09 agosto, 2007

Vejez

Vivimos de lo que planeamos, los proyectos nos alimentan. Mientras aún esperamos hacer esto y lo otro, mientras estamos seguros de que aún han de sucedernos imprevistos, mientras nos quedan compromisos con nosotros mismos que requieren años y justifican esfuerzos, todavía no hemos dado carpetazo a la vida.
La vejez es el acortamiento de los afanes, la elementalidad de las esperanzas. Un día ya no ves sentido ninguno a proponerte una novela o a organizar un largo viaje o a hacerte una casa. Tampoco te merece la pena soñar una pareja nueva, una pasión repentina o un amor que te cambie la vida, si no la sientes plena. La suerte está echada. No queda tiempo. No va más. Te convences de que la rutina más elemental se ha quedado sin alternativas, el día a día ya no piensa en el mañana, el instante quiere repetirse porque al otro día no se avizora más que el vacío.
En las horas de cada jornada queda concentrada, prensada, toda el ansia vital. El rito diario, que antes se transitaba sin conciencia ni apego, se vuelve el centro de la vida cuando la vida se cuenta día a día, en días; el acontecer rutinario y repetido ocupa el sitio de todas las esencias, desplaza recuerdos, añoranzas y propósitos. Comer, dormir, orinar... Últimos maderos a los que asirse cuando se hunde el barco y ya no se espera puerto.
Hace unos días hemos visitado en su residencia a una señora anciana, bisabuela de Elsa. Sus maneras y obsesiones eran exactamente las de mis padres hasta hace un año: que nada se salga del guión cotidiano. Las sorpresas inquietan, el vivir se ha hecho costumbre y disciplina. Las ritinas son el mapa de los días y fuera de ellas sólo hay desasosiego y desorientación. Muy poco después de nuestra llegada y de haber mostrado su alegría, nos dijo: bueno, yo tengo que irme, que va a ser la hora de cenar. Faltaban dos horas y se lo hicimos ver. No se conformó. Era la hora de aguardar la hora de la cena. Estorbábamos la espera, distraíamos al reloj, desorientábamos el cálculo. Preguntaba la hora a cada momento y volvía a repetirnos lo mismo, que era tiempo de que nos marcháramos, pues ella tenía que cenar enseguida. No era capaz de concentrarse en nuestra conversación, y no por falta de luces, sino porque había cambiado de mundo y sus referencias ya eran otras, sin incertidumbres, pacífica reiteración de los ansiados eventos cotidianos. Ella sólo quería cenar como siempre y tenía miedo, mucho miedo, de que le alteráramos esa seguridad de lo inmediato. Porque ya no hay más que lo inmediato sucediéndose a sí mismo. La muerte ya se ha hecho dueña, aunque lo nieguen los biólogos, los médicos y los curas.
Y vuelvo a pensar en la cantidad de muertos en vida que conozco, algunos bien jóvenes, por cierto.

4 comentarios:

Antón Lagunilla dijo...

Las residencias para los ancianos son sitios terribles, y eso aunque los huéspedes estén cuidados y atendidos, que no siempre es así. Para quien aún conserve algo de lucidez, es duro verse rodeado por otros tan viejos o más que uno, desconectados del mundo real, perdidos en sí mismos, temerosos, egoistas las más de las veces a causa de su miedo, y viendo como aquellos con quienes se convive son diezmados sin pausa por la muerte, (como tú mismo lo serás también, te recuerda cada ausencia ajena). En este ambiente, ¿qué salida queda, sino aferrarse a la rutina diaria y dejar de pensar, en la medida de lo posible?.
Nada debe por ello reprocharse.

Pero aquellos que son viejos no a causa de la edad, sino por porque carecen de cualquier curiosidad, proyecto o esperanza (en general, suele tratarse de gente incapaz de amar a nada ni a nadie que no sean ellos mismos), en el pecado llevan la penitencia, pues munca estarán realmente vivos, ni conocerán la hermosura del mundo. No debemos, sin embargo, compadecerlos, pues con frecuencia no son otra cosa que parásitos de sus semejantes.

En fin, apreciado anfitrión, disculpe el tono poco veraniego, pero el calor de agosto me sienta este año fatal, como puede apreciarse. Debe ser la edad. La maldita edad.

Anónimo dijo...

Las residencias de ancianos no son sitios malos, ni mucho menos -las que lo son deberían estar cerradas a cal y canto-. Depende de la residencia y depende de los casos. Muchos de los ancianos -y no tan ancianos- que están en ellas, en las que son buenas y tienen personal e instalaciones adecuadas, se encuentran muy bien, están con gente de su misma edad, con sus mismas aficiones y gustos, entablan amistad, hablan, juegan, se relacionan y se sienten, por tanto, mucho más vivos que cuando viven con familias que les tienen en su casa y no les hacen ni puñetero caso. Envejecer con lucidez es duro, porque es duro restar días con la consciencia de que cada vez hay menos de donde restar (quién sabe si una suave demencia senil no será un mecanismo natural de nuestro organismo para ir descontándonos consciencia y, con ello, sufrimiento, por mucho que a la familia le joda).
Las residencias para ancianos, las buenas, nada tienen que ver con todo esto. Somos un país hipócrita que sigue lanzando miradas de reproche a quienes meten a sus padres en una residencia de ancianos, percatándose muchas veces de la paja en el ojo ajeno, sin ver la viga en el propio.

Anónimo dijo...

Pues mira Toño. No sé si estoy de acuerdo con tus percepciones. Tal vez la mía resulte solo complementaria. Veo morir gente todos los días en las cunetas, que no sobrepasan la veintena, reventados; algunos negociamos cajas para que nadie se quede sin un entierro digno, poruqe la pobreza se ciega hasta con estas menudencias... Estoy vinculada a países donde la lucha por la vida consiste en salir al mercado cada mañana, vender el medio kilo de frutilla y regresar a la casa. Se morirían de risa con comentarios, para empezar, como el mío.
Y qué se yo, que morir limpito, porque hay en países donde se muere agujereado o cagado, con perdón, con comidita y médico diario, una cama de sábanas limpias donde no hay vichuncas ni garrapatas, ni balaceras en la calle... Solo como complemento, Toño.

Luis Simón Albalá Álvarez dijo...

Ahí reproduzco unos párrafos de EL EXTRANJERO de Camus, que estoy releyendo. Es un libro duro. Creo que el trozo que reproduzco va un poco en la línea del artículo VEJEZ


“Cuando mamá estaba en casa pasaba el tiempo en silencio, siguiéndome con la mirada. Durante los primeros días que estuvo en el asilo lloraba a menudo. Pero era por la fuerza de la costumbre. Al cabo de unos meses habría llorado si se la hubiera retirado del asilo. Siempre por la fuerza de la costumbre. Un poco por eso en el último año casi no fui a verla. Y también porque me quitaba el domingo, sin contar el esfuerzo de ir hasta el autobús, comprar los billetes y hacer dos horas de camino”.