16 enero, 2007

Cita

El intelectual "no debe usar la influencia que con la palabra consigue como medio para alcanzar poder, no ha de confundir influencia con poder. En cargos públicos los intelectuales dejan de serlo".
(J. Habermas, "Öffentlicher Raum und politische Öffentlichkeit", en J. Habermas, Zwischen Naturalismus und Religion. Philosophische Aufsätze, 2005, p. 26).

Incapaces

Ayer no vi ni escuché en directo los discursos de Zapatero, sus compañeros de pesca, que no correligionarios, y Rajoy, que también anda con la caña a cuestas. Hasta ahí podíamos llegar. Pero al final de la tarde leí la versión escrita de la intervención del primero y el resumen de la del jefe de la oposición. Hoy he ido escuchando los fragmentos más circenses de ambos, reproducidos hasta la saciedad por las cadenas. Las de radio, quiero decir, no las de los excusados.
Me ratifico en la sospecha de que aquí están pasando cosas raras con el lenguaje y que éste es trabajo para semiólogos y otras gentes de mal vivir. Uno, que no pertenece a la cofradía de los primeros, pero que puede apuntarse con gusto a la multitud de los otros, se apresta a hacer aquí sus pinitos sobre la cuestión crucial de este país en estos tiempos: ¿de qué diablos estamos hablando?
Me parece que Zapatero y Rajoy tienen con el lenguaje una relación inversa, perversa la de ambos. Los discursos de Zapatero significan menos de lo que dicen, la semántica se le escabulle y se le queda en puro ruido. Por contra, Rajoy expresa más cosas de las que quiere manifestar, a él la semántica se le descontrola, se le revientan las palabras en más significados de los que seguramente pretende manifestar. De ahí los efectos paradójicos de las exposiciones de ambos. La mala leche esencial de Zapatero queda disuelta en una sarta de frases vacías que a todos contentan, pues el suyo es alegato descafeinado, ni chicha ni limonada, trivialidades envueltas en sustantivos de colorines. Pasa de puntillas sobre los asuntos que queman, no se compromete y escurre el bulto a base de encadenar tópicos y frases propias de libracos de autoayuda, con la misma facilidad con que el calamar suelta tinta para evadirse de sus depredadores. Son las ventajas de la ausencia de ideología y de la carencia de cimiento intelectual. A nadie intoxican sus palabras, pues son bajas en grasas, acalóricas, conceptos de dieta, a la medida de ciudadanos de moral anoréxica, reacios a las convicciones y enemigos de la reflexión.
La bonhomía en el talante la tiene Rajoy posiblemente, pero es incapaz de expresarse como el liberal tolerante que amaga ser y sus frases resuenan como truenos en playa de veraneantes. El de León lo saca de sus casillas igual que al torero lo desespera el toro que no embiste como se le supone. Así que el gallego se pasa con las banderillas y el respetable acaba abucheándolo por sanguinario. Luego, naturalmente, acaba fallando con la espada. O se equivoca de plaza y de fiesta, por desconocer que el espectáculo no es de lidia propiamente, sino sucedáneo de aquellos del bombero-torero.
La perplejidad del auditorio que se quiera serio resulta inevitable. El público, la ciudadanía, se acostumbra a interpretar el debate por los sobreentendidos más que por las afirmaciones. La nueva retórica política y parlamentaria se compone de silencios y de regates al diccionario. Ya sólo significan las formas y ya sólo puntúan las omisiones. Todo el país analiza con afán crítico quién estuvo más duro y cuál se pilló los dedos por decir cosas tangibles. Las palabras son puro ruido, los términos valen sólo en lo que tengan de ambiguos. El que se moja pierde. Cada imputación directa al otro, cada acusación precisa cuenta como gol en propia puerta. Maniobras orquestales en la oscuridad. La letra no importa, el nuevo arte consiste solamente en tararear melodías pegadizas. Tararí, tararí, tarará. Diálogo, libertad, consenso. Puro efecto hipnótico, mantras para soñar que levitamos. Hare krishna, hare krishna, hare krishna. Hare, hare. Si nos ponemos a preguntar diálogo con quién, libertad de quién y para qué, consenso sobre qué, se rompe el hechizo, se nos agita el duermevela. Mientras las masas hibernan, acunadas por los dulces cantos, los políticos se aseguran la impunidad para hacer lo que les venga en gana. Opio para el pueblo, sedante verbal, kif fumado en la gran pipa de la paz. El pueblo flipando, dulce letargo. Amamos a esos traficantes parlamentarios.
Si la semántica contara y estuviera bien avenida con la pragmática, los acuerdos que parecen imposibles se harían inevitables. Un ejemplo, quizá el más relevante. Rajoy dice que no se puede negociar con los violentos. Zapatero insiste en que no admite ni admitirá negociaciones si hay violencia. Parecería que están diciendo lo mismo. Pero resulta que no, por lo visto. Las razones habrá que buscarlas en las oscuras simas donde la semántica se da la mano con la ontología y la psicología deja su plaza a la psiquiatría. A Rajoy deberíamos preguntarle en qué momento deja de ser violento el que lo fue un tiempo o si la violencia que una vez se ejerció marca a fuego para siempre, imprime carácter como los sacramentos. Si un día los etarras dejan verdaderamente de matar, chantajear y poner bombas ¿siguen siendo violentos eternamente, por lo siglos de los siglos? Y convendría que Zapatero, por una vez y sin que sirva de precedente, contestara con precisión a una pregunta bien concreta: ¿cuándo acaba la violencia? ¿cuánto tiempo debe pasar después de un atentado para que el diálogo con sus autores no sea concesión a la violencia? ¿Un día? ¿Un mes? ¿Un año?
Para Rajoy la violencia es un estado permanente y que se sigue manifestando aun en el tiempo en que ya no se practica. Por eso para él los etarras serán violentos siempre y hagan lo que hagan. Para Zapatero, la violencia es una mera interrupción, puntual, momentánea, del estado normal de las cosas, que es el estado de paz, de quietud. De ahí que conciba las acciones de los etarras como obnubilaciones pasajeras de ciudadanos pacíficos en esencia. El uno trata la violencia de ETA como regla que va más allá de los acontecimientos reales, aun de los hipotéticos. El otro la entiende como excepción, como interrupción de la paz, ocasional por definición y también de carácter contrafáctico. Para Rajoy habrá terrorismo incluso si los etarras dejan de atentar; para Zapatero no lo hay propiamente ni cuando atentan o se disponen a hacerlo, de ahí el lapsus repetido. Los dos están radicalmente incapacitados para comprender la realidad, víctimas ambos de daltonismo moral o de una percepción carente de matices, puro blanco –Zapatero- y negro –Rajoy-.
Esa rigidez mental de ambos, esa unidimensionalidad de sus personalidades que los lleva a pensar que el mundo es como ellos lo ven con su desenfoque, aboca a los dos, curiosamente, a un imposible práctico: Rajoy no está en condiciones de gestionar la paz; Zapatero no tiene capacidad para acabar con la violencia. Lo ideal sería que uno y otro, y quienes los jalean, se quitasen de en medio. O, si no, que sus papeles se invirtieran. La pesimista concepción de Rajoy sería más adecuada para acorralar a los violentos, expropiándoles las esperanzas de sacar tajada. La personalidad optimista y confiada de Zapatero vendría mucho mejor para acordar al final una salida honorable y tenuemente generosa para todas las partes. Porque tal como estamos, como están y como son, no vamos a ningún lado. La victoria final y gratis que pretende Rajoy es un imposible, por desgracia. El pacífico, sonriente y gratuito acuerdo por las buenas con asesinos crecidos y fanáticos, a cuya ensoñación se abandona Zapatero, es otro imposible, también por desgracia.
La síntesis de Zapatero y Rajoy tal como se manifiesta, cada cual con su cortedad de miras y sus obsesiones, es la mejor receta para que las cosas sigan eternamente como están y el gran problema del terrorismo etarra no se solucione. Los malos son los etarras, eso no se discute. Al menos no lo discuten las buenas personas. Pero Zapatero y Rajoy, Rajoy y Zapatero, son parte decisiva del problema en este momento. La única salida sería un verdadero acuerdo entre ellos y entre sus partidos, ellos solos para empezar y luego ya veríamos. Pero eso no lo quieren ni el uno ni el otro, por mucho que digan. No lo quieren porque son incapaces. Incapaces en el más puro y profundo sentido del término.
Y nosotros, los ciudadanos, a verlas venir o, lo que es peor, tomando partido por el uno o por el otro. Justo lo último que deberíamos hacer, lo que menos nos conviene. A este paso, puede llegar el día en que las bofetadas nos las demos entre nosotros, más sonámbulos que conscientes, idiotizados por eslóganes y pancartas, mientras los terroristas nos observan tranquilamente, en paz, como los buitres que se mecen en el aire a la espera de los despojos.

15 enero, 2007

Políticos de hoy, según Joaquín Leguina.

Esto dice Joaquín Leguina en su prólogo al libro El Estado fragmentado. Modelo austro-húngaro y brote de naciones en España, de Francisco Sosa Wagner e Igor Sosa Mayor (Madrid, Trotta, 2006):
"... resulta sorprendente la sordera absoluta y la mudez sobrevenida a los políticos españoles (nacionalistas o sedicentes socialistas) acerca de la multitud de argumentos contrarios y de críticas razonables en contra de ese disparate jurídico-político que ha constituido la elaboración del nuevo Estatuto de Cataluña.
Una nueva generación de políticos ha tomado el relevo a los "agentes de la transición" y lo ha hecho con criterios adánicos, como si la Historia se iniciara precisamente con su llegada al poder, adscribiéndose, también, a la fe del carbonero. Una fe mostrenca que se resume en una frase anunciadora de inmediatos desastres: "Esto lo arreglo yo en dos patadas".
El desprecio por el pensamiento y por la academia, la endogamia política y unos curricula poco presentables, donde brillan por su ausencia las experiencias laborales ajenas a la política, ésas que exigen cotizar a la Seguridad Social por cuenta propia o ajena, forman un entramado que no anuncia, a mi juicio, sino males".

14 enero, 2007

Diagnóstico.

Visto todo lo ocurrido en este país en lo que va de enero -y también lo de antes-, visto el esperpento de las manifestaciones y las no manifestaciones, visto el baile de los lemas, leídos los periódicos, oídas las radios, examinados los gestos, las pancartas, las frases, los silencios; en fin, tratando de contemplar la situación con la mayor objetividad y el más serio desapasionamiento, y sin poder evitar una pena inmensa, creo con el corazón en la mano que se impone el siguiente diagnóstico de la situación:
Una parte importantísima de los votantes y dirigentes del PP odia y desprecia más a Zapatero y al PSOE actual que a ETA, y una parte importantísima de los votantes y dirigentes del PSOE odia y desprecia más a Rajoy y al PP actual que a ETA. Cambien el orden de la exposición si quieren, tanto monta. Por eso ni quieren ni son capaces de unirse contra ETA. Llegados a este punto, ya no debería importarnos quién tiró la primera piedra. Son Caín y Caín. Como dos gotas de agua. De agua sucia.
El mal comenzó en los dirigentes de ambos partidos hace una buena temporada y se va contagiando a la sociedad como el más peligroso de los virus. Hay odio. Hay más odio contra el partido de enfrente que contra los terroristas. Tal cual. Otra vez en España las rivalidades políticas se convierten en razones para la enemistad personal. Y cada uno que ahora vuelva con la matraca de quién empezó será alguien que tiene ganas de echarle al fuego más leña.
No creo que haya arreglo. Sólo nos queda maldecirlos, a todos, desde lo más hondo del alma. Y pararnos a pensar qué pueden hacer los ciudadanos comunes que aún conserven un ápice de decencia y de sentido común.
No queda dónde caerse muerto.

Los pechos de la peluquera

Ya ven, lleva el pueblo soberano casi una semana con una nueva preocupación a cuestas. Esto es un sinvivir, para que luego se diga que no hay sufrimiento en el Welfare State. Cuánta tribulación. Vean si no. La peluquera de Arcade, aquella señorita que había sido detenida en el aeropuerto de México con unos detonadores en la maleta que algún malandrín le había puesto allí con mala idea, sale en la portada y páginas principales del Interview de esta semana luciendo al natural unos atributos bien puestos. Y de cara tampoco es fea precisamente, con una mirada de aquí te espero comiendo un huevo.
Para qué queremos más, como si no tuviéramos bastantes preocupaciones ya. Al parecer, en su pueblo se acabaron los ejemplares de la revista en pocos minutos. Ostras, la peluquera en bolas, comentaban los parroquianos a voz en grito, poseídos por la indignación. Y es que les ha parecido pero que muy mal, a ellos y a media España, que esta señora, con lo canutas que las pasó hace unos meses, tenga ahora ánimo para posar así, tan desinhibida y como si nada, no ya como vino al mundo, sino mucho mejor.
Reclaman sus paisanos que devuelva los cuartos que pusieron para rescatarla y darle apoyo. Si lo llegan a saber, no le echan la mano, se dicen todos, mientras la contemplan una y otra vez, con las páginas bien sobadas de tanto menearlas. La mirada no peca, el morbo es libre, pero la tal muchacha es, al parecer, un pendón, por exponerse con tanto descaro a la contemplación pública. ¿Pero ésta qué se ha creído? Ni que fuera una modelo ansiosa de jeque o una marquesa de cinco divorcios, que ésas sí es normal que se desnuden y se enseñen sin recato. Las peluqueras deben ser pudorosas.
Según cuentan, lo que más altera a la gente es el cálculo de lo que habrá cobrado por posar con ese saludable aspecto de exquisitez de las Rías Baixas. Que si será medio kilo de euros, que no, que te digo yo a ti que ésta es más barata. Los buenos padres de familia que se pasan las noches contemplando en Telecinco o Antena Tres la vida amorosa y los milagros de cama de cuatrocientos putones que no tienen más oficio ni beneficio que poner la mano a cambio de contarlo, los mismos que se apasionan con los debates sobre cómo se tiraron a unas o cómo se lo hacían los otros, se rasgan ahora las vestiduras porque, para colmo, se rumorea que la peluquera va a aparecer un día de éstos en la tele contando vaya usted a saber qué cosa, pues no consta que se la haya beneficiado a ningún conde italiano ni que haya hecho cama redonda con un torero y su cuadrilla. ¿Esta tía de qué va?
Seguro que van a montar turnos para no perderse detalle estos días, no vaya a aparecer la moza en la pantalla sin que nos enteremos bien de lo que cuenta y sin que nos fijemos a ver si enseña cacha o si lleva navegable el canalillo. Pues ya se sabe que estamos en contra y que no pasamos por ahí, por las indecencias de una currantilla sin curriculum. Muy distinto sería que fuera a la tele con su novio, para que entre los dos contaran por qué un día riñeron cuando él tenía un ataque de jaqueca que le impedía rendir como un hombre y que ella se mosqueó y se marchó con un buhonero que la maltrataba y que luego regresó, triste, fané y descangallada, y que ahora él la va a perdonar en el mismísimo plató y que dicen que van a tener ocho hijos y un gato. Eso sí son historias edificantes, y bien está que se expongan íntimamente a la vista de todos, sin recato y sin cobrar, porque el pueblo quiere saber y necesita historias ejemplares para consolidar su moral cristiana. Pero enseñar las tetas, ay, eso no, vade retro.
También sería muy diferente que la lozana gallega se tumbara en top less en la playa de Sanxenxo y que rondaran excursiones de jubilatas sedientos de carne y obras públicas. Como si le ponen un letrero y organizan las filas para mirarle las carnes, lo importante es que una del pueblo no se forre por el morro y por los pechos, por ahí sí que no pasamos.
Así que ya saben ustedes, queridas amigas. Si un días las detienen por error o las secuestran o les da un susto un terremoto y se corre la voz, absténganse ipso facto, cuando estén de vuelta en la aldea y se les haya aliviado el susto, de mostrar sus carnes a nadie que no sea su esposo o novio bien formal. Y si los de alguna revista le ofrecen una pasta por unas fotos de nada, exija que sea con braga faja y sostén de esparto, bien tapadita, para que a los de su calle no se les salga la mala leche.
Dicen que las bateas están apoyadas en viajas lápidas de sepulcros. Blanqueados.

Entrevista y noticia de un libro interesante.

En La Nueva España de hoy aparece una entrevista con mi gran amigo Francisco Sosa Wagner, entrevista que a todos recomiendo por la valentía y claridad con que se explica nuestro amigo. Además, las cuestiones van al hilo de un libro que tiene que dar que hablar en este país, si es que en este país todavía se quiere hablar de algo que no sean posturitas de políticos light o pendejadas de famosos desechables. El libro, escrito por Francisco Sosa y por su hijo Igor Sosa, se titula El Estado fragmentado. Modelo austro-húngaro y brote de naciones en España (Ed. Trotta). No se lo pierdan.
Pueden leer la entrevista pinchado aquí encima. Y un fragmento más, aquí.

13 enero, 2007

Teoría de la extravagancia. Por Francisco Sosa Wagner

“La mujer es un ser verdaderamente extravagante” se canta en la ópera de Donizetti “L´elisir d´amore”, en un arranque de incorrección que hoy se oye con gusto por lo que tiene de heterodoxia frente al discurso dominante. Ahora bien ¿somos –los hombres o las mujeres- verdaderamente extravagantes? Según Casares, extravagante remite a lo “que se hace o dice fuera del orden o común modo de obrar” y para María Moliner “se aplica a la persona que hace cosas raras ...”. Es decir, el extravagante es quien vaga o circula por fuera de los carriles convencionales sin importarle mucho el juicio que pueda recibir de sus semejantes.
Si esto es así, si hemos de atenernos a los preceptos formulados por estos sabios del lenguaje, poca extravagancia encontramos en nuestros alrededores. La mayoría repite lo que hay en el ambiente, utilizamos las ideas de los demás, ignorantes de que las tomamos a préstamo sin haber formalizado contrato alguno, acomodándonos todos al medio, confundiéndonos con el paisaje, no vaya a ser que este, el paisaje, se tome la revancha y nos ponga en relieve. Pues si eso ocurre ya sabemos que una lluvia de flechas caerá sobre nuestras cabezas y es probable que el vacío de nuestros semejantes nos rodee. Los clásicos, por aquí Gracián, por allá, Ortega, nos enseñaban que la capitanía en la vida la ejercían solo quienes no se dejaban llevar por el gusto municipal de la mayoría. Pero la mayoría impone sus reglas y convierte sus caprichos en mandatos bíblicos. ¡Guay de quien se aparte de ellos!
En los años veinte, Primo de Rivera, aquel dictador que disparaba balas de fogueo (luego vendría el que lo haría con plomo de verdad), llamaba a Valle-Inclán “extravagante ciudadano” y lo era, con aquellas sus barbas blancas y aquel brazo que no tenía por razones estéticas y porque le parecía un convencionalismo andar por el mundo con dos brazos como lo hacían el panadero o su vecino, el escribiente del ministerio de Hacienda. Pero es que Valle estaba tocado por el aura de la genialidad, al menos en el espacio de la invención literaria. Y esta, la genialidad, marca la frontera por arriba con la extravagancia pues solo es genial quien rompe, muy entonado, con ataduras mundanas y es capaz de crear según sus caprichosas intuiciones. Aunque ello sea a base de muchas horas de trabajo porque no se toman truchas a bragas enjutas, como gustaba repetir don Quijote.
Ahora bien, el genio es soportable normalmente cuando se ha muerto y lleva enterrado unas decenas de años. Malo es convivir con un botarate pero convivir con un genio siempre ha sido un martirio que la víctima sobrelleva como dios le da a entender, que suele ser mal y con sobresaltos (los testimonios se cuentan por cientos). Y esto se debe a que los productos del genio no se aceptan sin más, hay que asimilarlos poco a poco, en dosis medidas, como esa salsa picante que incorporamos de pronto al guiso de todos los días. Es verdad que, gracias al genio, la humanidad avanza pero es ley contrastada que este avance ha de producirse en forma acompasada porque el resto de los mortales carecemos de capacidad para ajustarnos con versatilidad a las nuevas ocurrencias. El producto genial es un misterio y, cuando deja de ser un misterio, deja de ser genial. Se ha incorporado al reino de las convenciones.
La frontera por debajo de la extravagancia la ocupa la vulgaridad repetitiva, la que practica quien repite topicazos y maneja material intelectual de fosa común, el loro incapaz de trabar un discurso propio alejado del que vocean los mercenarios de la plebeyez. Cercano a él se encuentra el tarambana de pocos quilates, el tipo cargante que vende una gracia por kilos y sin hornear.
Es decir que lo mejor es la extravagancia ejercida con precaución y miramientos y sin dañar al prójimo más que lo previsto en los reglamentos aprobados por la autoridad competente. Voy a buscar en las páginas amarillas dónde se vende.

12 enero, 2007

Mmm..., no se lo pierdan.

Hombre, he ido a dar con uno de esos cursos de perfeccionamiento del profesorado universitario que tanto nos gustan a mis amigos Paco Sosa y César Rascón y a mí y que también ponen de lo más estimulados a los cómplices de esta pacífica bitácora. He recibido hoy el programa por correo electrónico, junto con la invitación a inscribirme, si quiero, pues parece que aún quedan plazas libres. El curso dura sólo doce horitas que se te pasan en un plisplás. Se titula "Planificación docente universitaria para la adquisición de competencias". Anímense. Lastimosamente, yo no puedo, pues tengo esos días hora en la pelu. Cortar y marcar. Si me es posible, me inscribiré en el siguiente, que supongo que o será el mismo u otro similar que se titulará "Adquisición docente universitaria para la competencia de planificaciones". Ojalá lo imparta Concha, pero, si no, me imagino que servirán igual Cuqui, Puri, Borjamari o Pocholo.
La profesora viene de Deusto, ahí es nada, y se llama Concha Yániz. Por lo que veo, ya estuvo por aquí hace poco -si no me equivoco, que puede que sí-, impartiendo el mismo curso. Será que gustó mucho -el curso, digo-, o que es amiga de algún personal de aquí (por eso le dicen Concha en lugar del solemne Concepción), y la amistad es un valor que todos debemos fomentar, como el díalogo, el consenso y la libertad. Miren, si pinchan aquí encima, verán un documento en PowerPoint elaborado por esta prestigiosa tratadista y que enseña bien a las claras que esto no es para tomárselo a broma y que cuando acabemos de aprender a enseñar no nos va a reconocer ni la progenitora que nos trajo al mundo.
Se preguntarán ustedes: ¿y qué se enseña en un curso sobre planificación para la adquisición de competencias? Ante todo, no se llamen a engaño, pues antes de organizar un curso así es necesario haber adquirido la competencia para planificar la enseñanza de la planificación de la adquisición de competencias. Lo que habrá currado esta gente y nosotros aquí a verlas venir, sin decirles nada, ni las gracias siquiera. En cuanto al programa, me limito a continuación a copiárselo a ustedes tal como me acaba de llegar, sin cambiar ni una coma. Que les aproveche.
CURSO : “PLANIFICACIÓN DOCENTE UNIVERSITARIA PARA LA ADQUISICIÓN DE COMPETENCIAS”.
OBJETIVOS:
· Conocer las características de un proceso de aprendizaje diseñado desde competencias
· Analizar un modelo de planificación docente coherente con el mismo
· Comparar la planificación actual con el modelo propuesto, identificando lagunas, cambios necesarios y mejoras a introducir progresivamente
· Esbozar un diseño de planificación incorporando los cambios principales en objetivos y estrategias de enseñanza

CONTENIDOS
Algunos motivos, sentido y consecuencias de incorporar las competencias a la formación universitaria
Las competencias y el aprendizaje universitario
Perfiles profesionales y de ciudadanía, competencias y proyectos formativos
La planificación docente desde las competencias
METODOLOGÍA:
Taller: Situación de aprendizaje activo, cooperativo y aplicado.
· Reflexión y diálogo sobre la situación de partida: programa actual, conocimiento del enfoque competencial en la formación universitaria y propuestas avanzadas para las distintas titulaciones.
· Exposición
· Actividades prácticas de análisis de los programas actuales y diseño de actividades para incorporar una formación competencial.
RECURSOS:
Documentos y referencias
Transparencias para las presentaciones
Guiones de trabajo y ejemplos
Cada profesor debe llevar el programa de una asignatura sobre el que tenga interés en realizar las prácticas

DESARROLLO DE LA ACTIVIDAD:
DURACIÓN: 12 horas.
FECHAS: 26 y 27 de Marzo de 2007
NÚMERO DE ASISTENTES: 25

Ahora nos van a arreglar el tiempo. Lo que nos faltaba.

Nos estamos pasando. Es sano echarse unas risas de vez en cuando y gastarse unas bromas con los amigos, pero no podemos andar todo el día de cachondeo, no hay cuerpo que lo aguante ni país que pueda mantenernos así. A ver si a ustedes, amigos, les pasa. A veces, en pleno ZaPeo, me quedo un rato en alguno de esos programas de monólogos graciosos que supuestamente nos tienen que hacer reír, pero que a mí me dejan por lo general de lo más serio, pues lo que dicen los monologuistas me parece clavadito a lo que a todas horas oigo en la calle, el trabajo o las casas. En cambio, cuando escucho a los políticos hablando en serio me entra una guasa que no se puede aguantar y es difícil convencerme de que ellos son en verdad así y se creen lo que cuentan. Que no, que no, que no puede ser, que seguro que van de vacile y rechifla para alegrarnos las plúmbeas rutinas.
Miren la última. Acabo de enterarme de que la próxima conferencia de Presidentes Autonómicos va a tener como punto del orden del día el cambio climático. En Kioto todos acojonados ya: nos robaron el título y las portadas, comentarán con pena. Y Bush diciéndose que ahora sí que va a tener que reducir las emisiones de CO2, que cualquiera se resiste a las medidas que pueden acordar todos esos señores cuyos nombres –salvo el catalán, el vasco, la madrileña y un par de ellos más- apenas conoce nadie, ni siquiera aquí, en la nación de naciones y me tiras de los pantalones. A ver, usted, enteradillo, dígame de una tirada los nombres de los presidentes de Murcia, Castilla-La Mancha y Asturias-. Menos mal que al que presidirá a los Presidentes reunidos para hablar del tiempo, don José Luis, sí lo conocen todos, incluso en el extranjero. Jopela, si hasta impartió una vez una conferencia en francés en el Parlamento gabacho y se quedaron todos admirados. El otro día oí que ya tiene Tele5 pensado un programa para cuando Zapatero deje la Presidencia y la política, allá por el 2025. Se llamará “Don de Lenguas” y será un concurso entre Aznar y ZP para ver quién de los dos se lo hace mejor, si el primero con el inglés o el segundo con el francés. Andan buscando para más idiomas, por ejemplo el griego. Dicen que para la comprensión pasiva vale cualquier ciudadano de los de ahora, pero que para la parte activa es mejor un político avezado. El PP y la Conferencia Episcopal han comenzado a hacer gestiones para que en el concurso haya también una prueba de latines y se rumorea que Acebes está ilusionadísimo. Jura Rajoy que el arameo lo quería para sí, pero se duda de que el programa llegue tan lejos con la lengua.
Retomemos el hilo, lo del cambio climático y que, hija, inviernos como éste yo no recuerdo, si hasta se me conserva el bronceado de los mofletes. Yo ya me imagino las valiosas aportaciones de cada Autonomía a esa reunión de los Presidentes y lo sustancioso y productivo de los debates entre ellos. Por de pronto, las diecisiete se van a poner como locas a recopilar información climática de todas y cada una de sus parroquias y pedanías. Cosa que, naturalmente, exigirá la creación de las correspondientes secciones administrativas, con sus cargos, sus secretarias de buen ver y malas pulgas y sus portafolios de Prada bien colocaditos encima de cada mesa de nogal. Como esos flamantes directores generales de ACACLIMx (Análisis de CAmbio CLIMático de x –en lugar de la x póngase la inicial de cada Comunidad Autónoma; por ejemplo, si se trata de Asturias quedará así de precioso: ACACLIMA) se quejarán, en sus reuniones con el respectivo y muy estresado consejero de la Presidencia, de que no tienen personal de plantilla bastante para la enormidad de trabajo, y como los doce o quince funcionarios asignados verdaderamente estarán en su mayoría o liberados o a punto de liberarse con un revolcón de no te menees, se hará imprescindible contratar unos becarios que hagan el trabajo de campo. A unos les tocará acercarse hasta el servicio meteorológico de cada provincia de la Comunidad para “recabar” (como dirían en el Telediario) los datos sobre las temperaturas, lluvias, vientos y nieves de los últimos veinticinco años; a otros les corresponderá pasear una muestra de aproximadamente cien pueblos de la rica y variada geografía histórica –hoy en día la geografía a palo seco se cotiza poco- para buscar abuelos no muy chochos aún y preguntarles aquello de “abuelo, ¿verdad que en su juventud hacía más frío?”. Con los datos así conseguidos a golpe de puro método científico, se compondrán ochenta y tres dossieres, divididos por comarcas y que se pasarán a los grupos del correspondiente parlamento regional para que se hagan observaciones, al tiempo que los servicios de traducción de la Cámara hacen las correspondientes versiones en los idiomas y hablas de esa nación de las naciones de la nación.
Así, informados hasta la saciedad y cubiertos de papel hasta las cejas (alguno hasta puede quedar tapado), se presentarán todos en la reunión de los Presidentes, dispuestos a dar lo mejor de sí para bien de glaciares y manglares. Comenzará el Presidente de la Conferencia de los Presidentes con un discurso de los suyos, templado, en el que insistirá en que, puesto que hay que mantener el talante y buscar el consenso, que nadie exagere ni lo del frío ni lo del calor y que si los del PP sudan que se jodan. Doña Espe saldrá corriendo a explicar a los cuatro vientos que el Presidente dice palabrotas, pero le faltará tiempo a Moraleda para aclarar que fue un lapsus y que no quiso decir que se jodan, sino que se hagan el amor unos a otros.
Comenzarán luego los discursos autónomos de los autonómicos, por orden alfabético, y cada Boss autonómico (don Hugo) insistirá en los siguientes puntos cruciales: a) Clima como el de mi tierra no lo hay en ningún lado, cosa mejor no se ha visto. b) Necesitamos que el Gobierno nos dé más dinero para invertirlo en I+D+I y conseguir, con unos científicos muy buenos que tenemos nosotros y que falan galego y todo, que el tiempo sea más mejor entoavía. c) Solicitamos formalmente que cada vez que se hable de cambio climático en el mundo se ponga una apostilla que diga que en tós los laos cambia pa peor menos en X (póngase en lugar de X el nombre de la Comunidad Autónoma cuyo sheriff esté hablando en ese momento), pues está claro que en nuestra tierra lo único que el clima cambia es para bien y que no nos vengan a perjudicá el turismo con esas propagandas que son toas cosas de la globalización y los de X (aquí, si el que habla es un catalán dirá que los X son los de Madrid; si habla un madrileño, que son los de Cataluña; etc., etc.).
Concluirá la reunión con un breve discurso de Zapatero, en el que agradecerá a cada uno su esfuerzo y lamentará que el PP no haya querido sumarse el consenso para proponer entre todos los partidos una Ley de Precipitaciones Moderadas, con la que frenar los excesos climatológicos con la misma eficacia con que se ha puesto coto por vía legal a la violencia doméstica. Explicará a la salida el Presidente de La Rioja, muy indignado, que el PP simplemente quería que le ley tuviese el lema “Por un clima popular”, mientras que el PSOE propone que la norma se llame “Ley de la Eterna Primavera y del Tiempo con Consenso”.
¿Qué me apuestan a que no va a ser muy distinto el resultado real de éste que les anticipo? ¿Y qué tal un maremoto controlado que se los lleve a todos a tomar por donde se asientan los vasos?

11 enero, 2007

¿Quién responde por la mala suerte? 2

Hoy toca rollo largo y pesadito. No todo va a ser hablar de las miserias de estos partidos y estos gobernantes que nos tocan por verdadera mala suerte, de la que nosotros respondemos. Aquí va la segunda parte del post de 29 de diciembre pasado. Y con la misma advertencia de entonces: el que no tenga tiempo o ganas para disquisiciones teóricas puede pasar de largo sin sentir que se pierde algo importantísimo. En cualquier caso, he querido escribir esto con afán didáctico y, por consiguiente, estilo sencillo y comprensible. A ver si se ha conseguido.
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3. Accidentes y percances.
La suerte también gobierna mucho del transcurrir de nuestras vidas. Un día puede tocarnos un premio millonario en un sorteo, pero otro día puede que un coche nos atropelle o que un terremoto se lleve por delante nuestra casa. Tanto la filosofía moral y política como el derecho, éste aplicando las recetas de aquéllas, tienen que discernir quién corre con los resultados de la suerte de cada uno. Cuando es buena y se traduce en ganancia, la cuestión es si debe o no el afortunado repartir algo de lo que obtuvo, por ejemplo por vía de tributación. Pero, cuando vienen mal dadas por algún azaroso e inesperado acontecimiento, ¿quién corre con los gastos? Si un conductor borracho me atropella, o si lo hace uno sobrio que cumple con todas las normas de cuidado, si un médico me opera y se deja dentro unas gasas que me causan un nuevo padecimiento, si mi casa se cae porque el arquitecto no calculó bien el grosor de los muros, si a mi perro se lo come el perro del vecino, si mi mujer me abandona y se va con otro más elegante, ¿quién carga con los gastos y/o con los disgustos? Las respuestas pueden ser tres: la víctima de la desgracia, el que la provocó o la sociedad en su conjunto.
La casuística es infinita y no cabe aquí pararse en agotadoras clasificaciones. Así que pasaremos por encima con sólo algunas elementales distinciones.
Tenemos en primer lugar el Derecho penal. Si alguien me lesiona sin motivo lícito y, con ello, incurre en una conducta penalmente tipificada, el Estado le impone una pena como precio que paga por su inadmisible ataque. Es una vieja discusión de penalistas y filósofos la de cuál sea el fin principal de la pena. Unos dicen que la función de la pena es castigar al delincuente por lo que hizo, hacerle pagar, retribuir, su mal comportamiento. Esas son las teorías retribucionistas, que ven la pena como venganza, si bien en manos del Estado, que actuaría así para resarcir el mal que la víctima sufrió con un mal equivalente que al autor se le causa. Pero si yo perdí un brazo por obra de esa agresión, sin el brazo me quedo por mucho que el delincuente pague unos años de cárcel. Y aunque aplicáramos el viejo principio del ojo por ojo y al delincuente se le amputara un brazo por haberme arrancado el mío, ¿qué gano yo, salvo la dudosa satisfacción de verlo a él sufrir como yo he sufrido? Un mal no cura otro y la suma de dos males no da ningún bien, da dos males. ¿Acaso dos males son algo socialmente mejor que uno solo? Por eso otras doctrinas mantienen que lo que justifica la pena no es la retribución de un daño con otro, sino el escarmiento: con el castigo se le enseña al delincuente lo que no debe hacer (prevención especial negativa), o se le indica cómo debe comportarse en el futuro (prevención especial positiva). Mas la lección no la recibe sólo el condenado, también la sociedad aprende, escarmentando en cabeza ajena, qué cosas no deben hacerse (prevención general negativa) o cuál es el comportamiento debido (prevención general positiva). Todas estas teorías últimas reciben el nombre de teorías preventivas de la pena.
Pero supongamos que el que perdió el brazo de esa manera era un afamado director de orquesta. En el futuro ya no va a poder dirigir más, lo cual le provocará grandes pérdidas económicas y enorme sufrimiento si esa era su vocación y lo que daba sentido a su vida. Esos daños no se compensan con el encarcelamiento del malhechor. De ahí que el propio Código Penal prevea que los tribunales decidan también sobre la responsabilidad civil derivada del delito. Que el delincuente también responda civilmente significa que además de “pagarle” al Estado (o a la sociedad) la pena por su acción, tiene que indemnizar también a la víctima lo que el daño le haya “costado”, en un doble sentido: el precio del daño material (lo perdido y lo dejado de ganar) y el precio del sufrimiento o dolor (los alemanes llaman a esto, con expresión bien gráfica, Schmerzensgeld, dinero del dolor), lo que entre nosotros se llama daño moral.
Ahora pensemos en un daño que alguien me causa con una acción suya que no es delito. Por ejemplo, un amigo bromista pone sus manos llenas de grasa sobre mi corbata y deja para siempre una mancha en esa prenda que me había costado un dineral y que, además, tenía yo en gran aprecio porque con ella me había casado. ¿Tiene que pagarme la corbata? ¿Y el dolor que me causa su pérdida? Aquí nos movemos ya en el puro ámbito de la responsabilidad civil por daño extracontractual.
Dice el artículo 1902 del Código Civil español que “El que por acción u omisión causa daño a otro, interviniendo culpa o negligencia, está obligado a reparar el daño causado”. Ese amigo bromista me ha causado un daño con su acción, ya sea por mala idea –tal vez tenía envidia de mi corbata o celos de lo lucido que se me veía con ella- ya por simplemente atolondrado. Sea como sea, tendrá que pagar si no le ampara una excusa legal.
El derecho de la responsabilidad civil tiene como función repartir los costes de los daños que alguien sufre como consecuencia de la conducta de otro. La ley y la jurisprudencia tipifican los supuestos en que debe ser el dañante el que corra con los costes y aquellos otros en los que debe ser la víctima la que cargue con ellos. Y ahí se halla la gran cuestión en términos de teoría de la justicia, en establecer en qué supuestos debe ser uno u otro el que “pague”. Unos ejemplos sencillos: ¿quién paga si mi amigo puso sus manos sucias en mi corbata cuando intentaba agarrarse a algo porque había tropezado y se estaba cayendo? Ahí hemos tenido mala suerte los dos. ¿Y si iba borracho? Hemos tenido mala suerte los dos, pero parece que de la suya él era en alguna medida responsable. ¿Y si yo lo estaba molestando con mi insistencia en que él nunca podría pagarse una corbata tan cara? Los supuestos pueden multiplicarse hasta el infinito, pero el derecho tiene que agruparlos si no quiere ser puramente casuístico, y a eso se llama tipificación legal.
Veamos algunas situaciones diferentes.
a) Alguien causa un daño con intención. Por ejemplo, mi amigo se lo pensó antes de mancharme la corbata y decidió hacerlo. En este caso cualquier sistema jurídico dispondrá la obligación de indemnizar del dañante.
b) Alguien no evita un daño que sí pudo evitar sin arriesgar nada suyo. Simplemente omitió el auxilio. Por ejemplo, mi amigo ve que yo he dejado mi corbata sobre el mostrador del bar y que se ha caído un café, café que va resbalando hacia mi corbata y pronto la va a impregnar. Pero en lugar de advertirme o apartar él mismo la corbata, se queda quieto, callado y sonriente. ¿Me causó él el daño? Difícilmente podrá afirmarse tal cosa, si hablamos con propiedad y no en sentido metafórico. El que, pudiendo, no salva la vida a otro, no lo mató, simplemente no evitó que se muriera. Pero si yo no evito que usted pise un charco, yo no soy el causante de que usted se haya mojado los zapatos. Ahora bien, existen numerosos supuestos en que el Derecho nos obliga a indemnizar aquellos daños que no hemos evitado, aunque tampoco los hayamos causado. Mi amigo no es el causante de la mancha de café en mi corbata, pero puede ser responsable. Así que el jurídicamente responsable de un daño no siempre es su causante. ¿Tendrá mi amigo, en este último ejemplo, que pagarme la corbata o la tintorería? Difícil será encontrar un ordenamiento que lo obligue a tal cosa en un caso así. Pues casi todos los sistemas jurídicos hacen responsables de los daños no evitados a aquel que pudo evitarlos cuando el mismo se encuentra jurídicamente obligado a prestar especial cuidado o se halla, dicho más técnicamente, en una posición especial de garante. Por ejemplo, si fue el perro del amigo el que me mordió mientras él contemplaba la escena tranquilamente y sin hacer nada por evitarlo, mi amigo tendrá que indemnizarme por ese daño; y no digamos si mi amigo era el médico de guardia cuando yo llegué al hospital con un infarto y no hizo nada por atenderme.
c) Ahora pongámonos en que esa corbata tan cara y que tanto aprecio se me deshilacha y se llena de pelusillas en dos días, pese a que yo la cuido con todo el esmero posible. Pero, qué mala suerte la mía, me vendieron una corbata defectuosa, con un defecto que no se podía apreciar cuando la compré. ¿Pierdo el dinero que gasté en ella o alguien debe compensármelo? Hablamos de casos en los que no hubo mala fe ni en el fabricante de la corbata ni en el comerciante. Debemos distinguir dos tipos de casos aquí.
El primer tipo de casos se da si el fabricante, aun sin intención defraudatoria, no se esmeró demasiado al hacer la corbata, o si el comerciante no se preocupó de a qué clase de fabricante descuidado le adquiría las corbatas que luego vendía. Estaríamos ante supuestos de negligencia, de falta del debido cuidado en la labor de cada uno. Y no poner el cuidado o diligencia debidos significa asumir que alguien puede resultar perjudicado por el mal hacer de uno, aunque uno no quiera propiamente hacer mal a nadie. Está de por medio el difícil problema de la prueba, pero, probada la falta de diligencia, nos encontraríamos ante un supuesto de responsabilidad por negligencia: tienen que pagarme la corbata. Parece que la justicia lo exige y cualquier ordenamiento jurídico lo aplicaría así.
El segundo tipo de supuestos es más complicado de dirimir en términos de justicia. Supóngase que un fabricante de corbatas produce una remesa utilizando la tela, el hilo y los tintes que unánimemente están considerados mejores y de mayor calidad, y que pone en el proceso de fabricación el mayor esmero imaginable. Pero una de ellas se decolora con el uso y, tras un par de puestas solamente, mancha para siempre una cara camisa del comprador, sin que pueda probarse que haya culpa de éste por descuido o mal uso ¿Alguien le pagará al usuario la camisa que con tan mala suerte se le dañó o es él quien sufre la pérdida porque ninguno es culpable de lo acontecido con ella y la corbata? Con arreglo a la vigente legislación española y europea en materia de responsabilidad civil por productos defectuosos, le tocaría al fabricante de la corbata abonar el daño de la camisa, pese a que ya hemos dejado claro que ninguna negligencia se dio en su actuación.
La responsabilidad sin culpa, es decir, la responsabilidad por un daño derivado de una actividad de un sujeto que no ha tenido intención de perjudicar y que, además, ha obrado con todo el cuidado que le era posible, se llama responsabilidad objetiva. En principio parece difícil de asimilar que alguien deba correr con los costes de un daño del que no tiene ninguna culpa. Y, sin embargo, los mecanismos de la responsabilidad de este tipo, la responsabilidad objetiva, se van extendiendo lentamente por todos los ordenamientos jurídicos de nuestro entorno. Por ejemplo, y como ya hemos dicho, en el Derecho español (y el de la Unión Europea) el fabricante responde por los daños que su producto cause al consumidor (o a cualquier otro perjudicado) y que no sean imputables a mal uso, descuido o imprudencia de éste. En ocasiones incluso corre el fabricante con la responsabilidad por los daños derivados de una mala utilización del producto por parte del consumidor, cuando se estima que no informó suficientemente dicho fabricante de cuáles era los usos posibles y cuáles los indebidos de su producto. Un ejemplo extremo lo presenta aquel famoso caso de la jurisprudencia norteamericana, tan citado: una señora baña a su perrito y para secarlo lo mete en el horno microondas. El animal pasó a mejor vida, pero al fabricante le tocó pagarle por él a la señora, porque en el folleto con las instrucciones para el empleo del aparato no se indicaba que no se podían introducir en él bichos vivos, salvo que se quisiera cocinarlos.
¿Cómo se justifica en términos de justicia la responsabilidad objetiva? Sus partidarios acostumbran a invocar el argumento del riesgo unido al beneficio. Por ejemplo, quien fabrica coches asume tácitamente y lo quiera o no que de cada diez mil coches fabricados alguno va a tener algún fallo en algún mecanismo o pieza, y eso por mucho esfuerzo que se ponga en la calidad de las piezas y en el proceso de fabricación. El azar tiene sus leyes y los imprevistos son inevitables. Sólo hay dos alternativas principales para ver a cuenta de quién va una mala suerte así, el fabricante y el consumidor. Al fin y al cabo, si es el consumidor el que carga con los perjuicios también lo hace sin culpa por su parte (si la culpa es suya y se prueba así, él responde, no hay problema).
Pues bien, el argumento del riesgo más beneficio nos dice que quien pone en práctica una actividad que causa a otros algún riesgo de daños y, además, obtiene beneficios con esa actividad, debe responder por los daños cuando el riesgo se consuma en daño. Es la desventaja de su ventaja, es una compensación. Naturalmente, también podría defenderse que el que compra el producto, el coche, por ejemplo, disfruta y se beneficia con su uso y que al decidirse a utilizarlo está asumiendo el riesgo de que algo vaya mal sin que sea su culpa. Si un conductor daña su coche por puro azar y sin culpa ni afectar a otros (por ejemplo porque le sobreviene un desvanecimiento), nadie le paga los desperfectos si no lo tiene asegurado frente a tales eventos. En cambio el fabricante sí paga si el fallo fue de algún elemento del vehículo y no hubo culpa de nadie, tampoco suya.
Con este debate sobre la responsabilidad objetiva queda bien a las claras que las normas sobre responsabilidad extracontractual por daños se explican y se justifican desde la teoría general de la justicia, pues la cuestión a la que responden es la de cuál sea el modo más justo de reparto social de los costes de los accidentes, las desgracias y la mala suerte. Cuando el daño se puede explicar como resultado del proceder indebido de alguien, rige el viejo principio de que quien la hace la paga, secuela de una sociedad organizada sobre la idea de libertad individual y de responsabilidad por los propios actos. Pero, ¿quién responde cuando el perjuicio que yo sufro no es el resultado ni de la culpa ni del actuar descuidado ni de la pasividad de nadie que hubiera podido y debido evitarlo? Las normas de responsabilidad objetiva sirven para exonerar de los costes del daño, en ciertos supuestos, a las víctimas. Y esa es una manera de redistribuir recursos en la sociedad con arreglo a pautas generales. Por eso su justificación o crítica tienen siempre que partir de consideraciones sobre la más justa distribución de los bienes y las cargas en la sociedad, de la teoría de la justicia y la filosofía política, en suma. Y según la doctrina que al respecto cada cual abrace, se defenderán unos criterios u otros para tal reparto y se promoverá un espacio mayor o menor para la responsabilidad objetiva que acabamos de ver.

4) ¿Que pague la Administración Pública? O sea, a repartir entre todos.
Otras veces el origen de mi mala suerte se sitúa en este fantasmagórico ente que llamamos Administración. Dispone el artículo 106.2 de la Constitución Española que “Los particulares, en los términos establecidos por la ley, tendrán derecho a ser indemnizados por toda lesión que sufran en cualquiera de sus bienes y derechos, salvo en los casos de fuerza mayor, siempre que la lesión sea consecuencia del funcionamiento de los servicios públicos”. Y la ley correspondiente, concretamente el artículo 139.1 de la Ley 30/1992 de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo Común, establece que “Los particulares tendrán derecho a ser indemnizados por las Administraciones Públicas correspondientes, (sic) de toda lesión que sufran en cualquiera de sus bienes y derechos, salvo en los casos de fuerza mayor, siempre que la lesión sea consecuencia del funcionamiento normal o anormal de los servicios públicos”. Puntualiza el apartado 2 de ese artículo que “En todo caso, el daño alegado habrá de ser efectivo, evaluable económicamente e individualizado con relación a una persona o grupo de personas”. Vemos cómo juega aquí, cuando el daño proviene de una actuación administrativa, la responsabilidad objetiva en toda su plenitud.
Cuando la persona que se desempeña en su condición institucional de servidor de la Administración pública me daña por causa de su actuar culposo o negligente estamos al principio ya conocido de responsabilidad por culpa, a tenor del cual no tiene por qué correr la víctima con el coste de daños de los que es responsable la mala fe o el descuido de otro. En ese caso la Administración habría obrado de modo “anormal” en la prestación de sus servicios propios y seguramente se puede sostener que ha incumplido el mandato constitucional de que “La Administración Pública sirve con objetividad los intereses generales y actúa de acuerdo con los principios de eficacia, jerarquía, descentralización, desconcentración y coordinación, con sometimiento a la Ley y al Derecho” (art. 103.1 de la Constitución Española). Pero, ¿qué ocurre si no hay culpa ni negligencia en la acción administrativa de la que se ha seguido un daño que la víctima no está jurídicamente obligada a soportar? (el artículo 141.1. de la Ley antes referida puntualiza que “Sólo serán indemnizables las lesiones producidas al particular provenientes de daños que éste no tenga el deber jurídico de soportar de acuerdo con la Ley”. ¿Dónde está el límite de la responsabilidad de la Administración y dónde el del deber de soportar de los ciudadanos?
Pensemos en los casos de funcionamiento “normal” de los servicios públicos, casos en los que en la prestación del servicio público no se ha dado ni ilegalidad, ni ningún vicio jurídico. Primero algunos ejemplos que buscan el absurdo de que no existan límites. Yo estoy ante un semáforo esperando para cruzar. Ha llovido y la calle está encharcada. Un autobús del servicio municipal de transporte público pasa a la velocidad reglamentaria y sin hacer ninguna maniobra reprochable, pero pisa con su rueda un charco y salpica de barro y grasa mi gabardina nueva. ¿Deberá la Administración municipal indemnizarme en aplicación del precepto legal mencionado? Otro caso. Yo soy un joven que quiere estudiar una carrera universitaria, concretamente Derecho. Voy a matricularme en la Universidad pública de mi elección y me encuentro con que hay numerus clausus para tales estudios, legalmente establecido, y que mi promedio de calificaciones no alcanza para superar la nota de corte. ¿Deberá la Administración compensarme por ese indudable daño que me produce y que no habría padecido si no existiera tal restricción impuesta?
Ahora vamos con un caso real de la jurisprudencia española, muy debatido en la doctrina. Se trata del asunto resuelto en la Sentencia del Tribunal Supremo, Sala 3ª, de 14 de junio de 1991. Un paciente ingresa en un hospital público con un cuadro clínico de aneurismas gigantes en ambas carótidas. El caso era de gravedad extrema y el cirujano tuvo que decidir si reducía primero el aneurisma de la carótida izquierda o el de la derecha. Optó por el de la derecha y no dio resultado, pues el paciente murió por causa de un edema y una isquemia cerebral. La elección del médico no resultó la mejor, pues es posible que el paciente hubiera sobrevivido si hubiera reducido primero el aneurisma de la carótida izquierda. Pero eso el cirujano no tenía ninguna posibilidad de saberlo cuando hizo la operación y, además, todos los dictámenes periciales y todas las opiniones de expertos coincidieron en que su proceder había sido absolutamente correcto y adecuado a la lex artis. No obstante, el Tribunal condenó y estableció la responsabilidad de la Administración, con el argumento de que la opción del cirujano, aun siendo legítima y perfectamente acorde con los estándares de profesionalidad médica, resultó a posteriori desacertada y fue una de las causas de la muerte. Vemos, pues, que la Administración es condenada pese a que su funcionario obró con absoluta corrección y sin que quepa hacerle ni el más mínimo reproche. Simplemente no tuvo suerte, le jugó el azar una mala pasada, como al paciente. Se trataba de ver quién cargaba con las consecuencias del infortunio imprevisible, si el médico (la Administración en realidad) o los herederos del paciente fallecido. Ganaron los herederos.
¿Habría sido posible una sentencia de este tenor si la operación de urgencia se hubiera practicado en un hospital privado y en ejercicio privado de la medicina? Difícilmente, pues en esos casos en España se exige culpa para que se condene a indemnizar por el daño. Sólo unas pocas sentencias han aplicado en este ámbito de la medicina privada el artículo 28 de la Ley General de Defensa de Consumidores y Usuarios para fundamentar el carácter objetivo de la responsabilidad médica. Si esto es así, cabe preguntarse por qué en las relaciones entre privados, en general, la responsabilidad por culpa sigue siendo la regla y la responsabilidad objetiva la excepción, por mucho que esas excepciones vayan aumentando de día en día. Puede que la respuesta se relacione con la idea de que la economía de la Administración no necesita de las cautelas que sí son necesarias con la economía privada, si no se quiere abocar a la ruina de las empresas privadas o al desmedido encarecimiento de sus servicios. Ahora bien, también el aumento indudable de costes que para la Administración significa la objetivación de su responsabilidad repercute en el ciudadano, en un doble sentido: en el sentido de que los recursos públicos provienen de los bolsillos de los ciudadanos y los ponemos entre todos; y en el sentido de que los medios públicos destinados a indemnizaciones a los particulares (o al pago de seguros) son medios que se detraen de la prestación de otros servicios públicos. De ahí que resurja también aquí, con nueva fuerza, la cuestión de la justicia y que debamos plantear si es más justo que sea el ciudadano el que cargue con su mala suerte cuando es perjudicado por el funcionamiento normal (no culposo) de la Administración, como contrapeso a los beneficios que normalmente obtiene de dichos servicios, o si, por el contrario, implica mayor equidad la socialización de los costes de dichos perjuicios. Pues no se debe perder de vista una diferencia decisiva: cuando la responsabilidad objetiva opera como criterio de asignación del coste de los daños entre particulares, caben justificaciones en términos de que la adscripción de responsabilidad por el daño causado sin culpa es el contrapeso de asunción de riesgos por el que realiza la correspondiente actividad potencialmente dañosa a cambio de la expectativa de beneficios; en cambio, el criterio del beneficio no puede aplicarse a la Administración, cuya prestación de servicios es puramente “altruista” y parte de su cometido definitorio al servicio de los “intereses generales” (art. 103 de la Constitución Española). La Administración pública no trabaja con la meta del beneficio económico para sí, y los beneficiados de su labor son los propios administrados, los ciudadanos. La paradoja aparece cuando esos mismos beneficiarios con carácter general reclaman que la Administración los indemnice cuando sufren perjuicio por una acción administrativa llevada a cabo con toda la legalidad, diligencia y celo que del hacer administrativo es exigible. Cabría pensar que ese pauta del beneficio como dirimente de la imputación de responsabilidad podría servir en estos casos para hacer recaer el coste del daño en el ciudadano perjudicado y no en el conjunto de la población. Pero, nuevamente, es éste un asunto dependiente de la teoría de la justicia que abracemos y, más concretamente, del modelo de ciudadano responsable y de distribución social de beneficios y cargas que en cada teoría se elabore.
Mas, ¿realmente funcionan las cosas tan al pie de la letra legal?, ¿en verdad se obliga a la Administración a indemnizar en todo caso en que el funcionamiento normal de los servicios públicos irrogue un daño a alguien? Realmente no. Pensemos en los ejemplos antes mencionados del autobús que me salpica la gabardina nueva o del numerus clausus. O veamos otro caso: me dirijo a tomar un avión que me llevará a una ciudad lejana a firmar dentro de diez horas un importantísimo contrato. Pierdo el avión por causa de un atasco monumental en las calles de la ciudad y pese a que he salido de mi casa con un margen de tiempo más que razonable, excesivo incluso. No llego a tiempo para firmar ese contrato y se lo lleva un competidor, de modo que pierdo la gran oportunidad de mi vida económica. Resulta que la razón del gran embotellamiento parece ser una avería en el sistema semafórico de la ciudad, unida a que la policía municipal no contaba con personal suficiente para regular la circulación en los cruces más difíciles y a que tampoco supo la municipalidad reaccionar a tiempo para establecer vías alternativas u otras soluciones. Y añadámosle al caso que esa avería no es muy sorprendente, pues el sistema de control de los semáforos va necesitando una renovación. ¿Obtendría yo indemnización de la Administración municipal por el daño que he sufrido? Me parece dudoso y basta pensar en la lluvia de reclamaciones que se interpondrían después de cada atasco, pues siempre la Administración pudo haber construido calles más anchas o pasos elevados en cada cruce, o siempre pudo haberse procurado más personal a su servicio para esos eventos. Si el criterio es que la Administración pudo haber evitado los daños con una gestión más adecuada, ese criterio operará siempre y no hay daño que no hubiera podido haberse evitado, salvo en los casos de verdadera y genuina fuerza mayor. Es decir, casi todos mis daños puedo cargárselos, por activa o por pasiva, a la Administración.
En la práctica no ocurre así, pese al declarado carácter objetivo de la responsabilidad administrativa, gracias a que en realidad los tribunales recortan tal carácter a base de pautas sentadas ad casum. Pero una jurisprudencia casuística es suprema fuente de injusticia, por serlo de desigualdad de trato. Y en esas estamos.

5. Otras desgracias.
La mala fortuna acecha de muchas maneras. Estamos expuestos a que un día nos dañe un terremoto, un huracán, una sequía grave, una inundación, cualquier fenómeno imprevisto de la pura naturaleza. ¿Deben las víctimas conformarse con su suerte o se han de poner en marcha reparaciones materiales y económicas por cuenta del Estado, que es tanto como decir de la sociedad en su conjunto? Este ha sido un tema tradicionalmente confiado a la caridad privada, al ejercicio de la solidaridad humana no mediada ni impuesta por el Estado. De hecho, cuando desastres de ese calibre se producen suelen muchas personas volcarse en el ofrecimiento de ayuda material y económica a sus expensas directas. Más aún, en nuestro tiempo las ONGs se han convertido en la vía por antonomasia para la canalización de esa solidaridad social que antes se llamaba caridad. Sin embargo, también es común que los Estados destinen importantes partidas económicas para aliviar las pérdidas de las víctimas. Cuando tal ocurre podemos decir que pagamos todos y no únicamente los que voluntariamente quieren hacerlo.
Pocos discutirán tales prácticas públicas, si no es al precio de argumentos tan rebuscados, perversos incluso, como que cada cual debe correr con su destino, ya que todo lo que a alguien le ocurre es resultado de un designio superior que no se debe combatir; o que en mano de cada uno está precaverse también de las fatalidades, por ejemplo evitando vivir en zonas sísmicas o en las proximidades de los ríos que puedan desbordarse. Sea como sea, estamos ante un nuevo campo de posible enfrentamiento entre quienes entienden la sociedad en clave radicalmente individualista, como agrupación de individuos movidos únicamente por su estricto interés personal y que asumen su destino como parte de su aventura vital, y quienes conciben el pacto social como engendrador de solidaridad forzosa ante las desgracias que a cualquiera pueden afectar.
Hay Estados, como el español, que prevén que esa solidaridad pública se plasme también en compensaciones públicas por los daños derivados de ciertos delitos, como los de terrorismo (Ley 32/1999, de 8 de octubre) o delitos violentos y contra la libertad sexual (Ley 35/1995, de 11 de diciembre). La Exposición de Motivos de esta Ley justifica esas medidas del siguiente modo: “Desde hace ya bastantes años la ciencia penal pone su atención en la persona de la víctima, reclamando una intervención positiva del Estado dirigida a restaurar la situación en que se encontraba antes de padecer el delito o al menos a paliar los efectos que el delito ha producido sobre ella.En el caso de los delitos violentos, las víctimas sufren, además, las consecuencias de una alteración grave e imprevista de su vida habitual, evaluable en términos económicos. En el supuesto de que la víctima haya sufrido lesiones corporales graves, la pérdida de ingresos y la necesidad de afrontar gastos extraordinarios acentúan los perjuicios del propio hecho delictivo. Si se ha producido la muerte, las personas dependientes del fallecido se ven abocadas a situaciones de dificultad económica, a menudo severa. Estas consecuencias económicas del delito golpean con especial dureza a las capas sociales más desfavorecidas y a las personas con mayores dificultades para insertarse plenamente en el tejido laboral y social”. Y seguidamente aclara que no se trata de prestar “indemnizaciones”, sino de “ayudas públicas”[1]. Nos hemos alejado ya por completo de los resortes de la responsabilidad del Estado y éste se proclama mero instrumento de una solidaridad social, solidaridad congruente con los mandatos constitucionales. Nuevamente se toman recursos sociales para proporcionar ayuda a las víctimas de ciertas desgracias, éstas no naturales, sino provocadas por la conducta dañina y dolosa de terceros; esto es, el valor económico de esos daños se socializa.
¿Qué casos debe cubrir esa solidaridad? Habrá quienes digan que ninguno, otra vez desde la idea de que el precio de la convivencia social en libertad y pluralismo es el riesgo de padecer agresiones de otros. Serían los riesgos generales de la vida social y deberían correr por cuenta de cada uno. Los que admitan ese manejo público de la solidaridad se verán forzados a plantear cuáles tienen que ser sus límites, donde se hace el corte, pues la garantía social frente a cualquier daño de una víctima inocente, incluso frente a cualquier víctima de un delito, resulta económicamente inviable, conduciría al colapso del propio Estado. De esto es consciente el legislador cuando en la Exposición de Motivos de la Ley últimamente citada se recuerda que ésta prevé ayudas económicas sólo para ese tipo de delitos dolosos, intencionadamente cometidos, pues extenderlas a los casos de comisión por imprudencia sería económicamente inviable[2] . Al estipular estas ayudas solamente para las víctimas de los delitos (dolosos) violentos cuyo resultado sea muerte, lesiones corporales graves o daños graves en la salud física y mental (art. 1.1), así como para “las víctimas de los delitos contra la libertad sexual aun cuando éstos se perpetraran sin violencia” (art. 2.1), está el poder político español estableciendo la jerarquía de los que considera supremos y más valiosos bienes de una persona: la vida, la integridad física, la salud física y mental y la libertad sexual. Y de esa forma volvemos al terreno de lo que se puede debatir desde distintas concepciones de la teoría justicia y de la teoría ética.

6. ¿Y la desgracia de ser pobre?
Con este último punto retornamos al principio, para interrogarnos sobre si debe el Estado prestar asistencia especial, a costa de los contribuyentes, a aquellas personas que, por las razones que sean, se encuentran en la indigencia, agravada a veces por razones de vejez, cargas familiares, etc. Expresado del modo más claro y brutal, ¿debe recibir la solidaridad pública alguien que no ha sido capaz o no ha querido procurarse los medios para una vida digna, incluso en la vejez, o que no ha gobernado su vida con cálculo suficiente para, por ejemplo, no engendrar más hijos que los que pueda alimentar? No será necesario repetir aquí los debates aludidos en los primeros apartados de este escrito. Baste recordar, meramente, que individualistas radicales e igualitaristas volverán a enfrentarse en este punto.
Muy difícilmente podrá una norma legal discernir entre quienes se hallan en situación de penuria porque sus circunstancias no les permitieron otra cosa, porque han sido víctimas de una suerte adversa o porque, sin más, no se animaron al trabajo y el esfuerzo. Así que las soluciones, si ha de haberlas, tendrán que ser generales, para todo el que esté bajo el grado de necesidad que se determine.
La universalización de ciertos servicios públicos esenciales, como educación o seguridad social, es una primera y clara manifestación del propósito de que la satisfacción de ciertas necesidades básicas no quede al albur del destino o la suerte de cada cual. Más allá, en Europa son muchos los Estados que establecen pensiones no contributivas para quienes se encuentren en situaciones de grave carencia, en la idea de que la más básica de las necesidades es la de contar con alimento y techo y de que debe ser el erario público el cauce para que todos disfruten de esos mínimos. Y en muchos países con fuerte desarrollo económico se está discutiendo con vehemencia la propuesta de instaurar una renta básica universal, una paga mínima que el Estado entregaría periódicamente a todo ciudadano por el mero hecho de tal y sea cual sea su situación personal y económica. Como se puede imaginar, la discusión es enconada, pues donde muchos ven la culminación de un Estado social y redistributivo, juzgan otros que tales rentas contradicen frontalmente los fundamentos de las políticas sociales y la justicia distributiva, pues no disciernen entre situaciones de necesidad y situaciones de bienestar y tratan igualmente a los desiguales, a costa del peculio común.
[1] “El concepto legal de ayudas públicas contemplado en esta Ley debe distinguirse de figuras afines y, señaladamente, de la indemnización. No cabe admitir que la prestación económica que el Estado asume sea una indemnización ya que éste no puede asumir sustitutoriamente las indemnizaciones debidas por el culpable del delito ni, desde otra perspectiva, es razonable incluir el daño moral provocado por el delito. La Ley, por el contrario, se construye sobre el concepto de ayudas públicas -plenamente recogido en nuestro Ordenamiento- referido directamente al principio de solidaridad en que se inspira”.
[2] “La presente Ley contempla los delitos violentos y dolosos cometidos en España. El concepto de dolo excluye de entrada los delitos de imprudencia cuya admisión haría inviable económicamente esta iniciativa legislativa”.

10 enero, 2007

Otra de lógica. Sobre razonamientos a fortiori.

A este Zapatero le encanta viajar, está claro. Y de los desvelos de la política nacional se desquita mimando la internacional. Está a punto de ingresar en el selecto grupo de los líderes mundiales cuya voz se escucha y se toma en serio en los países de más peso y en los foros más decisivos.
Le apasiona viajar, pero a la mínima suspende un viaje. La primera vez, cuando lo de Polonia, se quedó todo el mundo de una pieza. Para colmo, se adujo que es que andaba cansado, el hombre. Así que aprendió y ya sólo los anula cuando hay manera de montar una disculpa un poco aparente. Para eso vienen bien las desgracias. Allá por julio pasado dejó a medias un viaje a la India por el accidente del metro en Valencia. Ahora mismo acaba de posponer sin fecha el viaje que tenía previsto la semana que viene a Japón. Hasta uno a Murcia se piró el otro día. Claro, el hombre lo tiene complicado, qué le vamos a hacer. El Congreso podía haberle dicho que hablara el próximo viernes en él, pero no, le coloca la sesión el lunes, mecachis. También podría él haber aplazado un día el viaje a Japón, pero, total, ya puestos, te lo cargas entero y quedas en casa por si ocurre algo por aquí.
Ah, usted, amigo lector, pillín, pillín, que ya sé lo que me va a decir, que sí. Que me va a preguntar si prefiero que ande el Presidente lejos de su puesto y viajando mientras aquí ocurren cosas muy graves. Pues no, lo que a mí me preocupa es la lógica. Sigo como ayer.
Pongámonos didácticos, aunque maldita la falta que hace. Suponga que mi casa se está inundando, me llaman y yo suspendo y aplazo la firma de un negocio que acababa de cerrar, para salir corriendo para allá. ¿Suspendería también una intrascendente partida de cartas con los amigotes en un caso así? Pues aplicando un elemental razonamiento a fortiori cualquiera diría: si a este hombre su casa le importa más que un buen negocio, a mayor razón le importará más su casa que una partida intrascendente de cartas. Si luego resulta que no es así y que lo de las cartas no lo abandono por la casa, no es que el razonamiento de usted fuera erróneo, es que el anormal soy yo; o el que no razona según una lógica estándar, digamos.
Bueno, pues ahora veamos con qué razonamientos se organiza Zapi: puede ahora, diez días después del atentado de ETA, suspender su viaje a Japón, pero no pudo en los tres días que siguieron al atentado dejar sus vacaciones en Doñana. Y pregunto: si en lugar de estar descansando en doñana hubiera estado trabajando en Japón, ¿habría abandonado el viaje y se habría venido para acá? Respuesta: sí, porque tenía una disculpa bárbara para no andar por ahí con esos tipos amarillos que hasta hablan inglés, los muy taimados.
Un servidor, que no tiene nada de la genialidad de nuestro Presidente, prefiere cosas más normalitas y previsibles: que no se vaya de viaje Zapatero cuando aquí las cosas están complicadas, pero que tampoco se tome vacaciones esos días precisamente. ¿Vale?

Savater sobre los límites de la paz.

Será cuestión de gustos y de opiniones, claro que sí, pero los argumentos de Savater en estos temas de terrorismos, nacionalismos y asesinatos me suelen parecer apabullantes. Su artículo de hoy en El País lo considero ejemplar, valiente y atrevido hasta el vértigo. No hay por qué estar de acuerdo con todo lo que dice, pero es difícil librarse con palabritas de preguntas como la de en cuántos pueblos del País Vasco, su tierra, le está vedado a él comprarse una casita en el campo o pasarse una temporada. Y el que responda que puede en todos, si lleva escolta bastante o deja de molestar, es casi tan miserable o tan enfermo como los etarras. Será quien así hable parte destacada de eso tan de aquí y tan de ahora que Savater nombra ejemplarmente: el izquierdismo más obtuso y falsario de Europa.
Bueno, aquí copio el artículo. Que lo disfruten las gentes de buena voluntad.
Los límites de la paz. Por Fernando Savater.
"Hace unas semanas, José Blanco acuñó un apotegma taoísta: "Los que no saben, hablan, y los que saben, callan". Bueno, a partir del 30 de diciembre ya quedó claro en cuál de las dos categorías hay que apuntar al Presidente del Gobierno. Aunque la calificación puede extenderse -y con agravantes- a la pléyade de expertos en el asentimiento y el hosanna que se han apiñado últimamente para "asesorar" al prócer en lo tocante al fementido "proceso de paz". Rodeado de tantos empeñados en dar jabón, no es raro que el hombre haya resbalado. Y aún se les oye tocar el tambor a los más obstinados, como a los conejitos de las pilas incansables, llamando al somatén contra el PP, que no apoyó al Gobierno en su confusa aventura. Por cierto que no aclaran lo que hubiéramos ganado si la oposición hubiera brindado en este punto su adhesión inquebrantable al Ejecutivo, salvo que tras el atentado de Barajas se les habría quedado cara de tontos a dos líderes en lugar de sólo a uno. Seguir a estas alturas tratando de culpabilizar a los críticos de Zapatero en nombre de lo que hizo o dejó de hacer Aznar es cubrirse de ridículo, cuando no de alguna sustancia aún más fétida. Pero no cejan porque cuando se les acaba el sectarismo se les agotan las ideas. Incluso hay algún caradura ignorante que sigue llamando "enemigos del proceso de paz" a quienes hicieron desde el primer día las reservas y advertencias que luego se han revelado tan dolorosamente pertinentes.
Sin embargo, tampoco saldremos de pobres con quienes no cesan de bailar la danza de los siete velos pidiendo la cabeza del frustrado Pacificador. Convendría recordar, en cambio, su afirmación más errónea y reveladora: "Hoy estamos mejor que hace un año". Ningún no nacionalista residente en el País Vasco habría suscrito semejante aseveración. Y no sólo por la intensificación de la kale borroka, sino por el regreso de constantes formas de intimidación personal (incluso contra gente moderada del PNV), vuelta a las pintadas y ocupación de espacios públicos por panegíricos del terrorismo, etcétera. Pero también por la perpetuación de una situación de acoso a cuanto no recibe el euskolabel nacionalista en la cultura, la educación, la universidad, los festejos públicos... Si las cosas hubieran realmente mejorado, la gente menos adicta al régimen no seguiría marchándose y los partidos constitucionales no tendrían cada vez más problemas para encontrar voluntarios para las listas electorales. Los aspectos cotidianos que no chorrean sangre pueden hacer también la vida insoportable o humillante para los menos dóciles. Uno se pregunta: ¿en cuántas localidades de mi tierra me está vedado comprarme una casita en el campo o ni siquiera irme a pasar una temporada? Pongo la ETB: aparece uno de los concursos más populares, Date el bote. Cada uno de los participantes se presenta a sí mismo con una breve cancioncilla y a mí me toca el que canta "ya no se puede ir a los bares a potear tranquilo, están llenos de policías, a ver si los mandamos a todos a Jamaica". Risitas, es lo normal. Luego el programa de debate Políticamente incorrecto, en el que aparecen en sobreimpresión mensajes de los telespectadores: "Los españoles son los terroristas, etcétera". Y si tropiezo con la retransmisión de la gran competición de bertsolaris en el palacio Euskalduna, ni cuento los loores a De Juana Chaos y similares que tendré que ver en pancarta y soportar en verso. La lista es interminable, pero por lo visto sólo interesa a quienes vivimos allí.
Y es que se está confundiendo desde comienzos del llamado "proceso" la paz con la tranquilidad. La paz es la Constitución, el Estado de derecho, los estatutos aprobados según las normas legales y los códigos penales y civiles que se aplican por igual a todos los ciudadanos españoles. Esa paz no pueden darla acuerdos subrepticios con los terroristas, ni con sus portavoces o servicios auxiliares ni con quienes se aprovechan del clima de intimidación para sacar adelante sus proyectos políticos presentados como derechos inamovibles e inalienables. Pero, en cambio, la tranquilidad (que viene de tranca, según nos decían de pequeños) sí es algo que los mafiosos pueden alterar o restituir. Lo que no tenemos desde hace décadas en el País Vasco es tranquilidad: y los más intranquilos de todos estamos quienes hemos luchado por mantener la paz y las libertades constitucionales. También en el resto de España el terrorismo ha sabido alterar criminalmente la tranquilidad de los ciudadanos, tomándoles como rehenes para conseguir sus objetivos en Euskadi. Y lo que ahora ETA y quienes la secundan han ofrecido desde un comienzo al Gobierno no es sino la restauración de la tranquilidad a cambio de modificar la paz constitucional al modo que a ellos les parezca más conveniente. Es decir, aumentando la hegemonía nacionalista y blindándola respecto a futuras intervenciones del Estado español, llámesele a eso independencia o de cualquierotra fórmula transitoria menos provocativa. Por ello tenía que haber una segunda mesa estrictamente política, en la cual figurarían los hasta ayer ilegales junto con los nacionalistas legales que han prosperado durante estos años bajo la sombra del terrorismo y también los no nacionalistas que allí firmarían su acatamiento al nuevo orden que les relegaba a un papel secundario... pero eso sí, mucho más tranquilo. Éste es el fondo del asunto y esto es lo que está en juego: sobre esto es sobre lo que se pretende que haya ese "diálogo" al cual los nacionalistas no quieren como es lógico renunciar (aunque bastantes de ellos deploren ahora los modos y el apresuramiento de los etarras, que pueden echarlo todo a perder con su exceso de celo: por eso dice Egibar que el ciclo de la violencia está "agotado").
Y ahora ¿qué nos espera? Pues más de lo mismo, pero agravado. Josu Jon Imaz se ha convertido en la gran esperanza blanca de los que quieren a toda costa tranquilizarse asegurando que el PNV ya es más leal a la legalidad constitucional que la Vieja Guardia a Napoleón. No dudo de la buena intención de Imaz ni de muchos de sus correligionarios que le apoyan, pero los que mandan de veras son Ibarretxe, Urkullu, Egibar, Azkarraga y el resto de los convocantes de la manifestación del sábado, en la que los socialistas vascos harán el papel de mamelucos (Patxi López dice que irán porque no quiere que se repita la desunión vergonzosa de las honras fúnebres de Fernando Buesa... ¡como si de lo que ocurrió entonces hubieran tenido la culpa los socialistas!). Y luego vendrán las elecciones municipales. No sé si Batasuna logrará presentarse a ellas con uno u otro nombre, pero en cualquier caso -como siempre- los verdaderamente ilegales serán socialistas y populares, que no encontrarán gente para sus listas, no podrán hacer campaña electoral con la libertad de los demás, etcétera. Consecuencia: mayoría ampliada de los de siempre y viva el tripartito. Ibarretxe seguirá plan en ristre y dirá que más que nunca es necesaria una consulta popular porque los asuntos de los vascos los tenemos que resolver "los de aquí". Continuará la intimidación callejera y quizá también los asesinatos. Y mucha gente de la que aún no se ha ido pensará que con tal de alcanzar por fin cierta tranquilidad cualquier concesión parece razonable...
Sí, hay que hacer algo, claro que hay que hacer algo. Por supuesto, recuperar el Pacto Antiterrorista, sobre todo en su preámbulo, que condenaba el nacionalismo obligatorio estilo Lizarra (luego plan Ibarretxe) como precio al cese del terror. Pero es hora de ir decididamente más allá. Del famoso "proceso" queda en pie una frase que Zapatero repitió varias veces: primero el final de la violencia, luego la política. A lo largo de todos estos años hemos intentado hacer política en el País Vasco a pesar de la violencia y de su permanente adulteración de la voluntad ciudadana intimidada. Pero puede que el Presidente tenga razón y que debamos tomar su fórmula al pie de la letra. Es hora de que los constitucionalistas nos neguemos a participar en el juego político mientras dure el terrorismo. No más elecciones, no más fingimiento de que se puede ser normal en plena anormalidad y de que quienes sacan ventaja de la situación la padecen tanto como sus víctimas directas. La autonomía no puede beneficiar sólo a unos, no es un derecho divino sin contrapartidas ni obligaciones con el Estado. Ya que tanto se invoca el caso irlandés en otras ocasiones, podemos recordar que Blair no ha vacilado en suspender la autonomía mientras no se daban las condiciones políticas y la aceptación de la legalidad necesarias para la convivencia. La pervivencia del terrorismo y de quienes no lo condenan (o lo apoyan) y lo rentabilizan crea una situación excepcional que es preciso encarar con medios políticos excepcionales si queremos alguna vez romper el círculo diabólico en el que estamos metidos. Me parece que todos los ciudadanos que no esperan ventajas directas o indirectas de la coacción etarra o de la subasta política de su liquidación condicional pueden comprender, aceptar y apoyar estas medidas clarificadoras.
Un último recuerdo para nuestros hermanos de Ecuador, que vinieron a España con su esfuerzo y sacrificio para labrarse un futuro, colaborando al desarrollo de nuestro país (como la inmensa mayoría de los inmigrantes, conviene recordarlo), y murieron víctimas de un terrorismo en el que los ricos asesinan a los humildes en nombre de ideales xenófobos y retrógrados, a menudo con la comprensión política -cuando no con la complicidad- del izquierdismo más obtuso y falsario de Europa".

09 enero, 2007

Lógicas y semánticas.

Este país nuestro ya no lo entiende ni la madre que lo fundó. Y digo país para usar una expresión lo más neutra posible, aunque no estoy muy seguro de que ésta sirva para tal propósito. Nación al parecer no somos, sino nación de naciones o putiferio conceptual parecido. Si somos Estado tal vez sea peor, pues voy viendo aquí y allá y por lo que me dicen algunos buenos amigos en el blog que somos un Estado asesino y torturador que casi está en el mismo nivel de infamia que un grupo terrorista, por lo que no conviene meterse con los asesinos sin hacer la salvedad de que el Estado también es horrible, matón y abusica. Vale, pues me pongo a buscar manuales de Ciencia Política, Ética, Teoría del Estado y fabricación de bombas para ver si me aclaro, pues está visto que en lugar de cerebro llevo puesta una manta de Palencia.
Mañana llegaré a mis clases y no sabré por dónde empezar. A lo mejor propongo que se cierre la Facultad hasta que sepamos si lo que en ella se explica es Derecho de un Estado de Derecho o la lista de la compra de una casa de putas. Si no me aceptan la propuesta, siempre me quedará disertar sobre los atentados contra la ecología en la selva amazónica, y así los estudiantes se van haciendo una idea de lo que la justicia requiere del ciudadano moderno. Desde luego, lo que no voy a hacer es explicar las reglas de la lógica y el razonamiento, pues resulta obvio que han sido derogadas. Tengo que preguntar si se trata de derogación tácita o si alguna norma, puede que consuetudinaria, se las ha cargado por las buenas. Pero regir, no rigen, eso seguro.
Porque veamos. Basta asomarse a los periódicos electrónicos esta misma tarde. Sin orujo o algún brebaje igual de potente no se entiende nada. Habrá que probar si entre vapores etílicos el panorama se aclara y somos capaces de dar con la regla oculta que gobierna todo este desbarajuste mental, político, moral y de todo. Repasemos, de momento sobrios, aunque me he puesto una música de Astor Piazzola para ir abriendo boca.
1. ETA ha enviado su esperadísimo comunicado, en el cual a) reconoce que es la autora del atentado de Barajas, b) dice que se mantiene vigente en el alto el fuego permanente (y tiro -en la nuca- porque me lleva la corriente), y c) amenaza con realizar más atentados si continúan los ataques del Estado a Euskal Herria y a la izquierda abertzale. Así que tranquilos. Es que ellos o bien entienden de otra manera la permanencia de lo permanente o bien consideran que no ha habido fuego en Barajas. Lógico.
2. ETA dice en su comunicado que ha puesto la bomba porque el Gobierno “ha incumplido sus compromisos de alto el fuego”. ¿Se puede saber de una maldita vez qué compromisos son ésos? Mi inclinación natural es a pensar que ETA se lo inventa todo, hasta los supuestos compromisos del Gobierno. Pero como últimamente todo el mundo me insiste en que ETA no miente, no engaña, cumple y tiene más palabra que el Gobierno, voy a tener que creerme que sí había dichos compromisos, con lo que paso a preguntarme cuáles eran y por qué no se cumplieron. Bueno, sobre esto último ya sé la respuesta: por culpa del PP. En cuyo caso volvemos a lo de siempre: por qué no se pactaron esos compromisos con el PP. También me sé la contestación: porque con el PP no hay quien pacte nada. Bueno, pues será eso. Pero si el pacto era imprescindible para poder cumplir los compromisos, ¿por qué se comprometió el Gobierno con ETA –si es que lo hizo- sin pactar? Qué lío.
3. Zapatero declara hoy mismo que España “vivirá sin asesinatos y sin bombas”. No dice cuándo. Tampoco aclara si sólo se van a terminar los asesinatos de los etarras o también los que, al parecer, comete el Estado un día sí y otro también.
4. Rubalcaba manifiesta que “nunca más habrá otra tregua creíble con ETA” y que ETA "tiene una lógica diferente, una lógica asesina, psicopática”. Mira, en eso de la lógica ha estado acertado. Pero en lo de la psicopatía que vaya con cuidado, pues a mí, modestamente, me regañan los amigos por llamar psicópatas a los terroristas. A lo mejor a Rubalcaba se lo permiten.
Juntamos lo afirmado por Zapatero y por Rubalcaba y nos sale esto: que si España va a vivir sin asesinatos y sin bombas y si resulta que las próximas treguas no van a ser creíbles y no se les va a hacer caso (¿no acaba de decir ETA que la tregua sigue y no se ha interrumpido?, ¿si es la misma tregua de antes sí le hacemos caso?), habrá que pensar que esa paz sin bombas o se va a alcanzar negociando sin tregua (o sin creérsela) o se va a lograr sin negociar. ¿O estoy aplicando la lógica de toda la vida, recientemente derogada? No me aclaro y sólo me vienen preguntas, como ésta: ¿Zapatero y Rubalcaba comentan el asunto entre sí y están de acuerdo en el plan y los principios, los que sean, o va cada uno por libre y dice lo que buenamente se le ocurre en cada momento? ¿Se han parado a pensar que al pueblo llano le están montando en la cabeza una empanada de tomo y lomo, o es que se trata de sembrar el desconcierto a posta? No sé qué prefiero, la verdad.
5. La lógica se nos perdió, pero la semántica está poderosa y mandona. Ibarretxe convoca una manifestación por la paz y el diálogo. El PP no va porque no le gusta la palabra diálogo ahí. Al PSOE tampoco le gusta, pero va. Sin embargo, con quien el PSOE quiere pactar es con el PP y el PP quiere un pacto con el PSOE. No se los permite la semántica, mira qué lástima.
Más vueltas con las palabras. Los sindicatos y las asociaciones de ecuatorianos convocan una manifestación en Madrid. Primero el lema iba a ser “Por la paz y contra el terrorismo”. Van los ecuatorianos, manipulados por el PP, seguro, y proponen este otro: “Por la paz, la libertad, contra el terrorismo”. Y volvemos a liarla por un quítame allá esa palabreja. UGT dice que lo de la libertad sobra y que nanai. ¿Por qué molesta la palabra libertad ahí? No se me alcanza, estoy obtuso. A todo esto, el PP todavía no sabe si ir o no ir a esa manifestación; a lo mejor depende de la palabrita de marras. O quizá estén esperando a que convoque una manifa la Conferencia Episcopal y entonces sí van.
Todo esto, TODO, es INSOPORTABLE. Iba a añadir que basta ya, pero a lo mejor la liamos más con esa expresión. La única extrañeza que se me ha ido es la de por qué los ciudadanos no salen a la calle a protestar en condiciones contra el terrorismo etarra. Ahora ya me imagino por qué: estamos analizando las palabras, no vayamos a joder la marrana por cantar lo que no se debe. Yo propongo un lema: etarras, si no sois buenos, no os traerán nada los reyes la próxima vez. ¿Vale así?

08 enero, 2007

Nuestras miserias

Mi muy apreciado ATMC, en un comentario, sagaz y sugerente como todos los suyos y que por ahí abajo le respondo en lo posible, me reprochaba amablemente mi lenguaje a menudo excesivo y de subido tono, especialmente cuando me refiero a personajes de la calaña de los etarras y de los que les bailan en agua. Apelaba él, con loable criterio que cumple en lo que puede, a que empleemos en estos juicios y debates un tono más acorde con la fría razón argumental y menos rehén de las emociones. Tendrá razón, no digo que no; o, al menos, dignas de seria consideración son sus razones. En mi descargo, si necesidad hubiera de tal, diré que me mueve no sólo una mala leche innata (la nata de la leche, como si dijéramos; otros la prefieren desnatada), sino también un propósito reequilibrador, tal vez ingenuo y desenfocado, que es lo que pretendo explicar con un poquillo de detenimiento. No me refiero a que debamos igualarnos a los salvajes que llaman constantemente facha y perro al que cuestione sus quiméricas metafísicas nacionales o reproche las prácticas asesinas de los gudaris viles, sino a que está haciendo mucha falta, creo, ponerle límites a los excesos de la tolerancia y a la obsesión por la equidistancia que aqueja a muchos ciudadanos de buena voluntad y quizá escasa reflexión. Equidistancia que acaba siendo falsa y tramposa, mera pose inducida por prejuicios de difícil cura, si es que no estoy muy errado.
Pondré unos pocos ejemplos. Hoy recibí la revista de una ONG de la que soy socio y a la que cotizo regularmente. No la tengo a mano en este momento y no puedo hacer cita literal del texto que me enfadó, pero trato de reproducir fielmente su sustancia. Tiene fecha anterior al atentado del 30-D e insiste en que es muy importante y fructífero el diálogo entre el Estado y ETA para acabar con el terrorismo. Hasta ahí bien, es perfectamente respetable la postura. Pero a continuación el escrito hace una llamada a las dos partes para que respeten los derechos humanos, los terroristas dejando de matar o secuestrar y el Estado dejando de torturar o velando más seriamente por los derechos de los presos etarras. Impoluta equidistancia... aparente, que esconde una falaz igualación de lo desigual. Una vela a dios y otra al diablo y todos contentos. Pues no. Yo también puedo estar echándole la bronca a un etarra y ,si está delante mi tío Herminio (ya sólo me queda éste), aprovechar y soltarle a éste que cuidadín él también y que a ver si no hace fechorías. Y alguna habrá hecho o se le ocurrirá, por qué no, pero de ahí a compararlo con el otro y decir que vale por igual para ambos el mismo apercibimiento, va un trecho largo, pues mi tío a nadie a matado ni secuestrado ni extorsionado.
Bien está insistir en que el Estado se mantenga en la escrupulosa legalidad y controle férreamente cualquier exceso de sus cuerpos de seguridad o en sus prisiones. Pero, hombre, comparar y asimilar así por las buenas no me parece ni justo ni la manera mejor de defender los derechos humanos, precisamente. A día de hoy, e insisto, hoy, lanzar idénticas admoniciones a una banda de asesinos y al Estado español, que se supone que queda por Estado asesino, poco más o menos, me parece que es pasarse siete pueblos y medio y dar justificación a los que matan por la espalda. Un servidor se va a dar de baja inmediatamente en esa ONG y a destinar esos dinerillos a otros que hagan algo más que poner posturitas cómodas y guardarse el culo por si pintan bastos.
Otro ejemplo. Tengo un viejo amigo que gusta de presentarse a sí mismo como activista de los derechos humanos. Fue ciertamente muy activo, pongamos por caso, en el envío de correos electrónicos contra Bush y la guerra de Irak. Nada que objetar. Cada semana envía algún e-mail metiéndose duramente con la Casa Real. El último fue para mostrar indignación por la manía que tiene el Rey este de andar por el mundo matando osos y haciendo el idem. Nada que objetar, absolutamente nada. Pero, carajo, nunca manda un mensaje de similar lamentación o reproche cuando un etarra caza por la espalda a algún ciudadano. Estoy esperando pacientemente que diga algo, desde su comprometido activismo, contra los que pusieron la bomba en la T4 y se llevaron por delante a los dos ecuatorianos, que no eran osos precisamente. ¿Es peor el Rey que Txapote? Supongo que ese amigo no lo creerá así, pero tampoco le costaría tanto un mensajito contra el último cuando venga a cuento, digo yo. ¿Cobardía porque el Rey mata osos pero no activistas de los derechos humanos, mientras que los otros dejan en paz a los osos pero se cargan gente? Puede ser que algo de eso haya. ¿Estrabismo moral? Seguramente también. Arreglados estamos con los que defienden nuestros derechos.
La mayor parte de mis amigos politizados no entrarían ni a rastras en un bar de cabezas rapadas y neonazis. Yo tampoco. Pero se pueden tomar un chato tan tranquilos en una herrikotaberna, riéndoles las gracias a los zoquetes de turno y con cara pensar eso de hacen mal, pero no son malos chicos, son izquierdistas que simplemente se equivocan de estrategia y se propasan. Muchos de esos que repiten la palabra facha ochocientas veces para referirse a Acebes o Zaplana, a Rajoy incluso, se cargan de eufemismos y miramientos para hablar de los batasunos. ¿Miopía? ¿Prejuicio? ¿Miedo? Mucho morro, en cualquier caso. Y no porque Acebes, Zaplana o Rajoy no merezcan mil críticas y no tengan lo suyo. Pero esa manera de quedarse calladitos cuando toca calificar a Otegui, Permach o Barrena (o De Juana, si lo queremos más grave) da que pensar. ¿Qué dirían, entonces, de Acebes, si éste se convirtiese en poco menos que portavoz de un grupo terrorista de extrema derecha y se negase a condenar sus bombas y asesinatos? ¿Y por qué no se enojan lo mismo y tan a menudo con los de ETA o su brazo político? Sólo se me ocurren las mismas respuestas: o son unos cobardes redomados, o en el fondo no juzgan que valgan lo mismo los derechos humanos de todos los humanos ni sienten idéntico aprecio por todas las víctimas. O se creen que a ETA y Batasuna hay que disculparlos más, porque son de izquierdas. Que manda cataplines –miren qué cuidadoso ando hoy con el léxico- que alguien con dos dedos de frente y un par de lecturas pueda creer a estas alturas de la película que eso es izquierda.
¿Qué nos está pasando? Uno, ingenuo, se pensaba que si ETA volvía a matar saldríamos en masa a las calles a condenarlos y gritarles que son unos malditos miserables. Pues no, las reacciones han sido de lo más leve. ¿Porque fueron ecuatorianos los muertos? ¿Porque estábamos de compras navideñas? ¿Porque nos enfangamos otra vez en si los atentados benefician más a este partido o el otro? Que gran pena.
Parecía que era sólida y mayoritaria la disposición de la gente para el nunca mais, la intolerancia frente a los bárbaros, más allá de que discrepáramos sobre si la negociación podía ser la salida y a qué precio. Pero no, se nos ha contagiado la mezquindaz de los partidos políticos, el estilo de esta peste de dirigentes que tiene la moral de los alacranes y la estatura de las ladillas (ojito, que se me va la mano. Me refreno ipso facto).
Y a lo que iba. Tenemos que perder el miedo a las palabras, convendría que venciéramos esos prejuicios que no nos dejan calificar con la mayor contundencia a los asesinos más rastreros. Cuando yo digo que un terrorista de esa calaña es un comemierda no me estoy equiparando a él, pues ni lo mato ni pretendo que se le vulnere ni uno sólo de sus derechos constitucionales, simplemente expreso mi rechazo moral, mi condena de ciudadano, que se quiere honesto y noble, ante la más inmoral de las conductas: la del que mata por la espalda a personas que nada malo le han hecho, la del que aprueba tales acciones, la del que no las condena porque no le estomagan y la del timorato que se tienta la ropa y prefiere reservar toda su indignación para Bush porque está lejos y no le va a enviar a casa o al coche a sus matones.
El día que la parte mayor de los ciudadanos compartamos esos principios morales que son el mínimo de una sociedad decente y que nos atrevamos a expresarlos pacíficamente, pero bien alto; el día que nos dejemos de eufemismos y llamemos a cada cosa por su nombre; el día que no nos dediquemos a calcular si este o aquel atentado convienen más a uno u otro de los dos grandes partidos cuyos programas y prácticas reales apenas se diferencian, ese día ETA se acaba. Pero queda largo trecho, por lo que parece. Mientras seamos tan correctos, tan temerosos de molestar a cualquiera que no esté a un océano de distancia, tan púdicos y tan comprensivos, estaremos alimentando, nosotros, a esos degenerados de la bomba en ristre que se nutren de lo peor; de lo peor de todos nosotros.