En materia de derecho al aborto no tengo las ideas demasiado claras, y por ahí empiezo. Es posible, por tanto, que se me cabreen tanto tirios como troyanos, capuletos y montescos. Qué le vamos a hacer.
No soy antiabortista. Tampoco encuentro razones de peso para defender el aborto libre. Reconozco que he prestado alguna vez ayuda a gente que iba a abortar y que no me arrepiento. También que, ahora mismo, miro a Elsa y medito sobre lo tremendo que sería no haber dejado que naciera.
En suma, y para empezar, que no condeno –en la medida que importe un pimiento que un fulano como yo condene o absuelva- moralmente ni a los que defienden el derecho al aborto ni a los que lo combaten. Pero, como tantas veces, me repelen un poco ciertas poses o maneras de argumentar de los unos y de los otros.
Los antiabortistas, muy por lo general, lo son a partir de muy respetables convicciones religiosas, de su fe en alguna verdad revelada o, más probablemente, en dogmas eclesiásticamente sentados. A tenor de dichos dogmas de fe, la vida es sagrada e inviolable desde el momento mismo de la concepción. Lo de la pena de muerte y tal es harina de otro costal, al menos mientras la Iglesia no la condene oficialmente. Otros parecen insinuar que desde antes mismo del ayuntamiento carnal de los padres –casados como Dios manda- ya tiene derecho el aún no concebido a que lo conciban, y por eso no hay que verterse fuera ni poner barreras mecánicas al libre encuentro de las celulitas predestinadas a entenderse. Permítaseme la broma que no es del todo broma, pues una vez escuché, en un concurs0 a plaza de profesor univesitario a un tipo que hablaba de los derechos del concepturus. Creo que luego lo publicó y no le pasó nada. Últimamente he oído que tenía cargos y prebendas en gobierno autonómico del PP. Es lo bueno de ser experto en biotética, que te descojonas de risa. Pero, sea como sea, ¿no quedamos en que la fe está más allá de la razón, en dimensión distinta? Cuando como argumento sólo nos dan la repetición machacona del dogma de fe, difícilmente nos van a convencer a los que vamos por la vida sin fe, sin más fe que la fe en la razón, poca o mucha. En otras palabras, ¿no hay contra el derecho al aborto razones que todos puedan atender por encima o al margen de sus convicciones religiosas y que se expresen en argumentos que sean algo más que repetición de dogmas como los alusivos al comienzo de la vida humana o al inicio de la condición de ser humano titular del derecho a la vida?
Porque no me convencen los argumentos de los antiabortistas radicales, no estoy en contra del derecho al aborto en todo caso. Pero, ya que tampoco me satisfacen las alegaciones de los abortistas radicales, tampoco me siento partidario de un libérrimo derecho a abortar. Me parece que entre los defensores del aborto hay mucha frivolidad y muy escasa densidad de razones y argumentos de peso, mucha consigna y mucho dogma de la otra iglesia triunfante: la iglesia progre, sector pijo-progre, ala “nómbreme algo, señorito”.
Antes de echar un vistazo a algunas de esas perplejidades que me suscitan las justificaciones más en boga del derecho a abortar, permítaseme una observación, por la que deberíamos haber comenzado. Ya se acerca una nueva discusión en España sobre este tema vidrioso, pues el Gobierno ha creado una comisión (¿por qué no también un observatorio?) que propondrá una regulación nueva del aborto. Y medio país –el otro va a su bola y pasa de todo, absolutamente- se va a rasgar las vestiduras para un lado o para otro, en perfecto ejercicio de hipocresía o consumada muestra de despiste, pues todos pasan por encima de la pregunta por la que deberíamos comenzar el análisis: ¿ACASO DEJA DE ABORTAR EN ESPAÑA EN ESTE MOMENTO, BAJO PLENA APARIENCIA DE LEGALIDAD Y PRÁCTICAMENTE SIN RIESGOS PENALES, CUALQUIER MUJER QUE QUIERA ABORTAR? Me parece absolutamente obvio que no y a ver quién es el cretino que aparenta caerse de la burra en este instante. Todos los que andamos por el mundo con los ojos abiertos y con pocas anteojeras sabemos cómo funcionan y cómo facilitan las cosas la mayor parte de las clínicas especializadas en abortos. Ellos te proporcionan el papeleo necesario para acreditar –falsamente- que corre peligro la vida de la madre o que hay riesgo de malformaciones del feto. Y punto. No juzgo esa práctica, no la califico ni para bien ni para mal en términos morales. En términos legales, es ilícita, eso es obvio; mas esto es una constatación evidente, no un juicio de otro tipo. Sólo quiero insistir en que, si ya de hecho tenemos algo parecido al aborto libre –y hasta sin plazos-, deberíamos discutir sobre la relación entre la ley y la realidad, no embarcarnos en debates sobre la ley a palo seco y como si ésta realmente gobernara los hechos. Hipocresía de juristas acompañada de hipocresía de medios de comunicación y de fiscales y fuerzas de seguridad cuando se lanzan a refriegas como las de hace unos meses: unos fingiendo que se enteran ahora de lo que pasa todo el rato y los otros simulando que son todo habladurías y manipulaciones. En este sentido, y para acabar con este punto, una ley muy liberal en materia de permiso para abortar vendría ahora mismo a dar estatuto legal a lo que ya tiene plena vigencia práctica. Así que, lamentablemente, las verdaderas alternativas son estas tres: o se da estatuto legal, mediante una ley muy permisiva, a lo que ya masivamente sucede, o se reprime lo que ahora mismo sucede para acompasar la práctica a la norma, o se deja todo como está: aborto de hecho libre, para contentar a los proabortistas, y legalmente prohibido, para satisfacción de los antiabortistas. ¿Cuál de las tres opciones prefiero yo? No lo sé, palabra.
Y otra nota previa, más malvada. Comprendo que debe velarse por el derecho a la intimidad, pero a un servidor le encantaría conocer la relación de mujeres que han abortado por ejemplo el año pasado, nada más que para esto, única y exclusivamente: para ver qué proporción de antiabortistas, ultraconservadores y gentes de mucho orden hay entre los que salieron de la clínica por la puerta de atrás y liberados en propia persona o en la de su hija, novia o amante.
Pero volvamos a lo que más nos interesa aquí en este momento, las razones que cabe invocar para justificar el derecho a abortar.
Una parece que puede tener algo que ver con la igualdad de la mujer en la sociedad, con la evitación de la discriminación femenina. Basta ver que, si no he entendido mal la noticia de ayer, la comisión que se acaba de crear depende del Ministerio de Igualdad y está presidida por su titular, la señora Aido. Y es posible preguntarse por qué se ha de ocupar dicho Ministerio y no el de Justicia o, ya forzando un poco, el de Sanidad. Sí, la respuesta más real es la más pedestre y obvia: porque algo hay que encargarle a ese Ministerio-florero que tanto debería ofender a feministas que no lo sean sólo de subvención y pandereta, Ministerio que no se ocupa ni de una maldita de las desigualdades lacerantes que en esta sociedad perviven o se crean ahora mismo, pero que va a dedicar su tiempo a hablar de mujeres, como se hacía todo el rato en el bar -machista- de mi pueblo, o de “cosas de mujeres”, como hacían las señoras sometidas de mi pueblo.
Mas, vayamos al fondo: ¿qué tiene que ver el aborto con la igualdad, se supone que de la mujer? ¿La facilidad para abortar repercute en una mayor posibilidad de integración social igualitaria de las mujeres? ¿Y, si así fuera, sería razón bastante para permitirlo con generosidad y sin más límite que la voluntad de ellas? También puede ayudar a la igualdad de muchas mujeres el permitir que éstas castrn por la brava a sus maridos, o a sus patronos, o al vecnio del quinto, y sin embargo... Y más preguntas: las muy avanzadas políticas en materia de compatibilidad de la maternidad con la vida profesional y social de la mujer, ¿no parece que chocan conceptualmente con esa visión del aborto como atajo para que la mujer no pierda comba? Y otra: ¿en qué quedamos con la maternidad, es un estorbo o es un don que da su sello especial a la mujer, conforma su peculiar sensibilidad –mejor que la de los varones- y la hace merecedora de especiales derechos y discriminaciones positivas? Porque, si resulta que la maternidad es estupenda en todos los sentidos sólo cuando la madre quiere tener sus hijos y, de propina, no tiene invonvenientes personales, sociales o econímcos, y es algo odioso, fuente de desigualdades y desventajas sin cuento cuando a la embarazada le viene mal llegar a madre, algo suena a truquillo y a ley del embudo. Y, por último, si vinculamos igualdad y derecho al aborto, ¿no tendríamos que juzgar caso por caso, analizando la situación de cada mujer que quiere abortar y viendo cuándo, por sus circunstancias, la maternidad es efectivamente un impedimento o un obstáculo y cuándo no hay más que frivolidad, cabeza de chorlito y egoísmo superficial? ¿Tiene el mismo fundamento en la igualdad el derecho a abortar de una cajera de supermercado que no tiene pareja estable ni más familia y cuyo trabajo corre mucho peligro, que Paris Hilton o una señora de la familia Botín, pongamos por caso?
Otras veces se enarbola el derecho, como pleno dominio, de la mujer sobre su propio cuerpo, o el llamado derecho exclusivo y supremo de la mujer a decidir. Tal vez se pueda relacionar con aquel fundamento que admitió para el derecho al aborto el Tribunal Supremo de EEUU en el caso Roe vs. Wade, el derecho a la intimidad de la mujer. En todo caso, parece que se nos está diciendo que el derecho de libre disposición que la mujer tiene sobre el feto que lleva en su seno es parte de su derecho a disponer libremente del cuerpo que es suyo, de su propio cuerpo, y que el señorío sobre ese feto no puede verse limitado por nada que no sea su voluntad y su libre ponderación de sus personales intereses. Me parece que es el argumento más común entre feministas. Si se sienta como dogma y porque sí, vale tanto como cualquiera de esas afirmaciones de base religiosa que antes mencionábamos, cuestión de fe y punto. Pero si le buscamos las vueltas razón en mano, a lo mejor no parece tan evidente.
En primer lugar, no es cierto que ni la mujer ni el hombre tengan un señorío total sobre su propio cuerpo y puedan hacer con él lo que quieran. Yo no puedo aprovechar que soy el dueño de mi mano para darle a usted un golpe que lo mate. Tampoco el derecho me ampara ni me ayuda si pretendo automutilarme. Si estoy en un hospital o en una cárcel, no se me permite acabar con mi vida mediante huelga de hambre, por ejemplo, y dado que soy el amo de mí mismo. Tampoco permite que alguien me ayude a morir mediante eutanasia activa. Por tanto, el considerar al feto como parte del propio cuerpo de la que la mujer puede disponer a voluntad presupone asimilarlo a aquellas partes del cuerpo de uno de las que está permitido deshacerse porque son un estorbo o un inconveniente para el propio sujeto, sin que, además, tengan atribuido un valor social que justifique la limitación de la capacidad de autodisposición de ese sujeto. En suma, y brutalmente: se puede abortar igual que se puede extirpar una verruga o amputar algún órgano necrosado.
En segundo lugar, lo del derecho exclusivo de la mujer a decidir tiene también sus posibles vueltas. Imaginemos que usted es varón y es el padre de la criatura que la señora S lleva en su seno. Pongamos que no hay ningún elemento de violencia, engaño, etc. en la causa de ese embarazo. Simplemente, ustedes mantienen algún tipo de relación que hizo normal y grato el encuentro sexual y, queriendo o sin desearlo, surgió el embarazo. ¿Por qué debe ser la mujer la única llamada a decidir si aborta o tiene el hijo? ¿Porque tenerlo sólo la “perjudica” a ella? Tal afirmación, en términos generales, es absolutamente falsa y apenas hace falta pararse a buscar ejemplos que la contradigan. Pero admitamos la idea de que la decisión es nada más que suya, de ella, porque únicamente a ella la afecta: entonces ¿por qué han de generarse obligaciones legales para el padre en caso de que la mujer decida permitir que el niño nazca? ¿Por qué la decisión de abortar es nada más que suya y la responsabilidad, si nace el niño, tiene que corresponder a los dos? ¿Por qué la mujer con su decisión de abortar puede librarse para el futuro de toda responsabilidad y toda secuela legal y económica –dejemos aquí de lado las hipotéticas secuelas psicológicas, cuando las haya, y de las que supongo que absolutamente y por definición tampoco hay que entender liberados a los hombres- y con la de no abortar compromete, si quiere, tales consecuencias para el hombre? Si el hombre no quiere el niño y la mujer desea tenerlo y lo tiene, el hombre “paga”; si el hombre desea el niño y la mujer decide no tenerlo, la mujer “no paga”. ¿Es eso compatible con que el derecho de la mujer a abortar sea suyo sin límite, con base en que suyo es el cuerpo y lo que contiene y suyo es el derecho a decidir? Eso podría sonar verosímil cuando era posible presumir que todo embarazo no deseado era fruto del engaño masculino o de alguna vil y malintencionada seducción. Él le dijo que se casaría con ella si quedaba encinta, ella lo creyó y consintió, y ahora él silba tangos. Pues que ella decida libremente ahora y que, si hay niño, él pague. Pero, ¿realmente ése sigue siendo el paradigma de las relaciones sexuales hoy en día? ¿Favorece a la igualdad de las mujeres el que las cosas se sigan viendo o presuponiendo de tal manera?
En fin, dejémoslo aquí por hoy. Es mucho lío y esto ya va largo y atrozmente pesado. Pero termino por donde empecé: no sé que pensar, puesto que ni los argumentos usuales de los antiabortistas ni los de los proabortistas me hacen mucha gracia. Si tuviera que pronunciarme, diría que en este tema se debería estar a las circunstancias de cada caso, lo cual es inviable a la hora de sentar una regulación legal manejable. El aborto me parece un mal, pero entiendo que en muchas ocasiones la madre, o ambos padres, se encuentran en situaciones que, como mínimo suponen un atenuante moral si optan por abortar. La ley ideal, ideal sobre el papel, pero difícil de aplicar, sería aquella capaz de discriminar entre los supuestos en los que es comprensible, disculpable, el deseo de que el niño no nazca, y aquellos otros en que sólo hay frivolidad, insensibilidad, inconsciencia y egoísmo muy ramplón. Por de pronto, yo usaría la declaración de la renta como uno de los factores a considerar. Pero una regulación así es extraordinariamente difícil. Je, je, menuda se armaría: poner a las ricas a parir. Por tanto, no sé qué decir y qué pensar, salvo la insistencia en lo ya mencionado: aborto libre en este país ya hay, al menos para los que pueden pagárselo y tienen una mínima información sobre la cara B de esta sociedad tan absolutamente esquizofrénica.
Dicho esto, aquí pongo la mejilla para que me la calienten todos ustedes, amigos.