Mi
muy estimado AnteTodoMuchaCalma:
El
párrafo de la pasada entrada que provoca su aguda respuesta es el
siguiente:
“El
caso de un conservador así sólo puede tener paralelo en quienes, diciéndose
defensores del matrimonio homosexual por razones morales, jurídicas o del tipo
que sean, se diga afrentado porque el legislador colombiano no admitió que se
rotulara con la palabra matrimonio lo que en los efectos y a todas las otras luces
es un matrimonio o perfectamente idéntico a él en lo que importe y no sea
meramente simbólico”.
Con perspicacia
procede usted a una especie de reducción al absurdo y alega que, por esa regla
de tres, tampoco debería un servidor tener objeción a que el matrimonio entre
gitanos no se llamara matrimonio, sino “unión marital gitana” o a que al hablar
de los derechos humanos de los homosexuales no dijéramos así, sino “derechos de
los no heterosexuales”. Parecería que a mí me da igual “una denominación discriminatoria
que una no discriminatoria”, según sus propias palabras.
Lo que late en el
fondo de mis tesis es, como usted sin duda habrá visto, un profundo
escepticismo, escepticismo que se mueve en dos planos. Por un lado, en el de la
ontología jurídica, pues sostengo que de instituciones como familia, matrimonio
y tantas otras (empresa, sociedad mercantil, sociedad anónima, persona, persona
jurídica, delito, depósito, prenda, hipoteca…) no hay un concepto
predeterminado y necesario, una noción impuesta por la naturaleza de las cosas
o el orden impepinable del ser, sino que los nombres o nociones respectivos
(“familia”, “matrimonio”…, “persona”, “persona jurídica”, “sociedad anónima”,
etc., etc., etc) se rellenan de contenido en cada época según la acción
combinada y mutuamente influyente de las concepciones sociales, por un lado, y
del legislador y los jueces, por otro. El tema de los derechos humanos nos da
excelentes ejemplos. Pretender, v. gr., que de siempre ha existido un derecho
humano a la libertad de expresión o a la libertad religiosa o a no padecer
penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes y que cada sujeto humano es
y ha sido siempre titular de tales derechos, es una muestra clarísima de pensamiento inmune a la Historia, a la Sociología y a la Antropología social. Igual que resulta estéril y absurdo pensar en un
intemporal y universal derecho al matrimonio, entendido como que cada cual pueda
casarse cuando quiera y con la persona que libremente elija.
El segundo campo
de mi escepticismo es de naturaleza moral. Ciertas instituciones jurídicas
condensan los puntos de vista morales y, más ampliamente, las mentalidades
vigentes en la respectiva sociedad o en sus élites legisladoras o en sus clases
dominantes, digámoslo como queramos, pero ésa es pura moral positiva y
malamente podrá pretenderse moral perfectamente racional y crítica sin que
volvamos a ponernos, otra vez, de espaldas a la Historia. Igual que a nosotros
el matrimonio, por seguir con el caso, nos parece, así, tal como ahora lo
entendemos, la quintaesencia de uno o varios derechos humanos importantísimos y
vitales, a los cartagineses, los griegos, los romanos, los incas, los aztecas o
los chinos de no sé cuántas dinastías les parecía idénticamente correcto lo
suyo e igual de acorde con la voluntad de los dioses, las leyes que rigen el
cosmos, la sustancia del ser humano y los requerimientos de una sociedad digna
y no completamente pervertida.
Esos dos
escepticismos, así brevemente explicados, son los que me llevan a mirar con
fuerte distancia crítica o algo de incomprensión debates como esos que ahora se
trae el mundo a propósito del vulgarmente denominado matrimonio homosexual. Sobre
mis opiniones respecto al esencialismo conservador que ve imposibilidad
ontológica y dislate moral en el denominado matrimonio homosexual no me pone
usted objeción y, por tanto, ni las repito ni las aclaro más. Es el tema de la
discriminación alegada desde puntos de vista que podemos llamar progresistas o
no conservadores el que merece unas líneas para ver si nos entendemos; o, al
menos, si me explico bien.
La discriminación
jurídica presupone, alternativamente, dos clases de situaciones:
(i) Hay algún tipo
de actividad, estado o estatuto que socialmente tiene valoración positiva y
ciertas personas o grupos están por el sistema jurídico excluidos del acceso a
dicha actividad, estado o estatuto. Por ejemplo, trabajar por cuenta ajena está
bien visto en la sociedad y el Derecho no permite trabajar por cuenta ajena a
los rubios o a los ateos o a las solteras… En otras palabras y desde el punto
de vista inverso, esa condición positiva, ventajosa o deseable se halla por las
normas jurídicas reservada a un conjunto que o bien es definido positivamente
por poseer ciertos caracteres (ej.: ser blancos, ser rubios, ser varones…), o
bien es definido negativamente por no poseer determinados caracteres (no ser
gitanos, no ser morenos, no ser viejos…).
(ii) Hay algún
tipo de actividad, estado o estatuto que socialmente tiene valoración negativa
y ciertas personas o grupos están por el sistema jurídico asignados a o
encajonados en dicha situación o tesitura que todos querrían evitar. O desde la
perspectiva alternativa: esa condición negativa o de desventaja se encuentra
por las normas reservada a un conjunto que o bien es definido positivamente por
tener alguna peculiar característica (ser gitanos, ser morenos, ser mujeres…) o
bien es definido negativamente por no poseer determinados caracteres, que son
los que permiten exonerarse de esa desventaja: ser payo, ser hombre, ser noble,
ser cura….
Supongamos que en
un sistema jurídico hay una norma que permite a los ciudadanos amputarse una
oreja a sí mismos sin anestesia ni nada y que tal acción no se considera
precisamente un privilegio ni va asociada a ninguna condición de preeminencia
social o diferenciación favorable. Es decir, los ciudadanos pueden cortarse la
oreja, pero hacerlo parece suprema tontería. Ahora pongamos que de dicho
permiso están por la norma respectiva expresamente excluidos los bajitos,
aquellas personas que midan menos de metro y medio de altura. La norma en
cuestión dice que los ciudadanos podrán amputarse una o las dos orejas sin
anestesia ni cuidados médicos, pero que de tal permiso quedan excluidos los
bajos de estatura. ¿Tendría sentido que esos pequeños alegasen discriminación y
solicitasen que el permiso se les extendiera? Me parece que difícilmente, salvo
que la actitud de esos individuos bajos fuera la de querer equipararse a toda
costa y porque de la discriminación manejan un concepto puramente formal. O
padecen un incurable formalismo o son víctimas de complejo de inferioridad y
piensan que todo lo que la ley permita a los altos, aunque sea una estupidez,
obedece a que en el fondo los altos son intrínseca y esencialmente superiores. Por esa regla de tres,
tendrían que alegar igualmente discriminación si a los corpulentos se les manda
suicidarse al llegar a los sesenta años y a ellos se les exonera de tan
riguroso mandato.
Ahora trabajemos
con un caso diferente. Un día, el legislador inventa una nueva categoría de
personas, a las que llama hipodáctilas. Ese ordenamiento aclara que los
hipodáctilos tienen determinados derechos, pero añade que esos mismos derechos los
poseerán igualmente los no hipodáctilos. El problema está en que una de las
condiciones para ser hipodáctilo es la de tener al menos tres lunares bien
visibles en la espalda. Los que no tienen lunares ahí o no llegan a tres se
alborotan y exponen que están discriminados. ¿Lo están en verdad, si sus
derechos son iguales a los de los otros y puesto que lo único que no pueden
ponerse conforme a la ley es la etiqueta de hipodáctilos? Explicado de otra
manera, resulta que no todos tienen un derecho legalmente reconocido a ser
considerados hipodáctilos, pero hipodáctilos y no hipodáctilos tienen, en todo
lo demás, los mismos derechos. La diferencia entre hipodáctilos y no
hipodáctilos es, pues, puramente formal y gratuita, una especie de bucle
jurídico o de absurda autorreferencialidad legal.
Lo que respecto de
los homosexuales y su matrimonio yo quería expresar es lo siguiente: o
consideramos que el matrimonio es algo bueno y que resulta que los casados
tienen derechos que los no casados no pueden disfrutar o que poseen un estatuto
moral específico y, por sus connotaciones, envidiable, o, por el contrario, no
hay base más que simbólica para alegar discriminación y resulta que decirse
discriminado por no poder casarse es lo mismo que afirmarse discriminado por
estar excluido del estatuto, nada más que formal y nominal, de hipodáctilo.
Que, aquí y ahora, prácticamente
todos los derechos de los casados los tienen las parejas no casadas, tanto homo
como hétero, que reúnan ciertos requisitos me parece difícilmente discutible.
Además, si lo que importa, más allá de lo simbólico meramente, no es la
etiqueta, sino los efectos, la discriminación no cabe, salvo en la etiqueta, en
lo secundario, si los efectos son los mismos, como es el caso si a lo de los
homosexuales no se lo llama matrimonio, sino unión marital o cualquier cosa por
el estilo. Si esto se me concede y los efectos están asimilados o se asimilan,
la única manera de mantener que hay discriminación, sin ser como los del caso de los
hipodáctilos, es cargando el matrimonio con un juicio moral o social positivo.
Pero entonces nos acercamos mucho a esos conservadores con los que debatimos.
Casarse, ser matrimonio, más allá de los efectos jurídicos iguales para las
parejas no casadas, es, así, algo bueno, supone participación en alguna esencia
o comunión con alguna institución moral bienhechora, de modo que hay privación
tangible para los excluidos del matrimonio, se puede decir que son catalogados
como sujetos de segunda categoría o no aptos para las mejores cosas o las
instituciones de mayor empaque o más crucial importancia.
Podrá verse de ese
modo, pero es en ese punto donde mi escepticismo me distancia de los que tal
piensan o sienten. Y no solamente porque ni sea yo gran amante de las
instituciones jurídicas ni ferviente convencido de las ventajas de la familia o
el matrimonio, sino porque, a estas alturas y como ya he sostenido aquí tantas
veces, ya podemos decir que el matrimonio es una institución con perfiles tan
perfectamente arbitrarios ny gratuitos como aquellos de la hipodactilicidad.
Conste que
reconozco el valor de lo simbólico a la hora de perpetuar o combatir
diferenciaciones sociales que tienen una base histórica indudablemente discriminatoria.
Estoy completamente a favor de la igualación plena y total de derechos con
total independencia de la orientación sexual de las personas. El debate
interesante es sobre táctica y estrategia para lograrlo y sobre si a veces no
es mejor ignorar que imitar. No sé si por talante o por qué, pero tiendo a
sentirme más cerca de los que intentan sacar sus modos de vivir y sus afectos
de las garras del Derecho que de los que pugnan por lograr la santificación
jurídica de su libre opción de convivencia. Más concretamente, me gustan más
aquellas parejas, sean del sexo que sean, que no quieren saber nada con lo
jurídico o que regulan sus relaciones mediante un contrato bien pensado, que
aquellas que, por ejemplo, se oponen al matrimonio, pero quieren sus mismos
efectos y hasta una ceremonia no matrimonial pero de blanco y con vestido de
cola, arroz por encima y padrinos virtuales con puro y chocolatinas. Estas
últimas, aun al no casarse, ratifican y consuman el mitro del matrimonio y su
significado social, aunque hurguen en el matiz jurídico con bisturí de
conceptualista decimonónico.
Trabajemos con una
comparación. Las mujeres han luchado aquí contra la preferencia del varón en la
transmisión de títulos nobiliarios y el Tribunal Constitucional ha dado la
razón a las hijas primogénitas de condes, marqueses, duques y demás. Me parece
muy bien que se destruya ese resto simbólico de la antigua superioridad social
y jurídica del varón. Ahora bien, sentado que entre aristócratas y plebeyos el Derecho
nuestro ya no reconoce ni reconocía antes de estos cambios legales y
jurisprudenciales diferencia de derechos, más allá de ese derecho tontorrón a
ponerse el título nobiliario en la tarjeta de visita o en el reportaje de Hola,
creo que si yo fuera hija de marqués y tuviera un hermano pequeño le propondría
a él que renunciáramos los dos al título, y si él lo quisiera con ansia
bobalicona, se lo dejaría, diciéndole que se lo puede meter en salva sea la
parte y luego que se menee con él dentro. Porque resulta que si me imagino
mujer y en esa tesitura, lo último que desearía sería sentirme marquesona e
imaginarme sangrando azul. A estas alturas, manda narices. Pues eso es lo que
me pasa con el matrimonio homosexual, mutatis mutandis, que veo estupendo e
imprescindible que tengamos todos exactamente los mismos derechos, pero que,
logrado eso, también son ganas lo de sentirse casado o casada como Dios manda,
como los padres y los abuelos de uno y con salpicón de marisco de primer plato
en el convite nupcial y con unos amigos de los novios que les corten la corbata a ambos después de los postres. Mismamente como los héteros de toda la vida.