19 abril, 2011

Diez medidas de cajón para volver a ser un país decente, competitivo y que no dé grima

Jugar a la ruleta rusa debe de ser parecido a esto. Hoy no nos tocó la bala que se esconde en el tambor, le cayó a Grecia, o a Portugal, o a Irlanda. Mañana quién sabe. Mirando al muerto repetimos: yo no soy ese. Lógico. El día anterior él también había proclamado: yo no soy aquel otro. Suerte que los muertos no replican ni se ciscan en nuestros muertos.

Parecía que después de la última baja, la lusa (esos portugueses, tan discretos, en verdad elegantes, que se arruinan con resignación de fado, con fatalismo y sin despeinarse ni quemar nada ni insultar a los alemanes), nos daban tregua. Resultó que se había puesto de baja el armero, una gripe de nada, y ya nos tiende otra vez el revólver, engrasado y con una de esas balas con punta destrozadora. Ya no hay descanso ni escapadas en este purgatorio. Un día se descubre que la ruina griega era más ruina de lo que pensaban los nórdicos, tan poco imaginativos, era ruina de tragedia griega y mucho funcionario prejubilado. Al otro, casi gana en Finlandia un partido nacionalista de esos que cuando son nacionalistas pero de Finlandia llaman de ultraderecha y que cuando son catalanes y vascos llaman de progreso o celosos de la diversidad cultural de los pueblos y de la identidad de las naciones. O sea, la pela. A los finlandeses les dicen de extrema de recha porque en cuestión de dineros quieren Mas y no desean repartir con los portugueses o los griegos. Al nacionalismo de Finlandia los portugueses son lo que los extremeños al nacionalismo catalán: el jodido otro que gasta y gasta y se funde la pasta de todos en algún Liceo.

Pues eso, que o viene un milagro y se encasquilla el arma, o de la bala traicionera no nos libra ni el Lucero del Alba. Será cuestión de tiempo. Y, si hubiera justicia, debería caerle ese tiro metafórico a Zapatero, para hacer justicia a sus méritos y a su convicción de que son de fogueo los proyectiles y de plástico las pistolitas y que ahora vamos a jugar a hacer frases como si fuéramos tarados de verdad. Que tal vez sí. Algunos. Aunque, bien pensado, tampoco estaría mal que el disparo figurado le cayera a Rajoy, por andar en pantomimas y haciendo el puro ganso mientras el país se va al carajo y su partido colecciona corruptos como quien se rasca pústulas con fruición. Ni ahora, en el velatorio, ni para el entierro tiene esto arreglo.

Con todo, alguna vez, algún día, para la generación que venga o para cuando la siguiente, algo habrá que hacer aquí, en algún momento habrá que trazar planos nuevos y reconstruir sobre las ruinas. Será el momento de rescatar lo obvio y colocarlo en la portada misma de los boletines oficiales, la hora de prescindir del más difícil todavía, sin red y con una sola mano, y reimplantar el sentido común donde los ciudadanos de hoy llevan aún tinto de verano con chanclas robadas en la empresa y descanso playero aprovechando el semestre largo de baja laboral por un dolor aquí, como en la parte del juanete pero por dentro.

Diez medidas, pues, para poner en marcha cuando toque que España vuelva a ser un país en lugar de esta feria de vanidosos, chulos, zánganos, flojos y zafios en que ha ido a parar mientras Alemania puso el parné.

1. Educación, educación y educación. Indiferente a los títulos y atenta a los conocimientos ciertos. Selectiva. Competitiva con fair play e igualdad de oportunidades. Jerárquica en las disciplinas, para que deje de contar lo mismo una titulación universitaria en Física o Medicina que una en Turismo o Gastronomía. Para que de la universidad, por ejemplo, desaparezcan las que un día fueron escuelas universitarias privadas o mediopensionistas y se integraron porque todo el mundo es bueno y por qué no ha de ser universitario el título del que te corta las entradas en el cine.

Educación a machamartillo, educación a raudales, educación como servicio público primero y mimado, educación para cualquiera que pueda y quiera ser educado. Educación por activa, enseñando lo que se debe enseñar seriamente, y por pasiva, evitando que como enseñanza y ejemplo se imponga la desvergüenza que hoy se exhibe desde los medios de comunicación y similares chiringuitos. Ni libertad de expresión ni de información ni gaitas: los programas de basura y prostitución canallesca del alma y del cuerpo, o de pago o en horario de madrugada. Por ley. Sin contemplaciones. Ah, y de fútbol en la tele, un partido y medio a la semana, de promedio. Y vamos que chutamos. Prohibido también que las noticias de deportes y de guarrindongueo y zanganerío -sin ánimo de comparar a deportisas con guarros y guarras, ojo- aparezcan en los titulares de los informativos y en las portadas de los periódicos. Sí, prohibido. Es necesario volver a prohibir. Queremos prohibir. Prohibido no prohibir. Nada de ensañarse, como ahora, con los pobres diablos que un día abusan de un niño –lamentable, sin duda- o que coleccionan las fotos de cien; no, la leña más fuerte para los que venden mierda a las masas y la desinforman y la "deseducan".

2. Igualdad de oportunidades. Es la igualad que importa y que abarca todas las demás. Es la que hace justicia en serio. Es la transversal a géneros, orientaciones sexuales, orígenes nacionales, lenguas, etc. Es la seña de identidad de una política que pueda recuperar el sentido y el crédito de la izquierda o el progresismo. Lo demás es mentira y, encima, es contraproducente. En la competición social entre una persona con gran riqueza económica y una persona sin recursos económicos, el Estado debe velar para que las reglas del juego y las posibilidades de victoria sean exactamente las mismas para una u otra. Da igual cuál de ellas sea mujer, cuál sea homo o hétero, cuál hable catalán o castellano con acento extremeño. Cada vez que, hoy, una mujer rica se impone a un hombre pobre, la injusticia social crece, aunque se revista con un manto paritario. El sexo no debe importar. Es el seso sin sexo lo que debe tener una oportunidad igual. Ese día también se acabará, obviamente, la discriminación femenina. En cambio, el proceso inverso no funciona.

3. Lo público debe defenderse, porque sin determinados servicios públicos y en manos del Estado, la igualdad de oportunidades es empeño vano, si es que como empeño llega a mantenerse. Pero lo público debe gestionarse con el mismo criterio y el mismo rigor con que se gestiona lo privado cuando lo privado se gestiona bien. Un funcionario público no ha de disfrutar, por comparación con el trabajador de la empresa privada, ni de un solo privilegio ni de una ventaja que se sume a la que su condición funcionarial ya supone. El ejemplo más sencillo: o todos los trabajadores tienen derecho al cafelito mañanero de una hora u hora y pico o no hay tal cafelito para nadie. Para nadie. Y los controles idénticos y la exigencia laboral y productiva la misma. Y la responsabilidad de los gestores igual también. La diferencia entre el Estado prestador de esos servicios –educación, sanidad, seguridad…- y la empresa privada está en el ánimo de lucro y en los objetivos, nada más; en los medios y el modo de gestión no tiene por qué haberla.

4. Es necesario adelgazar la Administración de personal inútil, quitarle grasas, y luego fortalecer su músculo. Para el trabajo que se hace y el servicio que se presta –y el que se puede prestar o se debe prestar- sobra mucho funcionario y mucho contratado y mucho personal de confianza. El cálculo más optimista de los posibles indica que en cada sector administrativo hay entre un veinte y un treinta por ciento de personal irremisiblemente zángano, inepto y mal intencionado. A la maldita calle mediante los instrumentos legales que quepan. Que se les pague, que se los jubile o que se ponga en nómina un buen equipo de sicarios provisto de matarratas. Pero fuera. Pongo el ejemplo que más conozco, pero sé que no es el peor: en la universidad, en cada facultad y, poco más o menos, en cada departamento, hay unos cuantos individuos que ni leen un libro ni hacen un experimento desde hace lustros, ni preparan sus clases ni investigan ni dejan de conspirar y de quejarse y que protestan cuando alguien pretende que trabajen. A la maldita rue por vía legal o fáctica. Y que recurran.

5. La democracia tiene que dejar de ser orgánica. De esa ya hubo aquí en tiempos. Las decisiones legislativas las toma el poder político legítimo, previa deliberación parlamentaria, a la que se supone que ha antecedido la pertinente deliberación social. Que se escuche a todo el mundo, que se llene todo de buzones para sugerencias; pero las decisiones políticas las toma el poder político. Por ejemplo, la legislación laboral la negocia y la hace el Parlamento; la legislación educativa y parlamentaria la negocia y la hace el Parlamento; la legislación en materia de propiedad intelectual la negocia y la hace el Paralamento. Y así todo. Nada de mesas paritarias ni parasitarias. Nada de democracia vertical. Nada de familia municipio y sindicatos y de asociaciones de internautas o sociedades numismáticas o de UGT o OGT. Nada de gobernanza: gobierno y parlamento. Y sanseacabó. Cuando nos salgan malos, los cambiamos por vía de urna.

6. Partidos sí, patitocracia cutre no. Contrariamente a lo que se suele pensar, no son los partidos los que arruinan el sistema, sino este sistema el que provoca semejante ruina de partidos. Con una ley electoral así, que garantiza a los partidos mayoritarios que seguirán siendo mayoritarios hasta el fin de los tiempos y aunque rebuznen, que fomenta la mezquina mentira del voto útil y que alienta la berlusconiana alianza entre empresas de comunicación y partidos mayoritarios, la democracia se vuelve caritatura obscena. Cuando un partido tiene asegurado su sitio como primero o segundo, en alternancia, y dichos puestos se hacen independientes de ideologías, comportamientos y moralidades, ese partido se necrosa y de él no queda nada más que una maquinaria corrupta y al servicio de los más deshonestos y descarados. Como ahora en el PP y el PSOE. Es imprescindible devolver la política a los ciudadanos, para que los partidos vuelvan a ser instrumento de la política ciudadana y no los ciudadanos borregos al servicio de dos partidos y poco más, como ahora. Pero no van a cambiar las normas pertinentes por impulso de esos partidos que de ellas viven y se aprovechan. Ese cambio debemos imponerlo desde la calle y, en las urnas, con políticas de resistencia al mal llamado voto útil.

7. Es urgente re-resposabilizar a los ciudadanos. Cada cual es responsable de su vida y de las consecuencias de sus acciones. La sociedad no es un sistema universal de seguro para cuando nos pintan bastos; el Estado, tampoco. Si yo salgo a la calle y piso un a monda de plátano y me parto un hueso, debo aprender, para la próxima vez, que conviene mirar dónde se pisa. Nada de que me pague el ayuntamiento por deficiente funcionamiento del servicio público de limpieza ni mi vecino porque su niño de tres años arrojó la piel de plátano en un descuido del progenitor. Cada ciudadano es, dentro de unos límites laxos, dueño de su vida, y él decide qué come y con quién se acuesta. Menos paternalismo estatal, por tanto. Con un buen y comedido Derecho penal y un mesurado sistema de responsabilidad civil por culpa real -con puntuales concesiones a la responsabilidad objetiva cuando el criterio distributivo así lo aconseje- basta y sobra. Y el precio de la libertad que cada uno disfruta se paga en forma de asunción de riesgos: si me sale pesada la digestión, ajo y agua, o manzanilla, nada de reclamaciones a la asociación de productores de faba asturiana por no poner en una esquinita de las bolsas que la fabada requiere siesta y puede causar flatulencias. En suma, se precisa una nueva decisión política para establecer la mayoría de edad moral ciudadana y para que el legislador y los tribunales obren en consecuencia.

8. Tenemos que volver a trabajar, aunque fastidie. A lo mejor se debe repartir mejor el trabajo que existe. Pero ahora me refiero a una crueldad vigente. Si ya puede ser escarnio que unos tengan puesto de trabajo más o menos seguro y otros carezcan de él o de la posibilidad de conseguir uno digno, lo que definitivamente clama al cielo es que un alto porcentaje de lo que cobran por trabajar cobren sin trabajar. El absentismo laboral sí debe ser perseguido con saña y hasta estoy por decir que penalmente, pese a mi declarado antipunitivismo. O al menos el de los funcionarios.

Creo que no soy ni más listo ni más sabio ni poseo mayores conocimientos que la mayoría de ustedes, amables lectores, cuando afirmo que en León sé dónde hay abogados compinchados con médicos y médicos compinchados con abogados que le asesoran y le dan a usted coartadas si quiere pasarse unos mesecitos hermosos en casa, más sano que una rosa, pero con baja laboral por enfermedad. Las dolencias predilectas son las psiquiátricas (ansiedad, angustia, desesperación) y las de cervicales. La espalda en general da mucho juego, como todos sabemos.

Literalmente la situación es así, sin la más mínima exageración: hoy, aquí, a trabajar va el que quiere; en la empresa, muchos acuden al tajo por temor a que el empresario se mosquee; en la Administración esos temores apenas existen. Es vergonzoso y asqueroso. Ah, y por cada día de baja, si te lo montas con un accidente de coche más o menos amañado, el seguro apoquina. Dos o tres meses “sin poder” ir a trabajar son unos seis mil euretes a mayor gloria de Dios. Algunas empresas ponen detectives; la Administración pública debería poner sicarios y cazadores de recompensas: a tanto por cabellera de rostro pálido y duro. Tal cual.

9. Zurück zu Kant. No, no se trata de reverdecer el lema del viejo y ajado neokantismo, sino que volvemos a la educación, ahora la educación moral. Hay que formar a la ciudadanía -infantil, juvenil y adulta- en la aversión a la ley del embudo. Hagamos imperativo el imperativo categórico: la regla que a mí me aplico ha de valer para el prójimo, y la que para el prójimo predico no ha de tener excepción al aplicárseme a mí. Creo que los evangelios salía algo parecido bajo la forma de parábola de la paja en ojo ajeno y la viga invisible en el propio. Es muy conveniente hacer pedagogía del juego limpio y de la integridad moral en todos los niveles. Pondré un ejemplo trivial, casi pueril. En los partidos de fútbol, las agresiones entre jugadores se repiten una y mil veces y desde todos los ángulos. En cambio, cuando, al acabar el partido, los jugadores caballerosa y deportivamente se dan la mano o se abrazan y dialogan, las cámaras muestran al público gritón que celebra la victoria injusta o que abronca al árbitro que pitó un penalti de libro. En los reportajes parlamentarios se recerean las broncas más insulsas de los llamados líderes mayoritarios y se ocultan con dolo las propuestas constructivas de los partidos minoritarios, que son los únicos que a día de hoy cumplen cabalmente y con algo de lealtad su función constitucional.

10. No hay bienestar o progreso local sin buena política global. Los localismos y particularismos son una enfermedad infantil de las democracias y una dolencia consustancial de los ciudadanos más lerdos. Mientras no se invente una vacuna eficaz o no se fusile a un par de pedagogos, debemos enseñar que el interés general de un país no es el interés de los demás, sino el de todos nosotros; que la única manera de que yo no sea “el otro” para los otros es que los otros no sean para mí “el otro”, el que quiero discriminar, aquel del que pretendo aprovecharme, el que exploto cuando lo necesito y quiero despintar de mi vista cuando toca repartir el pastel.

Otra vez el ejemplo casero, pero significativo: hace una temporada oí a un querido amigo, entonces empresario, decir que él, leonés y residente en León, sólo votaría o al partido leonesista, porque barrería para León, o a Zapatero, porque es de León y algo arrimaría también para acá. La empresa de mi amigo quebró hace pocos años. Ahora él es desempleado. No sé qué votará. Supongo que muchos habremos aprendido algo últimamente.

18 abril, 2011

Un mayo fecundo. Por Francisco Sosa Wagner

En mayo se pueden proyectar muchas actividades porque es mes placentero, de primavera, de luces con aromas a frutas, de amores incipientes, de manojos de estrellas en el cielo y de cascabeles en el alma. Se desperezan los cuerpos, entumecidos por los meses fríos, esos meses henchidos de sombras prietas, y todo en nosotros se hace albórbola gozosa. Acaso por todas estas razones dar consejos para aprovechar el mes de mayo puede parecer superfluo.

Y, sin embargo, es lo que me propongo hacer.

Porque se anuncian actividades al aire libre, en acampadas, al borde de los ríos, en las playas que ya empiezan a acoger a visitantes, o excursiones a las montañas que se llenan en esta época de una sustancia musical bien definida. Y hay ofertas de exposiciones, por ejemplo en Madrid se han abierto varias apreciables, y lo mismo en otras ciudades españolas. En París se acaba de inaugurar la dedicada a Manet donde figura su famoso cuadro de la merienda -un cuadro también de la temporada primavera / verano- con esas mujeres desnudas y pingües acompañadas de dos hombres vestidos como para asistir a la ejecución por medio de garrote vil del último parricida.

O sea que el horizonte está cuajado de tentaciones.

La mayor, empero, es la que se recoge en un anuncio de la prensa de estos días. Un anuncio que solo puede pasar desapercibido a las almas toscas pues los espíritus frescos necesariamente han de desplegar ante su contenido todas las antenas y demás elementos sensitivos.

Se trata de un programa “de certificación en coaching dialógico” convocado por una Universidad privada, de las buenas y costosas. ¿Alguien ha pensado alguna vez en algo más apasionante? ¡Obtener el diploma de coaching en unas pocas sesiones! ¡Pasearlo por el pueblo, exhibirlo ante los amigos, caracolear con el éxito ante las conquistas amorosas! Amor, no quiero ser un pedante, pero he superado el curso de coaching, no de cualquier coaching, sino el dialógico. Porque este, el dialógico, es el bueno al estar preñado de consecuencias fecundas como un nido que tuviera recién abiertos los huevos.

Cuesta caro pero el precio solo puede importar a los espíritus pacatos y temerosos. Las gentes emprendedoras no se dejan amilanar por unos euros arriba o abajo.

En el módulo I de esta impar oferta educativa se analizan las bases generales del coaching dialógico, la metodología que diríamos los antiguos. El II está destinado a “desvelar el sentido y el encuentro”, lo que tiene su miga y su sustancia. El III se ocupa de “desvelar el ser y el camino”: ¡ahí es nada! ¿quién no será otra persona cuando haya culminado ese módulo y descubierto los dos grandes enigmas de la humanidad, los representados por el ser y el camino? Pero la emoción no para aquí. En el IV se desvelan “las relaciones y los sistemas”. Casi siempre el verbo utilizado es el de desvelar, ya se sabe que “el aire la vela vela” y demás precisiones que dejó escritas García Lorca quien ya intuyó el coaching pero no pudo asistir en su época -tan oscura- a estos cursos. En fin, el V es un final poético en toda la regla porque está destinado a “convertir los límites en orillas”. ¿Quién ha logrado expresar en menos palabras las vacilaciones entre lo finito y lo infinito? ¿Cómo se sentirá el afortunado que convierta los límites de su pobre existencia precoaching en orillas al mar abierto del coaching dialógico? ¿Qué experiencias no nos podrá transmitir ese bienaventurado?

¡Que nadie se quede atrás! ¡Todos al coaching dialógico! Y lo demás se nos dará por añadidura.

17 abril, 2011

Berlusconi somos (casi) todos

No le estamos dando a Berlusconi toda la importancia que tiene, no queremos asimilar que es un precursor, el espejo en el que han de mirarse y ya se miran los líderes del mañana y de ahora mismo. Tampoco nos entra en la cabeza que Berlusconi no es el mal, sino el síntoma. La enfermedad somos nosotros. Por la enfermedad está poseída esa ciudadanía que es simplona, maniquea, corrupta y que vota como quien suelta un regüeldo en público, para decir aquí estoy yo, hago lo que me da la gana y me paso la “polis” por el arco del triunfo.

Berlusconi lo sabe. Es un negociante veterano que conoce bien la clientela. Sabe que no es tiempo de ideas, sino de patochadas y que, con crisis y todo –o más aún con la crisis-, a los votantes no les interesa el futuro ni se preguntan cómo será la sociedad de sus nietos. Sólo quiere ese votante medio echarse unas risas y ganar al equipo rival. Si hay que corromper al árbitro, mejor. A esta mayoría cutre que se va formando a modo de costra de la democracia, la honestidad privada y la integridad de los servidores públicos no le resultan gratas, pues le recuerda sin querer el tiempo que lleva sin lavarse el sobaco y esmerándose en que su mano derecha no sepa lo que hace su mano izquierda, y a la inversa. Ahí está lo que distingue, en Italia o aquí, la izquierda y la derecha: la mano que respectivamente no se entera de lo que la otra hace.

Miren lo que acaba de saberse aquí, que en el 2007 este gobierno de pacifistas con gas (mostaza) vendía a Libia bombas de racimo, pero que luego firmó el acuerdo internacional ese para que nadie más las usara y ahora proclama que cómo va a estar usándolas Gadafi, si están prohibidas. ¿Por qué un gobierno que farda tanto de pacifismo y que se la coge con foulard de seda no puede ir cerrando las fábricas de armas, igual que va cerrando o dejando que se cierre casi todo? O fabricando nada más que las que nuestro ejército necesite para esas operaciones humanitarias y de asistencia a la población civil: misiles, bombarderos, bombas de diversa especie, ametralladoras, bayonetas…

Mientras, Aznar declara en inglés que Libia es un país amigo de todos los países buenos del mundo y que no hay derecho a meter a España en una guerra. El juego de las cuatro esquinas ocupa en el presente el lugar que antes fuera de la ideología. Aznar y Zapatero, Zapatero y Aznar, tienen de pacifista lo que un servidor de bombero, nada. Y no porque sean unos guerreros de tomo y lomo, unos convencidos defensores de la guerra; tampoco. No son nada, dicen lo que toque para que los nueve o diez millones de votantes fijísimos de sus respectivos partidos estén contentos y piensen que jope, qué tío nuestro líder natural, qué profundo lo que piensa y qué intenso lo que proclama. Más de la mitad del electorado vive en la más indecente pompa. ¿Y Rajoy? Ah, pero ¿Rajoy existe?

Al rato el PP aclara que no, que don José María no quiso decir eso que dijo porque lo dijo en inglés y no sabe inglés bien y se lía y, además, con ese labio las eses líquidas le gotean. Y nos quedamos todos tan panchos, sin morirnos de vergüenza ajena y propia o sin un razonable retortijón intestinal. Nada, nada, qué cosa más natural, no saben lo que dicen o mienten los unos y los otros como lo que son, bellacos. Ah, y Zapatero aseguró en China que lo mejor está por llegar. Ya me estoy haciendo en el jardincillo un zulo con atún en escabeche, sidra y libros para resistir un par de años. Que lo mejor está por llegar. Pánico da, pánico.

Decíamos que Berlusconi. Pues Berlusconi acaba de proclamar, muerto de risa, que su parte homosexual es lesbiana. Verás cómo revoluciona los estudios del género y sus variadas especies. Menos mal que, con la semana santa, en Italia el Twitter debe de andar de procesión de ciento treinta pasos nada más. Si fuera aquí, estaría el ciberespacio, en horas de oficina, inundado de mensajes de gente que confiesa que su parte heterosexual es del Atleti y que para maricas empedernidos y malos de verdad los eurodiputados que a veces cruzan en rojo los semáforos sin pensar que puede verlos un niño o excitarse alguna lesbiana que tenga a Berlusconi en su parte heterosexual. O a lo mejor es que a Berlusconi le importa Twitter un carajo porque sabe que son casi todos funcionarios y pensionistas o estudiantes que hacen novillos para gritar que en este país hay mucho zángano y gente que se aprovecha un güevo y la parte homosexual del otro.

Por cierto, ¿vieron ustedes la foto del eurodiputado portugués con pinta de cerdo internacional que propuso lo de los viajes en turista para sus colegas? ¿Vieron que él ha seguido en preferente? ¿Le vieron la barriga? Otro posmoderno, otro berlusconiano, otro de los nuestros.

Y luego dicen que las redes sociales son la libertad y la democracia más deliberativa y el café más instantáneo. Sí, por las narices. Hasta un cebón luso de semejante talla ha manipulado a los twitteros y periodistas de esto nuestro que llaman país. La estrategia es clara: mierda a diestro y a siniestro para que parezca que nada ni nadie es mejor ni más honesto que estos sinvergüenzas mayoritarios y autóctonos que mandan en los partidos grandes, para que nos resignemos a votar a nuestros berlusconis más falsos que la falsa moneda, a nuestro Rajoy y nuestro Zapatero o a quien haya de sucederlo en su afán pacifista de vender bombas y decir chorradas para electores sin seso.

¿Quiere usted que le cuente cómo se hace la prueba del algodón del votante capullín? Muy sencillo, diga usted que va a votar a cualquier partido pequeño que no sea el PP o el PSOE o uno de los nacionalistas dominantes, donde los haya. Si su interlocutor le sale con lo de "pierdes el tiempo y haces el tonto, son todos iguales y fíjate que hasta hay un partido húngaro que quiere prohibir los níscalos", ese interlocutor suyo está a gusto con lo que tenemos, está encantado y, casi con toda segurdad, vota PP o PSOE con el culete apretado y fingido gesto de independiente noruego. No pierda usted el tiempo hablando con esa gente y, todo lo más, meta también en su zulo unas navajas de capador. Por si acaso y para cuanto toque, si toca.

14 abril, 2011

La buena conciencia de los más indecentes

(Publicado hoy en El Mundo de León)

Al leer las noticias nacionales y locales sobre los bebés robados durante décadas, me vienen sensaciones esperables: indignación, asco, rabia. Se acrecientan al recordar que al Derecho no le quedan recursos cuando los delitos que hubiera seguramente han prescrito. Pero algo habrá que hacer para que al menos aparezcan nombres y podamos aplicar sobre sus dueños la condena moral más rotunda, el desprecio.

Lo que más me inquieta es imaginar el perfil moral y la actitud social de los que tejieron esa trama y perpetraron los engaños y los robos. Apuesto a que en su mayoría se consideraban y se consideran gente de orden la mar de preocupada por la evolución de las costumbres y por lo licenciosa que se ha vuelto la juventud en nuestro tiempo, a su juicio. Algunos o algunas hasta vestían hábito religioso, para qué decir más. Seguro que gustan casi todos de comentar con los amigos que aquí hace falta mano dura, que la inseguridad es grande, que a dónde vamos a parar con la crisis de la familia como célula básica de la sociedad y demás zarandajas que son lugar común del conservadurismo más perezoso. Ellos, que probablemente están a favor de la pena de muerte o de cadena perpetua para el que abusa gravemente de menores, robaban niños. Ellos, que quizá se indignan porque la gente puede divorciarse con libertad o abortar voluntariamente, vendían los niños ajenos, los vendían y se embolsaban un dinero, y engañaban a los padres mostrándoles cadáveres de bebés conservados en los congeladores de los hospitales. Ellos, que se tendrán por probos ciudadanos porque desempeñan un oficio bien considerado y visten buenas ropas y cuidan sus compañías y las de sus hijos, y que creerán que hasta su alma ha de salvarse porque van a misa y se confiesan y echan unos euros en el cepillo de la parroquia. Ellos, tan orgullosos de su cometido y su biografía, son basura, escoria, porquería, pero no se mueren de grima al verse en el espejo, puede que hasta se gusten.

Que, sin faltar a los derechos de nadie ni a las garantías jurídicas de ninguno, sepamos quiénes son y dónde están. Simplemente para cambiar de acera cuando con ellos nos crucemos, igual que nos apartamos de las víboras y los alacranes.