20 diciembre, 2012

Pelmas




            Hay que inventar algún aparato, no va a quedar otra salida. Digo, algo que puedas conectar cuando te entran así y que reproduzca como una imagen tuya asintiendo, diciendo que sí a todo y que vale y vaya bien y claro que sí y mi amol. Un chisme con autonomía para dos o tres horas, por lo menos, y fácilmente recargable. Mientras dejas así trabada con el interlocutor tu estela, tu holograma, tu cuarto y mitad de ying y yang o lo que sea, te cambias de cuarto y sigues trabajando, o aprovechas para tomar un café o echar la loto.

            Hay demasiado paracaidista sin avión, mucho atún coleando en agua dulce, desesperantes desesperados. Sí, bien está la humana compasión, la caridad aunque sea a costa de uno, el hacer cada tanto de puchingball para que te castiguen a ti con lo que no cuentan en casa o lo que no le dicen al jefe o lo que no resuelve cada cual donde le cuelga el cocido o en lo que le compete, donde a lo mejor alguna cosa tenía arreglo o en el lugar en el que el desahogo venía al caso. Seamos solidarios, compadezcámonos de la humana incontinencia desenfocada, pero que no nos peguen por aguantarlos.

            Ando en plan confesión casera y a lo mejor hago yo lo mismo en este ámbito virtual, pero allá va. Llevo un mes enloquecido de tanto trabajo y tanto trabajar y así seguiré justo hasta fin de año, me obsesiona, me atosiga y me absorbe algo bien complicado que me he comprometido a escribir sobre asunto jurídico complejo. Encantado de la vida, sarna con gusto no pica y hasta me siento rejuvenecer con este renovado ímpetu investigador. Así que ni me reprocho a mí mismo ni me quejo del mundo, en el fondo me divierto y disfruto y hasta vivo la grata sensación de ganarme los cuartos dedicándome a lo que debo. Pero está uno a merced de los elementos, y qué elementos.

            Un par de ejemplos solo y ambos de hace dos días. Me quedaban solamente veinte minutos para sacar ciertos papeles y solucionar un par de líos burocráticos, pacientemente asumidos. Pienso que me alcanza ese tiempo y que ya me libero y vuelvo a lo mío. Entonces aparece en mi despacho un señor muy amable al que había visto en mi vida una vez o dos. Me saluda cortés, y cortésmente le explico que no le puedo dedicar más de cinco minutos. Que no me preocupe, que no se va a alargar. Y entonces se pone a narrarme su divorcio y que está escribiendo una especie de libro sobre su pasada vida amorosa y matrimonial. En otro momento me habría divertido, pero ahora siento picores en medio cuerpo y percibo que se me está deteriorando la piel del cutis. Mientras me rasco y voy cambiando de postura en mi asiento, el otro sigue y dale con su teoría del amor sexual y la sensibilidad emotiva y el coño de la Bernarda. Mis gestos de apuro no los percibe, pues está en un profundísimo trance metafísico y las palabras salen de su boca como el aire de un globo, furia chirriante, verborrea despendolada. Me levanto y le tiendo la mano y lo saco hasta la puerta, mientras dice que sí que ya se va pero que solo esto último, que si no me parece a mí que el humano es un sentimental sentiente y un sentidor sensible. Me cisco internamente en el existencialismo serbo-croata y consigo cerrar la puerta y quedarme solo, las últimas palabras que le oigo dan cuenta de que ha sido un placer conversar conmigo y que ya vuelve otro día para que rematemos tan apasionantes dilemas. Miro el reloj y ya tengo que irme, quedó pendiente lo mío. Diráse que me falta carácter, pero sin una de cañones recortados es imposible frenar asalto así.

            Al cabo rescato una hora y me creo que la tengo libre y que me pongo con lo mío aunque se acabe el mundo. No se acaba, pero suena el teléfono y, maldición, lo cojo sin pensar y por si acaso. Otro fallo gravísimo, lo sé. Es un viejo conocido que, según dice, me llama para una parrafada y porque hace tiempo que no sabe de mí. Se lo agradezco y sin interrupción le hago ver que estoy en apuros y atareado a más no poder. Replica que claro que sí y que no me entretiene, lo que, traducido, viene a significar que ya puedo darme por jodido y que allá va con lo suyo. Le he puesto en bandeja el proemio, pues arranca con que qué raro que siendo yo profesor universitario me sienta laboralmente cargado, dado que, según a él le consta con pruebas irrefutables, los de la universidad no damos palo al agua, jamás y ninguno. Según su tesis, morosamente expuesta, todos mis colegas de oficio y yo mismo somos culpables de la crisis del país, del descrédito de la ciencia patria, de la creciente tasa de paro, del vertiginoso aumento de las alergias alimentarias y de que Gibraltar siga en manos británicas. De todo, y ante todo porque ninguno trabajamos un pimiento y nos pasamos el día en el despacho mirando tías en bolas (o tíos) en el ordenador.

            Bien, también yo me tengo por crítico, pero se me dispara la angustia mientras el teléfono me grita que a los de la universidad habría que colgarnos por las partes íntimas y que si a él lo dejaran nos castraba a todos y luego echaba nuestras partes a los cerdos y que yo soy buena gente pero que salvar, lo que se dice salvar, no nos salvamos ni uno ni lo hay que merezca compasión ni respeto. Mis intentos de meter baza para decirle que felices pascuas y que hasta otro día y recuerdos a la familia son vanos, no me escucha o, peor, al notar mi carraspeo recuerda que está hablando conmigo y vuelve a la carga: torturarnos sería poco, habría que soltarnos en un desierto sin agua y empalarnos el atardecer. Me sobresalto, no sé ya por qué, y tropiezo con una alta pila de libros colocada sobre mi mesa y se me vienen abajo, al suelo. Poso el teléfono, sin colgar, y los recojo y reordeno y, al cabo de un minuto o así, retomo el aparato y llego a tiempo para captar que ahora ha cambiado de idea y que mejor sería meter una bomba a la universidad cuando todos estuviéramos dentro, porque nunca ni uno de nosotros ha hecho por el planeta cosa útil, ni siquiera yo, al que tiene por buena gente, y bien me lo repite antes de extasiarse con nuevas imágenes de mi cuerpo descuartizado y devorado por alimañas; y si ni siquiera yo, imagínate Fulano y Mengano, que son unos mierdas y unos corruptos y unos tiquismiquis y unos flojos. En ese punto pasa de lo general a lo particular y va analizando uno por uno a tanto culpable infame, a tanto demonio doctorado.

            Palabra de honor, en serio, que me estaba haciendo falta ordenar un poco mis aposentos y que, con el teléfono a media asta, fui tirando a la papelera papeles inútiles y folletos inservibles, hasta que la llené. Tenía curiosidad por si el lejano vociferante notaría que yo me había evadido, por hacer algo y para sentirme humano y útil, pero creo que no captó. Justo cuando volví a la comunicación, pues había llegado la hora de comer y de recoger a Elsa en el colegio y pensaba yo, torpemente, despedirme sin contemplaciones, me espetó él que bueno, que adiós y que felices fiestas y que otro día me llamaba más rato porque le complacía mucho que estuviéramos tan de acuerdo en todo. Un servidor no había pronunciado más que tres o cuatro palabras durante esos cincuenta minutos: “hola”, “no sé” y “bueno”. Ni una más.

            Me preocupan bastante estas ganas de matar que me vienen, esta sed de sangre que en mí pecho percibo, este deseo de llamar a cualquier incauto y cantarle las cuarenta largamente. A ver a quién pillo en casa esta tarde. Se va a enterar.

2 comentarios:

roland freisler dijo...

¡¡¡Joder, que me troncho por Dios!!! Ostiás

Juan Carlos Sapena dijo...

Casi no lo he podido leer. a ratos adivinaba y completaba las frases por entre las lágrimas que se me andaban cayendo, allá entre los hinchados carrillos.
Ladrones de tiempo, robavidas, la memorable caída librera con el teléfono a media asta...
Gracias por poner una sonrisa en un día que usted desconocía gris.
No me canso.
Saludos.