17 septiembre, 2008

Aquel post sobre notarios solteros

Esto del blog es un vicio, y seguro que pecado también, por el placer que da. Ya son tres años de darle a la tecla y ocurre como en las mejores parejas: se te olvida lo que un día dijiste, aquella promesa, aquella declaración de intenciones, aquella excusa... y pasa lo que pasa.
El otro día, ATMC mencionaba una vieja entrada alusiva a notarios. La recordaba vagamente y me puse a buscarla. Resultó ser de febrero del 2006 y me hizo gracia releerla. Así que aquí la traigo de nuevo. Se titulaba "Ahora sí que nos forramos":
Mi santa recibió hoy una revista que se llama “El notario”. Me la mostró y el brillo de sus ojos me hizo pensar que era un catálogo de notarios solteros. Pero no, era el brillo de siempre. Más que arrepentirme por ser mal pensado, me vino una posible idea lucrativa. Ahora que estoy decidido a pasarme a la vida privada y semiclandestina y que, por mi mal comportamiento y hosco carácter poco dado a los consensos, voy a ser menos invitado a dar conferencias alimenticias, debo replantearme maneras nuevas de sobrevivir a la hipoteca inmobiliaria que me tiene estrangulada la economía.
Así que busco socio(s) para poner mano a esta idea que nos puede rescatar de las fauces abominables de la pobreza: una página web, de pago, of course, que recoja el catálogo actualizado de notarios que no han pisado –aún- la vicaría, de notarios casaderos, vaya. También podemos incluir, sin particular desdoro, a registradores de la propiedad, que no son mal trofeo para este tipo de pesca sin muerte.
Imagínense la composición y las secciones. Cada pieza con su nombre o alias, su destino actual o previsible y una foto en la que se vea al sujeto todo rodeado de legajos y escrituras y marcando billetera en el bolsillo interior de su americana fashion total. Ideal será que hagan saber sus aficiones y el tipo de vida que ansían, con pormenor, incluso, de sus opiniones sobre el mundo financiero en general y la situación del peculio propio en particular. Podemos pedirles a estos candidatos que señalen sucintamente sus gustos y preferencias en lo tocante a la contraparte que los busque, con licencia incluso para confesar inocuas desviaciones y vicios asumibles por cualquier suegra de notario; o, cuando menos, morbosas pulsiones que no escandalicen en exceso al confesor de cualquier suegra de notario.
Y luego, cómo no, debemos contar en la página con un potente buscador, capaz de dar satisfacción a las más truculentas pesquisas. Pongamos que alguien busca notario de menos de sesenta y ocho años, con conocimientos de gallego oral, un ferrari rojo y vegetariano. Pues, si lo hay en el mercado, ahí tiene que aparecer con foto y todos los demás datos. De esta manera se evita de un plumazo la profunda decepción que han tenido que vivir tantas chicas de buena fe que han salido con notarios y han descubierto al cabo, con dolor y trauma, que ellos no eran lo que parecían ni daban lo que se les esperaba.
Bonita cosa sería igualmente si conseguimos mantener cada mes una sección de “promociones especiales”. Esto, a su vez, podría dividirse en dos partes. En la primera irían agrupados aquéllos de la última hornada, los que acaban de acceder a tan ilustre condición y, por tanto, aún no pueden exhibir un currilum en euros. Éstos podrían ser los “notarios de primera”, aun cuando esta denominación puede alguien cuestionarla por parecer publicidad engañosa. En la otra parte estarían los “notarios en promoción” y se trataría de los que, urgidos por algún afán perentorio o por ansiedades acumuladas, desean solventar en el menor tiempo y sin reparar en gastos el asunto de la grata compañía que completa la naranja.
Creo que puede ser buen negocio, pues se darían de alta y pagarían la cuota para visitar la web no sólo las mujeres y hombres en edad de merecer, ciudadanos y ciudadanas casaderos de todas las autonomías, sino también muchos papás y mamás de ésos que ponen su mejor esfuerzo en ayudar a sus vástagos a abrirse camino en la vida y labrarse un futuro razonablemente apacible.
Tendremos que tomar algunas decisiones que todavía no tengo muy claras. Por ejemplo, si mezclamos indistintamente notarias y notarios en nuestra exposición o si abrimos para ellas –que son cada vez más- una sección especial, que podría titularse “notarias que notarías”. Sí, creo que el apartado para ellas podría ser ése y que el de los varones se podría llamar “notarios de nota”; o, quizá, “notar(i)os”.
Para la web general tengo un nombre inigualable: www.pornotarios.com. Me apresuro a registrar el dominio, por si las moscas.

16 septiembre, 2008

Mirar y ver

Mi padre no sabía ver películas. Me refiero a verlas en la tele. Al cine nunca fue, al menos que yo sepa. Cuando yo era niño me enojaba la desazón de mi padre ante las películas o las series de televisión. Él sentía que le estaban tomando el pelo, pues en la realidad de las cosas el tiempo no va atrás y adelante a discreción, no hay esos saltos de un momento a otro ni ocurren esos milagros de que en un tiroteo bestial no haya ni un herido o de que con una sola bala el protagonista mate a veinticinco. Además, le parecía deshonesto eso de andar representando vidas ajenas e historias fingidas y tenía a los actores en el peor de los conceptos, por esa razón. Y más aún, sabía o sospechaba que existía el doblaje y eso acababa de sacarlo de quicio, pues ni la voz que oíamos era auténtica y no se correspondía con la cara que veíamos.
Era una de tantas cosas que no entendía de mi progenitor. Otra era su manía con el fútbol. Le gustaba bastante, pero siempre que contemplábamos en la televisión un partido de la selección nacional deseaba que perdieran los españoles. Me resultaba antipatriótico, excéntrico y antipático. Quien sabe si un niño no puede llegar a denunciar a un padre por ese tipo de desafecciones, cuando el régimen político lo fomenta o lo permite. Su razón, que siempre explicaba, la comprendí mucho más tarde. Decía que el fútbol, y sobre todo el de la selección, servía para adormecer al pueblo y para que el régimen de Franco se legitimara a base de goles y de la tan traída y llevada furia española, que aplacaba en realidad cualquier furia de los españoles. También me sorprendía su fobia al Real Madrid o al Barcelona, a los que invariablemente quería ver derrotados, con el argumento de que resultaba mucho más justo y meritorio que venciesen equipos más pobres, débiles y menos comprometidos con todo tipo de poderes fácticos y de los otros. Eso se lo he heredado al pie de la letra. Y casi todo, a la postre.
Pero volvamos a lo que hoy me interesa, aquella incapacidad de mi padre para entender y admitir cualquier representación de la realidad. Ni la más fiel recreación cinematográfica de hechos reales le merecía confianza ni le parecía suficientemente honesta. Estaba absolutamente convencido de que en todo momento acechaba la manipulación, la ficción y la trampa. Las cosas son lo que son y como son, y lo demás es cuento, engañifa, vil manipulación con algún fin torticero y, sobre todo, engañabobos. Sospecho que a esa mentalidad desconfiada y férreamente apegada a los hechos no eran ajenos muchos de sus contemporáneos en su medio popular y campesino. Y conste que tengo a mi padre por una de las personas inteligentes que he conocido. Me fui dando cuenta con el tiempo, demasiado tarde.
Hoy lo recuerdo a menudo en esa obsesión suya, cuando veo tanta gente que padece la incapacidad opuesta, tantas personas que son incapaces de discernir entre representación y vida real y que toman por hechos ciertos los puros simulacros, por autenticidad la impostura y por sinceridad hasta el disimulo más rastrero. Son los que se creen al pie de la letra los dramas de pega que, por precio, representan ante las cámaras de televisión y en los programas del corazón y la víscera ésos que relatan supuestas vivencias sentimentales y de camastro. Son los que se piensan que la prosa vacía de los políticos más descarados expresa ideas sinceras y propósitos sin tacha. Son los que viven convencidos de que esos gestos para la galería, para fotógrafos y camarógrafos, dan cuenta del verdadero ser de sus pícaros protagonistas. Los que comentan, por ejemplo, cuán llano y natural es el Rey, o la Familia Real por entero, gentes como nosotros, dicen, igualitos.
Impera por doquier la convicción de que a través de la televisión contemplamos las cosas exactamente como son. Se olvida que ante las cámaras se actúa, se representa el papel que mejor conviene y se busca precisamente ese efecto de realidad a base de inventarse caracteres y sucesos. La realidad se confunde con la representación, la teatralidad pasa por autenticidad, el papel del actor se toma como su persona sin aditamentos. No nos extrañe que tantos se refieran a las peripecias de El Gran Hermano con la misma convicción y rotundidad con que narran los sucesos de su propia vida o las de sus hijos.
Hace unos días, personas muy queridas me hablaban del programa de La Cuatro en el que se veía a Zapatero caminando por las montañas de León. Se admiraban ante su magnífico estado de forma, ante sus habilidades de caminante, y ensalzaban la tremenda naturalidad con que conversaba con los lugareños. Como si no hubiera cámaras delante, como si realmente lo conocieran en su caminata, como si las cosas fueran en verdad tal como en la televisión aparecieron. Como si resultara puro azar el que las cámaras lo hubieran grabado en esos momentos, como si él no supiera que estaban las cámaras allí, como si no hubiera previamente un guión y no fuera él el actor principal de una obra destinada precisamente a que lo creamos así.
Cuánta razón tenía mi viejo.

15 septiembre, 2008

¿Merece la pena tanta seguridad?

La pasada semana estuve en Toledo en un seminario con penalistas que trataban del tema del Derecho penal y el terrorismo. Esta semana seguimos en León con lo mismo. Me llamó la atención el tono de resignación de tanto profesor de Derecho penal. Lamentan esta obsesión punitiva que nos asalta y que galopa a lomos de los dos partidos mayoritarios, pero no parece que la resistencia vaya a ser muy fuerte. Además, una frase quedó para la posteridad: "En la doctrina todos somos muy partidarios de un Derecho penal liberal, pero luego hasta los profesores más progresistas van de asesores para las reformas legislativas de palo y tente tieso". Como diagnóstico no está nada mal.
Así que he vuelto más convencido de que hay que dar caña y plantarle cara a la opinión pública manipulada y paranoica. He perpetrado este escrito que va a continuación y que trataré de mandar a algún periódico de los que me publican cosas. Hay que pulirlo y acortarlo un poco, pero ahí va el borrador, por el momento:
Vivimos en plena histeria colectiva. Nos vencen los miedos, nos enervan supuestas injusticias legislativas y judiciales. Parece que por doquier campan por sus respetos los malísimos. Muchos medios de comunicación echan su cuarto a espadas y nos hacen pensar que en la esquina de cada parque espera apostado un pedófilo, en cada ascensor se oculta un violador y por todos los rincones pululan sanguinarios terroristas, muchos de los cuales ya han cumplido su pena después de “entrar en la cárcel por una puerta y salir por otra”, aunque sea con veinte años de diferencia entre la entrada y la salida.
Cierto es que cada tanto nos espanta alguno de esos crímenes, pero verdad es también que mata mucho más la carretera, que de los niños se suele abusar mucho más en casa y por los de casa y que para violaciones, el matrimonio. Pero la masa enardecida no entiende de estadísticas ni de cálculos probabilísticos, la bestia popular pide sangre al grito de que aquí hay mucho bestia y esto no puede seguir así. Los partidos entran al trapo y se agencian votos a golpe de reformas penales que ni disuaden más al delincuente ni protegen mejor la sociedad, pero que tienen mucho relumbrón mediático y amplio eco entre los bienpensantes que jamás rompen un plato, aunque defrauden a Hacienda, abusen de los subordinados, engañen a los clientes, pellizquen a las secretarias o conduzcan borrachos cada dos por tres.
Así que contémosle a la fiera algunas verdades elementales. El Derecho penal sirve para protegernos frente a los que atacan determinados bienes que consideramos básicos, comenzando por la vida, la integridad física y la propiedad. Pero el delincuente no es el único peligro que nos acecha. También es arriesgado vivir bajo el poder del Estado, ese Estado que monopoliza el uso de la fuerza y que tiene las leyes y los jueces, pero también las armas y las cárceles, ese Estado que puede abusar también de nosotros y que, cuando lo hace, nos deja en la más desvalida de las situaciones. Por eso debemos atarlo corto y no conviene que azucemos en exceso sus ansias de sangre. Bien nos enseña la Historia lo que sucede cuando al Estado se le pide que acabe con todos los malos sin reparar en gastos: los malos acaban gobernándolo y son los inocentes ciudadanos los que pagan con su vida y su libertad. Consecuencia de poner a Drácula a cuidado del banco de sangre.
En el Estado de Derecho se persigue el delito y se procura seguridad al ciudadano, pero no de cualquier manera ni a cualquier precio. El Estado de Derecho es una muy compleja y sutil obra de ingeniería jurídica y política y en él se trata de que gestionar los riesgos de modo que no nos quedemos sin libertad por querer tanta seguridad. También de que la búsqueda obsesiva de seguridad frente al conciudadano no nos deje inermes ante el Estado, frente a policías, jueces y carceleros. Y todo ello porque el Estado de Derecho constitucional y democrático que es propio de nuestra época parte de un principio que resume su razón de ser: lo más valioso y digno de protección es el ciudadanos individual, y todos los ciudadanos cuentan lo mismo, son iguales y, por tanto, ninguno vale más que otro por ser más bueno, más justo o más santo. En el corazón mismo de tal modelo de Estado yace la idea de que ninguna persona puede ser usada como simple instrumento al servicio de fines individuales o colectivos. Tampoco de la seguridad. Por eso sólo tiene que pagarla el que la hizo y nada más que en proporción a lo que hizo. Y, además, ha de ser así por nuestro bien, pues cuando le pedimos al Estado que quite de la circulación de cualquier manera y por cualquier medio a los malos, estamos corriendo un grave riesgo: el riesgo de que el Estado se equivoque o se desmadre y nos tome por malos a nosotros; o a nuestros hijos, por ejemplo.
Vivir en libertad y valiendo lo mismo la libertad de todos tiene también sus riesgos. Por eso la preferencia por vivir en un Estado de Derecho supone asumir ciertos riesgos. Pero compensa, pues pretender eliminarlos por completo es aún más peligroso. Es un remedio peor que la enfermedad. Veámoslo en tres supuestos básicos, atinentes a los fundamentos del sistema penal en que vivimos (o vivíamos) y en el que debemos tratar de permanecer si somos mínimamente racionales, que es el sistema penal llamado liberal.
El primer límite al poder punitivo del Estado lo pone el principio de legalidad penal. No se puede castigar a nadie por ningún comportamiento que no esté de antemano definido en la ley como delito o falta. Esto tiene el inconveniente de que muchas conductas que no nos gustan se quedan impunes y mucha mala gente no padece castigo. Pero si prescindimos de tal límite, a cualquiera le puede sancionar el Estado cuando quiera y como quiera y quedamos en sus manos y en la inseguridad más tremenda. Recuérdese, por ejemplo, que en el nazismo no regía este principio de legalidad, expresado en la fórmula nullum crimen, nulla poena sine praevia lege. Allí se aplicaba el principio alternativo de que, con ley o sin ella, ningún criminal debía librarse castigo, y pasaba lo que pasaba. Cuando el Estado decide sin ataduras, todos somos meros rehenes del poder y es éste el que en cada momento decide quiénes son los buenos y quienes los que merecen palo. Adiós seguridad, en nombre de la seguridad. Seguridad para el Estado a costa de nuestra seguridad personal.
La segunda cortapisa se la ponen al Estado las garantías procesales. Todos somos inocentes mientras no se pruebe fehacientemente que hemos delinquido, y ha de probarse en un proceso con todas las garantías, comenzando por el derecho a la defensa. Esto tiene el defecto de que más de un culpable se libra, pero la gran ventaja de que así es más difícil que se condene a inocentes, que a cualquiera de nosotros se nos condene sin pruebas. ¿Qué nos parece mejor?
El tercer límite lo marca el principio de humanidad en la administración de las penas. Si preferimos que el sistema punitivo se ensañe con el delincuente y haga imposible la reincidencia, querremos la pena de muerte y castigos crueles que destruyan para siempre la libertad y la personalidad del que un día erró o tomó el mal camino. Los nazis también entendían de eso y era común en la Alemania de Hitler que después de salir de la cárcel muchos ciudadanos fueran internados, sin juicio ni garantía ninguna, en un campo de concentración. Muerto el perro, se acabó la rabia. ¿También es eso lo que deseamos? ¿Estamos realmente dispuestos a que sea tratado como un perro, sin derechos ni más oportunidades, el que un día se salió del camino marcado? ¿Nos sentimos dispuestos a asumir esos riesgos? ¿Queremos deslizarnos por esa pendiente resbaladiza? Al fin y al cabo, si ansiamos quitarnos de en medio al que puede volver a delinquir, ¿por qué no apartar también al que nunca delinquió pero es sospechoso de poder hacerlo un día de éstos? ¿Y quién puede estar seguro en un sistema social así, en un Estado que sólo permite vivir dignamente y usar su libertad a los que son considerados buenos y virtuosos por él o por una opinión pública histérica, asustada y sanguinaria?
Es cuestión de pensárselo. Con todo y con eso, habrá quien desee un Estado absoluto, tiránico, vengativo y cruel. Pero se engañará si piensa que así estará más seguro.

14 septiembre, 2008

Chulería de padre, qué caray



Bueno, bueno, bueno. No todo va a ser despotricar. Reconozcamos que a veces le pasan a uno cosas guapas. Voy con una mía, y disculpen si babeo y dejo todo el post hecho unos zorros.

Pues resulta que, como sabe cualquier ser algo leído, estos días se ha inaururado en el CERN (el mayor laboratorio mundial para la investigación en física de partículas) el LHC, el superacelerador de partículas. Todo un éxito, al parecer. Pues miren, tengo fotos de primera mano de esos momentos. Y entre ellas ésta de aquí:


En primer plano aparecen algunos de los padres del invento. El de la camisa blanca y el pelo cano que está a la izquierda es Lyn Evans, el que concibió el superacelerador (LHC). Está hablando con Carlo Rubbia, premio Nobel de Física. El trajeado de la derecha es el Director General del CERN. Bueno, pues, si se fijan bien, por ahí atrás asoma un chaval con camiseta roja (y pelo; ojo, no confundir). Pues es David, el hijo de un servidor. Un cerebrín y uno de los dos mil quinientos de todo el mundo que trabajan en Ginebra en el CERN. Y pensar que cuando era un mocoso sus padres nos comíamos la cabeza pensando si sería bueno que enredara tanto con los ordenadores... Nunca se sabe, verdaderamente.
Sí estoy contento, sí. Y orgulloso. Que conste. No todos los mimos y parabienes se los va a llevar la pequeña Elsa.

13 septiembre, 2008

El Tribunal de Garantías y otras añoranzas. Por Francisco Sosa Wagner

De quienes todavía siguen invocando con admiración la Constitución republicana, puede decirse que propenden a coger el rábano por las hojas, es decir, suelen tergiversar su contenido y su práctica. Entre otros extremos, se ha olvidado que tal texto no estuvo en vigor en toda España casi nunca, sobre todo en aquellos de sus títulos más sensibles, como fue el tercero, que albergaba las libertades fundamentales de los españoles. Bien bonitos fueron los derechos a la libertad de expresión, de residencia, de reunión y demás, pero bien fea fue la ley de Defensa de la República (luego Ley de Orden público) que permitía arruinarlos, como en efecto ocurrió hasta 1936, cuando la gran batahola destruye sin más todo atisbo de filigrana jurídica.
Debemos a Manuel Ballbé haber demostrado en Orden público y militarismo en la España contemporánea (Alianza, 1985) la lejanía que existió entre el texto constitucional en punto al ejercicio de los derechos y libertades individuales y la realidad diaria, así como la aguda anotación de que las técnicas jurídicas destinadas al mantenimiento del orden público siguieron estando impregnadas de militarismo. Todo ello condujo a que las limitaciones del derecho de reunión o de expresión fueran desde un principio clamorosas. Miguel Maura cuenta en sus memorias (Así cayó Alfonso XIII, Ariel, 1982), cómo a raíz de un conflicto reunió a los directores de periódicos, «incluso a los suspendidos», para explicarles que «estaban ante un ministro que dispone de plenos poderes en materia de orden público». Y bien que entendieron la advertencia: nadie se atrevió a publicar una línea acerca de los sucesos que el ministro quería ocultar a la opinión pública. Y parecidas referencias son constantes en el propio Azaña. Lo más relevante pues de esta legislación no es su existencia, ya grave, sino su uso continuo, tanto en el bienio social-azañista como en el radical-cedista y, por supuesto, tras la victoria del Frente Popular. Por todo ello, puede afirmarse que, por meses y bien pocos, se cuenta la vigencia de la normalidad constitucional en el conjunto del país. Afirmación que se halla bien documentada y al alcance, en cualquier librería española, del curioso que quiera atenerse a hechos y no a ensoñaciones sectarias.
Por otra parte, en un momento como el presente, en el que a nuestro Tribunal Constitucional tanto se le critica -y con avaladas razones-, conviene recordar el precedente que supuso el Tribunal de Garantías Constitucionales alumbrado por la Constitución de 1931 (y estudiado con rigor, entre otros, por Ruiz Lapeña y Bassols). Su composición nos orienta acerca de la calidad del engendro que salió de la mente de los padres constituyentes que, como se sabe, escribieron el texto en sesiones que terminaban «a la hora de ir a tomar los churros», lo que hizo decir a Azaña que aquella República no era de «trabajadores» sino de «trasnochadores».
En la cúspide de aquel Tribunal republicano había un Presidente designado por el Parlamento. Curiosa la discusión suscitada acerca de los requisitos que debía reunir. Si en el Anteproyecto figuraba el de ser licenciado en Derecho, en el Proyecto del Gobierno desaparece tal mención, sin duda por considerarlo un tiquismiquis o porque, según Alvaro de Albornoz «tampoco necesita serlo el presidente del Gobierno o el ministro de Justicia», afirmación que demuestra el desparpajo con que el político radical-socialista se movía en los mundos de la política y el Derecho. Pero lo bueno es que este caballero fue el presidente del Tribunal de Garantías hasta que dimitió con motivo de los sucesos de octubre de 1934. Le sucedería Fernando Gasset, del partido radical, que también dimitió en julio de 1936, probablemente al advertir que de poco servía el Tribunal cuando ya chorreaban sangre «los muros de la patria mía».
Venían después: dos diputados elegidos libremente por las Cortes; un representante por cada una de las regiones españolas; dos miembros nombrados por todos los Colegios de Abogados; en fin, cuatro Profesores de Facultad de Derecho.
Naturalmente los diputados pertenecían a las distintas formaciones políticas y fueron cambiando en función de las mayorías parlamentarias. Entre los vocales abogados hubo nombres como Calvo Sotelo y César Silió, figurón que fue del maurismo. Y, entre los salidos de las filas de las Facultades de Derecho, deben anotarse los catedráticos Miguel Traviesas, privatista asturiano, Salvador Minguijón, historiador aragonés, Francisco Beceña, procesalista asturiano, y Carlos Ruiz del Castillo, constitucionalista, vinculado a la CEDA y que ocuparía cargos en el franquismo.
Pero el grupo verdaderamente pintoresco de aquellos jueces era el procedente de las regiones españolas. Eran nada menos que 13. Como regiones no había más que una, Cataluña, las demás tuvieron que ser inventadas ad hoc: Asturias, Andalucía, Castilla la Nueva, Castilla La Vieja, Extremadura, Galicia, León, Vascongadas, Valencia ... En ellas, al carecer de órganos propios, votaban los concejales de los Ayuntamientos. El proceso de selección se convirtió, sin melindre jurídico alguno, en un asunto político de primer orden. De tal importancia que la derrota que sufrió el Gobierno de Azaña condujo a la postre a la disolución de las Cortes en octubre de 1933. Las derechas se habían organizado y las izquierdas, en el dulce uso del poder, no prestaron la debida atención aunque muchos gobernadores civiles desempeñaron su función muñidora al mejor estilo de los tiempos de Posada Herrera o de Romero Robledo. En sus Memorias, Azaña apenas si quiso dar relevancia a esta contienda que, sin embargo, acabó determinando la caída de su Ministerio.
Una cuestión significativa se planteó. Elegían, como hemos visto, los concejales de los Ayuntamientos. ¿Pero qué ocurría cuando los Ayuntamientos estaban suspendidos? Porque era práctica corriente en aquella, hoy añorada, República que las corporaciones locales se hallaran suspendidas -sin intervención judicial- y sus órganos de gobierno sustituidos por comisiones gestoras o concejales interinos designados gubernativamente en función de la filiación política. Sólo a lo largo de una ardua discusión se llegó a la conclusión de que tales concejales irregulares no estaban legitimados para votar.
En aplicación de este procedimiento, hubo jueces regionales socialistas, radicales, cedistas, tradicionalistas, radical-socialistas, del republicanismo gallego, tan alejados entre ellos en sus concepciones políticas como unidos por un lazo común: ninguno de ellos necesitó para acceder a la magistratura ostentar el título de licenciado en Derecho.
De este engendro no podía salir más que una jurisprudencia para el olvido: nadie recuerda hoy, en los medios especializados, qué dijo el Tribunal republicano sobre tal o cual cuestión. Un sonrojante silencio ha caído sobre aquella obra, sombra de sombras o verduras de las eras, según prefiera el lector.
Resultado este anunciado pues, ya en su concepción, buenas invectivas había recibido el Tribunal. Desde la derecha, el diputado Royo Villanova, catedrático de Derecho Administrativo, le dedicó discursos demoledores destinados a demostrar que, con el Tribunal Supremo, la Justicia española se sobraba para depurar el Ordenamiento, tal como ocurría en los Estados Unidos. Pero, desde la izquierda, y sin florituras, Indalecio Prieto se despachó afirmando que «el Tribunal equivaldrá en el sistema constitucional al apéndice en el sistema intestinal: no servirá más que para producir cólicos».
Quede dicho lo que antecede, en este otoño de 2008 que la economía apuñala, para aplacar las añoranzas republicanas de tanto incorregible laudator temporis acti o elogiador del tiempo pasado, un latinajo horaciano que, por cierto, recuperó un diputado de la República, el escritor Ramón Pérez de Ayala. El sectarismo tiene que buscar hoy más afinadas fuentes de inspiración histórica.

10 septiembre, 2008

Desfachatez, según El País

El editorial de hoy de El País se las trae. Se titula Desfachatez. De facha y tez, tez de facha. Trata muy críticamente de la renovación del CGPJ por acuerdo entre los partidos y aquello de que para ti la Cheli y para mí la Rosi, y que la tuya que te hace, pues la mía fela que mola; anda, pues la mía va a pasar a los anales, etc., etc., etc. Bueno, El País no lo dice con estas palabras, pero se entiende igual. Léanlo, léanlo, y no olviden que es El País, no un periódico antisistema.
Porque los verdaderamente antisistema son los partidos establecidos, especialmente los dos llamados grandes y de cuyo lomo pican algunos pájarillos más, en una convivencia de ésas que debe de ser o simbiosis o parasitismo. Los antisistema son PP y PSOE, porque ellos pervierten cualquier sistema constitucional de lo que sea, convierten la Constitución en papel mojado, de doble capa, eso sí. No es que el procedimiento que la ley establece para la elección de los miembros, miembras y membrillos del CGPJ esté en sí irremediablemente mal o sea ontológicamente vicioso (¿han visto qué palabra? Ontológicamente. Sembrao, estoy sembrao), es que da igual lo que leyes y Constitución dispongan: estos partidos se lo pasan por el arco del triunfo y sale con su aroma de rancio ambientador y jacuzzi con cloro y bichitos flotantes.
A este paso, abandonarán el barco, esos barcos, todos los que conserven algunos principios o un punto de fe en lo que llaman democracia, Estado de Derecho y similares. Es decir, los medios de comunicación leales, tipo El País o ABC, se pondrán críticos, los militantes que no lo sean con ánimo meramente alimenticio se retirarán a los cuarteles de invierno, muchos votantes tomarán las de Villadiego al grito de "bien está joder, pero no arrancar los pelos" (es una nueva cita del refranero popular de mi aldea; pido perdón, pero es para que no se nos mueran las tradiciones y que se vea que somos nación). Y así todos menos... los útiles del voto útil. Ésos se quedan, vaya que sí, forever. Su lema es: "Sí, los que yo voto lo hacen fatal, pero jooooó...". Si usted les preguntan: "¿jooooó qué?", invariablemente le responden: "Jooooó, es que, si no, vienen los otros que son malísimos de la muerte y que nos van a fusilar a todos". Y de ahí no salen, ni a tiros, precisamente. Y usted les replica que vean cómo lo hacen de horrible y qué sinvergüenzas son ésos que ellos defienden, trátese de los del PP o los del PSOE; pero también para eso poseen respuesta inmediata nuestras útiles lumbreras políticas: "Jooooó, pero es que los otros son entoavía peores".
Pues vale. Así progresamos, adecuadamente: adecuadamente a lo que somos, hacemos y tenemos. En la próxima renovación del CGPJ todos los miembros y miembras serán parientes por consanguinidad de algún cargo del PP y el PSOE o de sus mamporreros nacionalistas. Y nuestros ilustrados votantes dirán: "Joooó, pero es que peor serían los parientes de los otros". ¿Qué otros, si se han repartido los puestos, a pachas, a partes iguales, mitad para tus primos, mitad para los míos? "Joooó, pues imagínate que todos los puestos fueran para parientes de los otros, de los malones". Y no hay tu tía.
Pues es lo que tenemos. Menos mal que en estas cosas de las corruptelas, amiguismos y nepotismos variados estamos mejor que cuando Franco, joooó.
PD. 1 .- Propongo un nuevo lema para nuestra campaña de desratización: "Eres lo que votas". Y ustedes ya me entienden.
PD. 2.- Al parecer, hace unos meses se ha celebrado en Fátima un congreso conjunto de votantes empedernidos del PSOE y el PP. He AQUÍ el vídeo en el que se exponen las conclusiones acordadas por unanimidad.
PD. 3.- Hace un par de días oí en la radio unas declaraciones de Don Enrique López y decía que está muy mal esto de que los partidos manipulen el CGPJ y no busquen a los más competentes para integrarlo ni respeten la voluntad de los jueces. Sí, sí, lo decía Enrique López, Superlópez, el portacoz hasta hoy. Con un par: un par de kilos de plomo en el rostro. A éste ya lo conocemos de cuando por aquí, por León. Y nuestras churris también. Creo que ahora se queda en la Audiencia Nacional. Se lo ganó a los puntos. ¿O fue poniendo sentencias?
PD. 4.- Ay, cómo me gustaría poder decir como mi queridísimo AnteTodo: los que yo conozco personalmente no están mal. Joer, yo personalmente no conozco a ninguno. Porca miseria. Antes conocía a Enrique López, pero lo deja. Mecachis.

09 septiembre, 2008

Muñoz Molina retrata otro tic chic

Me gusta mucho este texto que publica Antonio Muñoz Molina en el último Babelia. Así que aqui lo copio. Disfruten.
Desmemorias. Por Antonio Muñoz Molina.
La doctrina oficial es más o menos la siguiente: en España, hasta hace muy poco, no se pudo escribir y casi ni hablar de la Guerra Civil o de la posguerra desde el punto de vista de los vencidos. Primero fue la represión franquista; luego el así llamado "pacto de silencio" de la Transición, por culpa del cual, y en nombre de una dudosa concordia democrática, se suprimió la memoria de los perdedores. Por fin, sólo hace unos pocos años, algunos libros empezaron a romper el silencio, algunas películas, gracias al Gobierno de Zapatero. Se estrena Los girasoles ciegos y un oyente llama a la radio para expresar su alivio, su alegría: "Por fin se puede hablar sin miedo".
Es una doctrina confortable. Permite el sentimiento halagador de estar participando, sin mucho esfuerzo ni peligro, en la reparación de una larga injusticia, en el descubrimiento de lo escondido durante muchos años. También de estar al día: de recibir, de algún modo, la legitimidad de los derrotados, hasta de alzarse en rebeldía contra el fascismo o la dictadura, con la ventaja no desdeñable de que esa rebelión virtual sucede en el espacio clemente de una democracia. Los libros, las películas de moda ofrecen una memoria tan gustosa de saborear como un caramelo, con ese aire en el fondo tan acogedor que tiene el pasado en el cine de época: los automóviles, los peinados, los sombreros, los pupitres de madera, la lluvia, la nieve acogedoras; cuando no el heroísmo igualitario: chicos y chicas con uniformes impolutos de milicianos, haciendo una guerra que se parecería mucho a una fiesta o a un domingo de excursión si no fuera por esos malvados de bigotito fino y camisa azul o de sotana negra que lo estropean todo. Los buenos, los nuestros, son poéticos, inocentes, entrañables, soñadores, no sexistas. Los otros no sólo son opresores y canallas: también son feos, groseros, machistas, maníacos sexuales, maltratadores de animales. La moda la empezó probablemente Ken Loach en Tierra y libertad, donde ya se insinuaba algo que viene teniendo mucho éxito en las patrias periféricas gobernadas inmemorialmente por una mezcla curiosa de nacionalistas y ex socialistas o ex comunistas cuyo principal rasgo ideológico es volverse más nacionalistas todavía que sus socios: los malvados de esta nueva memoria oficial, aparte de opresores, canallas, feos, groseros, machistas, maníacos sexuales, son algo todavía peor, si cabe: son españoles. En estas patrias, unánimes por definición, la Guerra Civil no es posible, porque no puede haber conflicto interno en una comunidad idílica. La Guerra Civil, el franquismo, fueron en realidad una invasión española, en la que los autóctonos, por el hecho de serlo, estuvieron libres de toda complicidad, y además fueron y siguen siendo víctimas.
El resultado de esta sentimentalización y oficialización de la memoria es el olvido de aquello mismo que se pretendía recordar. Quien dice que sólo ahora se publican novelas o libros de historia que cuentan la verdad sobre la Guerra Civil y la dictadura debería decir más bien que él o ella no los ha leído, o que los desdeñó en su momento porque no estaban de moda, en aquellos atolondrados ochenta en los que la doctrina oficial del socialismo en el poder era la contraria: con lo modernos que ya éramos, qué falta hacía recordar cosas tristes y antiguas.
No hubo que esperar a la Transición y ni siquiera a la muerte de Franco para leer por primera vez una novela antifranquista sobre la Guerra Civil publicada en España: Las últimas banderas, de Ángel María de Lera, ganó hacia finales de los años sesenta el Premio Planeta. Probablemente no era gran literatura, pero yo me acuerdo de la emoción de leer el drama de los últimos días de la República en Madrid, la urgencia y el miedo, el sentimiento de derrumbe. Por aquellos años cayó en mis manos otro de esos libros que se quedan impresos vivamente en la imaginación adolescente y resultan igual de iluminadores cuando uno vuelve a leerlos mucho tiempo después: Tres días de julio, de Luis Romero, que tiene la inminencia trágica de lo que todavía casi no ha sucedido y ya es irreparable. Hablo de libros que estaban al alcance de cualquiera y que fueron decisivos en mi educación de ciudadano y de escritor, en mi descubrimiento temprano y todavía indeciso de los mundos literarios que yo querría indagar en mi propia ficción.
Pero no sólo libros: aún no había muerto Franco y la gente llenaba los cines para ver La prima Angélica, de Carlos Saura, que retrataba con sarcasmo y crudeza a los vencedores de la guerra y exploraba un tema que fue crucial para los que empezamos a escribir novelas en los primeros años ochenta: el vínculo entre el presente y el pasado, la necesidad de saltar sobre el paréntesis de plomo de la dictadura para vincularnos a una tradición literaria, política y vital que se había roto con la guerra.
Qué insulto, qué injusticia para Max Aub decir que sólo en los últimos años se ha escrito de verdad sobre los vencidos: en los primeros ochenta Alfaguara había publicado ya todos los volúmenes de El laberinto mágico, que sigue siendo el gran ciclo de novelas sobre la Guerra Civil y la diáspora. También por entonces se reeditaban los tres volúmenes de La forja de un rebelde, de Arturo Barea, el último de los cuales está el testimonio atroz, contado por un socialista intachable, de los crímenes sin justificación que se cometieron en Madrid entre el verano y el otoño de 1936. La misma angustia moral de Barea, ajena a todo sectarismo, atenta al desgarro de la experiencia humana concreta, está en Días de llamas, de Juan Iturralde, que es del final de los setenta, o en los relatos insuperables de Largo noviembre de Madrid, de Juan Eduardo Zúñiga, que combinan la poesía y la ternura, la vaguedad espectral de la fábula con el severo testimonio del sufrimiento, el heroísmo y el despilfarro de las vidas humanas. En los primeros ochenta estrenó Fernando Fernán-Gómez Las bicicletas son para el verano y al principio nadie le hizo ningún caso. Aprendiendo de aquellos maestros, recordando lo que nuestros mayores nos habían contado, algunos de nosotros empezamos publicando ficciones alimentadas por la memoria de la Guerra Civil y la derrota de la República: yo no me olvido de la impresión que me hizo leer en 1985 Luna de lobos, de Julio Llamazares, donde está el coraje de la resistencia pero también la lenta degradación de quien se ve reducido por sus perseguidores a una cualidad casi de alimaña.
España es país muy propenso a las coacciones de la moda literaria o política, de modo que yo no voy a poner en duda el mérito de Los girasoles ciegos ni de ninguna de las ficciones sentimentales sobre la guerra y la posguerra que han tenido tanto éxito en los últimos años. Lo que sugiero, tan sólo como un ejercicio, es que se lean intercaladas con algunos de aquellos libros que no tuvieron el reconocimiento que merecían por el simple hecho de no haber sido escritos teniendo a favor los vientos caprichosos de la moda.

Ellos y nosotros (o lo que España se merece). Por Miguel Ángel Alegre

Un muy querido compañero, Miguel Ángel Alegre, profesor titular de Derecho Constitucional en esta Universidad de León, me envía el texto que a continuación recojo con gusto. En su mensaje me dice que le apetece compartir el texto conmigo porque "coincidimos en varios aspectos, y también porque discrepamos en otros". Honor que me hace. Sé que en algunos temas nuestras ideas son bien distintas, pero también sé que con personas como él la discrepancia es un placer y un enriquecimiento. Si no estoy muy equivocado, la ética democrática es eso, debatir amigablemente pisando el terreno común del respeto al otro y a sus ideas y de la fe en la libertad. Creo que algo tiene que ver también lo que llaman democracia deliberativa.
Ahí va el texto de Miguel Ángel Alegre, que se titula Ellos y nosotros (o lo que España se merece):
En España la gente tiene problemas verdaderamente importantes, que no dejan de ser internos por el hecho de ser globales: pobreza, desigualdades, corrupción, terrorismo, envejecimiento demográfico, degradación y deterioro del medio ambiente (y, por tanto, de la salud), crisis de valores que genera un caldo de cultivo adverso para la paz, la tolerancia y la efectiva vigencia de los derechos, embrutecimiento del individuo y su manipulación por parte de los medios (lo cual interesa muy mucho al sistema y a quienes en cada momento lo controlan).
A ellos cabe añadir la creciente violencia y radicalización en todos los ámbitos, especialmente en el doméstico y entre la juventud, brotes de intolerancia y xenofobia (en particular frente a una inmigración en continuo ascenso, que cuesta vidas humanas y que, por masiva y descontrolada, supone una seria amenaza para la seguridad y la convivencia), marginalidad, drogadicción, carencias y puntos débiles del sistema educativo a todos los niveles, creciente desarraigo del individuo y desvertebración de la familia y de la sociedad (bajo eufemismos como “aldea global”, “movilidad geográfica” y similares) en un mundo tecnificado y deshumanizado, intervención en conflictos bélicos, etc.
Sin embargo ellos, los políticos que nos gobiernan, prefieren que miremos hacia otro lado. Sólo rinden culto a la imagen y al eufemismo; manipulan todo, deforman conceptos, disfrazan la realidad. Nuestra ignorancia de lo que el marketing esconde, es la garantía de su permanencia. Les encanta azuzarnos a través de sus altavoces mediáticos: cuanto más enfrentados estemos entre nosotros, menos nos fijaremos en sus miserias. Son refractarios al estudio, al conocimiento, a la sensatez, al sentido común. Ideológicamente se alimentan de algunos tópicos rancios y unas pocas consignas delirantes elaboradas por sus asesores, que acaban creyéndose a fuerza de repetir unos u otras según la ocasión. Pasan por solidarios dilapidando generosamente el dinero de todos en lo que más convenga para sus intereses partidistas. Administran la “cultura” con descaro y sectarismo apabullantes, y a los “artistas” que los apoyaron en campaña, los encontramos luego hasta en la sopa. En la medida en que les es posible, colocan en las más altas instituciones del Estado a personas de probada fidelidad a la causa. Entierran el principio de separación de poderes. Consiguen que la mayoría parlamentaria dé a las leyes el contenido que ellos quieren, para así poder presentar como escrupuloso cumplimiento de la ley, y firme defensa del Estado de Derecho, el ejercicio de su santa voluntad. Cuando la crisis económica aprieta y su manifiesta incapacidad queda en evidencia, no tienen reparo alguno en echar mano de asuntos que distraigan la atención, y poner al servicio de tales estratagemas todos los recursos humanos y económicos que sean necesarios. Da igual que estén en juego los muertos o los vivos: lo mismo les da perturbar el descanso de los fallecidos en la guerra civil y avivar el odio de los que quedaron, que propugnar una ampliación del aborto para legitimar conductas hasta ahora delictivas y dejar el derecho a la vida (y por tanto todos los demás) reducido a papel mojado (aún más, si cabe). Trivializan hasta el esperpento las relaciones personales, afectivas y familiares. Deciden lo que es políticamente correcto y lo que no, reparten etiquetas de antidemócratas y antipatriotas a los que osan decir que no piensan como ellos.
Nos instalan en el más indolente relativismo: no hay opciones moralmente mejores que otras, nada es bueno ni malo, todo vale. Sin embargo, luego enarbolan la bandera de la tolerancia cero frente a fenómenos que son consecuencia directa del ambiente que ellos han contribuido a fomentar. Nos hacen creer ese cuento de que todas las ideas y opiniones son igualmente válidas y defendibles (incluso aquellas cuya puesta en práctica implica la eliminación de seres humanos). No escatiman esfuerzos para sacar adelante cualquier medida con tal de que supuestamente la sociedad la demande. Es curioso cómo funciona esto de la demanda social: convencen a la gente de que tiene que pedir algo, se lo dan y luego la gente les vota porque se lo han dado. Pretenden que confundamos los medios con los fines: la herramienta es el fin en sí mismo; lo que importa es la tecnología, no las implicaciones éticas de lo que se haga con ella. Disfrazan de progreso tecnológico la cara más feroz de la sociedad de consumo: no eres nadie si no tienes lo último.
En el terreno educativo, han trabajado a fondo. Llaman educación al adoctrinamiento que ellos imparten, y adoctrinamiento a la educación que otros intentan impartir. A fuerza de devaluar el respeto a la vida y a los valores que nos convierten en seres civilizados, han atrofiado la sensibilidad y el sentido crítico de los alumnos, trasformándolos en testigos impasibles de una vorágine autodestructiva. Da igual que la consecuencia sea poner en circulación a millones de analfabetos trastornados: lo que importa es que los que hoy son adeptos con carnet de ciudadanos, serán los votantes del mañana; aquí sí se mira a largo plazo.
Mientras tanto, la oposición actúa de forma discreta, tibia y descafeinada. Bastante tienen con cargar con el peso de sus complejos desde la debilidad provocada por sus propias carencias. Como saben que no pueden permitirse perder el voto “de centro”, vuelven más laxos sus principios y más anchas sus mangas y tragaderas. Cumplen su papel como un mero trámite, pero nunca alzarán su voz por encima de un determinado nivel de decibelios: ellos también son beneficiarios del sistema. También copan puestos en las administraciones públicas, también viven del despilfarro, de la financiación autonómica y del pacto local. Además, se supone que algún día aspiran a gobernar, y eso les dota de una especial empatía para ponerse en el lugar de los que ahora lo hacen: hoy por ti, mañana por mí.
En fin: lo cierto es que unos y otros actúan con absoluta impunidad y con la tranquilidad de saber que no podemos juzgarles. Nos tienen comprados y bien amarrados: nos amordazan con ayudas, becas, subvenciones, subsidios... y sabido es que no se puede ser juez y parte. Al votarles nos convertimos en sus cómplices. Nos merecemos lo que tenemos y lo que nos espera.

08 septiembre, 2008

Vieiras (tóxicas) con toga

Dos noticias complementarias se nos aparecen hoy juntas y revueltas, en un guiño propio de los duendes juguetones que rigen este país de soplagaitas. Por un lado, resulta que se ha detectado en Galicia comercio ilegal de vieiras tóxicas. Por otro, ya tiene nuevos y nuevas miembros y miembras el Consejo General del Poder Judicial, mitad navajas y mitad vieiras, pero todos contaminados y tóxicos que te haces caca, literalmente.
Una famosa restauradora, como se llama ahora a las cocineras de toda la vida, que ha sido pillada con la mano en plena vieira tóxica, declara la mar de ufana lo que sigue: “"Espero que saldré reforzada y que mi reputación esté por encima de este malentendido". Oye, con un par de vieiras. Para chulo yo y para puta mi señora, que decían los muy salvajes de mi pueblo, que todavía me abochornan cuando los recuerdo y que no sé cómo no llegaron todos a las más altas magistraturas del Estado. Para no ser menos y que se vea que tienen el marisco igual de fresco, los del PSOE declaran que confían plenamente en que los elegidos para el nuevo Consejo procederán con exquisita neutralidad. Lo dicen por boca de Mariano Bermejo, famoso bivalvo, tóxico por parte de padre y de madre. Que van a ser neutrales los nuevos miembros y miembras del Consejo, repito. Manda y manda cojones, ovarios, esporas y lo que nos echen. Manda.
Lees y lees y no te lo crees. Esto no me puede estar pasando a mí y tal. Y el país tan contento, oye, y eso que ayer perdió Nadal. Va el portavoz del PSOE en la Cámara Baja, ¡y tan baja!, José Antonio Alonso, y declara, para más inri, que su partido se ha esmerado muchísimo en seleccionar a juristas de gran prestigio y excelente perfil técnico. Debe de ser una nueva modalidad de perfil, como en pompa, pero mirando para el Gobierno. Nos toman por tontos de remate, por lelos sin remisión; y se ensañan. Nos les faltará razón.
Juristas de valía indiscutible y calidad técnica acreditadísima les menciono yo ahora mismo cien de una tacada, cien que no me discute nadie que sepa dos palabras de Derecho y que no tenga la mente completamente obnubilada por la toxicidad de la vieira partidista. Y de esos cien seguramente ni uno tiene ni la más mínima posibilidad de llegar nunca al CGPJ ni al TC ni a ningún otro órgano constitucional fundamental, por la sencilla razón de que obedecerían antes a la Constitución y sus principios que a los mandangas que gobiernen estos dos partidos mayoritarios y esos minoritarios que no son más que ratas genuflexas y venales. Aquí para gobernar a los jueces, como para tantas cosas, hay que pasar por el aro, inclinar la cerviz y decir cositas para la galería, de ésas que nada significan pero que hacen al populacho pensar que estamos en manos de sabios y santos. Ah, y si has sido juez, reunir estas dos condiciones: a) pertenecer a una asociación judicial: extra ecclesiam nulla salus b) ser conocido por tus sentencias y autos, que se te haya visto el plumero tanto como para que alguien pueda con fundamento decir: es de los nuestros.
Y Rajoy, que ahora quiere montárselo de guapo de cara y de bienaventurado por pobre de espíritu, manifiesta que qué bien y que cuánto va a mejorar el funcionamiento de la Justicia. Oiga, y ni le dio la risa ni nada. A lo mejor se lo cree, el jodido. Mira, al menos de Zapatero no sospechamos que se crea sus propias trolas tremendas, pero con Rajoy no se sabe: quizá es tan bobo como parece. De paso, y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, ha declarado don Mariano que de lo que más gana tiene él es de que aumenten las penas para los pederastas. Cada loco con su tema.
Volviendo a lo de los juristas y jueces de reconocido prestigio. Qué oportunidad han perdido Zapatero y Rajoy, PSOE y PP, para decir que ni para ti ni para mí y que vamos a buscar juristas verdaderamente capaces e independientes en lugar de sumisos/as con el carné en la boca y la crema lubricante en la manita. Pero no, mejor saber que gana el enemigo que esa incertidumbre de a ver por dónde salen los independientes e incorruptibles. Al fin y al cabo, qué puticlub va a contratar vírgenes irreductibles.
Es otro gran día para que se sientan orgullosos los fanáticos del voto útil, todos esos avispados ciudadanos que votaron al PSOE para cerrarle el paso a la derecha franquista y comeniñas, o al PP para que no ganara la izquierda atea y comeniños. Enhorabuena, colegas, y a seguir meditando sobre las sustanciales diferencias ideológicas y prácticas entre los unos y los otros.
Por cierto, tengo para mí que los capitalistas españoles, los grandes bancos, las corporaciones más depredadoras, todos los acumuladores de plusvalías, deben de estar acoquinados y a punto de tomar las de Villadiego después del discurso de Zapatero ayer en Rodiezmo. Se van a enterar. Vuelve el impuesto sobre el patrimonio y sube el de sociedades. ¿O lo he entendido mal? Cuentan los rumores que la próxima fiesta será en Altamira, por la cosa del mensaje rupestre y dado que mineros ya casi no quedan en ningún lado. Chachi.
PD.- Según los expertos, las vieiras tóxicas producen amnesia a los que las consumen: se les olvida lo que votaron y por eso se quedan como si nada, tan frescos.
PD.- Al menos a los que comerciaron con las vieiras tóxicas propiamente dichas los detuvieron y los van a procesar.

07 septiembre, 2008

Sin comentarios: estoy vomitando

Ayer por la noche, después de la consabida pelea con la pequeña Elsa para que comiera un poquito de algo, y tras limpiarme los restos de papillas y yogures que adornaban distintas partes de mi cuerpo y una vez que me hube sacado de un ojo la cucharilla que en él llevaba incrustada, decidí relajarme ante el televisor viendo la segunda parte del partido que jugaba la selección española de fútbol. Nadie es perfecto, qué se pensaban. Enciendo el televisor, aparece TelaHinco, perdón, Tele5, y, cuando voy a menear el mando para tirar de la cadena, capto unos gritos atronadores que vienen del chisme. Del televisor, quiero decir. Me pudo la curiosidad, lo siento. Miro a ver y resulta que en un programa que no sé cómo se llama y que presenta (moderar no modera, eso no) un señor con pelo pincho y cara de sarpullido, está hablando la novia –o como se denomine esa relación- del tipo aquel que agredió a Jesús Neira cuando éste iba a defender a la tía de marras, creyendo que era una señora, una mujer.
Como veinte minutos tardé en reponerme de la parálisis y durante todo ese tiempo no pude librarme de escuchar lo que decía la tipa ésa, que, por cierto, iba como un pincel, toda adornadísima y en plan a ver aquí si pillo, que la cosa ta mu achuchá. Como se sabe y allí mismo confesó la casquivana de los demonios, en ese programa cobraba por ir a sacarse de esa manera las heces del cerebro. Y tres periodistas bramaban, gritaban, soltaban espumarajos por la boca. Ellos también cobran, supongo, pues su trabajo consiste en eso, en menearle las partes a la fiera para que salpique a los telespectadores con sus humores fétidos y grasientos. Por cierto, una de las periodistas se llamaba Pilar Rahola y me quedé pensando que no podía ser la Pilar Rahola aquella que antes andaba en la política catalana. Seguro que es otra. Segurísimo. Tranquilo Carod, hay esperanza.
Al fin, con supremo esfuerzo, me liberé y pude ver los últimos minutos del fútbol. Me pareció, el fútbol, actividad con altísimo mérito intelectual y de gran estatura moral. Cielo santo, después de lo que acababa de ver y oír, hasta una boñiga resultaría sublime.
Me levanté al baño aceleradamente y con el vientre revuelto. Al pasar ante el espejo percibí algo raro en mi rostro y me detuve un momento a contemplarme. Tenía los ojos inyectados en sangre, mocos verdosos colgaban de mis fosas nasales, de las orejas me asomaban unos pelajos retorcidos cual esvásticas y de mi boca, que tenía los labios agrietados y llenos de pústulas, salía una letanía incesante: “pena de muerte para todos”, “mano dura”, “más castigos”, “que los maten”, “putas”, “maricones”, “esto antes no pasaba”. En ese momento, sonó el teléfono. Era del CIS y me llamaban para una encuesta. ¿Por qué yo, señor?, le pregunté al amable entrevistador distante. Porque ahora ya es usted un ciudadano común, me respondió. Y soltó un regüeldo.

06 septiembre, 2008

Sobre el derecho al aborto

En materia de derecho al aborto no tengo las ideas demasiado claras, y por ahí empiezo. Es posible, por tanto, que se me cabreen tanto tirios como troyanos, capuletos y montescos. Qué le vamos a hacer.
No soy antiabortista. Tampoco encuentro razones de peso para defender el aborto libre. Reconozco que he prestado alguna vez ayuda a gente que iba a abortar y que no me arrepiento. También que, ahora mismo, miro a Elsa y medito sobre lo tremendo que sería no haber dejado que naciera.
En suma, y para empezar, que no condeno –en la medida que importe un pimiento que un fulano como yo condene o absuelva- moralmente ni a los que defienden el derecho al aborto ni a los que lo combaten. Pero, como tantas veces, me repelen un poco ciertas poses o maneras de argumentar de los unos y de los otros.
Los antiabortistas, muy por lo general, lo son a partir de muy respetables convicciones religiosas, de su fe en alguna verdad revelada o, más probablemente, en dogmas eclesiásticamente sentados. A tenor de dichos dogmas de fe, la vida es sagrada e inviolable desde el momento mismo de la concepción. Lo de la pena de muerte y tal es harina de otro costal, al menos mientras la Iglesia no la condene oficialmente. Otros parecen insinuar que desde antes mismo del ayuntamiento carnal de los padres –casados como Dios manda- ya tiene derecho el aún no concebido a que lo conciban, y por eso no hay que verterse fuera ni poner barreras mecánicas al libre encuentro de las celulitas predestinadas a entenderse. Permítaseme la broma que no es del todo broma, pues una vez escuché, en un concurs0 a plaza de profesor univesitario a un tipo que hablaba de los derechos del concepturus. Creo que luego lo publicó y no le pasó nada. Últimamente he oído que tenía cargos y prebendas en gobierno autonómico del PP. Es lo bueno de ser experto en biotética, que te descojonas de risa. Pero, sea como sea, ¿no quedamos en que la fe está más allá de la razón, en dimensión distinta? Cuando como argumento sólo nos dan la repetición machacona del dogma de fe, difícilmente nos van a convencer a los que vamos por la vida sin fe, sin más fe que la fe en la razón, poca o mucha. En otras palabras, ¿no hay contra el derecho al aborto razones que todos puedan atender por encima o al margen de sus convicciones religiosas y que se expresen en argumentos que sean algo más que repetición de dogmas como los alusivos al comienzo de la vida humana o al inicio de la condición de ser humano titular del derecho a la vida?
Porque no me convencen los argumentos de los antiabortistas radicales, no estoy en contra del derecho al aborto en todo caso. Pero, ya que tampoco me satisfacen las alegaciones de los abortistas radicales, tampoco me siento partidario de un libérrimo derecho a abortar. Me parece que entre los defensores del aborto hay mucha frivolidad y muy escasa densidad de razones y argumentos de peso, mucha consigna y mucho dogma de la otra iglesia triunfante: la iglesia progre, sector pijo-progre, ala “nómbreme algo, señorito”.
Antes de echar un vistazo a algunas de esas perplejidades que me suscitan las justificaciones más en boga del derecho a abortar, permítaseme una observación, por la que deberíamos haber comenzado. Ya se acerca una nueva discusión en España sobre este tema vidrioso, pues el Gobierno ha creado una comisión (¿por qué no también un observatorio?) que propondrá una regulación nueva del aborto. Y medio país –el otro va a su bola y pasa de todo, absolutamente- se va a rasgar las vestiduras para un lado o para otro, en perfecto ejercicio de hipocresía o consumada muestra de despiste, pues todos pasan por encima de la pregunta por la que deberíamos comenzar el análisis: ¿ACASO DEJA DE ABORTAR EN ESPAÑA EN ESTE MOMENTO, BAJO PLENA APARIENCIA DE LEGALIDAD Y PRÁCTICAMENTE SIN RIESGOS PENALES, CUALQUIER MUJER QUE QUIERA ABORTAR? Me parece absolutamente obvio que no y a ver quién es el cretino que aparenta caerse de la burra en este instante. Todos los que andamos por el mundo con los ojos abiertos y con pocas anteojeras sabemos cómo funcionan y cómo facilitan las cosas la mayor parte de las clínicas especializadas en abortos. Ellos te proporcionan el papeleo necesario para acreditar –falsamente- que corre peligro la vida de la madre o que hay riesgo de malformaciones del feto. Y punto. No juzgo esa práctica, no la califico ni para bien ni para mal en términos morales. En términos legales, es ilícita, eso es obvio; mas esto es una constatación evidente, no un juicio de otro tipo. Sólo quiero insistir en que, si ya de hecho tenemos algo parecido al aborto libre –y hasta sin plazos-, deberíamos discutir sobre la relación entre la ley y la realidad, no embarcarnos en debates sobre la ley a palo seco y como si ésta realmente gobernara los hechos. Hipocresía de juristas acompañada de hipocresía de medios de comunicación y de fiscales y fuerzas de seguridad cuando se lanzan a refriegas como las de hace unos meses: unos fingiendo que se enteran ahora de lo que pasa todo el rato y los otros simulando que son todo habladurías y manipulaciones. En este sentido, y para acabar con este punto, una ley muy liberal en materia de permiso para abortar vendría ahora mismo a dar estatuto legal a lo que ya tiene plena vigencia práctica. Así que, lamentablemente, las verdaderas alternativas son estas tres: o se da estatuto legal, mediante una ley muy permisiva, a lo que ya masivamente sucede, o se reprime lo que ahora mismo sucede para acompasar la práctica a la norma, o se deja todo como está: aborto de hecho libre, para contentar a los proabortistas, y legalmente prohibido, para satisfacción de los antiabortistas. ¿Cuál de las tres opciones prefiero yo? No lo sé, palabra.
Y otra nota previa, más malvada. Comprendo que debe velarse por el derecho a la intimidad, pero a un servidor le encantaría conocer la relación de mujeres que han abortado por ejemplo el año pasado, nada más que para esto, única y exclusivamente: para ver qué proporción de antiabortistas, ultraconservadores y gentes de mucho orden hay entre los que salieron de la clínica por la puerta de atrás y liberados en propia persona o en la de su hija, novia o amante.
Pero volvamos a lo que más nos interesa aquí en este momento, las razones que cabe invocar para justificar el derecho a abortar.
Una parece que puede tener algo que ver con la igualdad de la mujer en la sociedad, con la evitación de la discriminación femenina. Basta ver que, si no he entendido mal la noticia de ayer, la comisión que se acaba de crear depende del Ministerio de Igualdad y está presidida por su titular, la señora Aido. Y es posible preguntarse por qué se ha de ocupar dicho Ministerio y no el de Justicia o, ya forzando un poco, el de Sanidad. Sí, la respuesta más real es la más pedestre y obvia: porque algo hay que encargarle a ese Ministerio-florero que tanto debería ofender a feministas que no lo sean sólo de subvención y pandereta, Ministerio que no se ocupa ni de una maldita de las desigualdades lacerantes que en esta sociedad perviven o se crean ahora mismo, pero que va a dedicar su tiempo a hablar de mujeres, como se hacía todo el rato en el bar -machista- de mi pueblo, o de “cosas de mujeres”, como hacían las señoras sometidas de mi pueblo.
Mas, vayamos al fondo: ¿qué tiene que ver el aborto con la igualdad, se supone que de la mujer? ¿La facilidad para abortar repercute en una mayor posibilidad de integración social igualitaria de las mujeres? ¿Y, si así fuera, sería razón bastante para permitirlo con generosidad y sin más límite que la voluntad de ellas? También puede ayudar a la igualdad de muchas mujeres el permitir que éstas castrn por la brava a sus maridos, o a sus patronos, o al vecnio del quinto, y sin embargo... Y más preguntas: las muy avanzadas políticas en materia de compatibilidad de la maternidad con la vida profesional y social de la mujer, ¿no parece que chocan conceptualmente con esa visión del aborto como atajo para que la mujer no pierda comba? Y otra: ¿en qué quedamos con la maternidad, es un estorbo o es un don que da su sello especial a la mujer, conforma su peculiar sensibilidad –mejor que la de los varones- y la hace merecedora de especiales derechos y discriminaciones positivas? Porque, si resulta que la maternidad es estupenda en todos los sentidos sólo cuando la madre quiere tener sus hijos y, de propina, no tiene invonvenientes personales, sociales o econímcos, y es algo odioso, fuente de desigualdades y desventajas sin cuento cuando a la embarazada le viene mal llegar a madre, algo suena a truquillo y a ley del embudo. Y, por último, si vinculamos igualdad y derecho al aborto, ¿no tendríamos que juzgar caso por caso, analizando la situación de cada mujer que quiere abortar y viendo cuándo, por sus circunstancias, la maternidad es efectivamente un impedimento o un obstáculo y cuándo no hay más que frivolidad, cabeza de chorlito y egoísmo superficial? ¿Tiene el mismo fundamento en la igualdad el derecho a abortar de una cajera de supermercado que no tiene pareja estable ni más familia y cuyo trabajo corre mucho peligro, que Paris Hilton o una señora de la familia Botín, pongamos por caso?
Otras veces se enarbola el derecho, como pleno dominio, de la mujer sobre su propio cuerpo, o el llamado derecho exclusivo y supremo de la mujer a decidir. Tal vez se pueda relacionar con aquel fundamento que admitió para el derecho al aborto el Tribunal Supremo de EEUU en el caso Roe vs. Wade, el derecho a la intimidad de la mujer. En todo caso, parece que se nos está diciendo que el derecho de libre disposición que la mujer tiene sobre el feto que lleva en su seno es parte de su derecho a disponer libremente del cuerpo que es suyo, de su propio cuerpo, y que el señorío sobre ese feto no puede verse limitado por nada que no sea su voluntad y su libre ponderación de sus personales intereses. Me parece que es el argumento más común entre feministas. Si se sienta como dogma y porque sí, vale tanto como cualquiera de esas afirmaciones de base religiosa que antes mencionábamos, cuestión de fe y punto. Pero si le buscamos las vueltas razón en mano, a lo mejor no parece tan evidente.
En primer lugar, no es cierto que ni la mujer ni el hombre tengan un señorío total sobre su propio cuerpo y puedan hacer con él lo que quieran. Yo no puedo aprovechar que soy el dueño de mi mano para darle a usted un golpe que lo mate. Tampoco el derecho me ampara ni me ayuda si pretendo automutilarme. Si estoy en un hospital o en una cárcel, no se me permite acabar con mi vida mediante huelga de hambre, por ejemplo, y dado que soy el amo de mí mismo. Tampoco permite que alguien me ayude a morir mediante eutanasia activa. Por tanto, el considerar al feto como parte del propio cuerpo de la que la mujer puede disponer a voluntad presupone asimilarlo a aquellas partes del cuerpo de uno de las que está permitido deshacerse porque son un estorbo o un inconveniente para el propio sujeto, sin que, además, tengan atribuido un valor social que justifique la limitación de la capacidad de autodisposición de ese sujeto. En suma, y brutalmente: se puede abortar igual que se puede extirpar una verruga o amputar algún órgano necrosado.
En segundo lugar, lo del derecho exclusivo de la mujer a decidir tiene también sus posibles vueltas. Imaginemos que usted es varón y es el padre de la criatura que la señora S lleva en su seno. Pongamos que no hay ningún elemento de violencia, engaño, etc. en la causa de ese embarazo. Simplemente, ustedes mantienen algún tipo de relación que hizo normal y grato el encuentro sexual y, queriendo o sin desearlo, surgió el embarazo. ¿Por qué debe ser la mujer la única llamada a decidir si aborta o tiene el hijo? ¿Porque tenerlo sólo la “perjudica” a ella? Tal afirmación, en términos generales, es absolutamente falsa y apenas hace falta pararse a buscar ejemplos que la contradigan. Pero admitamos la idea de que la decisión es nada más que suya, de ella, porque únicamente a ella la afecta: entonces ¿por qué han de generarse obligaciones legales para el padre en caso de que la mujer decida permitir que el niño nazca? ¿Por qué la decisión de abortar es nada más que suya y la responsabilidad, si nace el niño, tiene que corresponder a los dos? ¿Por qué la mujer con su decisión de abortar puede librarse para el futuro de toda responsabilidad y toda secuela legal y económica –dejemos aquí de lado las hipotéticas secuelas psicológicas, cuando las haya, y de las que supongo que absolutamente y por definición tampoco hay que entender liberados a los hombres- y con la de no abortar compromete, si quiere, tales consecuencias para el hombre? Si el hombre no quiere el niño y la mujer desea tenerlo y lo tiene, el hombre “paga”; si el hombre desea el niño y la mujer decide no tenerlo, la mujer “no paga”. ¿Es eso compatible con que el derecho de la mujer a abortar sea suyo sin límite, con base en que suyo es el cuerpo y lo que contiene y suyo es el derecho a decidir? Eso podría sonar verosímil cuando era posible presumir que todo embarazo no deseado era fruto del engaño masculino o de alguna vil y malintencionada seducción. Él le dijo que se casaría con ella si quedaba encinta, ella lo creyó y consintió, y ahora él silba tangos. Pues que ella decida libremente ahora y que, si hay niño, él pague. Pero, ¿realmente ése sigue siendo el paradigma de las relaciones sexuales hoy en día? ¿Favorece a la igualdad de las mujeres el que las cosas se sigan viendo o presuponiendo de tal manera?
En fin, dejémoslo aquí por hoy. Es mucho lío y esto ya va largo y atrozmente pesado. Pero termino por donde empecé: no sé que pensar, puesto que ni los argumentos usuales de los antiabortistas ni los de los proabortistas me hacen mucha gracia. Si tuviera que pronunciarme, diría que en este tema se debería estar a las circunstancias de cada caso, lo cual es inviable a la hora de sentar una regulación legal manejable. El aborto me parece un mal, pero entiendo que en muchas ocasiones la madre, o ambos padres, se encuentran en situaciones que, como mínimo suponen un atenuante moral si optan por abortar. La ley ideal, ideal sobre el papel, pero difícil de aplicar, sería aquella capaz de discriminar entre los supuestos en los que es comprensible, disculpable, el deseo de que el niño no nazca, y aquellos otros en que sólo hay frivolidad, insensibilidad, inconsciencia y egoísmo muy ramplón. Por de pronto, yo usaría la declaración de la renta como uno de los factores a considerar. Pero una regulación así es extraordinariamente difícil. Je, je, menuda se armaría: poner a las ricas a parir. Por tanto, no sé qué decir y qué pensar, salvo la insistencia en lo ya mencionado: aborto libre en este país ya hay, al menos para los que pueden pagárselo y tienen una mínima información sobre la cara B de esta sociedad tan absolutamente esquizofrénica.
Dicho esto, aquí pongo la mejilla para que me la calienten todos ustedes, amigos.

05 septiembre, 2008

Periodistas

Hoy va esto breve, a la fuerza. Empieza a escasear aún más el tiempo. Llega septiembre cargado de citas, asuntos pendientes, viajes, reuniones, papeleos..., agobios. No pasa nada. No todo va a ser postear como un minero.
A lo que íbamos, a que cómo está el periodismo. Interesantes observaciones de los amigos tras el post de ayer, por el que, en parte, entono el mea culpa: la intención de criticar ese gusto periodístico por el fango, la murmuración y la dinamita para los (gili)pollos se me cruzó con ese morbo que cada tanto me da a cuenta de El País y con las ganas de fastidiar un poco a una parte de sus lectores, ésos que cualquiera identifica a un kilómetro por la pinta y la pose, igual que tradicionalmente pasaba con los lectores de ABC. Es más, la pintilla de aquellos de ABC de antes (?) y la de muchos de estos de El País de ahora es casi la misma. Por cierto, tampoco serán todos. Yo mismo soy lector diario de El País. Y de ABC y de El Mundo y alguno más a boleo. Pero eso son menudencias que no deberían distraernos más que cuando estamos con ganas de guasa o de bronca fácil. A lo mejor hasta es amarillismo de blog. Sorry.
Lo que sí alcanza para unos cuantos capítulos es lo del periodismo en general. Vayamos ahora con asuntos menos populares y populistas, sin sangre ni vísceras ni humores corporales, pero que a menudo nos muestran que los periódicos están en manos de indocumentados. Cada día nos encontramos docenas de ejemplos. Cada uno detectará mejor los que tienen que ver con su especialidad y su trabajo. En mi caso, suelo escandalizarme con las noticias de educación y universidad. Oigan, la mayor parte de los periodistas (?) que llevan esas secciones en muchos diarios no saben aún la diferencia entre una tesina y una tesis doctoral. Por eso todas las semanas cuenta algún periódico que Zapatero hizo su tesis doctoral en León y que se la juzgó mi gran amigo Paco Sosa. No hay mala fe ni ánimo de hincharle el curriculum a la lumbrera de la Moncloa, que total para qué. No, es que a los periodistas especializados (?) les suena todo a lo mismo. De igual manera que, por ejemplo, confunden los órganos de gobierno de la Universidad, no captan la diferencia entre un artículo y un libro, no se saben la escala del profesorado o no tienen ni remota idea de cómo está organizada la enseñanza de grados y postrados, etc., etc., etc. Hay excepciones, ya sé, muchas. Pero convendrán ustedes conmigo en que es muy sorprendente esta frecuencia con la que quienes trabajan en una determinada sección de un periódico no dominan ni los rudimentos más elementales de la materia correspondiente.
Hace pocos meses, en Asturias, leí en un periódico local las declaraciones que hacía un buen amigo sobre los asuntos jurídicos que eran objeto de un curso de verano que él dirigía. ¡Cielo santo!, él no podía haber dicho tales cosas ni harto de vino. Y, efectivamente, no las había dicho. Le había tocado becario de verano como entrevistador y éste había metido en un imaginario bombo todas las palabras que el entrevistado había usado y luego las había ido sacando al azar y colocándolas por ese orden sin orden. Menudo galimatías y qué cantidad de burradas. Y ejemplos así todos conocemos muchísimos. A usted le preguntan, por ejemplo, qué piensa de la pederastia, responde, ingenuo, que no deberían ir tantas cosas y conductas al mismo cajón, y ya puede imaginarse el titular: "X propone meter las cosas de los pederastas en un cajón".
Por eso, cuando nos escandalizamos, con razón, de tanto amarillismo, de ese afán periodístico por excitar lo peor que sus lectores llevan dentro, de esa especie de metafórica coprofilia –o no tan metafórica- que destilan muchísimos diarios y medios de comunicación en general, de ese modo tan simplista de razonar, de esa falta de sustrato cultural de sus informaciones, de las constantes patadas a la historia, la teoría política, el derecho, la lengua (¡ay, la lengua! Va haciendo falta un manifiesto para defender el castellano –aquí sí: defender- frente a los continuos ataques que sufre a menos y boca de los periodistas, especialmente los deportivos) y hasta el sentido común, deberíamos afinar un poco más y tratar de averiguar cuánto hay de mala fe y propósito manipulador y cuánto, verdaderamente y aunque cueste creerlo, de pura ignorancia, de mera estulticia de los plumíferos.
Por cierto, a lo mejor habría que empezar por suprimir la carrera de periodismo, como tantas otras, dicho sea de paso. Que escriba quien sepa y que informe quien tenga de qué. No habría menos "periodistas" trabajando en los periódicos, pero a lo mejor cada uno sabía de lo que trataba.
PD.- Vds. me disculparán, pero acabo como siempre esta temporada, para evitar las agresiones indiscriminadas a mis muertos queridos: también hay excelentes periodistas, comunicadores muy competentes y tal y cual. Por supuesto. Yo sólo digo que escasean más de lo debido y que no podemos permitirnos que la opinión pública esté, en una gran parte, en manos de desalmados y/o catetos. Y que, encima ,hagan negocio regándonos de estiercol.
¿Cómo dice Vd.? ¿Que los profesores universitarios también tenemos lo nuestro y los de Derecho muy en particular? Naturalmente -bueno, le discuto sólo el "muy en particular"-, y aquí se ha dicho muchas veces. Pero una cosa no quita la otra y la burrez de los unos no sana la de los otros. En este país vivimos instalados en el tu quoque como disculpa ya permanente y para todo, y eso tampoco puede ser. Va siendo hora de que dejemos de zanjar nuestros debates con el "y tú más" o el "y yo en la tuya, por si acaso". Y me aplico el cuento, ya sé. Arrieros somos.

04 septiembre, 2008

Periodismo simpático y ejemplar

Abro la edición electrónica de El Pais a las nueve de la mañana. Me encuentro esta noticia que ya había visto en algún otro diario mejor tratada, la verdad.
Qué bonito tema el de la deontología periodística: para imprimirlo en papel de aquel que antes solía ser de marca El Elefante.
Pero vean qué fácil es traspasar una urticaria entre bobos y maniqueos. Voy a recoger la misma noticia en las mismas palabras de El País, pero sólo cambiando algún nombre y borrando un "ex". Comprueben qué mona queda. A ver si gusta lo mismo a los mismos, o a ver si a los de El País se les ponía la tipografía de corbata antes de recogerla así, si así la hubieran sacado sus fuentes africanas. Porque, por cierto, toda la movida la desencadena un periódico marroquí. Lo de las entrañables relaciones de vecindad y tal. Que ésa también es otra cosa loable, lo de las fuentes incontaminadas de nuestra prensa "nacional".
Bueno, pues en su versión retocada sólo en cuanto al personaje, la noticia quedaría tal que así:
Zapatero niega ser el padre del hijo de Dati
La ministra francesa de Justicia, que es soltera, ha reconocido que está embarazada, pero no ha revelado la identidad del padre.- Un diario marroquí aseguraba que se trataba del presidente español.
El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ha desmentido en un comunicado oficial, enviado por la Fundación Pablo Iglesias, el rumor que le situaba como padre del hijo que espera la ministra francesa de Justicia, Rachida Dati. El comunicado asegura, "en relación con los rumores aparecidos en algún medio de comunicación" en concreto, la web marroquí Observateur que "se trata de una total y completa falsedad". Rodríguez Zapatero ha dado instrucciones a sus abogados "para que de manera inmediata estudien emprender todas las acciones legales contra quienes han vertido tales falsedades o quienes se hagan eco de ellas".
La ministra francesa de Justicia había confirmado por la mañana que está embarazada, pero no ha querido revelar la identidad del padre, según ha informado el periódico Le Monde. Hasta ahora, los portavoces de Dati, que es soltera, se habían negado a comentar los rumores de su embarazo, que empezaron a circular después de que apareciera con el vientre abultado tras el primer Consejo de ministros del nuevo curso político, el pasado día 22.
Dati, la primera ministra francesa de Justicia de ascendencia magrebí, ha reconocido ante los periodistas su embarazo con discreción. "Quiero ser prudente, porque todavía no está consolidado. Estoy todavía en un período de riesgo y tengo 42 años", ha dicho Dati.
La ministra, que siempre ha manifestado como fundamental para su vida tener un hijo, ha agregado: "Si se consolida, estaré feliz, y si no estaré apenada". Además, ha dicho que no ve motivos para ralentizar o interrumpir sus actividades en el Gobierno porque "no es una enfermedad". Al ser preguntada acerca de la identidad del padre, ha declarado: "Tengo una vida privada complicada y no diré nada sobre eso".
Fin de la noticia "remasterizada".
PD.- Si quieren, imagínense que la noticia originaria proviene de un periódico de Texas y que la sacó aquí La Razón de esta forma que acabamos de ver. ¿Qué dirían los que ahora callan y sonríen con cara de conejo glotón?
PD.- ¿Ninguna feminista tiene nada que decir, por cierto?
PD.- Esto..., ¿y sobre la crisis antipatriótica no hay nada que comentar hoy?
PD.- Como siga el asunto económico poniéndose tan chungo, nos enteraremos al fin de noticias tan sorprendentes y populares como las siguientes: a) El Monstruo del Lago Ness deja preñada a la oveja Dolly, la cual pare un ratón. b) Operan de juanetes el cadáver de Juanito Valderrama. c) La Vicepresidenta se hace una Liposoplación. d) Para las militares españolas las pinturas de camuflaje las frabicará Margaret Astor. "El tiznarse la cara con carbón te deja el cutis fatal", ha declarado la Ministra, nuevamente embarazada y otra vez de su marido, salvo opinión en contra de El País y el resto de la prensa progresista. e) En la clasificación de los periódicos más leídos en España, hay cinco marroquíes entre los tres primeros.

03 septiembre, 2008

Realidad y apariencia

Hace un buen puñado de años, andaba por sendas de Somiedo y vi venir de frente a un caminante a paso muy vivo. Se cruzó conmigo, saludó con un cortés buenos días y siguió su ruta. Iba solo, sin cámaras ni reporteros. Era Javier Solana, con el curriculum ya repleto de ministerios y variados cargos. Luego me contaron que es un reputado andarín.
Estos días pasados el Presidente del Gobierno se ha dado un buen garbeo por Picos de Europa. Por las fotos que hemos visto, parece que su séquito era grande, se detuvo a hablar y a retratarse con la gente e hizo algunas declaraciones que podrían haber firmado Confucio o José Luis Perales, como la de que “A la montaña hay que subir despacio, es la única manera de llegar”, o como esa otra de que “Estamos sometidos a la tiranía del progreso”. No está mal para un progresista. Se trataba de grabar un programa de televisión y de exhibir en él su gran afición a la montaña y a Picos, pese a los dieciséis años de ausencia y de falta de ejercicio de tan fuerte vocación.
En este mundo traidor la representación cuenta más que la vivencia real y una imagen vale tanto como mil mentiras. Cuando usted ve salir de una iglesia a una actriz conocida o a un futbolista de gran renombre, puede ser porque han ido a misa o porque están rodando allí un anuncio publicitario o haciéndose unas fotos para el book. De los personajes públicos no conviene tomar en serio todo lo que se muestra ni al pie de la letra cualquiera de sus afirmaciones con micrófonos de por medio. Perdóneseme la comparanza, pero debe de ser poco más o menos como creerle sus requiebros amorosos, en horas labor, a la sufrida trabajadora de un club de alterne. Es parte del negocio, mientras no se demuestre lo contrario.
Periódicos, radios y televisiones ponen de su parte para procurar que el ciudadano conciba a sus gobernantes como personas de carne y hueso y seres sensibles, en lugar de esos maniquíes que recitan a diario lugares comunes y simplezas de tres al cuarto como si fueran la quintaesencia de la sabiduría más honda. Los medios exageran el valor de cualquier gesto o anécdota y los personajes en cuestión se dejan querer y ponen el perfil bueno para esas fotos que les toman, por ejemplo, cuando se supone que están disfrutando, líricamente y en soledad, de una puesta de sol sobre un acantilado. Camelo, puro camelo. Siempre que un político o un actor adoptan un perrillo abandonado o lloran la muerte de un amigo con íntimo recogimiento, están allí casualmente veinte periodistas para retratar momento tan emocionante. Otro día se ve a cualquier figura pegando una patada a una lata y rápidamente se amplía su curriculum: gran aficionado a los deportes y practicante habitual del fútbol. Todo fachada.

02 septiembre, 2008

Estado de Derecho, ciudadanía y marcha atrás

La secuencia es bien conocida y ya la hemos comentado por aquí reiteradamente: ciertos delitos, ciertamente graves -¿o no todos y no tanto?- son amplificados por los medios de comunicación y usados en el debate político -en el sentido menos noble de "debate" y de "político"- como arma arrojadiza, tanto más eficaz cuanto más inquietud se logra producir en el electorado. Tal combinación genera procesos de auténtica histeria social que conducen a que la población reclame que cada vez más conductas se castiguen penalmente, que las penas aumenten sin tasa y que se establezcan medidas de seguridad para aislar o “inocuizar” a ciertos delincuentes cuando ya han pagado el precio establecido en la ley, y a ciertos sujetos cuando ni siquiera han delinquido aún y son simplemente sospechosos de poder llegar a delinquir, por razón de su origen social, sus relaciones sociales, sus creencias, ciertos hábitos, etc. Producida esta reacción y dado el papel de la supuesta opinión pública en estos momentos en que la más estúpida y amañada encuesta pasa por palabra de Dios y dictamen del más sabio de los oráculos, los partidos políticos compiten en una loca carrera para dar gusto a la víscera popular haciendo del Derecho penal criada para todo, Petra jurídica, como aquel personaje que dibujaba en el Pulgarcito Escobar y que hoy sería políticamente incorrecto y posiblemente causa de algún delito o falta de género. Porque falta mucho género, como es sabido.
Pero hay más: estorban las garantías procesales. Cada vez que resulta absuelto el acusado de determinados delitos que irritan la parte más innoble del ciudadano, hay toda una algarabía contra jueces y magistrados que, por ejemplo, se toman en serio –los que todavía se los toman- la presunción de inocencia o el “in dubio pro reo”, o que se atienen a normas tales como la de la prescripción o la del “non bis in idem”. No digamos la que se arma cuando se aplica la simple legislación penitenciaria establecida, y que algo ha de significar si creemos en el principio de legalidad, o cuando se descubre que después de cumplir con arreglo a la ley la sentencia de prisión un condenado sale a la calle aunque ni haya pedido perdón ni se haya arrepentido de nada ni se haya resocializado un carajo. ¿Estábamos antes en la inopia o qué? Es como si de pronto nos sorprendiera que los niños no vengan de París en el pico de una cigüeña y empezáramos a castrar gente -o a cazar cigüeñas a cañonazos- debido a tal frustración de nuestras angelicales expectativas.
Eso que llamamos el pueblo tira así piedras a su propio tejado y hasta que sea tarde no se enterará de que está alimentando un monstruo impío y sangriento, ése sí: un Estado sin la correa de la ley ni las riendas de una ciudadanía madura ni la contención de un pueblo que no esté de los nervios. Cada vez que imploramos y conseguimos más vigilancia por cualquier medio, mayores controles de los movimientos de todo el mundo, mano más dura con detenidos, acusados y condenados, técnicas policiales más expeditivas y menos transparentes, penas más aflictivas y cárceles más parecidas a la de El Conde de Montecristo, estamos mostrándole la yugular al más perverso Drácula y tentándolo con el olor y la textura de nuestra propia sangre. Ese Drácula es el Estado.
No hay más que pensar qué diferencia habría entre este Estado nuestro, éste que, mal que bien, todavía disfrutamos aquí y en los países de nuestro entorno europeo –hay que puntualizar lo de europeo, pues el Estado marroquí o el argelino, v. gr., se parecen más a lo que, al parecer, el personal ansía últimamente por estos pagos- y otros que fueron o son, como el stalinista, el hitleriano, el de las más salvajes dictaduras latinoamericanas, el de Mao y hasta el chino actual, el de Fidel Castro..., el de Franco y tantos otros, cada uno en su medida de maldad y oprobio, pero todos con un dato común que marca esa diferencia que buscamos: en ellos no se respetaban estas garantías del nuestro, estas garantías que tantos –hasta tantos supuestos progres, cuando se trata de determinados delitos, como los llamados de género- consideran estorbos y zarandajas. Ya tiene narices que aquí y ahora muchos/as que no se creen franquistas anden añorando un Derecho penal más parecido al de la Dictadura, y hasta con sus leyes de vagos y maleantes y sus tribunales de orden público. Tiene bemoles, insisto.
Todo lo demás es secundario como distinción entre aquellos Estados y los nuestros: los valores que retóricamente se proclaman, las consignas propagandísticas, las doctrinas inspiradoras, la apelación a Dios, a Marx o a Bolívar, la autodescripción como reserva espiritual de Occidente, como bastión de la liberación de los pueblos frente al imperialismo o como vanguardia de los parias de la tierra en la lucha final. Palabras; pero lo que para el ciudadano cuenta es que en todos esos Estados que hemos mencionado y que cantan esas decadentes canciones y entonan tales letanías para bobos, se cultiva también ese rigor penal, esa impunidad policial y del ejecutivo todo, esa maleabilidad de los jueces, esa flexibilidad procesal y esa ausencia de garantías, cosas todas que, al parecer, tantos añoran tantísimo aquí y ahora, tantísimos que van de modernos y a la última.
Se suele decir que la esencia de la democracia es el gobierno de la mayoría, pero bajo una condición esencial e ineludible: el respeto de la minoría. Esto tiene una explicación clara: en el Estado constitucional y democrático la base es la libertad, y ésta cuenta, al menos en lo que tiene que ver con la llamada razón práctica, por encima de la verdad. La suprema libertad es la de cada cual para elegir sus verdades, sus creencias religiosas, políticas, morales, etc, y esa libertad no puede ceder ante el rodillo de la mayoría. Perder una elección democrática no significa estar en el error, y ganarla no habilita a los vencedores para hacer pasar su programa por expresión de la verdad inapelable y definitiva. La mayoría de cada momento hace la ley y la minoría está llamada a obedecerla por razón de esa su legitimidad mayoritaria, democrática, pero esa obligación política de obediencia no equivale a una obligación moral de sometimiento, no significa que quien se encuentra en minoría se vea impelido, y menos forzado, a cambiar sus convicciones para plegarse ante las de los vencedores. Y porque la minoría ni se halla por definición en ningún error ni es moralmente inferior a la mayoría, ni son menos merecedoras de consideración sus creencias en cuanto tales, la minoría ha de ser respetada por la mayoría y sólo puede ser doblegada hasta donde lo requiera la necesidad de coordinar las cuestiones centrales de la convivencia mediante normas que no pueden quedar al albur del acuerdo de todos o a merced de que cada uno haga prevalecer sus convicciones por encima de ellas. Por eso el Derecho fuerza conductas e impone sanciones, no porque la ley encierre la verdad ni justicia material mayor que la que corresponde a las ideas de la minoría. Y por eso la minoría ha de poder convertirse en mayoría cuando las tornas cambien.
Por eso y por algo más. Porque tal vez hay algo más profundo que conforma la esencia del Estado de Derecho democrático: garantizar a la sociedad la posibilidad de dar marcha atrás, de apearse del gobierno vigente. De dar marcha atrás de sus decisiones previas, cambiando gobiernos y mayorías parlamentarias cuando quienes ostentan dichos poderes se propasan en sus afanes de dominio y sucumben a la tentación del abuso. Es mucho poder el poder del Estado, con sus armas, sus cárceles, sus cuerpos de seguridad, sus ejércitos y la retahíla de pelotas y lameculos que siempre van los primeros de la procesión cantándole loas al mandamás de turno a cambio de unos carguetes y unas palmadas en su lomo sarnoso. Así que o mantenemos el control para dar la patada al que use mal semejantes medios, o estamos perdidos, irremisiblemente perdidos y condenados.
Pues bien, estos Estados que al parecer ansiamos para que den gusto -engañoso- a nuestra obsesión enfermiza por la seguridad y alivio –vano- a nuestros miedos más pueriles, estos Estados a los que ayudamos a desembarazarse de trámites, procedimientos, cortapisas, garantías y frenos formales y cuyo afán justiciero liberamos de la atadura del sentido común y del respeto a la dignidad de cada individuo, estos Estados nos van a devorar como el lobo a la abuela de Caparucita, pero sin que queden cazadores que nos rescaten y vuelvan la bestia a su redil. Porque a los cazadores les estamos enseñando nosotros las ventajas del cepo, la utilidad de la posta más cruel, la eficacia de las armas prohibidas, el placer del ensañamiento y el sabor dulzón de la carne cruda. Y cuando los que deberían ser los guardianes de nuestra libertad y nuestra integridad mucho antes que servidores de una seguridad para obsesos, nos miren con ojos golosos y expresión babeante, cuando quieran someternos a un tercer grado porque llevamos melena, porque no vivimos santamente, porque frecuentamos compañías insanas, porque nos fumamos unos porretes o nos tomamos una copichuelas, porque nos damos a prácticas sexuales no tenidas por ortodoxas por los curas de turno y de la confesión que sean, o simplemente porque se confundieron de persona, querremos dar marcha atrás, elegir a otros, cambiar ejecutivos y legislativos... y ya no será posible.
Ya no será posible porque también ese propósito será delictivo y se entenderá disolvente de las esencias sociales, atentatorio contra los fundamentos de la convivencia y hasta pecaminoso, porque el que piense en contra del orden establecido por los encargados del orden será considerado enemigo y tratado como tal. Y nos darán de esa medicina que ahora reclamamos pensando nostros tontamente que sólo es para los otros, para los malos malísimos; sin parar mientes en que, en el fondo, es el Estado el que con sus leyes decide quiénes son los malos más malos, y que cuando lo hace como le da la gana y sin verdaderos controles, siempre lo va a hacer para favorecer a los poderosos, a los aprovechados, a los indecentes, a los que no tienen ni clemencia ni vergüenza, y para hundirnos y humillarnos a los ciudadanos que sólo queremos ser libres y modestamente felices con nuestras cosas y que pensamos que no hay sociedad mejor que aquella en que cada uno hace lo que quiera, siempre que no fuerce a nadie ni dañe realmente a otro impidiéndole vivir con idéntica libertad.
Ahora que, felizmente, ya no existe el servicio militar obligatorio, sí que debería haber al menos un mes en la vida de ejercicios jurídicos obligatorios para todo el mundo, pero como víctima de los manejos estatales: un ratito de tortura suave, un día en una cárcel poco acogedora, un juicio penal –con abogado de oficio y juzgado por juez sustituto- por un quítame allá esas pajas, una entrada en propio domicilio sin mandato judicial a las tantas de la madrugada, un pinchazo telefónico seguido de publicidad de lo conversado, una falsa acusación divulgada a los cuatro vientos por los medios de comunicación, etc., etc., etc. Se nos curaría esta idiotez, esta manía de andar excitando y azuzando a ese animal grandote y feo que algunos llamaron Leviatán y que cada día nos mira más de cerca y con ojos más golosos.

01 septiembre, 2008

El perdón de los pecados. Por Francisco Sosa Wagner

Anda de moda por el mundo la práctica de pedir perdón por actos que ya no tienen remedio, lo que convierte a la acción de pedir perdón en una filigrana de hipocresía. La Iglesia pide perdón por Galileo o por Miguel Servet o por cualquier otro hecho a condición de que se halle muy alejado en el tiempo.
Cuando caminamos por la calle y alguien nos da un pisotón que nos hace pronunciar un leve quejido, entonces procede que quien nos ha atizado -si tiene buena crianza- nos pida perdón y que nosotros, pelillos a la mar, se lo concedamos. Pero cuando al pisarnos lo que ha logrado es partirnos un par de huesos del tarso, siete del metatarso y una docena de las falanges, entonces debe encargarse del agresor el guardia y el juez de ídem que aplicarán los correctivos previstos a quien tan poco respeto muestra por esas partes de nuestra anatomía que apreciamos porque al final de cuentas resultan útiles.
Hace unos días ha visitado Viena el ministro francés de Asuntos Exteriores y allí no se le ha ocurrido mejor idea que la de pedir perdón porque los franceses rebanaron el pescuezo a María Antonieta hace ahora doscientos quince años. Y María Antonieta era hija de María Teresa, emperatriz del Imperio austriaco (que aún no se llamaba austro-húngaro). El ministro ha dicho: “lo siento, pero piensen ustedes que entonces estábamos haciendo la famosa revolución francesa”. Y, ya saben -podría haber añadido- cómo se pone la gente cuando hace la revolución, con ese gustirrinín que le entra por las ejecuciones masivas, las denuncias y los empalamientos. Pero, no se preocupen, estos repentes se pasan y se vuelve a la vida normal. Es cuando un ministro, y más si es un diplomático, aprovecha para pedir perdón.
No consta reacción alguna de las autoridades ni del pueblo, probablemente por la razón de que a los descedientes de aquella familia reinante -los Habsburgo-, los austriacos los echaron al término de la primera guerra mundial sin el menor remordimiento. No consta que ningún austriaco, ni ministro ni empleado, se haya dirigido a los actuales retoños habsbúrgicos y les haya solicitado su indulgencia por haberse portado con ellos de forma tan desconsiderada, total solo por haberles metido en una guerra que perdieron.
Se advertirá que, si esta práctica se generaliza, nosotros tenemos que acudir a Flandes todos los días con la ceniza en la cabeza a pedir perdón por los desmanes del duque de Alba y los franceses por los disgustos que nos han dado en casi todas las páginas del abultado libro de la Historia. Los anarquistas actuales deberán postrarse ante todos nosotros porque un correligionario le metió un tiro en la sien a don Antonio Cánovas del Castillo, a fin de cuentas, uno de los pocos políticos serios de la Restauración. Y así sucesivamente ...
Aunque, bien mirado, es mejor un mundo de perdones que un mundo de pendones, lo cierto es que se debería evitar el cultivo del despropósito.
A ver si nos aclaramos. El perdón, que nuestras beneméritas Partidas llamaban quitamiento, procede como un mecanismo de extinción de obligaciones entre dos personas perfectamente identificadas: el acreedor y el deudor. Por alguna razón se ponen de acuerdo y entonces quien tiene derecho a cobrar, se olvida del asunto y pone paz donde hubo discordia. Quien sea aficionado a estos asuntos puede encontrar respuestas más precisas en el Código civil cuando habla de la condonación (ojo, nada que ver con los condones) que adquiere su expresión más espectacular cuando el acreedor destruye el documento en el que consta la deuda, tal como se ve en el teatro y en las óperas.
Y lo mismo ocurre en el derecho penal cuando una víctima concreta perdona a un agresor vivo y de carne y hueso.
La práctica pues de pedir perdón fuera de estos casos me parece que no tiene perdón de Dios. A menos que a quienes insistan en ella se les apliquen las reglas teológicas y canónicas ligadas al perdón, a saber, la penitencia con propósito de enmienda. Los austriacos debieron enviar al ministro a escribir cien veces en la pizarra: no haré más revoluciones francesas, y el papa deberá recordar a san Gregorio para quien hacer penitencia es llorar los males perpetrados y no cometer lo que después se habrá de llorar. Nosotros, por nuestra parte, nos pondremos cara a la pared y repetiremos: no descubriré más América ni pelearé contra el turco por más que me encuentre en el golfo de Lepanto y me lo pida el cuerpo.
Habremos encontrado una nueva forma de pasar el tiempo ...