24 enero, 2006
Sigue el diálogo con amigos sobre la cosa vasca.
Tal vez el tono que nos hace falta.
Entresaco dos párrafos bien significativos:
Reabierto el debate territorial por razones de simple oportunismo, lo peor es que consume todas las energías morales e intelectuales. Muchos socialistas sensatos lo reconocen en privado. Unos cuantos lo admiten en público. Incluso con Zapatero, antes de Irak, había un discurso teórico: énfasis en la seguridad, republicanismo cívico, planteamientos neofabianos. Discutible, sin duda, desde el punto de vista ideológico, pero coherente con un socialismo adaptado como todos a la levedad posmoderna. No queda nada. Sólo hay tiempo para jugar con fuego, abrir un proceso constituyente en sentido material, desplazar al centro-derecha hacia los márgenes del sistema. El nacionalismo envenena a la izquierda española porque rompe la dinámica natural de su evolución. Le exige aceptar una falacia sin sentido: que el «progresismo» se identifica con un localismo rancio y antediluviano. Los criterios de Maragall y de Esquerra se parecen mucho a los de la Liga Norte, pero en Italia nadie piensa que esa postura sea de izquierdas. Por ignorancia o por mera táctica, un sector importante del PSOE renuncia a sus señas de identidad y pierde acaso su propia razón de ser. ¿De verdad que merece la pena? Cada vez hay más gente seria que lo pone en duda. Es imprescindible que pasen de las palabras a los hechos. Si no lo hacen ahora...
(...)
El síndrome nacionalista no deja ser izquierda a la izquierda española. Amenaza también con descentrar a una derecha que ha sabido evolucionar -no sin esfuerzo- de acuerdo con el espíritu de los tiempos. Me preocupa mucho más, en todo caso, la sociedad civil que la clase política. La gente está desanimada, en la calle y en los despachos, en las aulas y en muchos ámbitos empresariales y laborales. Extraña época la que nos toca vivir. Hemos inventado una globalización sin cosmopolitas. Un patriotismo sin héroes. Un nacionalismo sin ciudadanos. Tenemos incluso un «totalismo» sin totalitarismo. Surgen nuevas formas de violencia. Michel Wieviorka describe con precisión algunos modelos ya contrastados: por ejemplo, el «sujeto flotante», que quiere ser social, pero no puede, y estalla entonces en rabia destructiva. Por ahora, los recursos acumulados en la despensa colectiva permiten evitar que explote el polvorín. ¿Y cuando falten? «Si no hay dinero, no hay suizos» es una sabia expresión de tiempos de la Monarquía hispánica, siempre con apuros para pagar el sueldo a los mercenarios.
Cómo está El País y cómo es el país.
Pues aquí tienen el editorial de El País dando caña, con la misma amplitud de miras, a la Audiencia Nacional por haber osado decretar unas medidas cautelares provisionales que, todo lo más, retrasarán unos días la llegada a Barcelona de las cajas de la discordia. Sin compasión. Y todo por contrariar al Gobierno y a su culta Ministra de la cosa culta. Justo ahora, vaya por dios, que ZP acaba de tarifar con Carod y le iba a dejar los papeles con el mismo gesto con que uno le hace el último regalito a la novia a la que le acaba de poner los cuernos para siempre. Mecachis.
No hay lugar a dudas de que los magistrados aceptaron con gusto el envite lanzado por el alcalde de Salamanca, Julián Lanzarote, de politizar el caso hasta contaminar a la propia justicia y producir un golpe de efecto en mitad del traslado y en plena negociación del Estatuto catalán. La ejecución del traslado no tiene nada de precipitado ni de clandestino. Sólo la obstaculización sistemática del señor Lanzarote obligó a realizarla de madrugada y sin contar con camiones para la carga. Es una medida no tan sólo legítima por parte del Ministerio de Cultura sino obligada, después de que la devolución de los documentos incautados tras la Guerra Civil fuera aprobada como ley por el Congreso de los Diputados. El motivo aducido, que en las cajas hay documentos que no corresponde trasladar, es un mero pretexto para obstruir el cumplimiento de la ley.
Las medidas tomadas el viernes por la Audiencia Nacional constituyen un desafío al Ejecutivo. La Sala deberá explicar en primera instancia cuál es el título que habilita al Ayuntamiento de Salamanca para recurrir, pidiendo la adopción de "medidas cautelarísimas", un acto del Ministerio de Cultura sobre un archivo que es de su propiedad y sobre cuyos fondos carece el Ayuntamiento de cualquier titularidad. Constituye, por lo demás, un acto de desconfianza supina entre las administraciones, dado que el traslado ni siquiera implica a particulares, sino a instituciones del Estado.
No hay irreversibilidad alguna que obligue a una intervención intempestiva de un tribunal; al contrario, al tratarse de instituciones del Estado, todo lo que se hace está sometido a estricto control de legalidad y a su ejecución pertinente. Existe ya un recurso, planteado por la Junta de Castilla y León ante el Tribunal Constitucional, sobre cuya decisión y cumplimiento parece tener muy escasa confianza tanto el Ayuntamiento de Salamanca como la sección de la Audiencia Nacional que ha aceptado el recurso. De ahí que lo único pertinente sea el levantamiento inmediato de las medidas cautelares, a la espera, por supuesto, de lo que decida en su día de forma definitiva el Tribunal Constitucional.
23 enero, 2006
Ya viene la revolución, hermano.
Se retrasan los pagos de las dietas y viáticos y la señora se ve en Suiza sin dinero con el que hacer frente a la factura del hotel y similares. Sus colegas le dicen que pague con tarjeta y que saque dinero en cualquier cajero automático. Y la buena señora, compungida, les cuenta que:
a) No les está permitido a los venezolanos comprar con bolívares, la moneda nacional, más de cuatro mil dólares al año. Funciona, eso sí, un floreciente mercado negro de divisas.
b) Las tarjetas de crédito que sus bancos les pueden dar allá no tienen, por imperativo legal, validez internacional, con lo cual ni puede pagar con su tarjeta ni puede sacar dinero con ella en Suiza.
Da algunas importantes informaciones adicionales. Por ejemplo, que si eres venezolano y no tienes pasaporte, debes esperar unos tres años para que te lo den, desde que lo solicitas al organismo estatal correspondiente.
Y a uno, que en su juventud, antes de la caída del Muro, algo viajó por la DDR, Hungría, Yugoslavia..., le vienen tantos recuerdos...
Otra vez los tiranuelos más sinvergüenzas van a engañar a los más estúpidos gobernantes y a los ciudadanos más ingenuos en nombre de un socialismo cuyo nombre manchan y de la liberación de unos pueblos a los que solo quieren oprimir.
Pero es tan majo ese Chávez, y tan antiimperialista...
Manda güevos con las revoluciones de pacotilla. Por cierto, ¿la vaselina es un derivado del petróleo?
22 enero, 2006
Por el PIB de un sereno.
Leo ahora mismo en la edición digital de El Mundo que, según los términos del acuerdo para el Estatut, "En los próximos siete años, Cataluña recibirá inversiones del Estado equivalentes a su aportación al PIB total y nunca por un valor menor. En estos momentos, Cataluña aporta el 18,5% del PIB español y recibe inversiones en torno al 11%, según CiU".
Y yo, sumando con los dedos y conociendo al personal, me pregunto: en adelante, ¿alguna otra Comunidad Autónoma va a admitir, sentado este precedente, recibir inversiones del Estado por un valor inferior a su contribución al PIB? Si es que no, como parece, se acabó la solidaridad interterritorial y la idea de que en España debe invertirse más donde haya más atraso y más pobreza. Bye, bye, justicia redistributiva. Si es que sí, si alguna Comunidad tragara con tal cosa, sus ciudadanos se sentirían legítimamente discriminados por comparación con los catalanes, y pensarían que los estaban tomando a ellos por el pito de un sereno, mientras que a los del seny bien que los cuidan. Eso sí, de aquí a siete años todos calvos. Y Santa Rita-Rita, lo que se da no se quita.
O expresado el problema de otro modo: si los recursos del Estado son limitados, y lo son (y ahora más, por Tutatis, que mira que dentellada han dado a los impuestos los catalanes); si, por tanto, su reparto equivale a lo que se llama un juego de suma cero y lo que se le da más a uno se le tiene que restar a otro (si un padre no tiene más que cuatro caramelos y los reparte entre sus dos hijos, y si decide que uno debe recibir tres, al otro por narices le queda sólo uno, por mucho que el padre les haya prometido a ambos que tendrán los mismos y que se van a poner ciegos de tanto chupar caramelos), uno se pregunta ¿a quién le va a tocar recibir de menos la parte correspondiente a eso que trinca Cataluña?
Hagan juego, señores, se admiten apuestas. ¿Al País Vasco? Ni de coña, que peligra la pacificación y se enfadan los gudaris de sin corbata, tan majos y modelnos. ¿A Andalucía? Pero si es nación también, ozú. ¿A Galicia? Frío, frío; y húmedo. Pues van quedando menos. Siga usted.
Agrupémonos todos en la ducha final. No es una errata, no.
Onésimo.
Que a Felipe González ZP le cae como una patada en la parte presidencial es bien sabido, pues se corre el comentario de cenáculo en cenáculo y no hay ágape en que González no lo repita, si bien no se anima a poner blanco sobre negro sus juicios ni a cantarle al otro las cuarenta en bastos, no se nos vaya a chafar el chiringuito. Lo que un servidor no había oído nunca es el mote que González le ha puesto al Zapa: Onésimo.
Me quedé un segundo medio turbado, pensando qué relación podría haber entre la joya de León y el ideólogo falangista. Caritativo, iba a concluir que tal vez la comparación se debía a que ambos nacieron pucelanos, más o menos. Pero no, me aclaró mi compadre, no es ese Onésimo, es el futbolista, que lo fue del Valladolid y el Barça, entre otros. Ah, caramba, ¿y eso? Pues que Onésimo era maestro absoluto del regate en corto, un virguero con la pelota en los pies, que talmente parecía suya, un mago del dribling. Pero carecía por completo de visión de la jugada, no levantaba la cabeza, no veía más allá del palmo sobre el que brincaba entre defensas perplejos.
Acabáramos. Pues puede que no esté mal la comparación. Sigue fino el Felipe, mira por dónde.
Acaba ZP de marcarse unos regates para el acuerdo sobre el Estatut. Es probable que la jugada acabe con gol en propia puerta. Pero, entretanto, qué dominio del balón. Y de las pelotas en general. A este nuevo Onésimo le ha salido un partido redondo, aunque el equipo haya perdido. ¿Que qué equipo? La selección nacional, hombre, cuál va a ser.
LA PUNTITA NADA MÁS. La negociación del Estatut y la cosa de la nación: entre preámbulos y consumaciones.
Personajes:
Él: Un político nacionalista catalán.
Ella: ZP
La madre (ausente): Estado español (de soltera, España).
Él.- Hay que meterlo entero, llevo años aguantándome.
Ella.- A mí me gustaría, pero no me dejan. Mi madre se enojaría muchísimo si se enterara.
Él.- Tu madre es una retrógrada, por eso me tiene tan harto y quiero alejarme de ella. Vente conmigo.
Ella.- Ya, para ti es muy fácil. Pero yo aún vivo de las propinas que me da. Y en su casa.
Él.- Tú puedes hacerla cambiar.
Ella.- No es tan fácil. Es vieja y ya no tiene la mente para muchas novedades.
Él.- Lo que pasa que en el fondo tú la quieres.
Ella.- No digas eso, la detesto. De buena gana me iría y prendería fuego a todo lo que hay en esa casa.
Él.- Pues hazlo.
Ella.- ¿Y qué sería de mí? Tengo que ir componiéndomelas con discreción, a mi manera. Pero algún día haré lo que me dé la gana, ya verás.
Él.- Yo quiero verlo ahora mismo, ya
Ella.- Ay, eres un impaciente, pero te adoro.
Él.- No vas a engatusarme de nuevo con bonitas palabras. Tienes que decidirte.
Ella.- Tu sabes que me entregaría a ti con el mayor gusto y sin reservas. Pero me pueden echar de casa.
Él.- No se enterarán, quedará entre nosotros. Metámoslo.
Ella.- Pero nos ven que estamos juntos y... nos lo notarán en la mirada. Dicen que a nosotras nos cambia la expresión.
Él.- Tú sabes disimular muy bien, no habrá problema.
Ella.- El problema puede ser otro, peor.
Él.- ¿Cuál?
Ella.- Lo sabes de sobra. Si lo metemos entero podemos concebir otro ser.
Él.- Es lo que más deseo.
Ella.- Y yo, pero no puedo. Aunque me encantaría ver la cara de mi madre. Si me atreviera.
Él.- Atrévete
Ella.- Ardo de deseo, casi no me domino, pero no puedo.
Él.- ¡Reprimida! No me amas.
Ella.- Te amo, te deseo. Pero tengo miedo a las consecuencias si lo metemos entero.
Él.- Confía en mí.
Ella.- Sabes que no puedo confiar. Tú deseas que pase eso que yo no me puedo permitir ahora, sueñas con ese parto.
Él.- Entonces me voy. No volverás a verme. No querré más tratos contigo. Y se acabaron los arrumacos y los calentones. Ya sabes cómo os llaman a las que nos ponéis en el disparadero y luego nada.
Ella.- Espera, no te vayas, por favor, te necesito. Eres mi único apoyo en la vida y mi pasión secreta.
Él.- Pues entonces ya sabes lo que te toca. Llevo mucho esperando y tengo grandes planes para nosotros y el nuevo ser que venga, que vendrá. Metámoslo, anda.
Ella.- ¿Puedo proponerte una cosita?
Él.- Di.
Ella.- ¿Y si en lugar de meterlo entero, entero... la puntita nada más?
Él.- ¿Y así qué adelantamos? Es meter, al fin y al cabo.
Ella.- Sí, pero si pasa algo podemos decir que fue un accidente, que nosotros no queríamos, que pensábamos que sólo con la puntita no había riesgo...
Él.- La puntita nada más. Pues vaya. ¿Y nos quedamos así?
Ella.- No, tontín. Te prometo que luego seguiremos disfrutando.
Él.- ¿No dejarás de darme gusto después de lo de la puntita?
Ella.- Te daré más, mucho más de lo que sueñas. La puntita es sólo el preámbulo. Sabes que luego puedo hacerte gozar de mil maneras.
Él.- ¿Y un día lo meteremos todo?
Ella.- Claro que sí, mi amol, cuando mi madre esté más débil.
Él.- Te vas a enterar de lo que vale mi puntita, vida mía.
Ella.- Y tú vas a ver que sólo me importas tú. Y de lo que soy capaz.
Él.- Deberíamos matar a tu madre.
Ella.- Espera, espera. Ven, vamos a nuestro preámbulo. Tengo tanta urgencia....Ah.
FIN. CAE EL TELÓN. DETRÁS SE ESCUCHAN SUSURROS, RISAS Y GEMIDOS.
21 enero, 2006
Dos noticias de la prensa alemana de hoy que dan que pensar
Diccionario de bobaditas ZPG. 4.
La historia y los maniqueos. Sobre un magnífico artículo de J.I.Wert
Sin embargo, es sabido que las efemérides las carga el diablo. Y en este caso, las mismas se hilan con el propósito de forzar la consagración de una definitiva relectura de nuestra historia contemporánea no menos maniquea que la que impuso el franquismo mientras pudo. En un artículo de Javier Cercas en EL PAÍS del 29 de noviembre pasado (Cómo acabar de una vez por todas con el franquismo) creo que se resume adecuadamente el espíritu y la letra de esa relectura en la siguiente frase: "Había una vez en España una República democrática mejorable, como todas, contra la que un militar llamado Franco dio un golpe de Estado. Como algunos ciudadanos no aceptaron el golpe y decidieron defender el Estado de derecho, hubo una guerra de tres años. La ganó Franco, quien impuso un régimen sin libertades, injusto e ilegítimo, que fue una prolongación de la guerra por otros medios y duró 40 años". A esa lectura se apunta con entusiasmo la izquierda que nos gobierna.
A mi juicio, el problema que suscita esta nueva verdad oficial no está en la demonización del franquismo, sino en la beatificación de la República. La descripción del régimen de Franco que despacha Cercas en las líneas anteriores es algo simplista y omite aspectos esenciales (como, por ejemplo, la propia evolución del franquismo), pero no puede decirse que sea falsa.
Sí es en cambio, a mi entender, radicalmente errónea la frase que describe a la República. La República no fue un régimen democrático mejorable como todos. Fue un fracaso de la democracia al que contribuyeron revolucionarios y contrarrevolucionarios en semejante medida. Lo fue, además, casi desde el principio, pero, sobre todo, lo fue en el periodo final, el inmediatamente antecedente a la Guerra Civil, como demuestran, a mi juicio de forma poco discutible, trabajos recientes de historiadores tan solventes como Stanley G. Payne.
Simplemente hagamos el ejercicio de transponer la historia de esos meses convulsos a la actualidad. Imaginemos que en el lapso de unos pocos meses se hubieran producido en torno a 300 muertes violentas en incidentes políticos, y entre ellas, la del jefe de la oposición parlamentaria, a manos de agentes de las fuerzas de seguridad del Estado. ¿Alguien en sus cabales hablaría, en tal situación, de un "régimen democrático mejorable"?
La cuestión está en que un fracaso colectivo -como fue la República- no tiene por qué constituirse retrospectivamente en el mástil mora al que amarrar la nueva democracia. Esto es tan erróneo -y tan autodestructivo- como lo sería pretender que la legitimidad de la actual democracia que disfrutamos se ancla en las previsiones sucesorias del franquismo.
Pero eso, con ser malo, no sería lo peor. Lo peor es que el intento trae consigo una deslegitimación implícita de uno de los pocos procesos de nuestra historia contemporánea del que tenemos razones para sentirnos orgullosos o, al menos, satisfechos: la transición. El corolario de esa relectura es, efectivamente, que la transición no da lugar a una verdadera democracia, dado que los condicionamientos de la misma no permitieron hacer justicia a las víctimas del franquismo ni superar sus tabúes, y ello vicia las bases morales del nuevo régimen democrático.
Ése es el disparate. La transición española es casi un milagro histórico. Despreciar su valor como piedra angular de nuestra democracia es renunciar a una de nuestras mejores páginas de historia colectiva. Pero, sobre todo, es aventurarnos de nuevo en una senda de incertidumbre. La historia más reciente es pródiga en ejemplos de transiciones fallidas (sin ir más lejos, en los Balcanes o en algunos países del Este de Europa). Todas tienen en común un rasgo: en ellas, el deseo de vindicación de un pasado -por irreal, mitológico o fantasioso que éste sea- se hace más fuerte que la voluntad de construir un futuro. Esas transiciones fallidas han dado lugar a quiebras de los Estados -donde la falla histórica tenía un contenido étnico, como en los Balcanes-, a inestabilidad política, a fracaso económico y, lo peor, se han cobrado en ocasiones un costoso tributo en sangre.
Por eso, la cuestión no es académica ni teórica. Los asuntos del espacio público que ocupan el lugar central de la agenda política están refractados por ese prisma revisionista, y así nos va. Especialmente, el debate sobre el modelo territorial.
Parece que hubiera que revisar la configuración del Estado de las Autonomías para ir a una filosofía más declaradamente federal porque el sistema actual no puede dar cauce a las aspiraciones de autogobierno de vascos y catalanes. Y todo ello porque las hipotecas de la transición impidieron un rediseño del Estado tan amplio como hubiera sido necesario.
Ese argumento no se sostiene ni teórica ni históricamente. El nivel de autogobierno catalán y vasco en la República era inferior al que los propios Estatutos de Sau y de Gernika consagran. Ninguno de los dos tuvo tiempo de consolidarse y, además, ambos constituyeron, cada uno a su modo, fuentes de riesgo, amenaza y deslealtad para la República. No hay nada que mirar en ese espejo: felizmente, en casi nada nos parecemos.
A estas alturas, echar atrás la vista 70 años tiene mucho más sentido para evitar los errores del pasado que para buscar inspiración en futuros aciertos. Porque hoy ya no podemos dar por buenos los versos de Gil de Biedma ("De todas las historias de la Historia / sin duda la más triste es la de España / porque termina mal..."). Pero siempre corremos el riesgo de dejarnos llevar por estos otros de las Glosas a Heráclito de Ángel González: "Nada es lo mismo, nada / permanece. / Menos / la Historia y la morcilla de mi tierra / se hacen las dos con sangre, se repiten".
20 enero, 2006
Batasuna y la paz. Dialogando con un amigo.
No le tengo simpatía alguna a Batasuna, pero identificarla de plano con ETA me parece, aparte de poco sutil, hacerle el caldo gordo a la misma ETA. (...).
Volviendo a Batasuna: tenemos que analizar mejor. No sé si este hipotético análisis lleve a la paz, pero es lo único que nos alejará de la ignorancia. No es un partido político en el sentido en el que lo es Convergència, o la misma Esquerra, por poner un ejemplo cualquiera, que ruego quien me lea que interprete en el plano puramente técnico. Es otro tipo de organización. Dentro de ella hay una enorme diversidad de personas. Hay, por supuesto, quienes han abrazado ya la violencia "chica" y están a punto de dar el salto a la "grande" (sin darse cuenta, como tantos otros, de que ya se cruza la peor de las barreras el día de la primera pedrada, o del primer bofetón). Pero también hay en ella personas que buscan otra cosa. Asimilar a todas en el primer caso es hacerle un flaco favor a nuestros intelectos, y a las pocas posibilidades de paz que haya en el horizonte. Y, por supuesto, es empujar a las "relativamente" cercanas hacia lo "absolutamente" lejano.
Lo siento si este pensamiento incompleto y embrionario -por ahora no tengo más- te indignara; no es la intención".
Nada de indigación, agradecimiento por la ocasión para dialogar y por las exquisitas maneras.
Por otro lado, creo que yo en el post no hacía esa asimilación automática de Batasuna a ETA, pero eso es lo de menos ahora, hablemos sobre las ideas interesantes que el amigo plantea.
No me cuesta ningún trabajo asumir que Batasuna sea una organización compleja que acoja a personas de diferentes propósitos y con aspiraciones diversas. No quiero hacer comparaciones polémicas ni echar leña dialéctica a ningún fuego, sino debatir con mesura, ponderadamente, pero es como si decimos que entre los falangistas los había también muy distintos y que algunos tenían serias reservas con Franco o las cosas de su política. Sí, pero mientras no se fueron, ahí estaban brazo en alto apoyando lo que apoyaban, matices aparte. Lo que hace que la historia hable hoy con respeto de los Ridruejo, Laín, Tovar o Torrente Ballester no es el hecho de que mientras militaban y hacían el saludo romano pudieran tener dudas o discrepancias internas, sino el dato crucial de que se fueron, de que cortaron amarras con aquel régimen. Otro caso, más delicado si cabe, y que ruego se tome sólo en lo que analígicamente sirva. En Alemania circulan mil historias de unos que otros miembros de las SS que no eran mala gente del todo, y que dudaban y que ocasionalmente trataban de evitar alguna crueldad con los prisioneros o salvaban la vida a algún judío o algún gitano. Estupendo, ¿y? Eran mejor que sus colegas más sanguinarios y fanáticos, sin duda, pero no se fueron a casa y siguieron en la rueda del sistema asesino. Nada les impedía irse, pero no se iban.
Ahora los batasunos. No pretendo decir que merezca el mismo reproche moral y el mismo desprecio el que aprieta el gatillo, el que lo aplaude y el que simplemente va de comparsa y sueña con que un día no haya muertos, pero sin dejar de disculpar al criminal. Son tres grados de miseria moral. Los primeros son los de ETA, los segundos son los que aprueban los delitos de ETA, asesinatos incluidos, y los segundos son los que comprenden y disculpan, cosa que es un grado menos que aprobar y entusiasmarse, pero que también tiene lo suyo.
Con esto le estoy dando buena parte de razón a "un amigo".
Pero conviene seguir razonando. A Batasuna los partidos y los jueces no le están pidiendo que renuncie a los objetivos independentistas de ETA, sino que condene la violencia, que proclame abiertamente que tales objetivos pueden y deben perseguirse con medios pacíficos, con cualesquiera medios que sean pacíficos. Batasuna no ha hecho tal condena. Más aún, sus dirigentes una y otra vez exaltan, vitorean, aplauden a los abyectos gudaris que preparan las bombas o dan el tiro en la nuca o extorsionan.
Podemos imaginar que hay militantes de Batasuna que se sienten mal así y que creen que tal grupo debería dar el paso de rechazar la violencia sin renunciar a los objetivos. ¿Y? ¿Se supone que porque haya tales gentes debe darse legalidad y espacio a esa organización que, como tal, sigue en sus trece de complicidad con la muerte y el abuso? ¿No sería acaso más lógico preguntarse por qué no se van esos militantes que tan a disgusto deben de encontrarse?
Es un tanto curioso que operemos con tales suposiciones, con ficciones casi. En una organización que, al menos en lo que hacia el exterior se ve, se muestra monolítica e inflexible, tenemos que presumir que hay gentes que quisieran que las cosas fueran distintas, aunque a esas gentes ni se las vea ni se las oiga ni sepamos quiénes son. ¿No sería más razonable pedir que aparezcan y se muestren antes de, por un lado, creer en lo que no percibimos y, por otro, tomar la imaginaria parte por el todo y decir que tiene derecho a reconocimiento y consideración una organización que permanentemente dice y hace lo contrario de eso que al parecer podría hacer si se dieran no sé qué misteriosas circunstancias?
Ahora es la ley de partidos la que los oprime a los batasunos y les impide mostrar la senda pacifista que íntimamente anhelan. ¿Y antes? ¿No fueron partido legal, con presencia en parlamentos y todo tipo de instituciones? ¿Por qué no aprovecharon entonces para hacer eso que hemos de creer que ahora harían si volvieran a ser legales y concurrir a las elecciones?
Con todo esto no digo que no se deban explorar las vías de la negociación. Nunca he dicho aquí una palabra contra eso. Pero una cosa es negociar de tú a tú con alguien y otra dedicarse a dar caprichos a quien sólo está dispuesto a negociar cuando ya haya ganado la contienda y no quede, por tanto, nada relevante que negociar. Batasuna está haciendo su juego y lo hace con tremenda habilidad. Es en la otra parte, en la del Gobierno ZP, donde no se entiende bien ni cuál es el juego ni qué se está dispuesto a ceder y a cambio de qué.
Y vamos con lo que aquí criticábamos el otro día. Si el Gobierno cree honradamente que la ley de partidos es injusta o ineficaz, que lo diga claramente y que la derogue o la modifique. Lo inadmisible es la pretensión de estar en la procesión y repicando; esto es, proclamar para la galaría que la ley está muy bien y es necesaria y puntualizar acto seguido que no conviene aplicarla, o que debe aplicarse sólo cuando convenga o apetezca. Porque semejante actitud encierra un mensaje que trasciende con mucho el asunto vasco: el mensaje de que la ley, cualquier ley, no es un valor central del Estado de Derecho, el mensaje de que los poderes públicos no siempre deben defenderla y aplicarla mientras esté vigente, sino que su valor es puramente instrumental, estratégico, de conveniencia. Se dice de esa ley pero la sociedad acabará pensándolo de todas. Y entonces definitivamente este Estado será como ZP: una combinación de cinismo, egoísmo, ignorancia y falta de escrúpulos. Y, entonces, apaga y vámonos.
18 enero, 2006
Medinaceli
AnteTodoMuchaCalma pierde la calma y da en el clavo.
El chollo de la guerra. O de cuán pocos se salvan.
Le pregunté quién financiaba tales actividades de tan humanitaria organización y me explicó que provenía todo de cierto Estado europeo que hace un tiempo había otorgado una generosa financiación por cinco años para tal iniciativa y dichas acciones de esa organización.
Perfecto.
Bonito.
Loable.
Nos tomamos una copa. La conversación se hace aún más fluida, especialmente por su parte. Me cuenta que él como profesor de una universidad pública prestigiosa cobre unos mil quinientos euros mensuales. Para el nivel salarial de Colombia no está mal, pienso.
Y añade literalmente esto: pero ese dinero no es nada, pues yo lo triplico con lo que recibo mensualmente de la organización. De la organización pacifista y pacificadora en la que desempeña su meritoria labor.
Triplica, o sea: pongamos, a la baja, tres mil euros mensuales a cuenta de andar buscando la paz en aquel pobre y desangrado país. No es moco de pavo ese sueldo en Colombia.
El día que se acabe la guerra colombiana no sé de qué van a vivir muchos de mis amigos más comprometidos con las buenas ideas y las loables intenciones. Esos reformistas sociales tan aliados con un pueblo que demanda justicia y mejor distribución de la riqueza.
Manga güevos.
DERECHOS INDÍGENAS EN BROMA Y EN SERIO
Hay todo un sistema de reglas sociales de raigrambre tradicional, con una antigüedad que se pierde en los orígenes mismos de la comunidad. Afectan tales reglas por ejemplo a las relaciones entre varones y mujeres. En el hombre se fomenta y se alaba la iniciación sexual temprana y un cierto grado de promiscuidad masculina es mirado por todo el grupo, hombres y mujeres, con simpatía y como signo de arrojo, capacidad e inteligencia. En cambio, las mujeres están obligadas por las reglas y la vivencia tradicional de la comunidad a guardar una actitud recatada y a defender aguerridamente su virginidad. Importa mucho para el estatuto y la consideración social de la mujer que ésta llegue virgen al matrimonio y, en relación con eso, cae en progresivo descrédito la mujer que mantiene sucesivas relaciones sentimentales con distintos hombres sin llegar a casarse y aunque no conste que se haya consumado con ninguno la relación sexual plena.
Dentro del matrimonio la autoridad pertenece al varón de modo indiscutido. Esto se traduce en un deber de obediencia de la mujer en todos los aspectos de la vida, desde la mera organización doméstica hasta los pormenores de la convivencia social. También se exige dentro del matrimonio una plena entrega y disponibilidad sexual de la mujer para el marido, sin discusión, exigencia ni más pretensión que esa de la plena entrega femenina. Tal disciplina conyugal se mantiene a veces a base de violencia del marido sobre la esposa, violencia física incluso. Y la misma estructura jerárquica, con plena autoridad indiscutida del padre, se aplica a los hijos menores de edad y a los mayores que vivan en y de la explotación de la hacienda agraria familiar.
Un elemento esencial de la identidad comunitaria es el sentido del honor. Pocas cosas revisten mayor gravedad que la afrenta al honor. Cuando el afrentado es un varón, él está obligado a lavar tal mancha, retando al ofensor. Muy a menudo se dirime tal desencuentro de modo violento, si bien es una violencia acotada según la índole del caso y conforme a una casuística muy compleja que revela un entramado normativo que discierne grados de sanciones según una escala de gravedad de los comportamientos ofensivos. Cuando la ofendida es una mujer, es su marido el obligado por las normas comunitarias a combatir la afrenta. Si es soltera, son sus hermanos masculinos, si los tuviere, o su padre, los que han de cumplir ese papel.
Podríamos seguir enumerando usos y reglas que dan cuenta de lo compacto del sentimiento comunitario y lo completo y preciso de las reglas que son parte esencial de esa identidad grupal.
Ahora viene el problema. Desde hace tiempo y crecientemente, existe una gran presión exterior sobre el grupo, de modo que éste está siendo forzado a renunciar a gran parte de esas sus señas de identidad, a abandonar sus reglas ancestrales y a someterse a nuevas prácticas sociales y formas de vida que le son profundamente extrañas, ajenas. El problema se ha hecho más acuciante con la nueva Constitución del Estado en el que la comunidad se inserta, que reconoce una larga lista de los llamados derechos humanos o fundamentales y fuerza, al parecer, a los órganos estatales a imponer el respeto a esos derechos por encima de toda particularidad grupal y de toda tradición de las comunidades aborígenes. En concreto, la imposición de cosas tales como la igualdad jurídica entre los sexos o la prohibición de ciertos tratos autoritarios o violentos del marido hacia la esposa, la erosión de la autoridad paterna en nombre de la protección de los derechos de los niños, el inducido descrédito de las autoridades religiosas tradicionales, etc., están dando lugar a que rápidamente la comunidad pierda sus señas identificatorias, deje de poseer espíritu de grupo y sensación de pertenencia y se disgregue. Con ello sus miembros padecen sensación de desarraigo y acaban en su mayoría fuera de la comunidad y en puestos y trabajos de ínfima consideración y donde son casi todos sistemáticamente explotados y discriminados, entre otras cosas porque nunca llegan a dominar plenamente ni los resortes de la vida urbana y burguesa, ni tan siquiera el lenguaje que se habla en las ciudades del Estado.
Afortunadamente, está surgiendo todo un movimiento indigenista que trata de defender los derechos de tal grupo a permanecer en su identidad tradicional y a conservarse como comunidad. Para ello se insiste en que es preciso reconocerle al grupo autonomía normativa, por encima incluso de las normas de la Constitución. La base de tales demandas es un cierto relativismo cultural que estima que la filosofía de los derechos humanos no es más que una cosmovisión más, propia de determinadas culturas urbanas y burguesas, y que toda pretensión de imponerla a y en comunidades que tienen planteamientos distintos y normas diferentes es un acto de etnocentrismo, de imperialismo cultural y, en último extremo, de atentado contra los derechos culturales de esos grupos y contra la dignidad individual de cada uno de sus miembros.
FIN DE LA HISTORIA. AHORA LA REFLEXIÓN:
Esto que acabo de contar es una pura invención. Pero se parece muchísimo a lo que se cuenta de ciertas comunidades indígenas latinoamericanas, incluida la demanda de autonomía normativa y de que se hagan excepciones en ellas a la vigencia general de los derechos fundamentales constitucionalmente garantizados. Por ejemplo, precisamente, que se excepcione la regla de no discriminación por razón de sexo.
La inmensa mayoría de los teóricos que se tienen por progresistas avalan, emocionados, tales excepciones y esa exaltación de lo comunitario y de las reglas grupales indígenas. Por tanto, si eso que acabo de narrar se predicara de alguna tribu amazónica o de algún grupo indígena boliviano, se sumarían encantados a la exaltación y defensa de lo aborigen y tradicional frente a la ley general y abstracta que protege derechos por igual para todos los ciudadanos del Estado y con independencia de su raza, origen o sexo.
Y, sí, lo que describía en la narración hace un momento se parece a lo que se dice de muchos grupos indígenas latinoamericanos. Pero no era eso. Es una descripción, creo que bastante fiel, de la comunidad campesina en la que yo nací, en Asturias. Muy poco diferente, sin duda, de cualquier otra comunidad campesina o popular española.
Ahora a los de mi pueblo ya no les vale invocar la tradición y sus reglas para justificar su dominio sobre las mujeres y hasta la violencia doméstica. Y me parece muy bien. Los derechos humanos valen aquí lo mismo para una señora o señor de la calle Serrano de Madrid que para un o una "indígena" de las montañas de Asturias.
Y ahora mi pregunta: ¿por qué no ha de ser así también si hablamos de Colombia, Perú, Brasil, México o Bolivia? ¿Por qué para aquellos países y sus grupos indígenas se considera que no debe regir lo que aquí se impone sin admitir excepciones por razón de cultura originaria o tradición? ¿Por qué una indígena aymara no puede tener garantizados por la ley del Estado los mismos derechos básicos que ya cualquier mujer de mi aldea tiene asegurados, afortunadamente?
Como respuesta sólo soy capaz de manejar una hipótesis, que es ésta: toda la parafernalia del indigenismo y toda la propaganda comunitarista en favor de la prioridad de los derechos grupales frente a las constituciones sirve en última instancia a la perpetuación de una doble explotación de los miembros de esos grupos. En primer lugar, la explotación y discriminación por parte de los blancos burgueses y capitalinos, que se quedan tranquilos viendo a los indios permanecer en sus reservas o resguardos, atados a ellos por las propias reglas comunitarias y el predominio indiscutido de la cultura grupal. Así nunca van a tener esos burguesitos blancos que competir con un indio más inteligente en un concurso para acceder a plaza de profesor universitario o de funcionario del Estado.
En segundo lugar, se trata de perpetuar el esquema fuertemente jerarquizado de dominación interna en el grupo. Que los mismos caciques y sus sucesores sigan mandando sobre la masa de los indios sin derechos. Y que los hombres sigan dominando sobre las mujeres y los padres sobre los hijos. Etc.
Cuando el blanco burgués rechaza para los indios lo que quiere para sí y sus iguales, debemos inmediatamente sospechar. El indio sigue explotado y la nueva doctrina misionera y pseudocaritativa que justifica ahora su sometimiento se llama indigenismo. La reclamación de los derechos indígenas es la mejor manera de que los indígenas no tengan nunca nuestros derechos.
15 enero, 2006
Los peques pegan a sus padres. Ya era hora.
Me imagino a tantos padres tratando de protegerse con la colección completa de "Cómo ser padres chachis" o de "Tu tontito y tú", o invocando con voz trémula las consignas TFE (tolerancia familiar extrema), o preguntando a sus retoños, compungidos, por qué no les apetece más ver otras diez horas la tele que golpearles a ellos.
Ya me imagino los kioskos y tiendas de dentro de pocos años. Facículos sobre "defensa personal frente a hijos" y sobre "curas y apósitos para mamás heridas". Puertas blindadas y antimortero para habitaciones paternas. Cursos de primeros auxilios para padres atacados por sus criaturitas divinas-mira-qué-ricura-de-hijo-de-puta-chiquitín-es-igualito-a-ti.
Y los pedagogos seguirán erre que erre: aguanta, papi, no frustres la creatividad del chaval. Reprimir sus agresiones puede causarle algún trauma psíquico irreversible al muchacho. Él, el pobre, sólo pretende con sus golpes proyectar su hondo sentido creativo. Cada leñazo que te propina es un paso en su proceso de maduración multifacética y supercalifragilística.
Y digo yo, ¿cuándo toca empezar a zumbarles a los catedráticos de pedagogía? No digo a los pobres maestros y profesores de ESO o lo que sea, digo a los artífices de la demagogia pañalera, a los tontainas que siguen diciendo supinas bobaditas ideales de la vida y que son los causantes últimos de que hayamos llegado a alimentar a estos mamarrachos pequeños que van a convertir el mundo en una definitiva porquería en cuanto los dejemos crecer y los multipliquemos un poco más. No, lo pregunto porque cuando sea el turno de darles unos azotes bien dados a los pedagogos guays me gustaría apuntarme. Le quedan a uno tan pocas ilusiones...
Y que conste que conozco niños y muchachos absolutamente maravillosos, educados, alegres, despiertos, atentos, amables, laboriosos. Pero también conozco a sus padres, claro. Y no son nunca de la especie mi-niño-es-el-rey-y-hay-que-darle-lo-que-pida-pobrecito-mío.
Ojo, no estoy diciendo que la solución sea andar todo el día con la vara zurrándole al rapaz o la rapaza, como hace cincuenta o cien años. Ni ese extremo ni éste; ni violencia paterna ni idiotez paterna, ese es el punto.
Pues me he puesto así por la noticia que viene hoy el el Diario de León. Pinchen aquí encima y véanla, que no tiene desperdicio. Cuenta el fiscal de menores (que, por cierto, es un buen amigo y colaborador de este blog) cómo aumentan vertiginosamente los casos de menores que maltratan con saña a sus padres. Y que sus padres salen corriendo para el juzgado a pedir ayuda para que encierren a la bestia que hicieron.
Y no se pierdan este detalle de la noticia, nada baladí: dice un experto que tales menores no suelen pertenecer a familias desestructuradas, todo lo contrario. La mayoría pertenecen a familias "guapas". Es que me parto. Discúlpenme, ya sé qe no es políticamente correcto ni muy educado. Pero no puedo aguantar la risa. Hace falta un fiscal que proteja a mayores con hijos. Y los GEO.
Demoledor Vargas Llosa.
Además, ha visto muy bien cuál será la nueva moda de los pijoprogres, una vez que el foulard de Arafat ya no se lleva. Qué buen tipo aquel Arafat, tan ahorrador. Y cuánto hizo por la industria textil.
El último párrafo de antología. No se lo pierdan.
Copio entero aquí el artículo, aunque recomiendo verlo en El País pinchando aquí.
RAZAS, BOTAS Y NACIONALISMO
Mario Vargas Llosa
Su atuendo y apariencia, que parecían programados por un genial asesor de imagen, no altiplánico sino neoyorquino, han hecho las delicias de la prensa y elevado el entusiasmo de la izquierda boba a extremos orgásmicos. Pronostico que el peinado estilo "fraile campanero" del nuevo mandatario boliviano, sus chompas rayadas con todos los colores del arco iris, las casacas de cuero raídas, los vaqueros arrugados y los zapatones de minero se convertirán pronto en el nuevo signo de distinción vestuaria de la progresía occidental. Excelente noticia para los criadores de auquénidos bolivianos y peruanos, y para los fabricantes de chompas de alpaca, llama o vicuña de los países andinos, que así verán incrementarse sus exportaciones.
Lo que más han destacado periodistas y políticos occidentales es que Evo Morales es el primer indígena que llega a ocupar la presidencia de la República de Bolivia, con lo cual se corrige una injusticia discriminadora y racista de cinco siglos cometida por la ínfima minoría blanca contra los millones de indios aymaras y quechuas bolivianos. Aquella afirmación es una flagrante inexactitud histórica, pues por la presidencia de Bolivia han pasado buen número de bolivianos del más humilde origen, generalmente espadones que habiendo comenzado como soldados rasos escalaron posiciones en el Ejército hasta encaramarse en el poder mediante un cuartelazo, peste endémica de la que Bolivia no consiguió librarse sino en la segunda mitad del siglo XX. Para los racistas interesados en este género de estadísticas, les recomiendo leer Los caudillos bárbaros, un espléndido ensayo sobre los dictadorzuelos que se sucedieron en la presidencia de Bolivia en el siglo XIX que escribió Alcides Arguedas, historiador y prosista de mucha garra, aunque demasiado afrancesado y pesimista para el paladar contemporáneo.
No hace muchos años parecía un axioma que el racismo era una tara peligrosa, que debía ser combatida sin contemplaciones, porque las ideas de raza pura, o de razas superiores e inferiores, habían mostrado con el nazismo las apocalípticas consecuencias que esos estereotipos ideológicos podían provocar. Pero, de un tiempo a esta parte, y gracias a personajes como el venezolano Hugo Chávez, el boliviano Evo Morales y la familia Humala en el Perú, el racismo cobra de pronto protagonismo y respetabilidad y, fomentado y bendecido por un sector irresponsable de la izquierda, se convierte en un valor, en un factor que sirve para determinar la bondad y la maldad de las personas, es decir, su corrección o incorrección política.
Plantear el problema latinoamericano en términos raciales como hacen aquellos demagogos es una irresponsabilidad insensata. Equivale a querer reemplazar los estúpidos e interesados prejuicios de ciertos latinoamericanos que se creen blancos contra los indios, por otros, igualmente absurdos, de los indios contra los blancos. En el Perú, don Isaac Humala, padre de dos candidatos presidenciales en las elecciones del próximo abril -y uno de ellos, el teniente coronel Ollanta, con posibilidades de ser elegido-, ha explicado a la organización de la sociedad peruana, de acuerdo a la raza, que le gustaría que cualquiera de sus retoños que llegara al Gobierno pusiera en práctica: el Perú sería un país donde sólo los "cobrizos andinos" gozarían de la nacionalidad; el resto -blancos, negros, amarillos- serían sólo "ciudadanos" a los que se les reconocerían algunos derechos. Si un "blanco" latinoamericano hubiera hecho una propuesta semejante, hubiera sido crucificado, con toda razón, por la ira universal. Pero como quien la formula es un supuesto indio, ello sólo ha merecido algunas discretas ironías o una silenciosa aprobación.
Llamo a don Isaac Humala un "supuesto" indio, porque en verdad eso es lo que han dictaminado que es sus paisanos del pueblecito ayacuchano de donde la familia Humala salió para trasladarse a Lima. Una socióloga fue recientemente a husmear los antecedentes andinos de los Humala en aquel lugar, y descubrió que los campesinos los consideraban los "mistis" locales, es decir, los "blancos", porque tenían propiedades, ganados y eran, cómo no, explotadores de indios.
Tampoco el señor Evo Morales es un indio, propiamente hablando, aunque naciera en una familia indígena muy pobre y fuera de niño pastor de llamas. Basta oírlo hablar su buen castellano de erres rotundas y sibilantes eses serranas, su astuta modestia ("me asusta un poco, señores, verme rodeado de tantos periodistas, ustedes perdonen"), sus estudiadas y sabias ambigüedades ("el capitalismo europeo es bueno, pues, pero el de los Estados Unidos no lo es"), para saber que don Evo es el emblemático criollo latinoamericano, vivo como una ardilla, trepador y latero, y con una vasta experiencia de manipulador de hombres y mujeres, adquirida en su larga trayectoria de dirigente cocalero y miembro de la aristocracia sindical.
Cualquiera que no sea ciego y obtuso advierte, de entrada, en América Latina, que, más que raciales, las nociones de "indio" y "blanco" (o "negro" o "amarillo") son culturales y que están impregnadas de un contenido económico y social. Un latinoamericano se blanquea a medida que se enriquece o adquiere poder, en tanto que un pobre se cholea o indianiza a medida que desciende en la pirámide social. Lo que indica que el prejuicio racial -que, sin duda, existe, y ha causado y causa todavía tremendas injusticias- es también, y acaso sobre todo, un prejuicio social y económico de los sectores favorecidos y privilegiados contra los explotados y marginados.
América Latina es cada vez más, por fortuna, un continente mestizo, culturalmente hablando. Este mestizaje ha sido mucho más lento en los países andinos, desde luego, que, digamos, en México o en Paraguay, pero ha avanzado de todos modos al extremo de que hablar de "indios puros" o "blancos puros" es una falacia. Esa pureza racial, si es que existe, está confinada en minorías tan insignificantes que no entran siquiera en las estadísticas. (En el Perú, los únicos indios "puros" serían, según los biólogos, el puñadito de urus del Titicaca).
En todo caso, por una razón elemental de justicia y de igual-dad, los prejuicios raciales deben ser erradicados como una fuente abyecta de discriminación y de violencia. Todos, sin excepción, los de blancos contra indios y los de indios contra blancos, negros o amarillos. Es extraordinario que haya que recordarlo todavía y, sobre todo, que haya que recordárselo a esa izquierda que, arreada por gentes como el comandante Hugo Chávez, el cocalero Evo Morales o el doctor Isaac Humala, están dando derecho de ciudad a formas renovadas de racismo.
No sólo la raza se vuelve un concepto ideológico presentable en estos tiempos aberrantes; también el militarismo. El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, acaba de hacer el elogio más exaltado del general Juan Velasco Alvarado, el dictador que gobernó el Perú entre 1968 y 1975, cuya política, ha dicho, continuará en el Perú su protegido, el comandante Ollanta Humala, si ganase las elecciones.
El general Velasco Alvarado derribó mediante un golpe de Estado el gobierno democrático de Fernando Belaunde Terry e instauró una dictadura militar de izquierda que expropió todos los medios de comunicación y puso los canales de televisión y los periódicos en manos de una camarilla de mercenarios reclutados en las sentinas de la izquierda. Nacionalizó las tierras y buena parte de las industrias, encarceló y deportó a opositores, y puso fin a toda forma de crítica y oposición política. Su desastrosa política económica hundió al Perú en una crisis atroz que golpeó, sobre todo, a los sectores más humildes, obreros, campesinos y marginados, y el país todavía no se recupera del todo de aquella catástrofe que el general Velasco y su mafia castrense causaron al Perú. Ése es el modelo que el comandante Chávez y su discípulo el comandante Humala quisieran -con la complicidad de los electores obnubilados- ver reinstaurado en el Perú y en América Latina.
Además de racistas y militaristas, estos nuevos caudillos bárbaros se jactan de ser nacionalistas. No podía ser de otra manera. El nacionalismo es la cultura de los incultos, una entelequia ideológica construida de manera tan obtusa y primaria como el racismo (y su correlato inevitable), que hace de la pertenencia a una abstracción colectivista -la nación- el valor supremo y la credencial privilegiada de un individuo. Si hay un continente donde el nacionalismo ha hecho estragos, es América Latina. Ésa fue la ideología en que vistieron sus atropellos y exacciones todos los caudillos que nos desangraron en guerras internas o externas, el pretexto que sirvió para dilapidar recursos en armamentos (lo que permitía las grandes corrupciones) y el obstáculo principal para la integración económica y política de los países latinoamericanos. Parece mentira que, con todo lo que hemos vivido, haya todavía una izquierda en Latinoamérica que resucite a estos monstruos -la raza, la bota y el nacionalismo- como una panacea para nuestros problemas. Es verdad que hay otra izquierda, más responsable y más moderna -la representada por un Ricardo Lagos, un Tabaré Vásquez o un Lula da Silva-, que se distingue nítidamente de la que encarnan esos anacronismos vivientes que son Hugo Chávez, Evo Morales y el clan de los Humala. Pero, por desgracia, es mucho menos influyente que la que propaga por todo el continente el presidente venezolano con su verborrea y sus petrodólares.
14 enero, 2006
Qué pensaría un marciano.
Imagínese usted, si es lector que ya anda por los cuarenta o más, que allá por el ochenta y tantos a usted le hubiera dado un patatús y se hubiera quedado inconsciente. Y que acaba de despertarse, ahora mismo, en pleno uso de sus facultades mentales, como si nada hubiera pasado y con sus recuerdos completos.
Usted recordaría aquellos primeros gobiernos de Felipe González. O, antes, a Suárez y sus gentes. Y lo a gusto que estábamos, y lo orgullosos, con una Constitución tan a la última, y metiéndonos de cabeza en Europa, y quemando etapas a toda velocidad. Y gobernados por unos tipos que daba gusto cómo hablaban, pues hasta se les entendía lo que decían. Y que habían leído. Y que tenían experiencias vitales, políticas y profesionales variadas y ricas. Y con una oposición que vaya tela. Nunca creí que en este país acabaríamos añorando la cabeza de Fraga, a pesar de tantos pesares. Y su talante en tiempos de mutaciones. Sí, he dicho su talante y no he bebido más que un café aguado. Es que, recuerde, el trato de Fraga con Carrillo y de Carrilo con Fraga, por ejemplo, era exquisito y elegante, sin que lo cortés excluyera de ninguno lo valiente. Como ahora talantín y talantón. Igualito.
Bueno, pues después de hurgar en su memoria, usted, recién despertado de tan largo sueño, enciende la radio y la tele y se pone a leer los periódicos con frenesí. Quiere enterarse de cómo son hoy los del gobierno y los de la oposición.
En cuanto lo consiguiera, apuesto a que comenzaría a implorar a todos los dioses para que le privaran nuevamente del seso.
Porque, vamos a ver, ¿cómo hemos podido caer tan bajo? ¿Qué hemos hecho para merecer esto?
Uno ve la alineación del partido gobernante: ZP, Pepiño Blanco, Caldera, Carmen Calvo...
Y ve al clan de la quijada encabezando (y acabando) la oposición: Rajoy, Acebes, Zaplana...
Y ya si miramos a los aliados, para qué.
Y he dicho ver y mirar. Si, ya por puro masoquismo, ponemos la oreja a cómo hablan, la monda. Es como haber regresado a la infancia, a Carioco, Anacleto y las Hermanas Gilda. Y que me perdonen los últimamente aludidos.
Ando así porque hace un par de días vi en La 2 un trozo de documental sobre la apertura de relaciones diplomáticas con Israel en tiempos de Felipe González. Y salían muchos de los de entonces. Y hablaban...
Ay, qué más nos puede pasar.
Necesito fumar, ya.
Tocando los suevos
Reparo hoy con calma en lo que dice el inefable Antxo Quintana sobre los orígenes de Galicia como nación propiamente nacional, base de unos derechos históricos del copón y probable fundamento de una nueva y lozana monarquía peninsular. Pues según el paisano ese, que debe de ser un voraz lector de Mortadelo y Filemón, Galicia empezó a ser propiamente ella misma, con su ser en sí, en el siglo VI, cuando llegaron por allí unos paisanos que llamaban los suevos. Ahora tocan los suevos. Y se quedan tan antxos. Pinche aquí y véalo en el preámbulo mismo de la propuesta de nuevo Estatuto que hace el Bloque.
Que tiemblen los alemanes de Suabia, que era tierra de suevos, pues Antxo se los anexiona en cuanto se den la vuelta.
Además, es de sobra sabido que el idioma gallego deriva de la lengua sueva, según subes a la derecha antes de pasar el tercer cruceiro, y digan lo que digan los filólogos vendidos al imperialismo romano-español.
Este rollo nacional es lo más parecido a un restaurante a la carta. En ese imaginario lugar, hay en la entrada un mandado que le pregunta a usted si es nacionalista o no. Si dice que no, le mandan a freir churros con cajas destempladas, habráse visto el cosmopolita este, qué se habrá creído. Si dice que sí, le preguntan luego si españolista o plural periférico. Si responde lo primero le dan una camiseta de unidad de destino en lo universal y le pasan a la parte más económica y modesta del restaurante, donde sólo se sirve tortilla de patatas y banderillas.
Es mucho más divertido (y rentable) identificarse como nacionalista periférico oprimido del-tó-del-tó. En ese caso, no sólo le financian un menú lleno de exquisiteces a la última de Bocuse, sino que le ofrecen una esplendorosa carta en la que usted puede elegir sus ancestros. Se acabó el complejo por lo del butanero. Ahora usted selecciona cuidadosamente y se diseña un árbol genealógico modelo primavera-verano. Tiene usted para escoger entre tatarabuelos celtas, suevos, vándalos, alanos, tartesos, iberos, fenicios y arroz a la cubana. Luego hace usted pandi con los que se hayan puesto un padre de las mismas trazas (o el mismo padre, llegado el caso), se presenta a las elecciones vestido de lo que haya pillado y en cosa de meses estará usted superfinanciado y regateando porcentajes del IVA al jodido Estado central, que no tiene padre ni pedigree ni ná de ná. Porque no olvidemos que ya los suevos se las trajeron tiesas con Roma por el asunto de tener agencia tributaria propia y gestionar todo el impuesto sobre la renta.
Y luego dicen que no se pasa risa en este Estado español, o lo que sea.
El tema ese de la tocadura de suevos tiene calientes a mis paisanos asturianos. Desternillante y fuerte el artículo que publica hoy Luis M. Alonso en La Nueva España (artículo que, además, tiene la virtud de recordarnos los grandes logros de la ministrina de la vivienda con aquella idea tan guay de la agencia de alquileres baratos: ya van 195 en no sé cuántos meses, y la cosa está que no para), y no le va a la zaga el de Javier Neira.
¿Qué información tendrá ZP sobre los suevos, él que está tan leído? Dicen que en casa tiene prohibido decir esa palabra, pero a lo mejor esto son infundios y andan todo el día suevos para arriba y suevos para abajo.
El doble rasero de una izquierda esquizofrénica
No tengo humor para glosar por extenso la noticia, que, por lo demás, habla por sí sola de los tiempos brumosos que se avecinan en esa parte del extranjero. Además, si me extiendo en desahogos se me quema la fabada que estoy cocinando en este momento. Y lo primero es lo primero.
Galicia: geografía e historia. Por Francisco Sosa Wagner
13 enero, 2006
Diccionario de bobaditas ZPG. 3.
Si la frase zapatogrouchesca quiere decir algo (y probablemente no quiere decir nada, no nos engañemos) creo que sólo puede ser esto: de los/as del PCTV andaba diciendo todo el mundo (malhablados, criticones, malandrines, enemigos del consenso, pelandruscos, chismosos; qué gente, hombre, no la dejan a una negociar ni hacer nada) que eran una sucursal de Herri Batasuna. Que iban al Parlamento vasco en el lugar de Herri Batasuna y en su nombre. Pero no con su nombre, claro, porque está prohibido a esos efectos. Y concluye nuestro avispado Presidente que si están ellos/as y no está Batasuna, es porque no está Batasuna, con lo cual, se pregunta cariacontecido y con una ceja p´arriba, ¿cómo va a estar Batasuna actuando a través de los/as valerosos/as gudaris/as del Partido Comunista de las Tierras Vascas, si Batasuna no está?
Aplastante la lógica de este cruce de Groucho Marx y Fray Gerundio de Campazas, que nos cayó en la Moncloa porque sabe en todo momento estar en la onda (expansiva).