29 abril, 2013

Este gobierno sabe lo que (no) hace



                Cada día recuerdo con más nostalgia aquellos tiempos en que nos metíamos con Zapatero y sus ministros y ministras. También me viene la morriña de aquellos comentarios críticos con mi crítica y cuyos autores pretendían defender a aquel pobre diablo presidente y presentar sus políticas como fruto de algún tipo de razón no pueril o como manifestación de un propósito progresista genuino, negándose tantos a ver lo que en su desnudez era todo aquello: el resultado de unas mentes políticas infantiloides y carentes de la más mínima categoría intelectual, en lo que a don José Luis y sus equipos se refiere, y de una opinión pública dispuesta a tragar con cualquier tipo de gilipolleces y patochadas con tal de que pudiéramos la mayoría seguir chupando del frasco como si tal cosa. Era ciertamente emocionante considerarse vanguardia de los pueblos de la tierra y ariete de los oprimidos, mientras, entre canapés y debates sobre las mejores cosechas de Rioja y Ribera, trincábamos unos euros o nos hacíamos con una plaza de funcionario para el primo del pueblo, el que no acabó la carrera pero tiene un culete divino. Luego se nos fue todo al carajo.

                Digo que, con todo y con eso, me viene algo de melancolía porque parecía entonces que lo de Zapatero y sus cantamañanitas era una frivolidad pasajera, una licencia que esta sociedad nuestra se permitía para hacerse la chula y fingirse arriesgada, aupando a posta a los que sabíamos tontos de remate y limitaditos de talla mental y moral, como el que se tira en paracaídas sin mucha experiencia o se mete en aguas turbulentas a dárselas de nadador experto. Creo que, en el fondo, la gente confiaba en que habría por allí algún socorrista o que aparecería un monitor si la aventurilla resultaba mal o si se ponían chungas las cosas y venía el peligro serio. El arrebato nostálgico nos asalta ahora porque vemos que no había servicio de salvamento ni puesto de primeros auxilios y que, después de los frívolos y los tontos, ahora nos dominan unos inútiles sinvergüenzas. La suerte está echada y es mala suerte cierta. No hay remedio y de tanto jugar nos salió la bola negra o nos tocó la bala que había en el tambor. Por enredar con las pistolas, nos ha caído el tiro donde más nos duele, en el alma mismamente.

                Porque hay que ver lo que tenemos ahora mandando en el país, santo cielo. Ver para creer. O de cómo los malos hábitos acaban convirtiéndose en vicio. De Zapatero a Rajoy, de Leire Pajín a Fátima Báñez, y todo así. Más de seis millones de parados, cincuenta y pico por ciento de los jóvenes sin trabajo, corrupción a espuertas, todas las instituciones del Estado cubiertas de porquería, nulo afán reformador en lo que más importa, indultos para los parientes y compañeros de la casta, bazofia intelectual para las masas, periódicos y medios de comunicación más controlados y sometidos que nunca, verborrea infame en los discursos políticos, gobernantes absolutamente palurdos, ígnaros, mezquinos, poco menos que tarados…

                Con todo y con eso, allí donde tantos ven desconcierto y falta de criterio en Rajoy y sus huestes, inutilidad pura y simple, yo creo que hay cálculo y sutil razonamiento. Son cazurros, pero no les falta su punto de picardía. Y a lo mejor no se equivocan del todo, aunque a muchos nos den asco tanto los propósitos como los hipotéticos resultados. Intuyo una lógica perversa en la actitud del presidente, relacionada con una peculiar pero quizá certera radiografía de esta sociedad. Sociedad que es la que escoge a sus gobernantes y hace o permite las trapacerías de todo tipo, no lo olvidemos.

                Si nos preguntan cómo fue que nos habíamos hecho tan ricos y que andábamos tan prósperos, la inmensa mayoría no sabrá explicarlo y, todo lo más, repetirá manidos tópicos sobre burbujas inmobiliarias. Pero el caso es que nos acostumbramos a ver en la riqueza un premio arbitrario del destino, un capricho de la suerte. Pocos serán los que se atribuyan méritos o los reconozcan a los compatriotas, pues difícil será hallarlos en esta patulea de pícaros y tiralevitas que colectivamente formamos. Además, nuestra tradición de religiosidad burda y algo brutal nos hace también propensos a atribuir al cielo los derroteros y altibajos de nuestras vidas. De tanto “si Dios quiere”, acabamos por ver lo que Dios quiso en cualquier cosa que nos pase, buena o mala. De modo que la crisis nos cae encima ahora por lo mismo que nos tocó antes la buena estrella, por azar o por esotérico designio. Y talmente como cambiaron las tornas antes, pueden mutar de nuevo en cualquier momento y como por arte de magia regresarán los buenos tiempos. Lo que no merece la pena es esforzarse ni demorarse en arreglos si, al fin, las cosa pasan porque sí y  bien ajenas al humano criterio.

                Este gobierno lo sabe. Sabe cómo somos y cómo se las gasta este pueblo español. Puede que además ellos mismos sean de natural así, entre supersticioso y apocado, cobardicas y confiados al tiempo. Y su juego es esperar a que escampe. Lo malo es que no escampa, caray. Saben Rajoy y los de su circo que lo que a la mayoría más apetece es que las cosas vuelvan a ser como antes, aunque sea de a poco, paulatinamente. A qué reformar el Estado, si a tantos hacía felices ese ir robando en él y devorándole las entrañas. Para qué primar la investigación o buscar una universidad seria, si en la que había y hay acampan dichosos miles de inútiles cretinos y logran títulos estudiantes nada esforzados, con el consiguiente fulgor de la estadística. A cuento de qué reformar la legislación electoral o las leyes que afectan a los partidos, si al pueblo le encanta tener nada más que dos para elegir y ahorrarse la reflexión montándoselo de hooligan con papeleta electoral. Perseguir con seriedad la corrupción a qué fin, si siempre habrá cerca de cada uno de nosotros un poquito de ella para que, al menos, nos salga un viaje gratis o a cuenta de alguna subvención o proyecto, o nos regalen un ordenadorcito por encargar tres de esos para la ofi, o, a los más pringados, nos inviten un par de veces a comer o nos sobeteen el lomo como si fuéramos importantes y no mierdecillas con nivel administrativo.

                Este gobierno es consciente de que si reforma y corta privilegios y acaba con canonjías y se pone a exigir al trabajador que trabaje y al estudiante que estudie y al gestor que gestione con seriedad y rigor, se lo come con patatas la gente si de inmediato no remonta la economía, y posiblemente aunque remontara, pues mucho más que el balance colectivo o la marcha general del país nos importa a cada cual seguir con lo nuestro y atrincherarnos en la penumbra moral. En cambio, si las cosas no mejoran, o hasta empeoran, podremos insistir en que nos falló la suerte, la muy esquiva, o cabrá echar las culpas a quien sea, a la Merkel, a los bancos, a la globalización, al la pérfida España o la desleal Cataluña, a la Transición o a la herencia recibida.

                En España es más arriesgado reformar que mantener, porque, al fin, la miseria y la mezquindad la llevamos en los genes y nada más que la habíamos soltado un poco durante generación y media. Está mucho más en nuestro ser el retorno a la pana y la boina que la conversión a la productividad y la moral profesional, nos estimula el doble dolernos de las desgracias que labrarnos a conciencia y con honesto esmero un futuro digno. Por eso en las próximas elecciones el ochenta por ciento de los votantes, más o menos, seguirá votando al PP y el PSOE, seguirán los más votando lo mismo aunque entre uno y otro partido cambien su voto.

                Aquel PSOE de Zapatero y este PP de Rajoy son momentos de una misma secuencia, conclusiones de una misma lógica. Cuando nos descojonábamos por ser ricos sin merecerlo, elegíamos a Zapatero para retar a los dioses y tentar nuestra buena suerte. Ahora que nos hacemos pobres, delegamos en Rajoy para que se quede quieto y no moleste a los hados ni inquiete a las fuerzas telúricas. Porque querer, lo que se dice querer, no queremos ni trabajo ni progreso ni ilustración ni saber ni esfuerzo. Queremos volver a estar como hace diez o quince años, ricos sin merecimiento, ladrones sin dolor de los pecados y presumidos como si fuéramos la reserva espiritual de Europa, tan progres nosotros y tan comprometidos. Calamidad de gente, hombre. Urge sacar a nuestros hijos de aquí.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Lo que si hay que agradecer a ZP es lo limpio que quedo el blog de algún tipo de comentario.

pitxiri dijo...

Aunque suscribo gran parte de lo que aquí se dice, discrepo en la suposición de que en el dontancredismo de Rajoy y sus alegres muchachos haya cálculo y sutil razonamiento. Creo, más bien, que se trata de la misma cerrazón mental, estrechez de horizontes y papanatismo de que pecaba el anterior gobierno. Sencillamente, no saben hacer nada, cosa que no resulta extraña en un país lleno de empresarios que no emprenden, funcionarios que no funcionan y trabajadores que no trabajan.

En cuanto al diagnóstico de que la catadura moral de nuestros gobernantes se corresponde con la de una importante mayoría de nuestra sociedad, difícilmente podría estar más de acuerdo.

pitixiri dijo...

Postdata: algunos de los que no tenemos hijos también empezamos a sentir la urgencia de sacarnos a nosotros mismos de aquí.

Juan Carlos Sapena dijo...

Decía Mafalda cuando le preguntaban en una tira de éstas que hacía el Quino sobre los límites de su país que, además de lo del Norte, el Sur y demás, hacia dentro también limitaba con ellos mismos.
El asunto no es que ésto sea lo que hay ahora, el asunto es que ésto es lo que ha habido siempre, desde el "que inventen ellos" del Sr. Unamuno y antes cuando Estrabón nos definía como una tierra de conejos, las personas que por aquí deambulaban no le parecieron gran cosa a nadie...
Se quejan los medios en sus tertulias de la pasividad social y no quieren acordarse del dictador muerto tranquilamente en su cama, con las cunetas de la red vial bien compactadas y llenas de flores.
La transición, ese desfile de un Corpus cualquiera, aún no ha acabado. La democracia formal es lo que tiene. Todo mamandurria y cortijo al paso alegre de la paz.
Puede usted manifestarse, pero sin molestar. Puede tener derechos pero sin pedirlos cuando no se los den. Puede usted, en fin, morirse o irse muriendo mayormente, en su esquina con güifi de tarifa plana, hasta quedarse quieto, callado, tranquilo, como sonriendo.
Y aún así.

Unknown dijo...
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Unknown dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

Estimado profesor, quisiera pedirle algunas sugerencias sobre el tema de Estado Constitucional, como su fundamentación, concepto, características, etc.

Un cordial saludo desde Perú,

Jhonathan Ávila Romero (aavilar.@pucp.pe)