06 junio, 2009

Derecho penal entretenido y bien explicado.

Vean este post de Jacobo Dopico, penalista de pro, debatidor aguerrido y buen amigo de un servidor y de este blog. Se titula Sexo, mentiras y fraudes de crédito (I). Lean, aprendan, disfruten y quédense, como yo, esperando la continuación.
Ay, si el Derecho se explicara siempre así...

05 junio, 2009

Berlusconi y los mirones

Vaya por delante que mis simpatías por Berlusconi son nulas. Sólo estoy atento a sus cosas porque me parece que es un auténtico precursor y que la democracia (es un decir) en muchos países, como el nuestro, va e irá cada vez más por la senda que don Silvio traza con mano segura y sucia. Su descaro, su capacidad para mentir, su manera de tomar por tontos a los tontos que lo votan son el modelo que siguen, deliberadamente o porque les sale así, otros que yo me sé.
Dicho lo cual, vamos con lo de las fotos que publica hoy El País, pero que podría haber publicado igual cualquier diario amarillo. Los hechos y el debate seguro que ya los conoce todo el mundo. Uno de esos fotógrafos que roban imágenes de famosos encaramándose donde haga falta, consiguió unas cuantas fotos de Berlusconi en su mansión de Cerdeña, acompañado de unas mujeres y algún hombre en bolas, o casi. Parece que el ambiente no es precisamente de recogimiento o de preparación de una novena. Berlusconi se está oponiendo en Italia a que esas fotos se publiquen, pero en España acaba de sacar algunas El País. Ahora alias Il Cavaliere amenaza al periódico español con acciones legales y dice que tal publicidad de esas imágenes supone un gravísimo atentado a su intimidad.
Lo primero que se me ocurre es preguntarme si el derecho a la intimidad cambia de alcance en función de lo bien o mal que nos caiga el personaje. A mí Berlusconi me parece un patán con dinero, pero ¿su derecho a la intimidad es igual o menor que el de cualquiera? Se me dirá que es un personaje famoso y muy importante y que, a diferencia de lo que sucedería con un sin sustancia como usted o yo, hay detalles de su vida privada que sí pueden interesar para la formación de una opinión pública libre e informada, como les gusta decir a los tribunales constitucionales cuando no son sus magistrados los retratados en pelota o pillados en renuncio. Pero de acuerdo, concedamos eso. Mas, si lo concedemos, tendremos que aceptar por las mismas que se publique igualmente cualquier imagen que los paparazzi puedan pillar de Zapatero en bolas en su lugar de veraneo, por ejemplo, o de Zapatero dándose un magreo con Sonsoles, ligeros de ropa ambos. ¿Que no es lo mismo? ¿Por qué? ¿Porque si es con la legítima es distinto? Oiga, amigo, ese argumento sólo se lo paso si es usted de alguna asociación pía o de alguna secta ultramontana.
Ya sé, el tema de Berlusconi está sazonado con morbo adicional. Lo acusan de dedicarse a las menores y de concentrarlas en su casa, aprovechándose de la incorregible ingenuidad de las chicas. Bien, pues vamos por ahí. En primer lugar, si hay delito, el que sea, debe perseguirse el delito por quien proceda y como proceda. En segundo lugar, habrá que ver qué delito cabe en esa materia en Italia y hasta qué edad de la menor se puede cometer. En tercer lugar, a mí, modestamente, algo no me cuadra. Resulta que aquí andamos todos contentos porque las menores de edad van a poder abortar y agenciarse la píldora del día después sin necesidad ni de comentarlo en casa, pero a Berlusconi lo ponemos de vuelta y media porque no se asegura exactamente de que tengan dieciocho años antes de llevarlas a su finca. De lo que se desprende que o pensamos que las de aquí se lo hacen con espíritus puros o sólo nos parece bien que se lo monten con los de su edad o estamos dispuestos a emplumar en serio al que se acueste con una menor de dieciocho, al margen de que, además, a ella le permitamos comprar al día siguiente la píldora mágica o abortar a los tres meses.
Resumiendo:
- Que si se prueba que Berlusconi incurre en alguno de los tipos penales que tienen que ver con el trato sexual con menores, se le debe acusar y juzgar conforme a la ley que le sea aplicable, o al menos intentarlo. A mí, particularmente, me encantaría que quedara demostrado que es un delincuente sexual, pero sólo si en verdad es un delincuente sexual y se puede demostrar con arreglo a las normas y las garantías que rigen para todos.
- Que si resulta que se lo hace con mujeres (y/o hombres, en su caso) con capacidad legal para consentir y sin que se acredite ningún componente delictivo, pues está en su derecho, como cualquiera, por mucho que nos jorobe que cualquiera no pueda montárselo así y él sí.
- Que si se admite que al derecho a la intimidad se le haga en este caso una excepción en razón de la condición pública del personaje, habrá que admitir dicha excepción por igual en cualquier otro caso parejo a esos efectos, y nos parecerá perfectamente jurídico que un día aparezcan en El País o en Diez Minutos fotos de Zapatero en plena erección ante Obama, de Durao Barroso metiéndole mano a una azafata belga en la habitación de un hotel o de la Merkel en su casa haciéndoselo con una botella de schnapps. Y soy consciente de que con los ejemplos me paso, pues, al menos en lo que publica El País, no hay nada de escandaloso: personas en pelotas dentro de una finca particular, sin escenas que ofendan la sensibilidad de nadie que no la tenga enferma y sin rastro de comportamiento delictivo. A salvo lo digo, por supuesto, de lo que pueda haber en otras fotos que desconozco.
Para colmo, estoy seguro de que con todos estos escándalos, reales o de diseño, lo único que se conseguirá es que los italianos admiren aún más a su duce y que lo voten con definitivo entusiasmo. Igual que aquí amamos más a otros cuanto más vilmente nos mienten y más burros se nos enseñan. Al final, el único que se queda en bolas en cada ocasión es el pueblo soberano. Pero sarna con gusto no pica y se supone que también nosotros podemos consentir y que nadie nos fuerza.

04 junio, 2009

Fútbol, política y hooligans

Como aficionado al fútbol, me llama la atención que en este país casi todo el mundo sea o del Real Madrid o del Barcelona. Hay un equipo en cada ciudad importante, y en primera división son veinte en total, algunos bien buenos y simpáticos, como el Valencia, el Dépor, el Sporting... Pero no, la mayoría divide sus simpatías nada más que entre aquellos dos clubes de más dinero y más poder. En algunas ciudades, como León, ni siquiera el equipo local le importa a casi nadie. A la gente lo que le gusta es pertenecer a un grupo que lleve las de ganar. Además, como lo que nos saca la pulsión animal y gregaria que llevamos dentro es la manada, nos encantan esas multitudes que siguen como rebaños a los equipos mejor avenidos con toda suerte de poderes y cenáculos. Lo que nos mueve no es qué equipo juegue mejor o tenga deportistas más entregados, pues con un criterio así tendríamos que cambiar de preferencias cada poco.
Con la política pasa igual. Aquí todo quisque es del PSOE o del PP con el mismo grado de reflexión con que se hace del Madrid o del Barça, y todos esos hooligans van a votar al partido de sus entrañas aunque se llene de lo que sea: de descarados, de sinvergüenzas, de chorizos, de ceporros o de inútiles totales. Son los míos, y punto. Si juegan bien y ganan, les doy mi apoyo porque son los mejores; y si no dan pie con bola, con más razón los respaldo, pues será señal de que alguna infame conspiración les está haciendo la vida imposible.
Con esta afición una ciudad como León difícilmente va a tener nunca a la Cultural en primera. Con una ciudadanía como la de este país jamás nos vamos a librar de un bipartidismo que se ensaña con nosotros porque sabe que somos fieles hasta la muerte y tercos hasta el suicidio. El ciudadano medio no quiere que le hablen de ideas, no es partidario de los principios y nunca asimiló del todo el juego democrático. A él lo que le gusta es que los del partido de sus simpatías machaquen a los rivales de toda la vida, por las buenas o por las malas.
Por eso algunos se desencantan y dejan de votar, y otros votamos a partidos minoritarios, honestos y entusiastas. Porque a los de siempre ya los hemos visto ganar y gobernarnos toda la puñetera vida.
(Publicado hoy, jueves, en El Mundo de León)

03 junio, 2009

Educación y clasismo

Hace un par de semanas, en uno de esos debates sobre Bolonia y las reformas universitarias, se me ocurrió sostener que hoy en día un tipo de pueblo y orígenes sociales muy humildes, como un servidor, seguramente no podría encontrar en la universidad el recurso para progresar y alcanzar una vida más libre de las cadenas propias de su clase social originaria. Tenía algo de provocación y, al tiempo, era expresión de una cierta sospecha que se me va imponiendo. Hoy, la conversación de mediodía con un buen amigo que anda metido también en el mundo educativo me ha ratificado en esa impresión. Es profesor de secundaria, amén de un hombre volcado en labores intelectuales e investigadoras. Haré aquí una síntesis de su visión y la mía.
En las postrimerías del franquismo esta sociedad se había puesto a progresar y el final de aquel régimen y el principio de la democracia trajeron la necesidad de cubrir muchos puestos con cualificación académica. Pasábamos al llamado Estado del bienestar y el Estado social, crecían las funciones del Estado, se hacía más compleja y dinámica la vida económica y social. En tal contexto, las viejas clases dominantes, los pudientes de toda la vida y la exigua burguesía, no alcanzaban para cubrir tantas vacantes de técnicos en Derecho, de arquitectos, de economistas, de profesores universitarios, de ingenieros, etc., etc. Ningún hijo de ricachón acabó de conductor de autobús o de cajero de supermercado, pero bastantes hijos de pobres nos convertimos en profesionales bien pagados. Nos pudimos colar en el coto muchos hijos de las capas populares, tantos como acertamos a terminar una carrera con cierto éxito y a realizar unos pocos esfuerzos posteriores.
Luego cambiaron las mentalidades. Los mismos que habíamos salido del arroyo, por así decir, nos llenamos de expectativas para nosotros y para nuestra prole y quedamos atrapados en la mentalidad de burguesotes recién llegados y con espíritu de nuevos ricos. Pensamos primero que las cosas serían así para siempre, que el progreso social y personal continuaría en los mismos términos y que, con nuestro propio impulso y una pequeña dosis de estudio y aplicación de nuestros hijos, nada podría pararlos ni pararnos. Además, esa mentalidad se contagió a casi toda la sociedad, pues también los trabajadores de los oficios más duros y tradicionalmente menos remunerados se encontraron con que sus vástagos podrían estudiar y creyeron que llegarían a abrirse buen camino con relativa facilidad. Y está resultando que no.
El sistema educativo cambió radicalmente. La horda pedagógica, de la mano de los políticos más desaprensivos y/o con menos luces, ha ido consiguiendo rebajar el valor de los títulos académicos a base de desvincularlos del mérito serio, del trabajo y de la competitividad. Sumado todo, nace la ilusión de que cualquiera que haga mejor o peor una carrera tendrá por delante un futuro esplendoroso. Pero no. Los títulos universitarios ya no cuentan como antes, pues no son garantía de cualificación ninguna ni de capacidades personales dignas de mención. Además, el progreso social se estanca y, como dice la canción, ya no hay cama para tanta gente. Pero los padres, sobre todo los de extracción más modesta, siguen en la idea de que lo que importa es que su hijo termine una carrera y de que después las salidas ya vendrán por su peso. El sistema educativo, todo, desde la primaria hasta la universidad, se torna un enorme engaño. Como, además, las corruptelas aumentan sin parar y cada vez cuentan más las relaciones sociales y las influencias para llegar a cualquier puesto de mínima relevancia, la competición en buena lid es sustituida por una partida viciada que tiende a asegurar que el que no tenga padrinos no se bautice.
Se trata, por un lado, de perpetuar en los estratos populares la ilusión de que sus hijos están estudiando y se titulan para progresar adecuadamente. De esa forma, el espejismo del progreso mantiene sumisa a la mayor parte de la población. Pero, como los títulos universitarios ya están a la mano de cualquier zopenco, con esos títulos cada vez se va a menos sitios, cada vez valen para menos. De entre los miles y miles de licenciados universitarios de cada año, el mercado elegirá a los más dóciles y más de fiar por sus orígenes y sus relaciones sociales, y la Administración, en todas sus variantes, seleccionará a los leales a partidos, camarillas y grupos de interés.
¿Resultado? Se recompone un modelo de sociedad fuertemente estamental, casi de castas. La competición abierta es reemplazada por sutiles sistemas de cooptación, bien disimulados bajo la más ampulosa palabrería. Cada oveja vuelve a su redil y cada clase social sigue donde le corresponde. Algunos jóvenes valiosos y valerosos se sustraerán a ese imperativo social inapelable a base de buscarse los garbanzos por el mundo y de malvivir muchos años de país en país, de beca en beca y de contrato basura en contrato basura, y puede que unos pocos salgan adelante. La mayoría de los que no tengan un respaldo familiar muy potente y una red social de seguridad solo acumularán fracasos y frustraciones y acabarán preguntándose un día por qué nadie les avisó que su destino “natural”, en este medio, era la formación profesional o el afiliarse disciplinadamente a algún partido mayoritario.
El llamado sistema de Bolonia no es más que la definitiva vuelta de tuerca, el más moderno invento para retornar a la más arcaica de las sociedades. La superestructura pedagógica es el último y más perverso resultado de la lucha de clases, si se me permite la vieja y desacreditada expresión; las reformas educativas constituyen el postrer y quizá definitivo ardid de los grupos económica y socialmente dominantes para perpetuar sus ventajas. Que todos estudien y se licencien, para que estén tranquilos; pero que de poco les sirva, para que estemos tranquilos nosotros. ¿O acaso alguien se cree que a los capitostes de la economía y a los burócratas con más privilegios les mueve un noble y generoso interés cuando quieren convertir a las universidades en una fábrica de titulados sin muchas luces y con nula capacidad crítica? ¿Vamos a pensar, de verdad, que se trata de que los niños de mi pueblo tengan hoy más expedito el camino para abrirse paso en la vida compitiendo lealmente con los hijos de las viejas y las nuevas élites? ¡Anda ya!
Hágase la lista de los colegios en los que estudian los descendientes de los políticos con más poder o de los pedagogos que dirigen las reformas educativas; repárese en qué másteres les pagan esos mismos a sus hijos cuando terminan su carrera o con quién hablan para colocarlos. Bastará ese dato tan simple para que captemos con absoluta claridad el gran timo en que se está convirtiendo la enseñanza pública y la torcida intención que mueve tantas reformas envueltas en la más pringosa y demagógica de las palabrerías.
Así que, querido amigo, si por un casual es usted profesor y conserva un mínimo de honestidad personal e intelectual, ya sabe lo que le queda: leña al niñato y escupitajo al pedagogo. Hágalo, al menos, por los de su pueblo o su barrio, si es que viene usted de allí.

02 junio, 2009

Un nuevo servicio: el teléfono para tontas con ambición

Lo acaba de anunciar la ministra Aido, conocida activista de los derechos humanos y magnífico ejemplo de mujer hecha a sí misma sin necesidad de llevar el resuello de los tíos en el cogote. Después del nuevo teléfono para hombres (¿por qué no lo llaman El Teléfono de la Esperanza, jeje?) que ya está a punto de venirse y que servirá, en palabras de la dama orgullo del género, para “contribuir con políticas preventivas a otro modelo de masculinidad desde el que establecer las relaciones de pareja sobre unas nuevas referencias” (¿Aló? ¿Es ahí donde recomiendan otros modelos de masculinidad? Mire, a mí me gustaría uno para esta época de primavera que...), vendrá la joya de la corona, el salto cualitativo en la lucha por la dignidad general, el acabose: el servicio telefónico especial para el apoyo y asesoramiento de mujeres no muy listas que quieran llegar a ministras. Se discute aún en el Ministerio de Igualdad si llamarlo abreviadamente el Ministrapoya o el Apoyate(L).
Doña Bibiana ha declarado que “en España hay muchas mujeres como yo que no llegan a ministras porque nadie les presenta al hombre que pueda impulsarlas y servirles de apoyo y sostén”. Al decir lo de sostén se ruborizó ligeramente, según cuentan las crónicas. Es tan tierna esta mujer... Añadió que el día que conoció a Zapatero no podía imaginar que ese hombre llegaría a ser tan importante en su vida y le permitiría realizarse como mujer ayudando a las mujeres a realizarse. Lo dijo sin tartamudeo y sin trabarse ni un momento, tal cual. Qué mujer, caray. “Con todo, yo le sonreí y noté que él me miraba todo el rato, como tratando de adivinar mi ideología más íntima. En ese momento me hubiera gustado desnudar ante él mi feminismo de toda la vida y esta furiosa independencia que siento en el pescho”.
Ay, si Corín Tellado (q.e.p.d.) comenzara a escribir en esta época, podría hacer unos novelones monísimos, llenos de marquesitas con reglamentos y teléfonos y príncipes azules exhibiendo mágicas varitas con confianza y esfuerzo. Ah, porque ésa es otra: ¿por qué van a ser mágicas solamente las varitas de las hadas y no las de los hados? A ver, por qué.

01 junio, 2009

Que los pedagogos a la boloñesa saquen sus manos de Derecho

Ya está en la red un manifiesto para que Derecho se libre de Bolonia. Que se boloñicen los pedagogos, caramba. Que se lo monten solos y se enrolles entre ellos con sus juegos y sus métodos divinos de la muerte. Y que sigan haciéndose esos currículos posmodernos llenos de naderías en lata.
El manifiesto en cuestión lo impulsa desde Alicante mi compañero y amigo Manuel Atienza. Ha salido a la luz hoy y ya lleva un puñado de firmas. ¿Seremos todos unos conservadores terribles y unos enemigos del buen saber y la mejor ciencia? ¿Será que queremos para nuestros hijos una universiad con menos calidad? No, sólo queremos esto: pedagogo, go home.
Pues pueden ver el documento aquí y, si quieren y son del gremio, firmarlo.

Rankings como churros

Es de lo más entretenido ver los rankings de universidades que cada dos por tres aparecen por obra y gracia de las más chuscas instituciones. La pasada semana fue el último, esta vez referido a las universidades españolas. Será mejor o peor que otros, quién sabe. En cualquier caso, los provincianos nos alegramos de que Córdoba figure como la mejor de las universidades públicas (cómo deben de estar sufriendo en las autónomas, las politécnicas y las del régimen), y la gente de fe y de orden se entusiasmará al observar que como mejor universidad española en docencia y en investigación aparece una universidad privada y, para más inri, del Opus Dei. Alabado sea Dios, cómo está la enseñanza.
Lo que más llama la atención, más allá de la lotería de los resultados (¿para cuándo una casa de apuestas sobre clasificación de universidades?), son los criterios que se usan para componer esas jerarquías. Esta vez han sido cosas tales como cantidad de recursos informáticos disponibles, tesis doctorales defendidas, dineros por investigador, rendimiento de los estudiantes... Es decir, que, puesto que ni se va a poner a prueba nunca el grado real de dedicación de los profesores ni el nivel verdadero de sus conocimientos, puesto que se va a tomar siempre en cuenta el número de alumnos que pasan curso u obtienen el título y no lo que saben o cuál es su éxito profesional posterior, puesto que cuentan más las tesis culminadas con éxito que la calidad de lo que dentro de ellas se contenga, etc., cada día está más fácil auparse a la cúspide de esas clasificaciones. Consiga usted, señor rector, que en su universidad se lean tesis por un tubo, que todos los estudiantes pasen curso sin mácula, que haya más ordenadores incluso que personas, que todas las aulas dispongan de estupendísimas instalaciones para toda clase de exquisiteces electrónicas, que los estudiantes y los profesores se intercambien muchos correos electrónicos... Y, por si acaso un día de estos los baremos aún se refinan más, procure que sus aulas tengan buenos ventanales con persianillas de diseño, que en el campus haya unas zonas verdes con pensamientos y petunias, que en las cafeterías se sirva coca-cola baja en calorías y que en los pasillos cuelgue un extintor cada veinticinco metros. Con tal nivel de excelencia, éxito asegurado y a competir con las mejores universidades del planeta. Pues ya se ve que lo que cuenta es la manera de vestir el muñeco, el envoltorio, la guinda del pastel.
(Publicado esta semana en Gaceta Universitaria).

30 mayo, 2009

De minimis

No sé cuántas veces irán ya. Se ha instaurado una pauta, un protocolo. Mario llega entre dos luces y Elvira ya se ha puesto unas mallas negras con dibujos geométricos de un bermellón oscuro. Soy yo el que abre la puerta y Mario y yo nos damos un abrazo fugaz. Cuando es invierno, él cuelga en el perchero del hall su gabardina. Luego pasamos al salón, donde Elvira nos espera. Lo recibe con una sonrisa muy tenue y algo esquiva, no pronuncia palabra. Mario se queda en un saludo escueto. Mientras, yo descorcho una botella de vino tinto, siempre el mismo. Somos actores moviéndonos con precisión quirúrgica y supongo que a los tres nos choca igual ese latido furioso en el pecho de los autómatas.

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La niña del vestido de flores mete su mano en el estanque y contempla su cara deformándose en ondas. Sus brazos son muy blancos y se pegan briznas de hierba en sus piernas. Se ha quitado sus negros zapatitos con hebillas. Corre una brisa suave que no mueve su pelo recio, pajizo. Puede pasar así muchos minutos. Yo la contemplo inmóvil y ella finge que no repara en mi presencia. O puede que no repare en mi presencia. Los pájaros que van y vienen también parecen ajenos a cualquier sobresalto, como los grillos y las chicharras. Al cabo, como cada tarde, levanto mi mano derecha y alguien, silencioso, hace girar mi silla y me lleva de vuelta por el sendero de grava.

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Me despierta el ruido de la ducha en el baño contiguo. Se filtra un sol rojizo por los visillos. Me incorporo a medias y me quedo apoyado en los cojines. Estoy desnudo y noto un cosquilleo bajo las uñas. Me paso las manos por la cara, reconozco los surcos y lentamente me reencuentro. A los pies de la cama descansa un pequeño camisón blanco de ante. El sonido del agua sigue dibujando, muy cerca, un cuerpo que se demora. Huele a café y por el pasillo se alejan pisadas cuidadosas hasta que oigo cerrarse la puerta de la calle.

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Me concentro para tratar de que no haya temblor en mi mano al levantar mi carta. Alberto ya ha mostrado la suya. La lámpara proyecta su luz sobre la mesa y en el cuarto es densa la penumbra. Tengo enfrente a Úrsula, que me clava unos ojos destemplados. Lleva una blusa blanca con pequeñas flores que casi no distingo. Está muy quieta. Berta pone su mano sobre mi hombro y aprieta su cadera contra mi espalda. No me decido. La mano de Berta se desplaza con levedad hasta mi nuca y sus dedos aplican una suave presión. Entonces sí, entonces alzo al fin mi carta.

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En la disposición en mesa se dibujan todas las geometrías sociales, fluye la conversación al compás de las convenciones. Pronto llegará el postre y luego vendrán los cafés y los licores. Luis y su mujer fuman entre plato y plato. Pedro y Manuela nos han contado su último viaje, Magda y yo nos hemos quitado la palabra para narrar algunas graciosas desventuras domésticas. Ahora la cháchara decae un tanto, pero algunos rostros se quedan con la sonrisa grabada. Las manos de todos parecen movidas por sus propios códigos. Magda, a mi lado, parece perdida en alguna ensoñación. Pedro me mira cada poco y me hace sutiles gestos amistosos. Debo darme prisa, se me acumula la tensión, estoy nervioso. Dejo caer el cuchillo bajo la mesa y, muy rápido, me lanzo a recogerlo y hago un rápido reconocimiento. Creo que no he llegado a tiempo y me posee un ansia insoportable de marcharme.

29 mayo, 2009

¿Dónde está la crisis?

La ocurrencia de hoy es de las que me pueden costar mamporros de diestros y siniestros. Unos me tildarán de cínico y otros me verán como cómplice de todas las explotaciones de la parte más oprimida de la clase. Paciencia. Por las moscas, trataré de explicarme con pormenor.
Para empezar, la tesis fuerte (pero sigan leyendo, please): yo no noto la crisis por ningún lado, aunque todo el día oigo hablar de ella, generalmente a otras personas que salen mucho en la tele, sí, pero que tienen pinta de sentirla aún menos que yo. Ahora la fundamentación de tan provocativo aserto.
No digo que no sean verdad todas las cifras tremebundas con que nos castigan cada mañana por andar poniendo la radio a la hora de la ducha. Casi cuatro millones de parados no son moco de pavo, ciertamente, ni es broma que se hundan tantas empresas ni que el PIB haya perdido firmeza y tersura ni, en general, que sean tantos los conciudadanos que lo estén pasando peor que mal. Pero ahí retorna la pregunta: ¿dónde están? La constancia que yo tengo es indirecta, en cosas tales como que ahora es más fácil conseguir asistenta o en que no te maltratan tanto cuando vas al concesionario a echarle un vistazo a un coche nuevo. Espérese, espérese, querido amigo, que ya me critico yo solo. Pues lo que a continuación quiero formular es esta muy retórica pregunta: ¿y quién soy yo? Pues uno de tantos, uno de tantos millones de ciudadanos de este país que no están notando mayormente la crisis, pues ni les han bajado sus sueldos ni pasan miedo por su puesto de trabajo ni les salen menos chollos ahora de los que solían, pues con lo de Bolonia se multiplican los foros, las mesas redondas, las comisiones de evaluación y la madre del cordero, todo bien pagadito y muy aseado y confidencial.
En otros términos, y para acabar de liarla: que soy uno de esos españoles, muchos, cómodamente instalados en una burbuja y que conocen la crisis por la radio y por el brillo en los ojos de la cuidadora de la niña cuando cobra a fin de mes. ¿Privilegio? Sin duda. ¿Por qué? Pues porque soy funcionario, funcionario con un buen nivel y no obligado a tratar con público que sea difícil porque las esté pasando canutas. ¿Y es justo que, mientras tantos malviven en el paro o cobran cuatro perras por muy duros trabajos y se angustian pensando qué puede ocurrir el mes que viene, unos cuantos millones veamos los toros desde la barrera con gesto de suficiencia y cierta mueca de ya será menos? No, no es justo. Aunque conviene ir por partes.
Para empezar, que el dinero público se gaste siempre y se siga gastando ahora del modo como se gasta, es ya razón más que suficiente para ciscarse en este Estado de barra libre para los clientes habituales. No hay derecho a que se financie tanta porquería como se financia con cargo a los presupuestos del Estado o de cualquiera de sus entes administrativos o políticos menores. No hay derecho a que se engorde más y más la lista de funcionarios, cargos y asesores, y menos cuando se hace con creciente desatención, cuando no abierto desprecio, al principio de mérito y capacidad. No hay derecho a que tantos perfectos inútiles sean (o seamos, si ustedes quieren) inamovibles aunque rebuznemos o aunque nos pasemos el resto de nuestra vida profesional sin dar un maldito palo más al agua. Ya sé que es todo un logro político y jurídico la inamovilidad de los funcionarios, pero hay que combinarla con mecanismos efectivos de exigencia de resultados y de control de rendimiento. Y el que insista en que el café de media mañana dura dos horas porque a él se lo ha dicho uno del sindicato, a la puta calle con una patada en las posaderas. Inamovibles, sí, pero sin arrancar los pelos.
¿Y saben qué más? Hasta me atrevería a decir que me parece impresentable que no se congele ya el sueldo de los funcionarios, al menos el de los que rebasen cierto nivel. Pero con cuidadín aquí: para invertir lo que se ahorre en ayudar de verdad a quien lo necesite y a poner en marcha iniciativas útiles, no para que se compre nuevo coche oficial cualquier bandarra que no sabe hacer la o con un canuto. En lo que me toca, estoy dispuesto a permitir que me adelgacen la nómina por razón de la crisis que otros más indefensos soportan. Pero el primero que con dineros de todos subvencione una instalación supuestamente artística de un jamelgo que lo encula, o cambie los muebles de su despacho de concejal o consejero por otros más finos de caoba, al paredón, qué carajo.
Bueno, pues ya está. Que vivimos en una sociedad en la que no sólo se mantienen las clases sociales, que decíamos cuando antes, sino en la que retornan al galope hasta las castas. Y que lo pistonudo del caso es que buena parte de la culpa la han tenido y la siguen teniendo esos pijoprogres que suplantaron a los que honestamente soñaban con revoluciones para acabar con el clasismo. Lo están haciendo de vicio. Ojalá el Falcon pille un bache y se les clave una esquirla en los morritos de los cataplines.

Bolonia somos nosotros. Por Francisco J. Laporta

(Publicado en El País ayer, 28 de mayo).
Cualquier buena idea puede acabar en un esperpento. Por el camino que va de su formulación a su puesta en práctica puede perder todo lo que de buena podía tener. Esto es lo que está pasando aquí con el llamado proceso de Bolonia, y los que lo están echando a perder son, en gran medida, los universitarios españoles. En éste, como en tantos otros casos, tampoco cabe trasladar la responsabilidad, porque quien está poniéndolo todo en marcha es parte del profesorado, con un silencio inexplicable, por cierto, de los demás.
Podrá discutirse la sensatez de dejar el desarrollo de una buena idea a nuestra "autonomía" universitaria, pero el caso es que el ministerio decidió que fueran las propias universidades las que lo hicieran. Pues bien, el ejercicio de tal autonomía está mostrando no pocas veces un retrato bastante cruel de lo que somos, de lo que son nuestros gremios intelectuales, nuestras ridículas "escuelas" con sus "maestros" y "discípulos", nuestros irrelevantes y mínimos mandarines de ocasión y nuestro irrisorio afán por el "poder" académico.
Resulta que nos ofrecen la oportunidad de diseñar unos planes nuevos que traten de estar a la altura de los tiempos, que puedan emular a los mejores de Europa y permitan así cierta equivalencia entre los estudios, y lo que hacemos es entregarnos a la rebatiña de los famosos créditos a ver quién consigue más horas para su "asignatura", presididos por la miseria mental de suponer que con más créditos tendremos más importancia, más poder, más dinero o más no sé qué. Ninguna altura de miras, ninguna discusión sobre lo que queremos que sea hoy un historiador, un jurista, un economista o un sociólogo, ningún propósito de ascender a una consideración seria de lo que hoy pretendemos con la Universidad, con o sin Bolonia.
Aquí se trata, por lo visto, de una negociación de intereses entre colegas. Y, claro, en ese terreno del crudo reparto del pastel, los oportunistas, los caciques, los enredadores, las sectas y sectillas brillan con luz propia. Hasta el punto de que en muchos lugares se han adueñado del proceso, sin dar razones al respecto, y han impedido además que pudiera adoptarse una actitud firme y racional ante ciertas directrices un tanto disparatadas que parecían venir impuestas desde el ministerio. O quizás hayan alegado directrices imaginarias para desactivar todo debate y toda deliberación al respecto.
A lo largo del proceso de elaboración de los nuevos planes de estudios ha sido así imposible introducir algunos criterios de racionalidad que ninguna autoridad, por insensata que fuera, hubiera podido rechazar. Y por ello, naturalmente, Bolonia va a recibir poco apoyo y ningún entusiasmo. Cuando se ponga en marcha el año que viene, la catástrofe en muchos de los nuevos estudios de grado está asegurada, y el caos y la mediocridad, en lugar de la mejora, se impondrán por doquier. La culpa, sin embargo, no será de los demás. Será nuestra.
Se han cometido además errores de bulto. Que para facilitar la "movilidad" de los estudiantes y la "convergencia" de los estudios se encargue a cada facultad su propio plan parece casi una contradicción lógica. La dificultad que tendrán los estudiantes españoles para trasladar su expediente habrá crecido enormemente una vez en marcha el proceso, y la idea de que unos estudios cualesquiera puedan así "converger" con los mismos estudios de otra Universidad, incluso española, será ilusoria.
El aparato burocrático necesario para hacer las equivalencias será de los que honren, una vez más, a la Administración educativa. Lo que hubiera podido ganarse con ello, el que cada universidad o facultad presentara su mejor rostro ofreciendo enseñanzas de alguna especialidad en la que se halle entre las mejores de Europa, se ha perdido por la miseria de los pescadores de créditos. Los grupúsculos de influencia, los decanatos clientelares y las camarillas han obstaculizado hasta eso.
Que una Facultad de Derecho como la de Alicante no ofrezca enseñanzas de Argumentación Jurídica, siendo como es en eso una de las mejores de Europa, si no la mejor, y constituyendo tal materia un presupuesto básico para la formación del jurista, sólo es el botón de la muestra. Cosas así son las que pueden dar al traste con todo el proceso. Pero el trasiego de intereses y la arbitrariedad tienen esas cosas. Si se quiere edificar sobre ellos, veremos en qué acaba todo. Lo irreparable es que los mejores han podido recibir el mensaje de que da lo mismo que hagan las cosas bien. Ya se encargan algunos intrigantes de que su esfuerzo sea inútil. Ésa es nuestra Bolonia.
Después está nuestra vieja fascinación por el formalismo y la cáscara. Vamos a caer de nuevo en el vicio de aferrarnos al exterior sin haber visitado el interior de las cosas. De Bolonia vamos a quedarnos sólo con lo de fuera. Nuestros créditos ETCS tendrán, en efecto, las mismas horas que los demás, pero eso no será sino un puro envoltorio de tiempo. Lo que se haga dentro de ellos será lo importante, y eso es justamente lo que nosotros vamos a ignorar. Suponer que en Cambridge, por ejemplo, se vaya a reconocer como iguales a nuestros estudiantes porque estudien igual número de horas es uno más de los delirios que alimenta este proceso.
El diseño de las "guías docentes", las clases "magistrales", los seminarios, las tutorías, etcétera, constituye entre nosotros un raro híbrido entre la ficción y la paranoia. El "maestro", por ejemplo, ha de atenerse a un programa fijo más propio de un electrodoméstico que de un profesor universitario. En cuanto a nuestros seminarios "activos", todavía está riéndose un colega alemán al que dije que muchos tendrían hasta 40 estudiantes. Y la ocurrencia de hacer tutorías a cien almas en un trimestre no es sino un nuevo capítulo de nuestro denodado afán por usar los nombres en vano.
Que los estudiantes lean más y sean menos pasivos es bueno, pero ni están acostumbrados ellos ni lo están sus profesores. Por no hablar de las bibliotecas (donde las haya): el día en que aparezcan 50 estudiantes a por el mismo libro reanudaremos impertérritos la violación masiva de derechos de autor.
Pero que nadie se alarme por estas dificultades. Lo nuestro es la cáscara, no el interior. Seguirán los viejos métodos. Todo será una ficción orientada a que se vendan más manuales y se den menos clases. Ya estoy viendo a los "maestros" ocupándose de la clase "magistral" de la semana, imponiendo su libro de texto como lectura, y enviando a seminarios y tutorías a ayudantes y becarios para que "tomen la lección". Todo muy activo e innovador.
La paranoia, por su parte, viene de que queremos diseñar la empresa con una minuciosidad pueril. Los "cronogramas" son como la vida de aquel personaje de Gogol que "tenía proyectado su porvenir del modo más minucioso y metódico, y nunca, bajo ningunas circunstancias, se desvió del curso que se había trazado". Jamás gastó un céntimo de más ni dio un beso extra a su mujer. Todo estaba en el cronograma. Nosotros haremos lo mismo: el 11 de noviembre del año que viene, pongamos, cantaremos ineluctablemente el tema previsto bien encajados en el corsé. Que hay una innovación en la ciencia, nada. Que hay un acontecimiento inesperado, nada. Eso queda para la vida, nosotros permaneceremos rígidos en nuestro ataúd universitario programado, sin poder mover los pies, o los cerebros. Y así avanzaremos hacia la gran Universidad europea.
Francisco J. Laporta es catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid.

28 mayo, 2009

Happiness

X.- Verás, quería comentarte un asunto muy importante que me tiene inquieto.
Y.- Dime.
X.- Pues que últimamente...
Y.- ¡Luis Alberto, bájate de ahí ahora mismo!
X.- Te decía...
Y.- Este niño un día se va a partir la crisma. ¡Que te bajes de ahí te digo!
X.- ....
Y.- Dime, dime.
X.- Te decía que en los últimos tiempos noto...
Riiiing, riiiing... (sonido de teléfono fijo).
Y.- ¿Diga?
.....
Y.- Mi madre. Que si al fin iremos a comer el domingo.
X.- Vale. Dile que sí iremos.
Y.- Mamá. Que sí. ¡Anda! ¿y eso?
(Pasan diez minutos hasta que Y cuelga el teléfono).
Y.- Ahora resulta que mi madre quiere cambiar los sillones del salón que compró hace dos semanas.
X.- Ya.
Y.- Y pretende que la acompañe para elegir otros que le vayan mejor con el color de las paredes.
X.- Ya. Te decía...
(Plong, plas, cataplás. Estrépito de objetos que se caen en el recinto contiguo)
Y.- ¡Luis Alberto!
(X e Y se levantan y comprueban: a) que hay dos jarrones rotos; b) que Luis Alberto llora; c) que Luis Alberto no presenta lesiones visibles. Regresan X, Y y Luis Alberto a sus posiciones iniciales).
Y.- Este niño es un dolor.
X.- Sí.
Y.- La culpa es de la cuidadora, que todo se lo consiente.
X.- Puede ser.
Y.- Te quería decir que...
(Tachán, tachún, tachán, tachún. Suela una melodía famosa en el teléfono móvil de X.
X.- No, no me interesa contratar Imagenio. Le he dicho que no. ¡Que no, caramba!
Y.- Me estoy meando.
(Y sale. Ruido. Luego más ruido, esta vez de cisterna. Y regresa).
Y.- ....
X.- Pues, que desde hace una temporada tengo la sensación... ¡Luis Alberto, no se pinta en las paredes!
Y.- ¡Pero, será posible! ¡Cuántas veces te lo hemos dicho!
(Llantos de Luis Alberto. Cinco minutos. X se levanta y le pone una película. El resto de l conversación entre X e Y transcurre con el fondo de músicas y diálogos de la película).
Y.- ¿Quieres que hablemos más tarde de eso que me tenías que contar?
X.- No, ya que me he animado ahora...Trataba de explicarte que...
(Ring. Suena el timbre de la puerta. X sale. Regresa al poco).
X.- Testigos de Jehová repartiendo estos folletos.
Y.- ¿Y para qué los has cogido?
X.- Para que se largaran.
Y.- Con eso lo que consigues es que vuelvan mañana.
X.- Da igual. Así hablamos ahora.
Y.- Pues tú dirás.
X.- Mira, trataré de decírtelo rápidamente y con franqueza.
(Bip, bip, bip. La alarma del móvil de Y).
Y.- Tengo que pedir cita en el pediatra. Me dijeron que llamara a esta hora.
X.- ¿Tiene que ser ahora mismo?
Y.- Es que, si no, se nos vuelve a pasar, como todos estos días.
X.- Vale
(Y hace la gestión telefónica).
Y.- Ya está. Ay, ¿has visto qué hora es? Nos queda media hora para darle la comida al niño y para comer nosotros.
X.- Ya.
Y.- Pero querías decirme algo antes.
X.- Esto..., pues.... Oye, que bajo a comprar tabaco.
Y.- Pero si tú no fumas.
X.- Ya. Es igual. Bajo.
Y.- Bueno, pero no tardes, que tenemos que irnos y no hemos comido.
X.- Vale. Adiós.
(X hace mutis. Suenan al tiempo el teléfono fijo, el móvil de Y y la alarma del horno. Luis Alberto comienza a llorar porque se acabó la película. En la calle adyacente cae un rayo y mata a cuarenta y tres peatones. Es raro, porque en el cielo luce un sol esplendoroso. El tiempo está de lo más cambiante, esa es la verdad).

La prostutición de la investigación universitaria. Un texto interesante

No me resisto a traer aquí el siguiente texto, que, desde Gran Bretaña, pone el dedo en la llaga y también se aplica bastante a lo que sucede y va camino de suceder por estos pagos. Quien quiera leerlo directamente en la red puede pichar aquí.
El secuestro del conocimiento
George Monbiot
ZSpace
(Traducción de Paloma Valverde)

¿Por qué el Consejo de Investigación Médica está dirigido por un industrial del armamento? ¿Por qué el Consejo de Investigación Medioambiental está gestionado por el director de una empresa de la construcción? ¿Por qué el presidente de una firma inmobiliaria es quien gestiona los fondos para la educación superior en el Reino Unido?
Simplemente porque el gobierno ha convertido nuestras universidades en departamentos empresariales de investigación. La búsqueda del conocimiento ha dejado de ser un fin en sí mismo: ahora la máxima aspiración es encontrar mejores formas de hacer dinero.
A finales del mes pasado, sin que la prensa haya dado cuenta de ello, se produjo una silenciosa revolución intelectual. Los consejos de investigación, que aportan el 90 por ciento de los fondos para la investigación académica en el Reino Unido [1], introdujeron un nuevo requisito para las personas que solicitan una beca: ahora deben justificar el impacto económico del trabajo que quieren llevar a cabo. Los consejos definen impacto económico como “la contribución demostrable que la investigación tendrá en la sociedad y en la economía” [2]. Pero, ¿cómo se demuestra el impacto económico de una investigación nueva antes de que se lleve a cabo?
La idea, afirma el gobierno, es transferir el conocimiento desde las universidades a la industria, impulsando la economía del Reino Unido y ayudándonos a salir de la recesión. No hay nada malo, en principio, en la comercialización de los descubrimientos científicos. Pero imponer esta condición a la búsqueda de cualquier conocimiento no nos enriquece: nos empobrece al reducir las maravillas del universo a cifras en un libro de contabilidad.
Imagínense a Charles Darwin intentando rellenar esta solicitud de beca antes de embarcarse en el Beagle [3]: “Explique cómo su investigación podría revertir en el bienestar del país, en su riqueza o en su cultura. Por ejemplo, impulsando la economía global y, específicamente, la competitividad económica en el Reino Unido. ¿En cuánto tiempo se pueden obtener estos beneficios?” [4]. Si Darwin hubiera dependido de una beca del Consejo de Investigación del Reino Unido, nunca hubiera zarpado.
El gobierno insiste en que, en lo fundamental, no ha cambiado nada; que el Principio Haldane, el cual establece que el gobierno no debe interferir en las decisiones de investigación, sigue en vigor. Sólo los consejos de investigación, afirman los ministros, deben decidir quien será el beneficiario de los fondos.
Esto es una falsedad similar a las que utilizan los propietarios de la prensa. Algunos insisten en que nunca interfieren en las decisiones que se toman en sus periódicos, pero los directores que han nombrado, que comparten sus mismos puntos de vista, saben perfectamente qué se espera de ellos. Los presidentes de los cinco consejos que financian la investigación científica [5] y los de los tres consejos que financian la educación superior [6] (que aportan el grueso de los fondos a las universidades) son o han sido altos ejecutivos empresariales. Esos hombres dependen de Lord Drayson, ministro de Ciencia e Innovación, quien antes de ser ministro fue director general de PowderJect, una compañía farmacéutica. Paul Drayson estuvo implicado en una polémica que para muchos simboliza la inexistencia de barreras reales entre gobierno y empresas.
El 30 de noviembre de 2001, el gobierno británico decidió comprar grandes cantidades de una variante de la vacuna antivariólica, denominada cepa Lister. La única empresa que tenía la suficiente cantidad de vacunas era una empresa llamada Bavarian Nordic. El 6 de diciembre de 2001, Paul Drayson formaba parte del reducido grupo de hombres de negocios que desayunaron con Tony Blair, el entonces primer ministro británico. En aquella época, Drayson hizo una donación de 50.000 libras esterlinas [entonces aproximadamente unos 75.000 euros] al Partido Laborista. Muy poco después, responsables gubernamentales solicitaron la compra de la vacuna a Bavarian Nordic. Les dijeron que ya no podían suministrársela porque PowderJect acababa de comprar la distribución exclusiva de los derechos para el Reino Unido [7], por lo que el gobierno tuvo que comprar las vacunas a la empresa de Drayson. A PowderJect se le pagaron unos 48 millones de euros, 30 millones de euros más de lo que PowderJect pagó a Bavarian Nordic [8]. Tanto la oficina del primer ministro como Paul Drayson se negaron a responder a las preguntas sobre si la compra [de la vacuna] de la cepa Lister se discutió en el desayuno de Downing Street. No ha quedado claro si Lord Drayson conocía en aquel momento la decisión del gobierno de elegir esa cepa de la vacuna.
Sin duda Drayson se lleva muy bien con Sir John Chisholm, presidente del Consejo de Investigación Médica. Chisholm creó una empresa de software militar antes de convertirse en el director de la Agencia gubernamental de Investigación de Defensa. Fue él quien convirtió esta agencia en una empresa comercial llamada QinetiQ, mediante un proceso de privatización que culminó siendo Lord Drayson secretario de adquisiciones del Ministerio de Defensa. Durante este proceso [de privatización], Sir John pagó alrededor de 194.000 euros por una participación en la empresa. Cuando QinetiQ cotizó en bolsa, su valor alcanzó los 39 millones de dólares [9]. El ex director de la Agencia de Investigación de Defensa describió estos hechos como “la mayor de las codicias” [10]. Lord Gilvert, ex secretario de adquisiciones de Defensa señaló: “[…] Francamente, el dinero obtenido por los altos cargos públicos es obsceno […] No contribuyeron en absoluto al cambio de la compañía, fue el trabajo del equipo de investigación quien lo logró” [11]. Sir John Chishoms continúa siendo el presidente de QinetiQ. ¿Hay alguien fuera del gobierno que crea que esas personas pueden intervenir en la investigación científica en este país?
En marzo, Lord Drayson afirmó ante la Royal Society que “[…] El presupuesto de la ciencia está a salvo […] no habrá recortes para la ciencia pura” [12]. La promesa se rompió un mes después, cuando se transfirió el presupuesto —alrededor de 160 millones de euros— a los consejos de investigación para “apoyar las áreas con potencial económico” [13], lo cual significa intercambio de personal e investigaciones con la industria [14].
Sainsbury Review rige ahora la política científica en el Reino Unido, política que el gobierno afirma ejecutará en su totalidad. La revista está dirigida por Lord Sainsbury, el donante del Partido Laborista, ex ministro de Ciencia y ex director ejecutivo de adquisiciones. Según la revista, los consejos de investigación deben “valorar los objetivos reales de transferencia de conocimiento” para demostrar que la ciencia revierte en la empresa [15]. El presupuesto debería ser, según les informaron, de 180 millones de euros para investigación en colaboración con la industria. Este presupuesto se podría incrementar hasta un máximo de 270 millones de euros para las agencias de desarrollo regional [16, 17]. El gobierno gasta además 225 millones de euros al año en “cambiar la cultura en las universidades: incrementando el trabajo que hacen con un amplio abanico de negocios y aumentando la actividad comercial” [18]. Todo esto no es más que otro rescate encubierto, que ayuda a las empresas con necesidad de financiación para sus propias investigaciones.
El impacto económico resume lo que tienen que escribir los candidatos para asegurarse de que todos los investigadores son conscientes de que el negocio de las universidades es negocio. Como indican los documentos gubernamentales, las universidades ya “aportan incentivos, por ejemplo, el asesoramiento para la promoción” para convencer a los investigadores de que se impliquen en sus negocios [19]. Si la investigación no aporta dinero a alguien, es probable que no llegue muy lejos.
Incluso si esta política se analiza en función de sus propios objetivos, no tiene sentido. La salud de la economía a largo plazo depende de nuevas investigaciones que sólo se deben a sí mismas: cuando los científicos son libres para ir en pos de sus impulsos es más posible que logren esos descubrimientos fortuitos, cuyos impactos en la sociedad y en la economía son mayores e imposibles de predecir. Al obligarlos a colaborar con la industria es más probable que sigan una línea de investigación sobre algo conocido en vez de intentar dirigirse a nuevos campos. Sin embargo, el conocimiento no es simplemente una cuestión de impacto económico, sino de hacerse preguntas, de perspicacia y belleza. A veces el conocimiento puede que no tenga aplicación alguna, pero enriquece al mundo de una forma que a personas como Lord Drayoson les costaría percibir.

Notas:
1. Lord Drayson, conferencia pronunciada para la British Venture capital Association el 17 de noviembre de 2008. Disponible en inglés en: http://www.dius.gov.uk/news_and_speeches/speeches/lord_drayson/venture
2. http://www.epsrc.ac.uk/ResearchFunding/HowToApply/EIFAQs.htm
3. El HMS Beagle, nombre del barco en el que Charles Darwin realizó su expedición científica a la Patagonia y Tierra del Fuego en 1.831 [N. de la T]. 4. Véase el documento completo en inglés en: http://www.epsrc.ac.uk/CMSWeb/Downloads/Other/EIGuidanceForApplicants.pdf 5. Los cinco presidentes de los consejos para la financiación de la investigación científica son: Dr. Peter Ringrose, ex director de la oficina científica de Myers Squib en Bristol; John Armitt, es director ejecutivo de la red de ferrocarril; Sir John Chisholm, actual presidente de QinetiQ; Ed Wallis, actual presidente de W S Atkins; Peter Warry, actual presidente de Victrex PLC y de BSS Group PLC.
6. Los tres presidentes de los consejos para la finaciación de la educación superior son: Tim Melville-Ross, ex director ejecutivo de la Nationwide Building Society; Roger Thomas, ex consejero de la firma de abogados Eversheds; John McClelland, actual presidente de Technology Ventures y de NQ Consulting Ltd.
7. David Leigh y Rob Evans, “Papers detail Labour donor’s vaccine deal”, The Guardian, 29 de junio de 2004. Artículo completo disponible en inglés en: http://www.guardian.co.uk/uk/2004/jun/29/politics.freedomofinformation
8. Tania Branigan, “Vacines to net Labour donor’s firm £20m”, The Guardian, 17 de abril de 2002. Artículo disponible en inglés en: http://www.guardian.co.uk/politics/2002/apr/17/uk.labour
9. Dominic O’Connell , “£20m boss of Qinetiq set to retire”, Timesonline, 8 de febrero de 2009. Artículo disponible en inglés en: http://business.timesonline.co.uk/tol/business/industry_sectors/technology/article5683362.ece
10. “What Dunfermline meant for Gordon Brown's ambitions”, Letters to the Daily Telegraph, Daily Telegraph, 10 de febrero de 2206. Disponible en inglés en: http://www.telegraph.co.uk/comment/letters/3622997/Letters-to-the-Daily-Telegraph.html
11. David Hencke, “Auditors condemn rushed MoD sale that turned civil servants into multimillionaires", The Guardian, 21 de noviembre de 2007. Artículo disponible en inglés en: http://www.guardian.co.uk/uk/2007/nov/21/military.immigrationpolicy
12. Lord Drayson, conferencia anual en la Academy of Medical Sciences, Royal Society, 3 de marzo de 2009. Texto completo disponible en inglés en: http://www.dius.gov.uk/generate_pdf?id={4D3CEA50-034E-4174-AEF1-9C2EE8341A48}
13. “Budget 2009. Building Britain’s future: Economic and Fiscal Strategy Report and Financial Statement and Budget Report, pág. 136. Documento completo en inglés disponible en: http://www.hm-treasury.gov.uk/d/Budget2009/bud09_completereport_2520.pdf
14. John Denham, “Letter to stakeholders on Budget”, abril de 2009. Artículo disponible en inglés en: http://www.dius.gov.uk/budget2009
15. “The race to the Top, A Review of Government’s Sicence and Innovation Policies”, pág. 11, Texto completo disponible en inglés en: http://www.hm-treasury.gov.uk/d/sainsbury_review051007.pdf
16. Ibid , pág. 66.
17. Ibid, pág.152.
18. Ibid, Lord Drayson, referido a los Fondos para la Innovación en Educación Superior, 17 de noviembre de 2008.
Fuente: http://www.zcommunications.org/zspace/commentaries/3862
George Monbiot es columnista del diario británico The Guardian. Ha trabajado como periodista de investigación en Brasil, Indonesia y África Oriental. Ha impartido docencia en Oxford, Essex y Bristol, entre otras universidades. Es autor asimismo de varios libros, entre los que destacan: Heat: how to stop the planet burning; The Age of Consent: a manifesto for a new world order and Captive State: the corporate takeover of Britain.
Paloma Valverde es miembro de Rebelión y de la Campaña Estatal contra la Ocupación y por la Soberanía de Iraq (CEOSI, www.iraqsolidaridad.org).

27 mayo, 2009

Un amigo que escribe sobre las elecciones europeas

Se llama Fernando Losada y fue un lujo para la Facultad de Derecho de León durante los últimos años. Sabe un montón de Europa y del Derecho comunitario. Estos días podemos disfrutar en algunos periódicos sus comentarios sobre las próximas elecciones. Véanlos aquí. Y no se pierdan, por ejemplo, éste.
¡Suerte, Fernando!

26 mayo, 2009

Las idioteces nunca vienen solas

Estaba éste que les escribe con el cotidiano ataque de mala baba, cagándose en las entrañas de los pedabobos, los tontibuenistas y los pijoprogres, cuando, ¡zas!, entro en trance y vuelvo a captar momentos del futuro. Últimamente ando todo el día poseído, y no sólo por mi banco y mi señora. Veo cosas y algunos días hasta oigo voces así como del más allá que me dicen, “confianzaaa....”, “esfuerzooo....”, “imasdemasiii....”. Uf, un sinvivir. Y lo bueno del caso es que esas visiones mías son anticipatorias, acaba ocurriendo lo que se me aparece. Da mucho miedo.
Ahora mismo les cuento de qué va la profecía de hoy, pero antes permítanme que los ponga en situación. La razón de mi mal humor era la noticia de que una universidad madrileña, la Rey Juan Carlos, quiere implantar un grado en Igualdad. Entiéndanme, no es que ahora tenga la igualdad en grado cero y pretendan sumar el primer tanto, no. Es que quieren organizar una carrera que se llame así, Igualdad. Oye, como Arquitectura, Derecho, Medicina, Química... Ahora igualdad. De puto padre, tío. Mola. Esta gente se mete de todo, seguro. Además, ¿estos de la Rey no eran del PP? Pues ahí los tienes, coronándose again y deseosos de homologarse de pijoprogres como los otros.
De ese jaez eran mis reflexiones y me subía como un calor por la espalda, empezando mismamente en el culo, a medida que iba leyendo más sobre la simpática noticia. Luego la sensación tomó la vía descendente, pasando por los mismos lugares, y tuve que irme corriendo al excusado. Ustedes perdonen la confianza. Ya más tranquilo, me disponía a leer alguna cosa sobre las normas anankástico-constitutivas, cuando a mi alrededor todo empezó a moverse y llegaron las visiones. Pero esperen, no nos precipitemos. Antes de desvelarles el prodigio déjenme explicarles que, según dicen los periódicos que dicen los de la universidad real, «Se trata de formar profesionales que vigilen el cumplimiento de la Ley de Igualdad, de la misma manera que ocurre con la Ley de Dependencia o como ya sucedió con las relaciones laborales». Ya ven, y yo sin enterarme de que ya existe un título universitario de grado sobre la Ley de Dependencia. ¿Cómo se llama? ¿Grado de Dependencia? Oigan, ¿y los titulados? Ya me imagino el pergamino: “Juan Carlos I, Rey de España y tal, le otorgo el título universitario de Dependiente”. ¿Habrá también dependientas? ¿Podrán ejercer el título en El Corte Inglés o en Mercadona? Joer, cómo se está complicando el mundo de la educación. Y, a propósito, ¿los que se gradúen en Igualdad serán conocidos como iguales? ¿Se imaginan el día que se gradúen los dos primeros? Todos gritando aquello de dos iguales para hoy.
Es una idea bien potable esa de hacer un título universitario por cada ley. Por ejemplo, cualquier universidad monárquica o de la Señorita Pepis podría poner en marcha un grado en Memoria Histórica, con dos especialidades luego, para el máster: héroes y tumbas. También quedaría de lo más mono un grado en Aborto, al hilo de la ley de tal cosa. Habría asignaturas de matemáticas, para lo del cómputo de plazos, y de zoología, por lo de los bichitos esos que dice la menestra poetisa. ¿Y qué tal un título universitario sobre los títulos universitarios? Grado en Grados, podría llamarse. La monda, eso ya sería la universidad mordiéndose la cola, la muy guarra. Cabrían asignaturas de geografía, para que los pedagogos dejen de confundir Bolonia con Colonia y con Polonia, criaturas de Dios, y de corte y confección, para enhebrar créditos ECTS con competencias, habilidades, destrezas y eyaculaciones. Por cierto, ¿saben que la pasada semana, en un debate por ahí sobre esas cochinadas, un pedagogo que dicen que manda un huevo en varias anecas de carretera me aseguró que en realidad competencias, habilidades y destrezas eran la misma cosa? Yo le respondí que ya me parecía a mí que eso era un misterio como el de la Santísima Trinidad y me replicó, perplejo y perdido, que a qué me refería. Esa gente nunca deja de hacer de sí misma y tiene a gala no disimular lo que sabe.
Bueno, pues en ésas andábamos cuando, ¡zas!, como ya he dicho. Que resulta que veo el BOE del 28 de diciembre de 2014 y que en él se publica el plan de estudios de un nuevo grado que se va a impartir en la Universidad Carlos III, of course (otra que es monárquica. ¿Para cuándo una universidad Carlos II el Hechizado?) y que se llama.... ¡tachán....!: Grado en Fraternidad. Como te lo cuento, hija. De lo que deduzco yo, aunque al respecto nada se me ha aparecido, que después del grado en Igualdad en la Juancar vendría el grado en Libertad en la de Navarra y, al fin, el de Fraternidad en la pontificia gregoriana (digo esto porque en el mismo BOE venía algo sobre una propuesta de cambio de nombre de esa universidad, pero no sé a qué se refería, no lo entendí).
Las asignaturas serán todas de primera, por lo que he visto. Habrá latín, para convencer a los estudiantes de que fraternidad viene de frater, fratris, hermano (o, como escribiría una pedagoga afín al gobierno: frater, fratris, hermano/a); griego, por lo de la no discriminación por razón de opción sexual (esta asignatura es de las transversales), y francés, porque fue en la Revolución francesa donde andaban todo el día gritando lo de la fraternité. También figura una materia de ciencia política, por lo de los cuñados, que, como se sabe, son hermanos políticos y no hay por qué llevarse mal; y otra sobre historia de la vida conventual, pues, al parecer, aunque no se ha divulgado suficientemente, hay monasterios en los que los monjes se llaman entre sí hermanos. En el último semestre aparece la asignatura de Fraternidad Sostenible, que imparten los de tiro con arco porque sí, qué pasa, ¿eh?.
Como no había ninguna ley sobre la fraternidad en la que los nuevos titulados pudieran especializarse, el Gobierno, que sigue presidido por Rodríguez Zapatero, se ha comprometido a sacar adelante una Ley de Fraternidad, en la que se dispondrán cosas tan importantes como que en el caso de partos múltiples deberá mantenerse en secreto el orden de nacimiento, a fin de evitar discriminaciones fraternas, o que el programa El Gran Hermano deberá llamarse en el futuro la Gran Fraternidad, para impedir el trato desigual de las hermanas en el título. “¿O acaso una hermana no puede ser tan grande como un hermano?”, se preguntaba días antes la que será por entonces Vicepresidenta Primera, Bibiana Aido.
Lo que no comprendí es por qué el empeño de poner un mandil como símbolo de ese título de Fraternidad. Será por lo de la igualdad en las tareas domésticas o lo de la conciliación de la vida laboral y familiar.
Por lo que pude comprobar en mi visión, la gente seguía muy contenta y, mientras hacía cola con la cartilla de racionamiento, comentaba que caray, progresamos de cojones y que a ver cuándo montan un título de quemar curas y monjas o de pegar tiros a los árbitros. Se notaba más que de sobra que la reforma educativa está dando y dará aún unos resultados del copón.

25 mayo, 2009

El gobierno no importa

Es posible que, sin darnos cuenta, estemos asistiendo a un experimento que hará época y marcará la historia. Llevamos siglos y siglos preguntándonos qué es lo que legitima al gobernante para que pueda mandar sobre nosotros y debamos acatar sus normas, pues partimos del convencimiento de que el acontecer social obedece a los imperativos de los gobiernos y de que a las sociedades el poder les da forma igual que un escultor a la madera con que hace su talla. Y a lo mejor resulta que no.
A lo mejor resulta que el mundo humano tiene su acontecer y su transcurso perfectamente independientes de que nos rija éste o aquél, al margen por completo de que las riendas del Estado las lleve un partido u otro. Ya teníamos algunas buenas razones para sospechar que los gobiernos son nada más que adorno y las disputas políticas únicamente pasatiempo para el vulgo, y que lo que ha de ser será y lo que tiene que pasar pasará, mande Agamenón o su porquero. El caso hasta ahora más evidente era el de Italia, país que progresó sin parar pese a que de la Segunda Guerra para acá primero lo gobernó una cleptocracia sanguinaria de apellido confesional, luego cayó en la inestabilidad política absoluta y, finalmente, ha acabado en manos de un caradura con pasta e implantes.
Pero la pista definitiva para darnos cuenta de que importa un bledo quién nos presida o qué partido gobierne la tenemos aquí mismo, en España. Mientras en otros países se afanan en reformas serias para frenar la crisis económica, aquí el gobierno silba tangos y pone cara de que ya escampará cuando toque y, total, para qué vamos a despeinarnos. Si a la postre resulta que es verdad que nos recuperamos al mismo tiempo que los demás países y no nos quedan secuelas mayores, será la prueba definitiva de que ni hace falta política económica ni influye un carajo que el Ministerio de Economía lo regente Carmen Sevilla o alguien que tenga una mínima idea de finanzas y presupuestos.
Ocurre igual con el Estado mismo. Si dentro de medio siglo España aún existe con su territorio actual y en democracia, será testimonio más que sobrado de que este Estado es incombustible y de que no pasa nada por ponerlo en manos de unos niñatos con una cerilla y un bidón de gasolina. Así que tranquilos, seguramente podemos seguir votando a tontas y a locas y sin temor de que pase nunca nada grave por nuestra culpa.
Puede que ahí esté el gran reto de Zapatero y la razón por la que quedará en los libros: es un gran ácrata persuadido de que todo lo determinan, a medias, el mercado y los dioses, y quiere convencernos de que nuestros propósitos y afanes no pintan nada y la política es un pasatiempo tan intrascendente como entretenido. Una cosa así como jugar al monopoly o hacerse pajillas, maneras de matar el tiempo sin hacer daño a nadie. ¡Mira que si ahora empieza a caerme bien y hasta lo veo listo! ¡Cuán volubles somos los humanos!

24 mayo, 2009

Disciplinada tropa

Últimamente me da por pensar mucho en la señora Ceaucescu. Su nombre de pila era Elena y estaba casada con el dictador comunista de Rumanía. Pese a ser medio analfabeta, una burra total, quiso que la considerasen como una gran científica y, a la sombra del poder y aunque apenas tenía estudios primarios, hizo primero que le reconocieran un doctorado en química y luego consiguió que los científicos rumanos de entonces la veneraran como extraordinaria investigadora.
¿Que por qué se me ocurre recordar a aquella idiota? Porque me parece que nos equivocamos grandemente cuando creemos que sólo en las dictaduras es posible humillar a los supuestos científicos y a la gran mayoría de los profesores universitarios. No es así. Se humillan solos si les parece que con su inclinación de cabeza, sus silencios y hasta sus alabanzas a cualquier cretino pueden prosperar o, simplemente, se evitan perder alguna ventaja.
Miremos alrededor los que vivimos de la universidad y conocemos el percal. Preguntémonos que pasaría si por algún desgraciado azar -no lo quieran los dioses- un día de estos se instaurase aquí una dictadura cualquiera y los nuevos jerarcas quisiesen hacer a los profesores comulgar con ruedas de molino. ¿Lo conseguirían? Sin la más mínima duda. No pasarían de diez por ciento los que se resistieran de alguna forma, se exiliaran o, simplemente, guardaran un distante silencio a costa de poner en peligro sus carreras o de perder el tren del próximo ascenso. La inmensa mayoría firmaría donde hubiera que firmar para proclamar que los enemigos del gobierno son los enemigos del pueblo y los destructores de la ciencia, que la esposa y toda la familia del dictador son los más importantes científicos del mundo, aunque, con tanto enemigo fuera, no se les dé en todo el orbe el gran reconocimiento que merecen. Y lo que haga falta. Unos pocos obrarían así con íntimo desgarro, pero los más acabarían creyendo en la verdad de esas proclamas. Nadie está libre del síndrome de Estocolmo, y en las universidades, menos.
Es obvio que ni puede suceder ni me iba a dar por ahí en verdad, pero me divierte mucho pensar qué me gustaría hacer si, de pronto y por arte de magia, me viera convertido en tirano de esta nación, con poderes omnímodos, por un día señor absoluto de vidas y haciendas. No crean que me deleito imaginando tremendas orgías, derroches de oro o manjares exquisitos. No. Lo que me encantaría sería llegar a cualquier universidad y, muy serio, anunciar que pienso poner en marcha un nuevo sistema para el acceso a la cátedra o para el ascenso a catedrático de primerísima, y que ahí mismo, donde me encuentro, vamos a hacer una prueba piloto. ¿Se imaginan la expectación, el nervioso removerse del claustro reunido, la íntima comezón de los presentes? Y de inmediato lo suelto, lo aclaro todo: “Vamos a comenzar ahora mismo. Ahí afuera hay un par de camiones cargados con caca de oveja. Todos los presentes que se traguen una buena ración serán de inmediato promocionados. Hasta que se acabe”.
¿Qué les parece a ustedes, amigos, que sucedería? A lo mejor peco de pesimista, pero estoy convencido de que habría carreras, codazos y pesadas digestiones, combinado todo ello con vítores a mi persona y muy sesudos discursos sobre el inusitado nivel que el saber estaría alcanzando gracias a tan excelsa dirección de los asuntos educativos y científicos.
Es una gran exageración, ya lo sé. Ni la señora Ceaucescu ni un servidor vamos a darnos ese gustazo de ver a tanta lumbrera comiendo lo que más le gusta, pero, aquí y ahora podemos, en cualquier caso, preguntarnos por qué, con la que está cayendo, entre el profesorado universitarios casi nadie dice esta boca es mía y todo el mundo achanta y mastica. Porque cierto es que no es la mujer de ningún dictador la que organiza ahora mismo títulos y modos de enseñanza, pero, al fin y al cabo, hemos entregado la reformas de la universidad a los mismos que primero arreglaron la enseñanza primaria y luego la secundaria, con los resultados conocidos. ¿De verdad asistimos, por ejemplo, a tanto curso, seminario y reunión de pedagogos porque creemos que saben lo que hacen y nos llevan por buen camino, o será porque alguien nos ha asegurado que, si tragamos de eso, medraremos?
Entiéndanme. Lo que me dasasosiega no es cuánta gente come en la mano de tanto granuja, pues puedo entender perfectamente muchas razones para ello. No, lo que me sume en la más dura perplejidad es la fundada sospecha de que son legión los que ni critican ni cuestionan ni dudan, los que actúan con el convencimiento de que así ha de estar bien, si así es como el poder lo dispone. Entiendo perfectamente a quien tenga que prostituirse, sólo me cuesta comprender al que, después de trajinarse a algún gordo con halitosis, salga proclamando que no está tan mal y que, bien mirado, de algo hay que vivir y es un trabajo tan digno como cualquier otro. Lo diré más claro: cada vez resulta más difícil en la universidad rajar contra los poderes establecidos y los dictadorzuelos que se la están beneficiando. La mayoría de los compañeros miran hacia todos los lados con inquietud y aceleran el paso. Y eso cuando no te llaman retrógrado y enemigo de la educación de las capas populares. Supongo que en la Rumanía de Ceaucescu sería aún peor. Pero no me digan que no es raro esto: nunca en la universidad española hubo tanto conformismo, tanto dejarse ir y tanta incapacidad hasta para hacerse preguntas. Y tanto mandanga mandando y tanto ceporro disfrazado de expertísimo en didácticas y metodologías. Ni cuando Franco, seguro.
Cuánta razón tenía doña Elena (Ceaucescu) y cuánto debió de divertirse.
Y luego dicen que en la univesidad tiene su sede de honor el pensamiento crítico. Ja. Y yo con estos pelos.

23 mayo, 2009

¿Alguien sabe en qué país vivimos? Por Félix de Azúa

(Publicado en El Periódico, 22 de mayo. Recogido en Fundación para la Libertad).
El 13 de mayo ganaba el Barça a los de Bilbao la Copa (del Rey). Antes del partido, los nacionalistas catalanes y vascos armaron un sindiós contra el himno español y el rey Juan Carlos. La televisión del Gobierno censuró el abucheo. El avance nacional catalán se ha ido haciendo con prudencia y astucia, mediante una mesurada ocultación de los hechos.
La ocultación se dirige en primer lugar hacia lo que podríamos llamar pre-catalanes, pues es inevitable que la totalidad de la población catalana acabe siendo nacionalizada. Solo en segundo lugar la ocultación se dirige hacia los españoles. La verdad es que no hace falta, porque ya no merece la pena: la independencia de Catalunya es una realidad de facto aunque no lo sea de iure. ¿Qué falta? ¿Los sellos de correos, el aeropuerto, los trenes? Minucias que se están negociando. Pero, ojo, falta lo esencial. Para los capitalistas locales lo que ha de llegar es la nacionalización de los impuestos a la manera vasco-navarra. Llegará, pero mientras tanto ya hay embajadas, el mapa geográfico que estudian los niños es el del imperialismo catalán y no hay una sola mención a España en el biotopo lingüístico de la Generalitat, como no sea para explicar la guerra civil. Esa sí que es española. El Estado español ha acabado por ser como Bruselas en este periodo inicial de la secesión.
Todo esto está muy bien y no habría problema alguno si se institucionalizara. Sin duda Zapatero así lo desea. Él querría un acuerdo de secesión a la checa y desprenderse de una Eslovaquia cuya clase dirigente no quiere permanecer junto al resto de los españoles. Sin embargo, no puede hacerlo. La causa oficial es que, de concederse el concierto, la caída de ingresos del Estado sería inasumible. No estoy muy convencido: si tras desgajarse el mercado catalán se sorteara el barullo de los primeros años, lo que quede de España subsistiría sin demasiados problemas. No. La causa de que Zapatero no pueda conceder la secesión no es económica, sino política. No puede excluir los votos que un nutrido grupo de nacionalistas reciclados como socialistas le entregan en cada elección. Sin ellos, el poder del Estado caería en manos del partido conservador. De modo que Zapatero, aunque lo desee, no puede dar la independencia.
Eso explica que mediante un acuerdo sub rosa, tolere que ignoren al Tribunal Constitucional, que organicen su propio orbe jurídico, sus relaciones exteriores, o que cultural y lingüísticamente sean ya un país extranjero. Que se vayan virtualmente, pero sin ruido. De ahí que TVE haya tenido que censurar el abucheo del día de la Copa (del Rey) no fuera a ser que alguien se enterara de lo que está pasando.
La deriva, a mi modo de ver, no tiene remedio porque el despiste de los españoles sobre esta cuestión es colosal. Al día siguiente del abucheo (yo estaba en Madrid) seguí algunos foros y tertulias. Abundaban los periodistas que agitaban gozosamente el estandarte de “la España plural”. Todos sabemos que la “España plural” quiere decir “la confederación”, pero suena más bonito lo de “España plural”. Suena a solidaridad, diálogo, diversidad, ese telón de nubes doradas que compone el núcleo intelectual de Zapatero. Aquel mismo día le preguntaron a Duran Lleida si era separatista y respondió que su partido no es separatista, sino soberanista. Es lo mismo, pero no hay que decirlo demasiado claro. A los dos días, un cerebro de CiU añadió que la pitada había sido motivada por “los ataques que recibe Catalunya”. Argumento etarra: yo mato porque España me agrede.
No creo que sucediera nada irreparable si se pasara de la independencia de facto a la de iure. Que Catalunya se separe de España y forme una Eslovenia del sur no traería muchas consecuencias a quienes no queden atrapados allí dentro. Seguramente cambiaría la filiación catalana al mercado español por una sumisión al mercado francés (idealizado como “mercado europeo”), lo cual daría satisfacción a los fanáticos. Al resto de los españoles les importaría poco, como hasta ahora, por mucho que algunos cabestros salieran a la calle en busca de automóviles catalanes para romperles los faros.
Tener un Portugal a la izquierda y otro a la derecha, ¿qué más da? ¿Habrá menos dinero para subvencionar a extremeños y andaluces? Ya espabilarán. Mientras tanto, la República de Catalunya se pondría a la cola de la Unión Europea a esperar turno. Un par de generaciones y a vivir. Más generaciones se sacrificaron en la URSS. Es cierto que quedarían dentro de esa República sobre un 60% de pre-catalanes que hablan en español, les gusta la zarzuela o van a los toros, pero ellos se lo han buscado. Su propia apatía les ha conducido a donde se encuentran. Así pasó con el partido Ciutadans, que comenzó con 90.000 votos y ha terminado haciéndose el haraquiri.
No habiendo ningún problema grave, ¿no se le podría pedir a Zapatero que, al socaire de la ruina económica, resuelva este asunto? Porque lo inmoral es la ambigüedad, la hipocresía, las medias tintas, las opresiones ocultas, el peronismo rampante, las represiones invisibles. ¿No sería conveniente acabar con este enojoso asunto y pasar a cosas más serias? Si lo hace bien, si lo vende como ha vendido todas sus trascendentales decisiones (la Alianza de Civilizaciones, sin ir más lejos), es incluso probable que los españoles le vuelvan a elegir, aún descontando los votos catalanes que, ¡helás!, se habrán ido para siempre a un paraíso fiscal. Por lo menos hasta que los mossos d’esquadra invadan Valencia.

22 mayo, 2009

España y Europa: música de manifiesto. Por Francisco Sosa Wagner

SI YO CRITICO, con mi pluma y mis razonamientos, la andadura iniciada en 2004 por el sistema autonómico español es porque ha suscitado unas polémicas extravagantes -el concepto de nación, los derechos históricos, la misma autodeterminación...- , orillando en cambio una reflexión seria sobre el funcionamiento concreto de áreas enteras de la actividad administrativa o de los servicios públicos más relevantes.
Quiero decir que, metidos en reformar unas leyes orgánicas como los estatutos de autonomía, podíamos haber aprovechado la ocasión para meditar acerca de realidades prosaicas: por ejemplo, sobre la educación o el urbanismo. Respecto de la primera, una y otra vez somos suspendidos cuando nos examinan los observadores internacionales. Y en relación con el urbanismo, nada menos que el Parlamento Europeo ha propinado una sonora bronca a las autoridades españolas por nuestras leyes urbanísticas autonómicas, amenazando incluso con retirar fondos europeos si persistimos en mantenerlas en vigor.
Pero nada de esto se ha discutido. Al contrario, engolfados en debates bizantinos, vamos avanzando por una senda peligrosa sin que nadie se pare a pensar en el final del trayecto. Una visión ésta que comparte ahora alguien que se ha sentado durante muchos años en los bancos socialistas del Congreso, Luis Fajardo, en su libro ¿Hacia otro modelo de Estado? (Editorial Civitas, 2009). Y así van saliendo ocurrencias o chapuzas, algunas clamorosas, como es el caso de la gestión de las aguas públicas. ¿A quién se le puede ocurrir confiar a una ley con ámbito territorial determinado -un Estatuto de Autonomía- la regulación de un asunto que afecta al conjunto de España?
En los países federales serios, Estados Unidos por ejemplo, hace mucho tiempo que la jurisprudencia ha atribuido a la federación lo más sustancioso de la administración hidráulica por encima de la legislación de los estados federados. Y lo que decimos de las aguas podríamos aplicarlo a la sanidad, a las medidas económicas ante la crisis, a la ley de dependencia o a las famosas licencias de caza y pesca. El mercado interior -lo han denunciado instancias representativas y neutrales, como el Consejo Económico y Social- está roto desde hace tiempo y el culebrón de la trasposición de la Directiva europea Bolkestein lo ha puesto de manifiesto de manera bien expresiva.
En el debate sobre la financiación sorprenden muchos de sus ingredientes, pero para mí el más espectacular es que, a su vista, nadie parece tener la responsabilidad de velar por la racionalidad del gasto público en su conjunto. Porque nadie duda de las necesidades de las comunidades autónomas ni de la buena intención de sus presidentes preocupados por el bienestar de los ciudadanos, pero alguien debería preguntar a esos mismos presidentes si a lo mejor no ha sido una imprudencia crear una Universidad en cada provincia o una televisión pública en cada región, o centenares de organizaciones que se solapan unas a otras, coincidentes en muchos de sus objetivos, tal como ocurre con en el caso de las empresas públicas, encadenadas ahora ya como racimos de un nuevo sector público que se estira y acicala, florido y macizo.
Si la autonomía política es considerada una diosa, ¿de verdad es necesario que ardan en su pebetero a diario tantas y tantas ofrendas?
Más aún: ¿hay detrás de todo esto un modelo de Administración pública o actuamos a salto de votación parlamentaria y a boca de amenaza nacionalista? Hace poco afirmaba una alta autoridad del Gobierno que, si existían algunas disfunciones, se debía a que el Estado en España se hallaba «en construcción». Pues si es así, que nos enseñen los planos para saber a qué atenernos.
El caso es que, metidos en este embrollo, se nos ha olvidado que la construcción de Europa exige comparecer ante ella con un Estado cohesionado y bien articulado. Sin embargo, las nuevas previsiones estatutarias apuntan -como he razonado desde esta misma Tribuna- en la dirección contraria, y así lo ha puesto de manifiesto con buenas maneras y lenguaje terso el Consejo de Estado.
Unión Progreso y Democracia, el partido por el que me presento a las elecciones europeas -cuya campaña comienza hoy- es europeísta, ya que no se puede estar a favor de la integración comunitaria y, a la vez, permitir que se fragmente dentro de España lo que se ha unido a lo largo de muchos años y de muchos avatares históricos. Defendemos que el Tratado de Lisboa se apruebe porque es un paso adelante y porque Europa se ha ido construyendo desde su nacimiento sobre la base de pequeñas conquistas que tienen su origen en aquella primera unión trenzada a partir del carbón y del acero.
Defendemos más Europa, no menos Europa. Y lo hacemos porque es indispensable dar vigor a las instituciones europeas al ser hoy los estados tradicionales impotentes para solucionar los grandes problemas de la civilización. La mirada nacional es una mirada miope y la consolidación de vigorosos conjuntos públicos territoriales resulta una necesidad imperiosa. Sólo un poder público sólido y democrático es capaz de proteger a quienes no tienen más defensa en la vida que la proporcionada por las instituciones públicas.
Europa ha de disponer de una sola voz, y fuerte, ante las demás potencias mundiales, llámense Estados Unidos de América o los estados fortalecidos de Asia, o llaménse organismos internacionales como el Fondo Monetario, el Banco Mundial, etcétera. Hace unos días, una comisaria europea bien activa -Viviane Reding- planteaba el problema de la supervisión global de internet hoy confiada a una Agencia (Internet Corporation for Assigned Names and Numbers), independiente pero tutelada por EEUU. Desde Bruselas se pretende crear un organismo bajo la supervisión de un G-12 formado por representantes gubernamentales de las principales áreas geográficas del mundo. Éste es el camino que juzgamos correcto si se quiere defender la igualdad y la libertad de todos, los grandes emblemas que han hecho progresar a la Historia, intactos aún como faros que son de la Humanidad toda, inmunes a la acción del óxido.
HAY QUE PENSAR, además, en una Europa de los servicios públicos, hoy acogidos como valores capitales que han dado al continente una fisonomía que le permite posar con orgullo en el retrato de la justicia social en el mundo. Si Europa -aun con todas sus injusticias- es el espacio planetario más justo de cuantos existen se debe en buena medida a esta modesta técnica económica y jurídica que trata de garantizar a todos el acceso -más allá de su renta o del lugar donde vivan- de determinadas prestaciones sin las que la vida en colectividad sería sencillamente impensable: el agua, los transportes, las comunicaciones, la sanidad...
Aún hay mucho camino por recorrer, porque los desafueros son palmarios, en España y fuera de ella, al subsistir servicios prestados en régimen de una absoluta precariedad, lo mismo que subsisten bolsas de poblaciones que viven ajenas al disfrute de bienes colectivos básicos. Para ello es indispensable Europa, para ello son indispensables sus instituciones, la mirada buida de sus ojos que, al estar posados al tiempo en tantos sitios, pueden contemplar -sin cegarse- una realidad irisada y compleja.
En fin, estas cosas cavilamos en UPyD cuando afrontamos unas elecciones como estas. Como igualmente pensamos en una España que ponga fin al bipartidismo, acaso útil en los años de asentamiento de la democracia, pero que ha devenido una pesada rémora para la actual circunstancia. Un bipartidismo que contribuye a crear un paisaje político espeso y que otorga a determinados partidos, que sólo ostentan la representación de una parte del territorio nacional, la llave para organizar el todo, según sus particulares aspiraciones.
Es necesario un tercer partido político con implantación nacional: con un discurso único y válido para toda España. De vuelta de las experiencias comunistas, que han sembrado de horror y de injusticias la Europa del siglo XX, resta la opción de esta pequeña organización, que sin duda alberga aún muchos defectos, pero que piensa en España, «madre de paciencias y de encantamientos» según el vibrante cántico de Victoriano Crémer.
(Publicado en El Mundo hoy, 22 de mayo).

21 mayo, 2009

Ordenador por liebre

Eso de que a cada escolar el gobierno le vaya a dar un ordenador portátil me suena como si, en tiempos, a cada crío de mi pueblo le hubieran puesto en la escuela una vaca. Casi todos teníamos vacas en casa y de ganado entendíamos un rato largo. Sabíamos ordeñar, pastorear y dale de comer, cosas todas en las que los maestros andaban a uvas. Lo que nos hacía falta, eso sí, era lo que en casa no teníamos, como libros, o lo que ni aprendíamos por nosotros mismos ni nos podían enseñar los parientes, como escribir sin faltas o sumar quebrados.
Los niños de hoy suelen tener en su hogar ordenador y se manejan con él o con cualquier artilugio electrónico con una habilidad que para sí quisieran sus profesores. En cambio, cada día se les muestra menos el placer de leer El Quijote o La Isla del Tesoro o lo bien que se siente uno al hablar con propiedad y sin gritos o al portarse cortésmente con el prójimo.
Es posible que algún que otro chaval aún no disponga de computador en su residencia. Si es por causa de la pobreza, que los poderes públicos les regalen uno y, si son listos y aplicados, una buena beca desde el parvulario hasta la universidad. Pero entregar portátiles también a los ricos es demagogia estúpida y confundir las temporas con lo otro. Ya pasó con los famosos cuatrocientos euros, que recibieron por igual los Botín y el último currante.
El buen negocio, una vez más, será para los Bill Gates y compañía. Pues de eso se trata y bien que nos damos cuenta, aunque nos tomen por tontos. Las grandes empresas ganan siempre. Cuando el pueblo anda con la economía boyante, los coches y los ordenadores se venden porque la gente los compra con alegría; cuando llega la crisis a los bolsillos del personal de a pie, la venta sigue porque el gobierno subvenciona a fabricantes y concesionarios para que la fiesta siga para los reyes de la fiesta.
Mientras tanto, la inversión real en educación y en investigación disminuye. Pero ¿a quién le importa la ciencia o la cultura, si podemos ganar la Eurocopa y, además, nos hacen regalitos con nuestro propio dinero? Vuelve el caciquismo más ruin y los ciudadanos cada vez nos vendemos más baratos. Nuestro voto hace la calle y está de saldo.
(Publicado por un servidor hoy, jueves 21, en El Mundo de León).

20 mayo, 2009

Abortos, píldoras y machitos

Créanme, no sé muy bien qué pensar. Mi liberalismo canoso a veces me deja así, atorado. Pongamos que nos me gustan mayormente los argumentos de un lado ni los del otro. Y argumentos por la calle de en medio se me ocurren pocos. El aborto es un tema muy serio, poco apto, entre personas con cacumen, para tópicos, eslóganes y frivolidades de programa electoral. Así que hablaré un rato de sexo.
Las arrugas y callosidades de mi liberalismo no me impiden ser un convencido defensor del sexo libre, esto es, de la libertad sexual. Pero el sexo, por ser asunto serio, debe ser más serio y más responsable cuando es libre. Que el sexo sea libre significa que cada uno debe obrar en esa materia según los dictados de su conciencia y al hilo de sus compromisos libremente asumidos, consigo mismo y con el prójimo. Impedir a alguien con madurez suficiente practicar el sexo con otra persona libre (o consigo mismo, caramba) es tan monstruoso y enfermizo como monstruoso y enfermizo sería obligar al sexo al que no lo desea o lo considera pecadísimo total. Allá cada uno con sus manías, sus fobias, sus filias y sus cálculos. Que cada palo y cada vela se aguanten o no, según quieran.
En los tiempos de la furibunda represión era comprensible que las pulsiones mal contenidas explotaran en un aquí te pillo, aquí te mato. En esta época de bendita libertad, se entiende mal que el personal juvenil siga preñando de tres en fondo. Descuéntense, por supuesto, accidentes lamentables e inimputabilidades estimuladas en noche loca. Con todo, sigue siendo una burrada la proporción de alegres embarazos no deseados. Ya no es por falta de información, ya no es porque no haya donde hacérselo con calma y sin sobresaltos, ya no es porque no se tenga donde mercarse un condón o el artilugio impeditivo más sofisticado. Tengo para mí (y que me disculpen los más modernos si esto suena pelín antiguo) que es porque hay mucha irresponsabilidad. Si al mozuelo no le pasa nada ni le tose nadie por cargarse todas las asignaturas, ni por no querer trabajar, ni por ciscarse en los papás si se ponen bordes, ni por mentarle la madre al profesor, ni por echar todos los viernes la vomitona en el hall del dulce hogar, and so on, por qué se va a preocupar de evitar que la colegui del quinto (de primaria) se quede embarazada como si tal cosa.
A eso vamos, a la bendita irresponsabilidad. Y al machismo. A mí aún no me alcanza la reconversión ideológica para decir que se deba prohibir el aborto, ni me da la hipocresía para pensar que cambiar a una ley de plazos suponga la más mínima alteración en la cantidad de abortos que ya se practican con la ley vigente y sus fáciles trampas. Lo que no me encaja es que cualquier chavalilla pueda abortar como el que se compra un paquete de pipas y, ya puestos, hasta se ahorre la bronca doméstica. Seré más franco (y no me hagan juegos con la palabrita): si mi hija tuviera diecisiete años y se embarazara sin querer, le ofrecería todas las alternativas que estuvieran en mi mano y mi mayor apoyo para su decisión, fuera la que fuera. Y, una vez que hubiera optado y fuera el momento procesalmente oportuno, le echaría una bronca de padre y muy señor mío y le recordaría que quien puede lo más, puede lo menos. O sea: tú, guapa, abortas o no, pero con tu decisión te has hecho mayor, autónoma y suficiente para todo y se acabó el trato privilegiado por tu supuesta condición adolescente e inimputable.
Elevemos la perspectiva de lo personal a lo general y saquemos a relucir nuestro feminismo serio. Y el feminismo serio nos dice que a las menores y a muchas mayores conviene reconocerles mil derechos, ciertamente, admitir que son dueñas de su destino y de su cuerpo. Pero, precisamente por eso, la propiedad implica responsabilidad. Y la responsabilidad supone que es del género tonto y propio de descerebradas con sexo pero sin seso andar abriéndose de piernas ante cantamañanas que no se ponen un condón, por ejemplo. Educación sexual de la buena la tiene quien sabe decir no cuando hay que decir no, aunque el mocoso empalmado llore como si hubiera perdido la Champions o te jure que esa tarde te ama más que a Messi e Iniesta juntos.
Y por ahí llegamos al puñetero machismo de estos imberbes de las narices y de sus contrapartes con trenzas. Me huelo que las ministras encargadas de la cosa se lo están poniendo a huevo a los machitos de bragueta fácil y alma de limaco. Ahora sí que van a argumentar como dignos descendientes del macho ibérico: venga, tontina, lo hacemos así que mola más, mañana te compras la pastilla y tan contentos, y, si se te olvida, abortas sin que se enteren en casa y sin necesidad de que me lo digas ni a mí, que el mes que viene tengo exámenes y los viejos se me ponen pesadísimos si en junio no apruebo Educación para la Ciudadanía.
Yo sí permitiría la venta relativamente libre de la píldora del día después y no me opongo al aborto en esos casos, pero , en contrapartida, haría obligatoria la delación: quién fue el grandísimo capullo que se lo montó así contigo, niña. Y a ese bribón que tiene espermatozoides por neuronas le daría una somanta de palos. Y, como lo de los palos ya no se lleva y nos puede empitonar Garzón por violar varios convenios internacionales sobre reproducción de menores, habría que inventarse algún sistema civilizado de sanciones. Por ejemplo, un añito de trabajos para la comunidad en cosas tales como limpiar la mierda en los baños de la estación de autobuses y cinco años sin tele y sin Bolonia. Eso sí sería feminismo del bueno y no toda esta demagogia de descerebradas de banco azul que les hacen el juego a los pequeños cretinos con pene.