Jugar a la ruleta rusa debe de ser parecido a esto. Hoy no nos tocó la bala que se esconde en el tambor, le cayó a Grecia, o a Portugal, o a Irlanda. Mañana quién sabe. Mirando al muerto repetimos: yo no soy ese. Lógico. El día anterior él también había proclamado: yo no soy aquel otro. Suerte que los muertos no replican ni se ciscan en nuestros muertos.
Parecía que después de la última baja, la lusa (esos portugueses, tan discretos, en verdad elegantes, que se arruinan con resignación de fado, con fatalismo y sin despeinarse ni quemar nada ni insultar a los alemanes), nos daban tregua. Resultó que se había puesto de baja el armero, una gripe de nada, y ya nos tiende otra vez el revólver, engrasado y con una de esas balas con punta destrozadora. Ya no hay descanso ni escapadas en este purgatorio. Un día se descubre que la ruina griega era más ruina de lo que pensaban los nórdicos, tan poco imaginativos, era ruina de tragedia griega y mucho funcionario prejubilado. Al otro, casi gana en Finlandia un partido nacionalista de esos que cuando son nacionalistas pero de Finlandia llaman de ultraderecha y que cuando son catalanes y vascos llaman de progreso o celosos de la diversidad cultural de los pueblos y de la identidad de las naciones. O sea, la pela. A los finlandeses les dicen de extrema de recha porque en cuestión de dineros quieren Mas y no desean repartir con los portugueses o los griegos. Al nacionalismo de Finlandia los portugueses son lo que los extremeños al nacionalismo catalán: el jodido otro que gasta y gasta y se funde la pasta de todos en algún Liceo.
Pues eso, que o viene un milagro y se encasquilla el arma, o de la bala traicionera no nos libra ni el Lucero del Alba. Será cuestión de tiempo. Y, si hubiera justicia, debería caerle ese tiro metafórico a Zapatero, para hacer justicia a sus méritos y a su convicción de que son de fogueo los proyectiles y de plástico las pistolitas y que ahora vamos a jugar a hacer frases como si fuéramos tarados de verdad. Que tal vez sí. Algunos. Aunque, bien pensado, tampoco estaría mal que el disparo figurado le cayera a Rajoy, por andar en pantomimas y haciendo el puro ganso mientras el país se va al carajo y su partido colecciona corruptos como quien se rasca pústulas con fruición. Ni ahora, en el velatorio, ni para el entierro tiene esto arreglo.
Con todo, alguna vez, algún día, para la generación que venga o para cuando la siguiente, algo habrá que hacer aquí, en algún momento habrá que trazar planos nuevos y reconstruir sobre las ruinas. Será el momento de rescatar lo obvio y colocarlo en la portada misma de los boletines oficiales, la hora de prescindir del más difícil todavía, sin red y con una sola mano, y reimplantar el sentido común donde los ciudadanos de hoy llevan aún tinto de verano con chanclas robadas en la empresa y descanso playero aprovechando el semestre largo de baja laboral por un dolor aquí, como en la parte del juanete pero por dentro.
Diez medidas, pues, para poner en marcha cuando toque que España vuelva a ser un país en lugar de esta feria de vanidosos, chulos, zánganos, flojos y zafios en que ha ido a parar mientras Alemania puso el parné.
1. Educación, educación y educación. Indiferente a los títulos y atenta a los conocimientos ciertos. Selectiva. Competitiva con fair play e igualdad de oportunidades. Jerárquica en las disciplinas, para que deje de contar lo mismo una titulación universitaria en Física o Medicina que una en Turismo o Gastronomía. Para que de la universidad, por ejemplo, desaparezcan las que un día fueron escuelas universitarias privadas o mediopensionistas y se integraron porque todo el mundo es bueno y por qué no ha de ser universitario el título del que te corta las entradas en el cine.
Educación a machamartillo, educación a raudales, educación como servicio público primero y mimado, educación para cualquiera que pueda y quiera ser educado. Educación por activa, enseñando lo que se debe enseñar seriamente, y por pasiva, evitando que como enseñanza y ejemplo se imponga la desvergüenza que hoy se exhibe desde los medios de comunicación y similares chiringuitos. Ni libertad de expresión ni de información ni gaitas: los programas de basura y prostitución canallesca del alma y del cuerpo, o de pago o en horario de madrugada. Por ley. Sin contemplaciones. Ah, y de fútbol en la tele, un partido y medio a la semana, de promedio. Y vamos que chutamos. Prohibido también que las noticias de deportes y de guarrindongueo y zanganerío -sin ánimo de comparar a deportisas con guarros y guarras, ojo- aparezcan en los titulares de los informativos y en las portadas de los periódicos. Sí, prohibido. Es necesario volver a prohibir. Queremos prohibir. Prohibido no prohibir. Nada de ensañarse, como ahora, con los pobres diablos que un día abusan de un niño –lamentable, sin duda- o que coleccionan las fotos de cien; no, la leña más fuerte para los que venden mierda a las masas y la desinforman y la "deseducan".
2. Igualdad de oportunidades. Es la igualad que importa y que abarca todas las demás. Es la que hace justicia en serio. Es la transversal a géneros, orientaciones sexuales, orígenes nacionales, lenguas, etc. Es la seña de identidad de una política que pueda recuperar el sentido y el crédito de la izquierda o el progresismo. Lo demás es mentira y, encima, es contraproducente. En la competición social entre una persona con gran riqueza económica y una persona sin recursos económicos, el Estado debe velar para que las reglas del juego y las posibilidades de victoria sean exactamente las mismas para una u otra. Da igual cuál de ellas sea mujer, cuál sea homo o hétero, cuál hable catalán o castellano con acento extremeño. Cada vez que, hoy, una mujer rica se impone a un hombre pobre, la injusticia social crece, aunque se revista con un manto paritario. El sexo no debe importar. Es el seso sin sexo lo que debe tener una oportunidad igual. Ese día también se acabará, obviamente, la discriminación femenina. En cambio, el proceso inverso no funciona.
3. Lo público debe defenderse, porque sin determinados servicios públicos y en manos del Estado, la igualdad de oportunidades es empeño vano, si es que como empeño llega a mantenerse. Pero lo público debe gestionarse con el mismo criterio y el mismo rigor con que se gestiona lo privado cuando lo privado se gestiona bien. Un funcionario público no ha de disfrutar, por comparación con el trabajador de la empresa privada, ni de un solo privilegio ni de una ventaja que se sume a la que su condición funcionarial ya supone. El ejemplo más sencillo: o todos los trabajadores tienen derecho al cafelito mañanero de una hora u hora y pico o no hay tal cafelito para nadie. Para nadie. Y los controles idénticos y la exigencia laboral y productiva la misma. Y la responsabilidad de los gestores igual también. La diferencia entre el Estado prestador de esos servicios –educación, sanidad, seguridad…- y la empresa privada está en el ánimo de lucro y en los objetivos, nada más; en los medios y el modo de gestión no tiene por qué haberla.
4. Es necesario adelgazar la Administración de personal inútil, quitarle grasas, y luego fortalecer su músculo. Para el trabajo que se hace y el servicio que se presta –y el que se puede prestar o se debe prestar- sobra mucho funcionario y mucho contratado y mucho personal de confianza. El cálculo más optimista de los posibles indica que en cada sector administrativo hay entre un veinte y un treinta por ciento de personal irremisiblemente zángano, inepto y mal intencionado. A la maldita calle mediante los instrumentos legales que quepan. Que se les pague, que se los jubile o que se ponga en nómina un buen equipo de sicarios provisto de matarratas. Pero fuera. Pongo el ejemplo que más conozco, pero sé que no es el peor: en la universidad, en cada facultad y, poco más o menos, en cada departamento, hay unos cuantos individuos que ni leen un libro ni hacen un experimento desde hace lustros, ni preparan sus clases ni investigan ni dejan de conspirar y de quejarse y que protestan cuando alguien pretende que trabajen. A la maldita rue por vía legal o fáctica. Y que recurran.
5. La democracia tiene que dejar de ser orgánica. De esa ya hubo aquí en tiempos. Las decisiones legislativas las toma el poder político legítimo, previa deliberación parlamentaria, a la que se supone que ha antecedido la pertinente deliberación social. Que se escuche a todo el mundo, que se llene todo de buzones para sugerencias; pero las decisiones políticas las toma el poder político. Por ejemplo, la legislación laboral la negocia y la hace el Parlamento; la legislación educativa y parlamentaria la negocia y la hace el Parlamento; la legislación en materia de propiedad intelectual la negocia y la hace el Paralamento. Y así todo. Nada de mesas paritarias ni parasitarias. Nada de democracia vertical. Nada de familia municipio y sindicatos y de asociaciones de internautas o sociedades numismáticas o de UGT o OGT. Nada de gobernanza: gobierno y parlamento. Y sanseacabó. Cuando nos salgan malos, los cambiamos por vía de urna.
6. Partidos sí, patitocracia cutre no. Contrariamente a lo que se suele pensar, no son los partidos los que arruinan el sistema, sino este sistema el que provoca semejante ruina de partidos. Con una ley electoral así, que garantiza a los partidos mayoritarios que seguirán siendo mayoritarios hasta el fin de los tiempos y aunque rebuznen, que fomenta la mezquina mentira del voto útil y que alienta la berlusconiana alianza entre empresas de comunicación y partidos mayoritarios, la democracia se vuelve caritatura obscena. Cuando un partido tiene asegurado su sitio como primero o segundo, en alternancia, y dichos puestos se hacen independientes de ideologías, comportamientos y moralidades, ese partido se necrosa y de él no queda nada más que una maquinaria corrupta y al servicio de los más deshonestos y descarados. Como ahora en el PP y el PSOE. Es imprescindible devolver la política a los ciudadanos, para que los partidos vuelvan a ser instrumento de la política ciudadana y no los ciudadanos borregos al servicio de dos partidos y poco más, como ahora. Pero no van a cambiar las normas pertinentes por impulso de esos partidos que de ellas viven y se aprovechan. Ese cambio debemos imponerlo desde la calle y, en las urnas, con políticas de resistencia al mal llamado voto útil.
7. Es urgente re-resposabilizar a los ciudadanos. Cada cual es responsable de su vida y de las consecuencias de sus acciones. La sociedad no es un sistema universal de seguro para cuando nos pintan bastos; el Estado, tampoco. Si yo salgo a la calle y piso un a monda de plátano y me parto un hueso, debo aprender, para la próxima vez, que conviene mirar dónde se pisa. Nada de que me pague el ayuntamiento por deficiente funcionamiento del servicio público de limpieza ni mi vecino porque su niño de tres años arrojó la piel de plátano en un descuido del progenitor. Cada ciudadano es, dentro de unos límites laxos, dueño de su vida, y él decide qué come y con quién se acuesta. Menos paternalismo estatal, por tanto. Con un buen y comedido Derecho penal y un mesurado sistema de responsabilidad civil por culpa real -con puntuales concesiones a la responsabilidad objetiva cuando el criterio distributivo así lo aconseje- basta y sobra. Y el precio de la libertad que cada uno disfruta se paga en forma de asunción de riesgos: si me sale pesada la digestión, ajo y agua, o manzanilla, nada de reclamaciones a la asociación de productores de faba asturiana por no poner en una esquinita de las bolsas que la fabada requiere siesta y puede causar flatulencias. En suma, se precisa una nueva decisión política para establecer la mayoría de edad moral ciudadana y para que el legislador y los tribunales obren en consecuencia.
8. Tenemos que volver a trabajar, aunque fastidie. A lo mejor se debe repartir mejor el trabajo que existe. Pero ahora me refiero a una crueldad vigente. Si ya puede ser escarnio que unos tengan puesto de trabajo más o menos seguro y otros carezcan de él o de la posibilidad de conseguir uno digno, lo que definitivamente clama al cielo es que un alto porcentaje de lo que cobran por trabajar cobren sin trabajar. El absentismo laboral sí debe ser perseguido con saña y hasta estoy por decir que penalmente, pese a mi declarado antipunitivismo. O al menos el de los funcionarios.
Creo que no soy ni más listo ni más sabio ni poseo mayores conocimientos que la mayoría de ustedes, amables lectores, cuando afirmo que en León sé dónde hay abogados compinchados con médicos y médicos compinchados con abogados que le asesoran y le dan a usted coartadas si quiere pasarse unos mesecitos hermosos en casa, más sano que una rosa, pero con baja laboral por enfermedad. Las dolencias predilectas son las psiquiátricas (ansiedad, angustia, desesperación) y las de cervicales. La espalda en general da mucho juego, como todos sabemos.
Literalmente la situación es así, sin la más mínima exageración: hoy, aquí, a trabajar va el que quiere; en la empresa, muchos acuden al tajo por temor a que el empresario se mosquee; en la Administración esos temores apenas existen. Es vergonzoso y asqueroso. Ah, y por cada día de baja, si te lo montas con un accidente de coche más o menos amañado, el seguro apoquina. Dos o tres meses “sin poder” ir a trabajar son unos seis mil euretes a mayor gloria de Dios. Algunas empresas ponen detectives; la Administración pública debería poner sicarios y cazadores de recompensas: a tanto por cabellera de rostro pálido y duro. Tal cual.
9. Zurück zu Kant. No, no se trata de reverdecer el lema del viejo y ajado neokantismo, sino que volvemos a la educación, ahora la educación moral. Hay que formar a la ciudadanía -infantil, juvenil y adulta- en la aversión a la ley del embudo. Hagamos imperativo el imperativo categórico: la regla que a mí me aplico ha de valer para el prójimo, y la que para el prójimo predico no ha de tener excepción al aplicárseme a mí. Creo que los evangelios salía algo parecido bajo la forma de parábola de la paja en ojo ajeno y la viga invisible en el propio. Es muy conveniente hacer pedagogía del juego limpio y de la integridad moral en todos los niveles. Pondré un ejemplo trivial, casi pueril. En los partidos de fútbol, las agresiones entre jugadores se repiten una y mil veces y desde todos los ángulos. En cambio, cuando, al acabar el partido, los jugadores caballerosa y deportivamente se dan la mano o se abrazan y dialogan, las cámaras muestran al público gritón que celebra la victoria injusta o que abronca al árbitro que pitó un penalti de libro. En los reportajes parlamentarios se recerean las broncas más insulsas de los llamados líderes mayoritarios y se ocultan con dolo las propuestas constructivas de los partidos minoritarios, que son los únicos que a día de hoy cumplen cabalmente y con algo de lealtad su función constitucional.
10. No hay bienestar o progreso local sin buena política global. Los localismos y particularismos son una enfermedad infantil de las democracias y una dolencia consustancial de los ciudadanos más lerdos. Mientras no se invente una vacuna eficaz o no se fusile a un par de pedagogos, debemos enseñar que el interés general de un país no es el interés de los demás, sino el de todos nosotros; que la única manera de que yo no sea “el otro” para los otros es que los otros no sean para mí “el otro”, el que quiero discriminar, aquel del que pretendo aprovecharme, el que exploto cuando lo necesito y quiero despintar de mi vista cuando toca repartir el pastel.
Otra vez el ejemplo casero, pero significativo: hace una temporada oí a un querido amigo, entonces empresario, decir que él, leonés y residente en León, sólo votaría o al partido leonesista, porque barrería para León, o a Zapatero, porque es de León y algo arrimaría también para acá. La empresa de mi amigo quebró hace pocos años. Ahora él es desempleado. No sé qué votará. Supongo que muchos habremos aprendido algo últimamente.