que los partiera un rayo, pero no hacemos nada eficaz para pararles los pies y mandarlos a tomar vientos. Con lo sencillo que sería que el grupo, a una y con la seriedad que el caso requiera, los pusiera en su sitio, aunque no fuera ese sitio la cuadra o pocilga que propiamente les correspondería, pues no es tan fácil por esos mundos encontrar establos o jaulas siempre que se necesitan.
                Quizá las personas normales y aceptablemente socializadas nos hemos acostumbrado en exceso a no alzar la voz ni cuando nos faltan al respeto, a tolerar y evadirnos, a no sacar a relucir las palabras gruesas cuando más vienen a cuento, temeroso cada cual de que los otros no lo apoyen ni siquiera si tiene razón, o de que el prójimo lo señale como demasiado visceral o falto de la debida contención. Nos hemos vuelto timoratos y colectivamente incapaces, apocados y dubitativos hasta para la más legítima defensa. Y así se forma una tierra de nadie entre los demasiado prudentes y los descarados del todo, por eso sucede que dos o tres cretinos pueden arruinar el bienestar de muchos y hasta crecerse con el silencio ajeno y burlarse del buen talante de la gran mayoría. Cuando todos sabemos que semejantes gritones sin seso a la hora de la verdad, en sus trabajos, con sus jefes o ante los que sencillamente ven como más fuertes, son mansos como corderitos, serviciales y sumisos.
                En fin, ya ven que me quedó mal cuerpo después de haberme tropezado con los dos tontolabas en cuestión. Pasé días preguntándome por qué yo también callé y cómo pudieron salirse con la suya en medio de tantos. Eso ya no tiene arreglo, pero me hago propósito de enmienda y les dedico esta columna con el pío deseo de que les den morcilla, y no de la leonesa, precisamente.