04 junio, 2014

Los estudios de los políticos




Hoy viene en algún periódico que la Vicepresidenta del Gobierno catalán ha terminado al fín la carrera de Psicología, después de 29 años desde que la comenzó. Hace unos años se había descubierto que falseaba el dato en su currículum, donde se decía licenciada. Luego cambió su expediente a una universidad privada. No todas las universidades privadas españolas son malas, claro que no, pero algunas son tremendas y venden sus títulos con mayúsculo descaro.

No es el de esa política catalana el primer caso, abundan. Se comentó hace meses que no es muy diferente la situación del actual líder del PP en Andalucía. De otros se cuenta, sin que sea desmentida la noticia, que empezaron en su juventud la carrera de Derecho y nunca la acabaron, o que concluyeron al cabo de diez o quince años. Si la memoria no me traiciona, en esas estaban José Blanco y Susana Díaz. El ejemplo imperecedero lo brindó en su día Luis Roldán, aquel Director General de la Guardia Civil y casi ministro que se decía lleno de títulos universitarios y que en verdad no tenía ni uno.

La cuestión teórica de fondo tiene su interés. Podemos estar de acuerdo en dos tesis básicas: que el acabar una carrera universitaria en tiempo y forma no es garantía de gran solvencia intelectual o de que se posean habilidades suficientes para gobernar cualquier cosa, y que puede haber y ha habido políticos sin carrera que hicieron un gran papel en sus puestos y que eran personas de extraordinaria perspicacia. Descartamos, pues, las excepciones por un lado y por el otro y nos quedamos con unas pocas preguntas elementales. La primera, por qué en los partidos políticos de estas tierras es cada vez más común que lleguen a los puestos más altos auténticos iletrados, con carrera o sin ella, sujetos cuya solvencia intelectual es a todas luces escasa, personajes sin la más mínima cultura, individuos que ni de broma aprobarían sin enchufe el más elemental concurso para conserje de un colegio o para celador de un hospital, pongamos por caso. A propósito de este último supuesto, van un montón de ministros o ministras de Sanidad que jamás lograrían esa plaza, pero que fueron aupados al ministerio desde el que se dirige la sanidad pública, asunto complejo donde los haya.

La segunda pregunta versa sobre si, a pesar de esos pesares, pueden esos tipos desenvolverse bien y con garantías en ministerios, consejerías y altos cargos en general.

Sobre lo primero, parece sencillo responder. Es sabido y muchas veces repetido que los partidos políticos, en particular los más grandes, se han tornado organizaciones en las que se asciende a base de ratonerías, de maniobras entre bambalinas, de tomas y dacas y dimes y diretes, de zancadillas y promesas, de compraventa de voluntades y adhesiones, del funcionar de círculos cuasimafiosos y luchas entre capos. Las habilidades para tales juegos requeridas tienen poco que ver con las capacidades intelectuales y la calidad intelectual y moral de las personas, más bien se requiere zorrería, ambición cazurra y descaro a raudales. No puede, pues, extrañarnos que en tales grupos se desconfíe de quien esté bien formado, tenga alguna altura de miras y una mínima consistencia moral. Es campo fértil para amorales y trepas. Las consecuencias de tal hecho, difícilmente discutible, son, para empezar, que la ideología hace mutis por el foro y que de la actividad política dentro de los partidos huyen como de la peste los más capaces y los más decentes. También se explica así que cualesquiera pactos entre partidos son posibles, pues no suponen nunca renunciar a las ideas, que no se tienen o que no se respetan, e implican repartirse nada más que el pastel, las influencias y la ganancia.

La segunda cuestión es algo más desconcertante. Después de que hayamos tenido un buen puñado de presidentes estatales y autonómicos y de ministros que no sabían hacer la o con un canuto, vivillos sin seso, arribistas sin principios, constatamos, perplejos, que poco más o menos las cosas siguen funcionando. ¿Siguen funcionando? Si así es o así fuera, tendríamos que concluir que los gobernantes son perfectamente fungibles y hasta prescindibles, que la maquinaria de las instituciones seguiría su curso aunque al timón pusiéramos al más tonto del pueblo, si es que lo hay más tonto, o aun cuando colocáramos ahí a conejo de la Loles o a un maniquí. Algo de eso hay, y supongo que si no se hunde todo (si no se hunde más) es gracias a que los buenos funcionarios hacen su trabajo y mantienen la maquinaria en funcionamiento, a pesar de la incompetencia sublime de sus jefes.

También debemos pensar que el daño toma la forma de lo que los juristas llamamos lucro cesante. No se trata de ver sólo lo que a pesar de los pesares se tiene, sino de darse cuenta de lo que por causa de esos pesares se deja de tener, de cómo podrían marchar las cosas si nos gobernaran personas de bien y suficientemente formadas. El lucro cesante es indiscutible, renunciamos a grandes dosis de progreso y bienestar porque permitimos que nos manden las acémilas, porque nos recreamos aviesamente en el voto al incapaz y al deshonesto, porque jugamos los electores a la ruleta rusa y masoquistamente disfrutamos con el riesgo de que nos echen a pique el país esos cantamañanas a los que damos el voto por razones tan nobles como que los otros son igual de malos o como que estos malos son los nuestros y a ese partido ya lo votaba mi abuelo y en mi familia somos muy así. Es como aquello de ser del Madrid o el Barcelona porque la primera camiseta que me regalaron de pequeño era de tal equipo. Sólo que lo de la política debería parecernos algo más serio que el fútbol.

Hay cierta circularidad en la situación, y el sistema social y el sistema político se retroalimentan con sus inanidades. En el fondo de todo está un supino desprecio al saber y a la cultura, por no decir que también una indiferencia feroz frente a la honestidad. Muchas veces los ciudadanos sentimos más cercano al burro que al intelectualmente apto. Entre las circunstancias que influyen en nuestro voto está el que sea guapo o feo el candidato, el que sea de este pueblo o de aquel, el que salga en la tele más o menos, el que nos diga cosas bonitas o parezca hosco, el que salga o no en revistas del corazón en compañía de alguna torda o de cualquier profesional del braguetazo, etc., etc. Muy pocas veces y a muy pocos les cuenta el que los candidatos sean o no capaces de estudiar alguna cosa, el que hablen al menos un poco de inglés, el que hayan tenido alguna experiencia profesional para formarse, el que hayan viajado un poquito y conozcan algo del mundo, el que se hayan demostrado capaces de aprobar por las buenas las asignaturas de una carrera del montón. Eso sí, luego, cuando veíamos o vemos a Zapatero o Rajoy en cualquier reunió internacional, marchitos y apocados y tratando de no acercarse a ningún líder extranjero para que no les hable ni en inglés ni en francés ni en alemán ni en nada, nos da un poquillo de repelús al principio y luego comentamos que pobrecillos y qué majetones en el fondo.

Y, claro, hay quien se rasga las vestiduras porque un gobierno tras otro no apoya como es debido la investigación científica en España ni se esmera en organizar un sistema de educación presentable y eficiente. ¿Pues qué esperamos? En mi pueblo dicen que de donde no hay no se puede sacar. A tal sistema político le interesa más una sociedad primaria e inculta, una ciudadanía elemental y simplona que pueda presumir de títulos sin fundamento, una organización educativa y académica que a la hora de la verdad procure que los más competentes emigren o que, si se quedan aquí, se conviertan en burócratas de medio pelo. El que no tiene no da, el que no se ha formado malamente admite el valor de la formación, quien tiene pocas luces prefiere la penumbra o la noche en que todos los gatos son pardos.

Son, muchos, unos perfectos lerdos, pero son nuestros lerdos y nos gustan así, torpones y pícaros. Ajo y agua.