Así nos estamos volviendo, en mi opinión. Vi esta mañana en El Mundo una noticia que a la primera me pasó medio desapercibida. Pero me quedó una inquietud ahí latiendo y volví atrás para mirar con más calma. La noticia va con el siguiente titular: “Se traga la tarjeta del móvil tras grabar a niñas desnudas en la playa”. Sucedió en Gijón, mi tierra, pero eso es lo de menos. Lo de más es la historia en sí y que estas cosas puedan pasar así hoy en día. Resulta que un señor de cuarenta años estaba grabando con su móvil, en la playa -ojo, en la playa-, a dos niñas de seis y diez años que se duchaban desnudas. El ciudadano de guardia -siempre hay varios, cada día más- llamó a los guardias y cuando éstos iban hacia el hombre, éste se tragó la tarjeta del móvil para disimular, cosa que después reconoció, supongo que cuando lo achucharon bastante. Luego vino un padre a denunciar que él también había visto cómo grababa a su hija. Así acaba la noticia.
Como anécdota puede tener su gracia eso de que alguien se coma una tarjeta de móvil ante el miedo a la policía municipal y a los virtuosos ciudadanos que le pueden arrear una panadera. Pero no sé si alcanzará para ser noticia de tirada nacional. Quiero pensar -ya me dirán los amigos penalistas- que delito o falta no habrá cometido ni por el hecho de grabar ni por comerse tan sofisticado artilugio. ¿O sí?
¿Qué nos está pasando? ¿Habría ocurrido lo mismo y también sería información de interés si a las niñas las hubiera filmado vestidas de calle o con su bañadorcito? ¿Influiría que el bañador fuera enterizo, de dos piezas o sólo de una? Si el mal deriva de la desnudez de las niñas, tendremos que concluir que sufrimos un ataque colectivo de pudibundez. ¡A estas alturas! Pero si hay algo tan malo en la contemplación, al natural o en foto, de unas niñas desnudas, deberíamos comenzar por hacer el reproche más terminante a los padres que así las dejan exhibir sus cuerpecitos. ¿O es que alguien se pone nervioso al pensar que ese pobre diablo se iba a masturbar en su casa contemplando sus grabaciones? ¿Se trata de protegerlo a él contra el vicio nefando que puede dañarle la médula espinal, como si hubieran vuelto aquel general pequeñajo y su corte de sotanas?
Replicará alguien que el peligro está en que puede ese sujeto poner la película en internet y hasta comerciar con ella. Si se trata de eso, estaríamos, creo, ante una versión extrema de lo que los penalistas llaman el adelantamiento de las barreras de punición, aunque en este caso sea una punición moral y mediante amenaza de unos municipales. Eso ya debe de ser más que un delito de peligro muy abstracto, es la idiotez como pandemia. El acabóse.
Otro detalle que también tiene su miga. El periódico no sólo cuenta el caso y dice la edad del señor, sino que da su nombre, que no es de los más comunes, y las iniciales de sus apellidos. Se ve que los policías lo obligaron a identificarse y, además, entregaron sus datos a algún periodista. La sanción social ya está en marcha. Si esto fuera un Estado de Derecho como es debido, ya debería ese ciudadano estar reclamando una indemnización.
Como anécdota puede tener su gracia eso de que alguien se coma una tarjeta de móvil ante el miedo a la policía municipal y a los virtuosos ciudadanos que le pueden arrear una panadera. Pero no sé si alcanzará para ser noticia de tirada nacional. Quiero pensar -ya me dirán los amigos penalistas- que delito o falta no habrá cometido ni por el hecho de grabar ni por comerse tan sofisticado artilugio. ¿O sí?
¿Qué nos está pasando? ¿Habría ocurrido lo mismo y también sería información de interés si a las niñas las hubiera filmado vestidas de calle o con su bañadorcito? ¿Influiría que el bañador fuera enterizo, de dos piezas o sólo de una? Si el mal deriva de la desnudez de las niñas, tendremos que concluir que sufrimos un ataque colectivo de pudibundez. ¡A estas alturas! Pero si hay algo tan malo en la contemplación, al natural o en foto, de unas niñas desnudas, deberíamos comenzar por hacer el reproche más terminante a los padres que así las dejan exhibir sus cuerpecitos. ¿O es que alguien se pone nervioso al pensar que ese pobre diablo se iba a masturbar en su casa contemplando sus grabaciones? ¿Se trata de protegerlo a él contra el vicio nefando que puede dañarle la médula espinal, como si hubieran vuelto aquel general pequeñajo y su corte de sotanas?
Replicará alguien que el peligro está en que puede ese sujeto poner la película en internet y hasta comerciar con ella. Si se trata de eso, estaríamos, creo, ante una versión extrema de lo que los penalistas llaman el adelantamiento de las barreras de punición, aunque en este caso sea una punición moral y mediante amenaza de unos municipales. Eso ya debe de ser más que un delito de peligro muy abstracto, es la idiotez como pandemia. El acabóse.
Otro detalle que también tiene su miga. El periódico no sólo cuenta el caso y dice la edad del señor, sino que da su nombre, que no es de los más comunes, y las iniciales de sus apellidos. Se ve que los policías lo obligaron a identificarse y, además, entregaron sus datos a algún periodista. La sanción social ya está en marcha. Si esto fuera un Estado de Derecho como es debido, ya debería ese ciudadano estar reclamando una indemnización.