01 junio, 2014

De tiritas y perchas. Por Francisco Sosa Wagner



Como existen los tristes heraldos negros de César Vallejo, todo luto y desesperación, existen también las realidades sonrientes, todas atrevidas y exultantes. No sé a qué esperan los poetas y otros magos de la pluma a dedicar poemas u otras composiciones imaginativas a los objetos cotidianos que nos hacen fácil la vida o nos abren la puerta a placeres y diversiones.

La rosa, el amor de Purita, el otoño, la melancolía, la tristeza, la muerte, los fértiles
valles, las sierras levantadas, no digamos las ninfas y los cisnes o las mariposas o las odaliscas han movido la pluma de miles de vates que han cantado todo ello con mejor o peor fortuna. Pero ¿quién ha dedicado un soneto a la tirita? Sí, a esa tirita que sabe presentar contundente y victoriosa batalla a un molesto manar de la sangre que nos hemos provocado bobamente al afeitarnos. De esa tirita, que yo sepa, nadie ha cantado sus propiedades ni sus encantos, nadie ha hecho ante ella reverencias métricas ni le ha administrado la debida justicia poética. Su virtud silenciosa, su gloria como salva apuros, su falta de ambición y su barata lealtad ¿quién la ha puesto en versos?

Si las vanidades del mundo han sido mil veces denunciadas y ridiculizados los presuntuosos y fatuos ¿por qué no se hace lo mismo con las humildades que nos rodean? ¿por qué no se busca al inventor de la tirita y se le dedican unos octosílabos bien aparejados y además se le erige una estatua en parque florido y concurrido?

Y lo mismo que vengo sosteniendo respecto de la tirita podríamos decir de la percha que sostiene nuestros trajes y camisas. ¿Se ha pensado alguna vez en ellas para rendirles nuestro tributo de admiración y agradecimiento? ¿Alguien se imagina una casa sin perchas? Pues la percha, que es la percha de donde cuelga el orden de nuestras viviendas, vive en la oscuridad de un armario, en los hondones de un trastero sin atención alguna, sin una palabra de cariño, sin más luz que la proporcionada de forma fugaz y descuidada por su usuario. ¿A qué esperan quienes saben escribir para fatigar a la métrica con ocurrencias felices que coloquen a la percha en el lugar del amor, de la floresta o de la amada a la que se invoca con suspiros tristes? ¿qué tiene la luna que no tenga la percha?

Y así podríamos seguir porque los mismos reproches podríamos hacer, y de hecho los hago, a los compositores. ¿Hay algún concierto para arpa y orquesta dedicado a estos objetos que yo hoy homenajeo sentidamente? Desde Bach para acá ¿hay alguien que haya pensado en emplear su estro para llevar a los acordes de un violín la grandeza de una percha o de una tirita?

Hasta que no elevemos estos objetos al pináculo del honor literario o musical no creeré ni en la literatura, ni en la poesía ni en la música. Ni siquiera creeré en la Academia de la Lengua cuyos miembros sin duda se valen de tiritas y de perchas y no les dedican ni un minuto de sus vidas preclaras: ni una celebración ni la organización de una flor natural o un certamen.

Quedo a la espera del gran rondó de la tirita para reconciliarme con el arte.

1 comentario:

Fernando Comas dijo...

En PHARMACOSERÍAS si nos acordamos de ellas...

http://pharmacoserias.blogspot.com.es/2014/05/tiritas-60-anos.html