02 febrero, 2008

La Guerra de los Cien Anos. Por nuestro corresponsal en el Alma Mater.

Ya digo, no soy de los que están muy al día de lo que se cuece y se quema en las bajas esferas rectorales de mi querida universidad. Ahora bien, la indiferencia del estoico se vuelve incivil defecto cuando se está en guerra y se llena todo de daños colaterales. Y debemos de estar en guerra, por lo que logro inferir de algunos datos que no se entenderían de otro modo. O guerra o manicomio, pero lo que pasa no parece normal. ¿A qué datos me refiero?
Recuerde el amigo lector la carta del rector magnífico de León a la que aludíamos en el post de hace un par de días. ¿Se acuerdan? Qué pensarán los que alguna vez suspendieron la selectividad. Se indignarán pensando que ahora podrían ser catedráticos; o más. Bueno, tal vez ya lo son, pues no me consta que nadie haya suspendido la selectividad más de una vez o dos. Pues así estamos, como ya sabemos. El caso es que estos días me he tropezado por pasillos diversos con colegas que llevaban fotocopia de la carta y la exhibían alborozados y muertos de risa. Naturalmente, son todos de la oposición. ¿Y los partidarios del gobierno rec(tor)al qué dicen? Calma, pues ahí topamos con uno de los enigmas del momento, como veremos, pues este gobierno ya no tiene partidarios y posiblemente ni el rector se quiere ya a sí mismo y por eso se anda desprendiendo de cualquier jirón de prestigio que pudiera quedarle. Pero no adelantemos acontecimientos.
Digo que me voy tropezando con colegas desternillados de risa con la carta de marras. Supongo que ninguno será un converso que en su momento votara a nuestro Señor Magnífico, pues a ninguno le asoma cilicio ni se le aprecian marcas de penitente. Pero nunca se sabe. A uno de tales compañeros le planteé el otro día la pregunta que muchos llevamos en la cabeza: cómo es que nadie le revisó a Nuestro Dueño la carta. ¿Casi tantos cargos digitales como en La Moncloa y ninguno se maneja con sintaxis y ortografía? Pudiera ser, pero estadísticamente parece raro. Mi interlocutor me cuenta lo siguiente: que los escritos del Amo antes los corregía un pequeño vicerrector, pero que ahora ya no lo hace porque está picado con Él y le tiene tirria. ¡Tócate las narices! Este gobierno universitario cada vez se parece más al PSOE. Todos están en contra del Supremo y lo tienen por medio ceporro, pero aguantan en el sillón lo que haga falta y (algunos) se tiran en marcha sólo si hay mucho oleaje, el hundimiento es inminente y pasa un yate tentador, con flotadores per tutti y cubatas a bordo.
Vean qué curioso. Un vicerrector que está hasta la boina del Supremo y que pasa de él, pero que no dimite. Natural del todo, de cajón, oiga. Por lo que se comenta esta temporada, no es sólo uno, pues la mayoría de los vicerrectores no tragan a Muchoyó. Es más, algunos hasta han comenzado a trabajar su propia candidatura para sucederle en las cimas del Olimpo, pero advirtiendo con mucha seriedad que ellos no están en su línea ni son sus continuadores. Para nada. Que hace falta una ruptura, un giro radical. Vamos, como si el Bermejo o la Tere se presentaran ahora por libre a lo del 9 de marzo porque nunca tragaron a Z(P). Entiendo que un vicerrector pueda perder la fe una mañana al subirse al caballo oficial, comprendo que a los dioses se los va conociendo a fuerza de tiempo, milagros y divinas putadas, me hago cargo de que entre que te das cuenta, lo piensas, lo sopesas y te decides, te pasaron dos mandatos casi completos. Pero, hombre, cuando ya te rebotas del todo y en serio y vas diciendo sottovoce que el Boss te la refanfinfla, parece más honesto y efectivo el soltarse el pelo por completo, dimitir, soltar cuatro frescas públicamente y…, pedir perdón por los pasados errores y las pretéritas complicidades.
Algún día deberíamos escribir un manual de ética universitaria para altos/as cargos/as. Con unas bonitas aplicaciones de ese rollo de ética de convicciones y ética de responsabilidad. Categorías que hay que enriquecer con una tercera: ética de yo no pierdo nunca y estoy en la procesión y repicando, en el gobierno y en la oposición al mismo tiempo. Eclesiásticas habilidades, sin duda. Como los obispos, que en San Sebastián dicen una cosa y en Conferencia Episcopal otra, que se ofrecen de mediadores en las negociaciones con los terroristas y luego llaman cabrones a los que negocian con los terroristas. Episcopal coherencia de prelados y vicerrectores. Miren estos datos, para mayor ilustración.
Un rectorado que dura dos mandatos, ocho años. Un equipo unido y cohesionado como una sola mujer. Personalidades de una pieza, con las que todos hemos vivido a menudo historias como la que sigue, absolutamente real y típica. Vas a ver a un vicerrector por una cuestión ordinaria cualquiera. Él (o ella, pero no nos liemos con gilipolleces ahora) mira papeles, comprueba cuadrantes, dibuja hipotenusas, se recrea con curvas, comprueba solicitudes, recaba asesoramientos variados y, finalmente, te dice que sí y que de acuerdo y que cuentes con ello. Te vuelves a tu Facultad la mar de contento. Pasa una semana y otra y otra. Nada se mueve. Mosqueado, llamas a ese Vicerrectorado. La secretaria (¿por qué ningún vicerrector ni rector tiene secretarios varones? ¿Qué pasa con la política de género?), siempre amable, te dice que su jefe no está y que no sabe como localizarlo, pues ese día no lleva móvil. Repites la llamada al día siguiente y resulta que acaba de salir para una reunión en el Ministerio sobre “Titulaciones flexibles y convergencias convexas en el Espacio Curvo Europeo –ECE-“. Que volverá en tres días y que otra vez se olvidó el móvil. A los tres días: que está acatarrado y que avisó de que no va al despacho ese día y que en casa no quiere que se lo moleste, por la fiebre y eso. Por suerte, en ese momento te vas a la cafetería a tomarte un orujo para los nervios y te lo encuentras allí, con tres becarias y su vetusto maestro, más sano y alegre que unas castañuelas. Lo abordas y te dice que lo llames mañana. Que sí, que sí, que estará en su despacho y que lleva dos semanas queriendo hablar contito pero no atreviéndose a llamarte para no importunarte. Esto es señal inequívoca: date por jodido.
Al día siguiente lo llamas a las nueve. Y a las diez y a las once y a las doce. Das con él a la una. Te cuenta con detalle lo atareadísimo que ha estado esa mañana controlando la instalación en su Departamento de un aparato carísimo que se compraron con un proyecto y que sirve para medir las oscilaciones capitulares de la transaminasa infausta durante los efluvios carpetovetónicos. Resistes la tentación de colgar sin decir nada o de colgar después de haberte cagado en el viejísimo oficio de su mother, la pobre. “¿Sigues ahí?”, te pregunta cuando acaba con lo de su aparato.”Sí”, dices simplemente. Carraspea. “¿Y por qué me buscabas?”, te pregunta. Ibas a contestar que también él te buscaba a ti, según te había dicho ayer, pero piensas que para qué. Le recuerdas el asunto pendiente. “Ah, eso ¿pero no te llamó el Rector?” “No”. “Chico, es que el Rector ha dicho que no, que no le encaja y que no puede ser”. “¿Por qué? ¿No estaba todo en regla? Tú mismo me dijiste que…”. “Sí, sí, pero ya sabes cómo es Ramiro, cabezón y burro como él solo. Estoy de él hasta los cojones”. Y a partir de ahí cinco minutos explicándote que no soporta al Rector, que es un tirano y un arbitrario, que todos los del equipo se sienten humillados y ofendidos por Él, que él hasta se está tomando un antidepresivo para aguantar el tirón esta temporada y que últimamente hasta ha tenido algunas “disfunciones eréctiles”. Así mismo te lo dice. Acabas sobrecogido y compadeciéndolo. Ganas te dan de despedirte pidiendo perdón por molestar y por aumentar sus turbaciones y perturbaciones. Pero te despides cordial, cuelgas, te rascas la cabeza y te quedas pensando que algo no va. Al rato ya lo has visto claro, pero es tarde. El Rector, el tal Ramirín, será lo que quiera, el vicerrector en cuestión es un cretino de tomo y lomo y tú, y tú… eres tonto de remate.
Bueno, pues decíamos que un equipo así dura ocho años. Al segundo año ya circulan rumores de que hay vices muy quemados y que van a dimitir. No dimite ni uno, descuida. A algunos de ésos Zeus les cambia el nombre de sus cargos y se quedan la mar de felices. Al Vicerrector de Profesorado lo rebautizan como Vicerrector de Personal Docente y al de Ordenación Académica como de Planes Académicos. Y como niños con traje nuevo. “Querida, querida, mira cómo me llamo ahora. Y puedo nombrar tres nuevos directores de área. Voy a proponerle una de esas direcciones a Currita”. “¿A Currita? ¿A esa zorra?”. “Bueno, vale, a Currita no. Pues a Manolín el de Benavente, hala. Verás que ilusión le hace”. “A Manolín sí, mira. Ven que te felicite, lumbrera mía”. “¿Quieres que me ponga la toga sin nada debajo y nos vamos a la habitación?” “¡Uy, sí, sí, sí”. Así van tirando las parejas con altas responsabilidades.
Otro rumor que siempre circula a partir del segundo o tercer año de un rectorado es que el rector tiene un cáncer terminal. Como lo que los fachas han dicho toda la vida los del Rey. Que lo saben de buena tinta y tal y que máximo seis meses. Se cumple una ley impepinable: cuando la oposición universitaria le atribuye cáncer al rector es señal de que esa oposición, aparte de estar integrada por tontos de baba, se rinde y ya sólo confía en el vudú y el mal de ojo.
De esa guisa pasan siete años enteritos, con unas elecciones de por medio que sirven para que en el segundo mandato aumenten los cargos-comedero y las arbitrariedades a tutiplén. Como ya no pueden reelegirme, se van a enterar. Los del PRI mexicano tenían un nombre para eso, para el último año del Presidente, pero no me sale ahora. Me viene lo del “año del cerdo”, pero tal vez se me cruzan malamente temas y personajes. Eso sí, en cuanto empieza la cuenta atrás y comienza el año ese… la desbandada. Aquella lugartenienta de Ramirín que no te saludaba y que organizaba misas negras en tu honor por no querer al Único, su adorado, el niños de sus ojos, su osito, su cosa, un día se cruza contigo, se para, te sonríe, te da dos besos casi de lengua, te transmite todos los pésames que te debía de estos años, te comenta que te ve hecho un adonis y que cómo te conservas así de guapetón y, cuando tú todavía no has salido de shock ni has tenido tiempo para pellizcarte siquiera, se pone a decirte que Ramirín un hijoputa, que ella siempre lo había visto así, que tú tenías más razón que un santo cuando te mosqueabas, que ella siempre te admiró en silencio y húmeda, que hay que organizarse, que vienen las elecciones y esto no puede seguir así, que están planteando una candidatura alternativa y renovadora a esta porquería que nos ha gobernado hasta ahora, que en cuanto ganen van a pedir una auditoría, que cuenta con tu colaboración y tus ideas… Ah, y que ayer ha dimitido de su cargo, en el que siempre había estado incomodísima y por puro espíritu de servicio, la verdad.
Y se van acercando las elecciones y tú no sales de tu asombro y empiezas a tener paranoia inversa o manía persecutoria al revés. En lugar de tener la sensación de que todos te acechan para matarte o hacerte putadas, vas sospechando que te acosa todo dios por puro amor e incontenible admiración. Has dejado de ser transparente y no sólo descubres que aquellos que antes no te saludaban porque no te veían ahora se paran y te palmean el hombro y mueven obscenamente la lengua mirándote la bragueta –o ésa es tu impresión, al menos, por la causa de esa nueva paranoia patas arriba-, sino que hasta te felicitan por el blog y te dicen que muy bien esa caña y que así se zumba y que cómo disfrutan leyéndote. Hostias, piensas tú, pero si iba por ti. Pero, como te has quedado sin voz de tanto apretar las piernas, pues cuando quieres reaccionar el otro ya se ha ido moviendo el culete y encantado de haberte conquistado con tantísimo arte.
Pensándolo bien, nunca agradeceremos suficientemente todo el sacrificio que hacen por nosotros. Primero aguantando a las órdenes de un Sheriff que nunca soportaron y cuyas injusticias tuvieron que contemplar en silencio y a pie de obra, atados al cargo por la dichosa Verantwortungsethik, luego tirándose en marcha sin verter gota, más tarde cambiando de caballo al galope con circense soltura. Y todo por nosotros, para que las cosas funcionen, para que no nos falte de nada, para que podamos, nosotros, privilegiados, cumplir con nuestra labor de docentes consentidos e investigadores entregados, mientras ellos, nuestros servidores, se privan de las mieles del aula y de los placeres de la probeta y el libro, nada más que para estar ahí, velando por nosotros, sacrificados ángeles guardianes que no sucumben ni a las penas ni a los riesgos. Admirable, oiga. Chapeau. Yo de mayor quiero ser así.

01 febrero, 2008

Ora et ora. Las andanzas de un investigacor universitario. 1.

Iremos contando, en capítulos sucesivos y para no agotar al personal de una tacada, cómo se investiga hoy en día en nuestras universidades. La historia que se irá exponiendo es ficticia, pero llena de datos y experiencias rigurosamente reales. El protagonista, NN, es un catedrático que de buena fe intenta hacer algo más que vegetar, asistir a reuniones estériles y rellenar papeles inútiles. No sorprenderá el resultado de sus esfuerzos, y por eso podemos anticipar el desenlace sin destrozar la narración: no logra nada. Se lo come el sistema. Sucumbe a la burocracia. Pero eso, como digo, es lo usual. Lo interesante es que vayamos, poco a poco y con paciencia, reparando en la tupida red de estupideces que nos atrapa a los profesores universitarios y que no nos deja casi nunca hacer casi nada útil o que merezca en verdad el nombre de investigación.
Estamos nada más que para que chupatintas justifiquen sus puestos prescindibles y para que autoridades sin autoridad ni científica ni moral, pero con mando en plaza, rellenen a nuestra costa cientos de estadísticas mentirosas, de memorandos engañosos y de informes que celosamente ocultan lo que de verdad ocurre y que se puede resumir así: nos pagan para que aparentemos ser lo que no somos y para que, al tiempo, no hagamos nada que no sean gilipolleces del gusto de tarados ministeriales y de pedagogos pajilleros.
¿Para cuándo un Plan de Bol0nia sobre maneras de dejarnos trabajar en serio y en paz? ¿Para cuándo un modelo integrado para el fusilamiento de mangantes ministeriales y vicerrectorales?
Vamos allá.


Érase un catedrático llamado NN, que un día tuvo la idea de escribir un muy meditado y documentado trabajo sobre “Los X y los Z y sus conspicuas relaciones”. Lo primero que se le ocurrió fue el título y tal sucedió una noche mientras se cepillaba los dientes, ya en pijama y dispuesto a dormirse pensando en los planos de la nueva casa que él y su mujer habían decidido construirse. Ni se durmió hasta la madrugada ni pensó en la morada nueva, pues el esquema de aquel trabajo se le vino a la cabeza como por arte de magia y estuvo dándole vueltas y puliéndolo mentalmente.
Nuestro catedrático, tenido en tiempos por reputado especialista tanto en las cosas sobre X como en los asuntos de Z, llevaba algún tiempo sumido en una crisis de productividad, seco, con él decía. Había dictado conferencias y escrito algunos refritos sobre esos asuntos en los que había sido versado, pero hasta este mismo momento no había dado con nuevas vías para proseguir su investigación con originalidad y renovados ánimos.
Al día siguiente, martes, llegó temprano a la Facultad y se puso a escribir el guión inicial de su investigación inminente. A la hora del café, unos colegas pasaron a buscarlo y no supo rehusar. Encontró la ocasión para contarle por encima a B. su proyecto. Eran buenos amigos y compartían también ocasionales desahogos. Al poco de retornar al despacho sonó el teléfono y era B: “Oye, C., a quien recordarás y que es discípulo mío, organiza en julio en Jerez un curso de verano sobre "Los X y la dinámica intergeneracional". Así creo que se titula. Lo que hablamos antes me ha hecho sugerirle que te invite y está encantado. Te llamará en un momento”.
Colgaron y nuestro catedrático se sintió alegre. La semana había comenzado con inesperados bríos. Lo llamó C. desde Jerez y, después de los saludos protocolarios, le confirmó la invitación y le comunicó que le enviaría una ficha que tenía que rellenar como profesor de aquel curso. Llegó la ficha a última hora de la mañana, cuando NN acababa de regresar de su clase. Echó un vistazo y comprobó que era complicada. Después de comer con la familia, se puso a rellenar la ficha. Era larga y compleja. Entre los datos que pedían estaba el número de registro personal y no lo tenía apuntado en casa, por lo que decidió continuar a la mañana siguiente.
De nuevo madrugó y se propuso quitarse de en medio lo de la dichosa ficha. Buscó el número de registro y se topó luego con que le pedían una relación de artículos en revistas indexadas, con indicación del ISSN de cada una. Le costó dos horas recortar y pegar y dar con los datos completos de las puñeteras revistas. Se fue a clase y al volver continuó con la ficha. Le solicitaban un número de cuenta, pero con dígitos de banca internacional. Llamó a B. y éste le dijo que llamara a la secretaria del Departamento de C. en Jerez. Ésta le dio el número de la Dirección de Cursos de Verano de aquella Universidad, donde le pidieron que telefoneara otra vez en media hora, pues la persona que llevaba lo de las fichas había salido un momento. Al cabo, volvió a telefonear y le explicaron que tales dígitos eran imprescindibles, pues algunos de los conferenciantes invitados al curso eran extranjeros y se les pagaría con transferencia internacional. Alegó que él era español y que para qué complicarse en su caso, pero educadamente le contaron que el sistema informático no admitía más entradas que las que llevaran la numeración completa, sin distinción de cuentas españolas y de otros países.
Conseguir comunicación con su asesor personal en el banco le llevó un buen rato, pero logró rellenar aquel apartado con una larguísima serie de números. En ese instante se fue la luz y NN soltó varios juramentos. Retornó pronto la energía y afortunadamente había apuntado en un papel aquellos datos de la cuenta. En éstas, llegó la hora de comer y llamó a casa para explicar a la familia que tenía mucho que hacer y que tomaría cualquier cosa en la cafetería del campus. Antes de salir le llegó un correo electrónico del Vicerrectorado de Investigación, en el que se daba cuenta de una nueva convocatoria nacional de proyectos de investigación. El plazo de solicitud era breve, dos semanas, y NN se fue a la cafetería pensando que pediría un proyecto sobre el nuevo tema que se le había ocurrido. Tenía que pensar a quiénes metía en el equipo.
Esa tarde acabó de rellenar la ficha de Jerez, no sin antes tener que decidir lo que aún no había tenido tiempo de pensar y que el documento le pedía que especificase ya: medio de transporte a Jerez, días de estancia, apoyo instrumental que necesitaba para su conferencia y resumen de ésta en menos de mil palabras y con un abstract y palabras clave en inglés.
Luego se puso en contacto con algunos colegas de su gremio para ofrecerles la participación en su nuevo proyecto. La mayoría le dijeron que sí, pero a condición de que hiciera él todo el papeleo. Aceptó. Al fin y al cabo, la idea había sido suya. Como muchos le preguntaron qué había que hacer o dónde tenían que firmar, antes de irse a casa bajó de la web del Ministerio los impresos. Comenzó por echar un vistazo al modelo de currículo de los investigadores y vio que era sumamente innovador. O sea, no servían los formatos en que tenía su currículo y vio que le tomaría como mínimo un día entero adaptar los datos al nuevo, a base de cortar, pegar y buscar algunas informaciones sorprendentes que ahora se solicitaban. Se preguntó cómo se lo tomarían los compañeros que habían accedido a figurar en el equipo y que también habrían de rellenar ese formato.
Se marchó a casa sin perder el buen ánimo, pese a las primeras contrariedades. Esa noche se durmió pronto y agotado, pero tuvo extrañas pesadillas.

Un artículo de Arcadi Espada sobre los nazis y sobre esto de por aquí

En El Mundo de hoy viene este artículo de Arcadi Espada. No está mal para volver a preguntarse por qué a cierta autodenominada izquierda le asoma cada vez más la camisa parda bajo la casaca del traje regional (perdón, quise decir nacional).
Memoria nazi. Por Arcadi Espada.
Un portavoz nacionalista se niega a condenar el llamado Holocausto, es decir, la destrucción nazi de los judíos europeos, porque el documento, que trataba de obtener el acuerdo de todos los grupos del Parlamento gallego, no incluye la condena del actual estado de Israel. La actitud del portavoz es vulgarmente racista. Dejemos a un lado la obvia inmoralidad de la comparación: sea cual sea el juicio que merezca la política del Estado de Israel es evidente que ninguno de sus líderes ha decidido el exterminio sistemático de determinados individuos en razón de su filiación étnica o religiosa. Pero lo más siniestro del razonamiento del portavoz es su previsión implícita: los padres judíos asesinados sólo recobrarán su dignidad cuando los hijos reconozcan que han sido a su vez asesinos. Al portavoz, en efecto, no le importa en absoluto que sean personas distintas las que murieron en Auschwitz o las que matan en Gaza. Al portavoz le importa la responsabilidad de la raza: y detecta un espeluznante equilibrio entre asesinados y asesinos que debe ponerse de manifiesto. Su actitud, que refleja perfectamente la estructura mental de un nacionalista, guarda una terrible simetría con la del judío que considera que Auschwitz redime a su pueblo de todos los crímenes futuros y que considera un simple arreglo de cuentas de la Historia que la venganza contra los nazis se materialice en el cuerpo de los palestinos.
La actitud del portavoz, sin embargo, es exponente de algo más, muy típicamente español. La laxa conciencia del genocidio. No hay otro país en Europa donde se tenga una percepción tan liviana de las atrocidades nazis y donde se asimile su naturaleza a la de cualquier otro crimen. Las resistencias del portavoz no son una anécdota. No lo son, tampoco, que en un foro nacionalista catalán (concretamente el de www.estat-catala.net) un delincuente prescriba esta frase: «Boadella, a la cambra [cámara] de gas», sin que aparentemente le pase por la cabeza las consecuencias penales que puede tener esta frase. Nazis sigue habiendo en muchos países europeos; pero no creo que en ningún otro lugar haya tantos nazis sin conciencia de serlo. El débil reflejo del genocidio está vinculado a la Guerra Civil (los muertos propios y próximos ocuparon un gran espacio en la memoria) pero también a la Dictadura, que acabó por aniquilar la herencia común europea. La península Ibérica fue el único lugar de Europa donde los nazis no fueron vencidos. Hoy siguen gozando de un gran respeto técnico.
(Coda: «Porque necesariamente pensar Europa, es pensar la Shoah; o pensar la Shoah es pensar Europa. El pensamiento genocidiario nazi podía haber terminado destruyendo nuestro continente pero, a su vez, la conciencia del desastre ayudó a los pueblos europeos a unirse». Miguel Angel Moratinos, Día Oficial de la Memoria, 24 de enero de 2008.)

31 enero, 2008

El principio de interdicción de la arbitrariedad de los poderes públicos (Segunda lección elemental de Derecho administrativo). Por F. Sosa Wagner

Este principio, establecido en el artículo 9.3 de la Constitución, significa que las autoridades no pueden tomar decisiones arbitrarias, entendiéndose por tales fundamentalmente aquellas que supongan una infracción del principio de igualdad de trato de los administrados ante la aplicación de la ley y las reglas objetivamente determinadas.

Los tribunales de justicia utilizan tal principio constitucional para impedir que los poderes públicos sostengan interpretaciones arbitrarias de las normas (sentencias del Tribunal Constitucional 219/1989 y 93/1992) o resoluciones abiertamente discriminatorias (por ejemplo, sentencia del Tribunal Supremo de 19 de junio de 2002). Como dice expresivamente el Tribunal Constitucional en su sentencia 151/1986, “a la luz de lo indicado ha de concluirse que a lo largo del procedimiento administrativo los ciudadanos han sido objeto, efectivamente, de un trato desigual respecto a otros en situación similar, sin que se haya razonado o justificado el por qué de esa desigualdad ... Pues no resulta admisible -ni por tanto debe considerarse justificativo de la desigualdad- que la Administración elija libremente a quiénes aplicar y a quiénes no aplicar la normativa vigente, actuación esta vetada por la interdicción de la arbitrariedad contenida en el art. 9.3 de la Constitución”.

Puede resultar raro al lector de este blog pero este principio vincula a los rectores de las Universidades públicas. Increíble pero cierto.

30 enero, 2008

¡Cielo santo, no hay donde caerse muerto! Nuevos capítulos de la conjura de los necios

Acabo de pasarme diez minutos paralizado y sin saber si escribir algo suave, algo fuerte o tomarme unos orujos y pasar de todo y para siempre. Esperen, esperen y ya me dirán si es o no es para ponerse así. Procedamos con algún orden.
Los amigos de este blog saben que éste que les escribe gusta de pelearse hasta con los amigos, que tiene fobia a pedagogos y rectores (un rector pedagogo sería el no va más, la locura y el desmelene) y que los años lo van haciendo un pelín atrabiliario. Pero miren qué curiosa es el alma humana. Hoy viene en los periódicos leoneses una carta del rector de nuestra Universidad. Pueden verla pinchando aquí o aquí. A ninguno de los habituales se le oculta, y a él tampoco, que no es santo de mi devoción. No lo es ni de la mía ni de la de muchos, pero un servidor, modestia aparte, es de los poquísimos que lo dice sin ocultarse y sin temblor de cojoncillos/as (con perdón). Cuando me ha parecido oportuno darle las gracias o felicitarlo por algo, también lo he hecho sin que me dolieran prendas. Y, lo que son las cosas, hasta nos hemos entendido de trinchera a trinchera.
¿A qué viene esta introducción y qué tiene que ver con la carta de marras? Pido en este punto un favor al pacientísimo lector. Lean en este momento la carta del rector, doctor don Ángel Penas. Luego seguimos hablando.
¿Ya la han visto? Pues ahora entenderán mi perplejidad y mis dilemas. ¡Por Tutatis! ¿Entro al trapo y comento cuestiones formales? Francamente, no soy capaz, no puedo. El asunto me supera. Para qué. Me invade una gran ternura. Y una desazón profunda. Estamos, todos, definitivamente jodidos, hundidos, acabados. El último que apague la luz. Y que tire de la cadena. Universitas. Ja. Entre todos la mataron y ella sola se murió.
¿Y sobre el fondo? ¡Uff! Estoy por decirle al rector que olé sus narices. Pero, hombre, por qué no me llamó a mí para redactar el panfleto, caray. O a otros que él y yo conocemos. No le iba a pedir un asociado ni nada, palabra.
Contaré muy brevemente lo que sé de la historia y el debate, aun a riesgo de simplificar o errar en algún dato. Que se me disculpe si es así, pues no soy seguidor esmerado de la actualidad leonesa, y menos de la universitaria. Bastante tenemos con lo que tenemos como para andar, encima, regodeándonos con los detalles.
El Decano de la Facultad de Filosofía y Letras, doctor Carantoña, se presentaba a la reelección para el cargo, y se presentaba como candidato único. Perdió. Inaudito. Votó en contra un montón de gente y otro puñado votó en blanco. ¿Mala gestión anterior? ¿Carácter difícil? Pues de eso, por lo que he oído y leído, nadie ha hablado. Su pecado fue el siguiente: poner en duda el heroico papel de León y de un coronel de aquí, un tal Luis de Sosa (ojo, no es pariente de nuestro amigo administrativista y escritor, al menos hasta donde nos consta). Resulta que los leonesistas, encabezados por ese inefable (pues fala en lliunés) concejal Pardo (del que aquí hemos contado alguna hazaña hace tiempo) y aprovechando su condición de “llave del gobierno municipal” (hoy en día el personal se acuesta con cualquiera, y sin condón), han logrado hacer del 24 de abril fiesta local en León. ¿Por lo San Jordi el día antes? ¡Quiá!. ¿Por alargar el día del libro? ¡Qué libro ni qué leches! Por la singular, fortísima y ejemplar resistencia de las huestes locales frente al invasor francés, que seguramente quería reemplazar el idioma leonés por la lengua de Molière y hasta ahí podíamos llegar, como si aquí no hubiera “molinerus” de sobra.
Y qué dicen los historiadores, entre ellos el doctor Carantoña, quien, casualmente, es especialista reconocido en asuntos de la Guerra de la Independencia, y también algún discípulo suyo. Pues que menos globos, que de León los franceses pasaron muchísimo, que si alguno cayó por aquí fue porque se perdió buscando buenas tapas, que el tal de Sosa era un coronel de mentirijillas y barra de bar (como la mayor parte de los “generales” que critican al rector hoy en día) y que, todo lo más, al que adoraban los cuatro gatos que bajo su guía salieron ese día a tomarse unos tintorros era a Fernando VII. Es decir, que de supremo acto de patriotismo leonés y crucial expresión de las ansias de autodeterminación de la nación leonesa nothing de nothing (trad.: ná de ná) y que como documento histórico son más fiables las historietas de Mortadelo y Filemón que las sudadas tesis del aberchalismo leonés.
Bueno, pues por poner en duda el cómic oficial del leonesismo y su pretensión de que en León el 2 de mayo se celebró el 24 de abril, el Decano Carantoña perdió las elecciones en su Facultad y el propio concejal Pardo se ufana de que fue por dudar de lo que no hay que dudar. Y ahí es donde el rector Penas de nuestros quebrantos la toma con el concejal Pardo y le dice esas cosas así de esa manera y con esa prosa magnífica. Deducirá el lector que el doctor Carantoña, que tiene todos mis respetos y que, para colmo de parabienes, es gijonés como un servidor –aunque él citadino y este que suscribe rural-, no se lleva mal con el rector; ni tiene por qué.
Sea como sea, lo que yo no veo tan claro es que haya que tomarla con el concejal Pardo, don Abel (encima nos dirán que éste es el hermano bueno). El hombre de algo tiene que vivir y, si me apuran, más raro es lo de Tom Cruise con la Cienciología. A cada uno le da la paranoia que le da, cree en lo que cree y se monta la película como se le antoja. No, lo que a mí me deja helado es la Facultad de Filosofía y Letras. Filosofía y Letras. Esa Facultad que sigue las consignas de Pardo. Esa Facultad donde supuestamente se cultiva la Historia (la mayúscula es a posta) en serio, donde presuntamente se hace Ciencia Histórica, donde podríamos imaginar que las discrepancias científicas se debaten sesudamente, documentos y pruebas en mano y en el más depurado estilo académico, sin más propósito que la verdad ni más interés que el del saber.
Pues ya está, lo voy a decir, aunque me lluevan chuzos de punta: si es cierto (ojo al condicional) que la razón de que la mayoría de la Facultad no votara al doctor Carantoña es ésa que se dice y de la que el concejal Pardo hace gala, si en verdad se le retiró el apoyo por no avenirse a dar el tratamiento de Historia a las historietas de dibujos animados que son parte de la invención de naciones inverosímiles, eso no es una Facultad, es un antro, un vivero de adoquines, de cabezas cuadradas y, a poco que se esfuercen, rapadas. Con las excepciones que sean de rigor, por supuesto. Aquí no acabaremos marcando el paso de la oca, pues no es animal totémico ni autóctono; marcaremos el del pollo de corral. El color de las camisas ya se verá, aunque hay indicios.
En fin. Contra los hechos, y si los hechos son ésos, no valen los argumentos. Es lo que hay. Es tut mir Leid.
Y, por si faltaran motivos para el desánimo, el rector, que es doctor, catedrático, primus inter pares y elegido por sufragio universal del personal de la Casa, escribe de esa manera. Estamos buenos los pares, visto el primus.

29 enero, 2008

El principio de caridad en las relaciones sociales

¡Toma ya! Menudo título me ha quedado. Con una etiqueta así y cuatro citas de algún sociólogo polaco, se montan los de Sociología una monografía de cuidado. Al fin y al cabo, no hay cosa evidente que no haya descubierto, a base de tiempo, algún sociólogo.
Pero que nadie se alarme, no me voy a poner estupendo con la pretensión de inventar teorías. Está todo el pescado vendido y en las ciencias sociales ya sólo queda sitio para epígonos, editores de obra póstuma y comentaristas traicioneros. A lo que quiero referirme es a un asunto de nuestro diario acontecer, como dirían en el telediario. Veamos.
Lo que hace posibles las relaciones sociales y que no nos matemos al primer golpe de vista es el disimulo. Podría decirse que es por cortesía por lo que no nos masacramos unos a otros y todo el tiempo. Pues por cortesía nos callamos a menudo lo que pensamos de nuestros conocidos, compañeros e interlocutores varios. Mantenemos las formas, cultivamos los tópicos, fingimos interés por cuestiones personales que en el fondo nos importan un bledo, nos consternamos por las ajenas desdichas sin un ápice de sinceridad. Y así todo. Pero vamos tirando, nos acostumbramos y hasta nos gusta la vida social de tal guisa. Como es imposible saber lo que bulle en la cabeza de cada cual, uno se acomoda a la representación propia y ajena y, en estas, hasta le tomas cariño al papel del otro, surgen amistades, prosperan amores, se hacen risas o te casas.
Y todo eso cabe gracias a que filtramos nuestras opiniones, censuramos nuestras ocurrencias, no soltamos a tontas y a locas lo primero que se nos viene a la cabeza cuando aquel amigo nos enseña su nuevo coche, este colega hace ostentación de su reciente ligue o la compañera de fatigas te pregunta qué te parece lo que le han hecho hoy en la pelu. Vivimos, así, dichosos entre parabienes y mirándonos en el espejo de lo que los otros nos dicen por conmiseración y para no buscarse enemigos a lo tonto. Sabemos que ese espejo es engañoso, pero, narcisos al fin, lo preferimos antes que el reflejo inclemente de los charcos.
Bueno, pues en esto de la cortesía y el principio social de caridad hay excepciones, existen aprovechados, parásitos del sistema. Toléreseme una comparación bien pedante. Cuenta Habermas que el mentiroso es un parásito que se aprovecha de la presunción de verdad que habitualmente aplicamos a las comunicaciones que nos dirigen. Es decir, cuando alguien me dice algo, yo –si no tengo una paranoia de tomo y lomo- no estoy pensando que seguro que me miente, sino que parto de que, si me habla, no será para engañarme –salvo que sea político profesional- y supongo veracidad mientras no se demuestre lo contrario. Sin esa presunción no habría comunicación posible. El mentiroso se aprovecha de tal presunción para salirse con la suya y colocar impunemente unas bolas de campeonato. Cosa que no ocurriría si todos mintiéramos siempre y eso lo supiéramos todos.
Pues a lo que quería contar aquí. Empiezo a estar un poco cansado de tanto sincerísimo como me voy topando últimamente, y lealmente advierto de que paso al contraataque y que se prepare el próximo que se haya afeitado los pelos de la lengua. Llegas a algún lugar, te encuentras un grupo de amigos o conocidos y comienza el diálogo habitual. De pronto, uno, que suele ser el más pringao y el que más tiene que callar, te saluda con una fórmula del tipo “Hombre, qué calvo te has quedado en este último año y cómo has engordado. Estás mucho más feo, como inflado y enfermizo”. Rediez, te quedas descolocado, y no porque no sepas que tu body ya no es lo que era ni porque en verdad te hagas ilusiones, sino porque tú también lo has encontrado a él hecho unos zorros y te has limitado a un “Te veo muy bien, qué tal por casa”. O aquel que, estando delante tu mujer y la suya, te casca lo de “Qué, ¿ya no te tiras a la secretaria?” o lo de “Chico, la semana pasada vi a tu exmujer y aún no ha superado las putadas que le hiciste”. ¿Mande?
Hay que ver cuánto nos perjudican la educación y la socialización maldita. Nos enseñaron a poner la otra mejilla y tenemos ya tumefactas las dos. Unos fallamos por timoratos y considerados en exceso y otros por falta de reflejos, pero el caso es que el sincerísimo de las pelotas suele librar con bien y hasta se pavonea luego de que él es muy natural y espontáneo. Pues bien, ante los amigos de esta blog, que ya son como de la familia, hago una sentida promesa: yo voy a cambiar. Reflejos no me faltan, permítaseme esta vanidad, y ya me duele la lengua de tanto mordérmela. Terminator total me pondré en adelante con los estupendos que se montan terapias a costa de uno.
Ojo, tampoco hay que dejarse desconcertar por las estrategias defensivas de esos personajes. Hace poco me entró uno, al que hacía años que no veía, tal que así: primero una desconcertante carcajada por su parte y luego, ante mi cara de perplejidad, esta frase: ¡Joder, qué cantidad de arrugas te han saludo y qué mogollón de canas! Yo, le respondí más o menos esto: “Pues tú has engordado una barbaridad, pero sigues igual de cantamañanas”. Y su reacción fue la típica de estos sujetos: “Coño, hombre, qué poco sentido del humor, qué te pasa que reaccionas así ante una broma cariñosa”. Y me corté y hasta me entraron remordimientos, bobo perdido que soy. Pero en adelante ni remordimientos ni compasión, el puñal en la boca y a por ellos. Verás como huyen como lo que son. "Ah, ¿es esta tu mujer? Encantado. Caramba, no es tan gorda como tú decías". Ese no vuelve a piar.
Así nos divertimos todos.

Sarna con gusto...

Me llega por correo electrónico el mensaje que copio más abajo con los nombres tachados. Trato de comprobar su veracidad y me parece que sí la tiene, como se puede comprobar aquí.
Uno lee estas cosas y se queda pensando: en el pecado llevan la penitencia. Si a mi me preguntan qué prefiero en el médico de mi hija, si que haya publicado varios trabajos en inglés en prestigiosísimas revistas de pediatría o que sea campeón de Asturias de parchís, responderé que lo primero. Los vascos (o su Gobierno, al menos), por lo que parece prefieren que sepa euskera. No digo yo que no sea el euskera más importante que el parchís, no. Pero que cuente más que la valía científica del médico en cuestión ya parece escarnio. En cualquier caso, van a atender a sus hijos de ellos, de los que votan a ese Gobierno y viven encantados en ese País de Irás y No Volverás, no a los míos. Pues con su pan se lo coman. Por mí, como si fichan para la Real Sociedad futbolistas con una pata de palo, aunque sea de madera de sus bosques sagrados. Precisamente: cada palo aguanta su vela.
Pues esto es lo que cuenta el comunicante:

Dr. XX (Hospital YY; Cuidados Intensivos Pediátricos) - Ciudad Z -.
Recientemente he participado, como experto, en el tribunal para seleccionar a los médicos pediatras especializados en niños críticamente enfermos de los hospitales públicos del País Vasco.
Me ha sorprendido el baremo que, obligatoriamente, por indicación del Gobierno vasco (oferta pública de empleo del sistema vasco de salud, resolución 1082/2006), tienen que aplicar todos los tribunales que eligen a los médicos de cualquier especialidad de esta comunidad autónoma.
Por ejemplo, conocer el euskera son 16 puntos, mientras el inglés, un máximo 2 puntos, aunque paradójicamente los avances en los conocimientos médicos se publiquen casi el 100% en inglés, 0% en euskera; todas las publicaciones científicas y ponencias a congresos, un máximo 4 puntos; haber recibido todos los cursos y entrenamiento posibles, un máximo de 6 puntos; ser catedrático de universidad en la materia, 1,20 puntos. En definitiva, un médico especialista que sepa euskera (siendo deseable tener este conocimiento), pero sin ningún otro mérito, tiene muchas más posibilidades de ser elegido para ocupar una plaza fija de médico especialista que el médico con mayor experiencia y reconocimiento en su área.
Desconozco si la población vasca está informada de este sistema de selección que prima conocer el euskera sobre la experiencia para operar o diagnosticar a un paciente. Esta endogamia lingüística tendrá, sin duda, repercusiones negativas sobre la salud de la totalidad de la población, porque lo que ésta precisa es ser tratada por los facultativos más capacitados y mejor entrenados, independientemente de que sepan o no euskera.
No alcanzo a comprender las causas por las que los usuarios, sindicatos y las asociaciones profesionales no protestan por esta forma de selección.

28 enero, 2008

Alabanza del cacique antiguo. Por Francisco Sosa Wagner

Es muy conocida la historieta que tiene como protagonistas al terrateniente de la época de la Restauración -pongamos comienzos del siglo XX- y sus jornaleros. Aquel ha repartido entre estos las papeletas de voto y les ha entregado a cada uno tres pesetas. Con todo, y como tiene poca confianza en la lealtad de sus trabajadores, no les pierde de vista cuando están haciendo cola ante la mesa electoral. Entonces, a uno de ellos se le ocurre abrir el sobre para ver a quién va a votar. El terrateniente, que le ha visto, se le acerca indignado y le espeta: “¿Julián, no sabes que el voto es secreto?”
Esta era la práctica de las votaciones a lo largo de la Restauración: el cacique compraba los votos y colaboraba por esta vía a asegurar las mayorías parlamentarias diseñadas desde el gobierno. Un ilustre asturiano de Llanes que fue “gran elector” en años anteriores, en los sesenta del siglo XIX, José Posada Herrera, confeccionaba diputados con una destreza pasmosa y con un arte aquilatado. Cuando O´Donnell, que era su jefe, le preguntaba cómo lo conseguía, solía responder: “soy cristiano viejo y procuro que mi mano izquierda no sepa lo que hace laderecha”.
El cacique histórico era un ser entrañable y es al que debemos rendir homenaje de admiración y de agradecimiento. Porque ese cacique era un hombre de una pieza, todo generosidad, que compraba los votos con el dinero de su bolsillo. Nada ver con los actuales que hacen lo mismo pero con el dinero público. Hoy es la ayuda al desdentado, mañana a la parturienta, pasado al viejo, ayer al joven... surgiendo así los cheques por esto o aquello, todos librados contra la cuenta corriente del Estado y de los fondos presupuestarios.
En unas elecciones que conozco bien porque las padezco de vez en cuando, las de rector de la Universidad –la mayor estafa conocida e inventada en punto a elecciones-, es de ver con qué generosidad se lanzan los candidatos a prometer subidas salariales y promociones profesionales a los docentes, a los no docentes, a los discentes y a los incompetentes. Todos tienen un número en la rifa de las ofertas. Otra cosa es que, una vez despejado el panorama y elegido el rector, los beneficios vayan a parar a quienes tuvieron puntería a la hora de votar o a quienes están dedicados al enredo universitario y son por ello piezas codiciadas para cualquier rector aficionado a la componenda. Porque, ¡ay de aquellos que se equivocaron de caballo y apostaron mal! No se comerán un rosco, sus becarios no ascenderán y las plazas se convertirán para ellos en un sueño lejano que solo se hará realidad para aquellos afortunados que supieron disparar con destreza. En mi libro sobre “el mito de la autonomía universitaria” (tercera edición, 2007) he contado por lo menudo estos cambalaches y así me he ganado la simpatía de los estamentos oficiales. Pero las cosas son como son por más que se las presente disfrazadas con bellas palabras como democracia, participación y otras zarandajas.
Tienen de común los políticos en esta época de elecciones y los candidatos a rector el hecho de disponer de una cuenta corriente que se nutre con el dinero de los contribuyentes. Una situación bien amena que se convierte en escándalo cuando el candidato es quien ostenta ya el poder y pretende revalidarlo pues entonces dispone directamente del resorte que proporciona el reparto de prebendas para allegar votos.
Ante este panorama se impone, y es el objeto de estas líneas, recordar con nostalgia al cacique tradicional, que se gastaba sus cuartos o que prometía trabajo en sus campos para la próxima vendimia. ¡Loor a aquel hombre, capaz de comprometer sus dineros por el bien de la patria! Malhaya sea, por contra, el cacique actual que hace lo mismo, solo que saqueando los dineros del común.
¡Cuánta estética antaño, cuánta perversión hogaño!

Prometer y dar gusto

No me digan que no es un primor. Nos están prometiendo de todo. A este paso, descubriremos que hace tiempo que podríamos habernos ahorrado un montón de duros y de disgustos. Los impuestos, al parecer, se van a acabar por completo. Esto es lo que propugnan de siempre esos neoliberales tan malos ¿no? Pues ahora también los socialistas quitan impuestos para que el mercado avance a todo trapo. Y no sólo eso, nos van a devolver también parte de lo que nos han quitado por tal concepto en los últimos años. Por de pronto, Z(P) ya dice que, si gana, al poco nos reintegra un puñado de pasta. Conforme a las primeras promesas y amagos dadivosos, de hace pocos meses, para que te soltaran la propina había que hacer un hijo, torcerse un tobillo o algo. Ahora ni eso, por la jeta y nada más que con decir buenas tardes, aquí me tiene usted para lo que guste. Y le responden que qué bien que se presenta usted, víctima del fisco, y que tome ese cofre lleno de oro y váyase contento a disfrutarlo con los suyos y las suyas. Desde luego, tenemos el paraíso a la vuelta de la esquina y ni nos habíamos fijado. Cómo es la gente, hija. Desagradecidos.
Sí, algunos somos así, descreídos y raritos. Qué quieren que les diga, a mí tanta promesa y tanto requiebro me da mal rollo. Los veo venir y como que me aprieto y me pongo contra la pared. No me siento con méritos bastantes para tanto amor; y para que me deseen de esa manera, ni te cuento. Y ahora aparecen y dicen que me quieren pagar, además de no cobrarme. No sé, no sé. Para mí que andan un poco apurados con sus cuitas y les hago más falta de lo que reconocen. O mi voto. Supongo que será mi voto y el suyo de usted. Aprovechemos y pidamos más por él. Oye, Mariano, oye Zeta/o, o me aumentáis la propi o no meto el papelito en la urna. Quiero casita gratis en primera línea de playa, bono-bus para mi suegra y todos mis cuñados, pensión vitalicia de tres mil euritos mensuales para este que suscribe y veterinario con cargo a la Seguridad Social para Pancho, si regresa, el muy cabroncete.
A ver qué nos dicen. Porque, insisto, este enamoramiento repentino, después de tantos años de conocernos y de que no le digan a uno ni mu, da qué pensar. Como uno va siendo perro viejo, la vida lo ha baqueteado como corresponde a la gente decente y, para colmo, le han contado tantas historias verídicas los amigotes, a mí esta repentina pasión prometedora me recuerda lo que (dicen que) les sucede a algunas esposas cuando el gachó les confiesa que se pira con otra más entera y pizpireta (supongo que es parecido cuando es ella la que se larga y él el que se queda a verlas venir). Pues dizque muchas de las así advertidas, que siempre se negaron a coyunda que no fuera al modo de las misiones y por bien ortodoxa vía, y que a menudo adujeron jaquecas y variadísimos desarreglos como atenuante del poco celo a la hora de cumplir con débitos y entregas, reaccionan enardecidas y prometen al que se quiere en retirada paraísos levitantes, orales florituras, ignotos accesos, procaces adornos y hasta variedad de artilugios si es menester y al varón lo complacen las nuevas tecnologías. Oye, querida, que llevamos veinte años casados y me vienes con ésas ahora que me voy con la Loles sólo por tener con quien hablar y que me haga unas friegas en la hernia, manda güevos. Que mira que del sexo ya me estoy quitando a la fuerza y lo no bailado no hay quien me lo reintegre, corazón. Que a buenas horas mangas verdes y haberlo pensado antes y quien no te conozca que te compre.
Pues queridos Mariano y José Luis, los euros que me tomasteis y que queréis devolverme, os los podéis meter donde os quepan. Y por mucho que de nuevas me paguéis, no me dejo ni pienso daros gusto. Porque un servidor se ha buscado ya un partido mejor y más joven. Que os den, hermosos.

27 enero, 2008

La desviación de poder -Una lección elemental de Derecho administrativo-. Por Francisco Sosa Wagner

La desviación de poder es un vicio de legalidad de los actos administrativos. Se trata de una creación, en pleno siglo XIX, del Consejo de Estado francés que ha pasado a todos los ordenamientos europeos. Entre nosotros, se introdujo en la ley de la jurisdicción contencioso-administrativa de 1956 y, después, en la ley de procedimiento administrativo de 1958. Hoy se la invoca en las leyes que han sido sucesoras de las dos citadas. Consiste la desviación de poder en la utilización, para fines distintos de los previstos, de las potestades que una autoridad ostenta para la realización de intereses públicos. Es un vicio de anulabilidad pero hay autores que defienden abiertamente que la sanción a este vicio debería ser sin más la nulidad de pleno derecho pues representa una de las violaciones más graves del Orden jurídico.

Un ejemplo o verbigratia ayudará a comprender el alcance de este vicio. Supongamos una autoridad, un rector de universidad por ejemplo, que ostenta la potestad de crear plazas de profesorado universitario. En una de las Facultades, cinco profesores han obtenido en pruebas públicas un ascenso en su carrera docente. El rector crea cuatro plazas para que sean ocupadas pero deja fuera a uno de ellos. Naturalmente esta decisión la presenta amparada en criterios objetivos: la carga docente, el posible incremento de gasto que supongan las plazas etc. Quien conoce el panorama puede sospechar que se trata sin más de un trato discriminatorio porque el rector trata de pagar favores recibidos, fruto de componendas y enredos. Ahora bien, esta impresión no basta en Derecho. Será necesario acreditarlo. Por ello, si en el marco del período de prueba de un hipotético recurso, el rector logra demostrar que tales criterios han sido aplicados sin excepción en todos los casos que se le han presentado a lo largo de su mandato, entonces será inevitable descartar la existencia de desviación de poder. Ahora bien, si el rector no logra probarlo, antes al contrario, se demuestra que los criterios son ocasionales, que sirven para este caso pero no para aquel otro, entonces la desviación de poder se aparecerá con toda su fuerza destructiva, como vicio de sus actos administrativos pues será palmario que ha querido beneficiar al amigo y perjudicar al enemigo ejerciendo una suerte de venganza personal. Este vicio se emparenta con el principio de interdicción de la arbitrariedad que está en el artículo 9.3 de la Constitución y, más allá, con el delito de prevaricación tipificado en el Código penal. Pero de estas últimas figuras jurídicas hablaremos otro día.

24 enero, 2008

Su-misión en la granja. Más sobre la Uni. 2.

Estábamos con el ambiente en los órganos colegiados de gobierno de la universidad, especialmente los que presiden rectores. Que se me diga si miento o si es exagerado mi diagnóstico (se admiten apuestas y porras), pero en casi todas las universidades y casi siempre se cumple implacablemente todo lo que sigue:
a) El rector gana todas las votaciones, al menos todas las que le importan.
b) La mayor parte de los que votan a su favor van a lo que van, a buscar tajada; en la universidad la ideología era verde y se la comió un burro; a mí que no me vengan con cantinelas de conservadores y progresistas o derechas e izquierdas, porque no hay más que verle la panza, el Rolls y el trato a los becarios a mucho izquierdoso de pega, o fijarse en cómo les coge el culo a las bedeles el supuesto conservador tan de orden.
c) La normativa se aplica solamente en lo que convenga; en lo que convenga al rector y a sus mariachis, quiero decir. Cuando no conviene se aplica un principio constitucional, un precepto de derecho natural, una pauta de eficiencia económica o una ocurrencia del rector aplaudida con saña por su claque. El principio de legalidad era del mismo color y se lo comió el mismo jodido asno.
d) Cuando el rector se gasta malas pulgas o cuando tiene un mal día porque hay temporadas en que aquello no chinfla ni a tiros, se puede ensañar todo lo que quiera con la –casi siempre exigua- oposición, la cual puede ser vilipendiada, injuriada, calumniada, insultada y hasta acusada de pretender tramos de investigación en plan elitista sin darse cuenta de que lo importante es que estemos aquí todos juntos haciendo el chorras y que nos queramos.
e) Si hay en la pobre oposición alguno un poco bregado que insiste en la crítica y la objeción, el rector le retira la palabra o simplemente no se la da la próxima vez, y aquí paz y después, Gloria, al salir nos vemos.
f) Cuando el rector es un bicho de ese calibre e incurre en groseras inmoralidades, patentes ilegalidades y hasta algún que otro delito, la inmensa mayoría de los ilustres miembros del Consejo, bien conscientes de lo que está pasando, se pone de perfil en plan egipcio, no dice ni mu y espera a ruegos y preguntas o al café post-coitum para plantear lo que allí ha llevado a cada cual: ¿qué hay de lo mío, Ramiro?
e) Actitudes tan poco gallardas y semejantes psicologías de lombriz (intestinal, ojo), se dan en mayor proporción cuanto más arriba se está en el escalafón y más seguro se tiene el puesto. Es decir, los docentes peor que los del PAS, y, dentro de los docentes, los catedráticos los más cutres. Ellos son los que no se juegan nada importante y, sin embargo, suelen ser tan mezquinos que consideran muy relevante cualquier nimiedad o hasta lo puramente simbólico. Permítaseme que lo enuncie más radicalmente y al modo de hipótesis científica: Como mínimo, el cincuenta por ciento de los catedráticos de la universidad se conforman con que el rector les sonría y los llame por su nombre de pila delante de los demás (“Hasta luego, Fulgencio”, “Te veo bien, Macarena”…), y ya ni te cuento si el Magnífico les soba un poco la zona lumbar y les echa el aliento en la oreja: la mismísima vida dan por él. Los hay que nacieron para servidores del equino.
En medio de un ambiente así, la indefensión de los honestos o la desesperación de los críticos que piensan que algo se puede cambiar es enorme. No hay instrumentos de defensa. A uno de ellos el rector decide no darle la palabra y no se la da. Decide que tampoco conste en acta su protesta y tampoco consta. Le amortiza tres plazas de su área, ordena al gerente que lo puteé con los dineros de los proyectos y al jefe de personal que se equivoque todos los meses al calcularle los trienios, y dicho y hecho. Se acabó la legalidad y lo único verdaderamente institucional es la vendetta. No estará lejos el día en que acabe apareciendo algún opositor en el maletero de su coche, convenientemente troceado, y el Consejo de Gobierno aprobará de inmediato que se le conceda la medalla de oro de la universidad a título póstumo, y con eso ya quedamos bien y a seguir ordeñando. Exagero, ya sé, pero también parecía imposible llegar aquí, y aquí estamos.
No hay instrumentos legales para ampararse, están bloqueados. Te quitan la palabra en una reunión o te echan mal de ojo y qué haces, ¿llamas a la policía municipal? Demonios, pero si no puede entrar si no la llama el Muchoyó ¿Pones un pleito para que una década después tus deudos reciban un extraño papel que no saben qué es y que se llama sentencia y condena a la Universidad a pagarte un euro por daño moral y otro por lucro cesante?
No, el Derecho no sirve. Con la ley en la Universidad está pasando lo que en todo el país: ya no es que hecha la ley hecha la trampa, es que desde el poder, desde todos los poderes, se está convencido y se nos convence de que la ley es un decir y que lo importante es que nos llevemos bien, que seamos tolerantes, que haya paaaaaaaaaaz y que el que tiene que gobernar gobierne y los demás acaten y no den la lata ni pidan explicaciones. Eso sí, a gitanos y rumanos, la ley hasta la empuñadura. Pero, hija, entre nosotros cómo te vas a andar con legalismos, queda muy burdo. Doy mi palabra de que desde ayer mismo se dejó de negociar con ETA y ha quedado roto definitivamente todo contacto. Mira, y ése no es rector. Y nos gusta así, cabroncete, mentiroso y ladino. Pues que nos den.
La ley aquí, en la universidad, no sirve, y puede que nunca haya servido. Pero sospecho que antes hacía menos falta. Hacía menos falta porque todavía existía moral general y moral profesional; porque muchos pensaban cosas tales como que el zángano no merece ascender, que el plagiario nos afrenta a todos, que el ladrón a todos daña, que el buen trabajo ha de tener buen reconocimiento y, sobre todo, que de arbitrariedades las menos. Y eso creo que se creía así por la mayoría del personal universitario hasta en tiempos de Franco, manda narices. En tiempos de Franco, a golpe de esfuerzo, tenacidad, honestidad y mucho trabajo se forjaron algunas de las más brillantes, críticas y esperanzadoras generaciones de profesores universitarios de nuestra historia, como hace unos días me hacía ver un gran amigo. Obviamente, el mérito no era de Franco y sus secuaces, era suyo, de esos profesores e investigadores que le echaban arrestos y vocación a la vida académica y que plantaron cara a gobiernos, ministros y rectorados. Esa fue su valía. Su gran fracaso consistió en no saber hacer discípulos como ellos. Les sucedieron trepas, pelotas, meapilas, correveidiles y vagos con ínfulas. Con las excepciones que se quiera, sí, pero pocas en todo caso. La mitad de estos profesorcillos y catedráticos de bufanda de marca que ahora van de progres achantaría si Franco resucitara, me juego el cuello. Sólo nos largaríamos a otra parte cuatro “fachas” y “reaccionarios” de los que no soportamos este ambiente de mentiras, sumisiones y maniobras orquestales en la oscuridad.
Nos anuló la capacidad crítica, entre otras cosas, el hecho de que la puñalada mortal a la universidad se la diera un gobierno del PSOE, cuando González y el Maravall aquel que los dioses confundan. No puede ser, esa ley tiene que ser buena, si no no la habrían hecho. Primer error. No sabían lo que hacían ni lo que se traían aquí entre manos, porque los de Educación eran unos pijos a los que sus papás franquistas habían mandado a estudiar a Estados Unidos. Nos seguimos engañando cuando nos contaron que la autonomía universitaria significaba independencia científica y libertad de criterio, cosa que por estos pagos no existe, pues al que ejerza tales le niegan subvenciones, no le promocionan profesores y no lo dejan hablar en consejos de gobierno. No, autonomía universitaria no quiere decir nada más que santa impunidad de los rectores y libertinaje de sus secuaces y soplagaitas. Nos engañan cada día cuando nos cuentan sin parar que tenemos que ser como una empresa, pero aquí no se selecciona el personal como en las empresas; que hay democracia universitaria, pero aquí se compran los votos con más descaro que en la más bananera de las repúblicas; que nuestra señal es la excelencia, y todos vemos que la mitad de los profesores no sabe escribir dos líneas sin masacrar la sintaxis y la ortografía, ni tiene mayor cultura que un pastor o un camionero que, por lo menos, se pasan el día escuchando la radio. Eso sí, en los bares del campus no se oye otra cosa: hija, este año vienen los alumnos con un nivel bajísimo.
Había antes algo de moral profesional y también cierto sentido del honor. Al mentiroso se le miraba mal, al corrupto no se le quería, al tirano se le hacían reproches y sentadas. Todavía me acuerdo de lo que tuvo que aguantar algún rector ovetense allá en mis tiempos de estudiante, rector que, dicho sea de paso y con la perspectiva del tiempo pasado, era mucho más honesto, legal y, desde luego, sabio y sagaz, que la inmensa mayoría de los de ahora. Pero ahora cuanto más pillos más admirados, no hay más regla que la omertà ni más pauta que el miedo, no se quiere más beneficio que el personal ni se tolera más excelencia que la medianía. Se prima a burócratas, abrillantadores de barras de bar, chivatos, pescadores de río revuelto, covachuelistas (como veíamos el otro día que llamaba Clarín a los de sus tiempos). Se postran facultades enteras ante ése que llega de conseguir con malas artes dos becarios, ¡oh!, ante aquel que le ha sacado a un banco financiación para un proyecto ridículo y que se va a gastar esos dineros en unas cortinas de cretona para ese despacho en el que ya no queda un maldito libro, ante aquel otro que acaba de conseguir una cátedra honorífica pero con pasta, cátedra de comercio al por mayor, pongamos por caso, alegando mentirosamente ante algún subsecretario sarasa del Ministerio de Industria que su abuelo tenía una tienda de ultramarinos (en Cataluña, cuidao) y que él de pequeño ya estudiaba contabilidad comercial al acostarse. Todo sonrisas y parabienes con esos triunfadores y un refrotarse en sus piernas como los gatos, a ver si a uno le cae algo, aunque sea una conferencita sobre las tiendas de coloniales en la tradición leonesa, señorito, que estoy sin proyectos y no tengo para la manicura.
Ah, pero eso sí. Luego sales un día a tomarte unas copas para olvidarte de que trabajas en Chez Lulú, y vas a dar con uno de ésos que viste enroscado en la cintura de alguno de aquellos mangantes, y a ti te cuenta, hablando quedo, que hay que ver qué mal está todo y que cómo conseguiría fulano dar el palo. Son como el cura que llega a la iglesia y a echar el sermón corriendo y subiéndose los pantalones, pues viene de donde viene, de Chez Lulú. Trapaceros. Lameculos. Caquillas.
Y un día a uno de tu facultad o de tu departamento le hacen una faena de las grandes, una putada de campeonato y una ilegalidad como un templo. Pide apoyo ante la junta y el consejo y, para empezar, la mitad de los miembros tenía casualmente enferma a su tía ese día. Otros andan con tanto catarro que se quedaron sordos, vaya por Dios. Al de siempre le da el ataque de tos consabido y tiene que salir a oxigenarse justo en ese punto. El soplapollas oficial pide la palabra para decir que lo importante es que nos llevemos bien y que por qué no hablamos con Remigio, que es primo del Rector y muy salao y así que Remigio medie y que se pudra el caso y el compañero que se quede jodido, pero contento. Y si hay quien levante la voz para defender al maltratado, a la media hora se colapsan los teléfonos del rectorado con las llamadas de los tiralevitas que van a chivarse y, de paso y como quien no quiere la cosa, le recuerdan al Boss que no les vendría mal un asociadito más, ahora que tienen docencia en el máster sobre “El garbanzo y la lenteja en Tierra de Campos: balance y perspectivas”.
Una vez, hace ya bastantes años, joven e inexperto, le puse una moción de censura al director de Departamento. En el Departamento conseguí los votos necesarios para plantearla. El Estatuto de la Universidad marcaba un plazo perentorio para que el Director sometiera la moción a votación del Consejo. Pasó ese plazo y pasó un mes más y no había ni rastro de tal convocatoria de Consejo. Me fui a ver al rector de entonces. Me recibió amable y me sacó a tomar un café. No hizo falta que le expusiera la situación, que ya conocía bien. Por su cuenta hizo un retrato horrible del Director aquel, al que calificó con los peores epítetos. Yo estaba tranquilo y diciéndome que la cosa iba bien. Acabamos el café y echó a andar de vuelta al Rectorado, conmigo al lado y empezando a pensar que algo no cuadraba. Tuve que hacerle la pregunta: “¿Qué piensas hacer?” Mi miró circunspecto y me respondió tal que así: “¿Qué quieres que haga? Imagínate que yo lo obligo a algo y él recurre y acabamos en pleitos. No puede ser”. Yo respondí: “Aaaaaaah”. Ahí terminó la conversación y de ese modo terminó la historia de mi moción de censura. Acabé yo con la Cuerda al cuello. Aproveché los meses posteriores para leer a los autores españoles, queridos colegas, que escriben esas maravillas sobre el Estado de Derecho y los derechos humanos. Ahora prefiero a Tony Soprano, es más coherente y se repite menos.
Vean qué curioso. Acaba por imponérsenos una conclusión con la que no contábamos. Tanto zumbar a los rectores y resulta que no tienen tanto de particular. Son como nosotros, clavaditos, del montón. Su planteamiento es el mismo que el nuestro: trepar lo que se pueda. Ellos pillan más, es la única diferencia. Puro primus inter pares el rector. Empático representante, esencia que nos aglutina. Cambalache. No se nos olvide que los elegimos nosotros y salieron por mayoría. Qué vas a pedir, ¿peras al olmo?
Desalentadora la conclusión. Pero es lo que hay.

23 enero, 2008

Sumisión en la granja. Más sobre la Uni. 1.

Sigamos con ese extraño mundo de las relaciones de poder en las universidades. Permítaseme repetir que estoy convencido de que muchísimo de lo que sobre el ámbito universitario comentemos sería perfectamente aplicable a otras administraciones. Pero es más fácil hablar directamente de lo que uno conoce de cerca. Así que continuemos tomando este mundo mal llamado académico como ejemplo de lo que posiblemente es un problema muy extendido.
Si leemos la frondosa normativa sobre poderes, órganos, controles y participación y, además, estamos en Babia, nos podemos quedar maravillados. Un marciano se pasmaría ante tantísima transparencia, tan exigentes fiscalizaciones, procesos de selección tan depurados, mecanismos participativos tan complejos. Forzando el ejemplo nada más que una miaja, podemos encontrarnos con que hasta para tirar de la cadena del váter se tiene que reunir la Comisión de Gasto de Agua, la Junta de Medio Ambiente, el Comité de Empresa de las limpiadoras, el Observatorio de Género, para ver si los que mean de pie manchan más y han de pagar un canon especial, el Vicerrectorado de Relaciones Institucionales, que para algo ha de servir y se entretiene con cagadas, el Departamento de Física, para medir si el mingitorio está bien orientado y no enfoca a ningún agujero negro, la Cátedra de Empresa Familiar, para implorar que la familia orine unida y, a ser posible, rezando y sacando unos duros al tiempo, la Asociación de Investigadores de Energías Eólicas, para analizar si hay manera de producir un poco de electricidad mientras tanto, los titulares de Economía de la Empresa, para examinar los sistemas de posible comercialización del aparato energético de marras, etc., etc., etc. Oiga, una maravilla de colaboración, apoyo interdisciplinar, entrega a la causa y conocer gente, cosa esta última que siempre viene bien en estos tiempos de divorcios rápidos y pasiones apremiantes.
Los usuarios del WC no sólo hemos de ir apartando a codazos a todos los que están allí para colaborar con nosotros y hacer que todo fluya como debe y no al buen tuntún, sino que cada mes, poco más o menos, recibimos algún cuestionario con muchas preguntas y dibujos alusivos al funcionamiento de los aseos. Unas veces es de la Unidad de Prevención de Riesgos Laborales, preocupada por la seguridad e higiene en el trabajo, pero que, con esto de la higiene, nunca nos interroga sobre si están limpios esos lugares o se muere uno de asco, sino sobre cosas tales como si pensamos que las tazas del retrete satisfacen adecuadamente la norma ISO-KK-PUM 122 o si alguna vez hemos detectado movimientos telúricos durante nuestras deposiciones. Otras veces es el Vicerrectorado de Asuntos Económicos, que está midiendo el grado de satisfacción de los usuarios con las instalaciones higiénicas y te pide que valores de uno a diez cosas tales como la rosca de los grifos, el cierre de los reservados o el modo en que aparece enrollado el rollo de papel. Lo justifican muy bien, pues explican que si el grado de satisfacción media partido por el índice de impacto ISO-KK-PLOF 121 da un coeficiente inferior a la raíz cuadrada de 5, encargarán a una consultora de Palencia el estudio de la compra de nuevos accesorios para los servicios de todo el campus y abrirán un concurso entre proveedores que tengan sus folletos publicitarios en leonés. En fin, y por no cansar con los muchos ejemplos que podrían traerse a colación, en otras ocasiones es tu propio Decano, ¡el tuyo!, el que te pide unas breves consideraciones, por escrito, en formato Word y letra tamaño 12, sobre si los excusados deben estar abiertos a todo el mundo o si deben los profesores tener el suyo propio y cerrado con llave, por si las moscas.
¿Cómo no sentirse estimulado al comprobar que no hay decisión que no se consulte ni medida que no pase por el voto o la opinión de uno? Y esto por no decir de los asuntos que propiamente afectan al cocido de los que en la universidad trabajan. Controles democráticos y más controles democráticos, democracia deliberativa a dar por un tubo, ética discursiva a mansalva. Para cualquier menudencia un Área de Conocimiento propone, el Consejo de Departamento acuerda, la Junta de Facultad Informa, dos o tres comités –en los que están las mismas personas, en los tres, pero ése es otro cantar, que nos habla de cómo algunos compañeros lo dan todo por nosotros y andan en un sinvivir para servirnos- evalúan, el Consejo de Gobierno aprueba, el Consejo Social conoce y… el Rector hace lo que le sale de los cataplines.
Sí, sí, ya sé, algún descreído dirá que para ese viaje no hacían falta alforjas tan hondas y que total para qué tanto debate y tanta reflexión, si vamos a acabar haciendo lo que se le ponga al Magnífico. Ojo, aquí hay que puntualizar, porque éstos que así opinan suelen ser unos fachas resentidos y tienen un padre más falangista que el del Ministro de Justicia o, lo que es peor, los dos abuelos franquistas -no como Z(P) que de ésos sólo tenía uno y, además, se le olvidó-.
Pues puntualicemos. Primero: ¿acaso no cuenta cómo lo hemos pasado mientras tanto? Que a la postre el Magnífico, en uso de su magnificencia para consigo mismo, no nos haga caso y se pase los órganos colegiados por el suyo unipersonal, es cosa algo desalentadora, no digo que no; pero ¿y lo que hemos aprendido con nuestros debates? ¿Y lo bien que lo hemos pasado mientras dábamos vueltas a las cuestiones y aprovechaba cada uno para colocar su milonga particular? ¿Y todo ese tiempo en que hemos conseguido librarnos de laboratorios, bibliotecas y aulas? ¿Eso no lo valoramos o qué?
Repárese, a modo de paréntesis, en lo que disfrutan muchos colegas en juntas y consejos. El segundo punto del orden del día es "Renovación de la comisión de bibliotecas". Levanta la mano ese catedrático que hay en todo departamento que se precie -en algunos hay hasta tres- y dice aquello de "Yo propongo que los carteles del bar se pongan en latín, pues ya decía San Isidoro de Sevilla que "ubi barra...". Lleva quince reuniones sucesivas con el mismo cuento. "Espérese, Dr. Montánchez - salta el Decano- que aún no hemos llegado a Ruegos y Preguntas". "¿Ah no?". Y a los cinco minutos ya se ha dormido el benemérito catedrático, con un ligero croar. Aprovecha el Decano para decir con voz muy tenue aquello de "Ruegos y preguntas" y todos salen de puntillas, quedándose allí la lumbrera con galones a la espara de uná próxima reunión ante la que plantear su revolucionaria iniciativa.
Segundo. Hombre, seamos francos –con perdón-, que estamos entre amigos y en confianza. Todo eso tan democrático y deliberativo queda monísimo sobre el papel y en los reglamentos, pero casi nunca se discute un pimiento de nada, al menos de nada importante; y, cuando se discute y se vota, siempre ganan los del rector, que para eso en la universidad hay más pelotas que en los campos de Valdebebas cuando entrena el Madrid. En realidad, un rector que no esté gagá del todo no pierde ni de broma una votación en Consejo de Gobierno y hasta suele ganarlas mucho antes de llegar ahí. Lo que se le pone lo pinta de decisión democráticamente adoptada por esos cuquines tan churris que nos suelen representar en el supremo órgano colegiado. ¿O se cree usted que la gente no tiene corazón? Primero se logra que el pueblo vote para eso a los que debe y luego se consigue que los elegidos hagan lo que tienen que hacer, que es respaldar como un solo hombre/una sola hombra lo que le convenga al que les da las gominolas.
Un rector está ya hecho, bien curtido y pletórico cuando se maneja bien con los esbirros y hasta en público sabe pegarles unos buenos capones a los pocos que se le ponen díscolos y renuentes. Aparece algún despistado que pretende montárselo de crítico y heterodoxo y resuena esa voz rectoral, generalmente aguardentosa y como de haberse tragado una culebra en celo, que dice aquello de “Indalecio, te estás olvidando de que la semana que viene tenemos que decidir lo de las becas de investigación y tu sobrina ha pedido una de Historia de la Equitación”. O cuando el opositor es más duro de roer y a su segunda intervención crítica el rector le dice aquello de “Doctor Gritón, le retiro el uso de la palabra”. “No me llamo Gritón, sino Chillón”, dice, bajito, el aludido. “Me da igual, ya le he dicho que le retiro el uso de la palabra y no me ha hecho caso. Así que se acabó. Que hable el siguiente. Pepita, ¿qué ibas a decir tú,vida?”. Y habla Pepita: “Señor Rector, ya sabe que en mi Departamento lo apoyamos en este punto y en todos, por lo mucho que usted vale y porque no se puede consentir que la gente venga aquí a chillar”. “Gracias Pepita, eres un sol. Recuérdeme que os dé mañana un asociado de seis horas”. Y Pepita se pone colorada y nota como un hormigueo que le sube de abajo y vete a saber dónde le puede llegar si esto se alarga.
En mis escasos meses, hace un tiempo, en Consejo de Gobierno de mi Universidad, había una Pepita que me miraba fatal. Bueno, había dos, pero la otra era parienta oficial de uno del gobierno y tampoco vas a pedir que te quiera más a ti que a su Bartolo. Pero la Pepita propiamente dicha se ponía echa una furia con uno cuando uno osaba decir cualquier cosa que no fuera “Ozú, que no viene usted guapo y rumboso hoy, señor Rector, mi alma, corazón, rey de reyes, cuerpo”. Yo me fui con la música a otra parte y a tocar las narices en red, pero la Pepita siguió allí dándolo todo, quién sabe con qué secretas ensoñaciones. Carajo, hasta que cayó en desgracia por un quítame allá esas pajas. Luego andaba implorando apoyos y rogando que se firmaran manifiestos contra el Magnífico por tirano y por truhán. Cuando por truhán y por señor (de vidas y haciendas) lo quería ella antes y se ponía tan loca. En fin, cosas veredes.
Lo más pistonudo es que en órganos así, como los consejos de gobierno, un rector, cualquier rector, puede hacer lo que quiera, decir lo que le dé la gana, mentir como un bellaco, insultar a discreción y, sobre todo, saltarse a la torera todas las normas y vulnerar todos los derechos de los miembros del órgano. Aunque, bien pensado, miembros es mucho decir y órgano también. Porque, con las excepciones de rigor y que nunca pasarán de un diez o veinte por ciento, la mayor parte de nuestros supuestos representantes en el supremo órgano colegiado de gobierno de la universidad suelen ser más mansos que bueyes viejos o más putos que la Daniela ésa que en el periódico ofrece francés y griego por cuatro perras o cien puntos de Alimerka. Tragan y tragan por un puñadito de pienso o por cuatro baratijas doradas. Pero de eso, que es lo más serio, hablaré mañana. Que hoy ya me estoy calentando y no conviene, pues se pierde puntería.

22 enero, 2008

El poder de los poderes.

Vaya, pues me ha quedado un título como de copla o para un bolero bien tremendo. Una cosa como así:

Ramiro, con tus poderes
me has hecho la más dichosa.
Ahora que no los tienes
haz desgraciada a la otra.

Pero no, no va por ahí. Lo que pretendo es seguir hablando de por qué andará tan ansioso el personal por alcanzar puestos en los que tan poco se puede hacer de lo que se supone que debería hacerse. Me refiero a esos altos cargos que ya no son de ordeno y mando en lo que cuenta, sino de asumo, cumplo y en qué postura prefiere usted que me ponga, pues se está atado por reglamentos, directivas, leyes, actas fundacionales, comités de empresa, juntas de personal, reuniones de sabios, observatorios que te observan, políticas lingüísticas, cuotas, comisiones -unas paritarias y otras no, pero parasitarias todas- libros blancos, políticas de género, imperativos categóricos, programas de la ONU, compromisos con los electores y, para colmo, el a ver cómo lo cuento en casa. En resumen, que te haces con el poder supremo en materia de X y resulta que en X está todo el bacalao cortado y tu programa electoral te lo puedes volver a meter en ese lugar del que lo sacaste. Y uno se pregunta: si esto se sabe –y a fe mía que se sabe que casi nada tiene arreglo ni hay nada que hacer en ningún lado-, por qué diablos la gente se pega por pillar esos puestos.

Pongamos que uno se hace rector, aunque los ejemplos podrían ser muchos más. Sobre el papel está bien, no digo que no. Te tomas dos copas y un par de sustancias psicotrópicas y te imaginas de rector, poniendo en marcha interesantísimos proyectos, renovando los métodos docentes, preparando en serio unos buenos planes de estudios, fusilando un par de pedagogos al mes, contratando los mejores investigadores del mundo mundial, sacando a la luz pública los currículos de los del comité de empresa, etc., etc. Ilusionado, te pateas los despachos y las aulas, prometes, alientas, sobas y animas. Pones todas esas iniciativas tuyas en papel, lo llamas programa electoral y el electorado hace como que se lo cree. Llegan las elecciones y arrasas. ¿Y luego qué? Luego compruebas que de lo dicho nada, que todo el pescado está vendido, que no hay quien cambie una coma, que el sistema se retroalimenta de su propia inanidad. Compruebas, en suma, que el poder del rector, como tantos otros poderes institucionales, es en estos tiempos un poder impotente.

Bueno, y si eso es así, ¿por qué a tantos les gusta tantísimo ser rectores, por seguir con el ejemplo? Y aquí viene mi hipótesis: les atrae la parte absoluta del poder impotente. Expliquemos esto que suena tan raro. Por qué este tipo de poderes son impotentes ya lo hemos dicho. Y se preguntará el pacientísimo lector: ¿cómo va a ser absoluto un poder que es impotente? Todo lo más, añadirá, será absolutamente impotente. Pues no, amigos míos, ahí es donde hay que distinguir y afinar un poco más. Esa impotencia afecta sólo a las funciones teóricas o nominales de tales poderes institucionales, a ésas que las leyes enumeran y los reglamentos repiten alborozados. Quiere decirse que las estructuras de la cosa son muy fuertes, que está todo muy atado, que no puede cambiar nada sustancial de la marcha de una universidad o de las prácticas y hábitos en ella consolidados . Pero ésa es solamente una cara de la moneda.

En la otra cara de la moneda se hallan las facultades oscuras, las capacidades siniestras, las posibilidades inconfesas, esos pequeños y grandes vicios que se disfrutan más porque no están al alcance de todos, sólo de unos pocos, de los poderosos de andar por casa. Aquí está el verdadero poder, aquí está el morbo, aquí sí se goza el cargo con fruición y babeando. El magnífico no podrá alterar los planes de Bolonia, pero puede enviar de becaria a Bolonia a esa estudiante o a aquella funcionaria tan maja; no podrá cambiar los grandes números de la plantilla, pero puede conseguir que promocione fulano o que no se le renueve el contrato a mengano; no logrará que la universidad contrate a ningún premio Nobel, pero sí tiene fácil que a él mismo lo traten muchos claustrales como si fuera premio Nobel; no conseguirá que a través del Consejo Social la Universidad se relacione con más sociedad que cuatro jubilatas paletos, pero él podrá hacerse amiguete y cómplice de unos cuantos banqueros y constructores que le pueden venir muy bien el día de mañana. Y así sucesivamente.

En resumen, que lo que en estos tiempos hace atractivo el desempeño de poderes institucionales es el hecho de que se han convertido en deliciosos poderes fácticos y, como tales, impunes, incontrolados, feudales, groseros. Y eso vuelve locas a algunas personas. Como esos viejos machotes machistas, que en la oficina agachan la cabeza y en casa se desahogan con la parienta a puñetazo limpio, así tanto carguete que en las reuniones en el Ministerio nunca dice esta boca es mía, pero que en su despacho vocea con delectación a contratados renovables y a laborales sin estabilidad. La vieja compensación del impotente, la perversa revancha del incapaz. Es cosa de siempre conocida.

En la próxima campaña, no sea usted ingenuo y no le pregunte a este o aquel candidato qué piensa de los nuevos postgrados o cómo pretende revitalizar el doctorado. Vaya a lo que importa y trate de averiguar a quién quiere tirarse, a quién quiere colocar y a quién se la tiene jurada. Luego, vote en consecuencia. Y, sobre todo, si hay algún candidato capaz de responder a las tres cuestiones negativamente y sin que se le escape la risa, apóyelo, que ése es el bueno. Pero no sé si quedará alguno tan sumamente despistado, la verdad.

21 enero, 2008

El difícil retorno de Ramirín.

Ramirín era un ratón que ni fu ni fa, normal y corriente, uno de tantos. Fue el quinto de su camada y sus papás apenas lo distinguían de sus hermanos cuando era chiquitín del todo. Pero cuando fue creciendo todos en la familia y en el barrio comenzaron a notar que Ramirín tenía algo especial. No era más listo que los otros ratones de su quinta, no era más guapo tampoco, aunque caminaba muy tieso, no destacaba en nada, pero… algo había. Era una actitud, no sé. Cuando los otros ratoncillos jugaban al fútbol, él siempre pedía ser el entrenador. Pensaban que era por vaguete y para no sudar y se lo permitían. Cuando jugaban a la guerra, Ramirín ni se mojaba las patas, pero siempre se imaginaba que él era el general y organizaba tácticas y estrategias. Le consentían esas ensoñaciones, sin hacerle mucho caso y convencidos de que era más bien cobardica y poco ducho en las artes de la guerra, al menos las de la guerra llevada con nobleza. Eso sí, cuando los ratones tenían que hacer fila para algo, Ramirín siempre gritaba “Ramiro primero, Ramiro primero”, y allá se colaba sin miramientos. De modo que poco se sorprendieron los ratones de su barrio cuando, pasados los años, Ramirín acabó reinando bajo el nombre de Ramiro I.
Le costó llegar a Rey de los ratones, pues era éste un puesto que en tiempos había tenido mucho prestigio. Afortunadamente para Ramirín, de ese prestigio quedaba menos cuando él peleaba por el trono, y entre los mayores méritos de su reinado se cuenta el de haber conseguido acabar con ese resto. El de Rey de los ratones es un puesto electivo y se vota cada cuatro años. Uno a uno fue visitando Ramirín a los electores y a cada cual le prometió puesto en su Corte o cargo en su Administración. Como no había puestos ni cargos para tanto ratón, Ramirín presentó en su campaña un proyecto de plantilla y un boceto de organigrama que hizo furor y le procuró muchos apoyos. Lo más innovador era la llamada “ley de promoción diferencial”. Esto funcionaba más o menos así: cuanto menores eran los méritos conocidos de un ratón y más exiguo su currículo, más alto puesto le aseguraba Ramirín, con el agudo argumento de que si tan poco habían hecho, se debía sin duda a que habían padecido mayores dificultades, razón por la que debían ser compensados con suma generosidad. Ay, cuántos ratones y ratas se sintieron identificados e identificadas con tan avanzada política y tan generosos propósitos. Así que a Ramirín le llovieron los votos y bajo su reinado se produjo un fenómeno único en la historia de la Ratería: los zánganos, analfabetos, timadores, proxenetas, perezosos y trileros se sentaron a la diestra de Ramirín, que ya era Ramiro I, y los ratones más expertos y eruditos tuvieron que irse con la música a otra parte, pues bien claro tenía Ramirín que tanta experiencia y erudición sólo puede lograrse explotando a otros y no trabajando para el pueblo y el interés general.
Ramirín, es decir, Ramiro I, decidía sobre vidas y haciendas, favorecía a amigos y cobistas y era implacable con el que osara decir la más mínima verdad sobre su reinado o hacer la más liviana crítica de su real persona. Legislaba nada más que por el gusto de permitir que sus amigos se saltaran las normas y por el no menor de aplicarlas a rajatabla a sus rivales y críticos. Coqueteaba con ratitas y de éstas no faltaban las que sucumbían a los encantos de su trono y su tronío. Pero a medida que pasaban los años y su mandato iba tocando a su fin, a Ramirín le preocupaba una cosa.
Sus espías, que eran los mismos que había nombrado para tanto cargo y que no tenían otra cosa que hacer, le decían un día sí y otro también que había tres de aquellos ratones sabios sentados en la plaza principal, día tras día, mes tras mes. “¿Y qué hacen ahí?”, preguntaba Ramirín. “Nada, dicen que simplemente esperan”, le contestaban sus espías. “¿Y qué esperan?”. “Dicen que a ti”.
Ramirín se iba poniendo nervioso. Primero ordenó que a aquellos tres sabios les quitasen sus cargos. “No tienen cargos, majestad”, le contestaban sus esbirros. “Pues que les retiren las primas y sobresueldos”. “No perciben ninguno, majestad”. La cólera de Ramirín iba aumentando. Ya fuera de sí, gritaba: “¡Que echen de mi país a todos los parientes de esos tipos que hayamos colocado aquí!”. “Ninguno de sus parientes trabaja para nosotros, majestad”. “¡Ahjjjjjjj! Ramirín, furioso, recorría a grandes zancadas su palacio y ya ni atendía a manicuras ni holgaba con becarias.
“Que mi secretaria llame al Rey de los gatos y le diga que quiero hablar con él”. Lo pusieron en comunicación con el Rey de los gatos y Ramirín, con una humildad que no se le recordaba, le dijo: “Rey de los gatos, Rey de los gatos, pronto acabarán mis años de Rey de los ratones y he pensado que estos animalillos inútiles y desaseados ya no me merecen. ¿No te interesaría que trabajara contigo, que fuera tu lugarteniente, tu ayudante, tu ministro para asuntos rateros?”. “¿Y qué estarías dispuesto a hacer?”, le preguntó el Rey de los gatos. “Lo que tú me quieras, Rey de los gatos, lo que tú quieras”. “¿Traicionarías a tu gente? ¿Me entregarías tu reino?” “Por supuesto, Rey de los gatos, claro que sí. Yo sólo quiero estar a tu sombra y no ser nunca más un vulgar ratón”. Y, bajando un poquito la voz añadió: “Además, creo que hay algunos ratones que me detestan y traman algo contra mí”. Hubo un silencio. Por fin, en el teléfono volvió a sonar la voz del Rey de los gatos: “Ni te necesito para comerme los ratones que quiera ni me fío de un ratón traidor como tú, Ramirín”.
Ramirín, o sea, Ramiro I, se subía por las paredes de cólera y desesperación. Mientras, sus aduladores le insistían a cada rato en que los tres sabios seguían allí sentados y que repetían que lo esperaban. “¡Pero para qué me quieren!”, bramaba Ramirín. “Ellos aseguran que para decirte unas cositas y para volver a hablarte de ratón a ratón”, le respondían. Ramirín, que se olía la tostada de los sabios, estaba cada vez más enloquecido. “¡Que me pasen con el Rey de los perros!”, gritó un día. También al Rey de los perros le juró obediencia, le aseguró lealtad y le prometió que le pondría en bandeja todos los ratones que quisiera. Pero el Rey de los perros le contestó igualmente, muy digno, que en su reino no había sitio para ratones, y menos aún para ratas traidoras.
Y así, con amargura e inquietud, fueron pasando los últimos meses del reinado de Ramirín, Ramiro I. Él se veía empequeñecido de día en día y muchos de los que tanto lo alababan lo iban abandonando ahora. Algunos, descarados, al irse hasta guiñaban un ojo a los tres sabios que estaban sentados esperando a Ramirín para decirle algunas cosas de ratón a ratón.
Y, de momento, aquí se acaba esta edificante historia del ratón vulgar que llegó a rey en tiempos oscuros y que no quería volver a casa, y de los sabios que lo esperaban tranquilamente, pues sabían que tendría que regresar un día u otro.
Yo aquí sólo puedo añadir una cosa: ES VERDAD, RAMIRÍN, TE ESTAMOS ESPERANDO.
Gaudeamus.
(NOTA.- ESTA ES LA PRIMERA DE UNA SERIE DE NARRACIONES PARA NIÑOS MALOS. SI SE PARECE A ALGÚN PERSONAJE, LUGAR O SITUACIÓN REAL, ES POR PURO AZAR Y PORQUE LA POBRE IMAGINACIÓN DEL AUTOR NO DA PARA MÁS. PALABRITA DEL NIÑO JESÚS).

Sobre pedagogos bonitos y progres pijos. Una recomendación.

Cómo no voy a recomendar esto que escribe Maximiliano Bernabé en El inconformista digital. Se ve que conoce bien esa fauna de la que habla, a esos teóricos de la educación que en su puñetera vida han leído un libro sin ilustraciones para tarados y a esos pijo-progres que hunden la enseñanza pública con cara de a mí me la suda, pues mis niños van al colegio alemán y veranean en Irlanda. Hijos de la gran puta que pretenden abusar de nuestros hijos.
Tengo un sobrino político que con tres años lee los números y cuenta hasta cien o doscientos, sin esfuerzo y porque le gusta. A sus padres les cae en la guardería bronca tras bronca porque, al parecer, lo están perjudicando mucho por permitirle aprender esas cosas. En casa de una pareja amiga, el otro día sus hijas de cuatro y cinco años mostraban que ya sabían las vocales. Fíjate tú, Marilú. Para cada una se habían tenido que aprender una canción: para la A, la canción de la princesa A, para le U, la canción del rey U, etc. ¡Cielos! ya imagino lo que cantarán cuando toquen las consonantes (más o menos a los diecisiete años) y lleguen a la Z de zoquete.
Tiene mucha razón el autor de este artículo al que remito, va siendo hora de que comencemos a levantar la voz, y hasta los puños, para defendernos de la dichosa secta pedagógica pijo-progre, de semejante plaga de sinvergüenzas con cátedra digital o escaño de cuota de tonto/a.
Juro por mis muertos que al primero que un día me diga que a la pequeña Elsa le convendría mucho más saber menos y que será más equilibrada estudiante cuanto más atontada parezca, le levanto la mano y le destruyo el powerpoint. Palabra.
Pues el que quiera leer el artículo, titulado Contra la pedagocracia, que pinche aquí.

20 enero, 2008

La Universidad de León se compra un juego de boinas

En la edición de Castilla y León del ABC de hoy, domingo, viene un artículo titulado "El rector Penas y el Pirulí de la Habana", que copio a continuación. En la edición digital no consigo ver quién es el autor. En cualquier caso, la iniciativa rect(or)al es interesante y dice mucho de por dónde nos van a dar en los tiempos venideros.
Y otra cosa: ¿este rector no era aquel que hacía la pelota al PP un día sí y otro también y el que armó el cisco para no poner la bandera de León a la entrada de los baños? El PP no soltó carguete, ¿eh, colega? A ver éstos, hombre, a ver éstos. Que lo del rectorado se acaba en cuatro días y luego qué va a hacer uno con una cátedra a palo seco.
Alguna ley debería ordenar que cuando los rectores acaban su último mandato se conviertan en estatuas de bronce. O de sal y que no les pongan techo. Para evitarles el espectáculo de después y el señorito, deme algo.
Bueno, pues ahí va el artículo y que me perdone su autor por no saber su nombre en este momento.
El rector Penas y el Pirulí de la Habana.
No tengo el placer académico y personal de conocer al doctor Ángel Penas, rector de la Universidad de León. No sé si llegó a las fragancias del poder inducido por los efluvios seductores de ZP, o debido al impulso dorado de la UPL tras el pendón de doña Urraca, o inspirado por las esencias empaquetadas del PP en un envoltorio de Cristian Dior. Sería fácil averiguarlo, pero da igual porque los buenos ejemplos, como decía Montaigne, son realmente quienes levantan la solidez de un edificio. Por esto mismo, sus declaraciones del viernes pasado, hechas en medio de una campaña electoral desquiciada y para memos radicales -en Madrid Gallardón es a Leguina lo que ZP a Rajoy: la misma dictadura de partido y el resto es idiotez cultivada-, me han llamado poderosamente la atención.
En ellas asegura el rector Penas, con gran alegría -y en esto se parece a Juan Ramón Jiménez que hacía de cualquier bagalela una joya-, que el gallego se impartirá en las aulas de su Universidad a partir del próximo curso por una razón de peso: porque ello aumentará la expectativa laboral de sus alumnos. Y acto seguido remachó este argumento decisivo con otra razón mucho más ambiciosa para que el personal -el que aún no se había caído del guindo-, se despanzurrara de una vez con la ley de la gravedad: también se impondrán en la universidad leonesa el catalán y el euskera. Lógico, y es que el magnífico vela, precisamente, por «aquellos que luego tienen que encontrar, a través de oposición o concurso, plazas de trabajo en comunidades autónomas en las que la lengua cooficial con el español es imprescindible». Y tan imprescindible.
Total, que ante la avalancha de solicitudes se ha colapsado la secretaría general y, como en las carnicerías de postín que trinchan los filetes cual jamón ibérico, han tenido que acudir a un riguroso turno con ticket electrónico y todo. Y es que son tantas las oportunidades de promoción laboral las que ofrece la república gallega a los universitarios leoneses que no cabe otro remedio que estar al loro y crear un nuevo plan Marshall. De hecho, Bill Gates, a la chita callando, ha empezado a sustituir el inglés por el gallego tanto en la red como en el emporio de sus dominios donde tampoco se pone el sol.
Y en este magno proyecto -y hasta ahí podíamos llegar-, no subyace ninguna intención política. ¿Pero cómo va a haberla, so zopenco? Cuando al doctor Penas le dijo cierto periodista que la propuesta olía a perfume de ZP y a licitación de concejalía para la Alianza de Civilizaciones, «lo negó tajantemente», certifican las crónicas. Y como no quiere que sus alumnos hablen el gallego de Fraga, que se parece al que farfulla una vendedora de pulpo en cuaresma, será el gobierno gallego quien emita certificados y homologaciones a los alumnos leoneses. El señor Penas está a punto de convertirse en presidente de la comisión de sabios que asesora a ZP. O sea, lo más parecido a la señora Raimunda de mi pueblo cuando gritaba en la plaza: al rico pirulí de La Habana, el que no lo compra hoy se muere mañana.

19 enero, 2008

Generalizando

Hay un cliché de los debates o un vicio del razonamiento que cada día me desespera más y me pone más nervioso. Me refiero al “no generalices”. Me acaba de ocurrir en un contexto bien curioso, que demuestra los riesgos de tener un blog y de usarlo para cosa distinta de decir que todo el mundo es bueno o para escribir pendejadas pseudopoéticas o vaciedades de intectualoide escocido.
A raíz de aquel post de noviembre titulado “Ay, Colombia”, me han mandado a freír churros unos cuantos nativos de ese querido país que se decían amigos y hasta admiradores de mi mala leche. También me escriben ahora de allá para comunicarme que me retiran la invitación para un congreso al que iba a ir de ponente dentro de una temporada. No pasa nada, se asume y se esperaba. No está uno ya para tanto viaje y de amigos aún sobra la mitad de los pocos que quedan. No ha llegado uno a esta edad provecta para descubrir que su misión en este mundo es sobarles el lomo a los más chorras ni hacer de mamporrero de este o aquel espíritu del pueblaco (Villorriogeist). El que quiera que le den gusto y le echen piropos, que pague, que están los periódicos llenos de anuncios ofreciendo esmeradísimos servicios por cuatro euros de nada.
Lo que me saca de quicio es otra cosa: que quienes se mosquean me digan que es porque generalizo. Así que vamos a hablar otra vez de las generalizaciones. Parece que no entendemos esa herramienta que continuamente usamos al hablar y, sobre todo, me temo que hay mucha ley del embudo en lo de molestarse con las generalizaciones.
Un juicio general o generalización tiene la forma “los x son y”, donde “y” suele ser un calificativo. “Los asturianos son fanfarrones”, “Los españoles son vehementes”, “Los italianos son ligones”, “La comida francesa es rica”, “El derecho nazi era injusto”…, son ejemplos de tales generalizaciones. Las usamos constantemente en nuestra comunicación y sería muy difícil hablar y entenderse si no las empleáramos. ¿Qué significan? Desde luego, no significan “Todos los x son y”, salvo que por otros indicios o afirmaciones resulte muy evidente que ésa es la intención del hablante o salvo que por razones puramente lógicas o conceptuales no pueda ser de otra manera (ejemplo: “Los de Madrid son madrileños”, “Los que no tienen brazos son mancos”…).
Normalmente nos entendemos perfectísimamente al “generalizar", pues en el contexto de la conversación va de suyo que se alude a una mayoría, un promedio o una frecuencia. Cuando afirmamos “Las mujeres gallegas son dulces” (cosa que creo que se puede sostener fundadamente) queremos decir que la mayoría lo son o que hay un mayor índice de mujeres dulces en Galicia que en otros lugares. Por eso dicha afirmación no es propiamente contradicha si alguien contraargumenta que él conoce una gallega que es más tiesa y arisca que un coronel de la guardia civil. De la misma manera, si alguien sostiene que “Los españoles son muy machistas”, no trata de decir que todos y cada uno de los españoles sean machistas, por lo que no viene a cuento que uno salte y se ponga a vocear “Pues yo no lo soy, pues yo no lo soy”. De usted en particular nada se dice con aquella afirmación general, así que métase su yo ahí donde suele guardarlo, so capullo. Afirmar excepciones frente a un enunciado que en modo alguno las excluye es una manera de dislocar un debate.
La manera adecuada de contradecir una generalización como las que estamos viendo es mostrar que es falsa la hipótesis estadística o el dato sociológico que está en su base: acreditar que no hay mayor proporción de mujeres dulces en Galicia que en otro lado o que no es cierto que sean más frecuentes las actitudes machistas entre los varones españoles que en los de otras partes.
Hasta aquí estamos hablando de una frecuente patología de la comunicación, de malentendidos. Pero lo que me cabrea es la ley del embudo que suele aplicar el que, indignado, te dice eso de “mecagoentusmuertos, no generalices”. Pon que sea asturiano ése que de tal guisa se mosquea. Ese mosqueo nunca va a ser propiamente porque tú hayas hecho un juicio general así, no se va a deber a que piense que no es verdad que “Los x son y”. Si “y” tiene un sentido positivo, agradable, gratificante, y ese sujeto es un “x”, nunca te va a decir, “Oye, no generalices”. Por ejemplo, ante un asturiano más feo que Picio, tú afirmas que “Los asturianos son muy guapos” y él jamás te va a contestar “No generalices, que yo soy asturiano y soy más feo que un demonio”. En ese caso, no tiene el sujeto ningún interés en hacer valer que hay excepciones, a fin de incluirse él en una de ellas. En cambio, si tú afirmas “Los asturianos son unos chulos lamentables”, tu interlocutor asturiano posiblemente va a saltarte con que “Oye, cuidadito, que hay excepciones”. Y eso aunque él sea un chulo de libro.
Así que mucho me temo que el problema no está en las generalizaciones en sí, sino en que cada quisque quiere que le digan cosas bonitas a él. Tú puedes decirle a un colombiano, pongamos por caso, “Todos los colombianos, menos tú y exactamente otros dos (que posiblemente son parientes tuyos) son unos cabrones”. Te mirará comprensivo y te contestará: “Tristemente así es, tienes mucha razón, no se puede negar”. En cambio, si tu has afirmado meramente que “Los colombianos son cabrones”, te replicará que no generalices y que vayas a hacer ponencias a casa de tu p. madre. Y esto que en el ejemplo le pasaría a un colombiano, sucedería igual con españoles, asturianos, gijoneses, argentinos o curas, da igual. Es una tendencia general; que, naturalmente, tiene excepciones.

17 enero, 2008

Una recomendación rápida

Ay, el tiempo, el tiempo. Se avecina amenazador el fin de semana en que tengo que dejar listo artículo gordo para publicación. Para colmo, mañana ceremonia de honoris causa en Oviedo y he de asistir, gustoso además. Y ahora mismo estoy de papá en solitario. Acabo de incrustarle a Elsa una papilla de frutas de no te menees, con lo que llevo en el cuerpo esquirlas de pera y metralla de plátano. La tarde transcurre plácida, con Pocoyó sonando en la pantalla, Elsa en una mano y en la otra un libraco que subrayo mentalmente. También son ganas, ya sé. Podría estar por ahí de cañas o escaparates, tan contento y quejándome de que no le queda a una tiempo para nada y de lo mal que está el servicio. En fin. Dicen en mi tierra que "ca un ye ca un y k-2 una piragua".
Luego voy a ver si escribo aquí algo más largo, entre parrafada y parrafada de lo otro y cuando mi añorada esposa haya regresado a rescatarme un poco de esta plenitud paterno-filial. Entretanto, quería aprovechar esta pausa pequeña para hacer a los amigos lectores una ferviente recomendación.
Algunos amigos, de cuyos gustos me fío mucho, se pasaron meses comiéndome la cabeza para que comenzara a ver Los Soprano, esa serie de la que hablan tanto últimamente los periódicos y que ha dado lugar a muchos sesudos libros. Creo que en su momento la emitían en el Plus, pero en esta humilde casa de estudiosos no tenemos de eso que creo que sirve para ver mucho fútbol so pretexto de que ponen muy buen cine.
Así que un día me compré en El Corte Inglés los deuvedés de la primera temporada de Los Soprano y, por supuesto, me enganchó y nos enganchó en casa. Elsa está a punto, y más con su afición al trasnoche y el comentario intempestivo. La serie es de una sutileza, de una ironía tan fina, de una crítica social tan ágil y demoledora, que me parece imposible no caer rendido y maravillado desde el primer episodio.
Pues bien, ayer por la noche vi el capítulo que me ha parecido más absolutamente memorable. Lo mejor que he visto en una pantalla en mucho tiempo -descontadas algunas fotos que han aparecido como así en la pantalla del ordenador-, un derroche de ingenio y guasa inteligentísima. Se titulaba ese episodio "Productora ejecutiva" y está en el cuarto disco de la segunda temporada. Vean, vean y luego me cuentan.

15 enero, 2008

La ocurrencia. Por Francisco Sosa Wagner

En el principio fue el gobierno de los hombres y así toda la teoría que sirvió para construir el Estado sobre las pavesas dejadas por la caída del Imperio romano y que desemboca en el absolutismo, se resume en esa idea clave: es el hombre, el rey y unos pocos allegados, quienes determinan la política, dirigen la guerra y administran la justicia.

Pero siempre ha habido personas críticas con la herencia del pensamiento recibido que son justamente aquellas que han hecho avanzar a la Humanidad pues del espíritu mediocre, acomodaticio y egoísta jamás ha salido progreso alguno. Pues bien, esas criaturas beneméritas dieron en cavilar que eso del poder absoluto era una atrocidad y, dándole vueltas al magín, atisbaron la necesidad de cambiar el gobierno del hombre -proclive a la arbitrariedad- por el gobierno de las leyes. Todo el meollo del segundo tratado sobre el gobierno civil de Locke va por ahí y, a partir de él, Montesquieu, Rousseau, los autores de los papeles federalistas americanos, Tocqueville, Stuart Mill y tantos otros precisaron el asunto y lo afinaron. En esa tradición hemos vivido y es ella la que ha convertido a la ley en el ombligo de la decisión política pues solo ella garantizaría la reflexión madura previa y, después, la aplicación general.

Del gobierno de los hombres pasamos al de las leyes. En apariencia, por supuesto, pues siempre hemos violado las leyes pero lo sabíamos y algunos padecían hasta remordimientos de conciencia.

Hoy esta ficción ha desaparecido ya que hemos instaurado el gobierno de la ocurrencia. Esta campaña electoral que padecemos es un ejemplo bien elocuente de ello. Porque se puede aumentar un impuesto o rebajarlo, se puede crear un ministerio o suprimirlo, se puede dar esta o la otra ayuda al nene, la nena, el anciano o el desdentado, pero todo ello debería ser fruto de la discusión previa en el seno de los partidos, en el parlamento, en el propio gobierno o donde sea.

Así sucedía, más o menos, en la época en que se mantenía la fachada del gobierno de las leyes. Como somos audaces, la hemos derribado sustituyendo esta forma de conducir el país por el manejo de la ocurrencia. Se sube un orador a la tribuna del parlamento o a la del mítin y allí suelta literalmente lo que se le ocurre en ese momento alado, ante la sorpresa de sus propios parciales que jamás han oído hablar del asunto y quedan lógicamente estupefactos. Pero contentos porque han ganado por la mano al contrincante quien, a su vez, se ve en la obligación de tejer otra ocurrencia. Y así se va formando ese rosario de ocurrencias en que consiste la moderna gobernación.

Para quienes somos juristas es este un desafío interesante pues deberemos ocuparnos de la ocurrencia como fuente del derecho y olvidarnos de esas filigranas tan aburridas a las que hemos llamado leyes, reglamentos y otros desatinos propios de épocas timoratas y azulejadas de argumentos.

La postmodernidad es alegre y desenvuelta. En eso consiste su encanto y su alma de fruta. De ahí que primen el “golpe”, la “salida” dicharachera y la gracieta. Es el triunfo del donaire, del artificio, de la “boutade”, si queremos decirlo en francés que es idioma de muchos empaques y de acentos circunflejos.

Sus autores son políticos que podrían tomarse su oficio por la tremenda pero que han optado por ser ocurrentes pues así consiguen respaldo y votos al prometer aquello que al público engatusa. Los aguafiestas sostienen que son frivolidades pero olvidan que la frivolidad es el azúcar que nos permite digerir los graves problemas de Estado.

En una época de desprestigio de las ideas, las ocurrencias han ocupado su lugar. De la misma forma que el secretario de organización ha sustituido al catedrático de griego.