12 julio, 2005

Foto de la semana


Isla de Ometepe, Lago de Nicaragua.
Mayo de 2005
Foto de J.A.Gª. Amado

Poesía y Derecho. Antología. I

Malos recuerdos.
(Fragmento)

Llevo colgados de mi corazón
los ojos de una perra y, más abajo,
una carta de madre campesina.

Cuando yo tenía doce años,
algunos días, al anochecer,
llevábamos al sótano a una perra
sucia y pequeña.

Con un cable le dábamos y luego
con las astillas y los hierros (Era
así. Era así.

Ella gemía,
se arrastraba pidiendo, se orinaba,
y nosotros la colgábamos para pegar mejor.)

Aquella perra iba con nosotros
a las praderas y los cuestos. Era
veloz y nos amaba.
...
Antonio Gamoneda, Blues castellano.

Lo que leen muchos juristas

Hace unos meses me hallaba ante la librería Ojanguren, en Oviedo, mirando el escaparate que dedica esta librería de toda la vida a los libros de Derecho. Apareció su dueño joven y comenzamos a hablar un rato. No recuerdo por qué derroteros de la conversación acabamos comentando sobre libros de Derecho penal. Y me dijo que allí no se vendía prácticamente ningún libro de Derecho penal. Yo, ingenuo y medio incrédulo, pese a mi arraigado escepticismo sobre la relación entre iuspericia e intelecto, me animé a decirle:
- No puedo creerlo. En esta ciudad hay juzgados, está la Audiencia, hay Facultad de Derecho y pululan en cada esquina abogados dispuestos a vender su alma al diablo por un pleito con el que llegar a fin de mes.
Su respuesta fue tajante:
- Toda esa gente no compra jamás un libo de Penal. ¿Tú en qué mundo vives?
- ¿Aunque se dediquen profesionalmente al Penal? -interrogué-.
- Por supuesto -me replicó-, consideran que ya saben más que suficiente y que leer más es perder el tiempo.
Tenía razón, supongo. Me bastó pensar en los queridos estudiantes, en los que antes conocí en la Facultad de Derecho de esa Vetusta y en los que ahora en León contemplan, con ojos sin vida y expresión bovina, mis explicaciones y las de los colegas de cualquier materia jurídica. Y empecé a repasar la lista de abogados, fiscales, jueces, procuradores... que conozco. Y profesores..., pero eso lo comento el próximo día.
A propósito del gesto de bóvido con que nos observan muchos estudiantes y de la paz de espíritu que así nos transmiten, qué gran idea sería que rumiasen. ¿Hay algo más relajante que ver a una vaca tumbada rumiando y con la mirada perdida en el infinito? Sólo esas vacas y varios de mis alumnos se acercan al ideal budista o a la perfecta ataraxia.

11 julio, 2005

Bikinis y terrorismo

También me gusta esto que dice Alfonso Rojo en la edición de hoy de Periodista digital:
"Si no hubiera americanos en Bagdad, se marcharan los extranjeros de Afganistán y desapareciera el conflicto palestino-israelí, matarían porque hay biquinis en las playas".

Aunque a mí me entretiene más pensar qué harán con nuestros queridos metrosexuales los de Al-Quaeda cuando ganen esta guerra, o lo que sea que sea esto. Hay que ir pensando un refrán apropiado: Cuando las barbas de tu vecino veas medrar, deja las tuyas sin depilar.

Las cosas como son

Es estupendo que algún que otro profesor llame a las cosas por su nombre y afirme verdades absolutamente innegables, en lugar de dedicarse a lo que hacen tantos de esos supuestos intelectuales que repiten tópicos bonitos del ecumenismo progre y masturban lo políticamente correcto sin saber dónde tienene la mano derecha (ni, correlativamente, la izquierda. Y ahí nos duele).
A lo que íbamos, que bien por Roberto Blanco Valdés, catedrático de Derecho Constitucional en Galicia. Este texto debería ser lectura obligatoria.

09 julio, 2005

La Guerra de los Mundos...

... y la guerra de los putos niños.
Algunas preguntas para los que hayan visto la última de Spielberg, La Guerra de los Mundos.
  1. ¿Quién le daba a Vd. más grima, los alienígenas o los adorables hijitos de Tom Cruise?
  2. ¿Lamentó Vd. que al final el muchacho se salvara de las garras de los pobres alienígenas?
  3. ¿Cómo valora Vd. el hecho de que los alienígenas sucumbieran a los virus y, en cambio, los niñitos fueran inmunes?
  4. ¿Piensa Vd. que con su película y su énfasis en la peculiar personalidad de los niños protagonistas está Spielberg fomentando la violencia contra los menores?
  5. ¿Es usted profesor? Si la respuesta es afirmativa, ¿le sonaba a conocido el carácter de las dos entrañables criaturas?
  6. ¿Es usted padre? Si la respuesta es afirmativa, idem.
  7. Ejercicio de redacción o reflexión: proponga Vd. diez medidas no violentas (bueno, tres) con las que enfrentarse a la invasión de muchachos tarados como los de la película.
Sí, tiene Vd. razón. Tal vez sea mejor rendirse y confiar en los virus...

Sobre mujeres y penas

Publicado en La Nueva España, Asturias, por J.A. García Amado.


Desde el 28 de diciembre ya contamos en nuestro Derecho con la Ley Orgánica 1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. Lo más llamativo que contiene, entre múltiples medidas que todo el mundo aprueba, es el diferente castigo que contempla para acciones idénticas realizadas por hombres contra mujeres y por mujeres contra hombres. De resultas de esta Ley, en los casos de malos tratos, algunas lesiones, amenazas leves y coacciones leves es superior el castigo cuando el autor es un hombre y la víctima su pareja femenina actual o pasada, e inferior si es la mujer la que realiza tales comportamientos contra su pareja masculina, pues en este último caso no se aumentan las penas que ya existían antes para todos y todas por igual.

Este diverso trato penal de conductas iguales se ha justificado por muchos diciendo que estamos ante medidas de acción positiva. Las medidas de acción positiva (también llamadas de acción afirmativa o de discriminación positiva) están generalmente admitidas en la doctrina jurídica y por la jurisprudencia de nuestro Tribunal Constitucional. Los requisitos de tales acciones son los siguientes. Ha de haber un determinado grupo que se halle socialmente discriminado, que se encuentre en una situación de inferioridad social, de modo que el que el Derecho trate igual a los miembros de ese conjunto y a los demás ciudadanos es una forma más de perpetuar la situación social de opresión que padecen los primeros. Por ejemplo, en los Estados Unidos de los años sesenta los negros tenían el mismo derecho que los blancos a matricularse en las Universidades, pero la realidad era que se matriculaban muchos menos negros, pues su situación les hacía mucho más difícil alcanzar el expediente académico que permitía acceder a los estudios universitarios. Por eso algunas universidades americanas comenzaron a reservar cierto número de plazas para estudiantes negros que tenían peores notas que otros blancos que quedaban, con ello, excluidos. El Tribunal Supremo Americano avaló estas medidas que establecían un trato jurídico distinto en razón de la raza de los aspirantes, con el argumento de que la igualdad formal ante la ley debía ceder ante el objetivo de dar facilidades a los ciudadanos negros para salir de su estado de discriminación material. A partir de ahí se fueron estipulando las demás condiciones de tales políticas de acción positiva: que las medidas puedan ser eficaces para ese objetivo de equiparación social y que sólo está justificado mantenerlas mientras no se logre el equilibrio, el final de su situación social de inferioridad. Y una última y crucial condición es que el legislador no disponga de alternativas para conseguir el mismo efecto mediante normas que no traten diferente a los individuos de uno y otro grupo.

Si la razón que se ha invocado en nuestro país para respaldar aquel diverso trato penal que por razón de sexo da la Ley contra la violencia de género es que se trata de acciones positivas para acabar con la discriminación de las mujeres, debemos preguntarnos si se cumplen en estos casos esas condiciones que acabamos de enumerar. Que son muchas más las mujeres que los hombres que sufren la violencia de su pareja es indiscutible. Parece que las estadísticas hablan del noventa y el diez por ciento, respectivamente. Es decir, que de cada diez agresiones, amenazas o coacciones, nueve las cometen varones y una mujeres. Y algo habrá que hacer para acabar con eso. Pero, ¿para acabar con que los hombres agredan más que las mujeres, o para acabar con las agresiones, las haga quien las haga? Veamos.

La pena se fundamenta en el propósito, entre otros, de disuadir a los potenciales agresores, y cuando esa disuasión se quiere hacer más efectiva se aumenta la severidad del castigo, como ocurre en este caso, si bien aquí sólo para los varones, no para las damas. Admitamos sin discutir (aunque sea sumamente discutible) que el incremento del castigo sirva en verdad para desanimar a los violentos. Y también será creíble que ese efecto disuasorio opere por igual en machos y hembras. Así que tendremos que asumir que la Ley que comentamos sirve para que se contengan más ellos, pero a ellas, a las pocas agresoras, no se les da ningún aliciente suplementario para dejar de obrar así, pues la amenaza que ahora pesa sobre ellas es la misma que ya tenían, idéntica a la que antes regía también para los hombres. Por tanto, los hombres tienen ahora un motivo penal más fuerte para contener tan reprobables comportamientos, y las mujeres siguen teniendo el mismo que tenían, y que es menor que el de ellos ahora. Así que es previsible que, si la Ley es eficaz, el número de acciones de violencia de género ejecutadas por varones descienda, mientras que no se ha introducido ningún nuevo motivo o impulso para que sean aún menos las mujeres que incurren en esas conductas. ¿Se justifica así la Ley? ¿Tanto costaba decir que cada acto individual de violencia doméstica o de pareja es igual de malo lo realice quien lo realice y cualquiera que sea el sexo de su autor?

Imaginemos, con cifras sencillas pero proporcionales, que en España hubiera al año cien actos de violencia de género, de los cuales noventa los realizaran hombres y diez mujeres. Y supongamos que este agravamiento de las penas consigue que sus destinatarios, los hombres, disminuyan a la mitad tales conductas, con lo que se pasaría de noventa casos a cuarenta y cinco. Si contamos con que la violencia femenina no se modifica, pues las penas para ellas no crecen, tendríamos una situación en la que el número total de estos delitos sería de cincuenta y cinco, pues a los cometidos por hombres se agregarían los diez de las mujeres. Estadísticamente la mujer ya estaría menos discriminada, pues ya no es tan enorme la diferencia entre los delitos de los que son víctimas y aquellos otros de los que son autoras. ¿Pero no sería aún mejor que decreciesen en el mismo porcentaje los delitos de las mujeres, pasando así de diez a cinco? Se ahorraría sufrimiento a cinco hombres, que son los que pagan por haber jugado el legislador a fingir acciones positivas donde no caben, pues ya vimos que otra condición de las políticas de acción positiva es que no existan alternativas igualitarias aptas para realizar el mismo fin y en idéntico grado. Mas ¿cuál es el fin de esta Ley? Parece que se pretende actuar más sobre la estadística que perseguir con celo toda violencia de esta clase.

¿Por qué el legislador (todo él, pues la ley se aprobó con la unanimidad de todos los grupos parlamentarios) prefiere que se modifique la diferencia entre el número de víctimas masculinas y femeninas en lugar de procurar que se aminore el número total de delitos, el número total de víctimas? ¿Es mejor que mujeres y hombres maltraten en idéntico porcentaje o que disminuya en la mayor medida posible el número total de malos tratos? El legislador ha optado por intentar que haya el mismo índice de alienados y de alienadas en lugar de perseguir sin más la alienación. ¿A quién ofende o perjudica el que las pocas mujeres que se conducen con violencia contra su pareja masculina paguen con el mismo castigo que los muchos hombres que así actúan? Cuando un legislador antepone el halago a un grupo de votantes a la resolución mejor de un problema, ese legislador es demagógico y ansía más los votos que la paz social. Y ya sé que se suele aducir la vulnerabilidad de la mujer como justificación de que se castigue más al varón que la maltrata, pero con esto volvemos a lo mismo. ¿Qué pasa cuando, ocasionalmente, no hay tal vulnerabilidad mayor de la mujer que, por ejemplo, es campeona de karate o de tiro olímpico? Y, muy especialmente, ¿por qué no amparar igual las agresiones en el seno de parejas homosexuales, en las que también uno de los dos puede ser más vulnerable?, ¿por qué la protección agravada de las personas especialmente vulnerables sólo la extiende la ley a las que convivan con el autor? Es decir, que a un hombre le cuesta más caro amenazar o maltratar a su ex pareja femenina que a su actual pareja homosexual, si es el caso, o a su madre anciana que no vive con él.

Por lo dicho estoy en contra de esta parte de la Ley que, en este asunto, parece progresista, pero engaña. A lo mejor por eso la votaron hasta los conservadores. O porque el discurso único estrecha su cerco sobre todos y convierte en medio heroica la simple expresión de discrepancias frente a lo que pontifican los más majos/as y divinos/as.

Terrorismo y pobreza

Publicado en: La Nueva España, 10 de julio de 2005.

Un nuevo atentado y vuelta a escuchar la misma cantinela. Cada vez que el islamismo fanático mata en Europa o Norteamérica desfilan por las radios y los periódicos los que nos cuentan que la razón última de ese terrorismo es la pobreza que sufre una parte del mundo, pobreza de la que somos responsables los ciudadanos del Occidente desarrollado, debido a nuestro consumismo desaforado, al neoliberalismo que invade nuestras economías y nuestras políticas, a la explotación que los países ricos hacen de los países pobres y un largo etcétera de vicios nefandos de los que, al parecer, colectivamente somos culpables.

Lo que con contundencia quiero decir de semejante tesis es lo siguiente: es una estupidez. Es cierto que en el mundo hay mucha injusticia, es verdad que hay países y empresas que se enriquecen a costa de la explotación de una parte de la humanidad, qué duda cabe de que el egoísmo de los ricos alguna responsabilidad tiene de que tantos millones de personas vivan en la indigencia. Que hay que luchar en el terreno pacífico de la política y la movilización ciudadana para cambiar ese estado de cosas también parece fuera de toda duda. Pero de ahí a defender que existe una relación de causa a efecto entre esa situación de injusticia planetaria y ataques terroristas como el que acaba de padecer Londres va una gran distancia. Veamos por qué.

1. Esta no es una guerra de pobres contra ricos, porque es más que sabido que quienes dirigen, financian y animan estos ataques terroristas son individuos, grupos y Estados bañados en oro, aunque sea oro negro. Y que una mayor justicia mundial comenzaría, precisamente, por acabar con sus indecentes privilegios.

2. La riqueza y el potencial económico de los Estados de los que proceden la inmensa mayoría de tales dirigentes e inspiradores es enorme, tanto que con un mínimo de reparto podrían vivir sin rastro de penuria absolutamente todos sus ciudadanos. Si no ocurre así no es porque falten medios económicos, sino porque tales Estados están en manos de teocracias medievales y castas privilegiadas, los unos, o de dictadores cleptómanos y ególatras, los otros. O ambas cosas.

3. Es verdad que muchos de los activistas que más arriesgan y de los terroristas suicidas que se inmolan sí provienen de las capas más desfavorecidas. Pero eso es y ha sido así siempre y en todas partes. La pobreza conlleva, por lamentables razones obvias, incultura, y todas las tiranías, todas, han reclutado su carne de cañón entre los menos formados, que son los que mejor se creen las risibles promesas de paraísos futuros sobre la tierra o después de la muerte en combate. Los pobres que aparecen en estas historias son los pobres idiotas a los que sus jefes inducen al martirio, como siempre ha ocurrido, también entre nosotros. Así que nada de ese cuento romántico de que los oprimidos toman conciencia de clase y se lanzan a la lucha por un mundo más justo y una mejor distribución de la riqueza. Mentira, se inmolan por fanatismo y alienación religiosa.

4. Nada más lejos del espíritu de tal terrorismo que el propósito de aumentar la justicia del mundo redistribuyendo mejor los bienes. No quieren acabar con los pobres, no, sino instaurar teocracias que terminen definitivamente con lo que de igualitarismo, derechos y justicia social se haya podido lograr en Occidente. ¿Pero alguien se puede creer en serio que detrás de las bombas traen un programa de redistribución mundial de la riqueza?

5. Si, como dicen tantos, la guerra es contra el capitalismo y el imperialismo, ¿por qué la inmensa mayoría de las víctimas de estos grupos son árabes pobres? No conviene olvidar que la principal sangría la hacen precisamente en los países árabes y entre la población más necesitada. Por cierto, ¿cuándo salimos de manifestación contra el masivo asesinato de civiles iraquíes a manos de la llamada insurgencia? Y de paso protestamos también contra Bush, de acuerdo; lo uno no quita lo otro, supongo.

6. No estamos ante una revolución sangrienta en pro de la justicia social internacional, sino ante un propósito declarado de guerra religiosa. No se quiere combatir al rico ni al explotador, pues en tal caso deberían empezar por atacar a ciertas monarquías árabes corruptas, opresoras y cubiertas de dólares. No, se quiere exterminar al infiel, e infieles somos todos los que no abrazamos ciertas versiones de determinado credo religioso. Y así lo declara Al-Qaeda cada vez que amenaza o reivindica un atentado. ¿Por qué nos empeñamos en no creerlos e insistimos en que la culpa está en nosotros?

7. En el mundo hay poca justicia, muy poca. Pero de esa poca, la mayor parte está en Occidente, donde el Estado se ha separado de la religión, a los ciudadanos no se les mata por tener una fe religiosa o por no tener ninguna, el Estado garantiza, mal que bien (en algunos países muy bien), la sanidad para todos, la educación obligatoria, la igualdad de la mujer, la jornada laboral máxima o el salario mínimo. Con fallos, sí, que debemos superar. Pero comparemos con cómo se las gastan donde gobiernan los cómplices y correligionarios de los que ponen esas bombas. Que queramos mejorar la justicia en nuestros países y en el mundo es absolutamente legítimo. Pero creer que contribuimos a ese fin al buscar para esos atentados explicaciones sociales o excusas morales es propio de verdaderos masoquistas frívolos.

8. Nada de lo anterior significa que estemos ante una guerra de civilizaciones, o que todos los musulmanes sean fanáticos peligrosos, o que debamos reprimir aquí a nadie por razón de su raza, su origen o su fe, o que haya que limitar las garantías que el Estado de Derecho ofrece a todos, etc. Supone simplemente que hay un grupo de asesinos que por razón de su fe quiere acabar con las libertades, el bienestar presente de muchos y el posible bienestar futuro de más, incluidos los que hoy son súbditos y esclavos en ciertos países árabes. Así que llamemos a las cosas por su nombre y aprendamos de una maldita vez qué nos estamos jugando. Lo que está siendo atacado no es el capitalismo, es la libertad, la tolerancia y democracia. Y el que prefiera lo otro, que lo diga claramente.