23 agosto, 2009

Represores, pacatos y tontainas

Así nos estamos volviendo, en mi opinión. Vi esta mañana en El Mundo una noticia que a la primera me pasó medio desapercibida. Pero me quedó una inquietud ahí latiendo y volví atrás para mirar con más calma. La noticia va con el siguiente titular: “Se traga la tarjeta del móvil tras grabar a niñas desnudas en la playa”. Sucedió en Gijón, mi tierra, pero eso es lo de menos. Lo de más es la historia en sí y que estas cosas puedan pasar así hoy en día. Resulta que un señor de cuarenta años estaba grabando con su móvil, en la playa -ojo, en la playa-, a dos niñas de seis y diez años que se duchaban desnudas. El ciudadano de guardia -siempre hay varios, cada día más- llamó a los guardias y cuando éstos iban hacia el hombre, éste se tragó la tarjeta del móvil para disimular, cosa que después reconoció, supongo que cuando lo achucharon bastante. Luego vino un padre a denunciar que él también había visto cómo grababa a su hija. Así acaba la noticia.
Como anécdota puede tener su gracia eso de que alguien se coma una tarjeta de móvil ante el miedo a la policía municipal y a los virtuosos ciudadanos que le pueden arrear una panadera. Pero no sé si alcanzará para ser noticia de tirada nacional. Quiero pensar -ya me dirán los amigos penalistas- que delito o falta no habrá cometido ni por el hecho de grabar ni por comerse tan sofisticado artilugio. ¿O sí?
¿Qué nos está pasando? ¿Habría ocurrido lo mismo y también sería información de interés si a las niñas las hubiera filmado vestidas de calle o con su bañadorcito? ¿Influiría que el bañador fuera enterizo, de dos piezas o sólo de una? Si el mal deriva de la desnudez de las niñas, tendremos que concluir que sufrimos un ataque colectivo de pudibundez. ¡A estas alturas! Pero si hay algo tan malo en la contemplación, al natural o en foto, de unas niñas desnudas, deberíamos comenzar por hacer el reproche más terminante a los padres que así las dejan exhibir sus cuerpecitos. ¿O es que alguien se pone nervioso al pensar que ese pobre diablo se iba a masturbar en su casa contemplando sus grabaciones? ¿Se trata de protegerlo a él contra el vicio nefando que puede dañarle la médula espinal, como si hubieran vuelto aquel general pequeñajo y su corte de sotanas?
Replicará alguien que el peligro está en que puede ese sujeto poner la película en internet y hasta comerciar con ella. Si se trata de eso, estaríamos, creo, ante una versión extrema de lo que los penalistas llaman el adelantamiento de las barreras de punición, aunque en este caso sea una punición moral y mediante amenaza de unos municipales. Eso ya debe de ser más que un delito de peligro muy abstracto, es la idiotez como pandemia. El acabóse.
Otro detalle que también tiene su miga. El periódico no sólo cuenta el caso y dice la edad del señor, sino que da su nombre, que no es de los más comunes, y las iniciales de sus apellidos. Se ve que los policías lo obligaron a identificarse y, además, entregaron sus datos a algún periodista. La sanción social ya está en marcha. Si esto fuera un Estado de Derecho como es debido, ya debería ese ciudadano estar reclamando una indemnización.

Burdeos, la bien surcada. Por Francisco Sosa Wagner

(Publicado en El Mundo el pasado viernes, 21 de agosto).
HACÍA AÑOS que no había visitado Burdeos, tan cerca y siempre tan lejos para la mayoría de los españoles que viajan por Francia. Lo he hecho cuando acababa de leer una biografía de Stendhal, la última publicada -según creo-, la de Sandrine Fillipetti, donde aparece la fugaz visita que el escritor hizo a Burdeos a finales de los años 20 del siglo XIX en un viaje por el Midi francés y que recoge en sus Memorias de un turista para dedicarle un buen piropo: «Burdeos es, sin posibilidad de contradicción, la ciudad más bella de Francia, está en pendiente hacia el Garona. Desde todas las partes se ve este hermoso río tan lleno de barcos que, durante mucho tiempo, observé que era imposible tender una cuerda de un lado a otro, sin pasar sobre una nave».
Y es interesante también este viaje porque es en Marsella donde traza Stendhal el primer plan de la que sería su novela Rojo y Negro, construida sobre la base de unas crónicas de tribunales que daban cuenta de las condenas de dos personas, una de ellas un seminarista que había asesinado a su amante, madre del niño cuya educación el clérigo tenía confiada.
Hoy Burdeos no ha dejado de ser lo que vio Stendhal, porque toda la zona antigua está conservada, pero es además una gran ciudad a la que se han metido en sus entretelas los ingredientes del moderno urbanismo. El tranvía -¡atención los alcaldes españoles!- ha cambiado la faz de sus calles además de facilitar la vida a los bordeleses. Circula en parte sin catenaria, alimentado desde el suelo.
Hay grandes espacios peatonales: el formado en torno al Grand Théâtre, en la plaza de la Comedia, es singularmente atractivo con la flecha que sale de él, la Avenida de la Intendencia, donde se suceden los grandes comercios y donde murió un tal Francisco de Goya, huido en aquella tierra de la España triste y huraña. Esta zona de la ciudad me recuerda al gran espacio que se abre en Múnich en torno al Staatstheater en la Gärtnerplatz, pero para mí es mucho más esplendoroso el conjunto de Burdeos, acaso porque en Múnich aún no se ha suprimido el tráfico rodado.
Muy cerca está la plaza de los grandes hombres donde hay un centro comercial y de la que salen unas calles que honran la memoria de Voltaire, Buffon… Y a dos pasos una de las grandes librerías francesas, Mollat, que responde a la curiosidad del lector más intransigente y aun del atrabiliario -menor calidad tiene su sección de música-.
En Burdeos es imposible no recordar dos nombres: Montaigne y Montesquieu. El primero fue alcalde de la ciudad, un episodio que él recuerda en sus Ensayos y también en el Diario de su viaje por Suiza y Alemania hacia Roma. Hoy, Montaigne es muy conocido en España porque se han hecho ediciones cuidadísimas de su obra mayor que quiero creer- han sido leídas por quienes las han comprado. A mí me gustan sus constantes referencias a los autores clásicos y, sobre todo, la forma en que va detallando sus pensamientos, siempre llana y como descomprometida, mezcla de ironía y piadoso desdén, tanto acerca de asuntos de envergadura -la guerra, la religión, la república, la poesía- como de menudencias de la comida o la bebida, e incluso intimidades que le llevan hasta a describir, con imprevista morosidad, la forma que tiene de asearse los dientes -¡elemental aseo el de la época!- y la hora en la que prefiere excrementar -a las siete de la mañana-.
Los Ensayos son pues artículo de degustación lenta; ahora bien, el Diario tiene para mí el soplo constructivo de quien sabe pasar el pincel de la inteligencia por paisajes y caminos, por las gentes que encuentra al paso o busca, por sus decires y sus pasiones. Sus observaciones sobre el gran incendio de la época, las guerras de religión, son las propias de quien ve, con ojos ya cercados por las ojeras, la trampa de tanto aspaviento sangriento.
MONTESQUIEU es menos leído. En Burdeos hay una calle noble, en pleno centro, dedicada a su Esprit des lois. Ésta es una obra -según mi criterio- más pesada y a veces resulta un poco arbitraria. Cuenta, empero, con capítulos magníficos como los que explican la famosa división de poderes en Inglaterra que serían utilizados para revolucionar la organización del mundo moderno. Nada menos. En España tienen una actualidad imperecedera, acostumbrados como estamos a que los Gobiernos de turno marchen desembarazados sobre las atribuciones del poder legislativo y no digamos del poder judicial, la independencia de cuyas cúpulas simplemente ignoran con aplicado cuidado.
Burdeos es además el lugar en cuya Facultad de Derecho se gestó a principios del siglo XX la doctrina del servicio público con un nombre señero, el de Leon Duguit (al que seguirían otros). Se trata de la aportación francesa a un asunto que es capital en la construcción del Estado y que ha ayudado a vertebrar una sociedad más justa e igualitaria. Ver hoy el edificio añoso de esa Facultad -ignoro si tiene algún destino previsto-, cabe la catedral y el Ayuntamiento, produce al jurista algo de escalofrío.
Los alimentos en la mesa traen susurros del mar cercano y de una tierra preñada. De los vinos me quedo con los blancos de Sauternes, en cuyos espejos, si quien bebe sabe mimarlos, se acaban viendo las muecas del mundo y los reflejos equívocos con los que juega el futuro.

22 agosto, 2009

La vida te da sorpresas (cuentecillo, ojo)

Mi mujer estaba besándose con otra señora en el borde mismo de la piscina, apenas a cincuenta metros de donde yo me hallaba cómodamente aposentado en un sillón de jardín. Tenía un libro en las manos y acababa de dar cuenta de un párrafo particularmente denso en el que un matemático asesinaba a otro por una disputa sobre la paternidad de una ecuación. Quiero decir que era yo el que andaba leyendo tales cosas y al descansar un momento mi mente y otear el horizonte di con el sorprendente espectáculo. Las otras personas que andaban por las inmediaciones parecía que no reparaban en el hecho, para mí tan desconcertante.
Lo primero que pensé, descartado tras unos segundos que se tratara de un sueño, fue que quizá yo no debía estar allí en ese momento. Pero me encontraba en nuestra casa, la piscina era la comunitaria de la urbanización y estábamos pasando las vacaciones precisamente en nuestra morada, para evitar sobresaltos veraniegos y aglomeraciones turísticas. Luego analicé si podría ser una broma orquestada por algún amigo alegre, mas la contraparte de mi mujer no me sonaba de nada y no era concebible que se hubieran tomado el trabajo de contratar a una profesional nada más que para darme un susto.
Que mi esposa hubiera decidido por su cuenta y riesgo ponerle picante a nuestras rutinas matrimoniales o estimular así nuestra pasión en decadencia tampoco parecía muy creíble, dado que más de una vez yo mismo había querido alentarla confesándole mis fantasías sobre tríos favorables y mujeres dignas de atención para ambos y sólo había conseguido un mohín de desprecio y algunas amenazas si seguía por ese camino.
Mientras, urgido por el sobresalto, analizaba todas esas hipótesis y las dejaba de lado, la situación allá en frente no cambiaba apenas. Sólo oscilaban las cabezas y se movían acompasadamente los brazos de la una por la espalda de la otra, con ocasionales incursiones osadas y descensos vertiginosos. En realidad, lo primero que me vino a la mente fue que pudiera tratarse de un hombre con apariencia de mujer, pero la visión del perfil de aquel cuerpo no engañaba y semejantes curvas y maneras no podían ser de un varón.
Acto seguido pasé a meditar sobre cuál debería ser mi actitud una vez que mi mujer regresara a nuestra terraza, supuesto que no se convirtiera aquel interminable abrazo en una escultura que para siempre recordara a los del lugar lo profundo y grato de los amores súbitos. ¿Debería mostrarme indignado? Intenté ponderar en términos de mi personal utilidad y me pregunté si cabía alguna ganancia a partir del nuevo estado de cosas, pero no obtuve particular claridad a ese respecto. ¿Sería mejor fingir que no había levantado los ojos de mi libro y que de nada me había enterado? Difícil mantener tanta compostura con aquella comezón. ¿Convendría que comenzara una seria conversación sobre la situación real de nuestro matrimonio y las posibles insatisfacciones que ella podía sentir y, ya puestos, las mías? Quizá no era para tanto y acababa haciéndose peor el remedio que la enfermedad. Mismamente, ¿cómo debería recibirla dentro de un rato?, ¿haciendo como que continuaba con la lectura?, ¿sonriéndole y comentando que ya había visto qué bien se lo pasaba?, ¿soltando algún chiste procaz?, ¿indignándome y aludiendo a la desvergüenza de que se hubiera mostrado de esa guisa ante los vecinos, niños incluidos? Pero, ¿realmente estaba yo indignado? Creo que no. ¿Contento? Tampoco. Sólo sorprendido, muy sorprendido.
En estas sonó el timbre. Maldición, no estaba dispuesto a moverme de allí, al menos mientras las efusiones continuasen al otro lado. Volvió a sonar, dos veces más. Temí que hasta la piscina misma llegase su eco, como el que teme que se rompa un extraño hechizo o que una nube frustre el espectáculo único de un cometa que sólo se contempla cada doscientos años. Así que me levanté y despedí con cajas destempladas al sujeto que quería convencerme de que cambiara el contrato casero de electricidad, ahora que la Unión Europea había impuesto la libre competencia entre las eléctricas y no sé qué más.
Cuando, apresurado y tropezando con mesillas y tumbonas, regresé a mi puesto de observación, se me heló la sangre en las venas. La otra mujer ya había atravesado la cancela de nuestro jardín y se aproximaba hacia mí con gesto decidido. Confirmé que me era perfectamente desconocida. No sonreía ni parecía particularmente afable. Se había cubierto con un pareo de flores. Busqué con la mirada a mi pareja, pero ya no se la veía por ningún lado. Fue cuando definitivamente me ofusqué y sólo tuve tiempo para pensar tierra, trágame. Y hasta hoy.

21 agosto, 2009

Argumentación racional y ley del embudo

Muy buena la tribuna que Juan Luis Cebrián publica hoy en su periódico, El País. Versa sobre el reciente Decreto-Ley por el que el Gobierno aprueba la implantación del sistema de pago en la televisión digital terrestre, TDT para los amigos. Muy bien dicho lo de que no es decente el modo en que los gobiernos de todo pelaje abusan del Decreto-Ley para dar a un aire de esquiva nocturnidad a decisiones que necesitan luz, debate y que el legislador propiamente dicho opine algo más que el consabido sí, bwana. Y es probable, supongo, que tenga razón Cebrián cuando con todas las letras proclama que la intención del Gobierno, es decir, de su Presidente, es echar una mano al grupo empresarial de sus amiguetes, aunque sabido es que la amistad es virtud loada por filósofos y poetas, además de estafadores y especialistas en dar el palo a los incautos. Y conste que esto último no va por nadie en particular. Me refiero a lo de incautos.
Parece justo y ponderado, ciertamente, lo que afirma Cebrián sobre la separación de poderes y sobre la democracia, pero a mí me suena a lo de “por qué te fuiste, mamá, con ese señor mayor, por qué te fuiste, viejita, qué tenga él que no yo”, que cantaban Les Luthiers. Y esa resonancia nos lleva a un tema de mayor calado, el de cuán bien se usan hoy en día los argumentos de principios para defender los intereses particulares. O de cómo en nuestro tiempo a Kant lo estamos convirtiendo en un quincallero a base de emplear argumentos muy generales nada más que cuando convienen a intereses bien parciales.
Hay una prueba muy simple para averiguar si un sujeto que menea grandes palabras y sublimes valores lo hace por convencimiento o para arrimar el ascua a su sardina. Consiste en preguntarse si hablaría de la misma forma en caso de que las tornas fueran a la inversa. Ése que al descubrir que su pareja le ha puesto los cuernos con alevosía y recochineo apela a la sacrosanta fidelidad conyugal y a la lealtad debida en el amor, pero cuando es él el pillado en renuncio invoca la autodeterminación sexual y el libre desarrollo de la personalidad por la parte de abajo no es un idealista ni un filósofo moral ni un padre o primo de la Constitución ni un mártir de la ética, es un jeta. No es lo mismo el abogado de parte que las partes del abogado.
En el caso de autos no sé cuánto de firmes y universalizables serán para el propio Cebrián sus argumentos. Pero nos puede quedar la duda, más que razonable, de si habría escrito lo mismo y en idénticos términos en caso de que hubiera sido el grupo PRISA el favorecido con el Decreto-Ley del Gobierno y a él le hubiera caído el chollo por el que se peleaba con la competencia.
La empresa de argumentar y dar buenas razones que para todos puedan valer se compadece mal con el argumentar de las empresas en lo que para ellas valga en euros. Y da la impresión de que en este país la argumentación moral y filosófico-política se ha convertido en una actividad de empresa, bien lucrativa, parcial por definición y engañosa a más no poder. Mientras, los intelectuales y académicos callan mayormente y esperan con paciencia la llegada de una oferta o la petición de un dictamen. En cuanto oscurece, se les ve en las esquinas vistiendo sus más tentadoras galas. Los furtivos pescan de noche y con malas artes.

20 agosto, 2009

Bohemios para el verano. Por Francisco Sosa Wagner

Observaba hace poco en el Parlamento europeo a Daniel Cohn-Bendit, allá sentado en su escaño, y aproveché para meditar acerca de cómo quienes llevaron la voz cantante en mayo del 68 se encuentran establecidos en la sociedad y han sabido sacar buenos réditos a su actitud levantisca de entonces. Adelanto que estoy muy lejos de criticar a un personaje lúcido y moderado en sus análisis. Mis reflexiones iban más bien por el lado de buscar parientes en el pasado a quienes en aquella coyuntura del siglo XX se apartaron de la ortodoxia y buscaron en la lucha callejera la peana de su iconoclastia.
Y cavilando di con los revolucionarios barbados que escribían obras sesudas o panfletos o ponían bombas y cometían atroces magnicidios. Pero también con aquellos personajes más bien inofensivos, aunque normalmente poco aseados, que fueron los bohemios y que en Francia, alrededor de 1830, se movían en torno a Téophile Gautier y Gérard de Nerval (el suicida). Andando el tiempo, hacia finales de siglo, sus herederos arrastrarían las cadenas de su desánimo vital y su alma de gomina por el Barrio Latino en París y, en Alemania, por el Schwabing de Munich donde ayudaban a parir los espectáculos del cabaret, con su punto picante y erótico pero también con su pellizco de buena literatura crítica y bienhumorada.
En España ese mundo ha sido muy bien descrito en algunas obras recientes de Andrés Trapiello y Juan Manuel de Prada, donde salen los grandes y los pequeños bohemios: Alejandro Sawa, por ejemplo, o Pedro Luis de Gálvez, o la madama que reunía a muchos de ellos, Carmen de Burgos, que fue amante de Ramón Gómez de la Serna hasta que éste se encaprichó de su hija. Y está la gran obra de Cansinos Assens, el judío que nos ha legado el más rico prontuario, inagotable de nombres, anécdotas y excentricidades magníficas, llenas como están sus páginas de fantasmas de la literatura, de poetas más consagrados que las sagradas formas, y de todas las modistas efervescentes que los encandilaban. Había otros bohemios españoles disfrazados de funcionarios como era el caso de Emilio Carrere que hacia cuentas tramposas en el tribunal de las mismas. Pero hay que decir que todos ellos soñaban con tocarle los muslos a la bailarina Tórtola Valencia, que los tenía compactos y casi locuaces, pero a quien gustaban las chicas jovencitas, pálidas, ojerosas, que o bien venían de un burdel o iban hacia él. Todas con la vanguardia del siglo en el escote.
Y porque a poco leo que la Iglesia católica ha decidido pedir perdón por haber tenido a Oscar Wilde entre los prohibidos, recalé con mi imaginación en el dandy, una variante de los heterodoxos mas fina, menos chabacana. Y saltó a mi memoria Barbey d´Aurevilly que no era dandy sino un conservador de la estética y un esteta de la conservación, pero que dedicó un libro al dandismo. Nadie ha sabido nunca definir al dandy pero todos tenemos la imagen de un tipo fino, encantador, que hacía del bien vestir, de la flor en el ojal y del buen aroma una seña de distinción frente a unos burgueses más bien guarros y llenos de lamparones, con barbas desaseadas y pobladas de residuos cuando no de arácnidos y otras especies de la biodiversidad. George Brummel fue un arquetipo y, como tal, dilapidó de una forma exquisita su fortuna y murió en un asilo entre pobres que lloraron lágrimas de perfume. Como debe ser. Y Oscar Wilde, de quien ahora se acuerda la Iglesia, resulta que después de todas sus ingeniosidades –sublimes para mi gusto- acabó en París convertido y sacramentado como manda el derecho canónico. La cárcel de Reading le sirvió para expiar sus culpas que fue a fin de cuentas para lo que aquella sociedad le enterró allí.
Hay que ver –pienso ahora que rememoro esta circunstancia parlamentaria- lo que me da por cavilar a la vista de Cohn-Bendit que hoy es más bien un funcionario que no se permite más heterodoxia que la de esquivar el uso del jabón y el agua caliente.

19 agosto, 2009

Propiedad intelectual

Cada día están los ánimos más caldeados con el tema de la propiedad intelectual y con la tajada que de todas partes, y hasta de Fuenteovejuna, quiere llevarse la SGAE. Yo, por si acaso, ya sólo en la intimidad tarareo la de Pajaritos y la de Fuisti al Carmín de la Pola, llevabes medies azules..., por si acaso se me presenta un inspector con la factura. Y las canciones a Elsa se las compongo yo mismo, para no estar en deuda con nadie más. La última es una muy bonita sobre una nación a la que los malos no dejaban autodeterminarse y entonces el Hombre del Saco fundó un partido independentista y se forró y tal. Quedó mona y muy apropiada para la edad. En cuanto me la oigan los del foulard, seguro que se convierte en himno de algún pueblo sin Estado y me llevo una pasta yo también.
Lo que son las cosas, se me vino a la cabeza el asunto de la propiedad intelectual al leer en la versión digital de todos los periódicos serios que miss universo, una tal Dayana Mendoza, se desnuda. Que se desnuda para que le hagan fotos para una revista, quiero decir, no para ir a la ducha en su casa o para rascarse la espalda a gusto. Y, claro, me puse a buscar por la red las imágenes en cuestión, pues ya se sabe que los calores estivales se prestan a los pasatiempos más disolutos. Ahí casi me pierdo, pues, para colmo, me puse a leer lo que la discreta mujer declara sobre su vida y sus gustos. Dice, mismamente, que para que un hombre conquiste su corazón (ya empezamos a marear la perdiz) “no tiene que ser un jugador de fútbol ni tampoco un actor, él solamente tiene que ser un hombre especial que sea muy genuino”. Así que llevo varias horas analizándome para ver qué tal ando de genuino.
Pero a lo que íbamos, a lo de la propiedad intelectual. Se considera que da lugar a tal cualquier obra artística o creativa de un sujeto, sean unas páginas con ripios, un programa informático para exterminar a los del equipo rival o unos brochazos que le asesta a un lienzo un tipo que vive en un loft en Nueva York y que se lo hace con la hucha del cerdito. Posiblemente también un plato de nueva cocina, siempre que lleve un nombre largo y esté rematado con una ramita de perejil ecológico. Pero yo, siempre por deformación profesional preocupado por los derechos del prójimo, me pregunto: ¿y qué pasa con las obras de arte de los cirujanos plásticos?
No lo digo por la señora Dayana, pues la revistilla que acabo de ver aclara que en las fotos de Maxim “deja ver los atributos que le dio la naturaleza”. Si se los dio la naturaleza, no hay caso, salvo que algún creyente atribulado quiera echar unos billetes en el cepillo de la parroquia para agradecerle a Dios tanto prodigio natural. Pero dicen las malas lenguas y todas nuestras esposas y novias que esas tías de las revistas están operadas de cabo a rabo. Así las desprestigian, creo. Aunque seguro que alguno se pone de inmediato a pensar en el cirujano mágico, no para pedirle la dirección y reservar hora para la parienta, ¡no!, sino porque podemos tener la impresión de que sus derechos quedan muy desprotegidos. Pues, en efecto, su obra va a ser disfrutada por las masas iletradas sin pagar un duro, o pagándoselo a la chica o al manager (qué bonito eufemismo), pero no al artista. ¿No deberían al menos dejar su firma discretamente colocada en uno de los senos, en las posaderas o en cualquier lugar en que haya acontecido la meritoria reparación? No digo de manera muy visible, pero yo qué sé, de modo que se vea levantando un poco o aproximando el ojo lo suficiente. Si hasta los canteros de las catedrales ponían su sello en alguna piedra cuando todavía no había nacido Tedy Bautista, a ver por qué no van a poder hacer lo mismo estos cinceladores de catedrales de carne. ¿Y el canon? ¿Por qué no se aplica un canon a cada pedazo de silicona que se compre donde se compren las siliconas esas, a fin de que se remunere en justicia a los doctores que trabajan para solaz del pueblo no machista y no gobernado por prejuicios de género?
Qué gran tema para una tesis doctoral de algún civilista lúbrico y qué bien se prestaría para su defensa con profusión de power-point y todo tipo de efectos audiovisuales. Hasta puntuaría más a la hora de acreditarse.

El Derecho es un misterio. 4. El Derecho y los números primos

Estoy leyendo un libro fascinante (gracias, amigo Luis, por la recomendación), fascinante incluso para uno de letras, como éste que suscribe. Se trata de La música de los números primos (Barcelona, Acantilado, 2007), de Marcus de Sautoy, profesor de Matemáticas en Oxford. Y, como cada uno puede ser obseso de lo suyo, el problema de los números primos me parece que puede servir para explicar, por analogía, el problema de la norma de normas en el Derecho.
Números primos son aquellos que no son el producto de otros números (no se obtienen de la multiplicación de otros números) y que, también, al ser multiplicados entre sí dan como producto todos los demás números. El gran reto de los matemáticos es resolver la llamada hipótesis de Riemann, esto es, dar con la fórmula que permita establecer todos los números primos posibles y, sobre todo, hallar la clave o el fundamento de la secuencia, aparentemente aleatoria, con que los números primos aparecen en la lista de todos los números. Números primos son 2, 3, 5, 7, 11, 13, 17, 19, 23, 29, 31, 37, 41, 43, 47, 53... ¿Hay alguna regularidad en esa sucesión? Dar con aquella fórmula ansiada sería como encontrar el punto arquimédico en la teoría de los números, descubrir el fondo último de la armonía interna del sistema de los números. Hasta hoy no ha sido posible.
En la teoría del Derecho existe, salvando todas las distancias -enormes- que haya que salvar, una cuestión paralela y también apasionante: encontrar la norma que fundamente todas las normas jurídicas. Expliquemos de qué se trata. Si nos preguntamos por qué es Derecho, por qué forma parte de sistema jurídico, por qué “vale” como Derecho un determinado precepto de una Ordenanza Municipal del Ayuntamiento de Viana do Bolo, concluiremos que porque tal Ordenanza ha sido creada por el órgano, con el procedimiento y dentro de los límites de contenido posible marcados por una -o unas- norma superior, una ley por ejemplo. El reglamento vale porque es legal, es Derecho y obliga como tal a condición de que sea legal, conforme con la ley, siendo la ley norma superior, norma que está más alta en la escala normativa. Así que traslademos la pregunta un paso más arriba y planteémonos por qué “vale”, es Derecho, esa ley. Y se dirá que porque ha sido creada por el órgano, con el procedimiento y dentro de los contenidos que dispone la Constitución, la norma más alta dentro del sistema. Toda norma jurídica, por tanto, es en cierto sentido “producto” de normas superiores, y en última instancia todas son “producto” de la Constitución. Así que subimos un peldaño más y ahora nos preguntamos por qué son Derecho, por qué “valen” como Derecho y como tal obligan las normas de la Constitución. La Constitución como norma o las normas de la Constitución no son “el producto” de otras normas, pues no se obtienen de ninguna otra (al menos de ninguna otra del mismo sistema de normas positivas o materialmente dadas), son porque son.
Ahí es donde los teóricos del Derecho se devanan los sesos paralelamente -mutatis mutandis- a como se los devanan los matemáticos. A éstos les cuesta asumir que los números primos son los que son y porque sí y, aunque podemos saber (hasta donde alcanzan las posibilidades del cálculo) cuáles son, ya que conocemos sus propiedades (no ser producto de otros números y que todos los demás números son producto de ellos), no hemos dado con la explicación última de por qué son tales, por qué tienen esas propiedades dentro del sistema numérico y, por lo mismo, nos queda sin conocer la el secreto último, el eje de dicho sistema. A los teóricos del Derecho se les hace cuesta arriba pensar que una Constitución, norma que no se deriva de otras normas del sistema jurídico, lo sea porque sí, sea Derecho porque sí, por razones ajenas a la lógica interna del propio sistema jurídico, por cosas tales y tan prosaicas como, por ejemplo, que los ciudadanos se lo crean o que quienes detentan el poder coactivo, fáctico, la impongan por las buenas o por las malas como suprema norma del Derecho y base de la creación de las demás normas jurídicas de ese sistema.
Echándole más atrevimiento aún a la comparación, podríamos equiparar la hipótesis de Riemann con la hipótesis iusnaturalista. Los iusnaturalistas son quienes afirman que lo que da su “validez”, su juridicidad, su condición de Derecho a una Constitución o a las normas máximas de un sistema jurídico -se llamen como se llamen- y, por extensión, a todo el sistema son unas normas distintas, las normas de Derecho natural. Un sistema jurídico es Derecho por ser conforme al Derecho natural, por realizarlo y no contradecirlo. Pero iusnaturalismos hay de dos tipos. Unos mantienen que esas pautas jurídicas, pero suprapositivas y determinantes del valor como Derecho de las normas que como tal quieran “poner” los hombres, de las normas jurídicas positivas, fueron creadas por Dios junto con el resto del mundo. Son parte de la parte inmaterial del mundo. También habrá matemáticos que, puestos a pensar que el mundo es así porque así lo hizo Dios, creen que los números primos son los que son por obra divina y que sabe Dios cuál es su clave. El caso es que ahí están, y preguntarse por su fundamento último acaba siendo más cuestión teológica que propiamente matemática. También ese iusnaturalismo teológico nacía de la teología, bebía de ella y a ella volvía cuando las preguntas se hacían demasiado humanas.
Mas existe otro iusnaturalismo, el llamado iusnaturalismo racionalista. Estos iusnaturalistas tratan de buscar aquellas normas jurídicas absolutas, prepositivas y fundamento del sistema jurídico, pero advirtiendo -la hipótesis etiam si daremus, de Grocio- que tales normas valdrían, existirían y regirían aun en la hipótesis de que Dios no existiera. Son parte del esqueleto del mundo tal como el mundo es, haya sido creado por Dios o por algún azar, y, como tal parte de lo que hay aquí -no en el Más Allá- pueden ser descubiertas por la razón humana. Así que llevamos siglos de esfuerzos de juristas y iusfilósofos para encontrar esa piedra filosofal que convierte en oro jurídico el material que maneja el legislador, o que explica que no se convierta en oro, sino en deshecho que no ha de atenderse, la obra del legislador cuando no está trabajada con dichos materiales nobles.
El problema y la diferencia con las Matemáticas está en la demostración. Cuando un matemático pretende tener la fórmula explicativa de la verdad de la hipótesis de Riemann o de cualquier otra, sus colegas, la comunidad científica de los matemáticos, le dice: a ver, demuéstralo. En matemáticas, como en la ciencia empírica en general, no hay verdad sin demostración; pero en la matemática la exigencia de la demostración es aún más contundente y determinante: o cierra perfectamente la demostración, en cuyo caso tenemos un teorema, o no, y entonces se tiene por error e intento vano. Y cómo sean las demostraciones y en qué consista la diferencia entre demostrar matemáticamente y no es algo que se encuentra perfectamente establecido en esa ciencia. En cambio, en el Derecho cuando un investigador o un patán cualquiera con cuatro nociones jurídicas pretende estar en posesión de la demostración de que existe el Derecho natural y de que es tal o cual su contenido y cuando sus colegas le dicen lo de venga, demuestre que eso realmente es y es así, la respuesta más habitual viene a ser, en el fondo, del siguiente tenor: si ustedes, colegas, no lo ven como yo lo veo, es porque están ustedes como auténticos burros, son unos ciegos, unos insensibles y unas puras marionetas de la tiranía de cualquier legislador sin escrúpulos.
Y de esta manera sucede lo que sucede, que hay un montón de iusnaturalismos distintos y opuestos, pero cuyos cultivadores se tienen por detentadores de la más excelsa verdad jurídica. En el iusnaturalismo, a diferencia de las matemáticas, se piensa que la verdad se demuestra sola y que el que no la ve no la ve, sin más vueltas que darle y qué le vamos a hacer si la gente del montón es así. Eso cuando no se da un paso atrás en el tiempo y se parte de que el Derecho natural es lo que Dios así impone, y punto pelota. No hay más que hablar, o se tiene la fe que ilumina el Derecho o toca moverse a oscuras por códigos procelosos y traicioneros.
Pero en la doctrina jurídica están también los positivistas. Éstos son los que se conforman con una afirmación muy simple: mientras no se demuestre como es debido que existe el Derecho natural o cualquier otra forma de superderecho o de Derecho suprapositivo que sea el fundamento y la razón de ser del Derecho positivo, no nos creemos nada de eso y nos quedamos con lo que hay; eso sí, procurando hacer que lo que hay sirva para que todos vivamos lo mejor y lo más felices que posible. El Derecho es un misterio, decimos, igual que dicen los matemáticos que son un misterio los números primos. Y unos y otros esperamos la demostración salvadora de que hay una razón rectora y una armonía de fondo en esto que nos parece un caos, pero que, sin embargo, funciona y nos resulta la mar de útil. Al igual que los matemáticos no dejan de hacer matemática aplicada y de usar la enorme potencia de los números primos para construir herramientas como el sistema RSA (de Rivest, Shamir y Adlemann, sus creadores), que permite proteger en las transacciones electrónicas los números de nuestras tarjetas de crédito, los positivistas se dedican a pensar cómo hacer las leyes que nos aporten a los ciudadanos las mejores utilidades, aunque no sepamos si tales leyes se insertan bien o no en la armonía del cosmos, en el diseño de la Creación o en los esquemas mentales de algún dios que tal vez juega a los dados con el mundo.
Puede que algún día algún genio matemático, en la estela de Fermat, Gauss, Euler y tantos otros (y recientemente Andrew Wiles) halle la fórmula de los números primos. Pero mucho me temo que nadie va a dar con la del Derecho perfecto, el Derecho objetivamente justo o el derecho natural grabado en la razón o en las entrañas del ser humano. Ahora bien, cada vez que surja una nueva tiranía o cualquier despotismo de tiros largos, sus secuaces con toga académica o judicial asegurarán que en los designios jurídicos del mandamás iluminado late la cuadratura del círculo jurídico y la esencia del verdadero Derecho. Pamplinas.

17 agosto, 2009

Encuestas

(Publicado en El Mundo de León el 22 de julio)
Tal vez sería buena idea que los periódicos publicasen en la sección de humor los resultados de las encuestas, pues suelen ser la mar de chistosos. Mismamente, hace poco leí que, según una de ellas, siete de cada diez ciudadanos preferirían que España tuviera más influencia en el mundo. Sorprendente del todo. Los raros seguramente son esos tres de cada diez a los que les trae al fresco tan inteligente cuestión. Es como si a uno le plantean si le gustaría tener un romance tórrido y secreto con Scarlett Johansson o Angelina Jolie. El noventa por ciento de los varones dirían que sí y que dónde hay que firmar, y el uno por ciento restante, todos casados, se callaría por no fiarse del anonimato de los resultados.
También son muy graciosas ésas en las que se interroga al personal sobre qué institución le parece más respetable. En la última salía que los españoles tienen en la más alta estima al CNI, el Centro Nacional de Inteligencia. Es curiosísimo que aparezcan esa pregunta y ese resultado precisamente cuando el jefe de los agentes secretos acaba de dimitir, acusado de ser un poco desvergonzado y de aprovechar el cargo para que sus anacletos le limpien la piscina y lo ayuden a pescar en los mares del Sur. Pero, además, qué diablos saben la mayoría de los posibles interrogados qué es el CNI, vamos a ver; por no hablar de que, si es la agencia de los espías, lo normal es que no nos enteremos de nada.
Otras buenísimas son las que versan sobre las mayores preocupaciones de los españoles. Al día siguiente de la noticia de que el paro aumentó una barbaridad, la gente responde que es el paro lo que le quita el sueño por encima de todo. Pasan dos meses, informa el ministro de turno que hay diez mil parados menos este mes, y lo del desempleo para a ser la preocupación tercera. Se produce un atentado de ETA y el terrorismo aterra más que nada, según los últimos sondeos. A las tres semanas de calma, queda en segundo lugar y los mayores quebraderos de cabeza se los da al pueblo otro asunto que fue noticia ayer.
A lo mejor lo que en el fondo se pretende con todos esos tejemanejes sociológicos es demostrar que somos unos veletas y que bailamos al son que nos toca la tele. Y demostrado queda, seguro.

16 agosto, 2009

El Derecho es un misterio. 3. De la libre valoración de la prueba a la libre creación de la norma

No será raro, vista la marcha de la teoría jurídica y de la jurisprudencia, que dentro de un tiempo se explique como una libre valoración personal la elección por el juez de la norma aplicable a los casos que resuelve, de la misma manera que ahora se explica el paso de la prueba tasada o legal, de antaño, al principio de libre valoración de la prueba que rige modernamente. Expliquemos esto último resumidamente para los legos.
Cuando un juez enjuicia un hecho (por ejemplo, si A mató a B) su juicio dependerá en primer lugar de que se establezca que tal hecho ocurrió o no. Es decir, los hechos sometidos a juicio deben ser probados. Es como en la vida ordinaria. Si a mí me cuentan de buenas a primeras que vieron a un amigo mío destruyendo a patadas mi coche, lo primero que pediré serán que se me dan pruebas de tal conducta, no vaya a ser pura maledicencia. Y, vistos los datos con que se refuerce aquella afirmación, concluiré, con mayor o menor seguridad, que es cierto o no. Lo mismo sucede cuando a un juez se le dice aquello de que A mató a B. Primero tendrá que apreciar indicios de verosimilitud para procesar a B, y luego, en el proceso, tendrá que ver si hay pruebas o no de tal conducta. Pues bien, hubo un tiempo en que para esto regía el referido principio de prueba tasada. Significa eso que el juez tenía que dar un valor predeterminado a las pruebas que se aportaran. Por ejemplo, si dos nobles testificaban que lo habían visto, dicho testimonio iba a misa sin más y el juez debía concluir que probado quedaba el hecho.
De ese sistema de prueba tasada se pasó en el Derecho moderno al de libre valoración o libre apreciación de la prueba por el juez. Sean cuales sean las pruebas que en el proceso se manejen, su valor y fuerza de convicción depende de la personal y honesta apreciación del juez; esto es, el juez tiene que estar subjetivamente convencido de que A mató a B, lo afirme Agamenón o su porquero. Esto, naturalmente, aumenta de modo considerable la libertad del juzgador a la hora de condenar o absolver o de dar la razón a una parte o a la otra en el proceso.
Sin embargo, lo que sí se ha mantenido hasta hoy, al menos en la letra de la ley y en la teoría, es el principio de vinculación del juez a la ley. Tal cosa significa que, sentado que el hecho en discusión sucedió, el juez no puede decidir lo que le dé la gana, lo que más apropiado le parezca, sino que ha de atenerse a lo que para el caso probado disponga una norma del sistema jurídico, siempre que tal norma exista. Si se declara probado que A mató a B, la pena aplicable tendrá que encajar dentro de los márgenes que a ese propósito y para el correspondiente delito disponga la ley penal, no puede guiarse por lo que a él le pida el cuerpo o le dicte libremente su conciencia. Cosa distinta, pero que no puede dejar de mencionarse, es que los términos de las normas siempre pueden ser más o menos vagos y que, en la misma proporción, el juez disponga de márgenes de discrecionalidad para interpretarlos. Pero límites existen en cualquier caso, unas veces más precisos y otras más abiertos.
Lo que pasa hoy en día es que muchos profesores de Derecho y muchos jueces no se conforman con esas dosis de discrecionalidad, sino que se dice que lo más importante es que la decisión del juez para el caso se corresponda de la mejor manera con una serie de principios morales que, al parecer, las constituciones recogen con el propósito de que sean el faro que guíe por encima de todo las sentencias. A fin de cuentas, se pretende que las sentencias sean juntas antes que nada, y antes que sometidas a los términos de la ley. Dicen muchos que eso es lo que manda la Constitución, pues interpretan que la vinculación del juez es al Derecho y que del Derecho forma parte esencial, y en su cúspide, el mandato de justicia de las decisiones. Y como lo que determine la justicia para cada caso no está escrito en ninguna parte ni publicado en ningún Boletín Oficial, habrá de ser el juez el que lo averigüe. ¿Y cómo lo hará? Valorando libremente, con gran honestidad y tremendo esfuerzo intelectual, sin duda, pero libremente. Ese juez tendrá que pensar que, por estar sometido al Derecho, está ligado a la norma central de éste, que es el mandato de justicia, y deberá ponerse a meditar por su cuenta cuál es la solución más justa para el caso que tenga entre manos. Si esa solución más justa es contraria a la que marca la ley, peor para le ley, pues habrá de ser la justicia la que impere: lo que al juez, de buena fe, le parezca justo. De esa manera, llegamos a que también para la selección de la norma aplicable a la resolución del caso regirá la libre valoración del juez, pues éste se podrá inventar esa norma nada más que por estar convencido de que es la buena, la justa. Se alcanza así el principio de libre valoración de la norma aplicable, en el sentido más fuerte y radical de la expresión. Y decimos “inventar”, aunque los que opinan que los contenidos de la justicia están ahí fuera perfectamente visibles para el que tenga dos dedos de frente y no sea un pervertido moral, de modo que el juez no inventaría esa norma con la que decide contra la ley, sino que la encuentra y la aplica. Pero a algunos no nos convence esa fe en la visibilidad de lo invisible y en la aptitud privilegiada de los sacerdotes de la justicia, los jueces, para ver mejor y más allá que el legislador democrático, que se supone que somos todos.
Más de uno dirá, y yo entre ellos, que de esa manera se van al carajo un montón de principios constitucionales, principios precisamente: el de soberanía popular, el democrático y el de vinculación del juez a la ley. Pero a lo mejor (o a lo peor) dentro de unas décadas se considera que no eran más que expresión de ideologías tan retrógradas e inhumanas como aquellas que inspiraban el sistema de prueba tasada. Se explicará entonces que el principio de vinculación a la ley no era más que el reflejo de una sociedad de castas en la que los políticos suplantaban al pueblo y fingían legislar en su nombre. Puede que algo de esto haya, pero los escépticos seguimos sin entender cuál es la ventaja de reemplazar la casta de los políticos por la casta de los jueces, y más cuando, ya puestos a poner los puntos sobre las íes, observamos a diario que los jueces, especialmente los de los más altos tribunales, están cada vez más controlados y condicionados por los políticos y los partidos dominantes. Parece ingenuidad creer que cambiando los collares al perro, o sustituyéndole el collar por una toga, vaya a comportarse distintamente. Pues bien se sabe que aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Al fin y al cabo, al legislador dizque democrático lo controlan los electores, al menos en teoría (en la teoría que dispone la Constitución, por cierto), pero a los magistrados del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional no; a esos no los controla ni Dios, si bien a menudo los llaman por teléfono el Presidente del Gobierno o alguno de sus delegados.
Si las cosas siguen así, yo de mayor quiero ser juez, aunque no sé si me va a dar tiempo. Y tal vez no soportaría las presiones de los poderes establecidos para que aplicara, en los casos que a esos poderes les importen, la justicia que a ellos más les convenga que, por supuesto, será la más sagrada y absoluta de las justicias. Razón por la cual es más que obvio que no voy a terminar mis días en tan solemne oficio.
Ya sé que alguno me podría responder que el juez no puede simplemente decidir como se le antoje, sino que debe argumentar convincentemente sus valoraciones. A lo que cabría responder que si se trata de que la libre valoración de la norma se argumente tan racional y exigentemente como hoy en día se argumentan las valoraciones de las pruebas, aviados estamos. En estos tiempos, la arbitrariedad se disfraza de razón práctica, y tanto más se disfraza cuanto más se practica la arbitrariedad de la razón.

15 agosto, 2009

¿Qué está pasando con los niños?

Hoy quiero hablar bastante en serio, aunque alguno pueda pensar que voy de broma y por mucho que alguna expresión de guasa se me escape, pues tampoco se trata de dramatizar más de lo razonable. Tengo dos hijos estupendísimos, un chaval de veintiséis años que siempre ha sido muy buena gente y que me llena cada día de orgullo, y una pequeñina guapa, vivaz y simpática a más no poder. Sobra explicar que daría la vida tranquilamente por cualquiera de los dos. Pero, dicho esto, quiero plantear unas cuestiones que deberían ser auténticos interrogantes que ocuparan a la ciencia actual.
Mi peripecia vital y mi experiencia me dan una perspectiva comparativa que no es para echar en saco roto, me parece a mí. Además, no hablo sólo ni principalmente de mis particulares vivencias, sino también del ambiente general y las sensaciones comunes entre los padres hace un cuarto de siglo (¡cielo santo!) y de ahora mismo. Ya se imaginarán a qué me refiero: los niños se han hecho mucho más complicados últimamente. Ya sé que tendrá mucho que ver con las actitudes de los padres, que cada caso es un mundo y tal y cual. De acuerdo. Pero yo, poco más o menos, sigo siendo el mismo, y tampoco me parece que debamos aceptar sin más que el mundo a mi alrededor haya cambiado tantísimo, aunque concedo que el personal se ha vuelto, por término medio, más flojo y acoquinado. Pero, en cualquier caso, insisto, los pequeñajos también salen ahora de otra manera, si se permite una nueva generalización. Y a lo que quiero ir a parar es a los porqués. Desmenucemos el asunto.
Por un lado, la mayoría de los enanos de hoy están como motos. Las consultas de los psicólogos se llenan de niños diagnosticados como hiperactivos. Otros no darán para ese diagnóstico, pero se las traen de todos modos. Se aceleran, no se concentran, no se aguantan ni a sí mismos, se agobian ellos solos, lo primero que aprenden a decir es mecagoenmipadre y salen cual si vinieran directamente de la selva o de la mismísima Atapuerca, aunque no se me escapa que en la selva no dan tanta guerra y que los de Atapuerca seguramente eran más pacíficos, entre otras cosas, a lo mejor, porque al inquietísimo se lo comía un oso de las cavernas, y problema resuelto. ¿Necesitaremos osos o será que se han dado de baja el hombre del saco y el coco? No sólo se trata de lo que yo vivo, sino que es tema repetido en conversaciones con compañeros y amigos a los que tengo por personas equilibradas y poco dadas a la exageración o la histeria de progenitor inmaduro. Humildemente confieso que hasta hace un par de años los escuchaba con muchas reservas interiores y soberbiamente convencido de que eran unos pobres diablos sin aptitudes para el trato con sus bestezuelas. Ahora, como me joroba aplicarme a mí mismo semejante veredicto, empiezo a pensar que algo más serio nos está pasando a todos; es decir, que algo más preocupante les ocurre a nuestros vástagos. Aunque también he de conceder que quizá es el cambio en las formas de vida lo que facilita la catástrofe, pues cuando no había tiempo ni ocasión para tantos miramientos el problema se zanjaba porque no llegaba ni a plantearse. Con todo y con eso, tiendo a pensar que no es explicación bastante del desaguisado actual.
Por otro lado, hay un asunto que, ese sí, es objetivo y no depende de las psicopatías de los progenitores. Me refiero al aumento alarmante de las enfermedades autoinmunes en los niños. Sorprenden los datos que vemos en los libros y que nos repiten los médicos, la progresión geométrica de la celiasis, por no hablar de idéntico crecimiento de todo tipo de alergias e intolerancias infantiles: a la lactosa, al huevo, a mil cosas. ¿Que antes no se detectaban esos males y simplemente se morían? No lo creo. No tengo memoria de que en mi pueblo se muriera ni un solo niño. Será poca muestra, no digo que no, pero también creo que en otras culturas y en ambientes menos desarrollados la mayor mortandad infantil no se debe a eso.
Y ahora las preguntas que tendrían que tratar de responder los científicos, subvencionados para sus proyectos de investigación sobre ese tema y no sobre mamonadas como el desarrollo sostenible o la resistencia de los materiales no humanos. Primera, ¿hay alguna relación entre esas dos cuestiones que acabo de mencionar, los desarreglos psíquicos y físicos de las criaturas? Segunda y principal, ¿es posible detectar alguna causa empírica de lo uno y de lo otro y, si es el caso, del aumento en paralelo de ambos problemas? Mira que si es todo culpa del puto ácido fólico o de los cursillos preparto de las mamás... ¿O será consecuencia de la histeria con que hoy en día se acoplan tantas parejas que quieren reproducirse porque si no tienes hijos te falta algo en la vida, hija, y hasta los del quinto tienen ya la parejita?
Lleva más de un siglo la ciencia preguntándose si lo que determina nuestra personalidad en mayor medida son los genes o es la cultura. A lo mejor conviene ir olvidándose de tal binomio y preguntarse si no la estaremos cagando (con perdón) por comer tantos mejillones en escabeche. Cosas más raras se han visto. En cualquier caso, que se investigue como Dios manda.

14 agosto, 2009

Móviles asesinos

He leído en El País que quizá Michael Jackson murió porque cuando tuvo la crisis que lo puso a agonizar, su médico, allí mismo, se dedicaba a atender llamadas telefónicas. No me extraña nada. Me pregunto cuántas muertes habrá producido el móvil, pero estoy seguro de que muchísimas más que la carretera, y aun descontando las que provoca el uso del móvil en la carretera, mientras se conduce.
Se puede estar acabando el mundo, pueden fundirse los plomos, cabe que se aproxime un maremoto y que convenga huir, o que un cometa se acerque a la tierra a toda velocidad y queramos salvar aquel jarrón que compramos para el loft: como suene el móvil, olvídalo todo, lo primero es lo primero. Antes muerto que dejar pasar una llamada, no vaya a ser que nos ofrezcan una plancha último modelo por asistir a una sesión sobre multipropiedad en Torrevieja o que nos comunique el cónyuge que el tren ya llegó a Consuegra y que está a punto de salir otra vez y que para la cena en casa, mi pichón.
Usted está en una oficina pública ventilando un asunto en el que se juega su patrimonio, su estado civil o la mismísima paternidad de sus hijos, suena el móvil del funcionario y adiós, muy buenas, se cortó el rollo y dentro de quince minutos hay que volver a empezar con la narración de los hechos, sin contar con que la brisa que entra por las ventanas abiertas de par en par se llevó el papel capital hacia los mares del Sur. Pero eso no es lo más llamativo, porque si es al ciudadano reclamante al que le suena el aparatejo, él mismo interrumpe los tratos y se apalanca sobre el mostrador para explicarle a la asistenta dónde dejó los potitos del bebé o cómo se friega la nueva sartén antiadherente, mientras los parroquianos que hacen cola se solidarizan con las preocupaciones hogareñas o aprovechan para llamar a su churri bis y quedar en el apartamentito en cuanto salgan de los aposentos de la burocracia tan enfebrecidos como un toro bravo al abandonar los corrales.
Las consultas médicas y los quirófanos, por ejemplo, están llenos de carteles con el ruego de que los pacientes apaguen los móviles. Quia, antes muerto que desconectado. Estoy seguro de que a más de uno le habrá entrado una llamada mientras era operado a corazón abierto y que, con anestesia total y todo, se habrá levantado para que el compañero de partida que le pregunta si ya viene o qué escuche sus estertores. Momento que el personal sanitario aprovechará para comprobar si le ha llegado un sms que espera, con las claves para participar en el sorteo de un crucero por el río Nalón.
Porque díganme ustedes la verdad, cuánto hace que no terminan de una sentada una conversación vis a vis medianamente larga. Hoy en día conviene ir al grano y no demorarse en rodeos, pues como cante el móvil de la contraparte se va a tomar vientos aquella declaración amorosa largamente ensayada o aquella confesión íntima de las propias tribulaciones, pongamos por caso. ¿Y qué me dicen de esa picante sensación que, según cuentan las crónicas, embarga al cliente del motel cuando, en pleno arrebato tan esperado, se interpone la llamada del marido o de la esposa y hay que detenerse a escuchar que el tráfico está horrible o que había cola en la pelu y atasco a la salida del gimnasio, mi amol, y yo a ti también y espérame a media luz y con ese pijama que me enloquece? En estos tiempos procaces ya no hay dúo que no acabe en trío, por lo menos: él, ella y Movistar.

13 agosto, 2009

¿Objeción de conciencia de los médicos frente al aborto?

Se ha armado una buena desde que el ministro de Justicia ha declarado que la ley no reconocerá a los médicos y al personal sanitario en general un derecho a la objeción de conciencia que les permita abstenerse de intervenir en la práctica legal de abortos.
Suelo andar bastante lejos de las razones de fondo, ideológicas o religiosas, por lo demás muy respetables, que mueven a la mayoría de los que reclaman tal derecho. Sin embargo, no acabo de ver dónde está el inconveniente o el fundamento para no reconocérselo a quienes lo reclamen. ¿Qué pensaríamos, por ejemplo, si a un ecologista, defensor de las focas o de las ballenas, se le obligara a participar en alguna matanza de tales animales, de ésas que ellos constantemente denuncian como auténticos crímenes. Y que no se lleve, por favor, la analogía más allá de lo debido, pues no trato de comparar más que lo que supone forzar a alguien a hacer algo que repugna profundamente a su conciencia. Otra similitud podría establecerse con la objeción de conciencia al servicio militar y con la simpatía con la que tantos, y seguro que muchos de los partidarios del aborto libre bajo ciertas condiciones, contemplaron aquel movimiento de los insumisos que comenzó como desobediencia civil, precisamente. No querían participar, ni por activa ni por pasiva, en un sistema militar que admitía la violencia y la posibilidad de matar a supuestos enemigos, y hasta tal punto fue efectiva su protesta, que lograron la supresión del servicio militar obligatorio y de su envés en la prestación social sustitutoria.
Ese último ejemplo puede ser bien significativo frente al argumento de que si la ley (constitucional mientras el TC no diga lo contrario) reconoce a la mujer el derecho a abortar, el sistema sanitario ha de estar en condiciones de hacerlo posible. También el ejército es para muchos, y para la propia constitución, una pieza fundamental del Estado y, sin embargo, se encontró la manera de garantizar su papel para la defensa nacional sin necesidad de doblegar la conciencia y la libertad de quienes no quieren ser soldados.
Por otra parte, no cabe temer que, si la objeción de conciencia del personal sanitario se admite, los médicos y demás objeten en masa. Las concretas dificultades que en algún centro sanitario surgieran podrían, sin ningún género de duda, ser compensadas con medidas organizativas de la sanidad pública que evitaran el menoscabo del derecho de las mujeres. Más problemas plantea el recorte del personal sanitario de los hospitales por razones presupuestarias o en verano, y a nadie se le ocurre solucionarlo suprimiendo el derecho de los médicos a las vacaciones o bajando el sueldo de los funcionarios de Sanidad para que se pueda pagar a más médicos.
Por otra parte, no se trataría de anteponer la conciencia individual a cualquier deber legal, pues no todos los deberes son equiparables en su relevancia para el sistema social y para los derechos de los demás. No resulta razonable, por ejemplo, comparar el deber general de pagar impuestos con el deber de practicar un aborto, y supongo que es ocioso detenerse en la fundamentación de este aserto. Si, con todo, algún amigo no lo ve claro, lo explicamos otro día con calma. El aborto, por muy derecho que sea -y aquí no entro en la discusión de fondo-, ni sirve al interés general ni se frustra en ninguna medida ese derecho porque un médico no quiera realizarlo. Lo que sí se fuerza en el médico es la conciencia y la libertad más básica, y se fuerza sin contraprestación o compensación para él ni para nadie.
Una lectura mínimamente congruente de la Constitución y de los derechos fundamentales debe anteponer la libertad personal, que no puede ser sacrificada cuando cabe que la libertad o el derecho de los otros -en este caso de la mujer que quiere abortar- pueda quedar a salvo sin merma aunque se evite aquel sacrificio. Creo que a eso se refiere el principio de proporcionalidad, tan cacareado por la doctrina y el Tribunal Constitucional, en concreto su subprincipio de necesidad, que dice que no es constitucional el perjuicio de un derecho fundamental cuando el bien que se deriva para otro derecho fundamental se puede procurar con alguna medida alternativa y menos dañosa para el primero de ellos. Y todo esto suponiendo, y no sé si será mucho suponer, que el derecho a abortar sea tan fundamental como el derecho a la libertad de conciencia y a actuar en consonancia con las propias convicciones, especialmente cuando con ello a nadie se perjudica gravemente y tampoco al interés general.
Por otro lado, tiene gracia que el ministro Caamaño, que no parece tonto, haya declarado con ánimo crítico que la conducta de los médicos que se nieguen a intervenir en abortos voluntarios quedará equiparada a la pura y simple desobediencia civil. ¡Con las resonancias tan positivas que ese concepto tenía hasta hace nada en el pensamiento progresista! Se ve que para el PSOE (mejor dicho, para este PSOE sui generis que nos gobierna) toda desobediencia es por definición y en el fondo incivil e ilegítima, porque ellos son el Camino, la Verdad y la Vida. Al final, los autoritarismos siempre acaban tocándose e imitándose.
Créanme, yo no sé qué placer encuentran algunos en doblegar hasta el límite a los que piensan diferente. Con lo bonito que es que pueda vivir cada uno a su bola cuando no hay daño para el interés general: las mujeres que quieran abortar, abortando, y los médicos que no quieran intervenir, absteniéndose de hacerlo. Por ejemplo, cuando yo era pequeño, en el colegio nos obligaban a todos ir a misa, y eso tampoco era plan. ¿Cómo veríamos que el legislador hoy, de pronto, nos dijera a todos -o a todos los profesores o a todos los políticos o a todos los médicos ...- que estamos obligados a ir a misa o a cantar en mayo lo de “con flores a María”, seamos creyentes o no? Ya sé que esa ley sería inconstitucional por razones obvias. Pero no mucho más obvias que en el caso de la objeción de los médicos, digo yo. Pero a lo mejor me equivoco por no creer en catecismos ni leches y por ir por la vida de liberal despendolado.

12 agosto, 2009

El Derecho es un misterio. 2.Constitucionalismos inconstitucionales

Pongámonos en un país imaginario. Con ánimo lúdico lo llamaremos Zapastonia (en adelante, y para abreviar, Z). En Z hay una Constitución que tiene la siguiente historia. En Z, país con unos cuantos millones de habitantes, convivían varios sistemas morales, todos con fuerte arraigo en los grupos que respectivamente los profesaban. Para no dar nombres, que no es de buen gusto, denominaremos esos sistemas morales como M1, M2... Mn. A los grupos que se acogen en sus creencias morales a cada uno de ellos los llamaremos, correlativamente, G1, G2...Gn. Por ejemplo, los de G1 creen con gran firmeza que el aborto voluntario es un atentado contra el derecho natural y los fundamentos mismos de la convivencia civilizada y que el matrimonio homosexual es una perversión radical del sistema jurídico, amén de un imposible ontológico y conceptual. Los de G2 creen, en esos y otros temas, todo lo contrario. Están también los del G3, que son convencidos partidarios de un Estado lo más pequeño posible y poco intervencionista, con mucha libertad de empresa y pocos impuestos, mientras que los del G4 defienden un Estado que corrija los resultados del puro mercado y redistribuya la riqueza mediante una decidida política de impuestos. Y así sucesivamente.
En Z, la gran mayoría de los ciudadanos y sus grupos colaboraron para hacer una Constitución que fijara unas mínimas reglas del juego y unos derechos básicos de todos por igual, para evitar tener que andar dirimiendo cada discrepancia a torta limpia, como les había ocurrido con anterioridad. Así que llenaron la Constitución de dos cosas: proclamaciones de principios de convivencia, objetivos del Estado y derechos de los nacionales. Lo formularon todo en términos muy generales y bastante abiertos, pues sabían que si entraban en detalles se les acababan los acuerdos y se iba al garete la Constitución que elaboraban. Sólo podía ser la Constitución de todos y para todos si no parecía la Constitución de ninguno en particular, si sus artículos no se casaban ni con capuletos ni con montescos. Y, sabedores de que no podían andar todo el tiempo discutiéndolo todo, sentaron un procedimiento para la toma de decisiones vinculantes y para dar a la legislación un contenido en cada momento: un sistema democrático basado en el gobierno de la mayoría, siempre combinado con el respeto de las minorías discrepantes, que un día podían convertirse en mayorías y que nunca podían ser perseguidas ni exterminadas. Como guardianes de todo ese entramado jurídico-constitucional, pusieron a los jueces y, en ciertos asuntos, al Tribunal Constitucional.
Pero sucedió algo imprevisto. Los juristas teóricos de Z y muchos jueces empezaron a decir que las cláusulas constitucionales que enunciaban valores de la convivencia, principios del Derecho y derechos de los ciudadanos no eran normas de mínimos alusivas a límites que no se podían rebasar en el juego de la ley y las mayorías, sino auténticos mandatos llenos de contenido preciso y cognoscible, cláusulas de máximos por cuya realización mejor en cada momento debían velar los jueces y el Tribunal Constitucional. Así, cuando una ley, en sí o en su aplicación a un caso concreto, no daba satisfacción plena al correspondiente ideal moral presente en el articulado constitucional, los jueces y el Tribunal Constitucional la declaraban inconstitucional o justificaban su inaplicación, haciendo como que extraían, en este último caso, la solución directamente de la parte material, valorativa, moral, de la Constitución.
Curiosamente, en ese planteamiento doctrinal estaban de acuerdo muchos de los de G1 y los de G2, los de G3 y los de G4. Todos entendían que la Constitución de Zapastonia entraña el compromiso con ciertos valores morales que se han de optimizar sin más obstáculo que la necesidad de ponderarlos con los de su misma especie. Y ahora la pregunta para el atento lector: ¿Con qué valores morales la pensaban comprometida los de G1 y los de G2, los de G3 y los de G4, y así sucesivamente? Respuesta: cada uno con los suyos: los de G1 con los de M1, los de G2 con los de M2, y así sucesivamente. ¿Qué pasaba entonces con la Constitución y su modo de regir como norma jurídica suprema en Z? Pues que de ella desaparecía, en la práctica y en la idea de esos grupos, la voluntad de ser la Constitución de todos y para la convivencia entre todos, organizadora del modo legítimo de decidir mediante mayorías y poniendo simples límites a esas decisiones posibles de las mayorías. La Constitución era vista por cada grupo como la Constitución garantizadora de que se viviera en Z según el respectivo sistema moral de cada uno. Todos estaban de acuerdo en que la verdadera Constitución era una constitución moral, pero cada uno lo hacía para llevar el agua a su molino. Es decir, ya no pensaban, como al principio, que la Constitución se había comprometido sólo con unos pocos valores comunes a todos ellos por encima de sus diferencias, valores de contenido muy mínimo y asentado, sino que cada uno pasó a creer que lo que la Constitución expresaba los valores suyos y a los demás que los zurzan por enfangarse en el error y el pecado.
En tal situación, cabía temer que del orden se volviera al enfrentamiento violento, pues cuando de hecho no se siente que hay una Constitución común o no se entiende por todos la Constitución como dotada de unos contenidos comunes y válidos por igual para todos, hay siempre riesgo de disputa violenta, es como si no hubiera reglas del juego comunes. ¿Qué ocurrió sin embargo en Z? Los grupos cayeron en la cuenta de que podían salirse con la suya de un modo más sutil y menos arriesgado que liándose a palos para imponerse por la fuerza: controlando a los jueces y a los magistrados constitucionales, tratando cada grupo de que fueran de los suyos quienes tuvieran la última palabra sobre lo que podía hacerse y lo que no, sobre lo constitucional y lo inconstitucional. Y así fue como el régimen político-jurídico de Z degeneró y como la Constitución fue tácitamente modificada o, incluso, sustituida por otra bien distinta. En Z todos, G1 y G2, G3 y G4, etc., están de acuerdo en que deben aplicarse, en general y para cada caso, las soluciones más justas y más acordes con la moral verdadera. Pero cada uno de esos grupos piensa, sin un paso atrás, que las soluciones más justas, las únicas justas en el fondo, son las que se corresponden con su respectivo sistema moral. Por eso están convencidos de que están siendo leales a la Constitución y procurando su mejor realización cuando se embarcan en todo tipo de manipulaciones, enjuagues, amenazas y tratos para que la mayoría de los magistrados de los más altos tribunales sean de su grupo, abracen sus convicciones morales y sociales y realicen su particular idea de la justicia. Al hacer de la Constitución una Constitución de fines máximos, una Constitución moralmente militante y parcial, extraen de ella la mejor disculpa para una práctica política y jurídica que, en el fondo, es perfectamente inconstitucional: piensan que la Constitución marca el fin que justifica esos medios.
De tal manera, la esencia de la Constitución propia de un Estado de Derecho queda inevitablemente alterada, dañada, pues la Constitución de un Estado de Derecho es una Constitución de medios, no de fines: dispone lo que no puede hacerse y algunas cosas de las que deben hacerse, pero no puede ser disculpa para que se haga de cualquier manera, pues cuando los medios son inconstitucionales, los fines cumplidos son inconstitucionales, aunque sirvan para construir la sociedad más perfecta y maravillosa. Sin perder de vista, por supuesto, que el juicio sobre lo que sea una sociedad perfecta y maravillosa es por completo dependiente de las opiniones morales de cada grupo y no hay más tu tía, ya que en democracia, y a diferencia de los regímenes absolutistas, no hay más verdad moral tangible que la del pluralismo de las verdades morales y la de las reglas del juego en común. Dentro de un orden y unos mínimos, por supuesto, y para eso están los derechos fundamentales, entre otras cosas, para garantizar la igualdad de oportunidades de todos los credos y todos los sistemas morales que no sean radicalmente reacios al sistema democrático y al respeto al pensar de los otros; para procurar su igualdad de oportunidades a la hora de alcanzar la mayoría, no su igualdad de oportunidades para organizarse como mafias, comprar voluntades y manipular decisiones.

11 agosto, 2009

¿Dispone de territorio el Estado? Por Francisco Sosa Wagner

(Publicado en El Mundo el 22 de julio)
En la teoría de los tratadistas clásicos, el territorio ha sido uno de los elementos del Estado, junto a la población y el poder. Así se explica en un libro canónico, el de Georg Jellinek, que aparece justo cuando se inicia el siglo XX y que ha sido un faro para todas las obras posteriores, hasta hoy mismo. El territorio ha servido para definir el ámbito espacial exacto en el cual el Estado ejerce su soberanía o poder de dominación, donde puede imponer el Derecho que emana de los órganos constitucionalmente habilitados para producirlo. El aspecto positivo de esta realidad es que todas las personas o cosas que se hallan en ese territorio están a él sometidas, sin perjuicio de las singularidades que procedan del Derecho Internacional. El negativo sería que, dentro del territorio estatal, ninguna otra autoridad puede ejercer su dominio o soberanía, a menos que tales autoridades estén expresamente admitidas por las leyes de ese mismo Estado: sería el caso de la actual Unión Europea que hoy comparte «soberanía» con los Estados miembros.
Históricamente sabemos que la emergencia del Estado se basó en la eliminación de las trabas feudales para poder dominar un territorio que se hallaba en manos de los señores -laicos o eclesiásticos- con unos poderes que se extendían a vidas y haciendas. La culminación de este proceso de asentamiento del Estado en un espacio determinado costará varios siglos, siendo el XIX el que puede apuntarse en su haber el triunfo formal definitivo. A lo largo del mismo se instaura la modernidad y queda arrumbado entre los objetos apolillados de la historia el mundo del Antiguo Régimen. Había muerto el señor y nacido el señorito.
Pues bien, si nosotros contemplamos la realidad española actual, podemos concluir que caminamos hacia una recuperación -inesperada, extemporánea- del sistema feudal como consecuencia de la evolución que vive nuestro Estado autonómico desde 2004. Un sistema feudal con perfiles nuevos, pero en el que se advierten ciertos rasgos del orden antiguo, caracterizado por el hecho de que, en él, el interés predominante del noble -señor territorial y hacendado- se dirigía al disfrute -sin tapujo alguno y en disputa con el rey- de su posición económica, social y política.
Cambiemos al noble por la barroca clase política autonómica actual y tendremos, cada vez de forma más visible, ese mismo proceso histórico, ya enterrado, resucitando cada día entre nosotros en medio de espasmos intermitentes de frivolidad: de un lado, afianzamiento de la influencia política de los señores territoriales hasta donde permiten las combinaciones parlamentarias y los acuerdos coyunturales; de otro, apartamiento particularista -e insolidario- de la estructura común del Estado. El resultado es la creación de un poder que cada vez se parece más a la «autocracia principesca» que tan bien describe Otto Hintze en sus estudios sobre el feudalismo. Ejemplos de este acontecer hay todos los días: de ayer es la imposibilidad de aplicar la Ley de Dependencia porque hay poderes en las Comunidades autónomas que le tienden zancadillas sin importarles que se trunquen así las esperanzas de miles de ciudadanos; de hoy es el Fondo para la Reestructuración Bancaria, mirado con recelo por algunos poderes, pues se les cercena este o aquel gajo del fruto jugoso de su mando. Y de mañana será la energía nuclear, que puede servirnos como el mejor caso práctico de la elemental explicación teórica sobre el Estado que hasta ahora he esbozado.
Adelanto que yo no sé si es o no imprescindible la energía nuclear. Con esta confesión de ignorancia pretendo situarme a distancia de quienes, siendo igual de ignorantes que yo, tienen, sin embargo, el desparpajo de pontificar sobre el asunto e incluso de tomar decisiones sobre materias que desconocen y están sometidas a polémica entre sesudos especialistas.
Vacilaría pues y me enredaría si tuviera que contestar a la pregunta de si es conveniente que las centrales convivan con otras fuentes de energía o si deben ser despedidas entre adioses melancólicos y pañuelos verdes agitados por ecológicas manos.
Pero imaginemos por un momento que los especialistas en energía nuclear logran convencer a los políticos españoles de la necesidad de construir un número determinado de centrales porque, sin ellas, la dependencia energética española se haría endémica, porque su actividad no produce gases de efecto invernadero, porque son seguras, porque sus residuos se pueden guardar y aun reciclar… Ya tenemos al gobernante en Madrid dispuesto a abrir los brazos a la alternativa nuclear, aprobando el plan o la ley para que España sea abastecida dentro de unos años por unas centrales relucientes y eficaces.
¡Ah, lector! Ese gobernante al que aludo, ¿dónde las pone? ¿En qué espacio concreto de la península, islas adyacentes o ciudades del norte de África las instala? Ahí viene el problema y aquí se verá la pertinencia de mi discurso acerca del territorio como elemento del Estado. Porque es lo cierto que construir una central exige seleccionar un lugar apropiado. Pero el tal lugar está gobernado por un municipio, y, un poco más lejos, por una provincia, y allá en el horizonte, por una comunidad autónoma. Y, si tiene mala suerte, por una comarca, por un par de mancomunidades… Una maraña de competencias, vendaval que no para nunca sus motores, se alzará para impedir que se otorgue la licencia, que no se apruebe el plan de impacto ambiental, que descarrile el expediente del contrato de obras… Se agitarán las poblaciones, se constituirán coordinadoras, mesas, escritos de firmas… pasarán los años y allí seguirá el proyecto varado, devorado por un tiempo perdido en la vastedad de sus angustias inmortales.
Quienes vivimos en el noroeste español conocemos un asunto parecido al que ya he aludido en alguna ocasión en EL MUNDO. Me refiero a la salida de la energía del norte, de Asturias, para llegar a los mercados de Galicia, Cantabria o Castilla. También aquí quiero dejar claro que ignoro si esa energía es necesaria y si debe o no salir del territorio asturiano. Digo simplemente que se están instalando plantas de generación de energía limpia en un programa iniciado en tiempos de González, bajo cuya autoridad se declaró (marzo de 1986) la utilidad pública de la línea, y que el plan energético para el período 2008-2016 aprobado por el Gobierno ha incluido como actuación prioritaria la línea de alta tensión entre Sama y Velilla del Río Carrión. Pues bien, el problema es el concreto territorio por el que ha de discurrir la línea de alta tensión. Red Eléctrica Española, aunque no es un modelo de fina diplomacia, ha ofertado distintos recorridos, y los presidentes autonómicos han llegado a acuerdos concretos. Todo en vano, pues cualquier movimiento es respondido por los ayuntamientos y por los partidos políticos. Los mayoritarios (el PSOE y el PP) dicen una cosa en León, otra en Asturias y la contraria de ambas en Valladolid y Madrid.
¿Cómo se sale de este laberinto? Es evidente que la definición del «interés general» es el hilo que cose y da coherencia a las estructuras políticas. Por eso, en los ordenamientos federales se cuenta con la cláusula de prevalencia, parecida a la contenida en el artículo 149.3 de la Constitución, para obligar a que las determinaciones del Estado sean acatadas y sus opciones políticas cumplidas cuando éste ha decidido sobre cuestiones en las que ostenta competencias por afectar al interés general.
Pero en España, de la cláusula de prevalencia se ríen abiertamente todos y, muy singularmente, las Comunidades autónomas a las que poco importa. Tratar de que el Tribunal Constitucional en un pleito eterno la aplique es lo mismo que majar en hierro frío. De manera que, por esta razón, sostengo que el debate nuclear que se está alimentando es un debate inútil porque, si algún día se decidiera por la autoridad competente construir centrales, no habría modo humano de localizarlas. Pues es un hecho anómalo pero cierto que en España el Estado ha dejado de disponer de su territorio. Ahora bien, un Estado en estas condiciones ¿es un Estado?

10 agosto, 2009

El Derecho es un misterio. 1. Sobre el juicio de constitucionalidad

“- Y por qué, según tú, es temible el Palacio de los Sueños? -intervino la madre de Mark-Alem.
- ¡Oh, pero no es en el sentido en que debes estar pensando! -dijo Kurt, mirando de soslayo a Mark-Alem-. Yo me refería a otra cosa. En mi opinión, de todos los mecanismos del Estado, el Palacio de los Sueños es el más ajeno a la voluntad de los hombres. ¿Entendéis lo que quiero decir? Es el más ajeno a la razón de todos, el más ciego, el más fatal, por tanto también el más propiamente estatal.
- Pues a mí me parece que, si bien sólo en cierta medida, puede igualmente hacérsele bailar al son de la flauta -se interpuso el otro primo. Era calvo, con una mirada en la que la inteligencia se expresaba de forma peculiar: sus ojos aparecía semiapagados, se diría que consumidos por esa misma inteligencia, de la que parecía dispuesto a desprenderse, al menos en parte.
- Pues yo afirmo que se trata de la única institución de nuestro Estado mediante la cual la zona oscura de la conciencia de todos los súbditos establece contacto con él -dijo Kurt. Miró a todos por turno, como intentando averiguar qué efecto causaban sus palabras-. Es cierto que las multitudes no gobiernan -prosiguió-, pero poseen un mecanismo por medio del cual influyen en todos los asuntos, en las vicisitudes y hasta en los crímenes del Estado, y ese mecanismo es el Tabir Saray”.
(Ismaíl Kadaré,
El Palacio de los Sueños).


El Derecho es un misterio. Cuanto más penetras en sus recovecos, más intensa la oscuridad. Algunos, después de un tiempo de transitar por esos laberintos, piensan que ven. Debe de ocurrirles algo similar a los topos. A mí, que me gano la vida mostrando a los alevines de jurista las partes que se suponen más íntimas del Derecho, cada día me crece el desconcierto. Por eso me gustaría escribir una teoría del Derecho o una introducción al Derecho desde esa conciencia de que es arte de birlibirloque, ciencia esotérica, oráculo caprichoso y reino de tunantes y charlatanes, tanto en la doctrina -lo cual tiene mala justificación- como en la práctica -cosa que, a veces, puede tener mejor disculpa-. Habría que acometer esa obra nada más que para desnudar al rey, para deshacer hechizos, para poner solamente en claro las cuatro cosas con que se monta el invento y mostrar que todo lo demás es imaginación y cuento, cuento de nunca acabar o como aquel cuento de la buena pipa. Pero, con las mismas, lamenta uno que ya le falten las fuerzas y los ánimos para esa empresa. Cuando había energías faltaban luces, y cuando, tal vez, hay más luces, ya no aguanta el cuerpo ni alcanza la paciencia. Puede que sea mejor así, total para qué. Mejor subirse al carro, decir que todo el mundo es bueno y sacar unos duros mareando la perdiz en la misma cacería que todos.
Y como introducción ya basta, pues todo eso es para explicar a los amigos del blog que a lo mejor esta temporada me da por embarcarme aquí, cada tanto, en alguna osada disquisición jurídica. Por qué aquí, maldición, se preguntará la mayoría de los amables lectores, que lo haga en una revista de los del gremio, con índice de impacto y todo, que es la versión académica y actual del index aquel de antaño, pero para bien, dicen. Respuesta: porque en mi casa hago lo que quiero sin tener que encomendarme ni a Dios ni al diablo y el blog es como mi casa. Y la de ustedes, desde luego, están siempre invitados. Pero ya me entienden. Aquí lo que no valga como ciencia o como meritoria de reflexión se disculpará como desahogo o momentánea obnubilación, cosa que en una revista seria o en un libro como es debido no se verá con tanta generosidad, se supone; si no es mucho suponer, porque hay que ver qué cosas se leen por ahí y cómo se suelta el pelo el personal dándoselas de experto en pomposas naderías.
Absténganse los no amantes de la elucubración jurídica de la lectura de tan embarazosas entradas y ármense de comprensión y tolerancia los juristas amigos, aunque de éstos bienvenida será la crítica o la llamada al orden del pensamiento de quien les escribe. En una de éstas damos, juntos, con la cuadratura del círculo jurídico o con la piedra (ius)filosofal y pasamos a la historia. Oye, con menos triunfan tantos.
Hoy voy a plantear un enigma del concepto de constitucionalidad. Se puede enunciar así: cuando decimos que una determinada norma que se introduce en el sistema jurídico es constitucional porque la avala y la justifica un derecho fundamental, ¿no deberíamos, por las mismas, afirmar que es inconstitucional la norma anterior, reemplazada por esta de ahora, puesto que no reconocía aquel derecho ni permitía su realización? Pongamos un ejemplo, sobre cuya materia o fondo no pretendo aquí entrar en polémica, pues vamos sólo a esa relación entre lo constitucional y lo inconstitucional. Supongamos que en la legislación de un país, con una Constitución como la nuestra, no está permitido el aborto o lo está sólo en tres supuestos tasados. El Tribunal Constitucional ha dicho que la ley correspondiente y hasta este momento vigente es constitucional. Ahora dicha ley se reforma y se establece un sistema de plazos, conforme al cual la mujer puede libremente abortar hasta un determinado momento de la gestación. Y pongamos, para que el ejemplo nos sirva y nada más que por eso, que sobre esa nueva ley el Tribunal Constitucional tiene ocasión de pronunciarse y dictamina que también es constitucional, puesto que la justifica un derecho fundamental de la mujer, el que sea (su libertad personal, su derecho a la intimidad, etc.). Ahora la pregunta: ¿habría algo de incoherente o contradictorio entre esas dos sentencias del TC?
Si piensan que este caso lo pongo con ánimo torcido o para apoyar a unos o a otros en el debate sobre la reforma de las normas penales sobre el aborto, busquen un ejemplo paralelo. Podría ser éste: hasta cierto momento está vigente una ley que prohíbe radicalmente fumar en los locales públicos y el TC ha mantenido que es constitucional; llega al poder un partido progresista y decide remover aquella norma y sustituirla por una que permite fumar en dichos locales o en algunas partes del mismo. El TC, cuando viene a cuento, decide que esta norma nueva también es constitucional, puesto que con ella se protege o se garantiza mejor un derecho fundamental, por ejemplo, el libre desarrollo de la personalidad, en este caso de la personalidad del fumador. No se preocupen si suena raro o hasta estúpido, cosas peores se han visto en la jurisprudencia constitucional, y no me hagan dar más rodeos poniendo ejemplos innecesarios. La cuestión sería la misma de antes y la vamos a replantear, si bien en adelante llamaremos N1 a la norma antigua que se reputaba constitucional, pues tenía el visto bueno del TC, y N2 a la norma nueva, que se dice constitucional porque se ampara en un derecho fundamental. La pregunta: ¿puede una norma que niega un derecho ser tan constitucional como una norma que luego lo protege y que el TC juzga constitucional, precisamente, porque protege ese derecho?
La hipótesis más retadora consiste en responder con un no. Si N2 es constitucional con fundamento en un derecho fundamental que N1 negaba o limitaba, tendrá que verse como inconstitucional N1, precisamente por no reconocer o limitar tal derecho fundamental. En otros términos, y volvemos al interrogante, ¿cómo pueden ser constitucionales una norma y su contraria cuando está en juego un derecho fundamental?
El escéptico contestará que todo esto sólo sirve para probar lo de sobra sabido, que constitucional es lo que el Tribunal Constitucional dice que es constitucional y que, puesto que al TC nada lo ata -al menos nada que pueda confesarse-, puede cambiar de opinión sin mayores miramientos, igual que cuando a usted o a mí hoy nos gusta esta señora y mañana dejó de gustarnos, sin que por ello nos tengamos por cantamañanas o aquejados de alguna enfermedad mental. Pero el Derecho se supone que es cosa seria, porque, si no, aviados vamos; o hay que intentar que lo sea. Así que habrá que buscar alguna respuesta que nos deje más tranquilos, si es posible.
Desde el complejo académico-judicial, lleno de cultivadores de valores, principios y variadas letanías sobre virtudes y pecados, se nos dirá que la cuestión es muy simple y se explica porque en TC habría realizado ahora una nueva ponderación de los principios constitucionales en pugna y a la luz de circunstancias nuevas y distintas de las que determinaron la ponderación anterior, cuando el juicio sobre N1. Qué empeño en darle la razón al escéptico. Pues el escéptico le replicará que a ver dónde tiene el TC escondido el ponderómetro y que como se pesan los derechos en una báscula contaminada de circunstancias contingentes, y que o se pone sobre la mesa la báscula y vemos todos el pesaje y su resultado o es lo que él decía y el Tribunal hace lo que le da la gana en cada ocasión, según le sople el viento o quien sea, por mucho que se disfrace su opción de método ponderativo o de magia Borrás. Los principialistas ponderómanos argüirán que no se pesa al tuntún y que es argumentando, con los argumentos de la motivación, como se muestra y se demuestra lo que en cada ocasión cuesta cada peine o cada derecho fundamental. Y el escéptico se pondrá a cantar aquello de parole, parole, parole e insistirá en que si se trata de poner argumentos y justificaciones sobre la mesa, suelen ser los más pillos, por lo común buenos retores y avezados sofistas, los que mejor y más convincentemente argumentan; o los buenos vendedores, aunque sea de aire. De ahí no salimos.
¿No nos queda más opción que contemplar inermes esa especie de diálogo de besugos, dicho sea con afecto? Démosle al tema alguna vuelta más, ahora por nuestra cuenta. Podría decirse que el TC ha tomado conciencia de que N2 es más favorable a los derechos fundamentales en juego o que no piensa que la norma anterior (N1) los vulneraba de frente, sino que simplemente considera que la de ahora los protege o realiza mejor. Vale, pero entonces podemos preguntarnos y preguntarle (retóricamente, porque, como interlocutor, el TC “pasa” de nosotros) esto: ¿tuvo que esperar a la promulgación de N2 para captar que ese derecho fundamental podía estar mejor defendido? ¿Por qué, al menos, no dijo en su decisión sobre N1 que ésta no es inconstitucional, puesto que respeta los mínimos, pero no es la mejor o la más constitucional de las leyes posibles sobre la materia? Por cierto, y sin ánimo de complicar más al lector, si eso pensaba o hubiera pensado entonces el TC, o bien no habría aplicado la doctrina de que los derechos fundamentales, en cuanto principios, son mandatos de optimización, librándose así de ponderaciones o, si hubiera ponderado entre mandatos de optimización, habría tenido que concluir que N1 no pasaba el test de ideneidad o el de necesidad.
Otra pregunta, en la misma línea y sobre el momento en que el TC toma conciencia de que N1 no era tan constitucional, puesto que su contraria, N2, sí es constitucional: si antes de la promulgación de N2 le hubiera llegado al TC un recurso de amparo de un ciudadano (ciudadana en el primer ejemplo) que considerara vulnerado en su caso el derecho fundamental (a abortar sin hallarse en ninguno de los tres supuestos permitidos o a fumar, en nuestros ejemplos), ¿le habría el TC otorgado el amparo? Ustedes y yo sospechamos, con buen fundamento, que no, que no se lo habría otorgado.
Si estamos en lo cierto en todo lo anterior, se hace patente que la única explicación posible de esa jurisprudencia que parece incoherente es la deferencia del TC frente al legislador. Es decir, el TC puede entender que, una vez que la ley, cualquier ley, respete ciertos contenidos mínimos de un derecho fundamental, tan constitucional es esa ley si, más allá de esos mínimos, protege ese derecho fundamental en un grado x o en un grado x+1. Este punto de vista a mí me parece acertado y lo suscribo. Pero entonces olvidémonos de describir los derechos fundamentales como mandatos de optimización y de designar el TC como garante y controlador de esa optimización. Salvo que nos lo tomemos a guasa y pensemos que tan optimizadora del derecho es la ley que lo protege en un grado x como la que lo salvaguarda en un grado x+1 y que ponderando es como podemos comprobar que a veces un objeto menos pesado pesa más que otro más pesado, aun en idénticas o muy similares circunstancias.

09 agosto, 2009

Paisajes y paletos

Hoy escribe Julio Llamazares en El País un artículo hermoso y de mucho fondo, que debería dar que pensar y que pasará sin pena ni gloria, pues aquí estamos a lo que estamos. Repasa la importancia del paisaje en nuestras vidas cuando de nuestras vidas queremos hacer algo más que un vegetar enjaulado en el salón de casa o en el hormigón horrible de la mayor parte de las ciudades en las que vivimos o a las que vamos, paradoja, para disfrutar y solazarnos. Y, cómo no, viene a preguntarse, expresado con mis palabras, por qué somos tan burros como para dedicarnos a destruir nuestros mejores parajes y paisajes, con menos sensibilidad que auténticos topos. Léanlo.
Me hizo recordar algo de mi perplejidad en el reciente viajecillo por los fiordos noruegos. Deben de ser gente bien sensible esos nórdicos, con buen gusto y sin complejo de aldeanos ni ansias de nuevos ricos depredadores. Iba uno recreándose por costas, montes, ríos, lagos y pueblos y se le ponían los pelos de punta al preguntarse qué habríamos hecho nosotros en esos lugares. Habríamos levantado enormes edificios de apartamentos, polideportivos monstruosos, museos inverosímiles, hoteles descabellados, habríamos construido pistas y autopistas, habríamos cubierto de cemento los horizontes. Pueblo de borregos con ínfulas el nuestro, da pena decirlo, pero es lo que hay. Se replirá que luego los noruegos compran su apartamento en alguna de nuestras colmenas de la costa y que dónde, por tanto, su sensibilidad o su inteligencia, pues para acá se vienen a tomar el sol de esa manera. De acuerdo, pero cómo soy yo más listo, si lleno mi jardín de porquería y lo convierto en un estercolero o si voy a tirar mi caca en la casa de un vecino que la ha convertido deliberadamente en un cuchitril y me recibe con los brazos abiertos cuando acudo a dejarle mis deposiciones. Y perdón si el ejemplo no es muy sutil, pues sólo quiere ser bien gráfico.
En la pequeña parte de Noruega que pude contemplar no vi rascacielos, en el atardecer costero no observé neones ofensivos encaramados en orillas, edificios o colinas. Al pasar, por carretera, por algunos pequeños pueblos, reparé en que alrededor de las granjas y de las viviendas no se amontonaban los trastos y los desechos. Las sorpresas no paraban, pues el guía nos contaba que en el campo noruego no está permitido comprarse una casa o un terreno para ir sólo en vacaciones o para especular, ya que el titular de la propiedad rural está por ley obligado a mantener la explotación agrícola y a mantenerla de modo compatible con el respeto al medio. Para colmo, resulta que nos explicaban también que la agricultura y la ganadería les resultan muy poco rentables y son escasos los noruegos que pueden mantenerse con ella, por lo que quienes en el campo viven y el campo trabajan como segunda dedicación suelen ser profesionales del tipo de médicos, arquitectos, profesores o abogados. ¿Les gusta más, entonces, segar los prados u ordeñar las vacas que tomarse un vermú en un chiringuito atestado de gente o darse un paseo por una avenida marítima llena de ruidos, luces y adoquines? Parece que sí. Son raros. Oiga, y el caso es que son los más ricos de Europa, en competición con los suizos, y, sin embargo, no se sienten obligados a mostrarlo a base de comprar pisos, mercar coches de lujo y exhibir abrigos de piel en misa.
Recuerdo que en un paseo en barco por un impresionante fiordo nos mostraron un enorme mirador natural en lo alto de unas grandes rocas. Se veían, pequeñitas, algunas personas allá arriba subidas, pero no había ni barandillas para evitar que se despeñaran si daban un mal paso. Y otra vez la misma historia sorprendente: no hay barandillas porque lo noruegos no quieren que ni con eso se altere el estado de su naturaleza y la contemplación natural y al natural de la misma. Aquí, en España, tendríamos en semejante lugar, además de una alambrada y unas vallas de hierro oxidado, una cafetería, una tienda de souvenirs, unos columpios para los niños, un par de urinarios, una oficina de información turística y un centro de interpretación de la naturaleza (¿interpretación de la naturaleza?), con sala de proyecciones incluida, para que la gente pudiera ver el mismo paisaje pero en una pantalla, que es como más lo disfruta, un aparcamiento de coches y otro para autocares, pues, además y por supuesto, se habría construido una carretera de montaña de doble vía y rodeada de muchos hoteles (rurales y con encanto, eso sí) y de varias urbanizaciones para amantes de la naturaleza.
El paleto de hoy en día, al menos por estos pagos, es un tipo que se avergüenza de sus padres y de sus abuelos, que no vuelve al pueblo mientras no tiene pasta para hacerse la casa más gorda del lugar, a ser posible de un modelo arquitectónico visto en alguna revista sobre residencias de Miami, y que no les quita la etiqueta a los artículos de marca cara que viste o porta o que no tarda ni un segundo en explicar al primer incauto que pilla cuánto le costaron y dónde está una tienda muy mona en la que lo venden y cuyo dueño es amigo suyo, por supuesto.

08 agosto, 2009

Retorno

Hola. Me había dicho a mí mismo que no volvería por el blog hasta el próximo lunes. Pero hoy, sábado, he madrugado bastante, son ahora las ocho y media de la mañana y ando lleno de cosquilleos interiores de variadísima gama. Yo qué sé, es esa manía de poner negro sobre blanco las cosas, por el estúpido temor de que, si no, algunas ideas se pierdan y algunas sensaciones se esfumen sin dejar huella. Y, para colmo, el exhibicionismo de colgarlo en el blog y decir aquí estoy haciendo como que siento y escribo.
He madrugado porque al final me desveló el llanto reiterado y agudísimo de la pequeña Elsa. Hemos cometido un error que a nosotros nos va a costar tres días de quebrantos domésticos, pero que, ante todo, ella va a pagar con esos tres días de dolor y desasosiego: le hemos dado por dos veces en un día, ayer, un postre de gelatina que seguro que tiene gluten. ¡Mierda! No se puede bajar la guardia. Alguno de los padres, acostumbrado a comprar gelatina de cierta marca, sin gluten, se despista y echa al carro otra distinta. En casa sigue el despiste y ninguno controla ni con indicativos ni con la lista de marcas contrastadas si ésa gelatina es de la buena o se coló a lo tonto. Una putada. Vamos a sufrir tres días y, sobre todo, Elsa va a sufrir tres días.
Caemos en la cuenta a las seis de la mañana, después de dar vueltas y vueltas, con el llanto desesperado como fondo, a lo que pudo pasar y a dónde estuvo el error. Los síntomas ya nos resultan inconfundibles, con esos labios levemente hinchados, una especie de raya roja que se le pone en el borde del párpado inferior, la barriguilla hinchada y el lloro, el lloro frenético. Esta vez, además, con vómitos. Una putada, sí.
Se me queda muy mal cuerpo y ya no duermo más. Elsa, al fin, cae rendida y descansa. Veo un amanecer rojizo, limpio, fresco. Con café. Con el relente tempranero, riego mis plantas (albahaca, salvia, cilantro, estragón, hierbabuena, tomillo..., y algunas flores). Luego prendo el ordenador y me pongo a leer la prensa del día. ¡Puaj! Sin novedad en el estercolero. Por un lado, hay muchísimas cosas que no entiendo, como que los jueces y los policías se enfaden por lo que ha dicho el PP sobre el supuesto espionaje a sus jefecillos. Pero, como tampoco me apetece nada, y menos en agosto, leer la letra pequeña de lo que han afirmado la Cospedal o el Trillo, puede ser que no me haya enterado bien y que hayan acusado a algún juez de andar mirando por el ojo de la cerradura y meneándose la toga con la mano libre de código. Quién sabe. Por otro lado, en esta porquería de país con esta cutrez de políticos, paso de andar comiéndome la cabeza sobre quiénes tendrán más razón, si los unos cuando dicen que los otros son unos hijos de perra o los otros cuando dicen que los unos jamás conocieron a su padre. Tienen los unos y los otros la misma razón, toda, y el empate está cantado, salvo que seas pariente de alguno o cobres, en metálico o en especie, por defenderlo en la red o donde manden. Eso sí, que se termine aquello que hace tres o cuatro años (o cinco o seis, tampoco sé) se llamaba la crispación, que se reten a duelo el Rajoy y el Zapatero, la Cospedal y la Pajín, a duelo a muerte, nada de a primera sangre ni mariconadas (¡huy, perdón! Estoy desentrenado y hablo como si estuviera solo o con cualquiera de ustedes en el bar, sin censor correctísimo que nos oiga), que palme el que pierda y al otro que lo parta un rayo según sale del velódromo mallorquín en el que se celebró la edificante contienda. Que se vayan los unos y los otros a tomar por la retambufa sin preservativo algún día de orgullo.
Pero no se crean, me acaba de asomar un poco el puñetero colmillo silvestre, pero en esta hora y después de este rato mañanero conmigo mismo, me siento más lírico que trágico y más limpio que militante. Además, acabo de leer en el Babelia de hoy mismo (sí, hijos míos, comparto con millones de pijoprogres la costumbre de leer el Babelia, entre otros “culturales” de periódico y procurando con sumo esmero no convertirme en un “babalio” (traducción asturiana: baballu), y me he identificado muy gustosamente con una maravilla de articulillo escrito por Andrés Barba. Se titula “Reconditismo agudo” y habla de una de las modalidades más curiosas de la pandemia de idiotez modernilla y superchuli, el viajero gilipollas que se las da de explorador porque durmió en una tienda de tuaregs y se lo hizo oral con escorpión así de grande y, chico, son experiencias que te cambian la vida y ya lo veo todo de otra manera y tal y cual. Cruce del El Gato con Botas y Paulo Con-Ello, no hay biennacido que aguante a los viajeros de catálogo pijo con alma de látex.
Por cierto, un día de estos tengo que contarles algunas cosillas del viaje por los fiordos noruegos. Son raros de narices esos noruegos: tienen, por el momento, petróleo en cantidad y resulta que ponen la gasolina a unos precios exorbitantes para que la gente vaya en bici, con el frío y todo. Oye, y los noruegos tan felices, sin coche y a su bola. ¿Qué pasa, que allí no se marca paquete con el pedazo de vehículo, como aquí? ¿Y cómo carajo ligan, seducen a la suegra y putean a los cuñados, vamos a ver? A lo mejor tampoco les va lo de viajar a lo idiota para contarlo a los amigos y creerse el Marco Polo de la ofi. Lo que te digo, muy raros y muy suyos. Yo no me fío. Me resultan más entrañables mis compatriotas tontos del culo. Al fin y al cabo, son previsibles y siempre sabes adónde van a ir, cómo lo van a contar y a quién votan aunque se la esté metiendo doblada.