23 julio, 2008

Balanza fiscal

Por aquí, en León, los ricos no son tan avispados como en otras partes. Pero ya se espabilarán. El día menos pensado se nos descuelgan con que el Estado los tima y la Comunidad Autónoma los estafa, y a ver qué les decimos. Sólo tienen que echar mano de la balanza fiscal de su barrio y luego comparar. Esquilmados se van a sentir.
Es un suponer, pero pongamos que viven en la calle Ordoño II - señorial vía leonesa- los que manejan más dineros, empresarios con solera, ricos herederos, jefes de bancos, inversores con buen ojo para el sube y baja bursátil. Como –admitámoslo al menos como tesis con algunas excepciones- los que más tienen apoquinan más fuertemente a Hacienda, si un día se ponen a echar cuentas se pueden mosquear bastante. Alegarán que su contribución a las arcas públicas no se corresponde ni de lejos con los servicios públicos que disfrutan ni con lo que las administraciones invierten en su calle. Y añadirán que, en cambio, hay otras zonas de la ciudad, llenas de pobretones y menesterosos, que salen ganando a tenor de la balanza fiscal de marras, pues reciben proporcionalmente más de lo que aportan. Gran injusticia. Así que a reequilibrar y a dejar de financiar a costa de los impuestos de los que viven como marqueses las calles y las escuelas de los que no tienen un duro.
Cierto que semejante pretensión puede acarrearles a nuestros leoneses pudientes más de una crítica, pero sólo tendrán que cuidar otro detalle: que se inventen una identidad colectiva la mar de resultona. Al fin y al cabo, no sólo el grosor de la cartera distingue a esos ricachones nuestros, sino que poseen unos caracteres que los diferencian del vulgo: saben pelar las naranjas con cuchillo y tenedor, visten pieles y trajes de marca para ir a misa de doce los domingos y apenas hablan con laísmo. Pues ya está, son una nación de andar por casa y es esa nación la que resulta humillada y expoliada por culpa de la mala administración del Estado y de sus variados entes. Así pues, que lo que pagan se invierta en hacerles a ellos la vida más agradable, que les pongan papeleras de diseño en sus aceras y jardines con flores exóticas en los alrededores de sus viviendas y que el Ayuntamiento subvencione la literatura escrita en ordoñés.
Dirá usted, amigo lector, que semejante artimaña no puede colar, porque un Estado que se apellida social está constitucionalmente obligado a procurar la igualdad de oportunidades y a velar por la satisfacción de las necesidades básicas de todos los ciudadanos. De acuerdo, pero, si es así, ¿a cuento de qué vamos a tragar con la matraca que se gastan las comunidades autónomas más prósperas con sus dichosas balanzas fiscales?
Menos mal que nos gobierna un partido socialista, ¿verdad?

06 julio, 2008

Pequeñas vacaciones para el blog

Hace dos años que no me tomo alguna semana de respiro en esto del blog. Los vicios son así. Pero esta semana vuelvo a la carretera con las canciones de siempre y me toca andar el país de punta a punta. Y la que viene habrá que descansar un poquito, a ver qué se siente.
Así que regresaremos con esta matraca dentro de un par de semanas, allá por el veintidós o veintitrés de julio. Ya casi estamos en las doscientas mil visitas, por cierto, y aprovecho para agradecer a tantos amigos lectores y a tanto interlocutor el ánimo y los buenos ratos.
Hasta pronto y, desde ya, buen verano para todos y que el otoño nos coja confesados.

05 julio, 2008

Monadas

Zapatero cargó ayer contra el Manifiesto por la Lengua Común. Mantiene que se quiere hacer con el castellano lo mismo que con la bandera. ¿Qué será? La reivindicación de que sea común lo que la Constitución señala como común sirve para dividir. Son paradojas. Mientras que dividir es trabajar por lo común. Más paradojas. Vuelvo a decir que con su pan se lo coman. Curiosamente, en tierras con lengua propia el dominio general del castellano está garantizado por su propia inercia, mientras que la lengua autóctona no será común en el respectivo territorio más que si se impone por decreto y a golpe de sanción y reglamento. Pues vale. Seguimos con las paradojas. Por cierto, qué oportunamente aparecen hoy mismo en El País las críticas al Manifiesto en la pluma de Manuel Rivas y de una tal Demonte. Pitas, pitas, pitas.
Yo creía, pese a Lamoneda, que la iniciativa del Manifiesto no había partido del PP. Se ve que sí. Se le olvida a uno que todo lo que no le baile el agua al Gobierno y sus mariachis es cosa del PP. Este PP lo invade todo, qué cosa y qué capacidad. No sólo es que quien no esté con el PSOE está contra él, es que está con el PP. Las opciones ya no son más que dos, hablemos de lo que hablemos, pero la verdad no tiene más que un camino. A propósito, ¿se habrá dado cuenta Zapatero de que su prosa cada vez se parece más a la de Camino? Sus acólitos también se parecen un huevo/ovario a los otros/tras.
Es interesante preguntarse qué habrían dicho Zapatero y sus sumisas huestes guays si, por ejemplo, hubiera partido del PP o de un grupo de personajes sin militancia en partido la reciente iniciativa para adherirse en los próximos cuatro meses al Proyecto Gran Simio, que fue presentada por IRC, IU e ICV y aprobada por la Comisión de Medio Ambiente, Agricultura y Pesca del Congreso de los Diputados. Este sería el discurso de nuestro Gran Grumete:
“Una vez más la derecha reaccionaria pretende sembrar la discordia en el Estado, esta vez tomando los monos como bandera. No soportan la naturalidad con que las nobles bestias viven su libertad, se les hace insufrible su armonía con el medio natural en el que habitan y la propiedad con la que se atienen a los dictados de su ser. No los quieren libres, realizándose en su grupo, resolviendo pacíficamente sus disputas, reproduciéndose sin culpa ni pecado. Quieren que gorilas, orangutanes, bonobobos y chimpancés pasen por el aro de una legalidad entendida siempre como atadura y mordaza. Bajo el pretexto de reconocerles derechos, no cabe duda de que se esconde la voluntad de señalarles obligaciones. Comienzan por reclamar derechos que merecen, sí, pero acabarán exigiendo que hasta los monos vayan a misa diaria, comulguen con el neoliberalismo opresor y voten al PP. Este Gobierno se enorgullece de dar a los monos el mejor trato que jamás se ha brindado a las bestias en nuestro Estado, no como cuando gobernaba la derecha, que no hace más que monadas, y no como les gustaría a esos autoproclamados intelectuales, que querrían ver a los gorilas leyendo a Platón y a los orangutanes escribiendo monografías sobre Schopenhauer, haciendo la vista gorda ante el hecho de que Platón era medio pedófilo y Schopenhauer un machista insoportable. Este Gobierno ya tiene preparado un decreto para obligar a los zoológicos a poner jakuzzi en las jaulas de los primates y las primatas y está en estudio una propuesta para la paridad de primates y primatas en los grupos de simios. E instauraremos el Día Nacional del Mono y obligaremos a Anís del Mono a cambiar de nombre, pues sabido es que los monos no beben anís, sino agua pura de los arroyos clistalinos de su territorio histórico. Pero la derecha no se dará por contenta, pues bajo su hipócrita homenaje a los derechos simiescos no late más que la ilusión de que un día puedan los monos estudiar a Donoso Cortés, a Ramiro de Maeztu, a Ortega y a Gasset, mientras que nosotros, progresistas, deseamos que piensen y se expresen en la lengua que siempre ha sido la suya y que sus señas de identidad grupal no se vean alteradas por maniobras para hacerlos ciudadanos conservadores y para inducirles ambición intelectual y afanes de supremacía económica incompatibles con la política social que este Gobierno va a imponer contra viento y marea, mal que le pese a los reaccionarios de siempre”. Fin de la cita.
Bueno, reconozco que se me ha ido la mano. Ése sería el sentido de la perorata zapateril, pero no su forma, ni aunque se la escriba su legión de asesores sin corbata en tiempos de austeridad. Pues qué cojones sabe Zapatero quién es Schopenhauer, vamos a ver. Y anda que Pepiño.

04 julio, 2008

Sobre la ciencia en España. Una entrevista para meditar.

Para un diagnóstico atinado de la situación de la ciencia en España es interesante leer esta entrevista con Carlos Elías que publica hoy Público. Pinche aquí y vea, vea.

Guays. Por Kepa Tamames

No me resisto a traer aquí éste artículo que firma Kepa Tamames y que publica hoy el Diario de León. Magistral descripción de un tipo de personaje abundantísimo hoy en día, una peste. Lean, lean y piensen.
Guays. Por Kepa Tamames.
Yo suponía que el adjetivo no estaba oficialmente registrado por la Real Academia, que es quien se encarga de esta necesaria y sin embargo poco reconocida labor. Me equivocaba. Según la regia institución, lo guay es algo bueno, atractivo, sugerente, y se reserva a cosas o situaciones. Sin más. El diccionario no se ocupa sin embargo de la acepción aplicada a personas, y es éste el terreno que a mí me interesa. Seguro que ustedes ya intuyen por dónde voy. Tengo en la cabeza el vocablo asignado a una forma de ser, a una manera de ver el mundo, y sobre todo de que el mundo le vea a uno. ¿Qué son los guays? ¿Constituyen en sí mismos una tribu urbana? ¿Tal vez una clase social? No exactamente. Digamos que la comunidad guay no tiene una identidad común, no asume elementos estéticos distintivos visibles, no comparten sus miembros ideología ni expresiones artísticas, como en el caso de ciertas, ésas sí, tribus: góticos, skins, mo ds¿ Tanto da, la lista es infinita. Uno ve a un rocker y no hay duda de que es un rocker. Pero a un guay no se le cala así de fácil, a las primeras de cambio. A un guay hay que tratarlo de cerca para aventurarse en el diagnóstico con unas mínimas garantías. Porque se puede ser guay desde un prestigioso despacho de abogados del centro o desde la caja registradora de una gran superficie en el extrarradio. La condición de guay se la gestiona uno sin necesidad de apuntarse a asociación, club social o entidad alguna. De hecho, creo no equivocarme si digo que buena parte de quienes ostentan el citado título ni siquiera son conscientes de ello. Y dado que no existe de momento un perfil inequívoco, una suerte de «decálogo oficial» sobre la calidad de lo guay, debemos en consecuencia guiarnos por elementos de carácter intuitivo.
El guay -uso el género masculino por razones de simple practicidad, pero como ustedes comprenderán ellas no están vacunadas contra tan extendida plaga- acostumbra a mirar por encima del hombro a todo aquel que se halle más allá de su epidermis, siempre está firmemente convencido de la opinión propia y pone en duda la ajena, así se trate de la emitida por un reconocido etólogo especialista en invertebrados continentales disertando sobre la promiscuidad sexual del cangrejo de río. De hecho, un guay no se limita a emitir opiniones: sienta cátedra. Sobre esto, sobre aquello, o sobre lo de más allá, lo mismo da la colocación de parterres en plazas y jardines que el conflicto árabe-israelí. El guay asume sin pudor sus ventosidades como excelsas sinfonías musicales, al tiempo que la interpretación virtuosa de los otros apenas provoca en él una mueca acartonada. En efecto, el guay no suele apreciar la valía ajena, imagino que para mantener al nivel apetecido el pedestal propio. El guay estándar gusta de apuntarse a diversas ONG, y asiste al menos a una reunión de la que proceda (media horita, no más), lo que le dota -siempre bajo su particular visión, claro está- de autoridad moral suficiente como para presentarse en cualquier fiestuqui progre con la tarjeta de «veterano activista solidario».
Un guay, en público, va de austero -o pudiente, según se tercie y convenga-, aunque en su vida cotidiana hace ímprobos esfuerzos por llevar una existencia regalada -que es lo que se tercia y sobre todo conviene-. Un guay siempre está pendiente de expresiones técnicas que incorporar a su vocabulario personal, con el loable propósito de soltarlas después en el primer foro o convención a la que asista, esperando dejar boquiabierta a la audiencia, o al menos a parte de ella, pues hay que pensar que el porcentaje de nuestros protagonistas no es desdeñable (y sigue subiendo). En este preciso apartado, todo vocabulario básico que se precie debe incluir indefectiblemente ciertos términos ingleses. Los más socorridos, aunque no por ello menos útiles: brainstorming, lobbying y benchmarking (en general, todo lo que acabe en ing desempeña su función con brillantez). El guay se las arregla para no perderse nunca determinados actos sociales, particularmente los que tienen que ver con la cultura oficial. Y con la contraria, ésa que llaman «alternativa», pues hay que tocar todos los palos para que hablen de uno, aunque sea bien. Se deja ver por acá y por acullá cual si de la Pasarela Cibeles se tratara.
La única religión que profesa un guay -al menos a la que se dedica con mayor pasión- es la corrección política (eufemismo impagable que ahorra sustantivos siempre ásperos como hipocresía). Un guay no siempre conoce su condición, ya lo he dicho, circunstancia que convierte a cualquiera de nosotros en al menos firme candidato, cuando no en miembro honorario. El guay, en definitiva, se mueve como pez en el agua entre las siempre sutiles fronteras de la egolatría y el narcisismo. Un arte, no crean. Aunque, bien pensado, el guay merece en el fondo cierta compasión, pues hablamos de alguien que «sufre» en silencio -además de otros posibles males, de los que nadie está libre- una suerte de tragedia inconfesa. Por el éxito y la valía de los demás, sin ir más lejos. Todo lo que sea la dicha del otro al guay como mínimo le incomoda y como máximo le toca las narices. Tentado estuve de titular al artículo La increíble historia de los ciudadanos-celofán , pero como uno no sabe a qué acabará dedicándose en esto de la creación, pensé que sería mejor reservarlo para mi primer corto de bajo presupuesto. No les entretengo más, que tendrán cosas que hacer. Si acaso disponen de unos minutos, hagan una lista personal e intransferible de guays en su entorno. Y sorpréndanse.

03 julio, 2008

Estado, territorio y energía. Por Francisco Sosa Wagner

En el mundo de las construcciones políticas sobre las que nuestra existencia descansa, fruto de un patrimonio hereditario amasado a lo largo de varios siglos, son muchos los elementos que se tambalean, sometidos como están a la acometida de circunstancias nuevas y agresivas. Una delicada teoría del Estado, pensada por mentes poderosas del pasado, es la que nos sirve aún como rosa de los vientos en nuestras cogitaciones, pero bien sabemos que muchos de sus capítulos se hallan sometidos a una intensa revisión. En un país como Alemania, de donde proceden las formulaciones más brillantes acerca del Estado -¿cómo no pensar en Jellinek, Carl Schmitt, Kelsen o Forsthoff?-, se suceden en estos últimos años los títulos de trabajos, que suelen ser de habilitación para cátedras universitarias, en los que se abordan de forma crítica los ingredientes tradicionales explicados por los oráculos del pasado (autores como Utz Schliesky o Stefan Haack, entre otros, se inscriben en esta línea de pensamiento revisionista).
Pues bien, uno de esos elementos pasados por el cedazo de las nuevas plumas es el del territorio sobre el cual el Estado se asienta o, si queremos emplear las palabras de Kelsen, «el ámbito espacial de la validez de un orden jurídico». Y es que, a poco que se observe, advertimos que las aristas del territorio así como las fronteras, con sus guardias y sus alambradas, tan propias de contrabandistas románticos y de espías, están siendo desmanteladas y donde antes hubo seguridad hoy se ha formado un espacio que desbarata el contorno de influencia de las administraciones, habilitadas como están para desplegar su eficacia en problemas de la convivencia abiertos ya a un orden continental o a las veces planetario. Tal ocurre con la protección del ambiente o la prevención del cambio climático, objeto de pleitos de alcance mundial. Lo mismo acontece respecto a la lucha contra la evasión fiscal y la protección de la salud o la expansión de epidemias o epizootias.
Todo ello no quiere decir que el territorio haya perdido su naturaleza básica a la hora de determinar las hechuras del Estado. Significa sencillamente que ha perdido su vestimenta absoluta, arrolladora, o sin más la exclusividad que le acompañó durante mucho tiempo. Pero en los estados descentralizados como el nuestro se añade además una circunstancia que, afectante asimismo al territorio y a su uso, resulta cada día más clamorosa. Y que, como concierne al ejercicio mismo de las atribuciones estatales, conviene detenerse en ella.
Me refiero a las grandes decisiones públicas que al Estado competen y que, lógicamente, han de proyectarse sobre un determinado espacio físico: la línea ferroviaria, la autopista, el tendido eléctrico de largo alcance (de alta tensión o de muy alta tensión), el gasoducto, etcétera, son todas cuestiones que trascienden el interés de un espacio regional determinado para afectar al conjunto de los intereses nacionales que el Estado representa. En estos casos ocurre que, cuando la instalación proyectada es reputada beneficiosa por la ciudadanía para sus intereses inmediatos y tangibles, el Estado no suele encontrar dificultades sustanciales a la hora de llevar a cabo sus designios. El uso del territorio se hace en medio del aplauso generalizado. El ejemplo podría ser el AVE, si se excluye la actitud arriscada del terrorismo vasco empeñado en impedir su llegada a aquellas tierras, actitud que recuerda la de Gregorio XVI (Papa entre 1831 y 1846), quien se opuso a la construcción de líneas ferroviarias por los estados pontificios con el argumento de que por ellas circularían con más facilidad las ideas liberales. Y no le faltaba razón al Pontífice.
Ahora bien, fuera de este caso trágico pero estrambótico, estas complacencias no se producen cuando se trata de instalaciones respecto de las cuales el ciudadano medio ya no advierte su beneficio personal de manera directa. Pensemos en la energía eléctrica. Hay ejemplos en muchos lugares de España, como es el caso reciente de algún municipio de la costa gaditana que pretende prohibir por referéndum la energía eólica. Pero fijémonos en la salida de la energía del norte, en Asturias, para llegar a los mercados del resto del país, en dirección a Galicia, Cantabria o Castilla.
No entro en el debate de fondo, es decir, si esa energía es necesaria; en todo caso, mi opinión en este punto carece de valor. Con todo, a la vista de algunos datos oficiales, Asturias precisaría sacar de su territorio excesos de producción eléctrica y ello porque se están instalando plantas de generación de energía limpia (las de ciclo combinado que pretenden sustituir a las contaminantes térmicas) en un programa que se inicia en los tiempos de Felipe González, bajo cuya autoridad se declaró (marzo de 1986) la utilidad pública de la línea. Pues bien, desde entonces, el problema ha sido el trazado, el concreto territorio -justo de lo que este artículo trata- por el que ha de discurrir la línea de alta tensión. La compañía Red Eléctrica Española ha ofertado distintos recorridos, y los propios presidentes autonómicos afectados han sellado, con un apretón de manos, compromisos específicos al respecto. Todo en vano, pues cualquier movimiento es respondido por asociaciones de vecinos, ecologistas y ayuntamientos, incluso el padre de Rodríguez Zapatero firmó -sin duda con buena intención- un escrito de protesta. Hasta ahora han tenido éxito, pues el problema sigue en el aire aunque el Gobierno, en su plan energético para el período 2008-2016, ha incluido como actuación prioritaria «la línea de alta tensión entre Sama y Velilla del río Carrión». Pero, conocedor del avispero, ha vuelto a pedir que se modifique el trazado.
Todo ello está justificado: vecinos, alcaldes y ecologistas tienen sus razones; de otro lado, Red Eléctrica Española no es maestra en desplegar habilidades diplomáticas. Pero no es menos cierto que para el Estado, representante de los intereses de España entera, la línea es imprescindible y lo es así desde hace más de 20 años. Pero no se hace. Adviértase que las obras del AVE están causando, por parajes muy similares, destrozos ecológicos manifiestos, ante los que nadie protesta.
Naturalmente que el territorio «no es del Estado», que éste ha de acomodarse a las competencias repartidas entre los municipios y las comunidades autónomas y a los procedimientos previstos en las leyes, que ha de garantizar la audiencia de las poblaciones y sus legítimas reivindicaciones... Todo esto nadie puede discutirlo, pero al final es el Estado el llamado a decidir sus concretos usos cuando se hallan afectados intereses que comprometen al conjunto de los españoles. Los ordenamientos federales cuentan, entre el arsenal de sus técnicas, con la cláusula de prevalencia, contenida en el artículo 149.3 de la Constitución, para obligar a que sus determinaciones sean acatadas y sus opciones políticas cumplidas.
Ahora, medite el lector lo que ocurriría si al Gobierno se le ocurriera aprobar un plan de construcción de centrales nucleares. ¿Dónde podría emplazarlas? ¿Se imagina alguien la que se armaría en cualquier Comunidad Autónoma ante el anuncio de una vecindad tan conflictiva? Decenas de años pasarían antes de que una sola máquina estuviera en condiciones de mover tierras.
La falta de control sobre el territorio, atrapado en una red inextricable de competencias y tramitaciones superpuestas unas sobre otras, la falacia en la que se ha transmutado la «ejecutividad» de las decisiones administrativas -que sólo se aplican a quienes carecen de capacidad de reacción-, debilitan al Estado y lo pueden convertir -así ocurre ya en muchos asuntos- en mero jefe de una estación de maniobras de intereses sectoriales y locales. Provisto de un silbato que nadie atiende.
(Publicado en El Mundo hoy, 3 de julio)

02 julio, 2008

Doña Manolita

Me acaban de dar una noticia que me alegra enormemente. Parece que allá por septiembre se organiza una reunión de unos cuantos de los que fuimos niños en Ruedes con doña Manolita, nuestra maestra. Pocas personas han sido tan importantes en mi vida y agradezco al destino esta oportunidad para decírselo de viva voz antes de que sea demasiado tarde. Tiene ochenta y tantos años. Se me curará así un remordimiento que hace mucho que me acompaña. Tanta palabra vana para tanta gente que tal vez merece apenas un silencio conmiserativo, y se nos quedan por decir cosas de las que más importan.
Doña Manolita era una maestra a la vieja usanza y una maravillosa maestra. Sus métodos eran los tradicionales, lectura, caligrafía, cuentas, dictados. De vez en cuando nos daba alguna hora para leer libremente algo de los libros de aquella exigua biblioteca –veinte o treinta ejemplares varipintos- que teníamos en la escuela. Era una escuela rural y en los tiempos mejores llegamos a ser veintitantos niños. Cada tanto los padres le llevaban huevos, patatas, cebollas, lo que le podían regalar. Algunas veces ella nos mandaba a buscar caracoles en las tapias y las huertas. Castigaba al modo antiguo cuando nos desmadrábamos un poquito, nos ponía de rodillas contra la pared, muy de tarde en tarde nos arreaba sin saña con un palo bambú en la palma de la mano. Nos hacía copiar cincuenta o cien veces las palabras escritas con faltas de ortografía. Y, sin embargo, no me consta que nos quedara ningún trauma o resquemor. Más dolorosa, mucho más, es la indiferencia, y nosotros, aquellos niños que llegaban cada mañana con madreñas o chanclos y oliendo a establo, nunca le fuimos indiferentes. Cuando llegué a Gijón, no sabía menos cosas que aquellos hijos de papá. Y de la vida en general sabía más.
No gastábamos apenas en libros de texto ni había asignaturas modernas, como conocimiento del medio o cosas por el estilo. En realidad, el medio lo conocíamos nosotros infinitamente mejor que ella y podíamos darle lecciones sobre animales, hierbas o tierras, sobre la luna y las cosechas, sobre vientos y brisas. Era salmantina y creo que siempre nos contempló con la perplejidad amable del antropólogo a la fuerza en tierras del buen salvaje. Cuando en el gran salón que era la escuela aparecía algún ratoncillo a la carrera, se subía de pie encima de su silla y gritaba con horror, mientras nosotros perseguíamos a la bestezuela con festivo entusiasmo.
Ella se tomó tiempo y buen ánimo para convencer a mis padres de que me enviaran a estudiar el bachillerato a Gijón, argumentando que, por muy hijo único que yo fuera, no podían condenarme a respetar tradiciones ni amarrarme para siempre a unas labores para las que en verdad no estaba dotado. Si no se va ahora, les dijo, se marchará cuando sea mayor de edad, pero este crío acabará buscando otros horizontes. Lloré al dejar aquella escuela, lloré yo y lloraron mis padres cuando con diez años me mandaron a aquel colegio tan fino en el que había salvajes de verdad, con o sin sotana, y no precisamente salvajes mansos. Y lágrimas se me vienen a los ojos cuando recuerdo tan a menudo a doña Manolita en aquellos caminos ajenos a sus pies de señora de ciudad, cuando rememoro cómo su extrañeza ante aquel mundo peculiar se tornaba en ternura para nosotros, sus niños, y en afecto para nuestros padres, campesinos que la veneraban como se venera al sabio distante de buen corazón.
En septiembre, si el encuentro se consuma y no me incapacita el nudo que tendré en la garganta, quisiera decirle que, por encima de tantos vaivenes de la vida, la amo y la amaré siempre como a una madre, como a una amiga, como a una maestra, en el más pleno sentido de la palabra, y que, para mis adentros, nunca he dejado de dedicarle cuanto hago y cuanto soy que pueda tener algún valor.

01 julio, 2008

El vate y el cuate

Qué cosas. Leo con retraso extractos de la entrevista con Zapatero en El País del pasado domingo. Lo de siempre y tal y cual y más de lo mismo. Para qué va a cambiar de disco, si el personal baila contento a este son. Pero al referirse al Manifiesto por la Lengua Común, dice así nuestro líder carismático: “Les tengo mucho respeto a quienes firman el manifiesto. Yo no estoy de acuerdo, pero lo respeto. Fíjese, ha firmado hasta Gamoneda”. ¿Desliz? ¿Convencimiento de que las musas comen en su mano? Es posible que a las musas también haya que alimentarlas. Mas la frase suena como si hubiera dicho, “fíjese, hasta lo ha firmado mi chófer o mi mucama” Perdón, mucamo.
Bien está el respeto, pero el vate se acongoja y envaina el celo lingüístico. Ayer, en El País, el cervantino Gamoneda publicaba una tribuna en la que, con estilo bien abstruso y como de Derrida mesetario, venía a decir que en fin, que si lo sabe no lo hace y que a ver si lo van a tomar a él por un crítico del Gobierno, que no es plan y que primero el pan. Ha descubierto el buen hombre que el asunto es ideológico y no le rima. Pues vale, está en su derecho de tirarse en marcha, cómo no. Pero a ver ahora a quién va a poner Zapatero de ejemplo de su tolerancia y su respeto.
Este humilde servidor de ustedes también firmó una vez algún escrito, aquí mismo, que lo dejó sin un puñado de conferencias y cursos. Me declararon “enemigo total”. Ay, mi hipoteca. No estuve fino. Debí sospechar a tiempo que podían pintar bastos, y lo podía haber arreglado mediante un sutil articulillo de retirada estratégica. No se me ocurrió, maldición, y sigo igual de respetado, pero sin tanto viaje. Creo que dentro de nada me voy a pasar a la poesía críptica y dolorida y a la prosa gozosa del prietas las filas. Que ya lo dice el viejo adagio: primum vivere. Y concluiré entonces mi perorata penitencial con las palabras transparentes del vate leonés: “No entiendo, pero cito porque me resulta hipnótico. ¿Qué mosca me habrá picado?, ¿el tse-tse, creador de sueños amarillos, o la tarántula visionaria, que el propio Kratevas Rizotomo, servidor venéfico de Mitrídates, mantenía en respeto?”. Las cosas claras y el chocolate tras la conferencia en algún Instituto Cervantes de por esos mundos.

30 junio, 2008

¿Se puede vivir sin cabeza? Por Francisco Sosa Wagner

La noticia de que los pollos pueden sobrevivir durante meses sin cabeza ha conmocionado a quienes se ocupan de las rarezas de la ciencia que nos han contado cómo un pollo decapitado -llamado Mike- siguió tan campante su camino hacia el corral donde se reunió con sus compañeros pollos para practicar su vida corralera y avícola. Ninguno de ellos se sorprendió y siguieron considerando a Mike un ser como ellos, normal y en plenitud de facultades. Es más, consideraron que Mike tenía ventajas porque no podía comer granos de maíz con lo que tocaban a más y tampoco decía ni pío y eso que se ahorraban pues carecía de objeto discutir con él.
Su propietario le alimentaba a través de una pipeta pero, como pasaba el tiempo, el caso le pareció insólito y entonces lo llevó a un laboratorio donde un señor enfundado en una bata blanca y con gafas de respeto le explicó que la vida de Mike no tenía nada de extraña porque el corte que le habían propinado le había dejado intactas la yugular, gran parte del cerebro y un oído, elementos todos ellos de la naturaleza pollil que le servían para seguir siendo un ser respetable aunque decapitado. Esto le permitía vivir tranquilo y no andar ajetreado de un lado para otro, es decir no tenía que andar de cabeza. Mike había encontrado por efecto del tajo su forma peculiar de sentar cabeza.
Desde entonces todo es fortuna para Mike que sigue en su corral en una localidad del Estado de Colorado (USA) a cuyos habitantes sin embargo el asunto del pollo les trae de cabeza. Allá ellos y sus rutinas.
He estado pendiente por ver si en España se producía una noticia similar pero nuestros pollos son muy suyos y van muy erguidos siempre con su cabeza en lo alto, que por nada del mundo perderían. Son pollos tradicionales, dengosos, remilgadillos, que no le ven la gracia al hecho de andar decapitado, ignorando que así anduvieron los nobles más nobles a partir de la Revolución francesa. En aquellos tiempos era incluso signo de distinción y en la familia que no contaba con un miembro decapitado por la guillotina había como un sentimiento de frustración y una ocultación del hecho para que no se murmurara en la vecindad. Pero vaya usted a contarles la Revolución a los pollos españoles, a ellos que no saben ni siquiera quién era Tocqueville.
Sin embargo, cuando todo parecía tranquilo, la noticia saltó a los periódicos y se dio cuenta del hecho más extraño que imaginarse pueda: se había descubierto, tras sesudos estudios y varios proyectos de investigación financiados por las Agencias que mejor se las agencian del espacio europeo, que ¡en una Universidad española había sobrevivido un profesor con cabeza!
Así como suena. Gran conmoción en el mundillo universitario, no muy dado a conmoverse ciertamente pero que a veces se agita, tal como si estuviera vivo. El rector y toda la junta de gobierno se estremecieron y dedicaron una sesión entera al insólito fenómeno porque se decían: ¿cómo es posible que después de todo lo que acordamos aquí, con la cantidad de programas y estructuras de programa y sus correspondientes anexos que a diario mandamos rellenar, se haya producido este milagro de la naturaleza? ¿habremos hecho algo mal? ¿existirá algún resquicio de imaginación y de libertad que no hayamos obstruido?
Observadores de diversas agencias allá fueron para comprobar el fenómeno, se instalaron teleobjetivos de última generación y observatorios hipersensibles, todo para comprobar al final que había existido un error, que se había confundido cabeza con calveza. Es decir, un simple calvo había hecho pasar un calvario a los atareados colegas que volvieron, ya tranquilos, a sus formularios e impresos.

29 junio, 2008

Farsantes peligrosos

En pleno siglo XXI. Troleros, narcisistas, avaros, cretinos, engañabobos. Y la gente los sigue, los vota, los aclama. Asco de mundo.
Vean dos buenas muestras pinchando aquí y aquí, con las distancias que haya que salvar.

28 junio, 2008

Castellano

Se está organizando un jaleo simpático con el llamado Manifiesto por la Lengua Común. De lo más gracioso, la reacción de los partidos que más mandan. El PSOE insiste en que el castellano no está en peligro y el PP se maneja con tibieza, no sea que haya que pactar pasado mañana con los partidos nacionalistas y donde dije Diego digo Dídac.
Hace unos días me tomaba unas cervezas en Galicia con un colega de allá y me contaba que, efectivamente, toda la enseñanza primaria es ya en gallego, salvo en la asignatura de Lengua Española. No lo veía mal y argumentaba que los niños no van a dejar de aprender y hablar castellano, aunque en la escuela no se practique. Será. También me explicaba que en los concursos de la Administración gallega el certificado de gallego puntúa tanto como una tesis doctoral. Inteligentes prioridades.
El castellano sí está en peligro, pero en toda España. Mis alumnos son leoneses en su inmensa mayoría y gran parte de ellos no saben expresar en esta lengua una idea mínimamente compleja y tienen un vocabulario que apenas les da para andar por casa. Una estudiante me decía hace poco que no conseguía entender un párrafo de un libro porque no sabía qué quería decir “refutar”. Los ejemplos de este estilo son abundantísimos. Las carencias lingüísticas no permiten a muchos jóvenes entender lo que les rodea con un una mínima solvencia y están incapacitados para cualquier estudio superior que no sea a la boloñesa. Dentro de nada Ugh el Troglodita podrá graduarse con honores y sin demasiado esfuerzo en cualquier Facultad y aunque no tenga ni pajolera idea de dónde está Bolonia.
Cuando se critica la llamada política de inmersión en el catalán, el euskera o el gallego se suele hacer hincapié en el derecho de los padres a elegir el idioma en que se forme a sus hijos. No me parece el dato esencial, pero algo hay de paradójico en el hecho de que se garantice celosamente que puedan los padres elegir la religión que sus hijos estudien en el colegio y que se estén poniendo las bases para que no sólo sea la católica la que así se enseñe, mientras que con la lengua no se respeta tan escrupulosamente el pluralismo. Si se cree que el castellano ya lo adquirirán los niños en casa o en la calle, ¿por qué no pensar lo mismo de la religión y que no se imparta ninguna en los colegios? Por otro lado, ¿por qué no pensar que las lenguas autóctonas se aprenderán también en la calle y en casa, si realmente están vivas?
La verdadera faena se hace a los niños, privándolos de un conocimiento adecuado de una lengua con la que pueden entenderse con más de quinientos millones de personas. Quien viaja por Latinoamérica, y hasta por Estados Unidos, se siente privilegiado y acaba con un poco de lástima de franceses o alemanes, por ejemplo. Es posible que idéntica sensación se tenga pronto con catalanes o gallegos. Pero el nacionalismo nos prefiere aldeanos y más limitaditos. Allá se las compongan.
Que cada cual hable la lengua que quiera y estudie la que pueda. Pero tal vez va llegando la hora de aplicar la reciprocidad lingüística. Si para ser funcionario en el País Vasco, Galicia o Cataluña se debe acreditar conocimiento del idioma respectivo, ¿por qué no exigir el dominio del castellano para serlo en Castilla, Extremadura, Andalucía, etc.? Y si pueden, por ejemplo, opositar a judicatura todos los españoles por igual y conseguir destino en cualquier parte del Estado, ¿no tendría sentido pedir a todos los candidatos un perfecto manejo del castellano?
Dentro de unas pocas generaciones todos nuestros descendientes hablarán inglés y un poco de español. Salvo en ciertos valles y algunas montañas, donde unos pocos irreductibles entonarán sus cantos tribales antes de salir a cazar jabalíes a garrotazos. Serán lugares muy interesantes para antropólogos y variados misioneros.

27 junio, 2008

Universidad para chiquitines

Un amigo me envía el programa de una asignatura que ya el curso que viene se va a impartir en la carrera de Derecho y en otras, en una universidad postinera de la capital. Se llama “Técnicas de expresión oral y escrita”. Este es el programa (perdón, cronograma):
Cómo organizar los contenidos I
La página en blanco: ¿por dónde empezar?
Ya sé de qué quiero hablar: ¿cómo organizo ahora el contenido?
Cómo organizar los contenidos II.
Introducción y conclusión: dos partes fundamentales de la exposición.
El buen uso del lenguaje I. La frase bien construida.
El buen uso del lenguaje II. Consejos para utilizar el vocabulario correctamente.
Norma y uso de la lengua: lo que se puede y lo que no se debe decir.
La estructura del texto escrito: el párrafo.
Coherencia y cohesión I.
Coherencia y cohesión II.
Escritura creativa I.
Escritura creativa II.
La revisión del texto.
El trabajo en grupo ante una presentación oral pública. Requisitos previos. Distribución de tareas y papeles. La organización del discurso. La estructura de las intervenciones.
Aspectos formales de la presentación. La importancia de la gestualidad en la exposición I.
Aspectos formales de la presentación. La importancia de la gestialidad en la exposición II.
El díalogo.
La entrevista.
La improvisación de situaciones.
Hasta ahí la nueva joya de la pedagogía universitaria que nos va a poner en convergencia con la Europa a la boloñesa.
No me voy a tomar el trabajo de reproducir los subepígrafes, que son de mucha risa. Repárese en que se resta tiempo a la explicación y el estudio del Derecho Penal, el Civil o el Administrativo para poder dedicarse a estas cositas.
Me ha venido el recuerdo de doña Manolita, la maestra que allá en Ruedes, mi pueblo, nos ponía cada día una redacción y nos corregía faltas y defectos expresivos. Ahora se hace en la universidad para que a los chicos y las chicas se les cure el analfabetismo funcional con el que llegan de escuelas e institutos. Supongo que el objetivo final es que todos y todas sean capaces de presentar Operación Triunfo o cualquier otro programa similar. Que tengan ese tipo de competencias y que no se expresen mediante simples gruñidos o diciendo todo el rato “esto es por ejemplo que...”.
Enternecedor.
Siempre he pensado que en la carrera de Derecho debería enseñarse retórica, pero a estudiantes que ya sepan hablar, leer y escribir.
En mi Facultad voy a proponer otra asignatura transversal y de muchas competencias. Podríamos titularla “Conoce tu cuerpecito”. Y los temas tal que así: “Las partes del cuerpo: cabeza, tronco y extremidades”, “Técnicas para andar erguido”, “Maneras de sacarse el chándal por la cabeza”, “Posturas ergonómicas para hacer caca”, “El pitirrín y sus usos I”. “El pitirrín y sus usos II”. “El pitirrín y sus usos LXIX”, etc.
¿Qué nos quedará por ver?

26 junio, 2008

Ideas para una sociología jurídica de aquí mismo

La Sociología del Derecho en España malvive, es marginal y no sé si muy interesante. Es verdad que en Zaragoza la cultiva en serio un grupo bien competente encabezado por Manuel Calvo, si bien me temo –es impresión mía- que se van cansando de penurias y escaso eco. En tiempos, un sociólogo, Manuel Toharia, hizo trabajos punteros, pero me temo que sin formar escuela. Otros como Pompeu Casanovas, en Barcelona, han optado por codearse con la ciencia social extranjera. Y poquito más, salvo algunos grupos que cultivan cierta investigación sociológica en el ámbito criminológico y carcelario.
Cuando uno era estudiante de primero de Derecho, allá en Oviedo, escuchaba a Elías Díaz insistir en la necesidad de una perspectiva sociológica de lo jurídico. Su ejemplo era Renato Treves, al que una vez escuché, aquel mismo año, en una conferencia en Oviedo y al que pude tratar un rato en una de aquellas reuniones que en los alrededores de Aix-en-Provece organizaba André-Jean Arnaud.
Al cabo de bastantes años, asistí a unas cuantas reuniones de un grupo de jóvenes entusiastas que solían encontrarse en el Instituto Internacional de Sociología Jurídica de Oñati. Eran debates simpáticos, que siempre acababan vendiendo la piel del oso antes de cazarlo, pues, llevados por los sueños, se acababa compitiendo por el liderazgo de esa disciplina y se hacían cábalas sobre cómo conseguiríamos su implantación en las facultades de Derecho. Éramos lo más parecido a uno de aquellos partidos extremos y marginales de los tiempos de la Transición. Al final, casi todo el mundo se aburrió y se fue a sus cosas, hartos los más de pugnas y purgas bastante estériles. Muchos de los que entonces nos encontrábamos jamás hicimos investigación sociológica que merezca tal nombre ni sabríamos cómo, pero allí andábamos por si caía algo en la rifa. Creo que el propio Instituto de Oñati nunca llegó a tener una mínima influencia entre los investigadores españoles y, hasta donde sé –tal vez vuelve mi juicio a ser precipitado y un poco injusto-, se convirtió en campo de batalla entre grupos extranjeros que tratan de dirimir quién tiene mayor o menor presencia en no sé qué comité, comisión o sociedad internacional que se reúne cada año para seguir discutiendo de lo mismo.
Así, unos por otros, la casa sin barrer. Y el caso es que se echa de menos investigación empírica potente en muchos asuntos jurídicos, investigación que se sustraiga a la dictadura de las modas –globalización, estudios de género, multiculturalidad, pluralismo jurídico, “estudios culturales”, sistemas alternativos de solución de conflictos...- y le meta mano a temas más prosaicos pero de mayor relevancia para el estudioso y el práctico del Derecho en nuestro país.
Me voy a permitir mencionar algunas cuestiones sobre los que no estaría nada mal que unos cuantos investigadores atrevidos escribieran un puñado de artículos, monografías y, por qué no, tesis doctorales.
A) En relación con la legislación.
- Estudios sobre legislación, especialmente sobre legislación simbólica. Por ejemplo:
Sobre qué temas legislan los parlamentos autonómicos y con que grado de imitación u originalidad.
Cuántas normas de la legislación autonómica establecen derechos tangibles y efectivos y cuántas contienen nada más que proclamaciones meramente propagandísticas, brindis al sol que en nada afectan a los intereses reales y las garantías de los ciudadanos.
Cuántas normas de la legislación autonómica o estatal tienen como objetivo principal el de crear organismos de estudio que no son más que comedero para personas próximas a los partidos políticos: observatorios, comisiones, comités...
Cuántas normas legales, especialmente en las comunidades autónomas, no tienen más objetivo que el de abrir márgenes para la actuación puramente discrecional de la Administración correspondiente a fin de aumentar su poder sobre los ciudadanos, su impunidad en los manejos presupuestarios y su capacidad para favorecer parasitismos de diverso tipo, al tiempo que se fagocita cualquier movimiento asociativo o reivindicativo proveniente de la llamada sociedad civil.
Cómo se redactan las leyes: por quién, con qué formación, bajo qué consignas, con qué negociaciones, etc.
B) En relación con las administraciones públicas.
Análisis cualitativo y cuantitativo de las políticas de personal de las diversas administraciones: presencia sindical o política en tribunales de concursos, prácticas de contratación de personal laboral, número y papel de puestos de confianza, políticas de ascensos, relaciones familiares, concursos abiertos y restringidos, litigiosidad en materia de personal, grado y formas de ejecución de las sentencias condenatorias de las administraciones en este campo, etc.
Resultados y efectos de las políticas practicadas en materias como urbanismo y ordenación del territorio, medio ambiente, cultura, etc.
Grados de satisfacción de los diversos profesionales de la Administración, como interventores, secretarios, etc. y estadística sobre sus quejas más comunes y sus propuestas de reforma.
C) En relación con la judicatura. Por ejemplo:
Análisis comparativo del tratamiento judicial que reciben los ciudadanos ordinarios en los más altos tribunales y del que éstos brindan a políticos, grandes empresarios, empresas de comunicación, partidos, etc.
Estudio pormenorizado del papel del magistrado ponente en las sentencias de los altos tribunales, con examen de sus líneas de continuidad o discontinuidad y del papel que en cada caso desempeña la adscripción ideológica del magistrado o de su relación con las fuerzas políticas, sociales o gremiales que lo promovieron.
Examen de los cambios jurisprudenciales más notorios, prestando atención al contexto y las circunstancias que los determinan.
Análisis de la carrera judicial y/o académica en los escalones superiores de la judicatura, a fin de poner de relieve qué clase de correspondencia existe entre su designación para tales puestos y factores tales como su laboriosidad en las escalas judiciales inferiores, el número de sentencias que en su momento les fueron ratificadas o anuladas en vía de recurso, el grado de su presencia en órganos directivos de asociaciones judiciales, en puestos de designación política o en órganos de gobierno de los jueces.
Son unos poquitos temas de nada y en un buen rato y con trabajo de equipo podríamos señalar muchos más. Pero tal vez lo más interesante es la pregunta previa: ¿por qué existe tan poca investigación académica sobre estas materias? Mi hipótesis provisional es la siguiente: porque a nadie le apetece jugarse los cuartos y las energías levantando esos velos que ocultan tantas cosas que todo el mundo sospecha y que sólo se comentan en confianza y en voz baja.

25 junio, 2008

Hacienda defrauda

Nunca he entendido ni una palabra de impuestos y declaraciones de la renta. Hace unos cuantos años que acudo a un asesor profesional cuando me toca cumplir con el fisco. Pago religiosamente para que me prepare la declaración de la renta y me conformo sólo por no tener que rellenar casillas inverosímiles, entegarme a programas-padre-padrone ni aprenderme conceptos que rozan la metafísica de los números, y con eso ya me doy con un canto en los dientes.
Pero desde que Hacienda envía a las víctimas una declaración provisional –o como se llame- mi contento aumenta al mismo ritmo que mi perplejidad. Cada año me hacen saber desde la famosa cueva del árabe de que me sale positiva y debo apoquinar, pese a la hipoteca y a que tengo una retención que corta el hipo. Así que corro a mi asesor y... ,tachán, me informa sistemáticamente de que es el fisco el que debe devolverme a mí un poco de pasta. Lo cuento a diestro y siniestro y unos cuantos amigos van entrando por el aro con idéntico resultado. Y la conclusión se impone: Hacienda nos chulea, no sé si con dolo o simple negligencia.
Se pregunta uno cuánto incauto picará y a cuánto ascenderá el total de lo cobrado indebidamente por esa cosa que somos todos. No tengo ni la más mínima mentalidad de evasor, conste, pero también soy liberal en materia de sexo y no por eso me apetece que me violen.
Tengo entendido –y me disculpo si estoy en el error- que en cuanto algún despistado pone su firma en la declaración-trampa que le mandan a modo de cebo, se condena y no hay vuelta atrás. Roma no paga a ingenuos y confiados. Te pasas la vida leyendo sobre grandes principios constitucionales, sobre garantías en el Estado de Derecho, sobre la responsabilidad de la Administracion, que según las leyes es objetiva y chiripitifláutica, y luego mira lo que pasa. El Estado expropia al ciudadano de lo suyo a base de malas mañas y con ánimo de trilero y toca quedarse con los brazos cruzados y la cartera temblorosa. Luego que nos hablen los juristas del principio de buena fe, del de protección de la confianza, del de enriquecimiento injusto y de la Biblia en verso. A usted lo persiguen por fumar, por tomarse unas copichuelas, por piropear a la del quinto C, por ponerse hasta arriba de hamburguesas y por no operarse el miembro para que sea miembra, pero, diablos, llegan los Albertos y cambia la jurisprudencia constitucional casualmente a su favor, la Presidenta del Constitucional asesora a una abogada que es amiga de una amiga suya que tiene una vega y Hacienda juega con nosotros a los chinos para engañarnos como a tales. Hasta un matrimonio puedes anular si hay error en el consentimiento, pero con Hacienda consientes un día que te pilla en el momento tonto y ahí te quedaste compuesto y sin tus pelas.
Y todavía hay quien se extraña de que uno se vaya convirtiendo en un viejo ácrata con incrustaciones de mala leche.

23 junio, 2008

Autonomía para la universidad

Es curioso ver cómo se juega hoy en día con los conceptos. Grandes nombres para meras apariencias, y en el fondo todo lo contrario. Ocurre también con la tan cacareada autonomía universitaria. Que las universidades tengan autonomía se está entendiendo como que de puertas adentro puedan hacer lo que les venga en gana. Por ejemplo, seleccionar el profesorado con criterio localista y endogámico o confeccionar los planes de estudio según el capricho de los que mueven los hilos en cada ocasión. Ahora va a suceder que, en nombre del proceso de Bolonia y de la convergencia con Europa, una misma carrera universitaria impartida en Madrid, Zaragoza o León puede no parecerse apenas. Paradojas que resultan de retorcer las nociones y de un perverso manejo de políticos, que dejan al albur de cada lugar lo que debería estar más controlado, pero tratan de que no se les vaya de las manos todo lo que afecte a su mando y repercuta en sus votos. Quien busque argumentos más contundentes y bien fundados, que lea el libro de nuestro amigo Francisco Sosa sobre El mito de la autonomía universitaria, que va por su tercera edición.
Las universidades, supuestamente tan autónomas, a la hora de la verdad están a merced de los poderes externos. Los rectores pronto descubren que toda iniciativa pasa por complacer al poder político, que ninguna innovación se les tolera si no acarrea rédito electoral para partidos y para gobiernos y que, a nada que se guíen ante todo por el interés legítimo de la institución académica que gestionan, se les cierra el grifo de los euros. Con los títulos se juega demagógicamente, las plantillas encogen o adelgazan en función de la docilidad rectoral y los poderes fácticos se apresuran a dejar claro que el que rige dentro ha de ser sumiso con los mandamases de fuera.
En la Universidad de León tenemos nuevo rector, con un equipo competente. También hay, por supuesto, profesores de la máxima talla, investigadores de primera, personal eficaz y estudiantes que no deben permitir que se les dé gato por liebre, todos con ansias de que su trabajo se reconozca en lo que vale, de que la razón académica prime sobre cualquier otra influencia y de que las decisiones de gobierno se tomen con plena consideración de las prioridades de la institución, que no son otras que docencia de calidad y ciencia del mejor nivel. Del resto de los poderes públicos y de la sociedad tenemos que exigir sólo financiación suficiente, sin regateos ni servilismos, control de la legalidad de la gestión y de las decisiones y respeto a la autonomía universitaria, pero rectamente entendida. La Universidad no puede ser correa de transmisión de ningún grupo político o económico ni pretexto para que el saber y la ciencia se pongan de rodillas ante nada que no sea el rigor del trabajo universitario bien hecho. Ojalá el nuevo rector le ponga el cascabel a ese gato.

22 junio, 2008

Apología (matizada) de la violencia y repudio de bueyes y castrones

Entendámonos. No voy a hacer una llamada a tomar las armas de fuego ni los puñales. Pero las armas dialécticas sí; como mínimo. A muchos nos contaron de pequeños aquello de poner la otra mejilla... y nos freían a tortas en las dos. En aquel colegio de curas en el que estudié de los diez a los dieciséis, venía el padre Bernardo a las clases de religión y nos repetía lo del amor al prójimo y la mansedumbre de los justos. Aparte de lo de la médula y aquello tan simpático de que si una señora copulaba con dos machos no podía quedarse embarazadas, pues el semen de cada cual se carga al del otro, igual que no puedes mezclar en el motor del coche aceites de densidad distinta. Tal cual, así nos lo explicaba. Se ve que entendía de coches. Pero ése es otro asunto. Luego, entre clase y clase, entraba el padre Tomás, alias El Tomasón, y por un quítame allá esas pajas nos arreaba unos buenos guantazos, en las dos mejillas o donde tocase.
Ahora ya no se invoca una mejilla o la otra, sino la tolerancia. Y en lugar del principio de amor universal, el de que todo el mundo es bueno, versión laica y más tonta. Lo que importa es que por fas o por nefas hay que ser mansos y tragar con lo que se tercie. En pompa,¡ar! En estos tiempos de picaresca y descaro, el malo es siempre el que denuncia, protesta o se enfrenta con el felón. Usted ve a un fulano o a una fulana llevándoselo crudo, metiendo mano en la caja, robando el cepillo de la iglesia o dando el palo a diestro y siniestro, se queja, protesta, denuncia... y el impresentable es usted, por intolerante, por crítico despendolado y por no relajarse y gozar cuando el atropello es inminente. La omertá es suprema virtud en esta era de falso relativismo y de buenismo ramplón.
Supongo que todos conocemos de esas cosas un rato largo y uno mismo podría contar un buen puñado de anécdotas significativas, aunque ya sabemos que contar cualquier cosa que no sea las excelencias de los prójimos está pero que muy mal visto. Te vas de vinos con unos colegas y empiezan a narrarte, en confianza y con lujo de detalles, las fechorías de Fulano. Tú ya sabías lo que había y te vas calentando. De repente, aparece en tal Fulano en el bar y aprovechas para decirle que lo suyo no es plan y que tiene una cara bien dura. Al notar un repentino silencio, miras a un lado y a otro y caes en la cuenta de que tus confidentes tan feroces han desaparecido como por ensalmo: casualmente, se han ido todos a mear en ese momento. Repentina cistitis, canguelo sobrevenido. El criticado te pone cara de que ya en la puta vida te va a invitar a una conferencia y de que como pille un día a un becario tuyo se lo va a pulir con saña. Y se larga a contarle al mundo que estás hecho un facha dogmático y violento. Regresan los amigos subiéndose la bragueta y con cara de haber hecho aguas mayores por la tensión del momento. Conmovido por sus fisiológicos aprietos, todavía les explicas que al otro le has cantado las cuarenta. Y te responden que te pasas y que lo tuyo tampoco es plan. Se te queda una cara tal que así, de no dar crédito. Y te juras, vanamente, que te vas a quedar para siempre en casa leyéndote enterito a Proust.
Hace unos meses andaba este que suscribe de copas con un amiguete y colega, quien la toma, como siempre, con uno del gremio y se hace lenguas de sus tropelías. Que si qué zafio, qué abusón y no sé cuantos epítetos así. Y venga y dale y sigue e insiste. Tercer güisqui y la conversación no sale de ahí. Le digo que yo hace tiempo que rompí la baraja y que ya no navego por esas aguas. Y mi sorpresa llega cuando el querido interlocutor me responde que lo mío tampoco son maneras y que él y sus compañeros ya vieron el post alusivo, que les pareció horrible y que, chico, hay que convivir, que no se puede andar acusando, que conviene llevarse bien y que quiénes somos para juzgar a nadie. Me quedo bizco de la emoción, pido el cuarto güisqui y trato de abstraerme contemplando a una morenaza que se está comiendo a un hortera al otro lado de la barra.
Un día me armaré de valor del bueno y verás que risa. Enésimo compadre que me cuchichea que Mengano es un aprovechado y un sinvergüenza. Cojo el móvil allí mismo y sobre la marcha llamo al aludido y le digo: oye, mira, que estábamos aquí hablando de ti y que Fulano dice tal y tal, pero te lo paso, que él se explicará mejor. Apuesto doble contra sencillo a que mi interlocutor echa mano a la tripa y sale corriendo para el excusado. Por mis muertos que un día me atreveré. Aunque sé perfectamente cuál es el fin previsible de la historia: al día siguiente, o a las pocas horas, el mismo sujeto llama a ese que ante mí ponía de vuelta y media, lo invita a dar una charleta, le organiza un homenaje de desagravio y le cuenta que el Amado este ya sabes cómo es, anda medio pirao y te juro por Snoopy que no tengo nada que ver con él ni con sus cosas y lo voy a borrar de un libro colectivo que estábamos organizando sobre ética pública y privada.
Hace poco otro del oficio me explica que estaba Perengano, otro del gremio, cambiando una rueda del coche, que se acercó a él a ofrecerle una mano y que el de la avería, cretino con antecedentes, lo echó con cajas destempladas y mentándole el árbol genealógico, y que fíjate que tipo impresentable. Le respondo: bueno, pero al menos te ciscarías en sus muertos o le darías una patada en el culo antes de dar media vuelta. Me mira con los ojos muy abiertos y me responde que por Dios, que qué violencia y que vaya cosas se me ocurren. Ahora me callo yo, pero me quedo pensando que la próxima vez ojalá el otro sodomice a mi interlocutor, ya puestos a ensañarse con los mansos un poco masocas. Oye, si la consigna es amarse en medio de la tormenta, hágase. Es de suponer la conversación al día siguiente:
Ring, ring.
- Diga.
- Que mira, que soy yo, que ayer Fulano, que siempre abusa de todo el mundo, me cogió, me puso así y me dio tal que asá.
- ¿Y tu gritaste o algo?
- Fingí un orgamo para no contrariarlo, pues ya sabes cómo es y hay que llevarse bien.
- Vale.
Esta sociedad de bienpensantes y abstemios es de lo más gracioso. Están perfectamente catalogados los supuestos en los que se puede dar rienda suelta a la crítica más feroz y al enfado más vehemente. Desahogos organizados para que el personal se sienta justiciero y valiente. Con pederastas o maltratadores domésticos te puedes ensañar de lo lindo, sobre todo si están a mil kilómetros. Pero, mira, ahí al lado hay un tipo robando o partiéndole la crisma al vecino del quinto. Ah, en ese caso chitón, tendrá un mal día, pero ya sabes que todo el mundo es bueno y quiénes somos nosotros para meternos a valorar comportamientos ajenos. Eso sí, de inmediato pasan a contarte que el más horrible de la muerte es Aznar y que Bush otro cabrón con pintas y que si vamos a la manifa por lo de las focas de Alaska.
Sancho Panza cabalga feliz, ahora a lomos de Rocinante. A Alonso Quijano le ha dado el palo la ANECA y no le han prorrogado el contrato. Y Dulcinea, por cierto, se ha puesto de madame en un night club. Mancha natural, toboso profundo, cubano, etc.
PD.- A propósito de cubano y de buenismo y tontuna made in Spain, véase esta noticia de ABC o este editorial de El País. Es pco más o menos lo mismo que estamos comentando, pero a otra escala.

21 junio, 2008

¿Sería mejor que se leyera menos?

No sé muy bien qué pensar, la verdad. Me paso estos días de la ceca a la meca y me ha tocado esta temporada oír algunas cosas que para qué. Concretemos.
Hace pocas jornadas escuché las conferencias de dos importantes magistrados que en lo suyo me merecen todos los respetos y la mayor consideración. Pero tengo una pregunta para usted: ¿por qué a los magistrados les gusta tan poco contar sentencias y comentarlas? Luego dicen, y dicen bien, de los profesores de Derecho. Esta disciplina que uno más o menos cultiva, la Filosofía del Derecho, debe de tener su cosa, pese a que muchas veces se ha visto como el patito feo de la ciencia jurídica. Pues en cuanto a los profesionales de las leyes les dan un micrófono se ponen como locos a citar a Dworkin, Alexy, Hart, Radbruch y demás meneadores de las esencias jurídicas. Bien está, pero el cisco que suelen organizar es morrocotudo. Mira que si al final va a ser perjudicial que el personal lea... O a lo mejor es que me estoy convirtiendo en un tiquismiquis impaciente. Será lo más probable.
El caso es que también me sorprende que la mayoría de estos conferenciantes de la judicatura acaben por decir lo mismo: que el culto a la ley es cosa del pasado, que el positivismo sólo pretende hacer a los jueces ciegos y sordos para la justicia, que donde estén los valores para qué andar con más normas y que con la Constitución basta y sobra para que el juez sepa lo que debe fallar en cada ocasión. Es lo mismo que afirman igualmente muchísimos profesores de mi gremio, en sospechosa coincidencia entre izquierdas y derechas y entre confesionales y laicos. Y, digo yo, si tanto insistimos en que los jueces hagan lo que les salga de la toga y en que se pasen la ley por salva sea la parte, ¿por qué nos escandalizamos luego cuando no deciden como nos gusta?
Escuché a un gran magistrado que los jueces deberían aplicar antes que nada las Constitución y sus principios, pues si se dedican a seguir la ley existe grave riesgo de que metan de matute su subjetividad. Así fue como literalmente lo dijo, que metan de matute su subjetividad. Levanté la mano y le pregunté si no veía riesgo de que la misma subjetividad se introdujera en medida aún mayor cuando se trata de aplicar a pelo esos principios constitucionales cuya indeterminación es aún más evidente. Quince minutos de respuesta y nuevo batiburrillo -que me hizo pensar que para qué diablos pregunto chorradas- y la conclusión de que los jueces debían atenerse más que nada a la Constitución por razón del principio democrático. Con un par.
A la salida, varios jueces entrañables comentaban que qué gran erudición la del pontifex maximus, que cuanta soltura doctrinal y que menudo nivel. A un servidor, modestamente, le parecía que ninguno de los autores que había citado sostiene lo que él les atribuía. Creo que me he perdido algo. Tendré que releer con más calma.
Hace una temporadilla me tocó hablar en otro lugar y traté de contar unas cosas sobre el precedente que el llamado neoconstitucionalismo tiene en dos eventos de 1958: el comentario de G. Dürig a los primeros artículos de la Ley Fundamental de Bonn -dentro del Comentario de Maunz y Dürig-, y en la decisión del Tribunal Constitucional Alemán en al caso Lüth. Un muy apreciado colega me reprochó que anduviera invocando autores de tercera fila que nadie conoce. Eso dijo. Con otro par. A lo mejor más bien tengo que desleer. Doctrina bien desleída es lo que hace falta.
Siento que a ratos se me tambalea la vocación.
Ustedes disculpen.

19 junio, 2008

Mercados. Por Francisco Sosa Wagner

Por las mañanas, temprano, cuando el trajín comienza, se oye una especie de jadeo bullente con inflexiones de voces recias y oscuras, y se percibe el sudoroso ir y llevar de cajas, de cestos y de canastas, todo ello envuelto en una luz todavía indecisa, perezosa, que da al ambiente ese color de gasa gris y huidiza, propio de los amaneceres.
Pero pronto, cuando las luces, ya más enteras y enérgicas, proyectan su viva voluptuosidad, todo adquiere los precisos perfiles y el aire se llena de una carnosidad decidida y desafiante. Entonces, se pueden admirar los puestos de tomates, delicados y brillantes; de cebollas, de un tierno color dorado; de lustrosos pimientos, verdes, como viejo lascivo, o rojos descarados, como vestimenta de cardenal; los repollos; las ristras de ajos, especie de trenzas resecas de algún hada antigua de los campos; la suave y lívida piel de las berenjenas; las grandes calabazas, que se asan en algunas zonas de España y entonces adquieren un esponjamiento distinguido y un color de oro envejecido y prestigioso; las lechugas y las alcachofas, que son, por sus decenas de hojas, como libros amables y ligeros de la Naturaleza...
Muy cerca, las fresas, los plátanos, las manzanas pecaminosas, las naranjas de generoso jugo, las peras de sensuales formas, los higos, las almendras, los melones, grandes como huevos puestos por un ave caprichosa y prehistórica. Y más allá, las gallinas y los pavos de sólidos muslos; los faisanes de irisadas plumas, petulantes y hermosos hasta en la muerte; los conejos cuyas pieles parecen acabar de recibir el ligero adorno de la canela. Y, en otra esquina, bajo la luz que suaviza el cedazo de la altiva claraboya, la mueca helada en que ha quedado atrapada la sonrisa de un besugo, de una lubina, o los salmonetes, que han sido en vida saltarines y escurridizos, o las sedosas truchas, con ojos de insomnio, que recibirán tardíamente la visita amorosa del jamón o los pausados y distantes mariscos, las gambas y las cigalas, acogidas a sus recios caparazones como damiselas difíciles.
Todo esto se puede admirar en el mercado que es como un bodegón de Meléndez sólo que abultado y recrecido por graciosa providencia de la Naturaleza. Es una magnífica herencia que recibimos del pasado y que es deber nuestro cuidar, mimar y engrandecer. Porque el peligro acecha.
Cada vez es mayor el número de páginas que los periódicos dedican a otros mercados, más desfibrados y tristes, que a buen seguro tienen el alma helada del rentista y la mirada opaca de los ricos sórdidos. Se llaman mercado de futuros financieros, de renta fija, de opciones, monetario y hasta mercado continuo, que debe de ser una versión financiera y actualizada del suplicio de Tántalo.
En estos nuevos y amenazadores mercados, probablemente atendidos por señores remilgados y estreñidos o damitas artificiosas, de esas que gastan un perfume indefinido y ecléctico, no se ofrecen suculentos frutos ni apreciables y sápidas especias. Se ofertan productos desvaídos y de una vulgaridad consistente y precisa: operaciones de compraventa simple al contado, de compraventa con compromiso, de depósito interbancario, de regulación de liquidez. Para caprichosillos, disponen de un fondtesoro y para los más dandys, de pagarés a la medida, sin duda más distinguidos que los de confección, reservados a gentes más broncas o que aún conservan el pelo de la dehesa.
De momento no parece haber un peligro visible. Pero si tenemos en cuenta que todo lo malo acaba reemplazando a lo bueno porque la zafiedad tiene una abrasadora fuerza expansiva, el riesgo que corremos es fácil de entrever: este último mercado, el descolorido y con olor a escorbuto, acabará desplazando al primero, que es suculento y nos llega con el suave aroma de la cosecha y el mar. Si esto llega a ocurrir por nuestra desidia o nuestra culpa, que nadie se queje cuando, en vez de acudir a hacerse con un solemne centollo, se encuentre preguntando a cómo sale el cuarto de ampliaciones de capital en curso.

17 junio, 2008

La mujer del mañana

Cielo santo, leo en El País que la compañía japonesa Sega Toys va a comercializar una novia-robot. Yo creía que ya había muchas y que andaban por las noches en los pubs. Pero con la foto empiezo a dudar. Leo el texto de la noticia y mi pasmo aumenta.
Resulta que el engendro mide treinta y ocho centímetros. Si el novio humano le acerca la cara, ella capta con sus infrarrojos esa provocativa proximidad y pone su boquita en la postura del beso. No nos cuentan si el beso será de lengua, pero como mínimo habrá que suponerlo de tornillo. A ver cuánto tarda algún apasionado amante en electrocutarse por buscarle la epiglotis de silicio.
Qué quieren que les diga. Mejor dicho, no me atrevo a decir casi nada. Para empezar, ya puede la marca japonesa ir construyendo un orgasmañeco masculino para señoras, pues en caso contrario le van a llover tortas feministas. ¿Acaso insinúan los nipones que una robotilla así, propensa al beso fácil, consentidora y procaz, puede sustituir a una moza de carne y hueso y bien sabedora de sus derechos naturales? ¿No refuerza el juguete el mito machista de que las novias son como aparatejos para usar cuando al varón se le antoja? ¿Y qué pasa si el macho enfebrecido se pone violento porque a la chisma se le acaban las pilas cuando más aprietan las ganillas o porque le vino una jaqueca electrónica? ¿Por qué la llaman novia-robot y no novia-robota? Acabará el tema en el Código Penal, no me cabe duda.
Al margen de estas buenas razones feministas, los señores también tenemos nuestros motivos para protestar. Cuando uno enchufa la tele después de cenar se encuentra con que en cualquier cadena pasan un programa en el que desenfadadamente se exhiben todo tipo de artilugios para el placer mecánico de las damas. Hasta ahí nada que objetar. Hace tiempo que un servidor también opina que mejor un buen aparato que no que las mujeres tengan que aguantar a un tipo peludo con regüeldos de Fundador, camiseta de la selección nacional y chanclas de paquidermo. Bienvenidos sean, pues, consoladores de variadas formas, excitantes colores y vibraciones diversas. Carajo, pero cuando se ponen a inventar cosas para los tíos nos proponen una muñeca minúscula que da besos en la mejilla. Aquí hay gata encerrada, no me digan que no.
Triunfará el invento, seguro. Porque los hombres andamos así de colgaos. Ya me imagino los viajes en el AVE dentro de un año o dos. El ejecutivo que entra en el vagón, se sienta, saca su robotita del estuche, la pone en el asiento de al lado y empieza a explicarle el negocio que acaba de hacer y que la va a invitar a una cenorra por todo lo alto y a un motel con jacuzzi. Y se lo contará a voces para darnos envidia a los que viajamos en solitario. Espero que la muñeca de marras tenga un sensor que la haga asentir cuando su amo le dice todas esas cosas tan bonitas y le promete que si sigue así de encantadora y maciza dejará a su esposa y se irá con ella a vivir a la playa.
Uno, que ya va dejando de estar en edad para ligar con engendros a pilas, sueña con que los japoneses pongan en el mercado el estudiante-robot. Te compras ocho o diez, los colocas en sus pupitres y les hablas y les hablas mientras ellos se desviven con sus sensores y te aplauden las paridas con las manitas de plástico. Estimulante.
¿Y para cuando el rector-robot? ¿Que ya hay? ¿Cómo que ya hay? Ah, en Japón. Qué susto.

El general y la mujer del César

Vaya por delante que uno no es de los que se creyeron las teorías conspiratorias posteriores al 11-M. No, la guerra en la que andamos es contra otros manejos.
Viene hoy en el suplemento leonés de El Mundo (página 6) la noticia de que el general Pedro Laguna deja León, después de cuatro años de destino en la ciudad tras su ascenso a general de brigada. Era coronel de la guardia civil en Asturias cuando el asunto de Trashorras, los explosivos de Mina Conchita y los graves fallos en el manejo de la información que era de su competencia, fallos que no fueron óbice para su ascenso, pues sabido es que para alcanzar el generalato cuenta la discrecionalidad gubernativa. El pato lo pagó en su momento el teniente-coronel Bolinaga, que era subordinado del entonces coronel Laguna y que fue destituido por el entonces Ministro de Defensa, José Antonio Alonso.
En la noticia de hoy se da cuenta del emocionante acto que ayer tuvo lugar en León para despedir al general Laguna, con asistencia de los más altos poderes locales. La noticia termina así: "También el padre del presidente del Gobierno, Juan Rodríguez Lozano, quiso acompañar al general Laguna en su despedida".