01 noviembre, 2009

Cuentos de domingo. 4. Todos los Santos

Era cerca de medianoche y regresaba a casa con las manos en los bolsillos de la gabardina y el cansancio en los hombros. Al doblar la esquina de mi calle reparé en que había luz en la nueva floristería. Mañana es el día de Todos los Santos, pensé, y estarán a su negocio. Pero había una gran quietud en el local, sólo las luces encendidas y un sinfín de arreglos florales que ocupaban el suelo desde la entrada misma. Arrimé mi cara al cristal y comprobé que no había nadie a la vista dentro. ¿Cuánto tiempo hacía que no llevaba flores a la tumba de mis padres? Diez años tal vez, puede que más. Mañana podría ser la ocasión para recuperar la vieja costumbre y, de paso, pedirles disculpas con una visita breve.
Entré y sonó un tintineo. Sorteando ramos y todo tipo de adornos con claveles, crisantemos, azucenas, margaritas de variados colores y otras especies cuyo nombre desconozco, llegué al mostrador, pero nadie aparecía. Había un llamador plateado con sonido de campana, como el de los viejos hoteles y lo pulsé un par de veces. Había música de ambiente, pero nadie a la vista. Así pasó quizá un minuto, hasta que de la trastienda salió una señora sonriente con un vestido blanco con grandes rosas rojas, vaporoso y de alguna tela muy suave. Sonreía con familiaridad y me miró con expresión franca, pero sin decir nada. Le expliqué, un tanto cohibido, que quería un ramo de claveles rojos para llevar a mis viejos que descansan en el camposanto de nuestro pueblo. No sé por qué razón me demoré en detalles geográficos y hasta en un par de minucias sobre cuándo se habían muerto y el tiempo que llevaba sin acercarme a nuestra tierra. La dama no dejaba de sonreír, pero se puso a mi lado y, señalándome un gran cubo lleno de claveles, me dijo que no me preocupara y que ella me prepararía un ramo bien hermoso. Yo no conocí a mis padres, añadió, y comenzó a disponer las flores con un acompañamiento de helechos verdes.
Parecía como si la música saliera de todas partes, debía de haber en el local una instalación de sonido bien sofisticada. En ese momento sonaba Ol´ Man River en la voz de Frank Sinatra y la mujer, alzando un clavel muy cerca de mi pecho, me dijo fíjese qué hermosura y aún estará más abierto mañana. Yo me había puesto a pensar que con esa canción le había cogido la mano por primera vez a Carmen y que, más tarde, en casa, la habíamos bailado muchas veces cuando en las madrugadas del sábado nos dedicábamos a rememorar nuestro encuentro.
La mujer se demoraba en su labor y no hablaba, aunque cada tanto levantaba la vista y me observaba con dulzura, o eso me parecía. El tiempo se había estancado en sus manos y en el mimo con que, una a una, iba acariciando las flores y ensayando la manera de colocarlas. Ahora el local estaba lleno de Aqualung, de Jethro Tull, y durante años, después de la separación de Carmen, yo había escuchado compulsivamente esa canción en uno de los pocos discos que me llevé conmigo cuando huí a Roma. Sin poder contenerme, comencé a explicarle a la mujer esa parte de mi biografía mientras ella asentía sin dejar de sonreír y sin interrumpir su trabajo con las flores de mi ramo. ¿Cuánto tiempo llevaba ya con él? Yo ignoraba que fuera una labor tan trabajosa, pero los minutos no se me hacían largos; o las horas, ya no sé.
Luego vinieron Ashes to Ashes, de Bowie, y la versión de I Can't Turn You Loose por Aretha Franklin. Seguramente debí sentir miedo en ese momento, pero me hallaba demasiado sumido en el repaso de mi vida y en el movimiento de las manos de la mujer, que se limitaba a mirarme afablemente de vez en cuanto, como si lleváramos media vida conviviendo de aquella manera, ella tejiendo mi ramo interminable y yo recreando mi vida para ella. Entonces comencé a adivinar cada nueva canción que sonaría, sin equivocarme en ningún caso, y así fueron sucediéndose James Brown, John Mayall, B.B. King, Clarence Carter... Ella seguía en silencio y, cuando comencé a escuchar Fahrt zum Hades, de Schubert, se me hizo insoportable el recuerdo de mi hijo muerto.
Vergessen nenn' ich zwiefach Sterben,
Was ich mit höchster Kraft gewann,
Verlieren, wieder es erwerben -
Wann enden diese Qualen? Wann?
Decidí que tenía que escapar de allí y me dirigí a la salida sin despedirme. Antes de que pusiera mi mano en el pomo de la puerta se hizo el silencio y eso me detuvo y me forzó a volver la vista atrás. La mujer, con una hermosísima sonrisa y unos ojos negros y extremadamente profundos, me dijo, señor, no se vaya sin sus flores, y me tendió un ramo primoroso y frío.