21 noviembre, 2006

Vuelos y revuelos

Ay, qué viaje. Cuarenta y dos horas desde que salí de León hasta que puse mis pies en el hotel de Managua. Cuánto me debe Iberia, cuánta lata les voy a dar hasta que me indemnicen como merezco.
Salí de León a las 02:30 de la madrugada del sábado al domingo. En cuanto subí al bus ya intuí que algo iba a ir raro en este viaje. No sé de qué manicomio sacaría ALSA al conductor, pero el hombre voceaba de muy mala manera a todo el mundo y se veía con los nervios claramente alterados. Pasé el primer rato, desde que arrancó, vigilándolo, pues sospechaba que podía estar borracho. Luego concluí que no, que era un simple pirado. Y pasaban cosas raras que no había visto en otras ocasiones en que usé ese mismo horario, como que se paraba alguna vez y recogía gente de la orilla de la carretera. Lo mejor fue cuando, en un pueblo que se llama Becilla de Valderaduey, paró el bus y comenzó a subir un grupo de cabezas rapadas, todos llenos de cruces gamadas. En la misma puerta estuvieron insultándose con el conductor y amenzándolo con partirle la cabeza. Él al principio tampoco se quedaba atrás, hasta que achantó y se restableció la calma. Y yo me preguntaba qué noche rara era esa y por qué pululaba tanto personal extraño.
Llego a Barajas a las siete y media de la mañana. Mi avión salía para San José de Costa Rica a mediodía. Pero a eso de las diez ya comunican en los tableros que está retrasado hasta las cuatro. Como por cuenta de Iberia, vuelvo a la puerta marcada y... esta vez avisan de que se retrasa hasta las once de la noche. Ya pierdo definitivamente el enlace de San José a Managua. Colas en la ventanilla de Iberia para cambiar vuelos, protestas, voces. Nos van dando nuevos enlaces, pero cuando finalmente llegamos a San José nos dirán que ninguno vale y que hay que empezar de nuevo. El pasaje está alterado e Iberia nos manda a las cuatro de la tarde a un hotel de Barajas. Yo ya llevo más de ocho horas en el aeropuerto. Creo que nos mandan al hotel para que no armemos bulla en la T4, pero en el hotel no nos indican habitaciones ni nada, se trata de estar tirados por allí en los salones, como buenamente pueda cada uno. A las siete y media nos dan la cena, asquerosa. Ahí empieza mi estómago a resentirse, hasta ahora, que parece que tengo un volcán en él.
A las nueve nos transportan de nuevo al aeropuerto. Cuarta vez en el día que atravieso la T4, los controles de seguridad, el control de pasaportes... Entretanto y a lo largo del día Iberia nos había indicado ya cuatro causas distintas del retraso: congestión aérea, problemas en el aeropuerto de San José, una avería en Buenos Aires (¡?) y convenio de la tripulación. Cada empleado da una razón distinta, supongo que es una táctica estudiada para crear el desconcierto y comerle la moral a la gente. La mejor fue la del convenio. Un muchacho de chaquetilla roja nos contó por extenso y con gran calma que el avión no podía salir porque las tripulaciones tienen un convenio, que no nos vayamos a creer que nuestro país es un país sin derechos, y que después del primer retraso ya no había hasta las once tripulación que por convenio pudiera volar. Y que vuelta con los derechos de la tripulación y los trabajadores. De los derechos de los pasajeros no dijo nada.
Hago un paréntesis para hacer constar que el hombre era medio gangoso y que eso me tiene perplejo. Porque cuando un par de días antes llamé a Serviberia por un problema con el billete me atendió el teléfono un brasileiro que medio chapurreaba español solamente. ¿Cómo es posible? No lograba entenderme con él ni a la hora de deletrear el localizador. Y en la T4 he ido a dar con un par de chavalas de información que son, esas sí, completamente gangosas, con problemas de articulación o de frenillo o algo muy raro en la boca. Y bien está que se dé empleo a los discapacitados, líbrenme los dioses de cuestionar eso, pero, hombre, poner a los casi mudos a informar a la gente a grito pelao y en español e inglés...
Por fin el avión sale, algo después de medianoche, doce horas más tarde de cuando debía. El comandante toma la palabra y nos da la quinta razón del retraso: que había una pieza mal y que se la estaban cambiando en ese momento y que enseguida va. ¿A quién creemos? Muy amablemente, nos explica que aterrizaremos de noche en San José y que eso resulta complicado, por lo que tratará de tomar la pista al bies, o al menos eso entendí yo, y que si lo ve chungo porque llueva o algo, tiramos para Panamá. Nos observamos los pasajeros con cara de mira qué majo y qué atento y qué tranquilos nos deja.
Once horas de vuelo, una fruslería. Llegada a San José a las tres de la madrugada, hora local, y tres horas y media haciendo cola ante un nuevo mostrador de Iberia para que nos solucionen los enlaces. Tres horas y media. Atendidos por personal de Iberia, pero local, que eso es como sumarle a la pereza la abulia. Los centroamericanos desconocen el estrés, qué calma, qué pachorra. Vimos amanecer allí. Eso sí, nos dicen que por las maletas no nos preocupemos, que ellas nos siguen en el avión en que vaya cada uno. Me dan hora para volar a Managua a las once de la mañana y aprovecho para dormir un par de horas tirado en el suelo de una sala de espera, literalmente. Antes, a eso de las cuatro y mientras hacía cola, me había encontrado a mi colega y amigo Pepe C., que volvía de Managua e iba a embarcar en el avión que me había traído, después de doce horas de espera él también.
A Managua llegué yo, pero mi maleta no. Todos los españoles que habíamos venido con Iberia de Madrid en la misma situación en Managua, sin maleta. Parece que llegará mañana, eso dicen. Me espera el transporte del hotel Holliday Inn. En cuanto arranca, el conductor pone música: José Luis Perales todo el camino. Ya dije que había sido un viaje muy inquietante, de principio a fin.
Descansé un par de horas en el hotel y me fui a explicar tres horitas en la universidad de turno. Los alumnos, funcionarios y fiscales casi todos, me miraban raro, como si fuera yo sueco y hablara en swahili, por poner una comparación. Serán paranoias mías, no digo que no.
Qué penitencia andaré pagando por estos mundos, me vuelvo a preguntar. Con lo ricamente que se está en casita. Y más ahora que me voy a comprar sofá nuevo con el pico que le voy a sacar a Iberia. Palabra.

20 noviembre, 2006

Emilio Alarcos. Por Francisco Sosa Wagner

La pregunta que se impone es la siguiente: las personas ¿nacen todas con la misma cantidad de sutileza, de ironía, de inteligencia y de bondad? ¿o está repartido ese botín ya desde la cuna de forma inicua? Soy igualitarista y roussoniano, por ello sostengo que todos nacemos iguales pero la Caja de Ahorros o el Banco, al en cadenarnos, nos agrian el carácter. Y perdemos frescura y galanura a medida que vamos cumpliendo todos los meses con las exigencias de esas instituciones financieras.
Pues bien, hay excepciones a esta constante humana: así, la representada por Emilio Alarcos. Ahora, la Diputación de Valladolid acaba de publicar su biografía con una selección de algunos de sus escritos, bajo el cuidado de quien fuera su amigo en Oviedo Ignacio Gracia Noriega. De su mano aparece retratado Alarcos, que cumplía con la Caja de Ahorros, pero que conservó siempre, intactas, esas cualidades con las que venimos equipados a este mundo. Alarcos -lo recuerdo bien- fue el señor que echaba una simple mirada con la sonrisa en los labios y en ella venía acurrucado un rimero de observaciones ocurrentes y sentimientos bondadosos. Otros gastan palabras pero él, experto en palabras, las evitaba de esa forma, o también enarcando las cejas que era otro modo elegante que tenía de perder el respeto a la vacuidad. Alarcos empleaba los músculos que no poseía para derribar dulcemente prebendas, jerarquías vanas y alcurnias. Tenía un olfato finísimo para el pelmazo, lo detectaba de lejos y huía de él resueltamente. Gafudo como era, veía asimismo a distancia al pedante y le colgaba de inmediato un apodo, de esos que derriban divirtiendo, y el así condecorado ya no podía vivir sin su sobrenombre. Hay afortunados a los que puso varios y los llevan cogidos en un pasador como los militares muy medalleados. Animo a Gracia Noriega a hacer una recopilación de los motes de Alarcos como hay recopilaciones de las máximas de Pascal o de Chamfort. Podrían publicarse ya que, en sus motes, Alarcos afirmaba su condición de maestro de diagnósticos humanos. No extraña que gustara de Baroja y que le dedicara estudios sesudos pues estaban hechos en buena medida de la misma pasta. Baroja era anarquista y Alarcos alarquista que era su forma personal de estilizar la doctrina libertaria. Eugenio d´Ors escribió una “filosofía del hombre que trabaja y que juega”. Alarcos era un trabajador incansable que jugaba de forma inagotable.
Por eso, entre bromas y veras, Alarcos dejó obras capitales, en la lingüística y en la crítica literaria, y asimismo dejó dichas unas cuantas verdades que deberían leerse a tanto botarate como anda suelto para que las escribieran cien veces en la pizarra. Fue así un debelador de las “identidades”artificiales que hoy se airean para fundar sobre ellas pretensiones políticas y, de paso y como quien no quiere la cosa, arramblar con un cargo remunerado. Ese afán por descubrir una singularidad y cultivarla es “pretensión vana que solo conduce al empobrecimiento aislacionista” y este ánimo secesionista es particularmente manifiesto en las minorías que se agitan en el terreno lingüístico. Él creía que los hombres preclaros, asturianos, leoneses o castellanos, eran “provincianos universales” como se llamó a Clarín. “No son precisas más señas de identidad”, remachaba Alarcos.
Cuando escribió un prólogo a una biografía de Indalecio Prieto, se complació en recordar lo que Prieto predicaba: la necesidad de medir las divergencias y descubrir las coincidencias. Palabras que en la España actual gozan de una lozanía inmaculada y suprema.
El escudo de Alarcos bien podría presentar el ovillo de sus sabidurías y agudezas en campo de sornas.

17 noviembre, 2006

Follando como locos. Un nuevo caso de sexo y Derecho.

La jurisprudencia está que arde. Cada día más cosas de las que empiezan en una cama acaban en un tribunal. Miren este caso que resolvió la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Superior de Justicia de Madrid, en sentencia de 20 de septiembre de 2005.
Voy a exponer los hechos y la resolución del caso con un poco de humor, tal vez más negro de lo que la elegancia demanda. Ruego se me excuse y no se me tenga por desalmado, sino por mero perplejo.
A una chica mayor de edad sus padres la ingresan en un hospital psiquiátrico, por recomendación del Servicio de Urgencias del Hospital de la Paz de Madrid. El diagnóstico es de trastorno psicótico-maniforme. En los días siguientes los padres la visitan en su habitación, pero a los tres días se llevan un buen susto: se la encuentran practicando dosis intensivas de sexo con otro paciente del mismo centro. Dice la exposición de hechos de la sentencia que los “contactos sexuales” fueron “no completados”, pero no especifica si lo incompleto del acoplamiento se debió al susto de que llegaran los viejos o simplemente a que no estaba de Dios.
Y se armó la marimorena, claro. Los padres se llevaron a su hija a una clínica privada y solicitaron responsabilidad de la Administración –era un hospital público- en aplicación de los artículos 106.2 de la Constitución (“Los particulares, en los términos establecidos por la Ley, tendrán derecho a ser indemnizados por toda lesión que sufran en sus bienes y derechos, salvo en los casos de fuerza mayor, siempre que la lesión sea consecuencia del funcionamiento de los servicios públicos”) y 139 de la Ley de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo Común, que dice: “Los particulares tendrán derecho a ser indemnizados por las Administraciones Públicas correspondientes, de toda lesión que sufran en cualquiera de sus bienes y derechos, salvo en los casos de fuerza mayor, siempre que la lesión sea consecuencia del funcionamiento normal o anormal de los servicios públicos. /. En todo caso, el daño alegado habrá de ser efectivo, evaluable económicamente e individualizado con relación a una persona o grupo de personas”.
Como sucintamente se expone en la sentencia, la jurisprudencia viene exigiendo algunos requisitos para hacer efectivo este tipo de responsabilidad patrimonial de la Administración, responsabilidad extracontractual. De entre ellos, aquí dan especial juego dos: la realidad del daño cuya reparación se pretende y la existencia de nexo causal directo y exclusivo entre la actividad de la Administración y dicho daño; es decir, que lo haya provocado la Administración con su hacer o su no hacer y que sólo lo haya provocado ella. No es éste lugar para meterse en profundidades técnicas ni yo la persona competente para tal cosa, por lo que sólo quiero plantear algunas perplejidades de mero ciudadano. Y alguna guasa, si se tercia. Con todo respeto y tal y cual.
¿Hubo daño? ¿Qué daño? Aquí se habla sólo de daño moral y así lo ve la sentencia. ¿Existió tal? Me da la impresión de que el Tribunal pasa de puntillas para decir que sí, al menos en lo que a la muchacha se refiere, más presumiéndolo que constatándolo. Se aduce que por causa de los medicamentos no tenía la paciente alterada su capacidad de decisión, si bien sí tenía afectadas “sus facultades volitivas por el propio trastorno mental que padece”. No olvidemos que no estamos ante un asunto penal, sino ante la mera cuestión de si hay un daño no penalmente sancionable que la Administración tenga que compensar. Y no veo nada claro este razonamiento que quiere hacer pensar que la paciente efectivamente sufre un daño cuando acepta mantener relaciones en un estado en que sí está en condiciones de decidir pero ha perdido la cabeza. Caramba, atentos a esto último, pues fíjense cuánto se alteran las capacidades volitivas cuando uno se enamora como un perro o se deslumbra como un topo en plena noche de copas y devaneos. Estaría bien poder pedir indemnización después por haberse dado gusto en semejante estado. ¿No suena un poquillo retrógrado esto de que el sexo produce daño cuando el que lo acepta y lo quiere no está absolutamente en sus cabales y no es totalmente dueño de sí mismo? Por esta regla de tres, ni cuatro en todo el país se lo harían sin daño. ¿Qué daño si la mujer se lo estaba pasando bien con uno que le hacía el amor como loco y sin forzarla lo más mínimo ni abusar en nada? Porque nada de esto último se probó, desde luego que no.
Queda el daño moral de los padres, por la cosa del sofoco y la sorpresa. El Tribunal habla a este propósito de que “el hecho de presenciar que su hija se encontrase manteniendo relaciones sexuales” les provocó “pesar, amargura y tristeza y en definitiva daños morales”. Hombre, pues sí, se comprende, pero no sé si será para ponerse así, en estos tiempos. Además, qué carajo, hay que llamar a las puertas antes de entrar en las habitaciones, incluso las de hospital, por lo que pueda pasar.
Si hay que indemnizar cada vez que un padre o madre siente amargura o tristeza porque hace cositas su hijo o hija mayor de edad (no olvidemos este detalle), estamos listos. Imagínense la escena en una universidad pongamos por caso. Cátedro asilvestrado y profesora en edad de merecer que se dan al vicio allí mismo. Y los papás de ella, por ejemplo, dándole guerra al Decano y demandando a la institución por daño moral. No sé, no sé.
Se me dirá que la paciente tenía afectadas sus facultades mentales por razón de su enfermedad. Pero en ese caso vuelvo a las andadas: ¿hay que presumir daño en toda relación sexual no forzada que mantenga una persona con alguna dolencia mental? Y subrayo lo de la falta de prueba, porque vean este párrafo: “Así pues, considera la Sección a pesar de la ausencia de informe médico al respecto que los hechos acaecidos, sin plenitud de facultades volitivas, lógica y razonablemente han de producir huella en Dª Laura (así se llamaba la paciente) y en definitiva una alteración dañosa más o menos perdurable de tipo psicológico”. Bien se aprecia aquí la síntesis de presunción y prejuicio. El daño se presume siempre que el sexo no es entre personas serísimas e hiperresponsables. ¿Pero qué es esto de presumirlo en ausencia de prueba? ¿Y si la “huella” que el acto le dejó fue un dulce recuerdo y ganas de repetir? ¿Suponemos el daño de todos modos? ¿Y si el daño mayor fue el susto de ver, en pleno éxtasis, la cara de su madre y oír sus gritos? ¿A quién reclamamos si la causa fue ésa, al hospital también por no poner pestillo en las puertas de las habitaciones? Ahí es donde asoma la oreja el prejuicio de los señores magistrados, me temo, en la idea de que el sexo es malo y dañino por regla general; al menos para los locos. Y no, el sexo es bueno precisamente porque a los cuerdos los enloquece y a lo mejor a los locos los sana un poco, vaya usted a saber. Que no todo van a ser disgustos y pesares.
Sentado por el Tribunal que hubo daño, quedaba por ver si es imputable causalmente a la Administración, y dice la sentencia que sí por dos razones. Una, porque no había en los pasillos vigilancia suficiente para evitar que anden los pacientes de un sexo metiéndose en las habitaciones de los del otro (o los del mismo, debería haber añadido, que uno ya no puede fiarse ni de los pacientes que también tienen colita, menudos están los tiempos). Y otra, porque las normas o protocolo del hospital no impiden que pacientes de distinto sexo puedan coincidir en la misma habitación, lo que, según el Tribunal, “evidentemente no resulta admisible ni por razones de simple lógica ni por razones profesionales”. Mucho me extraña que en un psiquiátrico público puedan compartir habitación ellos y ellas y supongo que no se refiere a eso la sentencia. Y si es que no se separan los sexos con un buen muro, estilo israelí, para evitar los asaltos furtivos, me parece que nos estamos pasando un poco. Por esa regla de tres, que separen también a los chavales en las escuelas, no vayan a coincidir cerca los baños y… Pero si, como piensan los señores magistrados, esto del sexo y el daño es cosa de lógica, me callo.
El caso fue que se condenó al hospital a abonar casi cuatro milloncejos de pesetas por la broma. Luego, no nos quejemos el día que nos toque ingresar y nos pongan camisa de fuerza y cinturón de castidad. Verás qué risa.

16 noviembre, 2006

Uniberzotarios.

Qué jóvenes tan monos. Un grupillo de profesores hemos montado una asignatura de libre configuración que se llama "Cine, literatura, música y derecho". Por ninguna razón especial, la verdad, sólo por comprobar en vivo y en directo que lo de la libre configuración es la enésima gilipollez de este menú universitario que pronto tendrá todos los platos a la boloñesa.
Se matriculan en masa, casi doscientos, por el interés crediticio, que no por amor a ninguna de las cuatro disciplinas que se aluden en el título. Faltaría más, un respeto y una cosa. Lo que más les gusta es lo de las pelis, y lo que más de lo que más, si son de Stallone o de Van Damme (tonto de mí, y paleto: durante un tiempo yo oía el nombre de estos eminentísimos actores y pensaba que eran asturianos: Restallones y Van Dame. No me digan que no suena bien para series de acción ambientadas en Colloto o La Pornacal. De Restallones podría hacer el mismísimo Areces. Y de Van Dame no sé, lástima que Zerolo no sea asturiano. Regalo la idea a Tele Asturias. De nada). Últimamente un bedel se coloca en la entrada del salón para evitar que la eximia concurrencia meta palomitas, cocacolas o calimochos. Pero con el ruido de las pipas no hay manera de acabar. Roen.
Ayer una intrépida profesora, a la que imagino o bien despistadilla o bien con hechuras de mártir, tuvo la feliz idea de proyectar una grabación cinematográfica de Tosca, la ópera de Puccini. Para qué queremos más. El recital acabo siéndolo de cuchicheos, risas y conversaciones en las butacas. Muy toscos los guajes. Además, supongo que estarían seriamente ofendidos, por quién los habrán tomado, qué atrevimiento. Margaritas ad porcos, expresión que, como todos saben, quiere decir Margarita echa unos polvos, pero en griego. La profesora acabó por mosquearse, interrumpió la proyección y les dijo que podía marcharse tranquilamente cualquiera que estuviera a disgusto y no pudiera soportarlo.
Se fueron casi todos.
Molestos.
Indignados.
No es para menos.
Una ópera.
Habráse visto.
Mañana vendrá algún papá a protestar.
Seguro.
Mi niño viendo esas cosas.
Por dios.

Verdades históricas, amnistías y tiros por la culata

Esto ya no lo entiende ni el que asó la manteca, como dicen en mi pueblo.
Comienzo por declarar, y no es la primera vez, que soy socio de Amnistía Internacional y que cotizo regularmente. Bien, dicho esto, añado que muchas veces tampoco comprendo a dicha ONG –o lo que sea-, cosa poco sorprendente, porque cada vez entiendo menos de nada.
Hace unas horas escuché en la radio unas furibundas declaraciones del Presidente de Amnistía Internacional en España, Esteban Beltrán, a propósito de un Informe que la organización presentaba sobre la Ley de Memoria Histórica. Je, no están de acuerdo y les parece una patraña y un engañabobos, hasta el punto de que afirman que mejor sería que no hubiera tal ley, en lugar de esta tomadura de pelo. No sé de qué se extraña nadie, hasta los ciegos ven que es una maniobra propagandística de ZP para pescar unos votos mientras nosotros, ciudadanitos españoles -o lo que leches seamos- hijos de Caín y Caína, volvemos a abrirnos la crisma utilizando los esqueletos de nuestros abuelos –y hasta el suyo, de él- como cachiporra. Y ya se hace completa la felicidad de nuestro bondadoso Presidente si, encima, el PP se echa al monte, como suele, y enseña el colmillo preconstitucional.
Lo que ya no entiendo tan bien son los demás argumentos de Amnistía, en la versión radiofónica de su Presidente. Pues dice que, bien mirada, esta Ley de la Memoria Histórica supone una amnistía para los criminales franquistas, que equivale a una intolerable ley de punto final. Y, claro, a un servidor se le tambalea la poca ciencia jurídica, poquísima, que le va quedando en la chola. Pues siempre creí que aquí la amnistía de marras ya había recaído, incluso para franquistas, cuando aquella Ley 46/1977, de 15 de octubre, llamada, precisamente, “Ley de amnistía”. El asunto tiene su aquel: a Amnistía Internacional no le gustan las amnistías; o al menos las nacionales. A lo mejor debería cambiarse el nombre y pasar a llamarse “Caña Mundial” o algo así.
Decía el artículo 1 de dicha Ley del 77 que “quedan amnistiados… Todos los actos de intencionalidad política, cualquiera que fuese su resultado, tipificados como delitos o faltas realizados con anterioridad al día 15 de diciembre de 1976”, y el artículo 2 especifica en su apartado a) que “En todo caso quedan comprendidos en la amnistía… Los delitos de rebelión y sedición, así como los delitos y faltas cometidos con ocasión o motivo de ello, tipificados en el Código de Justicia Militar”.
Pues ahora don Esteban Beltrán afirma que la ley es impresentable porque no permite juzgar aquellos crímenes horribles –y es verdad que muchos lo fueron, sin duda-, a los que califica el señor Beltrán como crímenes contra la humanidad y declara, en consecuencia, imprescriptibles. El argumento tiene su guasa, ciertamente, pues sostiene el buen hombre que le parece sangrante –vaya, feo adjetivo en este marco- que los tribunales españoles se hayan declarado competentes –TC dixit- para juzgar los crímenes contra la humanidad o los genocidios de chinos o guatemaltecos en su país y no lo sean para los asesinatos perpetrados en el nuestro cuando la guerra y la postguerra. Pues sí, pero ¿qué hacemos con aquella amnistía? ¿Nos la pasamos por la parte del forro de la chaqueta? No entiendo nada. Y no me gustaría, la verdad, que tuviéramos que vérnoslas por estos lares con disquisiciones sobre si se puede derogar o no y dejar sin sus efectos una amnistía previa.
Por cierto, ¿y con qué alcance maniobramos en esa marcha atrás? Los de ETA deben de estar acojonadillos con esta virulencia antiamnistiadora de Amnistía. Y no sólo porque puedan tener que regresar a chirona los etarras que mataron o secuestraron antes del 77, si es que al final la Ley de amnistía nos la cargamos por la brava; no, sobre todo porque pueden imaginarse trampas saduceas a la vuelta de la esquina: en pleno “proceso de paaazzz” el Gobierno comienza a hacer la vista gorda, a gestionar absoluciones y a conceder indultos, pongamos por caso; ellos van, todos ingenuos y amorosos, entregan las armas y luego…, ¡zas!, viene Amnistía Internacional, invoca el sagrado derecho de las víctimas a obtener justicia y reparación y donde dije digo digo Diego, los meten entre rejas a todos. Estaría simpático, menuda jugada. Y don Esteban Beltrán de ministro de justicia del cuarto gobierno de ZP, muertos de risa los dos y dando conferencias por medio mundo sobre derechos humanos y garantismo.
Ah, y lo de las víctimas. Pues el señor Beltrán ha declarado que no es admisible que con tanta ley de despiste, tanta amnistía encubierta y tanta cosa se deje a las víctimas de los espantosos crímenes sin su derecho a que paguen por sus culpas los verdugos. Lo dicho, ya verás como lo están haciendo todo para cargarse el proceso de paz y a los etarras. ¿O será Amnistía una organización de esquizofrénicos y andaré yo cofinanciando con mi modesto óbolo a una panda de cantamañanas? Preocupado me quedo, francamente.

15 noviembre, 2006

El cine histórico y los fantasmas presentes.

Anoche vi la película Los fantasmas de Goya, de Milos Forman. Salí del cine con muy mal cuerpo y me puse a pensar por qué. La película en su conjunto me pareció interesante, pese a que Goya no es en ella más que un pretexto. Su personaje es plano, insípido, desvaído. Están sus cuadros, sus grabados, los Caprichos, Desastres, Disparates... pero no está su figura humana apenas. Hasta la sordera parece que la vive como una anécdota más o menos intrascendente ese Goya que se diría de temperamento escandinavo. Falta la mediación entre esas imágenes y la España negra, fanática y aborrecible que reflejan y que sí nos muestra la película con más o menos fortuna: falta el pintor.
El auténtico protagonista está en el personaje que representa Javier Bardem, ese cura, primero, que pensamos fanático y que azuza a la Inquisición para que se esmere en la crueldad que engendra temor de Dios y que, luego, caído en desgracia por sus propias debilidades y su innata cobardía, huye a Francia, se torna revolucionario y vuelve triunfante con las tropas de Napoleón y con Pepe Botella, hablando de derechos del hombre y clamando otra vez para que sea derramada la sangre en bien de la verdad y la justicia. Tal vez se encuentra ahí uno de los mejores logros de la película, en la saña con que muestra cómo los extremos se igualan en vesania cuando de construir sobre la tierra paraísos o de imponer verdadades dogmáticas se trata. Daría la razón este guión a alguno de esos autores que han sostenido que las diferencias ideológicas lo son más bien de temperamentos y que quien por sus internos desequilibrios y los desarreglos de su alma propende a la vileza y ansía el dominio abraza cualquier extremo y mata por cualquier dogma, pues todos le son fungibles, dado que el fin no está en la realización de esta o aquella idea sino en el dar salida a las ansias propias.
Pero sigo pensando por qué me fui de tan mal humor del cine y creo que porque se me hizo real, a día de hoy, mucho de lo que ahí de nuestro pasado se representaba. Ese hatajo de estúpidos políticos, esa corte frívola, ese populacho soez, tanto fanatismo, tanta fealdad, tanta superstición, tantos oscuros manejos de los pastores de las almas y los guardianes de los dineros, de consuno. Pero, antes que nada, me puso nervioso el personaje de Bardem, el hermano Lorenzo, religioso procaz tornado luego en tiralevitas napoleónico, como ya he dicho. Mientras por la pantalla resbalaba su cobardía, su codicia, su arribismo, su crueldad, su maledicencia, su sucia sensualidad, su baboso y afeminado -¿se puede seguir utilizando este adjetivo en un contexto como este?- gesto, me estaba acordando de tantos que conozco, mismamente en la Universidad, untuosos siempre con el que gobierne, sea quien sea, fatuos, correveidiles, chivatos, lameculos, capaces de vender a su madre por un carguete de segunda y ansiosos por que nadie despunte por encima de su talla infame y su moral de ratas, apareándose entre iguales en despachos y oficinas, remojándose la conciencia en vanidades postizas, consolando su inanidad en trámites y audiencias, adulando para que los adulen, mamporreros con vocación de percherones y triste presencia de mulos, condenadas sabandijas. Y nos tienen copados y mandan por doquier. La puta que los parió.
Mas nos falta el Goya que los pinte, el Larra que los fustigue, el Valle-Inclán que los caricaturice. Ahora no tenemos más que progresitos de salón y meapilas de palacio. Intelectualillos y artistas bajo palabra de honor que venden su alma al diablo por un momentito de gloria en Babelia y una foto junto a la Leti. Bah.

14 noviembre, 2006

¿Lo importante es participar?

¿Cuánto duran las modas más pelmazas? ¿Cuánto resisten los clichés? ¿Por qué se prefiere el tópico manido antes que la reflexión seria? Me parece que el proceso es así, poco más o menos: en algún momento de inquietud social y cambio unos pocos pensadores avanzados y avispados –no son cosas reñidas- se inventan algunas ideas muy aprovechables para la mejora de la sociedad y sus organizaciones. De inmediato, los vulgarizadores y los líderes políticos convierten tales pensamientos en meras consignas, y a partir ese instante tal pensamiento va a ser aceptado sin poner mayor atención a su fundamento y, con ello, a su condición siempre discutible, a sus límites y a los propósitos, tal vez realistas y mesurados, con los que nació. Desde entonces comienza un proceso temporal y geográfico que dura décadas. De los países creadores –EEUU, Alemania, Francia, Inglaterra…- pasa a los países europeos que son imitadores de primera generación –España, Italia, Portugal…- y de ahí salta, aproximadamente una década más tarde, a Latinoamérica, donde, eso sí, compensan la tardía recepción con un inimitable entusiasmo y una fe digna casi siempre de mejor causa. Magníficos ejemplos de lo que vengo diciendo nos los ofrecen muchas de las ideas sesentayochistas.
Entre las mayores pestes de ese tipo está la idea de participación. Quieto parao, amigo mío, detenga su ímpetu y deje que me explique un poco antes de echarme los perros. Voy a defender la democracia y la participación democrática, desde luego que sí. Pero creo que ya fue Norberto Bobbio quien dijo que uno de los mayores peligros para la democracia lo constituye el exceso de democracia. Mantendré, cómo no, que la participación democrática de la ciudadanía tiene su natural asiento bajo la forma de participación política, como ejercicio de los derechos genuinamente políticos y para hacer de los parlamentos, productores de la ley, verdaderos lugares de representación ciudadana y leales vías de ejercicio de la soberanía popular: justamente lo que se está perdiendo por despistarse en otras cosas. ¿O es que, por ejemplo, la Universidad es más democrática ahora que hasta el más mindundi puede acabar dirimiendo con su voto si se admite a trámite una tesis en materia de física atómica? Un respeto y menos tomadura de pelo. De democracia nada, demagogia de la peor especie, terreno abonado para inútiles y vendepatrias.
Hace tres o cuatro días, al final de una de mis clases en Bogotá se me acercó una alumna, licenciada en Derecho y que pretende darse a la investigación jurídica, a contarme que ella tiene intención de trabajar sobre la mejora de los mecanismos de participación de los ciudadanos en la Administración. Arrugué la nariz de inmediato, pues algo conozco ya del percal, y más por aquellas tierras. Le pregunté que a cuento de qué debía la gente participar en las cosas de la Administración y me dijo que porque así lo disponía la ley en su país con carácter general. Y mi respuesta fue que pues muy mal por tal ley. Y a eso voy, aun a riesgo de meterme en vereda ajena y de que me den un tirón de orejas mis buenos amigos administrativistas, comenzando por Paco Sosa y Mercedes Fuertes.
Partimos de dos grandes paradojas, de especial grosor en América Latina. Una, que se quiere participación democrática en una Administración crecientemente desvinculada de y libre frente a la ley, con lo que se pierde en democracia real mucho más de lo que se gana en democracia imposible. Luego diré por qué lo de imposible. Y, otra, que se pretende que los ciudadanos tomen parte en los manejos de una Administración que malamente merece tal nombre, al menos si nos tomamos en serio a Max Weber. Vamos por partes.
La crisis de la ley va unida en casi todo nuestro ámbito cultural al descrédito imparable del legislador. Buenos méritos hacen los partidos y los políticos para que nadie se tome en serio sus andanzas, pero desde el punto de vista de la democracia y la fe en el Estado de Derecho mejor haríamos en inventar fórmulas para reparar ese renqueante motor de la representación que en tirarlo a la basura de la historia y confiar en que nos rescaten del quebranto de nuestra soberanía jueces iluminados o ejecutivos filantrópicos. Más bien es de temer lo contrario y ciego hay que estar para no avizorar lo que se nos viene encima cuando demos la patada definitiva a parlamentos y leyes: el imperio incontrolado de tiranos con toga o las acechanzas arbitrarias e impunes de corruptos grupúsculos locales. Así que, si tanto nos gusta participar y nos parece tan progresista dicha práctica, ¿por qué no damos el paso sincero y honesto a la participación política, desplazando a tanto mangante que trata de controlarla, en lugar de andar inventando sucedáneos contraproducentes? Nos parece muy bien a los progres que la gente no milite, que la gente no vote, que la gente no se sindique, que la gente no se asocie para nada, y, sin embargo, propugnamos que vaya el personal a meter la nariz en la gestión de una instancia que tiene que ser ejecutora de designios legales superiores y que ha de estar presidida por la eficacia y, por consiguiente, no debe quedar al albur de las discusiones baratas y las pérdidas de tiempo para dar la lengua con el personal.
Pero, ¿qué Administración? Decir administrar es decir tomar decisiones técnicamente competentes, jurídicamente eficaces y socialmente eficientes. O sea, con capacidad técnica y con maximización de los recursos de todo tipo, desde los temporales hasta los presupuestarios. Lo contrario de gastar los días y los cuartos en reuniones infinitas, comisiones inverosímiles y explicaciones inoportunas. En la Administración hemos de poder confiar, en tanto que ciudadanos, por varias razones: porque está controlada por los jueces en su vinculación a la ley, porque está formada básicamente por funcionarios técnicamente competentes y al mando de políticos, sí, pero pocos y muy representativos, y porque, al fin y al cabo, qué entendemos nosotros, pueblo de a pie, de la inmensa mayoría de las cosas que en la Administración para nuestro bien se cuecen. Ni falta que nos hace, para eso están ahí los que mejor saben de todas esas cosas, de sanidad, de planeación urbanística, de puentes y carreteras, etc., etc.
¿Pero están realmente? Ahí le duele. A este lado del Atlántico cada vez hay menos burocracia (en el muy noble sentido weberiano del término) y más paniaguado (ay, los cargos de confianza, los concursos amañados y las promociones internas) puesto a dedo y con la sola condición de que firme sin decir ni pío, para que se lucre a discreción la caterva de politicuchos locales corruptos y de negociantes que pescan en aguas fecales como esas. Y en Latinoamérica simplemente no hay Administración, ni poca ni mucha, que merezca ese nombre, sólo las cortes de los mandamases de turno. En muchos países no se ha descubierto todavía la relación funcionarial. Llega un alcalde nuevo a un municipio y se lleva de casa hasta a los conserjes y los camareros de la cafetería. Y, por supuesto, el criterio de selección casi nunca es el de la aptitud técnica, la independencia de miras o la acrisolada honradez; no, cuenta el parentesco, la cama, la influencia familiar, el intercambio de favores, el enchufe… Y lo mismo a todos los niveles, desde el local más bajo hasta los ministerios o la presidencia de la república de que se trate. ¿Eso es Administración? ¿Participar en semejante enjuague? ¿Por qué? ¿Cómo? A fin de cuentas, ¿para qué? ¿Para legitimar con una apariencia de control lo que de por sí es incontrolable, en semejantes tesituras? Una tomadura de pelo, un descaro bochornoso. Casi todos los latinoamericanos que conozco y que trabajan en alguna Administración y andan a vueltas con el sonsonete participativo han sido colocados a dedo en su cargo para darle gusto al jefe –casi siempre amigo personal o de la familia; partidos propiamente no hay, a esa abstracción de las relaciones sociales todavía no se ha llegado- y decir lo que más le convenga. Anda ya, hombre, a otro perro con ese hueso; si hubiera de verdad algún control serio estarían casi todos de patitas en la calle o preparándose para ganarse el puesto en un concurso en condiciones y en el que todos los bien preparados pudieran participar. Miren, he dicho participar.
Suena muy bonito lo de la participación y bien está que ciudadanos y asociaciones se asomen a ver qué pasa detrás de las ventanillas. Pero para controlar, para fisgar, en pro de la transparencia, y para denunciar todo lo denunciable y acusar de todo lo que acusación merezca. Pero no para jugar al debate interminable, no para fingir que unos pocos líderes que buscan notoriedad o poder se enteran de algo de lo que se cuece o para que los partidos castren toda resistencia y todo control precisamente a base de captar para sus filas a los más peleones y ambiciosos. Hoy los ves encabezando con garra el movimiento vecinal y mañana los tienes en su asiento de concejales o consejeros de variado pelaje, traicionando y dando por ahí al pueblo que decían defender. Hasta un sistema de incompatibilidades debería existir para que ni los movimientos sociales ocluyan los legítimos cauces de la representación política ni los partidos políticos descabecen los movimientos sociales a base de corromperlos y de darle nuevas vueltas de tuerca a la famosa ley de hierro de las oligarquías.
El caso es que algo de esto le conté a la joven colombiana, que me miró al final muy triste y me dijo tal que así: mire, doctor, yo estoy muy de acuerdo con usted y mucho de eso ya se me había ocurrido a mí, pero si en mi estudio digo ni la cuarta parte de tales cosas, mi futuro profesional se acabó; yo tengo que contentar simultáneamente a los políticos y a la academia manteniendo que todo es muy bonito y que aún lo vamos a mejorar más con muchísima participación y mucha democracia estupenda.
Qué porquería. Viva la ciencia. Progresamos.

13 noviembre, 2006

Las guerras de los abuelos.

Breve y conciso, que ando con la cabeza a pájaros después del vuelo desde Bogotá –esta vez en clase turista, sin concesiones de Iberia, maldición- y de que el tramo a León acabara en Valladolid, por la niebla.
Ya conté aquí alguna vez que a un tío mío, llamado Valiente, hermano de mi padre, lo fusilaron los franquistas durante la guerra, al parecer. Injusto, lamentable, triste. Todos cuentan que era un buen hombre. Era soltero y no dejó hijos. Bien, ¿y qué hago?, ¿le pongo una esquela a estas alturas ciscándome en quienes lo mataron? ¡SETENTA AÑOS DESPUÉS!
Me sumo a los que lamentan todo este juego simbólico incitado por esos buenisísimos que, en su ansia infinita de paz, andan reticentes a que se anulen juicios o se concedan pensiones, pero aplauden que se envenenen recuerdos y se reediten odios.
Me viene esto a la cabeza en este momento porque un amigo me escribe y me hace reparar en el texto que en La Nueva España, de Oviedo, publica hoy David Ruíz, historiador bien conocido en mi tierra, creo que catedrático universitario ya jubilado, vinculado fuertemente a la izquierda y, si no estoy en un error, antiguo cura. En mis tiempos en Oviedo sólo coincidí con él una vez, en una reunión de algo. En cuanto nos presentaron me soltó: "ah, el famoso García Amado, he oído que eres arbitrario y déspota". "¿Y eso?", pregunté yo. "Pues una amiga mía me dijo que la habías mandado a paseo cuando fue a reclamar por su muy injusto suspenso", me explicó con cara de muy pocos amigos. Le pregunté el nombre de la chavala. Al día siguiente miré el examen y tenía una nota de uno (sobre diez, claro). Y también recordé que yo la había tratado con corrección, como procuro hacer siempre. Eso sí, la niña era monilla. Sería sobrina suya, supongo.
Pues en su breve texto de hoy sale el veterano historiador en defensa del abuelísimo, de ese fusilado tan insigne que un día de estos va a dejar pequeño a Lorca. Hago mal, sí, en gastarme chanzas con el tema. Descanse en paz aquel capitán Lozano que murió a manos de los facinerosos que se alzaron contra una República legítima. Pero es que anda su nieto con cierta pasión necrófila y agitando los muertos de todos, seguramente para su propio beneficio, pues es hombre que no repara en gastos cuando es hora de atropar votos. Lo que pasa es que, como esto siga así, hasta los muertos se le van a amontillar un día.
Defiende David Ruiz al abuelo zetapense de la acusación que ya muchos habíamos oído por aquellas tierras astures, la de haber empleado mano bien dura contra los mineros en la represión de la revolución del 34. Un día, no hace mucho, un señor mayor, conocedor de la historia y las historias, dijo: al capitán Lozano lo mataron los nacionales porque lo cogieron antes, pues si lo llegan a pillar los mineros después de lo del 34... Quién sabe. Como quiera que sea, estimula ver que un historiador de los que mucho simpatizan con los poco constitucionalistas revolucionarios del 34 asume ahora la defensa de un simple capitán de los que tuvieron que reprimirlos a sangre y fuego.
Andamos en plena promiscuidad de legitimidades contradictorias. ¿También sería defendido lo que hizo en el 34 si no lo hubieran fusilado después del 36? ¿Y si...? Ah, la historia, qué gran ciencia.

12 noviembre, 2006

Vuelve la película "Raza". Por Francisco Sosa Wagner

Quienes, como es mi caso, se empeñen en coleccionar trienios, recordarán que, en los años de la dictadura, el primero de abril, la televisión daba la película “Raza” cuyo guión había escrito el general Franco, aunque figuraba con un seudónimo. Se trataba de la historia de una familia, Churruca creo que se llamaba, y en la peripecia vital de sus miembros se advertía cómo el niño que de pequeño era bueno e iba a misa, se hacía de mayor, falangista; mientras que el niño malo, que mataba gorriones y ponía la zacandilla a las mozas, tenía su destino marcado como rojo comecuras. Todo ello nos movía a la risa porque era el sectarismo en estado puro. Bazofia incomestible.
Pues bien, ahora vuelve el espíritu de “Raza”, es decir, de la simplificación histórica, solo que desde distintos presupuestos ideológicos. Así ha sido en un Congreso sobre la II República celebrado en León, de cuyas ponencias he tenido noticia por la información detallada de la prensa leonesa. Se ha ofrecido en él una visión idílica de un período histórico que está lleno de luces y sombras, como todo aquello que atrapa en su seno la madre Historia. Las conferencias han corrido a cargo de unos historiadores serios pero degradados en esta ocasión a la condición de sectarios oportunistas.
Al parecer, la II República no conoció etapas diversas, fue un “continuum” sin sobresaltos. La realidad es que hubo varias repúblicas, la que llega hasta 1933, la que se cierra con la victoria del Frente Popular, la que empieza en ese momento hasta la guerra civil y la de la propia guerra. ¿Cómo se puede hablar de esa experiencia trufada de acontecimientos contradictorios como de un todo, un “paquete” propio de las actuales ofertas comerciales? Al parecer tampoco hubo enemistad entre Prieto, Besteiro y Largo Caballero (este, por cierto, abrazado en el Consejo de Estado a Primo de Rivera durante su dictadura); ni entre los comunistas, cuando en rigor reflejaron en España la pugna entre el estalinismo y el trotskismo, lo que llevó al asesinato de Nin por los agentes de Stalin; ni Azaña estuvo permanentemente enfrentado a Alcalá Zamora, y por lo visto Azaña estaba encantado con los nacionalistas catalanes y lo pasaba pipa con ellos...
Quiero concretarme a lo que son mis conocimientos profesionales. La República no significó avance alguno en el ámbito del procedimiento administrativo ni en el de las garantías jurídicas de los ciudadanos ante la Administración. Por el contrario, la ley de Defensa de la República y, después, la de Orden público, consagraron una peligrosa evanescencia al configurar infracciones abiertas que hoy se ponen como ejemplo de libro de lo que es una burla al principio de tipicidad (que sí se respeta en la ley hoy vigente). Tampoco significó avance alguno en la jurisdicción contencioso - administrativa, anclada en una ley de finales del siglo XIX. La legislación municipal de 1935 no aportó novedad respecto de lo que se había hecho en los Estatutos de Calvo Sotelo. En cuanto a los funcionarios se siguió con el sistema de “despojos”, alejado del modelo de función pública profesional y neutra, como lo demuestra el caso de los secretarios municipales, sucesivamente depurados en el 31, en el 33 y en el 36.
El traje republicano tuvo pues muchas arrugas y también zonas perfectamente planchadas (así, las obras públicas o la instrucción primaria). Ambas han sido objeto de estudio por historiadores rigurosos (entre ellos, algunos de los venidos a León) en los muchos libros publicados: en ellos debemos estudiar, no en los mítines oportunistas. Es decir, el espíritu de “Raza” y su mensaje bobalicón han de ser enviados sin complejos al cuerno. O a freír espárragos en el fuego del rigor.

10 noviembre, 2006

Cómo está la prensa.

Deslumbra la prensa colombiana con el intenso color de las mariposas que acompañaban todo el día a Aureliano Babilonia. Vean, como muestra, qué cosas vienen hoy en la portada de El Tiempo. En letras grandes, la noticia de que "A los condenados por violar niños los exhibirán en la TV". ¿No se le había ocurrido algo así a Bono? Copiones, que son unos copiones. Vamos a la letra pequeña y nos cuentan que una ley que acaba de sancionar el presidente Uribe, la Ley de la Infancia, prevé que se obligue a las cadenas de televisión a publicar al menos una vez por semana los nombres completos y la foto reciente de los condenados por tal delito. Es la función resocializadora de la pena lo que se quiere acrecentar, si no me equivoco. En España sí que daría buen resultado esa resocialización, pues de inmediato competirían las telebasuras para llevárselos a buen precio a las respectivas cadenas (de retrete) a contar sus peripecias y sensaciones. Aquí, como son menos ocurrentes y progres, sacarán sólo la foto, y será de carnet, encima.
También remite la primera página del diario a la marcha de los records Guinness, obsesión, como bien se sabe, de los más descerebrados. Entre los ejemplos edificantes que ahí mismo se mencionan se halla los siguientes: en Suráfrica han conseguido hacer la cadena de bragas más larga del mundo, mientras que, en justa venganza, un presentador australiano ha logrado ponerse dieciocho calzoncillos en un minuto. Para que luego digan que la gente no se ocupa de cosas importantes.
En páginas interiores sigue el culebrón de la exhumación del cadáver de Pablo Escobar. Parece ser que toda la operación la organizó un hermano del finado con el fin de vender las imágenes del evento, esqueleto bigotudo incluido. Bien se ve que hasta a las mejores familias les sale alguna oveja negra.
Pero lo mejor de la agudeza periodística y policial nos lo muestra la misma página, cuando informa de que dos gays de Bogotá se han suicidado a lo Romeo y Julieta. Tenían 40 y 45 años y se mataron en las escaleras de acceso a una iglesia bogotana, quedando sus cuerpos abrazados. Lo cual dio pie a que "un investigador del caso" sacara la siguiente conclusión sagaz: "Por la posición en que fueron hallados se infiere que se trataba de una pareja". ¿Seguro que era sólo un abrazo?
Ya iba uno bien perplejo con tanto acontecimiento trascendente cuando, pum, unas páginas más allá aparece una entrevista con Aznar. Pero no dice nada que no sea lo de siempre. Eso sí, en la foto luce su melenilla tipo los chunguitos.
Menos mal que llega el consuelo con el artículo de Daniel Samper Pizano en el suplemento "Carrusel". Creo que es el mejor prosista humorístico que conozco hoy en día. Es hermano del ex presidente aquel que se pasó todo el mandato repeliendo acusaciones de estar financiado por el narcotráfico. El artículo se titula Ya podrás de pie, Paola. Pinchen ahí en el título y léanlo, que no tiene desperdicio. La tal Paola es una ex miss de aquí que declaró estos días que lo que más envidia de los hombres es poder mear de pie. Y Daniel Samper ha visto en España la solución, en un nuevo producto que la mujer se instala entre los muslos, a modo de teja, y que permite una cómoda y sana evacuación erguida. Pero insiste en que no se podrá comercializar el invento en Colombia en estos tiempos, pues el aparatejo se llama "Uribelle". Ofendido en su sentimiento patriótico, se pregunta el escritor por qué esos descarados españoles no lo llamaron Zapaterillo o Aznarete. Tiene razón, hubiera sido de lo más oportuno; al fin les habríamos encontrado utilidad a nuestras dos lumbreras.

Fantasmas en la Facultad de Jurisprudenicia

La Universidad del Rosario es de las más antiguas de Latinoamérica, fundada en 1635 por Fray Cristóbal de Torres, Arzobispo de Santa Fe. A mediodía de hoy una manifestación recorrió las calles del centro de Bogotá, al lado mismo del recinto histórico de la Universidad, que alberga la Facultad de Derecho. La autoridad académica decidió suspender las clases de la tarde y cerrar las puertas del recinto, vaya usted a saber por temor a qué males o por la experiencia de qué pasados desmanes. Se hizo una excepción con el curso que imparto, en atención a que, por extranjero y porque ya pronto regreso a España, no quedaba ocasión para recuperar esas horas.
Así que me vi con mis dos docenas de estudiantes de maestría en aquellos vetustos espacios, hoy desiertos. En un intervalo, algunos de esos estudiantes me contaron que, según rumor muy difundido, por las noches se ven fantasmas deambulando por los viejos patios y las esquinas sombrías, y extrañas sombras y misteriosas luces.
Luego, la clase continuó con normalidad y nos pasamos un buen rato hablando del espíritu de la ley y del espíritu del legislador. Venía a cuento.

09 noviembre, 2006

Olé Azúa.

Azúa en El País de hoy. Olé.

EL PAÍS - Opinión - 09-11-2006
Félix de Azúa. ¿Quién teme al ciudadano feroz?
"Como es bien sabido, con ocasión del Salon de 1864 el pintor Édouard Manet expuso su célebre Olympia, un desnudo femenino que irritó profundamente a la buena sociedad parisina y cambió las reglas de la representación clásica. La gigantesca cólera desatada por el cuadro de Manet era debida a que el nuevo modo de presentar un tema clásico dejaba sin argumentos a los tradicionalistas. La estrategia artística de Manet negaba todos los valores defendidos por la vieja escuela. Los entendidos, los expertos, los coleccionistas y aquellos aficionados que se consideraban enterados, reaccionaron con violencia porque, de ser cierto lo que Manet expresaba en su pintura, entonces ellos eran una colosal mentira. También es conocido el final de la historia: eran una colosal mentira.
Algo similar está sucediendo con la irrupción de un pequeño partido posnacionalista en Cataluña, a partir de las últimas elecciones. El Partido de los Ciudadanos (PC) es minúsculo en comparación con las fuerzas que representan al nacionalismo catalán, pero la reacción que ha desatado es sorprendente y pone de manifiesto, no la amenaza de los débiles, sino el miedo de los poderosos. La astuta conducta de los medios de comunicación catalanes, que no informaron en ningún momento sobre la campaña del PC mientras duró la subasta de votos, no ha podido resistir el resultado y ahora se desborda en ataques furibundos. Un síntoma inequívoco de que el poder se siente débil.
Por si alguien supone que escribo desde una posición militante, debo aclarar que si bien formé parte del grupo que incitó a la creación en Cataluña de un nuevo partido que pudiera hablar con naturalidad sobre todo lo prohibido por el poder, en cuanto ese partido se constituyó legalmente me retiré con ánimo de no regresar nunca más a la política empírica. Si ahora escribo sobre ellos es porque nos están sirviendo una valiosa información sobre la falta de información que sufre la sociedad catalana. De modo que habría escrito exactamente lo mismo si hubiera votado a Convergencia o a Iniciativa.
La falta de información a la que aludo es una de las causas de la inseguridad del poder catalán. Cuando escribo esta crónica hay ya un acuerdo para repetir el tripartito. Es decir, que han ganado los que han perdido, pero quizás no cabía otra posibilidad. Los partidos nacionalistas catalanes son máquinas de distribución. Cualquiera de las posibles combinaciones ganadoras no se forma para cumplir el deseo de los votantes sino para satisfacer a los partidos y a sus clientelas. Contra este estado de cosas había que fundar un nuevo partido y ese partido ha conseguido tres escaños sin apenas campaña, sin dinero, sin apoyos, sin aparecer en los medios, contando tan sólo con el entusiasmo de la gente.
La victoria ha sorprendido porque la sociedad catalana carece de información responsable. Muy pocos periodistas sabían algo sobre el nuevo partido y lo que sabían era mentira. Ningún profesional de la prensa catalana intentó averiguar algo por su cuenta. Cada uno de los mediáticos de prestigio pertenece a un grupo dentro del sistema y nada que caiga fuera de tan estrecho horizonte tiene la menor importancia. La endogamia informativa ha llegado a extremos grotescos, como la creación de un comité de comisarios que vigila a los periodistas catalanes. Sin embargo, no es el momento de examinar el grado de dependencia y la falta de autonomía de los medios catalanes, sino de sacar algunas conclusiones. Y para ello nadamejor que poner algunos ejemplos de lo que está sucediendo después de las elecciones, cuando el resultado es irreparable. Quizás alguien se percate de que el estado de cosas es insostenible, que está hundiendo a la sociedad catalana en el escepticismo democrático, y trate de ponerle remedio.
Hablemos de las firmas y vayamos de menor a mayor. Como es lógico, todo el periodismo de batalla ha coincidido en calificar al PC de facha, ultraderechista y cosas semejantes. De nada ha servido que el jefe del partido se definiera como socialdemócrata, o que no haya ni un solo dato que fundamente semejante barbaridad, es decir, que este es un partido de delincuentes. Ningún responsable del PC ha hablado de inmigración y si lo ha hecho ha sido con bastante mayor liberalidad que la señora Ferrusola de Convergencia o el señor Barrera de Esquerra; ni de religión y si lo ha hecho es para declararse laico y contrario a la asignatura de religión, a diferencia de los nacionalistas; ni del aborto, las bodas gays, el feminismo y la parafernalia que trabaja ese partido estetizante, Iniciativa, como no sea para coincidir con ellos porque, la verdad, esas cosas son simplemente obvias. No importa: los Sopena, los Culla, los Cardús, los Sánchez, la infantería del sistema, han afirmado que el PC es de extrema derecha.
Era de esperar, por así decirlo, entre la gente de faena, pero subamos un peldaño. Toni Soler es una figura de la radiotelevisión catalana y escribe en La Vanguardia. Es una de esas estrellas locales que viven de luchar heroicamente contra la microscópica presencia del PP y que jamás han tocado un pelo al poder. Sin embargo, la aparición del PC le ha puesto nervioso. He aquí lo que escribía Soler el domingo 5 de noviembre: "(Para el PC) el nacionalismo catalán va de Carod a Piqué, inclusive, y dicen una frase en cada idioma, para demostrar que el idioma no les importa, es decir, que si el catalán desaparece no soltarán ni una lágrima". Esto lo escribe Soler en castellano. Es otro de los innumerables nacionalistas que considera justo multar a un tabernero por no rotular en catalán, pero que desea seguir cobrando sus artículos en castellano, por favor. Con esta moral es difícil informar objetivamente.
Subamos otro peldaño, lleguemos a periodistas prestigiosos y a los que respeto. Ese mismo día y en el mismo órgano de los conservadores catalanes, Enric Juliana escribía: "El despliegue del Partido de la Ciudadanía en España sólo es posible con el apoyo estratégico de un poder fuerte. La FAES es uno de ellos y ha amenazado con querellarse contra quien diga que suya es la mano que mece la cuna". Debo confesar que el párrafo me ha desconcertado porque soy lector habitual de Juliana, uno de los escasos periodistas catalanes que utiliza el castellano con elegancia. Su posición siempre ha sido clara, es simpatizante de Convergencia, pero no es un palanganero. Suelo oírle en la tertulia de Carlos Herrera y me parece un hombre equilibrado. Que utilice una falacia tan absurda es significativo sobre el grado de intoxicación de los periodistas catalanes. La gente que ha conseguido tres escaños se los ha trabajado como antaño los clandestinos que luchaban contra Franco: aguantando los ataques del régimen en pleno y sin el menor apoyo de nadie como no sea el desinteresado y generoso de mucha gente que está harta de tanta falacia. Que sólo les hiciera caso la prensa de Madrid no es culpa suya, sino de la prensa de Barcelona.
Y acabemos de subir la escalera hasta un nivel que puede costarme una amistad. El viernes 3 de noviembre, Xavier Vidal-Folch, el director de la edición catalana de este periódico y amigo personal, hacía un balance de los resultados. Escribía lo siguiente: "La gran novedad, Ciutadans, ese nacionalismo neoespañolista". Pasaba luego a anunciar que el partido practicará el lerrouxismo, que acabará en manos de la extrema derecha, y terminaba diciendo: "¿Nuevo el nacionalismo español? ¿O el más rancio y cutre de los nacionalismos hispánicos?". Esta es la opinión de un gran profesional catalán que ha vivido en Bruselas durante años y conoce la prensa europea. Si estuviéramos en Europa habría que hacerle algunas preguntas: ¿Qué es, en su opinión, el "españolismo"? ¿Algo así como el catalanismo, un apego cultural? ¿Que te guste la música de Albéniz, el Museo del Prado y las novelas de Mendoza? ¿Hay que añadir, para radicalizar, la jota en plan sardana, los toros en plan castellers, el Valle de los Caídos en plan Montserrat? ¿O más bien será españolista alguien que se oponga al populismo del odio contra los españoles tipo Rubianes? ¿Y que sería un "neoespañolismo"? ¿O es sólo un modo de clasificar para evitarse el análisis? ¿Pereza o desinformación?
El lerrouxismo y la extrema derecha son fantasmas constantes en Cataluña, quizás por ser dos de las más frecuentes tentaciones catalanas, desde el carlismo del XIX hasta los Requetés franquistas. Son espantajos que carecen de contenido ya que toda situación histórica es irrepetible y para acabarlo de arreglar nadie sabe muy bien en qué consisten. ¿Es un lerrouxista a la inversa Artur Mas cuando se inventa un carnet de puntos para inmigrantes? ¿O Maragall cuando le concede la nacionalidad catalana a Montilla por lo bien que se ha portado? Cuando un término más o menos técnico se usa como insulto hay que suponer que de lo que abunda en el corazón habla la boca.
Lo mejor sin embargo es el final. "Rancio" y "cutre" son de nuevo adjetivos muy frecuentes entre los defensores de la buena sociedad catalana, aunque deben aplicarse exclusivamente al llamado "nacionalismo español". Que Artur Mas se arrodille ante la tumba de Wifredo el Velloso, que todos los partidos canten Els segadors con la mano en el pecho y lo hagan obligatorio en las escuelas, que peregrinen a los lugares sagrados, que prohíban a los escolares hablar en castellano en el patio, o que sólo hayan leído a Prat de la Riba y otros genios de la filosofía política, no es, para ellos, ni "cutre" ni "rancio". Debe de ser lo más progresista, aunque sólo en Cataluña. ¡Qué pésima información, Dios mío!
En efecto, un partido sin dinero, sin campaña, sin apoyo mediático, en cuatro meses ha conseguido tres diputados. Ahora el poder catalán puede reaccionar de dos modos distintos: temblando de miedo e insultando como hasta ahora viene haciendo, o poniendo remedio a lo que ha provocado 90.000 votos para el nuevo partido, 60.000 votos en blanco, la más alta abstención de la historia de Cataluña, y un panorama para el futuro Gobierno que cada vez nos acerca más a la Italia de los años de plomo. O a cosas peores. Quizás ellos se sientan a gusto en este ambiente de sauna para padrinos. Los demás, no".

Necrofilia y filiación

Con tantas horas en las aulas y tanto compromiso social, no me quedan recursos para pensar ni manera de escribir ninguna cosa del otro jueves. Se me queda el cerebro más achatado que el de los ideólogos del PP.
Pero, mientras cenaba en mi hotel, acabo de ojear el periódico, El Tiempo, y doy con la noticia de que la familia del Pablo Escobar, el célebre capo del cártel de Medellín, ha exhumados sus restos "para saber si es él". Menuda bomba (vaya, no sé si será esta la expresión adecuada) si resultara que no es. Aumentaría cierta leyenda y daría para un par de películas el tema. Hace algunos años, en un vuelo a Colombia, me tocó al lado de una señora de Medellín, que me contó que lo primero que hace cada vez que vuelve a su tierra es ir al cementerio para orar ante la tumba de ese santo, así lo dijo. Está chungo el santoral últimamente, y no me hagan que escriba más ejemplos.
Pues me puse a leer la letra pequeña de la noticia y tenemos que se trataba de tomar muestras de ADN para ver si el muerto es el que se supone y para poder determinar si fue el padre o no de un hijo extramatrimonial que reclama ahora tan afortunada filiación. Ah, claro, entendido: pleito con pasta de por medio. Debieron de quedar buenos despojos y siguen revueltas las hienas. Si no, a ver por qué va a reclamar alguien que se le reconozca hijo de semejante benefactor de la humanidad, por orgullo familiar y aprecio al árbol genealógico no creo que sea, digo yo.
La escena debió de ser muy tierna si ocurrió como el diario la cuenta. La viuda del presunto finado tomaba fotos con su cámara digital mientras abrían el ataud y examinaban los trozos del fiambre. Romántico. ¡Ah, el amor que no sabe de años ni separaciones! Y a propósito de los quereres, miren este párrafo: "Tras abrirlo (el ataúd) lo primero que vieron fue la bandera del Medellín, que había sido dejada allí con las firmas de algunos seguidores de Escobar". Supongo que el Medellín de marras es el equipo de fútbol del mismo nombre. No hay nada como el fútbol, tan puro, tan saludable, haciendo cada día mejor a lo mejor de cada casa.
Debió de ser una reunión grata y muy entretenida: "Luego, el sepulturero extrajo el cráneo y se lo dio a Nicolás, quien reconoció inmediatamente el bigote de su tío". El rostro, desmejorado, se supone, pero el bigote incólume. Lo reconocieron por los pelos.
Realismo mágico y prensa amarilla, amarilla como las mariposas aquellas.

08 noviembre, 2006

Viaje aromático.

Ay, qué molido se le queda el cuerpo a uno después de diez horas de avión, más la horita previa desde León, más la espera en la T4. Ya no son edades para tanto ajetreo, tal vez. Para colmo, en cinco días regreso y al cabo de una semana más, vuelta a cruzar el charco, esa vez para un garbeo por Managua y ver qué tal anda el ambiente ahora que retorna Daniel Ortega. Y de Managua a Bogotá otro ratito y...
Pero creo que hoy estoy débil por no haberme alimentado bien en el vuelo. Con lo tragón que me pongo en los aviones. Pero no me entraba la comida mayormente, y todo por el vecino de asiento. El buen hombre no dijo esta boca es mía en todo el vuelo, y eso se agradece. Pero su boca se expresaba, aun sin hablar, de la peor manera: alitosis. Ahhhjjjj. ¿Existe una trama mundial de pestilencias o es que me estoy volviendo demasiado sensible a las miasmas ajenas? ¿Por qué militan tantos en Al-Quadra?
Resulta que ahora controlan a los pasajeros los líquidos, sprays y de todo, muy bien, paciencia y viva la seguridad aérea. Pero ¿para cuándo el examen de sobaco y el test de aliento? ¿Por qué no nos hacen pasar a todos por un detector de pestes y al que cheire de aquella manera para casita a lavarse las partes y a hacerse unos enjuagues?
Para más inri, al otro lado del pasillo y justo en diagonal con mi mirada, una gorda estrepitosa, un prodigio de sebo desbordante, bajo camiseta de licra y tres tallas menos de las merecidas. Que pongan también espejos en los pasillos de los aviones, para que la gente se vea y se opere o algo. Y las azafatas todas como con síndrome premenstrual, pero en el recuerdo, que a buenas horas con esas edades. ¿Esa gente no se jubila?
Parece que estoy de mal humor, ya lo sé. Mis disculpas. Pero es que, además, la cola para el control de inmigración era kilométrica y hube de aguantarme más de una hora a pie firme y pasaporte en mano. Y diluvia en Bogotá.
Mañana será otro día.

06 noviembre, 2006

Ideología y ceguera

Esto cuenta Laura Adler en su biografía de Hannah Arendt (Hannah Arendt, Barcelona, Destino, 2006, pág. 20).
“En un café del corazón del barrio peatonal (de Hannover), los profesores Detlef Horster y Peter Brokmeier me hablan del interés de los estudiantes por Hannah Arendt. El primero, nacido en 1942, es profesor de filosofía moral, y el segundo, nacido en 1935, de ciencias políticas. Actualmente, ambos dan clases sobre Hannah Arendt. Brokmeier recuerda que, en el Berlín occidental de finales de los años sesenta, tenía una reputación endiablada: “Pertenecíamos a un grupo de la izquierda radical y, después de ignararla largo tiempo, aunque sus obras tampoco se encontraban en las estantarías de la biblioteca de la universidad donde yo trabajaba, sentí deseos de saber qué decía aquella mujer de la que tan mal hablaban mis camaradas. Me habían contado que ponía el comunismo y el nazismo en el mismo plano. Y añadían que confundía todos los valores y que era una ideóloga peligrosa. A fuerza de oír hablar mal de ella, me sentí atraído y quise buscar la fuente. Encontré su obra Los orígenes del totalitarismo. Enseguida dejé de leerlo. Estaba escandalizado. Me llevó mucho tiempo y un largo rodeo por la historia de las ideas políticas poder retomarlo. Mi incomprensión no se debía a Hannah Arendt sino a mis prejuicios marxistas. Yo había investigado durante mucho tiempo cómo se podía dotar de sentido al marxismo. Había comprendido que era difícil. Hasta el día que supe que era imposible. Gracias a Hannah Arendt. Fue justo antes de la caída del Muro”.
No traigo a colación este párrafo por ninguna especial simpatía hacia los ajustes de cuentas de éste o aquél con el marxismo, para nada. Sino por lo que tiene de significativo en cuanto a esa obnubilación que a muchos “intelectuales” les ha impedido durante mucho tiempo hacer justicia a esos pocos grandes autores que supieron ver a tiempo que la opresión es opresión venga de quien venga, y sobre esa particular censura que la “intelligensia” europea se autoinfligió para seguir creyendo contra la evidencia y la razón, para mantenerse en un maniqueísmo pueril. Han tenido que pasar unas cuantas décadas para que se haga justicia a la clarividencia y la valentía de grandes pensadores libres, como Arendt, como Camus, como Isaiah Berlin, como Popper, como Orwell...

Lo que vale un pene, según la jurisprudencia

Mañana debo tomar el avión para un vuelo transoceánico y vean qué sentencia me muestra hoy mi chica. Creo que viajaré con calzoncillos de amianto.
El caso es el siguiente. En 1996 un compatriota viajaba en avión, de la compañía TWA, de Nueva York a Madrid. Al servirle la azafata el desayuno, le puso el vaso de café en la bandeja de su asiento. En ese momento, el pasajero del asiento delantero inclinó su butaca y el café se le derramó a nuestro hombre encima de sus genitales, se supone que cubiertos púdicamente por el pantalón y los gallumbos. Según parece, la temperatura del café era de unos cien grados y el líquido inflamado le produjo al pobre señor grave quebranto de tan sensibles partes. Pidió ayuda a la azafata, quien, diligente, “le trajo unos cubitos de hielo en una servilleta, indicándole que se los aplicara en la zona afectada, lo que así hizo”. Mas no surtió el frío el efecto lenitivo que se pretendía, por lo que nuevamente imploró el hombre la ayuda de las azafatas, hasta que una de ellas “le dio un bote en el que ponía HT Hotles Tivoli. Portugal. Creme do Corpo. Body Lotion”. De donde se desprende que también las azafatas mangan los botecitos de los hoteles. Tendrán una colección bárbara. Se aplicó la víctima esa crema corporal a la parte del cuerpo dolorida, sin que los padecimientos se aliviaran. Suponemos que se desplazaría al baño para tal menester, aunque dicho extremo no consta en autos. Tampoco se dice si la azafata, en gesto humano que la honraría, lo ayudó en la delicada tarea. Como los sufrimientos no mejoraban, tras el aterrizaje en Barajas acudió al médico del aeropuerto, quien le diagnosticó “eritemas y una ampolla en la zona inguinal y púbica” y lo mandó a una unidad de quemados para que lo examinaran. En el hospital Ramón y Cajal ratificaron aquel diagnóstico y le recetaron Betadine. Unas semanas después pidió consulta con una dermatóloga, la cual emite informe que alude a lesiones “en la zona púbica, inguinal izquierda y base del pene” lesiones “consistentes en máculas eritematosas-escamosas, acompañadas de un tenso escozor y prurito”. Menudas semanitas debió de pasar el hombre con el pene hecho una pena. Y, para colmo, dejó sentado la doctora que el tratamiento con la “creme do corpo” no había hecho más que empeorar la situación.
Así que, ni corto ni perezoso, aunque bastante escocido, se fue a los tribunales y reclamó de la compañía aérea una indemnización de once millones de pesetas. En primera instancia el juez le respondió que nones, que el dichoso prurito no daba derecho a pelas. Recurre el muy escamado viajero y en el 2002, seis años después del fatídico acontecimiento, resuelve la Audiencia Provincial de Madrid y le reconoce su derecho a una indemnización de dos mil doscientos euros, en concepto de responsabilidad objetiva de la compañía, es decir, independiente del grado de diligencia con que hubiera actuado su personal. ¿Cómo se fija el montante de una indemnización por un daño así en los genitales?
La víctima reclamaba compensación por daños morales derivados de “la brusca interrupción que las lesiones padecidas le supusieron en la vida sexual de su matrimonio, causándole sentimientos de abatimiento y de depresión, así como problemas dentro de la pareja”. Vuelve uno a sorprenderse de lo poco comprensivas que son algunas parejas. Cómo no va el personal a andar quemado. Pero ante el Tribunal no cuela la pretensión porque el demandante no ha aportado prueba. ¿Por qué no llevó a su mujer a declarar que muy mal y mucha penuria? Sea como sea, los magistrados estiman que un pene quemado sigue siendo útil mientras no se pruebe lo contrario. Cada día se nos exige más a los varones, hay que ver.
Así que la indemnización estimada lo es sólo por los padecimientos físicos del señor, sin computar la pena por el pene.
Lo dicho, si mañana hay turbulencias durante el vuelo apretaré las piernas y procuraré que no se me acerque nadie con un vaso caliente. Cuando éramos pocos...

05 noviembre, 2006

Manuel Vicent contra los horteras de hormigón.

Miren esta joya que publica hoy Manuel Vicent en El País. Es sobre lo decadentes y horteras que son los que hacen y los que compran en esas urbanizaciones infernales con las que se forran los proxenetas del paisaje. Algo dijimos sobre el particular aquí el otro día, modestamente.
Ahí va lo de Vicent. Se titula "Infame":
Enmascarado detrás de unas gafas oscuras, con el ala del sombrero en las cejas y las solapas de la chupa levantadas hasta media mejilla he visitado el complejo inmobiliario, que responde con el nombre de Marina d'Or, en Oropesa del Mar. Si tienes un mínimo aprecio por la estética, es mejor que te sorprendan en un antro de perdición que te reconozcan en un lugar como ése. En Marina d'Or hay una avenida principal iluminada con arcos de bombillas como en la feria de abril de Sevilla, un jardín con esculturas romanas de yeso alternando con otras modernas de metacrilato, farolas barrocas y de diseño, bancos de azulejos adoptando formas imposibles de animales, todo amalgamado por el horror al vacío. En una carpa, bajo un espectáculo de agua, luz y sonido, se muestran las maquetas de lo que será este inmenso alarde de la especulación para atraer a los incautos. En ese mundo de ilusión se levantará una Venecia de cartonpiedra con canales llenos de góndolas, avenidas de París con una torre Eiffel de cemento pintado, un simulacro de cabañas del Caribe con estanques para remar entre cocodrilos de plástico, unos Alpes repletos de nieve sintética con pistas de esquí, y no sé si montarán también las cataratas del Niágara sin una sola gota de agua. La línea del mar ya está tapada por varias murallas de apartamentos desolados puestos a disposición de una clase media cuyo buen gusto ha sido ofendido y degradado. En el vestíbulo de algunos hoteles valencianos he visto rincones decorados con el escudo de una gran águila bicéfala cuyas alas se abren sobre un tresillo estilo Luis XV, flanqueado por una columna corintia que tiene plantado en el capitel un chino de alabrastro fosforescente bajo un centollo pegado a la pared a modo de lámpara. Creía que la locura hortera se había detenido ahí, pero el listón ha sido sobrepasado en el hall de hotel de cinco estrellas de Marina d'Or. Allí, por unas enormes columnas con taraceas de falso mármol y de acero dorado, la mirada asciende hasta el techo, donde te encuentras con los frescos de la Capilla Sixtina. En uno de los paneles está pintado el mismísimo Jehová en el momento de unir su dedo creador con el dedo de Adán. Se trata de una pintura simbólica, porque ese dedo no pertenece a Jehová, sino al político infame que ha engendrado a un tiburón inmobiliario con carta blanca para violar la belleza de este paraje, uno más entre los depredadores con tres filas de dientes que siguen tapando con un muro lo poco que queda del litoral mediterráneo.

Dos leyes inmutables. Por Francisco Sosa Wagner

Hay que formular leyes generales, leyes válidas para toda ocasión, leyes eternas e inmutables. Las otras son leyes pacotilla, leyes taparrabo de quien no tiene rabo, no sirven más que para una “saison” por lo que se desvanecen con ella. Prácticamente todas las leyes que se aprueban en las Cortes generales pertenecen a esta segunda modalidad, son de usar y tirar, salen en el BOE con avidez mal disimulada del contenedor de basura pues entran en la vida con el estigma de lo superfluo. Su única dignidad es la de ser alimento de abogado.
A mí me gustan las leyes que no admiten quiebras ni derogaciones. Las leyes refractarias a que puedan ser borradas del mapa, sin más y con desembarazo, por otra ley. Estas leyes resistentes a los avatares del tiempo me fascinan porque tienen cuerpo de titanio y alma de cura carlista.
De entre ellas, hay dos que son mis preferidas. Una es la del embudo, para mí lo ancho y para tí lo agudo. Rige las relaciones sociales hispanas desde la batalla de Covadonga y es probable que aún antes conociera momentos de gloria. Su contenido se atreve a desafiar al mismísimo Kant y a su imperativo categórico, que yace entre escombros cuando la ley del embudo se aplica. La ley del embudo significa el triunfo de la alcaldada y de la extravagancia, es decir, de los componentes más valiosos de la estética. La ley del embudo es además una ley dandi, una ley del refinamiento que bien merecería por ello llevar una flor prendida en una disposición adicional. Participa de la esencia de la eternidad, al no tener ni principio ni fin. Ni el juez más ambicioso se atreve a interpretarla porque es transparente como el aire de la alta montaña y tiene las resonancias inextinguibles de los ecos sin orillas. Gran ley la del embudo, ley básica, ley marco, ley orgánica, que, altiva como es, no precisa de desarrollo reglamentario ni de leyes de desarrollo por parte de las Comunidades autónomas. En el Estatuto de Cataluña se ha intentado hacer de ella una competencia blindada pero el embudo se ha carcajeado, distante y engreído, afirmando con determinación su señorío sin fronteras.
La otra ley de mi preferencia es la que puede resumirse en la siguiente proposición: “cuanto más inútil es un cargo, más da para reuniones y viajes de quien lo ostenta”.
Esta ley, debo reconocerlo, carece de la pátina de la antigüedad de la anterior, es mucho más reciente, creo incluso que soy el primero en formularla así, con pretensiones de teorema matemático. Su expansión corre pareja con la multiplicación de cargos en las autonomías, en los ayuntamientos, en las agencias estatales, en las comisiones de la energía, en los nuevos observatorios -de la pobreza, del maltrato, de los precios-, es decir, se alimenta de un organigrama complejo y barroco, así como del ir y venir de miles y miles de burócratas que gestionan con gran seriedad los intereses públicos. Sí, lector, no sonría, los intereses de usted y los míos.
¿Cómo se distingue a simple vista a ese cargo inútil? La pregunta es pertinente y es lógico que se me dirija como descubridor que soy de la ley porque el ciudadano tiene derecho a identificar sin equívocos el cargo inútil. Para tomar sus precauciones, mayormente. Hay varios indicios pero uno es determinante y, como es muy sencillo de observar, lo anoto para facilitar la identificación del sujeto: el uso del móvil. Quien más veces eche mano del móvil, quien ande todo el día azacanado hablando por ese aparatito -versión de bolsillo del diván del psiquiatra-, ese homínido ostenta un cargo inútil. Lo demás es coser y cantar: estará reunido permanentemente, reuniones de trabajo, trabajos de reuniones, comidas que son reuniones y reuniones que son comidas, un muestrario variado. Lo encontrará usted en los aeropuertos y, en tal sentido, puede afirmarse que la T4 y el AVE son los lugares que albergan un mayor número de cargos inútiles por metro cuadrado. Van de aquí para allá y se agitan en un ajetreo perseverante que es la cinta sin fin del camelo incombustible.

04 noviembre, 2006

Padre Pelayo. Por Francisco Sosa Wagner

La semana pasada hablaba de la historia y lahistorieta y vuelvo a estos conceptos porque son ruedas de una noria mental que gira y gira ... Y porque he leído la biografía que Ignacio Gracia Noriega dedica a “Don Pelayo, el rey de las montañas”. ¿Biografía? ¿Se puede hacer una biografía de un personaje de quien se desconoce casi todo? ¿sobre qué datos o testimonios es posible trabajar? Sobre crónicas y cronicones, sobre las grandes historias de España del pasado, es decir, un poco sobre inventos más o menos bien urdidos pero que acaban formando una trama verosímil. Aceptando siempre lo que de verosímil tiene el pasado reconstruido con mirada y trebejos del presente.
De nuestro padre común Pelayo se ha dicho de todo: hasta que no existió y se trata de una patraña inspiradora de una gesta heroica para explicar el origen de la Reconquista. A final de cuentas, como escribe Gracia, “Asturias está llena de leyendas de tesoros, con su correspondiente guardián, que suele ser un moro armado, o el cuélebre, versión un tanto devaluada del dragón”. Pese a esta tendencia asturiana hacia la fábula, parece claro que Pelayo fue un ser humano de carne y hueso, un godo acaso, que tuvo una hermana/esposa llamada Gaudiosa, que se retiró o refugió en las montañas y que en ellas y desde ellas protagonizó un encuentro poco amistoso con los moros invasores a los que puso en fuga con tal determinación y éxito que les quitó las ganas de rondar por aquellas tierras.
Nació así el mito de Covadonga, la cueva sagrada. ¿Hubo una batalla o hubo tan solo una escaramuza? La segunda hipótesis es más lógica pues en ese espacio angosto era imposible que se concentraran grandes masas de guerreros ni se libraran batallas espectaculares con refulgentes relieves. Más creíble es que una partida de sarracenos, en plan excursión y para ver qué pillaban, se adentrara en aquel territorio con montañas de pocos amigos y, en el momento más inesperado, se encontraron con unos rudos moradores que les hicieron frente. Luego, unos y otros magnificaron sus acciones: los de Pelayo para subrayar la importancia del triunfo, y los de enfrente para explicar su fracaso y su huida, despavorida y al grito de “cristiano, el último”.
Lo cierto es que a Pelayo -Don Pelayo, el don procedente de “dominus” en latín corrupto- le coronaron rey, tampoco se sabe muy bien dónde, pero este lance da asimismo para muchas sabrosas especulaciones y, andando el tiempo, la historiografía y las artes crearían un decorado de película con vasallos y resplandores. En este sentido, la pintura histórica del siglo XIX fue decisiva y llegó a meter incluso a un obispo con su báculo y todo en la ceremonia de la coronación. Que de aquella los obispos iban siempre con su báculo, por si acaso.
De la misma forma que todo fuego es bueno para alimentar un poema, todo alarde es bueno para construir el mito.
O sea que el libro de Gracia es historia, historieta, leyenda, fábula, de todo tiene un poco, pero ¿qué más se puede pedir a un libro? “Pelayo, el rey de las montañas” tiene cuerpo de novela y alma de biografía. O sea, es un ser mixto, y esto es bueno para meter a la imaginación en aventuras.
Ahora bien, a partir de Pelayo y sus sucesores se iniciaría el avance cristiano hacia el sur de suerte que cuando Asturias se convierte en una retaguardia segura, la capital se trasladó a León, desplazándose así -de forma irreversible- el centro del poder y por ahí ya nos topamos con otros personajes coronados, entre ellos, el segundo Ordoño. Por cuya calle hoy hacemos compras los leoneses.
Don Pelayo, una vez concluida la hazaña de Covadonga, se convirtió en un personaje silente que no salió ni en un telediario. Tal falta de oportunismo nos acerca mucho a él.

03 noviembre, 2006

Librerías

¿Paraíso? No, librería. Sé que no le ocurrirá a todo el mundo, ni tiene por qué, pero a mí el deambular dentro de las buenas librerías me resulta un acto poco menos que sensual. Son minutos abismales, asomado uno al arte y el saber de tantos, ansioso de poseerlo todo y sabedor, al tiempo, de que la vida no alcanza y de que el horizonte se aleja más cuanto más pugnamos por alcanzarlo. Pero queda el gusto, al menos, de poder elegir, de manosear las páginas, de sobar los lomos, de leer solapas o párrafos al azar. Los colores, el olor, el tacto. Y la inspiración que viene. Rodeado de historias, te sientes por un rato capaz de fundirte en ellas para crear otras nuevas, te ves a ti mismo remozado en cuentista, reciclado en poeta. Es una borrachera, un éxtasis, una alucinación enaltecedora.
La tristeza comienza cuando eliges ese puñado que has de llevarte, sólo ésos, con el convencimiento, que sabes fingido, de que no habrá de faltarte el tiempo para masticar cada página. Luego vendrá, en casa, la tristitia post coitum, cuando esos mismos libros que con amor seleccionaste para que te acompañaran, te miren, ceñudos, desde estantes, mesas, sillones o el mismísimo suelo, cuando te acosen con su queja y a ti el remordimiento te corroa por no poder atenderlos a todo con el mimo que soñaste. Te acosa la culpa por los menesteres mundanos que te absorben, por la voluntad que te falta para encerrarte en ellos todo el tiempo y respirar con ellos, comer con ellos, dormir con ellos. Y mañana los dejarás allí, intonsos unos, otros abiertos y en espera, y retornarás a la librería y al devaneo. El gozo y la melancolía siempre de la mano, ley de vida.
Las librerías son los harenes de las almas.

02 noviembre, 2006

Críos de los demonios.

Todos los días la misma cantinela sobre niñatos/as entregados a zumbarle al prójimo y sobre papás/mamás/profesores/as perfectamente idiotas. Hace un par de días era el asunto del quinceañero que le atizaba a un profesor, mientras una sensible adolescente grababa la escena en su móvil, seguramente de ultimísima generación, y los compañeritos ofrecían a los periodistas la película al módico precio de cien euros, revisables a la baja. Esta mañana oí en la radio que tres muchachas le habían roto a una compañera unos huesos a leches: tibia, peroné y tobillo. Angelitos. Las dulces criaturas alegaron en su descargo que todo fue porque en ese momento no tenían a mano nadie mejor a quien vacilar. Adorables, no me digan que no. Va siendo hora de ronovar el arsenal de frases soeces. Por ejemplo, que cuando queramos insultar gravemente a alguien no le digamos hijo de puta, sino padre/madre de puta. Es más realista y ajustado en estos tiempos que corren.
No quisiera que me saliera aquí y ahora el ramalazo aldeano ni sucumbir a la tentación pedestre de reclamar que inflen a guantazos a semejantes ratas consentidas. Porque se me echará el mundo encima enarbolando la corrección política y el daño que un tratamiento de choque así puede causar en la frágil personalidad de esos angelitos de su madre y de su padre. Bueno, pues me corto, pero algo habrá que decir.
Un principio esencial de la convivencia en sociedad es el de reciprocidad, que la sabiduría popular ha venido expresando en refranes como el de que donde las dan las toman o el de que quien a hierro mata a hierro muere o el de que el que la hace la paga. Ese principio se nos está esfumando en este entorno bobalicón y de pensiero debole en que andamos metidos, y va siendo sustituido por la ley del embudo, a tenor de la cual, cualquiera puede arrogarse por el morro privilegios y exenciones de las reglas generales. Pasa en el tema del multiculturalismo, concepto que tiene muchas virtudes positivas, pero que acaba siendo disculpa de ventajistas cuando resulta que unos pueden ciscarse en el dios de los otros sin consentir que al suyo le hagan ni una tonta caricatura. Y pasa con los niños. Los estamos educando y protegiendo para que sean intocables, para que no se les moleste con exigencias ni se les fatigue con esfuerzos. Pero sin enseñarles que si ellos no tienen por qué cansarse, a ver por qué narices van a tener que dejarse la salud sus padres currando para que ellos disfruten del último modelo de videoconsola o el último grito en teléfonos móviles; que si a ellos no se les puede importunar con nada, a cuento de qué deben los demás soportar sus gritos, sus malos humores o sus desplantes. Y que si a ellos no se les puede dar un cachete será porque es intocable todo el mundo y la violencia está mal en cualquier caso. Pero no, son reyezuelos que no tienen más que derechos y que no pueden asumir ninguna obligación cuyo incumplimiento acarree sanciones que los disgusten, pobrecitos. Luego, cuando cumplan los dieciocho, vaya usted a explicarles que ahora sí, corazón, ahora ya tienes que portarte bien porque te pueden castigar unos señores con toga y bigote.
Así que cuando resulta que un infante le parte la crisma a otro las culpas nos las echamos los mayores por permitir que vean la tele o por andar haciendo guerras en Irak. Muy bonito, menudo chollo. Por esa regla de tres, cuanto más violentos y desagradables sean ellos, más razón tendrán en que los malos somos los adultos y en que sus actitudes no son más que el grito desesperado del que no tiene el cariño que merece en esta sociedad arisca. Pues no.
Aquí hace falta que se definan las reglas comunes y, si lo que rige es el sálvese quien pueda, yo me pido tratamiento de churumbel y me dedico a arrearle a quien se me antoje y que sea más débil que yo, qué caramba. Desde pequeñajos les reconocemos privilegios de adultos ricachones, privilegios de los que no puede disfrutar ni un diez por ciento de la población del mundo, viejos incluidos. Son como mayores para comprarse lo que les guste, para comer lo que les apetezca, para entrar y salir de casa sin darle cuentas a nadie, para tener dinero de bolsillo con el que permitirse buenos caprichos; para todo menos para responder de sus actos. Si son social y moralmente inimputables, que lo sean para todo y que se sometan a la disciplina de quienes los alimentan y los educan. Y si son responsables sólo para lo que les conviene, no nos dejemos tomar el pelo. Es la guerra, más madera.
Violencia entre los adolescentes ha habido siempre. La diferencia está en que antes se le caía el pelo, en la escuela y en casa, al muchacho que hería a otro de mala fe. Eso se llama reciprocidad: si tú puedes hacerlo, es que se puede hacer, y entonces también se te hace a ti, aunque sea en la forma sublimada del castigo por equivalencia. Ahora no, ahora puede cualquier mocoso llamar hijo de mala madre en clase a su profesor y éste debe sonreír y comerse el marrón. El que antiguamente le levantaba la mano a su padre o a su madre se llevaba una buena tunda y se largaba de casa con una patada en el culo a ganarse los garbanzos por su cuenta. Ahora no, ahora los papás van al psicólogo a torturarse y se preguntan qué habrán hecho mal para que en lugar de una persona les haya crecido un rinoceronte con ropa de marca; o acuden al fiscal de menores para pedirle que hable con su hijo y lo convenza de que ellos lo quieren mucho-mucho. Y ay del padre, la madre o el profesor a los que se les escape un bofetón, se les cae encima la sociedad entera y el aparato represivo del Estado al completo. A ellos sí, pero a sus retoños no cuando son ellos los que maltratan para pasar el rato.
Estamos locos de remate. Según cuenta hoy el Diario de León de esa noticia de las que le rompieron a la compañera tres huesos en Ponferrada, la Junta de Castilla y León ha ofrecido a los padres de la víctima la solución de que la manden a otro colegio en el que esté más segura. Sí, sí, han leído bien. No ha dicho la Junta que a la puñetera calle las agresoras ni que le ofrecen clases de jiu-jitsu gratuitas a la víctima para que se tome por su mano la justicia que las instituciones le niegan. Sólo que tal vez le convenga irse adonde le peguen menos.
No hay norma sin sanción. Las normas de convivencia no son gazmoñerías de manual de buenas maneras, son pautas sin las que la convivencia se vuelve selvática. Los niños deben aprender eso, y si no se les enseña se les hace el peor de los favores. Y al reticente se le castiga, por su bien y por el de todos. Si su falta es grave, la consecuencia debe ser dura.
¿Pegarles? Pues sí, pero sólo en legítima defensa. ¿O es que deben un profesor o un padre permitir que los pateen en pro de la sagrada intangibilidad de la infancia? Existen mil alternativas a semejante violencia: quitar el móvil, prohibir ver la tele, no dejar que lleven gente a la cama de los padres cuando estos se van de finde al apartamentito de Cuella. O poner a los bestias de rodillas con orejas de burro y en cada mano un tomo de las obras completas de Sabino Arana. No se preocupen, no se les romperá la tibia ni el tobillo por el esfuerzo. De paso, sacamos utilidad a algunos libros.
Hombre, y si queremos seguir amparando a los gamberretes hasta la náusea, se me ocurre otra solución: por cada agresión grave que un niño sufra a manos de otro, por cada padre que se lleve de su descendencia unas collejas o por cada profesor maltratado o vilipendiado, que le den cien latigazos a un pedagogo modelno. Mano de santo, ya verán.

01 noviembre, 2006

El ladrillo y los gustos de las moscas.

He oído en la radio, mientras conducía camino de Asturias y de mis muertos, que el Ayuntamiento de Cullera ha aprobado el plan para la construcción de lo que andan llamando ya la “Manhattan de Cullera”. Se prevé que se levanten treinta y tantas torres de hasta veinticinco plantas. Va a dar gusto verlo. ¿Para cuándo se le va a ocurrir a alguien instalar en algún lado un museo del hormigón? O, mejor, que tomen nota los feriantes y lo lleven de pueblo en pueblo por las fiestas y que sustituya al tren de la bruja, a ver si por lo menos sirve para asustar a los niños y que dejen de pegar a los profes.
La última vez que me di un garbeo por la costa levantina acabé durmiendo en Calpe entre ataques de claustrofobia. Y ante esta gozosa noticia de hoy me vuelven las mismas preguntas. Puedo entender, que no disculpar, a los constructores que se forran levantando colmenas y estrangulando horizontes. También a tanto edil venal que, de una, vende su alma a un diablo con Mercedes y cinco tenedores y asiente al asesinato del paisaje, el reposo, el decoro y la calidad de vida. A los que no puedo comprender y para los que no encuentro atenuante es a los paganos que se dejan los cuartos en semejantes nichos, a quienes, sin que nadie los fuerce, presumen de adquirir segunda residencia en primera línea de playa, cuando ni es residencia, sino celda, ni es línea ni es primera ni queda más playa que una poca arena cercada por el cemento y aturdida de chiringuitos.
Eso sí que es un misterio, y lo demás cuentos. La mayor degeneración de este país no es ni moral ni jurídica, con serlo éstas de órdago. No, la madre de todas las corrupciones es la corrupción estética del personal. ¿Qué le pasa a la gente? ¿Tan abotagadas andan las sensibilidades? ¿Por qué esa afición al hormiguero, esa ansia de apreturas, ese alevosía contra el paisaje, ese empeño en atocinarse? Y luego los muy cenutrios se empeñan en contarnos que los mueve el gusto por el mar o el apego a la naturaleza. Degenerados, que son unos degenerados. Para mí que serían aún más felices dentro de las vallas de un campo de concentración, bien apiladitos en los barracones y contándose los unos a los otros que qué lujo de descanso, qué relax y vaya level.
Puede que la culpa la tengamos todos. Porque nos parece de educación y buen trato ponerle buena cara al colega que, enardecido, nos explica que se ha comprado un apartamento en uno de esos putiferios y que fíjate, para el verano con la familia y tal y que ideal de la muerte. Y hacemos mal, porque deberíamos mirarlos bien serios, con la cara que se nos queda si alguien nos dice que disfruta revolcándose en los urinarios o tirándose ventosidades en público, y tendríamos que contestarles secamente con un tú estás chalao o llamándolos pringaos decadentes, sin más.
Pero, bueno, quizá no conviene perder de vista que algo tendrá la mierda cuando las moscas van por millones. Son misterios escatológicos.

Azúa, los políticos y la campaña catalana.

Mi amigo Avelino F. me remite un texto reciente de Félix de Azúa, tomado de su blog, que no tiene desperdicio. Se titula Otra repetición. Copio aquí ahora mismo su primera parte:
"El mayor encanto de las campañas electorales es que mientras duran no es necesario decir lo que pensamos de nuestros representantes: ya se lo dicen ellos solos. Rata de albañal, serpiente bífida, camaleón paranoico, simio cleptómano, lombriz renca. El zoológico se queda corto. Aunque es cierto que ellos no utilizan metáforas; su educación no lo permite.
Se dice (y es cierto) que la profesión de político es de una dureza extrema y por eso, como entre los taxistas, se produce una selección natural del idóneo. Apenas tienen tiempo libre para leer o usar un poco el cerebro, han de pasar cientos de horas comiendo en restaurantes carísimos e indigestos, el 80% de su trabajo consiste en hablar con tipos aún más beocios que ellos mismos, del gigantesco tráfico de dinero del que son responsables solo se quedan una parte mínima (aquel 3%, una limosna), sus apoderados pertenecen al ramo de la construcción que es ganado de pelo duro, han de soportar a los humoristas de la tele, posiblemente los profesionales más zafios de ese bello ente, en fin, un jardín.
En este momento tiene lugar la campaña catalana. Da bastante risa, pero también un aburrimiento de Padre del desierto, la insoportable sensación de dejá vu. Todos los partidos catalanes menos el PP (pero el PP no existe en Cataluña), han decidido que la estampa sentimental de la sociedad catalana, su icono religioso, es la República. Todos los partidos tratan de reconstruir aquel espléndido momento de pistoleros y espadones, idealizado como un calendario de paisajes olotinos. Lo que no saben es que están repitiendo con toda exactitud, en efecto, lo que ya hicieron durante la República. Si leyeran un poco…
He aquí un fragmento que tomo de una carta de Antonio Machado (2 junio 1932) en la que comenta con su acostumbrada lucidez el Estatuto catalán que se había debatido en Consejo de Ministros y que sería aprobado en septiembre del mismo año.
“La cuestión de Cataluña, sobre todo, es muy desagradable. En esto no me doy por sorprendido, porque el mismo día que supe el golpe de mano de los catalanes, lo dije: «los catalanes no nos han ayudado a traer la República, pero ellos serán los que se la lleven». Y en efecto, contra esta República, donde no faltan hombres de buena fe, milita Cataluña. Creo con don Miguel de Unamuno que el estatuto es, en lo referente a Hacienda, un verdadero atraco, y en lo tocante a enseñanza algo verdaderamente intolerable”.
Me parece indicativo del indudable progreso democrático de este país en los últimos años, que si don Antonio expusiera hoy mismo sus opiniones en Gerona o Tarragona, o en las Universidades de Barcelona, sería corrido a pedradas y tachado de fascista. Cientos de periodistas (que dicen amarlo) afirmarían con aplomo que es una criatura de Jiménez Losantos. En la tele catalana varios humoristas lo utilizarían de espantajo para mostrar la estupidez de los paletos españoles. Seguramente Machado preferiría morir, en esta ocasión, algo más lejos de Colliure".