26 diciembre, 2008

Más sobre cebo y engorde de crituras

Nada hay sin razón suficiente, decía el clásico, y puede resultar entretenido preguntarse por las causas de esa obsesión alimenticia que abuelas (sobre todo abuelas, tiene razón el anónimo que comenta la entrada anterior) y madres -y algunos padres, seamos justos- aplican a los niños pequeños, provocándoles irritación y disgusto, cuando menos, y secuelas físicas y psíquicas perdurables.
Juguemos a elaborar unas hipótesis al respecto. Una primera causa puede encontrarse en el hambre de nuestra posguerra. En los que no la vivieron no queda memoria de la misma, pero sí se han transmitido de generación en generación algunos gestos compulsivos por ella provocados. En aquel contexto de escasez, el aprovechamiento máximo del alimento disponible se volvía imperativo económico y moral al mismo tiempo. Había que comer lo que hoy se tuviera, por si acaso mañana no llegaba nada. Y como de tal convencimiento había que imbuir también a los que no podían o no querían razonarlo así, se hacía valer la idea de que era inmoral y pecaminoso desperdiciar el alimento que caía en el plato. Recuerdo a mi madre, que había pasado en su juventud de ese tiempo más hambre que Carpanta, diciéndome que era pecado no terminar la comida del plato y que, especialmente, era pecado dejar el pan y tirarlo a la basura. Incluso era pecado, supongo que venial, dejar el pan caer al suelo. Aquí se aplicaba, además, otra ley: cuanto más barato era un alimento, mayor era la inmoralidad de no atiborrarse de él. Pasaba ante todo con el pan. Los economistas siempre ponen ese ejemplo, el de que cuando escasean más los recursos se consume más pan, pues es mas barato. En cambio, si un día había carne y alguien rehusaba, no se le tenía por gran pecador. Además, se hacía una interpretación muy ad hoc del precepto del catecismo que nos decía que los enemigos del hombre son el mundo, el demonio y la carne. Era la carne de ternera o de pollo la que podía llevarnos al fuego eterno y no había que pedirla todos los días en lugar de las sopas de ajo y la hogaza mojada en leche aguada. En tiempos de hambruna, la gula es falta más grave que la lujuria; en tiempos de abundancia, al revés. Pregunten a los obispos, si no me creen.
Seguramente por entonces se ratificó muy firmemente la gordura como signo de estatus. Los pobres no tenían para comer y, por tanto, andaban flacos por famélicos. En cambio, los que lucían una obesidad bien llamativa seguramente eran ricos y pudientes, buen partido para trabar con ellos cualquier relación, amistosa o amorosa. Engordaba el que tenía para llevarse a la boca, y ése seguramente tenía porque era inteligente o de buena familia, librada de los avatares y las incertidumbres. “Del que no come nada se puede esperar”, afirmaba el dicho, y tenía doble sentido: sería siempre un flojo y, además, sería poco recomendable como compañero de fatigas o como árbol a cuya sombra cobijarse.
Luego la comida le fue llegando al pueblo, y hasta el Seiscientos hace unas décadas y el BMW, hace menos. Porque el coche y el niño tienen una cosa en común: cuanto más grandes en mejor lugar nos dejan. El niño bien rollizo ya no es señal de riqueza, pero sigue siendo moneda de cambio en la competición social. No hay más que ver cómo se suele hablar de lo que pesaron los bebés al nacer. Cuanto mayor, mejor, aunque la madre reviente o salga a cesárea por descendiente. ¿Cuánto pesó el tuyo al nacer? Tres ochocientos, ¿y el tuyo? Cuarenta y cinco arrobas en canal. Ozú, qué maravilla de niño, qué envidia.
Los pediatras también ayudan lo suyo. Mucho insistirnos en que hay que tener cuidado con la obesidad de los infantes, pero luego sacan a relucir el jodido percentil. En realidad, tienen que justificar ese rito tan curioso de las revisiones pediátricas. Tú llevas al niño al examen periódico y compruebas que la ciencia consiste en pesarlo y medirlo y en preguntarte si está bien. Si le dices que sí, que todo bien, el médico concluye que tu niño está bien. Si le dices que no duerme, no come, se tira miles de pedos y ha desollado ya varios gatos del vecindario, te tranquiliza insistiéndote en que está bien igual, pues son fases en el normal desarrollo infantil. Eso sí, que vuelvas el mes que viene para examinarlo otra vez, por si acaso. El mes que viene retornas con la carne de tu carne pecadora y el pediatra vuelve a pesarlo y medirlo y a preguntarte si está bien. Tú le dices que no, que ahora, además de lo de antes, se pasa el día eruptando, intentando comerse sus propias cacas y atacándote a ti con una katana, y te responde lo mismo de la ocasión anterior, que eso es normal a estas edades, aunque unos niños hacen eso y otros no, pues cada niño es un mundo y lo normal es que no haya dos iguales. No hay niño más normal, para el pediatra, que el anormal del todo. Y así sucesivamente, sigues haciendo la visita todos los meses con el mismo resultado. Pero, entretanto, cada mes también te han medido y pesado el paquete de tus entrañas. Podrías hacerlo tú en casa con una báscula y un metro, pero, ah, amigo, la ciencia no está en la acción de pesar y medir, sino en el percentil. El pediatra tiene más tablas que tú, tiene unas tablas que le permiten situar el peso y medida de tu descendiente en un punto entre coordenadas y abcisas que da como resultado qué porcentaje de los de su edad están más desarrollados que él y cuántos menos. Y vuelta a competir en la pelu: pues el mío está en un percentil del setenta y cinco por ciento. Ay, pues el mío, del ciento veinticinco por ciento, ya dice el pediatra que es un monstruo. ¡Estoy más contenta! ¡Y no veas cómo me come! Ayer se tragó un juanete de la tata, ¡más rico!
Es un buen sistema. Hasta los cuatro o cinco años llevamos a los niños al pediatra para que nos diga como engordarlos y nos enseñe trucos para que se coman hasta el palo de la escoba; y de los cuatro o cinco en adelante los llevamos para que les ponga una dieta de adelgazamiento, pues ya no caben en el sofá con ese culo seboso que se les ha puesto.
Y uno no para de hacerse preguntas. Por ejemplo: por qué nosotros, que ya no tenemos casi nada en común con el modo de ser y pensar de nuestros abuelos y abuelas, seguimos empeñados en que el niño tiene que comer por narices y ser el más alto, fuerte y gordo del pueblo? Más: ¿por qué seguimos compitiendo a ver quién tiene el niño más desarrollado, como si los hijos fueran cerdos y los estuviéramos preparando para el sanmartín o para venderlos en el mercado de los domingos? Y otra cosa, más importante: puestos a obsesionarnos con percentiles, ¿por qué no averiguamos, con las tablas del pediatra, en qué percentil se ubican nuestro pene de papá o nuestras tetas de mamá y, si la curva está baja, nos operamos de una maldita vez o nos jartamos a comer, por si hay alguna relación? Sería más honesto que presumir de niño grande a base de meterle la comida con un embudo.
¿Alguien ha investigado si la epidemia de anorexia y bulimia entre los jóvenes tiene alguna relación con la obsesión de sus padres y abuelos por hacerlos comer para poder lucir su buena raza por los paseos de la ciudad o ante las cuñadas en las cenas de nochebuena? No sería raro.

25 diciembre, 2008

Maltrato infantil

Debe de resultar muy duro ser poco más que un bebé, un pequeñajo de año y medio, por ejemplo. Sobre todo en estos tiempos. Sospecho que cuando pasé por esa edad ciertos aspectos de la vida infantil eran más llevaderos. Al menos en mi pueblo y con toda la gente de la casa trabajando de sol a sol. Esto, lo de los padecimientos sociales de los más enanos, lo pienso cada vez que alrededor de la pequeña Elsa nos reunimos un grupo de personas que la queremos. Pobre. La intención de los atosigadores no se discute, es buena sin tacha. Pero el resultado ha de ser torturante para el sujeto pasivo de los desvelos.
¿Se imagina usted, amigo adulto, lo que le supondría de hartazgo y mal humor la siguiente situación? Ponga que anda con el cuerpo revuelto, que le ha resultado indigesta la comida anterior o que le duele un pie, cualquier cosa bien molesta y que le ha dejado sin apetito. Llega la hora de la siguiente comida y, pese a su clara resistencia, lo sientan a la mesa. Su pareja, por ejemplo -ya que hablamos de adultos, dejemos de lado al papá y a la mamá y que ocupe su lugar el equivalente funcional, la pareja- le pone delante un plato que no le gusta nada y le insiste para que se lo trague. Usted, dados sus desarreglos físicos en ese instante, se resiste. Simplemente no quiere comer. Otro de los presentes, que también le quiere mucho, decide hacerle una tortilla francesa acompañada de unas lonchas de jamón de york. Nuevos intentos de meterle por las buenas o por las malas el nuevo plato. Usted sigue en sus trece de falta de apetito y se rehúsa como buenamente puede. Entonces lo llevan a la tele, le ponen su programa favorito y, justo cuando sus achaques comenzaban a remitir ante esa agradable distracción, intentan de nuevo hacerle engullir, esta vez un yogur de frutas. Maldición, le vuelve en toda su intensidad la indisposición que casi había olvidado. Se desespera y grita que ya basta. Pero alrededor suena todo un coro de voces enfebrecidas. Dale una fruta, dice uno, inténtalo con un poco de tarta, sugiere el otro simultáneamente, deberías haberle preparado un filete de ternera, tercia el demás allá; y un cuarto o quinto personaje que lo adora aparece con unas patatas fritas al grito de verás como esto si se lo come.
No hay vuelta de hoja, ante tales agobios, que se suman a su malestar físico, a usted le viene un ataque de nervios, se desespera, grita y se tira de los pelos. Entre cohibidos y agresivos, sus afectuosos cuidadores comienzan a discutir entre sí. Insiste, tiene que comer, gritan algunos para hacer oír su opinión por encima de los berridos que usted está soltando. Pero dejadlo en paz, gritan igualmente los demás, debe de ser que no tiene hambre. Tras unos minutos de ruidosísima discusión entre los que de usted se ocupan y por usted se preocupan, vencen los que consideran que no se puede quedar con el estómago vacío, pues no hay más que ver su cara y expresión para darse cuenta de que todos sus males se deben a que usted no ha comido nada. Así que, al rato, aparece el más dispuesto con un humeante puré de garbanzos. Vade retro. Usted pugna por lanzar el plato a los morros del que sonriente se lo presenta, pero un tercero intenta incluso sujetarle las manos, mientras, más allá, dos de los preocupados debaten a voces sobre si será justo o no usar la violencia para obligar a tragar a quien tan tercamente se resiste.
Por fin parece que usted ha ganado y lo sueltan. Pero no era más que el primer asalto. Usted sólo quiere ponerse a sus cosas para olvidar el mal trago y que lo dejen en paz. Pero, solícitos, la concurrencia decide que debe de estar usted muy enfermo y decaído, puesto que no comió. Así que uno viene con un libro que no le gusta nada y pretende leérselo al oído, al tiempo que otro porfía para que usted se fije en un programa muy bonito que está saliendo en la tele y otro más se encapricha y pugna para que usted le dé un beso; justo en ese momento y con ese humor de perros, pretende que usted lo bese y que le recite, además, unas palabras muy bonitas que usted pronuncia muy bien. Usted busca desesperadamente la puerta para escapar de aquel horror, pero cuando ya se creía a salvo, choca con otro ser amado que acude con un vaso de agua y dos aspirinas, para que se las tome sí o sí, pues seguramente tiene fiebre y dolor de cabeza. A usted no le duele la cabeza ni tiene fiebre, sólo ardor estomacal, pero las aspirinas se las meten por la boca mientras le sujetan brazos y piernas. Pase que no quiera comer, pero la medicina hay que tomársela, es por su bien, ahí no cabe resistencia. Las dos aspirinas acaban de destrozarle el estómago y sus dolores ya son insoportables. Entonces lo acuestan, pero usted no puede dormirse con semejante malestar físico y tanto padecimiento psicológico. Llora en la cama mientras le cuentan un cuento en que un señor como usted se murió por no querer comer.
¿Aterrador, verdad? Bueno, querido amigo adulto, pues ahora contésteme a la siguiente pregunta: ¿por qué, si es tan tremendo para los mayores, a los niños les hacemos eso, aprovechando, entre otras cosas, que todavía no saben cagarse en la madre que nos parió a todos, así, con todas las letras?

24 diciembre, 2008

Más madera, piden los Pájaros Locos

Ayer el Consejo General del Poder Judicial decidió mantenerle al juez Tirado la sanción de multa que su Comisión Disciplinaria había acordado anteriormente, en lugar de suspenderlo unos meses de empleo y sueldo. Desconozco la base legal de una u otra pretensión y carezco de información sobre precedentes comparables. Es decir, me encuentro en la misma situación que casi todo el mundo que se lanza a opinar. La consigna es más madera, y uno de los que encabezan la manifestación es el ministro de Justicia. El otro, el padre de la niña Mari Luz. Dos eminentes juristas, como todo el mundo sabe. Zapatero y Rajoy se afanan por salir en la foto y se pintan con tomate los belfos para parecer, también ellos, sangrientos comejueces e insobornables justicieros.
Mientras no salte a los medios de comunicación un escándalo porque asesinaron vilmente a una niña o a una señora separada, aquí todo zurrigurri vive feliz e indocumentado, todos disfrutamos instalados en la desidia y las corruptelas mil. Trampas en los juzgados, en las comisarías, en Hacienda, en la universidad, donde haga falta. Y los que tienen que poner los medios económicos y técnicos para que los jueces y secretarios judiciales no sigan trabajando con el ábaco y unas fichas de raída cartulina se dedican a tocarse la cítara y a cantar emocionadas loas a la diosa Justicia, excitados por su imagen de amplios senos y ojos vendados. Ah, pero cuando de tanto tensar la cuerda de la inepcia ocurre una desgracia, la culpa es del maestro armero. A por él, que está dormido y desarmado.
Da grima ver y escuchar al ministro de Justicia, soplagaitas con genes falangistas que ha alcanzado la cumbre de su incompetencia porque Zapatero multiplica los tiralevitas soberbios en lugar de multiplicar los panes y los peces. Si un servidor fuera juez ya estaría repartiendo panfletos para la huelga. Y quemando algo. Pero lo que ya es el colmo es lo del papá de Mari Luz.
Ya sé lo que procede decir en este mismo instante, y voy a escribirlo sinceramente para que no me caiga encima una plaga de langosta cibernética aprovechando que hoy es Nochebuena: que qué pena lo de su hija, que qué horror lo de su asesino y que cuánta comprensión para ese padre que pide justicia. De acuerdo, todo es verdad y al padre se le puede entender. A los que le siguen la corriente trabajándose el voto popular, no. Son políticos carroñeros que se disputan como hienas el cadáver de Mari Luz y el abrazo de su padre en gira. A los medios de comunicación que jalean la obnubilación de ese hombre tampoco se les comprende; o sí, pues la desgracia vende, el morbo vende, el vómito vende.
Aquí de un día para otro el padre de una pobre víctima, víctima él también si se quiere, se vuelve el supremo experto en leyes y justicias, el perito legal más cualificado, el dictaminador de sentencias, resoluciones y autos. Que cierren de una maldita vez las Facultades de Derecho y coloquen en su lugar púlpitos para que demagogos y ofuscados truenen en favor de venganzas y penas de muerte, y llamemos norma a sus deposiciones.
Habla ese hombre con retórica de vendedor, o del predicador que es. Adorna el recuerdo de su hija con maquillaje populista y esencia de víscera. Se exalta con órganos y competencias, se crece ante argucias legales, invoca constituciones y variadas normas como si arrojara cuchillos estragados. Yo lo admiraría más y lo comprendería mejor si por su cuenta y riesgo le pegara dos tiros al que mató a su niña. Así, con tanta labia, me parece un buhonero exhibicionista. Como Bermejo, el ministro. Y como toda su recua.
Por cierto, y ya puestos: ¿cuándo pedimos cadena perpetua y torturas varias para los ministros de Economía que no vieron venir -sólo ellos no lo veían venir- el pinchazo de la burbuja inmobiliaria y el timo masivo de los bancos? Ya puestos a que cada palo aguante su vela y a aplicar la justicia con saña, empecemos por los que dejaron arruinarse del todo a tanto trabajador que ahora no podrá comprar para su casa una puerta blindada con la que protegerse de la terrible y descomunal inseguridad ciudadana que nos acecha desde la tele y por culpa de los jueces.
Puto país de chirigota.
Feliz navidad.

23 diciembre, 2008

No era virgen

Es para troncharse. El hombre se ha puesto como se pondría un monje que descubre que la Virgen del Pilar tuvo relaciones íntimas y plenas con la mitad del ejército napoleónico. Con perdón y tal. Pero el susto ha sido así de grande. Y, claro, ahora los de la adoración nocturna y diurna no saben qué decir.
Iñaki Gabilondo acaba de descubrir que Zapatero miente. ¡Zapatero miente, Dios santo! ¿Y por qué lo ha descubierto Iñaki? Porque le ha mentido a él, ¡a él!
Pues yo lo lamento por Iñaki, le alabo su valentía al decir lo que muchos -sin tanto sitio en los medios y tal- venimos afirmando por activa y por pasiva, pero creo que aún está a medio camino, Iñaki, de la verdad completa. Mentir, mentir..., pues depende de qué se entienda por mentir. Posiblemente tenga atenuantes o eximentes ZP, pues tengo para mí que no es consciente de sus propios embustes. Simplemente es un mentiroso compulsivo, un crápula de película de segunda, un embaucador medio pirado. Para mentiras gordas las que el electorado de este país nuestro se dice a sí mismo.
Bueno, vean aquí la caída de la burra del señor Gabilondo.
Otra que ha estado hábil es Esperanza Aguirre. Ha salido de su entrevista con El Trolas afirmando que muy bien por el Gobierno y que está de acuerdo, de acuerdísimo, con todo lo que le ha propuesto ZP para cuadrar el rompecabezas de la financiación autonómica. Y lo ha contado la tía. Ha contado lo que le dijo Zapatero, que era lo que ella deseaba oír. Pero no se lo ha creído, y por eso lo ha contado. Entre tahúres de ese nivel y esa calaña se hacen esas putadas. Zapatero le ha mentido, igual que a los demás y para ganar tiempo, y ella ha cascado la trola para tenerlo cogido por salva sea la/el parte/o. En eso ha sido mucho más lista que Rajoy, que cada vez que se ve con El Trolas sale todo discreto y confiado, reconfortado por los besitos de mentira.
Nos espera un 2009 de mucha risa. Aunque no comamos.

22 diciembre, 2008

Oficios sin oficiantes. Por Francisco Sosa Wagner

Las profesiones cambian con el ritmo de los avances sociales y con las chifladuras en las que nos embarcamos los humanos. Antiguamente había en las ciudades serenos que nos daban las buenas noches y voceaban las horas altas: tenían algo del pariente al que se deja en la calle para luego acogerlo en la madrugada fría en el calor de unas sábanas. Casi todos eran gallegos porque se ve que en Galicia había escuelas acreditadas de capacitación en el ramo serenil. Algunos salen en las zarzuelas e incluso entonan una romanza a la luz de la luna. Yo viví de jovencillo en una pensión en Valencia cuyo propietario era sereno y por las mañanas venía con el turno cumplido, se despojaba de su uniforme municipalmente recio, y se metía en la cama que había dejado un huésped que, por ser enfermero, se levantaba a las del alba para entrar en el hospital. Aquella cama daba acogida a dos seres humanos, cumplía una función social meritoria, y además hacía verdad aquel lema que campaba en el frontispicio de un hotel modesto que existió durante el franquismo en una provincia humilde sin pretensiones de nación: “el cliente pasa, la sábana permanece”.

Son de una época anterior los aguadores a los que ya no he conocido pero sí recuerdo de niño, en las navidades, a las vendedoras de pavos; estamos hablando de una época aflictiva y de escasa imaginación en la que todavía no se había descubierto el pavo en una bandeja y deshuesado con el código de barras pegado al muslo.

Ahora no hay más que informáticos y brokers que son capaces de construir una pirámide para meter en ellas nuestros ahorros, como ese de los USA que se ha alzado con los millones de los millonarios. Bien lejos de los egipcios que las usaban para que descansaran de sus afanes quienes estaban ya para pocas bromas porque sencillamente habían muerto. De la pirámide como sarcófago a la pirámide como estafa hay todo un sendero bien perceptible de degradación moral de la humanidad. Siempre es enterrar pero ¡caramba! hay matices.

Las oficinas de empleo publican de vez en cuando las listas de los oficios más demandados y aquellos que no encuentran candidatos. Entre los primeros se encuentran los de notario y registrador de la propiedad: para cada plaza se presentan copia de aspirantes con saberes tan enrevesados como tediosos. Sin embargo, resulta que hay otros, y bien divertidos, que apenas cuentan con demanda: tal es el caso de domador. Parece -si hemos de hacer caso a esas oficinas- que no los hay y esto está provocando una seria congoja entre los leones y los tigres de Bengala que, además de tener que soportar a los ecologistas pelmazos empeñados en protegerlos, resulta que tampoco disponen de un domador que les saque de la selva donde tan duro es buscarse la vida. Antes los había y cada león que progresaba adecuadamente en su condición fiera encontraba, más pronto que tarde, su domador en un circo elegante de París. Ahora no es así y los leones mayores se desesperan por no poder prometer a sus hijos un domador y eso conduce a una situación insostenible pues han de aguantarlos en la cueva, holgazaneando como si fueran esos estudiantes de ESO.

Siempre he sostenido que cada león debiera nacer con su domador ya asignado como cada tapón trae su botella. Los grupos ecologistas deberían preocuparse porque si no hay domadores no habrá leones ni tigres pues la función crea el órgano. O al revés, que ya no me acuerdo como es la cosa.

Seguimos. Aunque hay alcornoques no existen sin embargo trabajadores del alcornoque pero esto se entiende mejor porque estarían cansados de no hacer carrera de ellos. Igual que ocurre con los gusanos, hay muchísimos gusanos, el escritor Silverio Lanza acuñó a principios del siglo XX el término “vermicracia” para describir la democracia en una novela demoledora que ahora nadie lee. Pues resulta que no hay criadores de gusanos aunque bien mirado el gusano nace, no se hace, así que maldita la falta que hacen sus criadores. Si ya dejados a su suerte hay tantos ¡qué no pasaría con un cuerpo especializado dedicado a ellos!

Otras carencias profesionales han sido detectadas, así el necrólogo que debe de ser un forense pero a lo bruto. Tampoco hay fisonomistas de casinos aunque bien visto lo que un casino necesita son señoras con joyas y señores con spleen. De los sexadores de pollos -otra deficiencia detectada en esta España atolondradamente plural- prefiero no hablar porque no sé lo que son pero, si pienso en ellos, se me inflan las criadillas.

20 diciembre, 2008

Lógicas periféricas

No hay tu tía, sigo sin comprender las maneras de razonar de los políticos que nos han llevado esta temporada de las riendas y con la espuela clavada justo encima de las nalgas. La última experiencia la tuve hace un rato con un artículo de opinión de Pasqual Maragall en El País. Firma como Pasqual Maragall i Mira. Ahora que no tiene cargo se pone un apellido más. Es muy libre. Y éste será el último chiste fácil que haga yo aquí.
Pero el artículo se las trae. No por lo que dice, con lo que no me cuesta estar de acuerdo. La idea es que qué pena que todavía no haya una Europa unida en serio y que con la crisis que está aquí y en camino hace muchísima falta esa unión europea intensa, pues Estado a Estado se es más débil y menos resolutivo. Algunos párrafos bien sabrosos al respecto:
Maragall está muy de acuerdo con la explicación que de la identidad europea daba el historiador Fernand Braudel en 1983: “Braudel en 1983 explicaba la identidad europea desde la cultura europea, entendida como una y plural, como hecho compartido”. Soñaba Braudel una Europa unida y dice Maragall que ése es su mismo sueño. Y tenía razón también Braudel en que “para construir la Europa cultural y ciudadana, hacían falta varias cosas: una estructura política, un Gobierno Europeo, un Parlamento Europeo con mayores poderes y una defensa europea común”. Lamenta nuestro pensador que en estos tiempos “cada Gobierno se ha vuelto hacia su Estado” y “(f)alta un liderazgo al servicio de una idea, la idea de la Europa Común, donde los ciudadanos (,..) seamos libres e iguales, cada cual con su acento y sus manifestaciones culturales, hermanas y distintas”. ¿Se referirá, por ejemplo, a que un médico de la seguridad social o un miembro de los cuerpos y fuerzas de seguridad gane, por idéntico trabajo, un sueldo muy distinto en un país o en otro?
Concluye Maragall dando ánimo “a nuestros líderes y pensadores” para que “aceleren el ritmo de la construcción europea” y nos recuerda que hace falta “más Europa para afrontar la crisis económica”.
Pues sí, es lo que escribe Maragall, don Pasqual. Y por muy buena fe y mucha simpatía que pongamos a la lectura de su texto, nos queda la duda corrosiva: ¿eso que vale para Europa vale también para España? ¿Aquí el razonamiento funciona en escala o se nos despendoló la lógica”? ¿Hace falta más España, España más unida, para enfrentarse con la crisis o no tiene nada que ver lo uno con lo otro? ¿Habla el señor Maragall de las témporas y nosotros del culo? Es muy posible. Pero tendría que explicarse mejor.
Como cantaba el otro Don Pasquale, aunque no refiriéndose a ninguna Autonomía en concreto:
Che marea, che stordimento!
E una casa da impazzar!
Vediamo:
alla modista cento scudi. Obbligato!
Al carrozziere seicento.
Poca roba!
Novecento e cinquanta al gioielliere.
Per cavalli...

Al demonio i cavalli,
i mercanti e il matrimonio!
Per poco che la duri in questo modo,
mio caro Don Pasquale,
a rivederci presto all'ospedale.
Che cosa vorrà dir questa gran gala?
Uscir sola a quest'ora,
nel primo di di nozze?
Debbo oppormi a ogni costo
ed impedirlo.
Ma... si fa presto a dirlo.
Colei ha certi occhiacci,
certo far da sultana... Ad ogni modo
vo' provarmi. Se poi
fallisse il tentativo...Eccola; a noi.

Hoy me apetece ser belga

Lo vi en El País y creí que lo había entendido mal o que al periodista se le había ido la olla. Pero en El Confidencial lo confirmé: el presidente del gobierno belga presenta su dimisión y la de todo su equipo porque hay indicios de que presionó a los jueces para que no frenaran la venta del principal grupo bancario y asegurador del país, Fortis. Alucinante.
Aquí no sólo presiona el gobierno (o los gobiernos) a los jueces para que hagan esto y lo otro, aquí no sólo busca el gobierno (y la oposición también, para cuando sea gobierno) jueces-chacha y jueces-mayordomo y jueces que dominen el griego, el francés y el cubano, y hasta jueces de tipo Muñeca Chochona, sino que aquí nuestra escueta Vicepresidenta del Gobierno le echa la bronca en público a la otra flaca, la Presi del TC, para que haga las cosas como su seño le manda, y ni por ésas, aquí no dimite ni Zeus. Aquí se contó en todos los corrillos y corrillas que cuando pillaron a la Casas, la Presi del TC, asesorando a una señora para que llevara su caso al TC con perspectivas de éxito, lo hacía porque a esa señora se la había recomendado una amiga que era otra flaca. Y no dimite ni Zeus.
Yo quiero irme a Bélgica a ver cómo es un gobierno que dimite. A ver cómo se conjuga en flamenco el verbo dimitir. Aquí lo van a borrar del Diccionario, creo. O lo van a decir aquí en flamenco, pero del otro: lolailo.
Hoy también he visto que Zapatero ha declarado en una entrevista en la Cuatro, con Iñaqui el de toda la vida, que lo de Bolonia va a venir muy bien a las universidades españolas porque así tendrán planes de estudios similares a los de las universidades europeas. O es un ignorante que no sabe ni lo que su gobierno (des)gobierna, o es un cochino con tirantes. Tal cual. Resulta que es su Gobierno, que han sido sus ministras -tras, tras, tras- del ramo las que se han negado, las tres -tras, tras, tras-, a dar unas pautas comunes para los planes de estudios en las universidades españolas, y ahora este cretino desvergonzado dice esta mentecatez que dice. Pero, señor mío -o de sus votantes/as listos de los testículos/ovarios, mejor dicho-, cómo van a ser los planes de las facultades universitarias españolas semejantes a los de las europeas, si no se parecen nada entre sí, si no va a haber dos facultades españolas con planes comunes ni similares. Nos toma por idiotas. Y no le falta razón. Además de lo que cree el ladrón.
Lo dicho. A Bélgica y que éstos se lo hagan entre ellos hasta que les sangren las entretelas. ¿Dónde puede uno desapuntarse de ser ciudadano del Estado español?

19 diciembre, 2008

Tutelando, que es gerundio

Un amigo rescata un informe que escribí allá por el 2005 y me sugiere que lo cuelgue aquí. Lo releo y puede que no sea mala idea, pues me recuerda que estas cretineces de la universidad actual también pueden tomarse a broma.
Pondré brevemente en antecedentes al lector. Hace unos años mi universidad puso en marcha lo que pomposamente llamó Plan de Acción Turorial. El Decano de entonces, amigo del alma, me pidió que me metiera en eso para hacer un poco de bulto, y transigí. Consistía el invento en que a cada profesor dispuesto a tutelar le asignaban unos veinte estudiantes de primero para que se reuniera con ellos tres veces durante el curso, escuchara sus observaciones y quejas y los llenara de sabios consejos sobre cómo sortear con éxito los obstáculos de la carrera. Generalmente a tales encuentros no acudía ningún estudiante, o aparecían cuatro o cinco con cara de qué hemos hecho nosotros para merecer esto y quién se ha pensado que seguimos en el cole. No abrían la boca, pero si hablaban era peor. Así que yo empleaba tres minutos en decirles que ánimo y tal y se volvía cada mochuelo a su olivo con la satisfacción del deber cumplido.
Me borré de tan meritoria iniciativa hace un par de años, cuando a un director de área ocioso -perdón por la redundancia- se le ocurrió que los tutores deberíamos asistir a un curso para tutores impartido por algún pedagogo en celo. Hasta ahí podíamos llegar. Que tutele su p.m., es decir, su policía municipal.
Como después de cada reunión, real o virtual, había que redactar un informe, escribí en una de las ocasiones este que a continuación copio y se lo mandé al jefe. No me consta que hiciera gracia. Será que no la tenía. Pero ahí va:
PLAN DE ACCIÓN TUTORIAL. Curso 2004-2005.
Facultad de Derecho.

Informe de la segunda reunión. Miércoles 23 de marzo, 12 hs.


Dice un adagio zulú
no trates de dar consejo
al que no es pobre ni viejo
y está tan bien como tú.

La anterior letrilla, muy extendida entre las celestinas y comadres del Diecisiete leonés, deja bien a las claras, en su sencilla dicción, que es vano intento pastorear a quienes no gustan de sentirse rebaño, o tutelar a los que se tienen por muy responsables y dignos. Y comienzo así para hacer más llevadera la caída en la triste realidad de los aconteceres, pues es verdad, que ha de escocernos, la de que acudí a la reunión prevista, y en tiempo convocada, armado de los útiles que de un buen tutor (por lo demás, personalizado) se esperan, esto es, lista completa de pupilos, variada documentación sobre el modo cabal de conducirse en estos eventos y variopintos informes de las muchas y ricas cabezas que con la teoría de estos menesteres prácticos y prosaicos se ganan el diario sustento. Y todo para qué, pues compareció solamente un mozo, apellidado Pómez, de porte no muy galano y dicción dificultosa, para indicarme cortésmente que nadie más que él se dignaría presentarse, y que incluso a él lo tuviera por no aparecido, pues no obedecía a más propósito su visita que la de hacerme saber que ninguno se prestaba a ser objeto de mis atenciones en día tan señalado. No me fueron ofrecidas mejores razones, pues el rapaz me argumentó tal que así: “Estábamos ayer de fiesta y nos dijimos que tendríamos que venir hoy a la tutoría, pero...”. Y ahí, en los puntos suspensivos que hacen el suspense, dejó la frase estar, y se calló para siempre.
Ante tamaño desajuste entre lo esperado y lo en verdad acontecido, se nos vienen a la cabeza aquellos otros versos de un reputado arcipreste que antaño ejerciera ministerio en estas tierras ariscas:
No quieras llamar reunión
a lo que no tuvo gente,
sé preciso y sé valiente:
llámalo equivocación.

Y así, corroído por la duda y asaltado por la inquietud, cierro este informe preguntándome quién se equivoca,
Si el que construyó el cercado
el que eligió a los pastores
el que hace las labores
o el mismísimo ganado.

Y cómo no acabar, pues, con la reflexión sesuda de la estrofa quevediana:

Mejor harían los prelados,
los curas y sacristanes
en darse a nuevos afanes
que porfiar denodados
como tutores inanes
que no encuentran tutelados.
Y si fuere menester
seguir con tal encomienda
que venga otro y la atienda
con más profundo saber.
Tal vez en Educación
toquen mejor este palo,
pues, más hechos a lo malo,
tienen mayor vocación
para fingir que es legión
un ejército tan ralo.
Y pues no hay estudiante
que merezca nuestro amor
que venga el Vicerrector
y nos enseñe el talante
con que trata el gobernante
al alumno pecador.
Y si fuere menester
seguir con tal encomienda
con gusto le doy mi hacienda,
si me libra del deber,
al colega que pretenda
mejorar mi mal hacer.

En la muy noble ciudad de León, a 23 de marzo del año del Señor 2005

18 diciembre, 2008

Zapatero oral

Cada día me lo paso mejor oyendo las declaraciones, respuestas y discursos de Zapatero. Lo confieso, estoy enganchado. Bien es verdad que soy un poco propenso a los espectáculos insólitos y hasta a encontrar extrañas connotaciones líricas en los numeritos más soeces. Como ya somos bastante amigos por aquí, haré una pequeña confidencia, aun a riesgo de que alguien me tire un plato a la cabeza esta noche.
Hace algunos años ya, mi santa pareja y yo teníamos que salir de Madrid en avión por la mañana muy temprano y nos planteábamos si buscar un hotel y darnos el gran madrugón o si mejor ni nos acostábamos y dormíamos en las largas horas de vuelo. Optamos por lo segundo. Y como la noche se presentaba larga, decidimos que lo mejor era pasarla de caberetes. Los cabaretes salieron como salieron y como era de prever. Un poco tremendos. En el primero de los locales contemplamos a una pareja que realizaba sobre un escenario un espectáculo porno total. Oigan, y yo le pillé la poesía. Vale. Cambiamos de local y, diablos, tres horas después en el nuevo actuaba la misma pareja con idéntica exhibición. Prodigioso. Pero lo hermoso del caso es que, al divisarnos de nuevo en primera fila, los artistas me saludaron -nos saludaron- levantando la mano en amistoso gesto y con su mejor sonrisa. A la gente le gusta que se reconozca su arte y seguramente captaron estos sacrificados obreros del sexo que en mí había un espectador bien sensible y constante. Verdad es que luego me dormí, lo que provocó en la concurrencia circundante más de un gesto de reproche y de incomprensión.
¿Y qué tiene eso que ver con lo que iba a decir aquí? Pues que con Zapatero me pasa igual. Y que puedo llegar al clímax lírico si los escucho a la vez a él y a la de La Vega. Me entra ese gustirrinín con el que nos extasiamos ante los portentos y los magos. Tendré que explicarme, vamos allá. Es en verdad meritorio que alguien logre seducir a miles y millones de ciudadanos votantes a base de componer frases indoloras, insípicas y tan de cajón que no servirían ni para encandilar a aquellos niños que veían Barrio Sésamo en tiempos. La obviedad elevada a obra de arte, lo insustancial convertido en sustancia viscosa y densa, la retórica masturbándose a sí misma, el vacío llenándose de tal ausencia de significados que tal parece que nos halláramos ante un filósofo posmoderno que se hubiera metido algún alucinógeno o ante el tonto del pueblo vestido de domingo. Porque no es sólo lo bien que dice las simplezas, sino esa fe que le pone a su inanidad, una fe que mueve montañas de votos y que hace feliz a los tontos que creen que lo entienden y hasta comparten afirmaciones del tipo dos más dos cuatro y ahí queda ésa, Teresa. Ojo, no he dicho tontos de los cojones, ¿eh?, que no quiero yo caer en el lenguaje sexista que tanto deploro. No, tontitos nada más, degustadores de lo fútil, apasionados de la sublime evidencia, enamorados de la trivialidad, viciosos sin vicios.
Frases del tipo “vamos a hacer lo que tenemos que hacer”, “somos partidarios de la legalidad”, “nos mueve la justicia”, “queremos lo mejor para todos” o “estamos a favor de los ciudadanos” provocan en las masas erecciones masivas, arreboles ideológicos y éxtasis políticos inenarrables. El oráculo ora con el culo y la peña levita. Al soso pan de sus ocurrencias le pone el Presidente la levadura de su tontuna y el pueblo lo toma por exquisita hogaza preñada de sentido dobles, triples y cuádruples. Alquimista invertido que con la lengua convierte el oro en caca, multiplicación inversa de los peces apta para hacer pasar la más vulgar sardina por huevas de esturión con siglas.
Para romper el pueril hechizo y caer de la burra bastaría preguntarse si sería concebible siquiera que un político pudiera alguna vez decir lo contrario de la obviedad de turno, cosa tales como “nos mueve la injusticia”, “queremos lo peor para todos”, “no respetamos la ley”, y así. El rey de la comedia va feliz así, en pelota intelectual e ideológica, pero su troupe tiene orgasmos hermenéuticos al buscarle seis pies a semejante gato cojo, se entretiene convenciéndose de que cada bobadita guarda en su hondura todo un mundo de dobles sentidos y de alusiones veladas, mensajes implacables con el rival y guiños cómplices para la propia grey.
Predicador botarate, sermoneador de pega, repite el numerito hasta la náusea y saluda, afable, a los que en primera fila contemplamos su desnudez mental como si se tratara de un pase de alta costura. Luego nos dormimos y soñamos con los angelitos de colores que nos gobiernan y nos guían en un mundo para dummies en el que llegamos a una dulce ataraxia de bovinos bien cebados. Y una tenue babilla va asomando por la comisura de nuestros labios mientras sonreímos como él y en la ceja se nos pone un curioso tic. Lo jodido va a ser despertar un día.

16 diciembre, 2008

Prohibido tocar el aparato masculino

Temeroso de meter la pata en este post, he consultado un puñado de periódicos digitales y en todos se repite la noticia en términos casi idénticos. Nos cuentan que Nicole Kidmann, actriz australiana bien conocida, ha irritado terriblemente a los aborígenes de su país porque en un programa de la televisión alemana sopló un instrumento musical que en dicha cultura (?) sólo pueden tocar los varones. La razón de tan curiosa prohibición es que, según la secular sabiduría de esos grupos locales, la mujer que comete semejante barbaridad musical puede perder la fertilidad. Mira por donde, a lo mejor las sufridas féminas del mundo de acaban de dar con un método anticonceptivo que las libre de los sinsabores del condón, los trastornos de la píldora convencional, las carreras de la píldora del día después y los vaivenes del esquinado diu.
Pero no van por ahí, por lo que parece, los tiros sobre la Kidman. No, se la tacha de ignorante y ofensiva, poco menos que de insensible y burra. Basta ver el sorprendente titular de El País: “La ofensiva ignorancia de Nicole Kidman”. Con este subtítulo: “La actriz ha molestado a los aborígenes de su país al soplar un instrumento nativo en televisión”.
Si miramos la foto y nos fijamos en la forma fálica del trasto musical, podemos entretenernos, en plan antropólogo atribulado, de Marvin Harris de andar por casa, en preguntarnos por qué verán los pelmazos aborígenes con tan malos ojos esa acción, y podríamos concluir que es por lo de soplar y tal. Pero mejor dejamos las bromas y nos sentamos a esperar las solidaridad de variados grupos feministas con la señora Kidman. Verás como no.
No he encontrado en las crónicas -al menos en siete u ocho que he leído- tonos críticos con la mentecatez aborigen. Dios nos libre. Quiero decir que líbrennos los dioses de alguna tribu ancestral, no el Dios de por aquí, que anda de capa caída ante el laicismo anticrisis. Todo lo que suene a aborigen, atávico, tribal y tradicional va a misa entre la progresía. Dice usted cualquier pamplina de las que repetían sus abuelos y se le echa encima el pensamiento único al grito de mueran los reaccionarios, pero suelta un aborigen con plumas cualquiera una sandez mucho mayor y todos hincamos la rodilla transidos de emoción ante la sabiduría tradicional y los arcanos ritos. Usted se puede ciscar en el PSOE, en el PP, en el mercado, en el Estado social o en el Real Madrid o en la Iglesia Católica y no pasa nada, libertad de expresión a tope y derechos fundamentales a tutiplén. Estupendo. Pero osa llevarle la contraria a algún chamán con taparrabos, a algún jeque o ayatolá o a la asociación de patrias sin Estado y se entera de lo que vale un peine viejo.
Pues da la puñetera casualidad de que por estos pagos también tenemos aborígenes y tradiciones, pero no los protege ni el Tato, Gott sei Dank. Los aborígenes de aquí también pensaban hasta hace cuatro días que las mujeres no podían ponerse pantalones o andar en bici y que si lo hacían se convertían en unas machorras, seguramente estériles. Los aborígenes de aquí opinaban que la mujer tiene poco seso y por eso no podía gobernar los asuntos importantes, ni siquiera los de su sexo. Los aborígenes de aquí creían firmemente que la mujer debía llegar virgen al matrimonio y que después de casada había que atarla corto y hasta darle algún azote si se rebelaba. Y así tantísimas cosas que, por fortuna no se permiten ya a los aborígenes de estas tierras, pese a que todas ellas se enraizaban en tradiciones y prácticas como mínimo tan antiguas como las de los nativos de Australia. Así que tenemos que preguntarnos por qué tienen bula aquellas tradiciones y aquellas culturas mientras las nuestras se han ido felizmente al carajo.
Más de uno responderá que mitos y prohibiciones como la que doña Nicole ha violado son parte de una cultura ancestral y que es malo que mueran esas culturas, tomadas como un todo. Además, el derecho de cada cultura a perpetuarse con sus costumbres y su manera de entender el mundo es un derecho colectivo que ha de ser respetado incluso al precio de limitar grandemente los derechos individuales. Vale, pero entonces ¿por qué no nos apena que se acabe la cultura que aquí fue tradición y seña de identidad, esa cultura patriarcal, discriminatoria y represiva, con su Inquisición, sus leyendas y su explicación particular del orden del mundo o de la Creación, con sus supersticiones y con sus jerarquías? A ver si va a resultar que la de aquí no servía porque era una cultura del error y del abuso, mientras que la de los aborígenes de Australia o del Quinto Pino es la buena, prístina, benéfica y justa?
Estamos ante cuestiones que no son moco de pavo, pues tocan una de las mayores contradicciones del pensamiento actual que se dice progresista. La cultura moderna, ésa que toma forma jurídica en nuestras constituciones y en sus declaraciones de derecho, se ha ido abriendo paso como cultura de la libertad individual, de la igualdad entre las personas y de la lucha contra las discriminaciones formales y materiales. Se ha impuesto frente a tradiciones, libros sagrados y prácticas milenarias. Aunque queda mucho por hacer, ésa es la innegable baza histórica de lo que llamamos la izquierda, la baza de ir asentando y afirmando las libertad y la igualdad de las personas, incluida la igualdad de oportunidades, frente al peso de las tradiciones, de esas tradiciones y de esa cultura propia que marginaban a las mujeres, a los negros, a los trabajadores o al pueblo llano. Pero, de pronto, cierta izquierda deja de luchar por paraísos por venir y empieza a añorar paraísos perdidos, deja de confiar en Estados de ciudadanos y siente una irrefrenable nostalgia de tribus y mitos, descree de ciencias e ingenierías sociales y se echa en brazos de atavismos y magias. Mas, curiosamente, como el apego a las tradiciones de aquí mismo es signo de pensamiento reaccionario, se va a buscar tradiciones ajenas y ante a ellas se cantan loas a la identidad grupal, a la pureza del sentimiento colectivo, a la fuerza de la integración a la fuerza que, por falta de horizontes, no perciben sus miembros como integración forzada. Viva la alienación, la feliz alienación de los primitivos.
Buena parte de la izquierda se ha hecho comunitarista, que es tanto como decir que se ha vuelto esquizofrénica. Vivan los derechos humanos, viva la igualdad entre hombres y mujeres, viva el pensamiento libre. Pero cuando nos topamos con un grupo de aborígenes, quieto parao, viva ahí el derecho de su cultura a perpetuarse igual a sí misma por los siglos de los siglos y que nadie se atreva a cuestionar la opresión que allí adentro padecen las mujeres, por ejemplo. Si un machista europeo de los de toda la vida, bien anclado en su tradición y en la cultura de sus padres, abuelos y tatarabuelos, hubiera puesto el grito en el cielo porque Nicole Kidman toca lo que le da la gana, dice lo que le apetece o vive como quiere, le caerían chuzos de punta. Pero como el que se ha ofendido es un jefecillo tribal de los aborígenes australianos que manifiesta su preocupación porque esa señora ha roto un tabú y porque igual se queda estéril por semejante pecado, nos limitamos a decir que menuda ceporra la tía y qué poco considerada. Ardemos de indignación si el Vaticano insiste en que se discrimine y se castigue a los homosexuales, y bien está esa indignación, pero nos quedamos calladitos y llenos de pía consideración si los nativos australianos dicen que las mujeres no pueden tocar una corneta gorda porque eso es cosa de hombres.
No se puede estar en la procesión y repicando, no se puede ir con los de la feria para volver con los del mercado. O estamos por la liberación y la igualdad de las mujeres o estamos con las culturas que las niegan. De las aporías, por ejemplo, de un feminismo comunitarista ya hay bastantes muestras en los libros y no es cosa de ponerse aquí más pedante y pesado. Pero un feminismo comunitarista es exactamente lo mismo que un feminismo tradicionalista, una contradicción en los términos, un imposible práctico y una estupidez para occidentales ociosos e insolidarios. Exactamente igual que un machismo progresista: no cabe.
Así que, si vamos en serio y con una mínima coherencia, sólo podremos decir que muy bien por la señora Kidman, que toque el artilugio todo lo que le dé la gana, que lo sople y que en él haga sonar, si sabe, la Internacional o la Marsellesa. Y los aborígenes que se metan su estúpido instrumento por donde les quepa. Sólo faltaba.

Bolonia y los estudios de Derecho. Por Francisco Sosa Wagner

(Publicado en El Mundo, 16 de diciembre de 2008).
En las Facultades de Derecho españolas somos muchos los profesores discretos, con años de ejercicio y con un abultado currículum, que no damos crédito a lo que vemos. De nuevo estamos presenciando una reforma que se lleva por delante planes, títulos, contenidos de las asignaturas, en medio de la opacidad que proporciona un lenguaje cabalístico, preñado de una palabrería tan esotérica que llega a ser cómica: hay cientos de protocolos, evaluaciones, autoevaluaciones, habilidades, competencias, destrezas: un festival inventado por pedagogos a la violeta.
Fuera de este ruido que solo entienden los iniciados, lo que llama la atención de esta batahola es la falta de explicaciones acerca del alcance de la reforma por parte de las autoridades ministeriales. Es de notar que, pese a que buena parte de las competencias universitarias se hallan alojadas en las Comunidades autónomas, el organigrama de la Administración central sigue florido y en permanente crecimiento: contamos con ministerio, secretaría de Estado, direcciones generales, presidencias de Agencias ... no nos falta de nada, estamos bien servidos. Pues bien, practicamente nadie de quienes ocupan tan elevadas poltronas se ha tomado la molestia de comparecer en los periódicos para, pluma en mano, explicarnos a los universitarios el arcano de sus designios y hacerlo en el lenguaje apropiado que merecemos quienes somos profesionales de la Universidad y por tanto no podemos aceptar camelos de bisutería política.
Porque ha de saberse que lo que Bolonia significa no es aceptado o es ampliamente discutido en países que merecen mucho crédito. En tal sentido, se conoce poco que en el documento firmado por los partidos cristiano-demócrata y social-demócrata para la formación del actual Gobierno alemán, en ese mismo importante y solemne documento, se rechaza «Bolonia» para los estudios de Derecho en las Facultades alemanas: «la formación de los juristas -puede leerse- ha de acomodarse a las exigencias de las profesiones jurídicas. Como no se advierte una necesidad en tal sentido, los partidos firmantes rechazan la incorporación del proceso de Bolonia a la formación de nuestros juristas».
A pesar de este precedente, silencio de nuestro mando hispano. Y para hacer juego, silencio de los mandados. Porque es de ver asimismo el mutismo de claustros, de juntas de Facultad o de profesores individuales. Pocos colegas han comparecido en los medios para exponer sus puntos de vista y esto vale para la Prensa nacional y, por lo que conozco, la regional, cuando ambas se han mostrado siempre solícitas a la hora de acoger las reflexiones de quienes a ellas se aventuren. Hay excepciones notables que mucho se agradecen pero que no hacen sino realzar el escenario de sigilo que denuncio. Resulta triste decirlo, y más para quienes humildemente luchamos contra las autoridades franquistas en el último tramo de la vida de la dictadura: había más vida en las juntas de Facultad de aquella época que en las de ahora. Infinitamente mayor conciencia pública, mayor valentía y mayor audacia. ¿Cómo es posible que la democracia haya tenido este efecto narcótico?
Y, por lo que se refiere a los estudios de derecho, silencio ominoso del Ministerio de Justicia y de los colegios profesionales, de abogados, de notarios etc, así como de las asociaciones de jueces y magistrados. ¿Es que no interesa a ninguno de ellos cuál sea la formación de los juristas? Muy en especial, me dirijo al Ministerio de Justicia ¿puede sin más desentenderse de lo que se va a enseñar en las facultades de Derecho? Pero ¿cómo es posible una indiferencia tan frívola?
Son ahora los estudiantes -pocos- quienes se han levantado en algunos centros contra la reforma enarbolando unas banderas que, aunque de forma confusa, dan en la diana de sus trucos. Así, por ejemplo, cuando denuncian la entrega de la Universidad y sus títulos a las necesidades de las empresas, lo cual es en esencia cierto porque llevamos muchos años oyendo la cantinela de que la Universidad ha de ponerse al servicio de la sociedad. Lo que es a un tiempo cierto y falso. Porque si las demandas sociales han de ser atendidas, será previa su adecuada valoración y, por supuesto, sin descuidar el mundo de las «Humanidades» o de los enfoques básicos imprescindibles -de la Filosofía, de la Física o de la Matemática-, hoy relegados a un último plano por un Gobierno que, encima, blasona de «progresismo». De forma un poco provocadora pero bien expresiva Tomás y Valiente nos dejó escrito que «la Universidad es y debe seguir siendo muy tradicional, profundamente sospechosa y un poco inútil». Bolonia. Precisamente a Bolonia debemos los juristas nuestro oficio. Allí nació la escuela de los glosadores que puso a punto, por medio de un nuevo método, el Derecho Romano justinianeo para ser utilizado en el espacio del Sacro Imperio Romano Germánico. Nada se entiende de la Historia de Europa desde el siglo XII para acá sin saber lo que Bolonia y sus juristas significaron.
Pues bien, de Bolonia viene ahora de nuevo un cambio en los métodos. Se trata de que docentes y discentes trabajen más y lo hagan en seminarios, en clases prácticas, en sesiones de debate ... Todo ello debe destronar la «clase magistral», lo cual no quiere decir exiliarla porque, aunque parezca una exageración, aún quedan «maestros» en las Facultades de Derecho. Pocos pero quedan. Tales innovaciones han de ser bienvenidas y ni siquiera los viejos nos oponemos a ella, conscientes como somos de que nuestro trabajo tradicional se encuentra obsoleto desde hace muchos años, yo diría que desde Gutenberg.
Ahora bien, esta dimensión de la reforma nada tiene que ver con la entrega del diseño de las titulaciones y de los planes a las más de cincuenta Facultades españolas, es decir, a sus profesores y catedráticos y a sus descoloridos órganos de gobierno. Porque es de advertir a quienes viven fuera del «alma mater» que en ella cada centro universitario se dispone a aprobar en los próximos meses las reglas por las que se van a formar generaciones y generaciones de jóvenes licenciados en Derecho y lo hace prácticamente de manera libre (fuera de unos burocráticos controles a posteriori), guiados por una única brújula: los intereses individuales de los profesores -y de los estudiantes- que colaboran en estos desaguisados. Se suprimen asignaturas, se aumentan o se reducen horas lectivas en cambalaches de pasillos y en trueques de favores o en intercambio de venganzas. Así estamos y es bueno que lo sepan quienes me lean y viven al margen de este zoco.
Es decir, podríamos decir que, por un lado, hay Bolonia y, por otro, la variante española, que llamaremos de Chamberí, y que abarca todo aquello que se ha metido de matute por nuestras autoridades en el ambicioso plan de creación del espacio europeo. Pero de verdad ¿qué espacio europeo puede crearse cuando los planes de las Facultades de Derecho son distintos entre Valencia y Castellón, Sevilla y Córdoba, Santiago y La Coruña, León y Valladolid? ¿Qué posibilidades tendrán los estudiantes para la «movilidad»? Como bien se ha señalado en un documento de UPyD, antes que el espacio europeo habrá de crearse el espacio español, fragmentado en más de cincuenta pedazos a causa de nuestras invenciones y de la forma desorientada en que se está conduciendo el proceso.
Es hora de detener esta alocada carrera y autoridades para ello no nos faltan. Y es la hora llegada asimismo de formar una Comisión de juristas, todos de avanzada edad y sin intereses directos implicados, procedentes de las distintas profesiones jurídicas (catedráticos, abogados, magistrados, notarios ...), para que formulen un plan uniforme y mínimo destinado a la formación de los licenciados en toda España. La única desgracia que le falta a la Justicia española es que se llegara a consumar la extravagancia en curso.

15 diciembre, 2008

Cretinos forrados

Si a usted o a mí, ciudadanos del montón, nos viene un tipo hablando muy fino y nos cuenta que ese billete de lotería que nos enseña tiene un premio gordo pero que no puede ir a cobrarlo y que nos lo vende por la mitad de lo que vale, y si usted o yo, llevados por la avaricia, picamos y le soltamos los dineros al timador, nos convertimos en el hazmerreír general y en la enésima prueba de que el pueblo llano es tonto de remate.
En cambio, si usted o yo tenemos un fortunón y nos llama un señor salido del arroyo pero que ahora frecuenta los clubes más selectos y nos hace saber que tiene una sociedad de inversiones que nos asegura para el dinero que le entreguemos un interés que rebasa con mucho el que se puede obtener sin trampa en el mercado, y si resulta que le entregamos unos cientos de millones de euros y todo acaba en una estafa gigantesca, nadie osa decir o escribir que nosotros, ricachones afamados, somos tontos de baba, cantamañanas irredimibles, escoria con pasta. No, en tal caso todo el mundo insiste en que lo que sucede es que el mercado está mal regulado y en que no han funcionado como es debido los órganos de control. La ambición del pardillo es la misma en las dos ocasiones e igual de inverosímil el negocio que le propusieron como cebo, pero en un caso la culpa es del estafador y del estafado y en el otro del gobierno.
Como la riqueza de muchos es inexplicable sin imaginar apestosas intrigas y puñaladas traperas, tendemos a creer que semejantes patrimonios y cuentas corrientes se lograron a base de inteligencia, sacrificio y trabajo duro. Mentira casi siempre. Uno le vende a otro un burro enfermo haciéndolo pasar por gacela veloz, el engañado, a su vez, tima a otro más y éste a otro, y el burro decrépito se pone cada vez más caro y ya todo el mundo piensa que se trata de un pollino de oro. Hasta que el último cretino ya no tiene a quien venderlo o se muere el jumento, y entonces se llama a los políticos para que nos hagan a todos compensar las pérdidas de los más desalmados. No es que los riquísimos sean más listos que nosotros, no; lo que los diferencia es que tienen menos vergüenza.
Si a usted o a mí nos viene alguien a proponer un negocio que nos dará gran beneficio sin mover un dedo y con sólo firmar unos papeles, desconfiamos y nos ponemos a preguntar de dónde sale ese dinero tan sospechosamente fácil. En cambio, si fuéramos forrados presidentes de consejos de administración, constructores y banqueros, no nos inquietaría el posible origen sucio, negrísimo, de esos billetes que nos llueven como el maná por nuestra cara bonita. Usted y yo tenemos conciencia y principios. Ellos sólo tienen balances y jeta.
Últimamente nada cuadra. Se piensa uno que al tal Bernard Madoff, que ha estafado cincuenta mil millones de dólares, lo habrán recluido como mínimo en una celda de Guantánamo, con capucha y mono naranja. Pero no, está en su casa; procesado e investigado, pero en su casa, que debe de ser una casa del copón llena de chachas de buen ver y mayordomos con lifting y variados estiramientos.
Los bancos de aquí y de medio mundo andan llorando por falta de liquidez. Y nos enteramos de que tenían miles de millones de euros confiados a las garras financieras del Madoff en cuestión y que algunos de esos millones eran de tesorería. Curioso. Un día de éstos voy a meter mis exiguos ahorros en acciones de alguna transparente sociedad siciliana y luego voy a ir a mi Comunidad Autónoma a solicitar una pensión asistencial, al grito de señorito deme algo, que no tengo para comer.
Y a propósito de beneficencia. ¿Cómo es eso de que con el chiringuito del Madoff se hunden por completo no sé cuántísimas sociedades benéficas? Joer con la caridad.
Lo más bonito del caso es ver la cantidad de yernísimos que han mordido el anzuelo, como el tal Piedrahita y algún superyerno de Botín. Parece que el esquema es simple: usted pega el braguetazo con una rica heredera y con lo que le pone el suegro como dote por cargar con su enjoyada joyita se monta una sociedad de inversiones para que otros suegros le confíen la guita sin preguntar en qué puticlub se les multiplica. Ya se sabe que la familia es célula básica de la sociedad anónima.

14 diciembre, 2008

Alí Babá & Cia

(Publicado en El Mundo de León el jueves 4 de diciembre por éste que suscribe).
Mientras la crisis obliga al pueblo a apretarse el cinturón y hasta los banqueros piden limosna a las puertas de La Moncloa al grito de si nosotros no seguimos forrándonos aquí se hunde hasta el lucero del alba, hay unas señoronas la mar de orondas y felices que miran por encima del hombro a todo el mundo y piensan que con ellas no van los apuros, mientras mojan su galleta en nuestro café y sueltan unos regüeldos que suenan como himnos. Las llaman comunidades autónomas. Dicen que sirven para que los pueblos se autodeterminen y los ciudadanos sientan más próximo y humano el poder que los achucha.
El Mundo contaba el pasado domingo que los presupuestos de las CCAA suben como si esto fuera Jauja y que se lo gastan casi todo en mujeres y hombres. Según ese estudio, “un tercio del gasto total autonómico es de personal”. Precisamente ahora, en la época de las nuevas tecnologías, es cuando hace falta más personal. Por muchos ordenadores que haya, quién va a dar los masajes al jefe y a decirle lo guapísimo que viene esta mañana, vamos a ver. ¿Acaso eso puede hacerlo con tanto esmero una simple máquina? ¿Y los parientes? ¿Y los amigos? ¿Y los compañeros del partido de toda la vida? ¿Dónde los colocamos si han salido botarates e inútiles y sólo saben poner la boquita así y asentir con fruición?
Es un mal general, son diecisiete males más uno. En Asturias, hace unos días, el jefe de la sección de Nóminas del Principado quiso enviar un correo electrónico a una compañera a la que, al parecer, llama muñeca. Se equivocó y lo mandó a todo el personal de la Administración de la Comunidad. En él se dan pelos y señales y sueldos de los sesenta y tres trabajadores eventuales de las consejerías, todos nombrados a dedo y en cargos de confianza, como jefes de gabinete, jefes de prensa y así. El que menos, cobra veintidós mil euros anuales; el que más, cincuenta y cuatro mil. Por supuesto, entre tales empleados se cuentan hermanos y primos de consejeros y consejeras, así como personajes de un sindicato afín. Todo muy emotivo. En pie, famélica legión.
Descubierta la metedura de pata, se tuvo a los trabajadores del Principado casi un día sin correo electrónico, para tratar de tapar lo que había quedado al aire. Los servicios jurídicos advirtieron que sería ilegal divulgar esos datos. Deben de ser parte del derecho a la intimidad de los beneficiarios y de los que se los benefician. Ya se sabe, además, que la transparencia es el lema y la razón de ser de nuestras modernísimas administraciones, y más de las autonómicas, que son unas señoronas muy dignas que se lo gastan en lujos y vicios, pero sin mala conciencia y con la cabeza muy alta. Faltaría más.

13 diciembre, 2008

UPyD y el "Proceso de Bolonia"

(El pasado 12 de diciembre UPyD difundió este documento que a un servidor le da la enásima razón -ya van muchas- para saber a qué partido va a votar en las próximas elecciones -ánimo, amigo Paco- y en las siguientes).
UPYD Y EL “PROCESO DE BOLONIA”.
Unión Progreso y Democracia propone volver al “Bolonia” original y corregir intensamente la deriva caótica de la reforma universitaria en curso, abriendo un debate político serio.
UPyD es el primer partido parlamentario que propone volver al proyecto original
12 de diciembre de 2008
El llamado Proceso de Bolonia ha saltado estos días a la notoriedad por las protestas de diferentes sectores universitarios, que incluyen encierros de estudiantes en algunas universidades, contra el desarrollo de una Declaración de la Unión Europea para avanzar hacia un Espacio Europeo de Educación Superior (EEES), suscrito en 1999 en la histórica Universidad de Bolonia, que le ha transmitido su nombre.
En España, la adaptación al Proceso de Bolonia ha resultado verdaderamente caótica, paradójica y contradictoria, suscitando las protestas que proliferan estos días. Lejos de la sencillez y claridad del documento oficial, los sucesivos gobiernos españoles optaron por tomar la creación del EEES como excusa para abordar un cambio total del sistema universitario. Se podía, por ejemplo, haber optado por aprovechar la estructura existente de diplomaturas (tres años) y licenciaturas (cinco años), para adaptar, con pocas modificaciones, las diplomaturas al grado y los dos últimos cursos de licenciaturas al máster. Eso habría supuesto una reforma, pero no la completa remoción de las titulaciones, con el consiguiente desbarajuste y la incertidumbre, que desde hace ya años reinan en la Universidad. Por otra lado, declinaron su responsabilidad política transfiriendo el trabajo de desarrollar un “Bolonia español” a los órganos de coordinación universitaria, como la CRUE (Conferencia de Rectores de Universidades Españolas), y a las propias universidades. Y permitieron y alentaron que todo el proceso fuera impregnado por criterios de tipo pedagógico rechazados por muchos docentes universitarios, conminando a los propios centros universitarios a adaptar una vez más sus planes de estudios y sus titulaciones al nuevo marco legal de la nueva reforma.
Ha sido constante la falta completa de orientación sobre cómo llevar a cabo un proceso sin metas conocidas. Tener durante más de un año trabajando a comisiones de decanos y especialistas en la elaboración de catálogos de titulaciones y de libros blancos sobre los contenidos de los títulos, para luego decidir que no hay catálogo de títulos y que cada universidad haga lo que le parezca, denota una frivolidad e improvisación inadmisibles. Medidas tan delirantes como implantar el postgrado antes de que se conozca el contenido de los títulos de grado indica que la Universidad lleva años dependiendo de Ministerios sin criterio y con un llamativo grado de irresponsabilidad. Por otra parte, los centros –facultades, escuelas e institutos- se concentraron en el objetivo de que la adaptación a Bolonia no perjudicara los intereses laborales de su plantilla docente, ni mermara sus expectativas futuras de financiación y reconocimiento en un horizonte de creciente competencia y escasez de recursos.
Además, el Proceso de Bolonia irrumpió en un periodo de fuerte crisis interna de la Universidad española. Algunos de sus síntomas son el descenso continuado de estudiantes, iniciado hace casi 10 años, con el consiguiente déficit de financiación y la previsible desaparición de titulaciones e incluso de centros enteros en las numerosas universidades creadas en los años ochenta, el nivel decreciente de preparación científica con que las nuevas promociones de estudiantes acceden a ella, o el envejecimiento y estancamiento de su plantilla docente, que hace casi imposible que accedan al profesorado nuevas generaciones de investigadores con brillante curriculum.
Bolonia irrumpe, además, en un contexto político caracterizado por la desidia y el desinterés hacia la educación en general, reducida al papel subsidiario y lamentable de arma arrojadiza entre los partidos políticos parlamentarios. En la Universidad, los constantes cambios legislativos y las reformas de las reformas impuestas en los últimos años han provocado un constante desconcierto en todos los estamentos. Se ha hecho corriente no sólo un vaivén legislativo inadmisible, sino una urgencia en la implantación de las reformas que ha impedido el necesario debate público sobre unos cambios que afectan a lo más esencial de su estructura y su misión. De nuevo la opinión pública española ha recibido una información errática, contradictoria y equívoca sobre el proceso de Bolonia y las consecuencias probables para los centros universitarios, los docentes e investigadores y el futuro de los estudiantes.
Las modas ideológicas se han impuesto a los criterios académicos y científicos, además de a los valores democráticos. Así, la recomendación europea de que los títulos de grado tengan un valor específico para el mercado laboral no implica que las exigencias del mercado de trabajo hayan de ser criterio determinante del contenido de las enseñanzas universitarias. Para los directores de la política universitaria en España, de izquierdas y derechas, la vieja idea del “servicio de la Universidad a la sociedad” significa hoy casi exclusivamente “satisfacer las cambiantes necesidades de empleo de las empresas”. Pero la Universidad sirve a la sociedad ofreciendo creación y transmisión de conocimientos, programas de trabajo sólidos y contrastados, formación cultural de alto nivel, para los que ya casi no queda más espacio social que la universidad.
En consecuencia, UNION PROGRESO Y DEMOCRACIA propone adoptar las siguientes medidas urgentes para rectificar de inmediato los peores efectos del anormal desarrollo actual del Proceso de Bolonia e iniciar un verdadero debate político y académico:
1 - Revisión del proceso de Bolonia y de los términos en que se ha desarrollado hasta ahora, hurtando un debate a fondo y sembrando la confusión en la sociedad y la comunidad universitaria española. La integración en el EEES no exige modificar por completo el sistema universitario ni en lo que afecta a la estructura y contenido de los títulos ni en los métodos de enseñanza. Se ha engañado interesadamente al universitario español con la supuesta e inevitable necesidad de reorganizar enteramente la vida docente, haciéndola cada vez más semejante a las formas fracasadas de la Enseñanza Secundaria. Dada la experiencia de cambios constantes que la Universidad tiene sobre sí, semejantes pronósticos solo engendran el escepticismo y la indiferencia.
2 - Vuelta al proyecto original de Espacio Europeo de Educación Superior, depurándolo de las numerosas desviaciones y añadiduras superfluas o perjudiciales que ha sufrido en el curso de su caótica gestión en las instituciones gubernamentales y universitarias. Nos encontramos ante la paradoja insostenible de que, mientras se abandona toda posibilidad de determinar mínimos comunes de contenido científico a los planes de estudio, se establece una rígida metodología técnico-pedagógica, instituida en verdadera jerga burocrática, perceptible en todos los documentos oficiales, desde decretos hasta simples formularios. Es esa rígida concepción pedagógica de la reforma lo único verdaderamente común en todo el territorio nacional y lo que suscita el más firme rechazo por parte de los universitarios.
3 - Creación de un genuino Espacio Universitario Español, como paso previo e indispensable para incorporarnos al necesario Espacio Universitario Europeo, lo que implica:
a) revisar a fondo el concepto y práctica de la autonomía universitaria, separando la gestión económica y administrativa de la académica y científica
b) revisar la financiación y administración de las universidades
c) revisar el catálogo de titulaciones,
Todo ello con el objetivo de facilitar la movilidad de docentes y estudiantes entre las distintas universidades españolas y la homogeneización de las titulaciones impartidas. La renovación de este Espacio Universitario debe ser consecuencia de una política de Estado dirigida desde las instituciones nacionales. El temor a la presión nacionalista no puede justificar esa renuncia.
4 - En el diseño de los planes de estudio, el criterio primario no puede ser otro que el contenido objetivo de los ámbitos de conocimiento respectivos en su estado actual, de acuerdo con el nivel que se estime pedagógicamente adecuado. La inmediata empleabilidad del titulado no puede ser criterio primario. Las Agencias de Acreditación no deben imponer como criterio de calidad de una titulación la financiación externa empresarial, o el número de profesionales no universitarios en su plantilla de profesores. Nada hay que objetar a la obtención de recursos privados para la investigación, incluso para el apoyo de algún curso, pero en modo alguno la calidad de una docencia o una investigación puede establecerse a priori por el criterio de disponer de recursos privados.
5 - Eliminación de las exigencias arbitrarias en los curricula universitarios, como la inclusión obligada de materias "políticamente correctas" o de moda, como los "estudios de género" o "multiculturales". Los planes de estudio y las titulaciones universitarias sólo deben someterse a criterios de tipo científico y académico, adecuadamente contrastados.
6 - Resulta especialmente urgente impedir la exportación a la Universidad de algunos criterios pedagógicos que ya han fracasado en la enseñanza primaria y secundaria, en donde también deberían ser concienzudamente revisados, y que son en buena parte responsables de la baja calidad de la enseñanza media española. Separar por completo de las exigencias de reforma el esquema pedagógico que prima habilidades, competencias y destrezas sobre la adquisición de conocimientos objetivos. Es falso, contra lo que se da entender, que el EEES exija esa pedagogía vacía y huera, que ya ha demostrado en la enseñanza primaria su incapacidad. Por ello, es imprescindible, por un lado, delimitar el contenido exacto del crédito europeo y sus equivalencias con el crédito actual, lo que no requiere directrices pedagógicas determinadas. La adaptación al ECTS deberá ser lo más respetuosa posible con las diferentes orientaciones didácticas y con la autonomía de cada profesor o grupo de profesores para planificar la enseñanza de acuerdo con sus criterios pedagógicos, la especificidad de su materia y los alumnos a los que va dirigida. Por otro, aprovechar el cambio, que introduce el crédito europeo, de centrar el cómputo de horas en el trabajo del estudiante para:
a) remover ciertas inercias básicas que lastran la enseñanza universitaria actual, como la preponderancia en la práctica docente de la clase magistral y el aprendizaje de apuntes.
b) introducir cuantas formas docentes y de trabajo del estudiante sean necesarias para mejorar el rendimiento, pensadas a partir de la experiencia real de la docencia.
c) aumentar el nivel de exigencia a los alumnos y profesores y establecer los controles para ello.
7 - Dado que el crédito europeo exige una dedicación exclusiva al estudio, garantizar un sistema de becas y créditos suficiente que permita al estudiante emplear realmente en su trabajo las horas que el crédito exige.
8 - Aprobación de una legislación universitaria válida para, al menos, un periodo de 20 ó 25 años, librando a la universidad de las constantes peticiones de cambio de planes de estudio, catálogo de titulaciones, sistemas de contratación y acceso a la docencia, etc.

12 diciembre, 2008

Advertencia y confesión anticipada: voy a delinquir

Sí, con tiempo suficiente lo advierto, voy a delinquir y a exponerme a sufrir una pena ejemplar. Con esto último ya se imaginarán ustedes que mi ilícito no va a ser uno de tantos de los que quedan impunes por el morro o, incluso, hacen que la gente cuchichee que olé mis narices y que qué listo salí y qué pedazo de pillo más gracioso. O sea, no es que vaya a aparecer por la universidad que me paga un par de días cada dos o tres semanas -o incluso al mes: hay casos-. No es que me vaya a fumar mis clases por la jeta a base de pedirles a los alumnos que se reúnan en pequeños grupos para debatir sobre si es justa o injusta la última sanción que la FIFA -o quien diablos sea, no lo sé- impuso al Atlético de Madrid, y luego que pongan en un folio dos columnas, una con cosas que consideran justas y otras con cosas que les parezcan injustas. No, con lo primero nadie me expedientaría ni diría ni mu, sólo faltaba que en las universidad se persiguiera a los sinvergüenzas; y con lo segundo, aunque es un timo más grave y menos disculpable que el del tocomocho, me volvería un héroe boloñés a los ojos de la chusma pedagógica y zángana (perdón por la redundancia) que manda en la educación.
Mi delito va a ser de los que te obligan a hacer el petate para irte una temporada a la trena y, además, de los que te acarrean el denuesto general y hacen que tus amigos se avergüencen de ti y te eviten en las reuniones de liberados del sindicato. Un delito que no sólo hará que te consideren malo malísimo e indecente a más no poder, sino que, encima, te convertirá en alguien nada progre ni modelno ni talantoso a los ojos del rebaño de lameculos que marca la pauta de la opinión pública y campa por su respeto en ministerios, consejerías y salones de masaje tailandés.
¿Y qué será eso tan terrible? Me armo de valor y se lo digo ya: el día que se tercie, le voy a dar un cachete a Elsa, mi querida hija. Más digo aún: también en su día le di más de cuatro azotes a David, ese hijo ya mayor del que estoy tan orgulloso y que es un chaval de quitarse el sombrero. Sé que de la sanción me libra en este último caso la irretroactividad de la ley -creo-. Pero el día que Elsa, ejerciendo de niña sana que pone a prueba los límites de lo prohibido y lo permitido, insista en romper la cristalería hogareña pese a mi reiterada oposición pacífica, o que, precisamente ante lo pacífico de mi oposición reiterada, intente rematarme con un palo o un martillo, le atizaré un guantazo, si bien, eso sí, proporcionado a su edad y peso y a la gravedad de su conducta. Tal cual. Eso sí, a ver si me acuerdo de salir a calentarle las posaderas en el parque, pues tengo entendido que hacerlo en casa agrava el delito.
Pero a lo mejor no ocurre tal cosa, a pesar de mi delictiva predisposición. Pues Elsa está aprendiendo a las mil maravillas y del modo más inteligente qué se puede hacer y qué no. Por ejemplo, sabe ya que con los objetos frágiles, tales como vasos, platos o mi ordenador portátil, no se juega a la pelota. Cierto que para ello incurrí -y su mamá también, pero a ella no quiero inculparla, no vayan a tener un día las autoridades que dar en custodia nuestra hija a un matrimonio de chicos funcionarios y militantes de un partido guapo- en otro comportamiento pecaminoso que posiblemente será falta en una cercana reforma del Código Penal: le digo rotundamente que no, que eso no se hace, eso no se toca y tal.
Hace una temporadilla, en un viaje, comí con un matrimonio anfitrión y su hija de un año. A los papás, extranjeros por cierto -las chorradas se han vuelto universales con la dichosa globalización- se les ocurrió hacerme la siguiente pregunta al saber que yo también era padre reciente, pese a mis canas: ¿usted cómo hace para educar a su niña sin usar la palabra no? Creí que había entendido mal la cuestión, pues andaba pensando en otra tortura que luego contaré. Así que me la repitieron, con su consiguiente fundamentación: que a ellos les habían dicho unos expertos expertísimos que bajo ningún concepto se podía emplear con los niños ese término, el término “no”. En realidad, andaban, los pobres buscando sinónimos. Muy propio de la mentalidad judeo-cristiana que nos caracteriza y de la que tampoco se libran los reformadores de pacotilla. Les calló una importante filípica y acabé con remordimientos, pues seguramente tampoco conviene llevar la contraria a los tontainas que se creen las prédicas de estos nuevos curas y censores de pensamientos y conductas.
A todo esto, a la pobre niña la llevaban con un aparato que la inmovilizaba de medio cuerpo, una especie de silla bien atada y que la mantenía permanentemente doblada y con las piernas abiertas. Creí que era algún aparato ortopédico para curar una dolencia, pero me explicaron que no, que en su país a todos los niños se les colocaba a esa edad semejante artilugio durante seis meses al menos, artilugio que servía para prevenir los dolores de cadera el día de mañana. ¿Y a quién se le ha ocurrido tan brillante idea?, pregunté. Pues todos los pediatras lo aconsejan, eso me contestaron. Ya ven, eso sí está permitido. Cuando yo manifesté que a mí no me habían colocado de pequeño un chisme así y que, sin embargo, no me dolían las caderas ni nada, me miraron con cara de circunstancias y guardaron un despectivo silencio. Así que me callé y no hice la observación que me rondaba la cabeza, la de quién será el fabricante de esos potros de tortura infantil y qué relación comercial tendrá con los amorosos pediatras de allá. La niña me estaba llenando de ternura y pena, pero no osé hacerle una caricia, atemorizado por la posibilidad de que llamaran a un guardia para que me detuviese por pedófilo.
Y luego nos quejamos de que los hijos del personal estén saliendo agilipollados, torpones y violentos, o nos quedamos perplejos cuando algún fiscal de menores, como mi amigo Avelino, nos habla de cuántos padres acuden a quejarse de que sus hijos adolescentes les pegan con saña.
¿Se puede ser padre hoy en día sin volverse idiota? Difícil, difícil. Pero ahí estamos. Un arriesgado reto. Por cierto, y para rematar, también me gustaría ponerle la mano encima al legislador, aunque luego me apliquen la doctrina Parot para tenerme de por vida a la sombra.

11 diciembre, 2008

¿Ya no es políticamente incorrecto y reaccionario decir que este sistema educativo es una porquería?

Parece que algo empieza a moverse. Cuando los despojos, además de ser despojos, se descomponen, ni el más voluntarioso puede seguir afirmando que son agua bendita y esencia de lavanda. Alguno se empecinará en que como en un retrete no se está en ningún lado, pero será porque es un pervertido en toda regla o porque le pagan por aguantar el tufo y sonreír hacia poniente.
Pues resulta que hasta lo periódicos considerados progresistas o a la izquierda (cuestión siempre tan relativa, ¡ay!) empiezan a publicar tribunas, opiniones y columnas en las que se pone nuestra educación, de la primaria a la universitaria, como se merece y como cualquier observador no venal admitiría: de chupa de dómine.
Vean por ejemplo lo que escribía el pasado jueves, día 4 de diciembre, Ricardo Moreno Castillo en El País. Y es todo un avance, este sí que progresista y meritorio, que El País publique a este autor.
Tampoco está nada mal esta columna de Rosa Montero en el mismo periódico, aparecida el pasado martes.
Y qué me dicen de la rotundidad de Carlos Fernández Liria en Público el pasado día 1, texto que copio a continuación:
La estafa de Bolonia
Carlos Fernández Liria
El proceso de Bolonia y su "revolución pedagógica" no es más que la tapadera de lo que se decidió en la OMC en el marco del Acuerdo General del Comercio de Servicios (GATS): una reconversión de la Universidad que desvía el dinero público de la educación superior hacia la empresa privada. La receta es simple: la financiación pública de la docencia y la investigación se condiciona a la previa obtención de financiación privada.
De este modo, las empresas absorben dinero público para sus propios fines, al tiempo que se hacen con un ejército de becarios pagados con los impuestos. Al tiempo, se somete la Universidad a una evaluación permanente de su calidad, por medio de agencias (ANECA, etc) que miden su adecuación a lo que se llama "demandas sociales" (que no son obviamente más que demandas empresariales, pues es absurdo pensar que la Universidad va a conseguir financiación externa mediante colectas parroquiales).
Todo ello, se pretende, ha de servir para dar salida laboral a los egresados. Es un experimento suicida. Una vez que se ha dado por inevitable un mercado laboral basura, se pide flexibilidad a la enseñanza superior para crear una Universidad basura. Mientras tanto, las universidades privadas ya se encargarán de formar a precio de oro las elites profesionales del mundo empresarial. Lo más patético es que esta mercantilización de la educación superior se consolida justo en el momento en que el mercado ha conducido a la economía mundial a un abismo insondable.
El mercado no ha sabido gestionar ni las finanzas, pero se pretende que decidirá sabiamente los planes de estudio de Física o de Filología. No ha sabido ni administrar los bancos, pero se supone que hará justicia respecto a las prioridades humanas de la investigación farmacéutica.
La lógica es siempre la misma: poner el dinero público en manos privadas, un atraco en toda regla que a nivel global nos está costando miles de millones de euros. Y lo peor es aguantar a los pedagogos cantando las excelencias de la futura universidad basura. Aunque es verdad que no lo hacen gratis: a cambio de sus servicios propagandísticos, se les ha encomendado un Master de Formación del Profesorado que a la larga quintuplicará su plantilla laboral. Una tentación corporativista a la que no van a renunciar.

Bolonia

(Publicado en El Mundo de León hoy, 11 de diciembre).
Andan los estudiantes inquietos con la nueva organización de los estudios universitarios que nos imponen desde la UE, el tan cacareado sistema de Bolonia. En algunas grandes ciudades se organizan encierros y diversas protestas. En León estas cosas van con pausa provinciana y con recelo un poco cazurro.
Muchos medios de comunicación insisten en que ni los mismos que protestan saben bien en qué consisten esas reformas y cuáles serán sus consecuencias. No es raro, no lo sabe propiamente nadie. Ni siquiera en el Ministerio del ramo se aclaran y todo se improvisa. Pero lo verdaderamente extraño es lo poco que en la sociedad se conoce de lo que viene ocurriendo desde hace tiempo en los recintos académicos.
El sistema universitario ha sido muy hábil para blindarse frente a la crítica externa y para no rendir cuentas. Convertido en maquinaria para expender títulos, parece que nada de lo demás importa a la ciudadanía. Así han podido multiplicarse las corruptelas en la selección del profesorado, así se han repartido dineros e influencias varias, así muchos supuestos investigadores han usado la institución universitaria nada más que como palanca para medrar en políticas y negocios. De puertas adentro la consigna ha sido que los trapos sucios se lavan en casa y que para el público y los estudiantes todo el mundo es bueno y aquí no se critica nada ni a nadie. Y así nos va.
Ahora toca reformar la organización de los títulos y las enseñanzas. ¿Va a haber más bibliotecas y mejores laboratorios? No. ¿Se enseñará en grupos más pequeños? No. ¿Habrá profesores mejor seleccionados? No. Todo ha de cambiar sin que cueste un euro más. ¿Serán los títulos más fiables y símbolo de mayor competencia? Probablemente no. ¿Será más caro y trabajoso abrirse paso luego en la vida profesional? Seguramente sí. ¿Habrá más burocracia y más papeleos estériles? Sin duda sí.
En los cenáculos y cafeterías de cada campus el profesorado dice pestes de estos cambios, pero en público casi todos achantan. Por si acaso. ¿Algún claustro de profesores se ha solidarizado con los estudiantes que se manifiestan por lo mismo que los docentes deploran en voz baja? No, que se sepa. Pero muchos profesores ya empiezan a frotarse las manos porque quizá sea la ocasión para impartir menos horas de clase o para librarse del incordio de los exámenes en serio.
Las universidades se han quedado en manos de chupatintas sin vocación, pescadores de río revuelto, pícaros con ínfulas y politicastros de baja estofa y paupérrimo bagaje intelectual. Con las excepciones que sean de rigor, por supuesto.
Por eso la poca esperanza que quede dependerá de los escépticos y de los estudiantes. Que ya es decir.

10 diciembre, 2008

Enseñanzas de la crisis. Por Francisco Sosa Wagner

Ya lo tengo, ya sé cómo hacer rentables las experiencias que la crisis económica nos está proporcionando. Por todas partes leo que las empresas de este o de aquel sector se cierran o decretan paros más o menos temporales de su actividad: quien deja de producir coches, quien viviendas, quien cepillos de dientes. Y esto, que estamos viendo en nuestro país, sucede igualmente en Francia, en Alemania, en Italia ... Frente a la hiperactividad que ha sido el norte de los últimos decenios, se impondría la contención, el frenazo, el silencio temporal de las máquinas y del engranaje productivo.
¿No se advierte la importancia de las enseñanzas que el sector privado nos transmite? Ahora apliquemos este modelo a nuestras Administraciones y veremos su valor magnífico. Que detengan su marcha los boletines oficiales, que se paren los enredos de los burócratas, que se decrete un ERE para la aprobación de tanto reglamento inútil... las víctimas pedimos por caridad un respiro.
Solo en leyes se han aprobado en el último año miles: unas proceden del Estado, de las Cortes generales o del Gobierno, que lo hacen en forma a veces de textos que llaman “refundidos” y que más bien son confundidos; otras, de esos grifos incesantes en que se han convertido los parlamentos regionales, ciclón lastimero de las peores ocurrencias; o de los propios ayuntamientos que no quieren aparecer como poco laboriosos y asperjan Ordenanzas con las mismas maneras que el obispo diligente asperja agua bendita ... todo ello conduce a un caleidoscopio inasimilable, a un tormento ante el que gime cualquier persona bien constituida y ante el que se desesperan los mejores talentos.
Es verdad que siempre ha existido más o menos una catarata semejante (fuera de la originada en las Comunidades autónomas que son hallazgo reciente) pero, como no se había inventado ni la informática ni las bases de datos, nadie daba la mayor importancia a los estragos legislativos pues prácticamente se desconocían y en la paz de la ignorancia vivían los abogados, los jueces y los funcionarios. Todo ello conducía a un mundo positivo y plausible, dominado por el ritmo pausado del tiempo y las inofensivas charlas de café en el casino.
Pero este idílico escenario se ha desvanecido. Ahora la situación es angustiosa porque, con solo darle a una tecla, nos sale el chorro de disposiciones con una cadencia imperturbable e inclemente, dijérase que sin piedad: golpeándonos, aniquilándonos, y encima percutiendo en nuestras entretelas porque nos hace conscientes de lo mucho que pecamos, legislativamente hablando, es decir, lo mucho que incumplimos o la cantidad de normas que nos tomamos por el pito de un sereno.
¿Se imagina alguien un parlamento sometido a un expediente temporal de silencio? Los diputados seguirían cobrando, pero tendrían prohibido aprobar nuevas normas, menos por supuesto ordenar en los periódicos oficiales su reproducción que tanta alarma causa en las almas cándidas. ¿Se imagina alguien a todas las Administraciones calladitas por imperativo legal una temporadita, dos o tres años, un suponer? Habría cientos de oficinas -que son todas iguales entre sí- punto en boca, pues es cosa famosa que en la España plural, después de reivindicar los territorios su propia autonomía, todos ellos reproducen las mismas organizaciones y las mismas oficinas que tienen los vecinos y el Estado. Es una operación de clonación tan extensa que no tiene parangón en el mundo de la reproducción animal.
Y en la Universidad se mandaría parar la infernal aprobación de planes de estudio pues sepa el ignorante que vive fuera del “alma mater” que en ella cada centro universitario aprueba las reglas por las que se van a formar generaciones y generaciones de jóvenes, y lo hace prácticamente de manera libre, guiados por una única brújula: los intereses individuales de los profesores y de los estudiantes que colaboran en estos desaguisados. ¿Se imagina alguien poderles callar unos añitos?
Crearíamos a buen seguro un dique contra la ansiedad y contra las obsesiones compulsivas que sufre tanto infortunado, y al mismo tiempo lograríamos que la felicidad dejara de ser esa sombra que se disipa y se desvanece a la menor brisa.

09 diciembre, 2008

Cagarrutas pa los pollos

Qué pesadez. Aquí cualquier cagarruta que expela un político profesional se convierte en la obsesión de los medios y en la disculpa para que los del mismo gremio tengan algo que decir y que parezca que se preocupan mucho del interés general y las maneras democráticas y constitucionales. Fariseísmo gastado.
Ahora el turno ha sido de un tal Tardá, catalán de oficio y beneficio, que ha gritado lo de “¡muerte al Borbón!”. Y ya tenemos al país visible entretenido para una buena temporada, que si eso no se dice, que si adónde vamos a parar, que si yo en la tuya por si acaso. Pesadez.
En los mítines y discursos para la galería no se puede gritar como en el estadio de fútbol, al menos a esa conclusión llegamos. Como en el bar o en la cena familiar de Nochebuena tampoco; ni como en los programas televisivos para la víscera de la que llaman audiencia. Vale. La vida social está hecha de compartimentos estancos. En cada casilla su letrilla; o su letrina, que diríamos los asturianos.
A mí el Borbón no me da ni frío ni calor y por mí como si se lo comen los herederos de Mitrofán. No va por ahí lo mío. Lo que sí me preocupa es que se nos note tanto la falta del gen kantiano. Aquí el imperativo es categórico porque se grita mucho y se defiende a martillazos. Pero lo que nos pone a tope es la ley del embudo. A los míos que ni me los toquen, pero para mí patente de corso y leña al mono ajeno. Las naciones son conceptos discutidos y discutibles, como dijo nuestro Raspitín, pero unas más que otras. ¿Y cuáles más? Pues según convenga. España es noción que suena a facherío e imperio decadente, pero cuando se trata de comerle la oreja al votante, prietas las filas y antiespañol el que no me vote. Cuando el hombre de paz me deja pez y con el culo al aire, subo las penas hasta para el que estrangula al canario del vecino. Yo soy yo y mi circunstancia, lo que pasa es que mi circunstancia cambia un huevo; ay, quién maneja mi barca, quién.
Tardá ha soltado dinamita verbal para sus pollos y éstos pían alborozados. Los otros pían compungidos. Los pollitos dícen pío, pío, pío, cuando tienen hambre, cuando tienen frío. Pero vamos con lo del gen. Dicen los expertos en psicología evolutiva y algunos filósofos de postín que la madurez moral la alcanza el adulto que es capaz de asumir lo que se llama la perspectiva del otro generalizado. Es lo del viejo Kant, pero más enredado. De niños nos lo contaban sin tanta cita y bajo el lema de no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti mismo. La faena es que hay mucho masoca y la hermosa teoría se nos queda en cueros y cargada de látigos. Viéndoles a algunos las trazas y pensando qué sentirán al mirarse en el espejo, hasta se entiende que se crezcan con el castigo y que lo busquen. No lo digo por Tardá, pobre. Ni por sus pollastres. No necesariamente.
A lo mejor la suprema virtud moral es la congruencia. Creo que esto ya lo dijo alguien también, pero en inglés. O sea, que antes de decir si es buena o mala gente el que grita que se muera el Borbón o que se mueran los feos, hay qué preguntarse cómo reaccionarían el susodicho o sus alevines si alguien replica que, ya puestos, que se muera antes su santo patrono o su tía, que esa sí que es fea de narices. Si se mosquea, es un incongruente sectario, tendencioso y con la madurez moral de una larva intestinal. Si dice que bueno y que cada cual puede expresar libremente sus fobias y filias, es un tipo legal y nos podemos tomar un vino con él sin miedo a que nos eche crecepelo en el tinto del Penedés. Por eso lo que debemos preguntarnos antes de salir a defender al Rey como si fuera carne de nuestra carne y corona de nuestra coronilla es lo siguiente: cómo reaccionarían Tardá y los de su estirpe si en un contexto perfectamente paralelo un político gritara “Muerte al President de la Generalitat” o “A la mierda el Secretario General de ERC”. Si se lo toman con filosofía y unos escargots, no veo nada que reprocharles. Que cada palo aguante su vela y cada perro se lama su culo. Pero es de temer que no. Por eso a mí el Tardá y los que cantan sus himnos me dan mal rollo, aunque el Borbón ni me va ni me viene.

08 diciembre, 2008

Germanos

Pues ya de vuelta de Múnich, donde tocaba recordar aquellos años y aquellas juveniles andanzas. Había pasado mucho tiempo, demasiado, y muchos lugares ya no parecen los mismos, cuesta dar con locales y casas, ha desaparecido aquel café en el que, solo, me refugiaba tantas noches a soñar con quimeras y trienios y a escribir versos felizmente perdidos, líneas que tal vez duermen para siempre en el mismo nido de la historia ida en el que se resguarda aquel bar o donde moran las letras muertas de aquel viejo libro de la biblioteca universitaria que quizá fui yo el último en acariciar, quién sabe.
Múnich es más ciudad para vivir que para visitar. Tiene la calma de la cotidianeidad más grata y la clase de los que se saben seguros y bien amparados por dineros y tradiciones. Múnich no deslumbra, no atrae al primer golpe de vista, no conquista con brillos ni alharacas; Múnich simplemente seduce con el trato y con el roce, Múnich acompaña, acoge, consuela, vela por quien la vive. Y permite que cuando la rutina engendra hartazgo o inquietud, su morador se vaya unos días a Berlín, para verlo, al cabo, retornar consolado y reforzado en su bávara dependencia.
Como la memoria engaña y el presente se teje de pretéritos mitificados, quise que nos fuéramos a Salzburgo a perseguir otras imágenes de entonces. Pero Salzburgo no es una burguesa elegante y segura de sí como Múnich, Salzburgo es aristócrata enviciada, mínima urbe soberbia, hinchada de pasadas glorias y que vende su hoy en habitaciones por horas y en bombones. Salzburgo era el viernes pasado una marea humana buscándose en la ciudad ausente, una procesión sin cabeza, un desorden de prisas y adornos navideños. Hasta los adoquines hablaban italiano, y lo hablaban alto. No estoy nada seguro de haber visto a algún austriaco. Y la casa natal de Mozart ya se parece más a una instalación posmoderna que al recinto donde la música se paría sin dolor y a raudales.
Busqué y busqué en Salzburgo aquellos cafés de antaño y tampoco los encontré apenas. Se asfixiaron en un bosque de franquicias. Al lado de cada piedra que un día fue noble brillan los escaparates de Mango, Zara, Massimo Dutti o Benetton. Muy cerca de la catedral hay una pista de patinaje sobre hielo y suena, atronadora, una música inmisericorde y ajena. En lo alto de la Fortaleza, el Festum, el refugio es relativo. En su espacio interior hay montado un mercadillo navideño. En la cafetería sobre los altos muros, una malencarada camarera nos informa de que hace rato que es la hora de cerrar y ya no se sirven cafés ni nada de nada y que aire.
El tren de vuelta a Múnich es como un acta notarial, la certeza de cuán poco queda, al fin, de los amores pretéritos, de cómo nos deteriora la vida a todos y que mejor las viejas fotos desvaídas.
Volvamos a Múnich, donde el desengaño no es tanto, porque siempre nos quiso con cariño de hermana mayor, aunque sea con un morboso toque de incesto. En cada plaza del centro hay un mercado navideño, incluso en el patio interior de la Residenz. No soy precisamente un fanático de la Navidad, pero confieso humildemente que son esos jolgorios una de las razones que me mueven para escapar a Alemania en este mes. Beber Glühwein y coleccionar las tazas, comprar algún juguete de madera, comer salchichas en los puestos relimpios, permanecer un rato en pie al lado de aquella gente que acompaña pero jamás estorba, que cuando habla raramente necesita exhibirse. Ay, este espíritu germánico que uno lleva en el fondo de quién sabe que impropio gen.
Y qué misterio siempre esos alemanes. Qué mentes tan complejas las suyas, qué desbordadas inclinaciones, habitualmente tan discretas. Múnich, sin ir más lejos, está abarrotada de joyerías. Te asomas a los escaparates a fisgar y debes apoyarte en el cristal por causa del vahído, qué precios. En León también hay muchas joyerías, eso es verdad, porque al cazurro le gusta invertir en oro, valor seguro a su antiguo modo de ver. También le atraen con fruición las pieles al leonés, las pieles de animal, pero peleterías no hay tantas en aquella tierra alemana donde se ama a las bestias como ya hubieran querido muchos de nuestros congéneres. Pero lo que más me fascina es la cantidad apabullante de tiendas de lencería y los modelos que exhiben en sus vidrieras. Colores incitantes, transparencias festivas, cordones imposibles, contornos de Delikatessen, las recetas originales de la fruición erótica, los incunables del deseo primorosamente trabajado, virtuosas artesanías de la concupiscencia.
Y confesaré un defecto propio, para que conste y se me entienda: no soy nada fetichista, maldición. Cuánto me gustaría que me enervaran ligueros, me sedujeran mínimas sedas o me atribularan cueros y tacones. Pero no, nadie es perfecto; tiendo a la verdad desnuda y al principio inarticulado de las esencias, practico una muy fenomenológica reducción eidética, cual si el bueno de Husserl aplicara su ciencia a los ensalmos amatorios. Dicho lo cual, quedará un poco claro que no menciono esa abundancia de comercios del carnal adorno porque me estimulen grandemente la lascivia, sino la curiosidad. Los ves en la calle tan rectos, las observas tan circunspectas, y luego te preguntas que soliviantada intimidad de bordados y enaguas los acomete cuando se sueltan el pelo. Y no caigamos en la tentación de otras analogías, pero la tentación ahí queda.
Cuentas las crónicas que en ciertos locales alemanes para parejas de vanguardia es fácil dar con muchas damas teutonas que representan a la perfección el papel de sumisas esclavas, ante la mirada indiferente de algunos que andan en pos de fantasías distintas, pero bajo los ojos efervescentes de su pareja y amigos, que admiran ese arte del provocar con obediencia debida. Leí estos días en los periódicos de allá que cunde el desconcierto en el país porque Angela Merkel anda como callada y ausente mientras Sarkozy y Brown traman ayudas para salvar bancos y fábricas de automóviles y le reclaman a Alemania que suelte la mosca en proporción a sus atributos. Quizá Angela calla simplemente porque no saben pedírselo como a ella le gustaría, porque no se lo ordenan en condiciones o porque, obnubilados por las cifras y los empeños, no aciertan a verle su esmerada valía interior. Quién sabe.
El caso es que, de vuelta en León, uno sale a tomarse un vermutillo de domingo y se encuentra con legión de señoras enjoyadas que se recubren con pieles. Pero también se da uno con la certeza de que, debajo, las oprimen chaquetas y camisas abotonadas, bragas enterizas, sostenes con fosos y contrafuertes, fajas, refajos, faltriqueras. Mecachis. Reivindiquemos las virtudes germánicas nuevamente, y sus escaparates.