17 diciembre, 2013

Igualdad y virtud



                Andaba leyendo algunos escritos sobre Aristóteles y vi una referencia a cómo para el filósofo griego los regímenes aristocráticos ponen en la virtud la pauta del mérito, pauta por la que se rige la justicia distributiva. Sirva o no la referencia, se me ocurre que puede que por ahí haya una buena vía para diagnosticar algunos de los males de nuestras sociedades actuales, y en particular en este país nuestro.

                Podría decirse que la idea ético-política de igualdad ha recorrido en la era moderna un complejo camino, marcado por varias etapas. Primeramente, el iusnaturalismo racionalista señala la igual dignidad o valor sustancial de cada persona, pero ligando esta igual dignidad con la igualdad de derechos, la igualdad ante la ley, para que no sea la ley la que discrimine entre los igualmente dignos y merecedores de respeto y de ser tratados como sujetos libres. Suelen algunos autores católicos insistir en que esa idea de esencial e idéntica dignidad de todos los seres humanos estaba ya de siempre en el cristianismo y era afirmada por la Iglesia, pero se olvidan del ese detalle específico: lo que modernamente se defiende no es que seamos los seres humanos ontológicamente iguales en dignidad o a los ojos de Dios, sino que por ser nuestra dignidad la misma merecemos derechos iguales y el mismo tratamiento en cuanto ciudadanos, seamos hombres o mujeres, blancos o negros, creyentes o no creyentes, etc.

                El Derecho moderno, basado en esa ontología igualitaria, se dio de bruces durante siglos con la permanencia de diferenciaciones en derechos que se apoyaban en diferenciaciones sociales muy fuertemente ancladas y sostenidas también por religiones, morales sociales y variados regímenes políticos. De ahí que perviviera durante un tiempo la esclavitud o hasta hace nada la discriminación jurídico-formal de las mujeres, entre otro buen puñado de discriminaciones.

                Lo insoportable del contraste entre la igualdad formal, que se correspondía con aquella igual dignidad reclamada desde la filosofía y el iusnaturalismo racionalista, y la real y brutal diferencia de riqueza y poder social entre las personas, diferencia que hacía que unas sólo nominalmente pudieran decirse libres, mientras que los poderosos veían su autonomía multiplicada porque podían usar a los más miserables como simples herramientas o semiesclavos, fue destacada ante todo por el socialismo utópico y el marxismo del siglo XIX. Surgió una idea más compleja de libertad como base de la igual dignidad, idea que se sintetiza en dos elementos interrelacionados: que la dignidad de cada ciudadano exige que tenga satisfechas o pueda satisfacerse determinadas necesidades absolutamente primarias para ser en verdad un ciudadano libre (alimento, educación, vestido, vivienda…) y que las diferencias de riqueza o estatus social solo estarán justificadas en atención al mérito y a lo que ese mérito beneficie al interés general, y en un contexto de igualdad de oportunidades. Naturalmente, con parecidos argumentos se sumó a esa lucha el feminismo, entre otros movimientos sociales que hacían ver las contradicciones sangrantes entre la teoría y la práctica en materia de dignidad, libertad, igualdad y derechos.

                Con los altibajos que son bien conocidos, esas ideas fueron prendiendo a lo largo del siglo XX, al menos en los países de economía de mercado con políticas redistributivas o de Estado social y regímenes políticos democráticos. Los trabajadores fueron ganando derechos y mejorando su situación socio-económica, las mujeres, muy lentamente, conquistaron igualdad con los varones, el Estado se iba haciendo Estado del bienestar y garantizaba un buen nivel de derechos sociales, la economía crecía a un ritmo tal que permitía que al mismo tiempo se enriquezcieran más los ricos y mejorara el nivel de vida y el estatuto socio-jurídico de los no ricos.

                Esa evolución, que en otros países duró muchas décadas y hasta siglos, en España se puso en marcha en cuatro días, por así decir, en muy pocos decenios, ya contemos, a algunos efectos, desde el desarrollismo franquista de los años sesenta, ya desde la muerte del dictador y la vigencia de la Constitución de 1978. Factores bien conocidos hacen de este país, secularmente atrasado en lo económico, autoritario y clasista hasta decir basta en lo político, confesional y represivo en lo religioso y con una población extraordinariamente acomplejada y con una marcada sensación de inferioridad frente a los vecinos de Europa, un país que se siente al fin moderno, lo convierten en un país económicamente pujante (aunque con pies de barro, como se acabó viendo), con políticas públicas avanzadas, con un Estado que, al tiempo que derrocha, consigue crear unos muy aceptables sistemas para la satisfacción de ciertos derechos sociales básicos, como el derecho a la salud, y con una ciudadanía que de una generación a otra no sólo pierde los viejos complejos, sino que adquiere fuerte orgullo, por un lado, y gran frivolidad y cursilería, por otro.

                De cómo el orgullo político-económico acaba alentando la abundancia de sujetos cursis y banales que se creen unos intelectuales y muy políticamente comprometidos aunque no repitan más que eslóganes para dummies, da buena cuenta el hecho de que el pijerío se hizo de izquierda y los progres españoles de convirtieron en el grupo socio-político más insufrible de Europa y, al tiempo, en los individuos más escandalosamente incoherentes que ha conocido la historia del pensamiento político moderno. Ojo, he dicho los progres, no la izquierda como tal o cualesquiera ciudadanos de izquierdas. A la apoteosis de la estulticia pijo-progre se llegó bajo los gobiernos de Zapatero, como es sobradamente sabido y reconocido. El pijo de hace poco ya no lleva Loden, como el de hace cuarenta años, sino pañuelo palestino al cuello y alguna prenda raída que cuesta un dineral pero no lo parece, amén de gafas de pasta y un coche todo terreno porque se siente ecologista y adora la naturaleza. Además, todos leen lo mismo, cuando leen, todos aseguran que no ven la tele o nada más que documentales y lo del Gran Wyoming, todos se mueren de vergüenza si alguien los encuentra con un periódico en la mano que no sea su vieja gaceta oficial, todos ven las mismas películas y juran que les encantaron y ninguno se atreve a opinar sobre si el hiperrealismo de Antonio López será buen arte o no porque no parece del todo cool ni congrega en sus exposiciones a los poetas de la experiencia y a sus señoras, y todos te miran mal si juegas un poco al pádel porque un día el tontaina de Aznar dijo que él lo practicaba. Ah, y no te dejan contar chistes que no sean de heterosexuales varones y cuarentones y todos quisieran ser vegetarianos si les saliera, pero como les pongas un cocido de garbanzos vas a ver lo que queda del chorizo y la morcilla. Les gustaría que ganaran el Nobel de Literatura Murakami o un africano, a ser posible homosexual, pero nunca se han manifestado todavía ante la embajada de Irán ni ante la de Corea del Norte, aunque Bush era un cabrón (en alguna cosa se puede estar de acuerdo con ellos) y los EEUU un asqueroso país imperialista al que mandan a sus hijos en cuanto tienen cuatro dólares ahorrados.

                Sucedió en España una cosa curiosa. A fin de que no se notara demasiado el contraste entre lo que proclamábamos y lo que hacíamos y entre lo que éramos en verdad y lo que queríamos parecer, le echamos a nuestra ideología dominante unas gotas de posmodernismo y nos convertimos en escépticos frente a todo y, en particular, frente a los fundamentos morales y políticos mismos del régimen político-económico que aparentemente defendíamos. Donde parecía que tendríamos que haber sido firmes defensores de la democracia bien entendida y aplicada, la tildamos de rehén del imperialismo foráneo o heredera del franquismo, para justificar que nos pasáramos la ley democrática por el arco del triunfo y para conseguir que nuestra profecía se hiciera verdad y llegáramos a lo que tenemos, una partitocracia podrida. Donde se supone que tendríamos que haber defendido una política bien laica frente a toda opresión religiosa con efectos sociales o sobre los derechos de algún ciudadano, nos hicimos multiculturalistas nada más que por el morbo de meterle competencia en casa a la Iglesia católica y que los curas tuvieran que aguantar mezquitas enfrente de las iglesias parroquiales, pero con el agravante de que acabamos queriendo permitir a otros lo que con buenas razones reprochábamos antes a los católicos castizos. Y del catálogo de filosofías morales disponibles escogimos un relativismo light con una utilidad bien clara: hicieras lo que hicieras y aunque fueras muy incongruente al aplicar en tu vida las reglas de la moral de la que blasonabas, ese relativismo posmoderno te servía para cuestionar las intenciones, la honestidad y los fundamentos del que te afeaba que fueras tan cretino. Pues se venía a decir, con esa pose de enterado presuntuoso, que, a la postre y bien mirado, Kant había sido un machista o un misógino, Locke un antecesor del neoliberalismo, Mill un calzonazos y hasta el mismísimo Marx le había puesto los cuernos a su señora  y había vivido a costa de Engels, que era de la patronal, mostrando así que no es nuevo esto de que tu mano derecha meta mano sin enterarse de lo que gesticulas en la manifa con tu mano izquierda o de si cierras el puño para cantar la Internacional o para que no se te caigan los billetes que acaba de entregarte un promotor inmobiliario.

                Total, que acabó por imponerse aquí la más perversa y fatídica de las ideas, la de que todo el mundo es igual y que, por tanto: a) todo el mundo tiene derecho a vivir cojonudamente aunque no dé palo al agua o haga más trampas que el más alevoso tahúr; b) no hay base para criticar a nadie del todo, pues quién es nadie para hacerle reproches a otro y hay que respetarse mucho; porque c) al ser todos iguales en dignidad y valor, por la misma razón que nadie tiene por qué ser menos que nadie, no tiene ninguno justificación para ser mejor que otro y recibir aplauso o premio, aunque sea honesto, trabajador, esforzado y leal a sus conciudadanos.

                En otras palabras, la degeneración o perversión de la noble idea anterior de igualdad condujo al descrédito de la virtud y a la igualación en la iniquidad. Si todos somos iguales y nadie es más que nadie, nos lanzamos a la exaltación de la medianía hipócrita y eliminamos tanto la crítica al indecente como la loa al esforzado y honrado. Así puestas las cosas y rebajada la filosofía política a una lista de consignas para tontainas con el colmillo retorcido y que van a lo suyo, se pongan corbata o no se la pongan, la primera de todas esas consignas es la de que en el fondo nadie es más que nadie. Fobia a la meritocracia y larvado retorno a o esfuerzo por mantenerse en lo que como país nos ha identificado durante toda nuestra miserable historia, un sistema de cooptación  basado en la corrupción y el mamoneo y un implacable mecanismo de exclusión del heterodoxo y del que no trague o no marque el paso de los bienpensantes de doble o triple moral.

                Lo tremendo es que esa demagógica deformación de la idea de igualdad, que les sienta como un guante de seda a los viejos poderes establecidos porque evita un sistema funcional y transparente de cooptación social y de circulación y renovación de las élites de todo tipo, empezando por las intelectuales y universitarias, fue adoptado por la izquierda boba como seña de identidad. En otras palabras, y para expresarlo del modo más claro: casi todo lo que ha venido defendiendo la izquierda desde hace décadas en España le sienta como anillo al dedo a la oligarquía de toda la vida. Es más, lo único que por esa vía se renueva un poco en las viejas castas es a base de subir de nivel económico y social a unos cientos de politicastros, entre los que hay muchos del PSOE y unos cuantos hasta de IU. Y otros no necesitan ni que los sienten en un consejo de administración y se venden por unas mariscadas y una visa oro, dando testimonio de su más íntima condición, la de putas baratas. Claro que no lo hace sólo esa parte de la izquierda y que así ha sido siempre mucha derecha. Pero en la derecha hay, en eso, más coherencia entre la ideología que se proclama y la vida que se vive o a la que se aspira. Eso es lo que mata a la izquierda: que si de subir el nivel de vida de politicuchos corruptos y venales se trata, o de tipejos que no tienen dos dedos de frente y piensan, por ejemplo, que el nacionalismo, cualquiera, es progresista y liberador, votamos a los viejos caciques que, al menos, no nos decepcionarán y nos quitarán la cartera con mejor estilo y sin fingir que nos pegan porque nos quieren o en nombre de alguna declaración internacional de derechos humanos.

                Hay que volver a la idea de virtud y combatir con ella la tergiversación demagógica de la igualdad. Socialmente no somos iguales, pues la perspectiva social tiene que ser la perspectiva del interés general, y el cultivo del interés general hay que alentarlo premiando a los que más aportan y apretándoles las clavijas a los parásitos de cualquier laya. No se trata de volver a ningún régimen estamental, se trata de buscar la eficiencia para el conjunto a base de estimular lo mejor que tenga y pueda darnos cada ciudadano. Todos los médicos de la Seguridad Social, por ejemplo, han de cobrar un buen sueldo, pero al que opera más y mejor o al que no deja de estudiar y formarse hay que pagarle más que al del montón. Los ascensos y promociones, especialmente en el ámbito público, tienen que ir muy intensamente unidos al esfuerzo y la capacidad acreditada y a la honestidad demostrada, no a politiquerías, grupos de presión, chantajes y sucias maniobras en la oscuridad. Se debe fomentar la competición, asumiendo un doble efecto. Primero, que los mejores mejoren, aunque eso ofenda a la mayoría de los menos buenos. Segundo, que los peores empeoren, para lo cual urge buscar maneras para que los inútiles y corruptos se vayan a tomar por el saco y, al menos, no cobren del Estado a título de funcionarios, empleados o altos cargos del mismo.

                Virtud y distribución, decía al principio de esta entrada. Distribución, sí, bajo la forma de buenos servicios públicos accesibles a todos los que no puedan pagar su precio. Estado del bienestar también, como modelo de convivencia en una sociedad en la que nadie muera de hambre y de frío. Y, a partir de ahí, a cada uno según su trabajo, su rendimiento, su esfuerzo, su mérito. Política antiparásitos y práctica no igualadora de la crítica moral. Porque no somos iguales, en modo alguno. No son iguales el honrado y el pícaro, el zángano y el que trabaja, el que se sacrifica y el que se aprovecha, el que labora todo el año y el que se inventa bajas laborales falsas, el que aprende y el lerdo que no da golpe, el que estima a toda la humanidad y por ella hace, además de por los suyos, o el zote que nada más que ve humanos plenos y merecedores de derechos en los de su tribu, su barrio o su camada. No somos iguales en la virtud y no es justo el Estado o el régimen político que en todo trate a todos como si todos fueran virtuosos. Y, además de no ser justo, no sobrevive. Eso también lo enseña la Historia.

                En resumen, también en un Estado social y democrático de Derecho se puede y se debe cultivar un espíritu aristocrático, pero en un cierto y muy peculiar sentido, en un sentido moral. Pues moralmente y como ciudadanos no todos somos iguales, porque no actuamos igual ni con los mismos propósitos. La justicia pide que no se trate igual a esos desiguales y el Estado necesita convencer a los más capaces y mejor dispuestos para que trabajen en él, para él y para la sociedad, en lugar de obligarlos a marcharse, a encerrarse en su torre de marfil o a deprimirse viendo el desolado paisaje de las ratas comiendo los despojos y dejando sin futuro a nuestros hijos.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Me encantó! Díganme a dónde debo firmar...

Juan Carlos Sapena dijo...

Vaya por delante que, en mi opinión, el principal derecho que debe procurar un ordenamiento jurídico moderno (entendido como opuesto a clásico) es el reconocimiento.

Reconocimiento, libertad y dignidad son el uno y trino que viene o que vendrá o que está viniendo. Por supuesto que podemos quedarnos en la tan manida fantasía del contrato social o en aquella otra de los principios garantistas o la legitimación del poder -ya he comentado con anterioridad que a uno lo que le pone es el usufructo del cónyuge viudo y la cautela Socini, canalla que es uno- pero la realidad es plural y obcecada y desde esas posturas metafísicas no gestionaremos nunca los conflictos que surgen de la alteridad porque la negamos al pretender un ideal unitario y homogéneo, mentiroso.

El otro, siempre el otro...y ya sé que Kant, o Aristóteles decían cosas muy molonas pero son reflexiones hechas desde y para una realidad que ya no existe o que nunca existió. Es posible que el mundo académico solo sepa ya mirar para atrás y suspirar; unirse a la cadena de suspiros que desde aquel primer mono melancólico han ido dando forma a tantas cosas, también al Derecho, tejido de suspiros y vacías promesas de matrimonio no perseguibles.

No hay nada nuevo bajo el sol, claro, pero nunca es el mismo sol el que ilumina y vaya por delante que comparto, y asumo, lo expuesto en su texto (por otro lado estupendo como siempre) ni esto es un Estado de Derecho, ni aquí hay democracia, ni más contrato más allá de precarista el último.

O algo así era. Un abrazo y Feliz navidad. La navidad, ése sí que es un derecho absoluto e irrenunciable, quizá el único que nos es reconocido y que podemos exigir...Ahí lo dejo, en diferido, fin de la cita y lo siento mucho y no volverá a pasar.

Anónimo dijo...

Dad sangre, o este país dará asco. Un abrazo.

David.

Perplejo dijo...

Este país (y otros) es el escenario de la victoria de los corruptos sobre los excelentes. Es significativo que, en todos los informes internacionales sobre rendimiento académico, la peculiaridad española no es tanto su mediocre nivel medio sino su casi absoluta carencia de estudiantes excelentes.

En España, se desprecian el esfuerzo intelectual y el mérito; pero esos desestimadores pagan una pasta para asistir a un concierto de los esforzadísimos maestros de la Filarmónica de Berlín, compran a sus hijos la camiseta del esforzadísimo Messi, suspiran por modelos de vientre planísimo y abdominales a cuchillo y se buscan un cirujano competente (Houston, tenemos un problema) para que les extirpe el tumor (del alma). Y, lo que es más importante, procuran enviar a sus hijos al Instituto Alemán y a la universidad de Harvard, mientras dejan al resto el Instituto Griego y la universidad de Softvard.

Lo mismo ocurre en la carrera política, en el mundo laboral y en muchos ámbitos de lo privado.

En suma: ese culto a la "igualdad" es puro tampantojo, cortina de humo y embeleco para proteger de la meritocracia del talento el sistema oligárquicomafioso que permite a los corruptos medrar y gozar del esfuerzo (ajeno). ¿Que algún tontolaba se lo traga? Miel sobre hojuelas...

¿Engañado "el pueblo"? Quien más quien menos aspira a pillar cacho, por medio de las leyes del embudo y el mínimo esfuerzo. Y, cuando la cosa se vuelve insostenible, nos buscamos un chivito expiatorio y asunto arreglado.

Como repite una amiga (brazos abiertos y los ojos al cielo): ¡que nos invadan los bárbaros!





Juan Carlos Sapena dijo...

Perplejo:

Donde mejor se ve el chocolate del loro de la igualdad es en las alegres procesiones a las urnas y más allá cada cuatro años, o cuando manden.
Ése, y no otro, es el mausoleo de toda ambición intelectual. Ahí se quedan, aparcados, los pensadores que en este mundo han sido. Sus libros y sus ideas, sus esperanzas y sueños, calzando las sagradas, aunque cojas, mesas donde se recogen las promesas de pasantías y negociados.
Mientras se anda desabrochando la tarde, frotamientos de manos, tocamientos a cuenta, apariciones marianas en comodato penitente hasta la solución final, rayando ya en la noche los despachos...

Más popular y redistributivo que la lotería nacional.

Ésa si que es moral, moral y no moraleja, por "mor-al arte" y parte. Y luego, una virtud (o un señor de Cuenca)

Un saludo.

Mientras tanto, en un país serio...