23 diciembre, 2012

Educación, responsabilidad, autoridad



                En un buen artículo de El País, vuelve hoy Rafael Argullol al comentario de nuestra catástrofe educativa. Tal como él interpreta los últimos datos publicados, y no creo que los interprete mal, buena parte de la sociedad española es medio analfabeta, poco menos que analfabeta funcional, con muy escasa capacidad para comprender textos escritos,  para hacer cálculos elementales o para explicar cualquier cosa de la ciencia natural alguna. Universitarios incluidos, añado yo. Y añado más: profesores universitarios incluidos.
                Si los diagnósticos tan negros son ciertos, y lo son, y al margen de qué vamos a esperar en una sociedad gobernada por indocumentados y en la que los ejemplos más resaltados vienen de chorizos sin luces, pero con cazurrería y mala baba, la pregunta para nota es quién le pone el cascabel al gato y de dónde puede partir la regeneración educativa. Dónde están, en suma, los capaces y que no sean ellos mismos víctimas, responsables o beneficiarios del sistema, dónde los que puedan volver a poner orden en tanto desmán en todos los niveles de la educación.
                Lo primero que le pasa al que está a oscuras desde siempre es que se acostumbra a la penumbra y no echa en falta la luz que no conoce. Por eso casi siempre me sabe mal el ensañamiento con los estudiantes. Cómo le cuenta usted a un estudiante universitario que se pierde un buen disfrute si no es capaz de leer a Platón entendiendo alguna cosa, o que puede dar más placer y más genuino visitar una exposición de Rembrandt que ponerse hasta arriba de vino barato o gritar ante el televisor cuando hay fútbol, todos los días. Cómo le hace usted ver que, ya puestos a tener curiosidad por algo, da más gusto del bueno y estimula más estar al tanto de los últimos avances científicos o de la nueva novelística latinoamericana que averiguar si doña Letizia se operó la nariz o de si Angelina Jolie adopta un niño turco. Viene a resultar tan cruel como explicarle a un pobre de solemnidad lo rico que está el caviar auténtico y reprocharle que no lo cene más a menudo. De donde no hay no se puede sacar, decían en mi pueblo, y muchos dañados por el sistema educativo y por la estulticia socialmente imperante no tienen con qué, porque nadie se lo ha dado y hasta porque se lo hurtaron cuando lo pedía o estaba en buena disposición. Ellos, los estudiantes, no son apenas culpables y, desde luego, no vamos a rogarles a ellos que se pongan a protestar para que alguien los obligue a estudiar lo que ya no están en condiciones de asimilar. Démosles unos títulos y que arreen para el andamio o la emigración.
                ¿El profesorado? ¿Cuál profesorado va a demandar para sí mayor exigencia, mejor esfuerzo o que se le valore por resultados reales y no por las pamplinas de las que dependen ahora los complementos y la productividad? ¿Cuántos profesores universitarios, por seguir con la universidad en los ejemplos, leen alguna vez un periódico o se preocupan por cuestiones políticas que no tengan que ver con su sueldo o con las consignas de su ideología partidista de chichinabo? ¿Quién entre el profesorado va a quemarse exigiendo que se expediente al compañero incumplidor o que se ponga de patitas en la calle al colega que es un perfecto berzotas y se desentiende de sus obligaciones, de la tarea por la que le pagan?
                Déjenme que les cuente un caso real. De una universidad que conozco un poco me contaron el otro día el siguiente caso. Un profesor de asignatura muy importante tenía encomendado un curso entre septiembre y mediados de enero. Es de todos sabido, y sus estudiantes lo cuentan a quien quiera escucharlos, que no explica nada de nada, que gasta las horas en memeces, que no tiene ni lejanísima idea de la materia que debería dominar. Nada de nada, y cuando digo nada, digo absolutamente nada. Cero, ni un barniz, ni la puntita siquiera. Pero como además de ignorancia se gasta descaro, a primeros de diciembre, casi a mitad del periodo lectivo de su asignatura, les dice a los alumnos que ya está bien y que se hartó de que vayan tan pocos a clase y que da por terminado el curso y hasta aquí hemos llegado. Que no vuelvan, vaya, que ni una lección más ha de contarles. Los estudiantes se quejan, perciben perfectamente el timo y la ilegalidad, y hablan con distintos responsables académicos. Consternación. Se les indica a los discentes que bueno, que protesten, como si no estuvieran protestando ya al delatar al felón. Se les da la razón con la boca pequeña, se pasan la pelota los distintos jugadores y no ocurre nada más. Aquí paz y después a los estudiantes que les den morcilla. Ya te digo. Es un compañero, caray. A lo mejor hasta tiene libertinaje de cátedra, sagrado derecho. Y si se le da una patada en el culo, a ver quién se hace cargo de sus clases. Sólo faltaba. Además, como se empiece a tirar de la manta, vaya usted a saber en qué acabaremos. En esa misma facultad hay otros que toda la vida han terminado la explicación de su extenso programa un mes antes de la fecha marcada. Otro dejan copiar en los exámenes, algunos se fuman horitas de docencia con variados pretextos. Y así. Aquí paz y después gloria y que decida la autoridad. ¿Cuál autoridad? Otra autoridad, yo no, mi amol.
                Y a la autoridad llegamos. La autoridad unas veces necesita el voto hasta de los mangantes, otras veces es de su misma cuadra o escuela, en ocasiones, muchas, procura que los problemas bajo su gestión no se conozcan, pues tiene el ojo echado a otros cargos o a un futuro en otros lugares y en diferentes gobiernos. La autoridad hoy, en educación y en casi todo, pugna por ser irresponsable y lo consigue. No se gobierna para gestionar, se gestiona para tener gobierno y aumentarlo. El mérito mayor consiste en ser dócil y en ponerse retozón ante instancias más altas que también son dóciles y mueven el culete con los de el escalón siguiente. Es un peculiar efecto piramidal, una casa de lenocinio con jerarquías como Dios manda, y trepan más arriba los que venden la institución que sea por un plato de lentejas, los soberbios indecentes. Sálvese quien pueda.
                No hay reforma social posible, ni en educación ni en nada, sin una masa crítica que la demande y sin una cierta vanguardia que la imponga. Y aquí la masa es masa, pero no es crítica, y las vanguardias se han puesto a hacer la calle exhibiendo la retaguardia. Los estudiantes no pueden, porque no saben, los que sabrían no quieren y se hacen los locos y los “coleguis” de todo el mundo, los que gobiernan no lo ven tan mal, pues si ellos llegaron a donde llegaron será que no hace falta para triunfar estar bien formado o tener una mínima cultura. ¿Cómo diantre vamos a reformar en serio la educación o cualquier cosa?
                Pruebe, pruebe usted a llegar a su colegio, su instituto o su facultad universitaria y a proponer que le voten para algo con un programa serio y que busque para los estudiantes una formación como es debido. Verá lo que le dice todo el mundo, desde el rector hasta el último mindundi, verá cuántos votos consigue.

5 comentarios:

un amigo dijo...

No es que la caída del comunismo histórico haya acabado con la guerra de clases. Simplemente la ha anticipado a la escuela.

Salud,

Diegol11 dijo...

Sin palabras, siempre pasa lo mismo, no hay consciencia ni valoran su trabajo ni reconocen la gran responsabilidad que se les ha encomendado, con sus excepciones claro. Es una lástima.

Juan Carlos Sapena dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Promissio parit debitum. dijo...

En su Universidad pasa lo mismo con varios profesores, hasta el punto de hablar con los responsables del departamento y que estos reconozcan que no se puede hacer nada, que estos sinvergüenzas han conseguido su plaza y que de ahí no les mueve ni Di.. ni el rector.
Conclusión: Alumnos felices por la sencillez con la que se aprueba una de las asignaturas más complicadas de la carrera. Alumnos destinados al andamio con un titulo que carece de valor real, con lagunas más grandes que las de Villafáfila.
Otros alumnos que se han de aprender la materia sin el más mínimo apoyo del profesor encargado (mayormente porque este desconoce prácticamente la totalidad de la materia que "imparte").
Profesores que cobran por perjudicar, no trabajar y condenan a los alumnos a no trabajar, pero curiosamente, esta vez sin cobrar.

Y ya como curiosidad, en el sistema de evaluación docente que hay en la ULE, los profesores cobran un plus o no en función de la valoración obtenida por los alumnos. Esto significa que al profesor exigente, que hace que el alumno tenga que esforzarse ligeramente se ve perjudicado, mientras que el que hace una bazofia de examen y exige por debajo del mínimo y así la mayoría obtiene unas calificaciones que se caga la perra, es premiado con ese "plus".

Saludos, nos vemos bajo un puente dentro de pocos años.

Anónimo dijo...

¿Docencia y en la universidad española?, pero no ve que todos los profesores andan en sesudas investigaciones para obtener los prestigiosos tramos de investigación; no querrá usted que pierdan el tiempo preparando un programa e impartiéndolo. ¿Atención y respeto a los alumnos?, ja, ja, ja....es usted todo un humorista.