03 noviembre, 2006

Librerías

¿Paraíso? No, librería. Sé que no le ocurrirá a todo el mundo, ni tiene por qué, pero a mí el deambular dentro de las buenas librerías me resulta un acto poco menos que sensual. Son minutos abismales, asomado uno al arte y el saber de tantos, ansioso de poseerlo todo y sabedor, al tiempo, de que la vida no alcanza y de que el horizonte se aleja más cuanto más pugnamos por alcanzarlo. Pero queda el gusto, al menos, de poder elegir, de manosear las páginas, de sobar los lomos, de leer solapas o párrafos al azar. Los colores, el olor, el tacto. Y la inspiración que viene. Rodeado de historias, te sientes por un rato capaz de fundirte en ellas para crear otras nuevas, te ves a ti mismo remozado en cuentista, reciclado en poeta. Es una borrachera, un éxtasis, una alucinación enaltecedora.
La tristeza comienza cuando eliges ese puñado que has de llevarte, sólo ésos, con el convencimiento, que sabes fingido, de que no habrá de faltarte el tiempo para masticar cada página. Luego vendrá, en casa, la tristitia post coitum, cuando esos mismos libros que con amor seleccionaste para que te acompañaran, te miren, ceñudos, desde estantes, mesas, sillones o el mismísimo suelo, cuando te acosen con su queja y a ti el remordimiento te corroa por no poder atenderlos a todo con el mimo que soñaste. Te acosa la culpa por los menesteres mundanos que te absorben, por la voluntad que te falta para encerrarte en ellos todo el tiempo y respirar con ellos, comer con ellos, dormir con ellos. Y mañana los dejarás allí, intonsos unos, otros abiertos y en espera, y retornarás a la librería y al devaneo. El gozo y la melancolía siempre de la mano, ley de vida.
Las librerías son los harenes de las almas.

2 comentarios:

Antón L. dijo...

Muchas veces tengo la impresión de que no soy yo quien selecciono el libro, sino que es el libro el que me elige, ese libro desconocido que sin razón alguna cojo del estante, hojeo y de pronto me atrapa, ese libro del que nunca antes he oído hablar, que nadie me ha recomendado, y que sin embargo resulta súbitamente hermoso, o sabio, o compañero. Ese día ya es un día cumplido.

cembón dijo...

Las malas lenguas, que son muy malas, dicen que el Profesor Sosa una vez echaba en falta la existencia de un mercadillo de libro s de segunda mano en la Universidad. Me imagino que se tratase de algo parecido a un zoco literario donde cada quien pudiera ofertar y hacerse con ejemplares que, según las circusntancias, ya le "estorbasen" o bien esos que le llegarán a atrapar (como a G.A. en las librerias). Y pensandolo bien, que menos en un sitio donde prima la cultura, ¿no creen ustedes?.
Ojalá desde este blog se fraguase algo así, sin directrices por parte de la oficialidad universitaria, ni decanos, ni vicerrectores, ni reconocimiento curricular, ni nada, solo bañado por la espontaneidad y el interés.