01 mayo, 2013

De nuevo sobre esencias jurídicas y matrimonios. Respuesta a ATMC



                Mi muy estimado AnteTodoMuchaCalma:

                El párrafo de la pasada entrada que provoca su aguda respuesta es el siguiente:
                El caso de un conservador así sólo puede tener paralelo en quienes, diciéndose defensores del matrimonio homosexual por razones morales, jurídicas o del tipo que sean, se diga afrentado porque el legislador colombiano no admitió que se rotulara con la palabra matrimonio lo que en los efectos y a todas las otras luces es un matrimonio o perfectamente idéntico a él en lo que importe y no sea meramente simbólico”.

                Con perspicacia procede usted a una especie de reducción al absurdo y alega que, por esa regla de tres, tampoco debería un servidor tener objeción a que el matrimonio entre gitanos no se llamara matrimonio, sino “unión marital gitana” o a que al hablar de los derechos humanos de los homosexuales no dijéramos así, sino “derechos de los no heterosexuales”. Parecería que a mí me da igual “una denominación discriminatoria que una no discriminatoria”, según sus propias palabras.

                Lo que late en el fondo de mis tesis es, como usted sin duda habrá visto, un profundo escepticismo, escepticismo que se mueve en dos planos. Por un lado, en el de la ontología jurídica, pues sostengo que de instituciones como familia, matrimonio y tantas otras (empresa, sociedad mercantil, sociedad anónima, persona, persona jurídica, delito, depósito, prenda, hipoteca…) no hay un concepto predeterminado y necesario, una noción impuesta por la naturaleza de las cosas o el orden impepinable del ser, sino que los nombres o nociones respectivos (“familia”, “matrimonio”…, “persona”, “persona jurídica”, “sociedad anónima”, etc., etc., etc) se rellenan de contenido en cada época según la acción combinada y mutuamente influyente de las concepciones sociales, por un lado, y del legislador y los jueces, por otro. El tema de los derechos humanos nos da excelentes ejemplos. Pretender, v. gr., que de siempre ha existido un derecho humano a la libertad de expresión o a la libertad religiosa o a no padecer penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes y que cada sujeto humano es y ha sido siempre titular de tales derechos, es una muestra clarísima de pensamiento inmune a la Historia, a la Sociología y a la Antropología social. Igual que resulta estéril y absurdo pensar en un intemporal y universal derecho al matrimonio, entendido como que cada cual pueda casarse cuando quiera y con la persona que libremente elija.

                El segundo campo de mi escepticismo es de naturaleza moral. Ciertas instituciones jurídicas condensan los puntos de vista morales y, más ampliamente, las mentalidades vigentes en la respectiva sociedad o en sus élites legisladoras o en sus clases dominantes, digámoslo como queramos, pero ésa es pura moral positiva y malamente podrá pretenderse moral perfectamente racional y crítica sin que volvamos a ponernos, otra vez, de espaldas a la Historia. Igual que a nosotros el matrimonio, por seguir con el caso, nos parece, así, tal como ahora lo entendemos, la quintaesencia de uno o varios derechos humanos importantísimos y vitales, a los cartagineses, los griegos, los romanos, los incas, los aztecas o los chinos de no sé cuántas dinastías les parecía idénticamente correcto lo suyo e igual de acorde con la voluntad de los dioses, las leyes que rigen el cosmos, la sustancia del ser humano y los requerimientos de una sociedad digna y no completamente pervertida.

                Esos dos escepticismos, así brevemente explicados, son los que me llevan a mirar con fuerte distancia crítica o algo de incomprensión debates como esos que ahora se trae el mundo a propósito del vulgarmente denominado matrimonio homosexual. Sobre mis opiniones respecto al esencialismo conservador que ve imposibilidad ontológica y dislate moral en el denominado matrimonio homosexual no me pone usted objeción y, por tanto, ni las repito ni las aclaro más. Es el tema de la discriminación alegada desde puntos de vista que podemos llamar progresistas o no conservadores el que merece unas líneas para ver si nos entendemos; o, al menos, si me explico bien.

                La discriminación jurídica presupone, alternativamente, dos clases de situaciones:

                (i) Hay algún tipo de actividad, estado o estatuto que socialmente tiene valoración positiva y ciertas personas o grupos están por el sistema jurídico excluidos del acceso a dicha actividad, estado o estatuto. Por ejemplo, trabajar por cuenta ajena está bien visto en la sociedad y el Derecho no permite trabajar por cuenta ajena a los rubios o a los ateos o a las solteras… En otras palabras y desde el punto de vista inverso, esa condición positiva, ventajosa o deseable se halla por las normas jurídicas reservada a un conjunto que o bien es definido positivamente por poseer ciertos caracteres (ej.: ser blancos, ser rubios, ser varones…), o bien es definido negativamente por no poseer determinados caracteres (no ser gitanos, no ser morenos, no ser viejos…).
                (ii) Hay algún tipo de actividad, estado o estatuto que socialmente tiene valoración negativa y ciertas personas o grupos están por el sistema jurídico asignados a o encajonados en dicha situación o tesitura que todos querrían evitar. O desde la perspectiva alternativa: esa condición negativa o de desventaja se encuentra por las normas reservada a un conjunto que o bien es definido positivamente por tener alguna peculiar característica (ser gitanos, ser morenos, ser mujeres…) o bien es definido negativamente por no poseer determinados caracteres, que son los que permiten exonerarse de esa desventaja: ser payo, ser hombre, ser noble, ser cura….

                Supongamos que en un sistema jurídico hay una norma que permite a los ciudadanos amputarse una oreja a sí mismos sin anestesia ni nada y que tal acción no se considera precisamente un privilegio ni va asociada a ninguna condición de preeminencia social o diferenciación favorable. Es decir, los ciudadanos pueden cortarse la oreja, pero hacerlo parece suprema tontería. Ahora pongamos que de dicho permiso están por la norma respectiva expresamente excluidos los bajitos, aquellas personas que midan menos de metro y medio de altura. La norma en cuestión dice que los ciudadanos podrán amputarse una o las dos orejas sin anestesia ni cuidados médicos, pero que de tal permiso quedan excluidos los bajos de estatura. ¿Tendría sentido que esos pequeños alegasen discriminación y solicitasen que el permiso se les extendiera? Me parece que difícilmente, salvo que la actitud de esos individuos bajos fuera la de querer equipararse a toda costa y porque de la discriminación manejan un concepto puramente formal. O padecen un incurable formalismo o son víctimas de complejo de inferioridad y piensan que todo lo que la ley permita a los altos, aunque sea una estupidez, obedece a que en el fondo los altos son intrínseca y esencialmente superiores. Por esa regla de tres, tendrían que alegar igualmente discriminación si a los corpulentos se les manda suicidarse al llegar a los sesenta años y a ellos se les exonera de tan riguroso mandato.

                Ahora trabajemos con un caso diferente. Un día, el legislador inventa una nueva categoría de personas, a las que llama hipodáctilas. Ese ordenamiento aclara que los hipodáctilos tienen determinados derechos, pero añade que esos mismos derechos los poseerán igualmente los no hipodáctilos. El problema está en que una de las condiciones para ser hipodáctilo es la de tener al menos tres lunares bien visibles en la espalda. Los que no tienen lunares ahí o no llegan a tres se alborotan y exponen que están discriminados. ¿Lo están en verdad, si sus derechos son iguales a los de los otros y puesto que lo único que no pueden ponerse conforme a la ley es la etiqueta de hipodáctilos? Explicado de otra manera, resulta que no todos tienen un derecho legalmente reconocido a ser considerados hipodáctilos, pero hipodáctilos y no hipodáctilos tienen, en todo lo demás, los mismos derechos. La diferencia entre hipodáctilos y no hipodáctilos es, pues, puramente formal y gratuita, una especie de bucle jurídico o de absurda autorreferencialidad legal.

                Lo que respecto de los homosexuales y su matrimonio yo quería expresar es lo siguiente: o consideramos que el matrimonio es algo bueno y que resulta que los casados tienen derechos que los no casados no pueden disfrutar o que poseen un estatuto moral específico y, por sus connotaciones, envidiable, o, por el contrario, no hay base más que simbólica para alegar discriminación y resulta que decirse discriminado por no poder casarse es lo mismo que afirmarse discriminado por estar excluido del estatuto, nada más que formal y nominal, de hipodáctilo.

                Que, aquí y ahora, prácticamente todos los derechos de los casados los tienen las parejas no casadas, tanto homo como hétero, que reúnan ciertos requisitos me parece difícilmente discutible. Además, si lo que importa, más allá de lo simbólico meramente, no es la etiqueta, sino los efectos, la discriminación no cabe, salvo en la etiqueta, en lo secundario, si los efectos son los mismos, como es el caso si a lo de los homosexuales no se lo llama matrimonio, sino unión marital o cualquier cosa por el estilo. Si esto se me concede y los efectos están asimilados o se asimilan, la única manera de mantener que hay discriminación, sin ser como los del caso de los hipodáctilos, es cargando el matrimonio con un juicio moral o social positivo. Pero entonces nos acercamos mucho a esos conservadores con los que debatimos. Casarse, ser matrimonio, más allá de los efectos jurídicos iguales para las parejas no casadas, es, así, algo bueno, supone participación en alguna esencia o comunión con alguna institución moral bienhechora, de modo que hay privación tangible para los excluidos del matrimonio, se puede decir que son catalogados como sujetos de segunda categoría o no aptos para las mejores cosas o las instituciones de mayor empaque o más crucial importancia.

                Podrá verse de ese modo, pero es en ese punto donde mi escepticismo me distancia de los que tal piensan o sienten. Y no solamente porque ni sea yo gran amante de las instituciones jurídicas ni ferviente convencido de las ventajas de la familia o el matrimonio, sino porque, a estas alturas y como ya he sostenido aquí tantas veces, ya podemos decir que el matrimonio es una institución con perfiles tan perfectamente arbitrarios ny gratuitos como aquellos de la hipodactilicidad.

                Conste que reconozco el valor de lo simbólico a la hora de perpetuar o combatir diferenciaciones sociales que tienen una base histórica indudablemente discriminatoria. Estoy completamente a favor de la igualación plena y total de derechos con total independencia de la orientación sexual de las personas. El debate interesante es sobre táctica y estrategia para lograrlo y sobre si a veces no es mejor ignorar que imitar. No sé si por talante o por qué, pero tiendo a sentirme más cerca de los que intentan sacar sus modos de vivir y sus afectos de las garras del Derecho que de los que pugnan por lograr la santificación jurídica de su libre opción de convivencia. Más concretamente, me gustan más aquellas parejas, sean del sexo que sean, que no quieren saber nada con lo jurídico o que regulan sus relaciones mediante un contrato bien pensado, que aquellas que, por ejemplo, se oponen al matrimonio, pero quieren sus mismos efectos y hasta una ceremonia no matrimonial pero de blanco y con vestido de cola, arroz por encima y padrinos virtuales con puro y chocolatinas. Estas últimas, aun al no casarse, ratifican y consuman el mitro del matrimonio y su significado social, aunque hurguen en el matiz jurídico con bisturí de conceptualista decimonónico.

                Trabajemos con una comparación. Las mujeres han luchado aquí contra la preferencia del varón en la transmisión de títulos nobiliarios y el Tribunal Constitucional ha dado la razón a las hijas primogénitas de condes, marqueses, duques y demás. Me parece muy bien que se destruya ese resto simbólico de la antigua superioridad social y jurídica del varón. Ahora bien, sentado que entre aristócratas y plebeyos el Derecho nuestro ya no reconoce ni reconocía antes de estos cambios legales y jurisprudenciales diferencia de derechos, más allá de ese derecho tontorrón a ponerse el título nobiliario en la tarjeta de visita o en el reportaje de Hola, creo que si yo fuera hija de marqués y tuviera un hermano pequeño le propondría a él que renunciáramos los dos al título, y si él lo quisiera con ansia bobalicona, se lo dejaría, diciéndole que se lo puede meter en salva sea la parte y luego que se menee con él dentro. Porque resulta que si me imagino mujer y en esa tesitura, lo último que desearía sería sentirme marquesona e imaginarme sangrando azul. A estas alturas, manda narices. Pues eso es lo que me pasa con el matrimonio homosexual, mutatis mutandis, que veo estupendo e imprescindible que tengamos todos exactamente los mismos derechos, pero que, logrado eso, también son ganas lo de sentirse casado o casada como Dios manda, como los padres y los abuelos de uno y con salpicón de marisco de primer plato en el convite nupcial y con unos amigos de los novios que les corten la corbata a ambos después de los postres. Mismamente como los héteros de toda la vida.

29 abril, 2013

Este gobierno sabe lo que (no) hace



                Cada día recuerdo con más nostalgia aquellos tiempos en que nos metíamos con Zapatero y sus ministros y ministras. También me viene la morriña de aquellos comentarios críticos con mi crítica y cuyos autores pretendían defender a aquel pobre diablo presidente y presentar sus políticas como fruto de algún tipo de razón no pueril o como manifestación de un propósito progresista genuino, negándose tantos a ver lo que en su desnudez era todo aquello: el resultado de unas mentes políticas infantiloides y carentes de la más mínima categoría intelectual, en lo que a don José Luis y sus equipos se refiere, y de una opinión pública dispuesta a tragar con cualquier tipo de gilipolleces y patochadas con tal de que pudiéramos la mayoría seguir chupando del frasco como si tal cosa. Era ciertamente emocionante considerarse vanguardia de los pueblos de la tierra y ariete de los oprimidos, mientras, entre canapés y debates sobre las mejores cosechas de Rioja y Ribera, trincábamos unos euros o nos hacíamos con una plaza de funcionario para el primo del pueblo, el que no acabó la carrera pero tiene un culete divino. Luego se nos fue todo al carajo.

                Digo que, con todo y con eso, me viene algo de melancolía porque parecía entonces que lo de Zapatero y sus cantamañanitas era una frivolidad pasajera, una licencia que esta sociedad nuestra se permitía para hacerse la chula y fingirse arriesgada, aupando a posta a los que sabíamos tontos de remate y limitaditos de talla mental y moral, como el que se tira en paracaídas sin mucha experiencia o se mete en aguas turbulentas a dárselas de nadador experto. Creo que, en el fondo, la gente confiaba en que habría por allí algún socorrista o que aparecería un monitor si la aventurilla resultaba mal o si se ponían chungas las cosas y venía el peligro serio. El arrebato nostálgico nos asalta ahora porque vemos que no había servicio de salvamento ni puesto de primeros auxilios y que, después de los frívolos y los tontos, ahora nos dominan unos inútiles sinvergüenzas. La suerte está echada y es mala suerte cierta. No hay remedio y de tanto jugar nos salió la bola negra o nos tocó la bala que había en el tambor. Por enredar con las pistolas, nos ha caído el tiro donde más nos duele, en el alma mismamente.

                Porque hay que ver lo que tenemos ahora mandando en el país, santo cielo. Ver para creer. O de cómo los malos hábitos acaban convirtiéndose en vicio. De Zapatero a Rajoy, de Leire Pajín a Fátima Báñez, y todo así. Más de seis millones de parados, cincuenta y pico por ciento de los jóvenes sin trabajo, corrupción a espuertas, todas las instituciones del Estado cubiertas de porquería, nulo afán reformador en lo que más importa, indultos para los parientes y compañeros de la casta, bazofia intelectual para las masas, periódicos y medios de comunicación más controlados y sometidos que nunca, verborrea infame en los discursos políticos, gobernantes absolutamente palurdos, ígnaros, mezquinos, poco menos que tarados…

                Con todo y con eso, allí donde tantos ven desconcierto y falta de criterio en Rajoy y sus huestes, inutilidad pura y simple, yo creo que hay cálculo y sutil razonamiento. Son cazurros, pero no les falta su punto de picardía. Y a lo mejor no se equivocan del todo, aunque a muchos nos den asco tanto los propósitos como los hipotéticos resultados. Intuyo una lógica perversa en la actitud del presidente, relacionada con una peculiar pero quizá certera radiografía de esta sociedad. Sociedad que es la que escoge a sus gobernantes y hace o permite las trapacerías de todo tipo, no lo olvidemos.

                Si nos preguntan cómo fue que nos habíamos hecho tan ricos y que andábamos tan prósperos, la inmensa mayoría no sabrá explicarlo y, todo lo más, repetirá manidos tópicos sobre burbujas inmobiliarias. Pero el caso es que nos acostumbramos a ver en la riqueza un premio arbitrario del destino, un capricho de la suerte. Pocos serán los que se atribuyan méritos o los reconozcan a los compatriotas, pues difícil será hallarlos en esta patulea de pícaros y tiralevitas que colectivamente formamos. Además, nuestra tradición de religiosidad burda y algo brutal nos hace también propensos a atribuir al cielo los derroteros y altibajos de nuestras vidas. De tanto “si Dios quiere”, acabamos por ver lo que Dios quiso en cualquier cosa que nos pase, buena o mala. De modo que la crisis nos cae encima ahora por lo mismo que nos tocó antes la buena estrella, por azar o por esotérico designio. Y talmente como cambiaron las tornas antes, pueden mutar de nuevo en cualquier momento y como por arte de magia regresarán los buenos tiempos. Lo que no merece la pena es esforzarse ni demorarse en arreglos si, al fin, las cosa pasan porque sí y  bien ajenas al humano criterio.

                Este gobierno lo sabe. Sabe cómo somos y cómo se las gasta este pueblo español. Puede que además ellos mismos sean de natural así, entre supersticioso y apocado, cobardicas y confiados al tiempo. Y su juego es esperar a que escampe. Lo malo es que no escampa, caray. Saben Rajoy y los de su circo que lo que a la mayoría más apetece es que las cosas vuelvan a ser como antes, aunque sea de a poco, paulatinamente. A qué reformar el Estado, si a tantos hacía felices ese ir robando en él y devorándole las entrañas. Para qué primar la investigación o buscar una universidad seria, si en la que había y hay acampan dichosos miles de inútiles cretinos y logran títulos estudiantes nada esforzados, con el consiguiente fulgor de la estadística. A cuento de qué reformar la legislación electoral o las leyes que afectan a los partidos, si al pueblo le encanta tener nada más que dos para elegir y ahorrarse la reflexión montándoselo de hooligan con papeleta electoral. Perseguir con seriedad la corrupción a qué fin, si siempre habrá cerca de cada uno de nosotros un poquito de ella para que, al menos, nos salga un viaje gratis o a cuenta de alguna subvención o proyecto, o nos regalen un ordenadorcito por encargar tres de esos para la ofi, o, a los más pringados, nos inviten un par de veces a comer o nos sobeteen el lomo como si fuéramos importantes y no mierdecillas con nivel administrativo.

                Este gobierno es consciente de que si reforma y corta privilegios y acaba con canonjías y se pone a exigir al trabajador que trabaje y al estudiante que estudie y al gestor que gestione con seriedad y rigor, se lo come con patatas la gente si de inmediato no remonta la economía, y posiblemente aunque remontara, pues mucho más que el balance colectivo o la marcha general del país nos importa a cada cual seguir con lo nuestro y atrincherarnos en la penumbra moral. En cambio, si las cosas no mejoran, o hasta empeoran, podremos insistir en que nos falló la suerte, la muy esquiva, o cabrá echar las culpas a quien sea, a la Merkel, a los bancos, a la globalización, al la pérfida España o la desleal Cataluña, a la Transición o a la herencia recibida.

                En España es más arriesgado reformar que mantener, porque, al fin, la miseria y la mezquindad la llevamos en los genes y nada más que la habíamos soltado un poco durante generación y media. Está mucho más en nuestro ser el retorno a la pana y la boina que la conversión a la productividad y la moral profesional, nos estimula el doble dolernos de las desgracias que labrarnos a conciencia y con honesto esmero un futuro digno. Por eso en las próximas elecciones el ochenta por ciento de los votantes, más o menos, seguirá votando al PP y el PSOE, seguirán los más votando lo mismo aunque entre uno y otro partido cambien su voto.

                Aquel PSOE de Zapatero y este PP de Rajoy son momentos de una misma secuencia, conclusiones de una misma lógica. Cuando nos descojonábamos por ser ricos sin merecerlo, elegíamos a Zapatero para retar a los dioses y tentar nuestra buena suerte. Ahora que nos hacemos pobres, delegamos en Rajoy para que se quede quieto y no moleste a los hados ni inquiete a las fuerzas telúricas. Porque querer, lo que se dice querer, no queremos ni trabajo ni progreso ni ilustración ni saber ni esfuerzo. Queremos volver a estar como hace diez o quince años, ricos sin merecimiento, ladrones sin dolor de los pecados y presumidos como si fuéramos la reserva espiritual de Europa, tan progres nosotros y tan comprometidos. Calamidad de gente, hombre. Urge sacar a nuestros hijos de aquí.

28 abril, 2013

Tallas femeninas. Por Francisco Sosa Wagner



Resulta que se ha gastado un millón y medio de euros y se ha molestado a diez mil mujeres para medirlas con el objeto de ¡unificar las tallas de las españolas!

Más: se ha firmado un convenio entre una comunidad autónoma, otra heterónoma y el Estado menguante que tenemos para ultimar un estudio antropométrico de la población femenina y otro parecido entre la industria de la moda y el (in) competente ministerio para “promover una imagen saludable de la mujer”. Y, por último, se ha reformado el mundo de los maniquíes de los escaparates con no sé qué otro diabólico designio.

Y todos: el ministerio y la industria están en trance de absoluta desesperación porque tamaño ajetreo ha resultado un fracaso de dimensiones cósmicas: “no ha servido de nada” se lamenta un portavoz con una voz que no le sale al pobre del cuello de la camisa. Y otro de una organización de consumidores, que halló diferencias de hasta diez centímetros, constataba el muy felón esta realidad como una desgracia.
 

Pues menos mal, señores medidores y uniformadores, les espetamos desde estas Soserías, lugar donde el buen sentido anida sus huevos. Naturalmente que las mujeres españolas no se dejan unificar ¡y a mucha honra! Las mujeres españolas, señores del ministerio y de las fábricas, exhiben una absoluta y ubérrima disparidad, se enorgullecen de sus ricas y proteicas diferencias, no se dejan encasillar en moldes ni en formas homogéneas y exhiben a los cuatro vientos sus hechuras abundantes o moderadas, el caudal de sus encantos y el torrente invadeable de sus atractivos.

¿Hay algo de malo en ello? En su locura, estos uniformadores -que deberían estar en la cárcel uniformando la cadencia de sus días y sus horas- han pretendido clasificar las curvas femeninas en tres tipos: cilindro, campana o diábolo. Es decir, que habría la mujer cilindro, la mujer campana y la mujer diábolo. ¡Y un cuerno, caballeros ...! ¿Cómo no hay voces y ecos y rugidos arremetiendo contra tanto rupestre atropello?

¡La estética sometida a una hoja de contabilidad, a las devastadoras columnas del debe y del haber! Y todo para que a la industria les salga más barata la fabricación de blusas, de sujetadores o de chaquetas. Pues a gastar dinero, señores industriales, y a reconocer que por fortuna se las tienen que haber con personas, no con maniquíes ni monigotes sino con seres humanos que no dejan pasar una porque derrochan singularidad, galanura y majeza. Y gastan la talla de pecho, de cintura y de cadera que les da la real gana y les conviene.

Cilindro y campana ... ¿Habráse visto mayor desvergüenza? Estas mediciones son idénticas a las de un orate que tratara de medir la risa o los cantos o las olas o los besos o las esperanzas ... Por favor, señor de nuestros avatares ¡que nuestros ojos cansados no alcancen a ver jamás semejante infortunio!

27 abril, 2013

Nominalismo y sustancia en el Derecho. A propósito del matrimonio entre personas del mismo sexo



            Veo en la prensa colombiana las noticias sobre cómo ha quedado allá el tema del llamado matrimonio homosexual. Una sentencia de la Corte Constitucional había establecido que las parejas del mismo sexo habrían de ver reconocido su derecho a formar una familia bajo forma legal. El Congreso de Colombia acaba de rechazar el proyecto para extender el matrimonio a tales parejas, por lo que pronto se hará aplicable la medida ordenada por la Corte Constitucional y según el peculiar activismo que rige en ese país: la unión solemne y formal de personas del mismo sexo no se llamará matrimonio, sino “contrato de solemnización del vínculo marital entre personas del mismo sexo”. El trámite se hará ante notario. Lo importante del caso es que, según entiendo, los efectos de estas uniones alternativas serán exactamente los mismos que los del matrimonio, generándose para los cuasicónyuges los mismos derechos y obligaciones que si fueran matrimonio con ese nombre reconocido.

            Es de mucha risa. No es matrimonio, pero el vínculo es “marital”. No es matrimonio, pero tiene los mismos efectos, con lo que el tema no es de fondo, sino de nombre. Seguramente los que se oponen a que se llame matrimonio a esa variante de la unión “marital” lo hacen por razón de un muy conservador y tradicional concepto de familia, pero la propia Corte Constitucional, que no había llamado matrimonio a la unión formal y con iguales efectos entre personas de idéntico sexo, dijo esto:

            Las parejas del mismo sexo deben contar con la posibilidad de acceder a la celebración de un contrato que les permita formalizar y solemnizar jurídicamente su vínculo, como medio para constituir una familia con mayores compromisos que la surgida de la unión de hecho. (...) Procede establecer una institución contractual como forma de dar origen a la familia homosexual de un modo distinto a la unión de hecho y a fin de garantizar el derecho al libre desarrollo de la personalidad, así como de superar el déficit de protección padecido por los homosexuales”.

            Yo estoy completamente a favor del matrimonio homosexual, y, en general, de una gran apertura o liberalidad a la hora de establecer los requisitos para acceder a la institución jurídica del matrimonio. Mismamente, no acabo de ver por qué no ha de caber, con las garantías que se quiera, el matrimonio poligámico o poliándrico o el matrimonio entre parientes muy cercanos, hermanos incluidos. ¿O acaso vamos a seguir pensando que al prohibir que se casen dos hermanos evitamos que tengan, en su caso, relaciones sexuales, o que al no permitir el matrimonio entre tres o más evitamos las orgías grupales o los tríos bien avenidos? Los hay que piensan que por culpa del matrimonio homosexual se pone en riesgo la perpetuación de la raza, y hasta llegan a ministros creyendo eso y diciéndolo así, como pasa con el actual Ministro de Interior español, que no se sabe si ha salido de una caverna ayer o si sencillamente es medio lerdo, el pobre.

            Pero vamos a los que me importaba, al magnífico ejemplo de dos posturas en la teoría del derecho. Nos damos de bruces una paradoja muy curiosa. Resulta que, en principio, están bien establecidas dos posturas doctrinales principalísimas al hablar de las instituciones jurídicas y al definirlas, posturas que podemos llamar ontologista y nominalista.

            Los ontologistas piensan que hay una correspondencia necesaria entre el concepto o nombre de una institución jurídica y una esencia inmutable o contenido necesario. El del matrimonio es un clarísimo ejemplo y ontologistas o esencialistas son los que defienden que la institución matrimonial es por definición y por esencia la unión de hombre y mujer, adornada de ciertos caracteres formales o materiales adicionales y que, por ser tan clara y tan fuerte esa esencia ontológica e insoslayable, lo que el matrimonio en sustancia sea no depende ni puede depender de lo que una sociedad prefiera o cualesquiera personas opinen o, tan siquiera, de lo que el legislador estipule. Bajo tal punto de vista, decir matrimonio homosexual sería tan insensato y absurdo como decir círculo cuadrado o nieve caliente, un sinsentido lógico y un imposible material. Lo que no puede ser no puede ser, ese cabría como lema de estas corrientes de pensamiento jurídico. Así mismo era como, en tiempos, se entendía que el derecho de propiedad suponía insoslayablemente poder irrestricto sobre la cosa, o que la libertad contractual era por naturaleza incompatible con toda restricción normativa de los contenidos del contrato. Recuérdese, mismamente, que con esa visión el Tribunal Supremo de los Estados Unidos anuló por incompatibles con aquella libertad los primeros intentos de introducir reformas sociales y derechos laborales en aquel sistema jurídico.

            Los nominalistas, por el contrario, consideran que son contingentes los nombres y los contenidos de las instituciones jurídicas, pues todas son artificiales, coyuntural obra humana, y ninguna natural o prefigurada en el orden del cosmos o el sentido de la Creación. Así, si a alguien le preguntan cuál es la clave definitoria del matrimonio, la propiedad, el testamento, el contrato o la hipoteca, tendrá que inquirir a su vez sobre qué ordenamiento jurídico le preguntan, el de qué Estado o los de cuáles países o qué tiempos, ya que bajo denominaciones comunes se han ido sucediendo regulaciones diversas y hasta antitéticas, pues lo que hace el Derecho son los hechos sociales y los cambios históricos y no algún inmortal demiurgo o cualquier razón intemporal. Así que, si seguimos con el ejemplo, matrimonio será en cada tiempo y lugar lo que allí y entonces jurídicamente esté contemplado y ordenado como tal, que no será muy diverso de lo que socialmente así se considere. De ahí que a lo largo de las épocas y las culturas podamos ver y veamos bien diferentes nociones de matrimonio, todas con plena vigencia y validez jurídica en su lugar y era y todas mutables al hilo de las mismas dinámicas que alteran los humanos conceptos y la vida social.

            Lo curioso es que a los ontologistas, juristas y filósofos antaño ceñudos y firmes en sus convicciones, conservadores de talante pero a menudo eruditos y bien afinados en su formación, hoy en día les están tomando el pelo de lo listo, se la están dando con queso. Y ellos -ahí la sorpresa- se están dejando engañar como pardillos de libro. Pues bien simple y hasta algo bobalicón hay que ser para poner el énfasis entero en las etiquetas y despreocuparse de los efectos. Es como si a algún ser angelical e incauto le pidiera relaciones sexuales plenas otro mucho más pillo, preguntándole así literalmente, si tendría inconveniente en que se aparearan en fulgurante coito. Reacciona el requerido de forma virulenta por sentirse gravemente ofendido, con lo que el pretendiente se corrige e insiste, pero ahora solicitando permiso para hacerle el amor, ante lo cual el otro, ya feliz por la terminología, asiente y se pone en posición y con la mejor actitud. De ese género resulta el aludido ministro español, que piensa que la especie humana peligra si a los de igual sexo se les permite casarse, pero que no ve obstáculo para la humana reproducción si su ayuntamiento es igual de libre, pero no matrimonial. Hay que joderse; quiero decir que hay que ver.

            Creo que poco más o menos así de corrido me sentiría si fuera yo convencido opositor del matrimonio homosexual por razones metafísicas, trascendentales y trascendentes y me viniera algún parlamento o cualquier tribunal con la milonga de que sí, tengo toda la razón y cómo vamos a llamar matrimonio a la unión de hombre y y hombre o mujer y mujer, pues se contraviene de esa forma el orden del mundo, la naturaleza de las cosas y el sentido más íntimo de lo jurídico, pero que inventaremos otro nombre y un procedimiento formal distinto para los de igual sexo que quieran estar juntos como casados y les otorgaremos los mismos efectos que si fueran matrimonio, mas tildaremos lo suyo de unión marital solemne o cosa por el estilo, entre otras cosas para que así se distinga de los que son parejas de hecho o meras uniones informales, como es el caso de los que, por tanto, no están casados. ¿Será posible que algún conservadorón prejuicioso, de los que se oponían en Colombia o cualquier otra parte a que se permitiera el comúnmente denominado matrimonio homosexual, se haya quedado feliz y satisfecho, con sensación de haber ganado y orgulloso de su pírrica victoria y del homenaje legislativo y jurisprudencial a la virtud institucional?

            El caso de un conservador así sólo puede tener paralelo en quienes, diciéndose defensores del matrimonio homosexual por razones morales, jurídicas o del tipo que sean, se diga afrentado porque el legislador colombiano no admitió que se rotulara con la palabra matrimonio lo que en los efectos y a todas las otras luces es un matrimonio o perfectamente idéntico a él en lo que importe y no sea meramente simbólico. En eso se tocan, se parecen y promiscuamente se enzarzan los conservadores más incautos y algunos de los que se tienen por más progresistas, en una pugna por los símbolos que no permite a los unos captar sus históricas derrotas y que hace que otros sigan pensando que perdieron mientras el enemigo huye en desorden. A los unos y a los otros les está pasando por encima la Historia sin que se enteren, tal vez porque los otros y los unos quieren hacer de los símbolos su sentido y de lo simbólico su oficio y su modo de vida. No les alcanza la vista más allá de su nariz.