22 julio, 2007

Polvo real

Bah, el tema tampoco merece muchas vueltas. Por eso he leído muy poco en los periódicos sobre el asunto. Pero la portada de El Jueves sí la he visto, y de ahí me surge la duda mayor. Supongo que todos la conocen, pues para eso sirve el secuestro de la publicación, y no se me escapa que así de claro lo tenían Pumpido y ZP cuando decidieron proteger el honor y la imagen de la Corona. Allá ellos, los unos y los otros.
Voy a lo de mi duda: ¿lo injurioso está en la imagen o en el texto que en la viñeta recita el Príncipe? En el dibujo aparecen el Felipe y la Leti echándose un quiqui en grata postura perruna, él sonriente y ella con cara de ay, Dios, adónde vamos a llegar. ¿Una monarquía confesional como la nuestra (la Constitución no, pero la Monarquía sí, con toda la parafernalia, pecados y dobleces incluidos) puede apartarse del misionero? A lo mejor tienen dispensa estos dos por la evidente desproporción entre ambos, todo azul de sangre él, plebeya ella. Y habrán pensado Rouco o alguno así que a estas plebeyas hay que darles de otra forma, como están acostumbradas. Yo qué sé. Ni me importa. Pero fíjate qué país este: hasta hace cuatro años todos preocupados por lo bajinis por si el Heredero Real tocaba en la banda de enfrente, y ahora mosqueados porque lo pintan tocando variado por lo vaginis. Disculpen, estoy realmente grosero hoy.
¿O estará la injuria en la frase que ponen en la real boca, en la que el real Heredero insinúa que vive sin trabajar? Hombre, aquí sin dar palo al agua vive, y bien, medio país, y no parece que la cosa sea para ponerse así. Como dirían muchas madres de las de antes, hija, no tiene trabajo, pero tiene un puesto muy bueno. Y trabajoso.
Injuriar a los de la Casa Real sale algo más caro que injuriarle a usted, so mindundi. Imagino que la justificación está en que los símbolos del Estado necesitan mayor protección que lo que no simboliza gran cosa. También se castiga más quemar la bandera nacional que el pendón del pueblo de al lado, creo (como hoy es domingo de precepto, me da pereza abrir el Código Penal). Tal vez el posible delito aquí está en insinuar que los símbolos se aparean con sus símbolas; o que lo suyo no es propiamente trabajar.
Son sumamente sutiles las diferencias, todo es cuestión de matiz, y por eso es difícil encontrarle el punto. Para su legitimación cuasimágica la Monarquía tiene que mantenerse virtualmente fuera del mundo, en un orden ontológico y antropológico diferente, pues si a sus miembros los sentimos iguales a los miembros de nuestro barrio, surge incontenible la pregunta de por qué ellos están en (la) cima del Estado y nosotros no. En cuanto los observamos de carne y hueso, aparece el follón. Y puede que ahí radique la contradicción que acabará tragándose a la Corona. Por un lado, quieren que los veamos todos populares y dicharacheros, próximos a nosotros, parecidos, de nuestra misma pasta. Ligan, se acoplan y se casan con señoras y señores del pueblo, con sangre roja del montón y granos como los de cualquiera. Pero, por otro lado, con ellos no podemos pasarnos con las bromas y tienen que mantenerse intocables, lejanos, únicos, no vaya a ser que se eche a perder el encantamiento que los legitima.
Por todo ello me parece que el problema de la caricatura de marras no está ni en la imagen del Príncipe rampante ni en lo que se pone en su boca, sino en esa Letizia en pompa que nos representa.

21 julio, 2007

Presente administrativo

El nuevo Consejero tenía las ideas claras: había que dar salida a todos esos trabajadores que ocupaban interinamente las plazas de funcionario. Las ideas estaban claras, sí, pero las cuentas no tanto.
El Consejero se llamaba Jonás Mutones y era un cuarentón ambicioso que sentía que por fin había acabado su travesía del desierto. Terminada con veintiseis años su carrera de Derecho, había comenzado a trabajar en el despacho de papá, don Jonás Mutones y Mutones, justo cuando papá acababa de acceder a la Decanatura del Colegio de Abogados. Pero el día a día del litigio no era lo de Jonás Jr, al que todos le decían Sito Mutones. Hasta el propio papá opinaba que a su vástago le aguardaban metas más altas, por su tenacidad y su vocación de servicio, y pese a que había tenido que ir a licenciarse a una universidad privada tan pía como venal.
Así que papá habló con su primo Efrén, constructor y regatista en tiempos afamado, y el primo Efrén llamó a su cuñado Alberto Macías y éste le logró a Sito Mutones un puesto de Director General de Justicia en aquella Comunidad Autónoma que ni tenía competencias en tal materia ni esperaba tenerlas.
A partir de ahí, coser y cantar. Sólo ocho años más tarde tenemos al pequeño Mutones encaramado a la Vicesecretaría Provincial del Partido y a la recién estrenada Consejería de Presidencia y Administración. Entretanto, se había casado con Clara Fernanda Martínez McEvans, primero secretaria personal y luego jefa de gabinete de Chano Presas, Presidente del Gobierno autonómico.
Pero no nos desviemos de nuestra historia. A Sito Mutones Chano Presas le dijo poca cosa cuando lo llamó para proponerle el cargo. Simplemente: "Sito, cacho gilipollas, te voy a hacer Consejero de la mierda administrativa, pero como no consigas poner orden en esa casa de putas, te corto los güevos y te mando de vuelta con tu padre, a afilarle los lápices en el despacho. Así que ya sabes lo que te toca. Y dale un besito de mi parte a Clarita y dile que a ver cuando se cansa de ti de una vez y deja ya la bobada de la excedencia para atenderte, que no la mereces".
Manos a la obra. Sito nombra Director General a Luisito Vela, antes compañero de francachelas estudiantiles en la universidad de orden y ahora en el golf, y le pasa el encargo. “Cuántos interinos tenemos, Luisito”. “Tres mil ochocientos, Sito”. “Pues, coño, ya está, hay que convocar otras tantas plazas a concurso restringido, hacemos fijos a todos y a tomar por el culo”. “Eso está hecho. ¿Iréis el viernes al ballet?”.
Las cosas siempre las complican los números. Primero fue el Interventor y luego el tonto de haba de Fernandín Contreras, que llevaba tantos años en la Consejería de Hacienda como Chano Presas de Presidente y se mantenía contra viento y marea, cada vez más engreído, porque, como todo el mundo sabía, se tira a Lola Lamas, la cuñadísima de Chano, casada con el imbécil de Tomás Rentería, que acabó con sus huesos en el trullo por hacer lo que todos, ganarse unos duros con un buen pelotazo, pero sin precauciones y pensando que con Chano ahí arriba era intocable. Bueno, pues el rompepelotas de Fernandín se descuelga con que ni de coña hay presupuesto para semejante convocatoria y que, como máximo, quinientas plazas este año y trescientas el próximo.
Pataleta de Sito y de Luisito, almuerzo con Chano un miércoles en el Ribera´s, intentos reiterados de malmeter e indisponerlo con Fernandín, pero nada que hacer. “A Fernandín me lo dejáis en paz y a mí no me andéis tocando más los cojones”, ése fue el veredicto final del Presidente. Pero añade un consejo que vale su peso en oro: “Si no hay plazas para todos, lo organizáis con Mingo Soto, que él controla a esa gente y ya tiene el culo pelado de montar concursos como hay que montarlos”.
Mingo Soto preside el comité de personal. Comenzó su larga carrera sindical como independiente en la lista de Comisiones, y para las siguientes elecciones ya había fundado su primer sindicato independiente, el SIPIF, y más adelante creó el segundo, el PISIF. Es compañero de mus de Chano desde que éste comenzó como Consejero de Educación y Cultura, y la confianza entre ambos provoca general envidia. Chano lo pone como ejemplo y cita a menudo una de sus frases que más lo impresionan: “Mira, Chano, yo comencé de puto auxiliar y he llegado al nivel veintiocho sin pasar por una maldita oposición, pero sabiendo más de cada papel que se mueve aquí que toda esa pandilla de maricas y empollones. Y, si quieres, te digo hasta la talla de bragas de cada jodida funcionaria de esta casa”.
En el primer encuentro con Mingo Soto, Sito Mutones y Luisito Vela se sintieron incómodos y bastante molestos. “Ya sé por qué me queréis, me lo explicó Chano el sábado.Tranquilos, yo os monto ese concurso y aquí no se mueve ni Dios”. “Son quinientas plazas para promoción interna”, dijo el Consejero, para marcar un poquillo de territorio. “Cuatrocientas noventa –puntualizó el jefe sindical-. Diez tienen que salir a concurso libre”. “¿Y eso?”, preguntó Luisito Vela. La réplica dejó callados a los dos amigos: “Vamos a ver, vamos a ver, hay que saberse lo que está en la Ley y la doctrina del Constitucional. Pero con diez plazas por libre hacemos, y ya controlamos nosotros el tema de tribunal, temario y lo que haga falta”. Los miró unos segundos y se recreó interiormente al percibir su gesto expectante. Y añadió: “Id pensando si tenéis interés en colocar a alguien de vuestra confianza, tres como máximo. Pero sin mamoneos, gente legal. Los otros siete puestos ya los tenemos comprometidos”. “¿Comprometidos?”, balbuceó Sito Muñones. “Sí –respondió el otro-, comprometidos. En realidad os estamos dejando tres plazas por no sé qué hostias de no quemarte y del afecto que le tiene Chano a tu padre”.
Todo transcurrió según el plan. Se inscribieron para el concurso abierto cinco mil candidatos, de los que sólo mil quinientos concurrieron a las pruebas. La organización fue ejemplar, las garantías máximas, las formalidades plenamente respetuosas con la legalidad y con su espíritu.
En el acto de toma de posesión de los nuevos funcionarios de carrera Sito Mutones hizo un brillante discurso, pese a que le costaba concentrarse ante la vista de aquella joven de la primera fila. Al terminar, le preguntó a Mingo Soto, con quien se habían ido limando todas sus reticencias y a quien ya tenía por amigo cabal: “¿Quién es ese bombón de la camiseta ajustada?”. Mingo soltó una carcajada: “Qué cabrón estás hecho. Pero ni lo sueñes. Imagina que yo soy cura y que es mi sobrina, Sito. Te queda mucho por aprender. Pero llegarás lejos. Chano está contento y más arriba también empiezan a tomarte en serio. ¿Te vienes el viernes de noche a tomar unas copas? Te presentaré a un par de amigos y te daremos alguna sorpresilla”. Y volvió a reír.
Las cosas marchan bien.

AVEría

Como buen paleto, y como norteño discriminado por las naciones emergentes, no he viajado mucho en AVE. Anteayer, jueves 19, me tocaba ir a Andalucía en misión propia de Anacleto, agente secreto. Así que, todo contento, tomé a mediodía el AVE en Atocha. Mis expectativas no fueron defraudadas, leído como estaba sobre la fauna que lo frecuenta.
La primera hora transcurrió según lo previsto. El pasaje, una buena síntesis de ejecutivos de marca y especímenes nacionales con plumaje de verano: camiseta, pantalón corto, gordas pantorrillas peludas y chanclas. Qué tiempos aquellos, cuando el cante lo daban los guiris ingleses y centroeuropeos, en contraste con la austera dignidad del lugareño castellano de raído traje negro y camisa blanca abrochada hasta el cerebro con alevosía e indiferencia climática. No consigo concentrarme en la lectura, pues a mi lado, pasillo de por medio, viajan abuela y mamá con dos niños, escuálido el pequeño, obeso el otro. La mamá les dice cosas amables y mira complacida alrededor cuando los infantes le replican con descaro. La abuela les grita con desconocimiento de las modernas consignas educativas. Nos ponen la comida y el pequeño gordinflón quiere que le unten la mantequilla y el quesito en el pan. La abuela se opone con vehemencia senil y señala las elevadas calorías. La madre se muestra transigente y conciliadora. Luego la mamá toma el móvil y llama a un tal Jacobo. Por la manera de gritar diríase que se trata del marido; por el contenido amable de las frases y por la sonrisa pudiera ser que no.
En el recinto para las maletas un perro aúlla todo el rato. Privilegios caninos. Si yo me pusiera a cantar a voz en grito el Asturias patria querida se me echarían encima los pasajeros y tomaría cartas la autoridad. De tanto en tanto una señora de negro se acerca al chucho y le recita requiebros que no lo aplacan lo más mínimo.
A mi espalda un tipo impecablemente trajeado llama con su móvil y se presenta a su distante interlocutor como directivo de Sacyr. En un periquete cierra la construcción de un parque y queda acordada la financiación de la obra. País de negocios rodantes y rodados.
Para el tren en Puertollano y ahí se queda: avería. La happy family se muestra complacida porque les devolverán el importe del billete. Intento seguir leyendo como si nada, pero pronto nos mandan bajar, pues, al parecer, nos trasbordan a un tren lanzadera. Diablos, se me dispara la imaginación. Pero a donde nos lanzan es al andén, con un calor del demonio. Media hora. Luego nos hacen subir a otro tren que no tiene aspecto de lanzar nada y que camina cuarenta metros y vuelve a detenerse. Caigo de nuevo al lado de la familia ejemplar y también me toca cerca una especie de Joaquín Cortés en miniatura, gitano-souvenir que tararea por soleares con voz de vicetiple. El perro ya no está. Un poco más allá un señor entrado en años y un joven con pinta de tercero de ingeniería industrial se escandalizan a dúo porque en un ayuntamiento de no sé dónde han pactado el PP e IU. Intolerable. Pero qué vas a esperar del progreso, si hasta el AVE se atranca.
Echa a andar el nuevo tren al cabo de casi dos horas y mi mirada busca desesperadamente una señora con gallina y bocadillo de chorizo casero. No hay tal. Ha desaparecido de nuestro horizonte cultural figura tan entrañable, devorada por la modernidad y la globalización.
Vuelvo al libro de Ferrán Gallego, Todos los hombres del Führer, y me quedo pensando en el siguiente párrafo (pp. 30-31): “Contemplándolos de cerca, uno puede considerar la forma en que Chateaubriand se excusaba ante los lectores de sus memorias al acabar la etapa dedicada a Napoleón, indicando que, desaparecidos los grandes hombres, sólo nos quedan los acontecimientos”.

19 julio, 2007

Peces-Barba, las formas y la democracia. Por Francisco Sosa Wagner

El Mundo de ayer, 18 de julio, publica este excelente artículo de nuestro amigo Francisco Sosa, que copio.
Peces-Barba, las formas y la democracia. Por Francisco Sosa Wagner.
Hace sólo unos días publicaba Gregorio Peces-Barba un magnífico artículo bajo el título Las malas formas, en el que criticaba, con valentía y generosa caballerosidad, los manejos que se empiezan a conocer para designar al futuro presidente de las Cortes. Lamentaba, quien en el pasado ostentó precisamente este cargo, lo que significa, en términos de falta de respeto a las personas y a la institución parlamentaria, la difusión sin mayor rubor de tales enjuagues.
Comparto la tesis del amigo y colega Peces-Barba. Pero me permito añadir: no se trata tan solo de «malas formas», es decir, de mala crianza, de niños acostumbrados a dar a sus juguetes el trato que les peta; el asunto es mucho más complejo y afecta a la médula del sistema democrático. Un sistema que en unos pocos decenios ha sido literalmente secuestrado por los partidos políticos, magos en falsificar la representación y la voluntad de los ciudadanos.
Estos días se agolpan las noticias procedentes de Francia relativas a la renovación de sus estructuras políticas, y es bien significativo, asimismo, que uno de los últimos números de la revista jurídica alemana Die Öffentliche Verwaltung acoja en sus páginas un trabajo de Hans Herbert von Arnim, que tiene su centro de atención en los partidos políticos alemanes; y justamente en ese mismo número se da noticia de la publicación de un grueso volumen Demokratie in Europa, editado por la prestigiosa editorial de Tübingen Mohr Siebeck, que recoge las colaboraciones de especialistas de distintos países de la Unión. Todo ello refleja una preocupación por un mal que ya trepa y trepa con desembarazo y bien agarrado a las paredes maestras del edificio democrático.
En Alemania, el asunto viene de bastante lejos. Nada menos que dos presidentes de la República, Richard von Weizsäcker y Roman Herzog, personajes bien aficionados a la fértil rumia intelectual, criticaron hace ya años este estado de cosas suscitando un debate que ha ido con el tiempo acotando sus perfiles y al que se sumó más recientemente otro presidente, Johannes Rau, quien acuñó en su discurso de despedida la expresión «irresponsabilidad organizada» como forma de definir el sistema democrático y el federalismo alemán.
El fondo de la cuestión, bien resumido por von Arnim, es bastante claro. Los partidos padecen embriaguez de poder, dispuestos como están a subordinarlo todo a sus apetitos desarreglados, a convertir la legítima aspiración a gobernar en un fin en sí mismo. La democracia se basa, como sabemos, en la competencia entre las organizaciones políticas, pero la misma se halla falsificada porque garantizar esa competencia no es problema de fácil solución. Y así sucede, en el ámbito público, lo mismo que vemos en el privado, donde la tendencia natural de las grandes organizaciones empresariales se dirige a lograr acuerdos para regular la producción y los precios y, en general, sortear las molestias del vecino. Una afición que tratan de abortar, con mejor o peor fortuna, las leyes reguladoras de la competencia. Sólo que, cuando se trata de los partidos políticos, la solución deviene más compleja, pues son precisamente ellos los que disponen de la llave para regular el mercado que les atañe. La llave de una despensa bien abastecida que no están dispuestos a compartir.
Esta realidad se manifiesta en las reglas de su financiación. Weizsäcker afirmó sin ambages, desde su alta responsabilidad institucional, que los partidos políticos alemanes vivían en el reino de Jauja. Y en este idílico lugar siguen, pues logran beneficiarse, al tiempo, de un generoso aflujo de dineros públicos y de donaciones que a ellos hacen llegar ciudadanos de contrastada filantropía.
Y se manifiesta asimismo en la ocupación de cargos públicos. Normal es en un sistema democrático que los partidos envíen a sus afiliados a los gobiernos de los Länder, de la Federación o de los municipios. El estropicio empieza a crearse cuando sus pretensiones se desparraman. Es decir, cuando lo mismo hacen con los tribunales de rango superior, incluido el Constitucional, los de cuentas, los medios públicos de comunicación, las empresas públicas, los colegios y escuelas y, poco a poco, también las Universidades; en fin, con todas las comisiones de expertos y asesores...¿Se contentan con estos apetitosos bocados? En absoluto, porque su presencia se hace sentir igualmente en miles de puestos de la función pública, convertida de nuevo -en gran medida- en el botín del que se habló en los albores del Estado constitucional y de la revolución liberal. Sólo que entonces esta degeneración se advertía como un mal y se procuraba su desaparición, mientras que ahora se contempla con la misma resignación con la que aceptamos el fin de la temporada de rebajas en los grandes almacenes. Incluso muchos funcionarios que han ingresado por métodos regulares y públicos de selección acaban afiliándose a un partido o haciendo ver, con más o menos discreción, sus preferencias ideológicas para prosperar en la carrera administrativa. En fin, son los funcionarios quienes ocupan masivamente los escaños de los parlamentos, tanto del federal como de los federados: prácticamente la mitad de los casi 3.000 parlamentarios alemanes son funcionarios, destacando entre ellos la presencia de los docentes.
El derecho electoral favorece igualmente las tretas de los partidos para colocar a los suyos. Y ello se revela en el control de las listas, repletas de esos listos y listillos que, si bien pueden tener dificultades a la hora de expresar una idea, son maestros en el arte de callar y aplaudir.
Por tanto, el clientelismo, la financiación y el derecho electoral son los instrumentos para que Gobierno y oposición falseen las reglas de la competencia, básicas en todo sistema democrático. Surge así el concepto de clase política -La casta es el título de un libro que ha hecho furor estos meses en Italia-, pero, atención, los partidos no son, en rigor, el centro de esa clase política. Ese papel corresponde, dentro de ellos, a los políticos profesionales (a su élite), que son quienes en su seno mangonean, faltos como están del aliento democrático interno que la Constitución exige de ellos. Así es frecuente que grandes debates se hurten, no ya a la masa de la opinión pública, sino a los mismos militantes de las organizaciones políticas a quienes se les atraganta el desayuno el día que oyen a sus dirigentes declaraciones que suponen cambios drásticos en tal o cual asunto -de calado- y que jamás han sido ni discutidas ni planteadas en el seno de los órganos competentes. Kohl y Schröder fueron maestros en esquivar los debates internos y presentar asuntos de gran complejidad como hechos consumados. El desconcierto del militante y el rictus de idiotas que exhiben no han llegado nunca a impresionar a los dirigentes ni han alcanzado la entidad suficiente para desterrar tales prácticas.
En Alemania se da el caso además de que buena parte de tales desviaciones de un sano sistema democrático han sido avaladas por el Tribunal Constitucional. Así ha ocurrido en sus sentencias sobre la confección de listas, los sueldos de los parlamentarios y la financiación de los partidos. En este último caso, el cuidado puesto en evitar las irregularidades de los partidos mismos olvidó a los grupos parlamentarios y a las fundaciones partidarias, sospechosos unos y otras de corruptelas y trapisondas. En relación con el clientelismo, como bien dice von Arnim, el Tribunal Constitucional ha dicho poco, «consciente sin duda de que él mismo tiene el techo de cristal».
Llegados a este punto, conviene tranquilizar al lector que se haya podido inquietar con este relato o ver en él motivos de más cercanas preocupaciones. Para que las disipe, añadiré que todo esto ocurre en la lejana y brumosa Alemania, país luterano y con un ramalazo herético donde se escriben, en un idioma peregrino, libros descarados por lo gordos, y que cuenta además con un número desmesurado de directores de orquesta. Cualquier parecido con la realidad española es pura coincidencia...

17 julio, 2007

Tontunas legislativas. 5. Demadres líricos

Está claro, nuestros legisladores tienen más vocación de bardos o poetastros que de paridores de normas propiamente dichas. Y como el articulado de las leyes les parece campo demasiado prosaico y estrecho para su vena lírica, se desmelenan en exposiciones de motivos y preámbulos. Cuánto ganaría el BOE sin semejantes desahogos. Debería la Presidencia del Congreso, antes de que a Marín le den puerta, organizar y financiar una colección de ripios para que sus señorías den rienda suelta a sus musas de partido y nos ahorren el cansancio y la guasa al leer semejantes textos incrustados en la legislación a modo de épico piercing jurídico.
Miren la muestra que se contiene en la reciente Ley 19/2007, de 11 de julio, contra la violencia, el racismo, la xenofobia y la intolerancia en el deporte. Rayos, se les olvidó mencionar la adiposidad y la aerofagia. Echo un vistazo al conjunto de la norma y me da la impresión, superficial, de que no está mal, pero el Preámbulo se las trae, cuatro páginas y pico en letra pequeña y renglones apretados. ¿Quién lo habrá hecho? ¿Es un cachondo o le salió así con naturalidad? Veamos una de sus perlas:
“(L)a violencia consiste en aplicar la fuerza sobre el entorno. Por ello, el deporte conlleva siempre y en diversa medida violencia, en tanto que uso de la fuerza, que se aplica bien sobre los elementos (tierra, agua y aire), bien sobre las personas que devienen adversarios en el ámbito deportivo. La violencia en el deporte, aplicada de conformidad con las reglas del mismo, supone una aplicación autorizada de la fuerza. Por el contrario, si la fuerza se aplica contraviniendo las normas deportivas, constituye una infracción o una agresión antirreglamentaria. Así, es el propio mundo del deporte el que, al establecer las reglas del mismo en cada modalidad, determina el nivel de violencia aceptable y cuándo esta aplicación de fuerza es inadmisible por ser contraria a los reglamentos deportivos. En este ámbito, un primer objetivo de las instituciones públicas es promover que el propio ámbito deportivo, mediante su propia autorregulación, gestione y limite la aplicación de la fuerza en el deporte, de modo que su uso sea compatible con el respeto a la persona y con una conciencia social avanzada".
Ya está, esto lo redactó un licenciado en Filosofía y Letras con máster en budismo y decoración zen. ¿De dónde los sacarán tan cultivados? O a lo mejor es cosa de Chiquito de la Calzada.
Me pueden poner de vuelta y media los atentos lectores por mi ignorancia en las cosas de la física, le metafísica y la patafísica, pero a mí esa definición de violencia me hace una gracia que no se puede aguantar. Resulta que, según nuestros eruditos padres de la patria (¿qué patria?) “la violencia consiste en aplicar fuerza sobre el entorno”. O sea, que si yo le pelo una naranja a mi santa estoy aplicando violencia, no se si a la naranja, a mi par o al entorno en general. Cuando muevo una maceta también, y lo mismo al poner la mesa. Ya ni te cuento en menesteres de más empuje. Diantre, me descubro violento hasta cuando levanto pancarta pacifista en manifestación ad hoc. Debí aprender en las categorías inferiores, pues poco más adelante nos cuentan que “La violencia en el deporte es, por lo demás, un aprendizaje que se inicia en las categorías inferiores”. ¿Categorías inferiores de qué? Teniendo en cuenta que lo que la ley trata de reprimir, y bien está, es a los mastuerzos que en estadios y pistas se empeñan en mentar a la progenitora del rival y en tirarles botellas a árbitros y jueces en general, me pregunto si los hooligans y fanáticos de equipo están organizados ya desde el parvulario en bestias alevines, infantiles y juveniles. A lo mejor viene así en las reiteradas y reiterativas leyes de la cosa educativa y no me he enterado. En cualquier caso, sí está claro, vista la sesuda definición anterior, que en cuanto el pequeño imberbe y la pequeña imberba se ponen a dibujar la o con lápiz sobre el papel, están aplicando fuerza sobre el entorno e insinuando ya el pedazo de salvaje que llevan dentro.
A lo mejor un físico o un teólogo están de acuerdo con tan depurada noción de violencia, pero digo yo que para legislar no hace falta ponerse tan exquisito y pluridisciplinar. Y más cuando, ya pasada la efervescencia lírica del Preámbulo, la ley delimita en su artículo 2 a qué “actos o conductas violentas se refiere” y resulta que como tales se alude a cosas como “participación activa en altercados, riñas, peleas o desórdenes públicos en los recintos deportivos o en sus aledaños...”, o a la “entonación de cánticos que inciten a la violencia, al terrorismo o a la agresión en los recintos deportivos...”. ¿El que entona tales cánticos aplica “fuerza sobre el entorno”? Vaya usted a saber, igual resulta que sí.
En fin, no quiero aburrir al personal con semejante prosa indigesta, pero miren este prodigio de redacción y claridad de ideas, también del Preámbulo: “La realidad de la violencia en el deporte y su repercusión en los medios de comunicación es un reflejo de la clara permisividad social de la violencia, permisividad que se retroalimenta con la intervención de todos los agentes del entorno deportivo sobre la base inicial de la aplicación reglamentaria o no de la fuerza en el deporte y del encuentro entre adversarios, sean deportistas, técnicos o dirigentes” Chúpate ésa, Teresa (es un decir, pido perdón y juro o prometo que no va por nadie en particular). Como siempre, la culpa de la sociedad, o sea, de usted y mía. Luego vienen otros y retroalimentan a porrillo, pero la mala primera es la sociedad. Obvio, pues nos pasamos el día dale que te pego, todo el rato aplicando fuerza sobre el entorno. Violentos, que somos unos violentos. A ver cuando negocian con nosotros, los violentos (¿de qué me suena la expresión?), en lugar de ponernos a parir.

16 julio, 2007

Escudas humanas en Irán

Hay noticias que lo sumen a uno en la melancolía y en el pesimismo antropológico, mientras que otras traen la alegría y son como una balsa para el náufrago. De las primeras es la que cuenta hoy que los mandamases de Irán quieren apretar aún más las tuercas a las mujeres de aquel Estado, a fin de que vaya quedando definitivamente claro que son súbditas y no ciudadanas y de que conste que tienen más de objeto que de sujeto. Es una constante, nunca falla: estos meapilas que adoran las armas, autoritarios pichicortos y valientes sólo cuando atacan en manada, viven en todas partes obsesionados con los placeres de la entrepierna, y en lugar de asumir su vil condición de reprimidos sin luces, la toman con cualquier belleza que les recuerde lo que podrían hacer y sentir si estuvieran hechos de material humano en lugar de ser un pedazo de mierda. Como disculpa sacan siempre la misma, un dios hecho a su medida y compuesto con la misma materia prima; otro que, al parecer, por muy alto que navegue, comparte con los tarados del mundo la obsesión por la bragueta y, después de haberles puesto cara y cuerpo a las mujeres, vive arrepentido y dedicado a putearlas por usar eso que les dio para algo más que para que evacuen como bestias los maridos apestosos que se les asignen sin su consentiemiento. Pues sí, a eso lo llaman dios y se queda todo el mundo tan convencido de que puede ser y no está mal.
Así viene la noticia en El Mundo: “El jefe de la policía de Teherán, Ahmad Reza Radan, anunció ayer una nueva campaña de «moralización» para imponer las estrictas normas del código islámico que abanderan las autoridades locales. Por ello, se duplicarán los policías encargados de vigilar el uso del velo islámico. Radan indicó que la acción policial se centraría principalmente en las féminas que portan el velo a la usanza de las capitalinas más jóvenes -que juegan a retraer el pañuelo casi hasta la coronilla-, algo que los uniformados consideran ilegal.«A partir del 23 de julio, vamos a doblar el número de policías que hagan respetar [las normas] del velo islámico. Vamos a multiplicar las patrullas en las calles y en los parques», señaló Radan, jefe de la policía de Teherán.Esta arremetida es una continuación de la misma política que ya se aplicó en abril con el resultado de 150.000 mujeres apercibidas y medio millar de detenciones”.
Deprimente, vomitivo, no me digan que no. Y con semejantes jabalíes queremos hacer una alianza de civilizaciones, ya ven. Menudas civilizaciones de mis narices.
Pero que no cunda el desánimo, no estamos solos, hay esperanza para las oprimidas del mundo. Hoy mismo leo en Labola.com que ya se está preparando una remesa de feministas españolas, organizadas por el Instituto de la Mujer y que viajarán a Irán para interponerse entre las iraníes que quieran ir sin velo y vestir con libertad y esos policías ceporros. A ver si con ellas se atreven. Una de las ONGs implicadas ha declarado que después de la experiencia en Iraq, donde los voluntarios que actuaban como escudos humanos trataban de parar los bombardeos del imperialismo falócrata yanqui, esta aventura de Irán se les antoja más llevadera y menos arriesgada. Por su parte, Petra Nomedejo, presidenta de Feministas Activas En Serio (FAES), ha manifestado lo siguiente: “si aquí levantamos la voz cada vez que un macho hispano trata de abusar impunemente de una mujer indefensa, no vamos a ser menos en esos lugares donde la mujer está radicalmente sometida al varón y es víctima de los abusos más inimaginables”.
La iniciativa ha partido de la Vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, quien ha dicho que “estas escudas humanas son las mejores embajadoras de nuestro feminismo y con su acción demuestran que no vamos de farol y para tocar los cataplines cuando aquí ponemos de vuelta y media al que hace un chiste machista o cede el paso a una dama. Si aquí nos ponemos de esta manera, imagínense la que les vamos a armar a los ayatolás”.
Por su parte, Rodríguez Zapatero ha convocado una rueda de prensa después de despedir a las valientes feministas en el mismo aeropuerto y, en un ataque de sinceridad, ha pronunciado las siguientes palabras: “Como ustedes bien conocen, yo me he proclamado y me proclamo rojo y feminista. Y, si soy ambas cosas, ¿qué ovarios hago yo riéndoles las gracias a esos machistas tarados que gobiernan despóticamente en Irán?”. Las mujeres presentes prorrumpieron en fortísimos aplausos, pero esta vez con motivo real, no como otras veces, que parecían tontas.

14 julio, 2007

Ese mágico toque de la vida

En junio del año pasado, el día 17, murió mi padre en Gijón. Lo enterramos en Ruedes y mientras sellaban su nicho vi, a mi lado, una pequeña lagartija moviéndose por la pared soleada. Regresamos a casa a León y al día siguiente en el pequeño porche delantero apareció una lagartija de tamaño más que considerable, que nos acompañó todo el verano. A veces yo me sentaba allí a leer, en la pequeña mesa de piedra, y ella se colocaba muy cerca de mis pies, mirándome muy fijamente.
Cuando comenzó a refrescar, dejé de verla.
Esta mañana he ido a comprar flores para las tumbas de mis padres, pues en Ruedes conmemoraremos esta tarde el fallecimiento de los dos el verano pasado. Al llegar a casa, hace poco más de una hora, coloqué en agua los ramos, para que el calor no los marchitara, y los dejé en el porche, a la sombra. Luego se despertó la pequeña Elsa, la cogí en brazos y me puse a cantarle allí mismo, al lado de las flores.
Y apareció. A tres o cuatro metros vi la lagartija, caminando tranquilamente entre las petunias. Me aproximé un poco más, con la niña en brazos, y no se asustó. Se la presenté a Elsa con toda la formalidad que la ocasión requería.
Espero que nos acompañe al menos hasta que retornen las nieblas y se insinúe la nieve en las montañas de nuestra tierra.
Todo lo que acabo de escribir es rigurosamente cierto, real. No es fantasía ni cuento. Son las cosas de la vida. Es la magia.

13 julio, 2007

P(R)ECIOS

Rayos y centellas, leo hoy la tribuna de Gregorio Peces-Barba en El País y casi me caigo de espaldas. Vaya por delante que se trata de un colega con el que me unió buena amistad durante bastantes años. Ahora ya no nos tratamos tanto, por razones que se explicarían bastante bien en los términos del propio don Gregorio en el artículo referido, aunque por analogía, eso sí: “Existe desde hace muchos años una política de instrumentación de todas las instituciones al servicio del Poder Ejecutivo, sin respeto y con malos modos. Se estima que todos los organismos y quienes los dirigen se subordinan a las directrices que manda el presidente del Gobierno de turno, sea cual sea su color político. Estamos ante una patología preocupante y contraria a los principios de un sistema democrático parlamentario, con separación de poderes y de funciones, donde se tergiversan los contenidos de la Constitución y todo se coloca contralegem al servicio del jefe.
Los asuntos se complican cuando alguna de esas autoridades actúan conforme a su diseño constitucional y deciden libremente cómo deben actuar. Desde ese momento empiezan para ellos sus problemas, se inician las presiones de los corifeos al servicio del poder, y, cuando llega el momento, se sufre la sanción y el castigo, que puede ser hasta la condena al ostracismo total. Cuando alguien se considera libre y actúa con independencia, pronto o rectifica o sufre las consecuencias. Sólo están inmunes quienes actúan con autonomía porque en su vida no dependen de la política, y pueden permitirse actuar en conciencia”.
Pero ni pretendo consumir tiempo aquí en vacías escaramuzas ni gastar pólvora en salvas, sino hacer modesta manifestación de mi perplejidad por el considerable cabreo que manifiesta el reputado profesor y político. ¿Por qué se habrá puesto así? Caben varias hipótesis, que menciono apenas:
a) Acaba de descubrir cómo es Zapatero, don José Luis, retorcido y mandón, vengativo y tal.
No cuela. Es don Gregorio persona inteligente y no pudo tardar tanto en caer del guindo.
b) Profesa un rechazo visceral a los estilos de gobierno personalistas que reparten condenas y prebendas en función de lo sumiso que sea el candidato de turno.
No cuela.
c) Estos pocos meses que ha pasado sin cargo, desde que ha dejado de ser rector, le han servido para meditar mucho y darse cuenta de que cuando les interesas te adoran y cuando no, si te he visto no me acuerdo.
Pudiera ser.
d) Pretende dar una sutil indicación de cómo se hacen las cosas y, para ello, apela al recuerdo de González y Guerra, de quienes cuenta que, pese a las discrepancias habidas, acabaron haciéndolo rector comisario de la Carlos III, jolín, y así sí.
e) Se pone a recordar que José Bono sí es Consejero de Estado y no hay derecho.
Ahí tiene razón.
El artículo acaba muy bonito, muy bonito: “Son las consecuencias de un sistema que confunde la lealtad con la sumisión y que considera a quienes actúan en el espacio público como unos delegados al servicio del poder supremo. Por eso el sistema en todos los partidos que gobiernan ha ido perdiendo a muchas personas decentes que se van en silencio para no perjudicar, pero que reaccionan cuando se quiere pisotear la dignidad de las personas y de las instituciones desde las malas formas”.
Así es.
Copio el artículo entero aquí:
Las malas formas.
Gregorio Peces-Barba Martínez.
La noticia aparecida en EL PAÍS sobre la posible vuelta de Bono como diputado en las próximas elecciones y como candidato socialista a la presidencia del Congreso ha suscitado ya reacciones y críticas. Estamos ante una comunicación prematura y poco considerada para el actual presidente, don Manuel Marín. Por cierto, que su reacción es un signo más de su elegancia y de su categoría.
La noticia se agrava porque procede de las filas socialistas, de Ferraz o quizás de la misma Moncloa. Por una vez, la malicia y la mala intención no proceden de la oposición, sino que se han generado en los entresijos del poder, que teóricamente, al menos, tiene como función primordial preservar y defender a las instituciones. No parece que haya, ese Poder Ejecutivo, cumplido con su deber para con el Congreso de los Diputados ni para la dignidad de su presidente. Estamos ante una forma de actuar, ante una epidemia que se ha extendido como patología generalizada a las comunidades autónomas que siguen, al menos algunas de ellas como la que yo mejor conozco, el mismo estilo de gobernar. Los mejores resultados y éxitos de este Gobierno se oscurecen con este proceder.
Bono es un gran activo socialista y su recuperación no puede ser sino una buena noticia en general, y en particular para los que somos sus compañeros, aunque no se pueda entender que haya sido utilizado como ariete para debilitar al actual presidente del Congreso. Es una forma de actuar en política pequeña y de vuelo corto que es pan para hoy y hambre para mañana. Sólo ha servido para agraviar y en ningún caso para construir. Conociendo a Bono, desde hace muchos años, estoy seguro de que si es presidente actuará con independencia y defendiendo al Congreso que representa con neutralidad y sentido institucional. ¿Cuánto tardará el poder máximo en sentirse incómodo con ese proceder? Estamos indudablemente ante malas formas, ante prácticas viciosas que deshonran a quien las emplea y descartan la virtud que debe ser una cualidad de quien gobierna. Esta forma de actuar parte de una desconsideración a la autonomía institucional del Parlamento, a la autonomía de su presidente, y expresa una voluntad de mandar pasando por encima de las reglas y de los procedimientos, con un personalismo autoritario que no se para ante nada.
Conozco desde hace muchos años a don Manuel Marín; fue mi primer adjunto antes que Virgilio Zapatero cuando yo era secretario general y portavoz del Grupo Socialista a partir de 1977. Desde entonces, estimo y valoro su discreción, su honestidad, su sentido del deber y su vocación al servicio del interés general. Además, posee una formación excelente y una integridad moral capaz de superar cualquier prueba. Está siendo un presidente del Congreso neutral, que cumple con su deber con un velo de ignorancia que excluye el favorecimiento y cualquier pérdida de la objetividad ante la toma de decisiones.
Existe desde hace muchos años una política de instrumentación de todas las instituciones al servicio del Poder Ejecutivo, sin respeto y con malos modos. Se estima que todos los organismos y quienes los dirigen se subordinan a las directrices que manda el presidente del Gobierno de turno, sea cual sea su color político. Estamos ante una patología preocupante y contraria a los principios de un sistema democrático parlamentario, con separación de poderes y de funciones, donde se tergiversan los contenidos de la Constitución y todo se coloca contralegem al servicio del jefe.
Los asuntos se complican cuando alguna de esas autoridades actúan conforme a su diseño constitucional y deciden libremente cómo deben actuar. Desde ese momento empiezan para ellos sus problemas, se inician las presiones de los corifeos al servicio del poder, y, cuando llega el momento, se sufre la sanción y el castigo, que puede ser hasta la condena al ostracismo total. Cuando alguien se considera libre y actúa con independencia, pronto o rectifica o sufre las consecuencias. Sólo están inmunes quienes actúan con autonomía porque en su vida no dependen de la política, y pueden permitirse actuar en conciencia. En mi caso no quise ser presidente del Congreso, y me convencieron sólo al final, con el compromiso de que nombraría con independencia a los miembros socialistas de la Mesa y que podría actuar siempre con arreglo a mi criterio. Pude hacerlo en la práctica con dificultades, porque el Ejecutivo no compartía muchas veces mi forma de actuar. Así tuvimos tensiones en temas de tramitación, de forma de dirigir los debates y, sobre todo, en las formas de la ceremonia de juramento o promesa del Príncipe de Asturias para acatar la Constitución. No pude sufrir sanción por mis desviaciones de la ortodoxia, porque yo había decidido ya que no seguiría de presidente del Congreso en la siguiente legislatura. Tengo que precisar para ser justo que después de casi dos años de marginación y de persecución en la Facultad de Derecho de la Complutense, a la que volví inmediatamente, que fueron el presidente Felipe González y el vicepresidente Alfonso Guerra quienes me promovieron como rector comisario de la Universidad Carlos III de Madrid que se acababa de fundar. Como se ve, siempre hay claroscuros, no siempre se cumplen los malos presagios, lo que yo siempre agradeceré a Felipe González y Alfonso Guerra.
Conociendo bien a Manuel Marín, estoy seguro de que la advertencia de la superioridad no va a conseguir ni que rectifique en su forma de actuar ni que se humille. Actuará en conciencia, y mucho me equivoco si no decide cambiar una forma de vida que supondría, en caso de continuarla, perder su capacidad de autodeterminación. Por eso estoy seguro de que actuará para no disminuir su dignidad ni para perder su independencia. Son las consecuencias de un sistema que confunde la lealtad con la sumisión y que considera a quienes actúan en el espacio público como unos delegados al servicio del poder supremo. Por eso el sistema en todos los partidos que gobiernan ha ido perdiendo a muchas personas decentes que se van en silencio para no perjudicar, pero que reaccionan cuando se quiere pisotear la dignidad de las personas y de las instituciones desde las malas formas.

12 julio, 2007

Derechos sociales

Otra vez me toca enviar articulillo a Ámbito Jurídico, el periódico jurídico colombiano. Como hoy toca viajar un poco y no me queda tiempo para escribir más, aquí coloco ese texto como post del día. Téngase en cuenta que está pensado y escrito para aquella querida tierra.
Los derechos sociales constituyen una conquista irrenunciable para cualquier Estado en el que se tenga en una mínima consideración la dignidad de las personas y se combata la injusticia social con una política redistributiva de riqueza e igualadora de las oportunidades de los ciudadanos. La garantía de tales derechos en las constituciones es un hito irrenunciable y marca un compromiso ineludible para los poderes públicos.
Lo anterior lo discutirán solamente los partidarios de un liberalismo económico a ultranza y, por supuesto, todos aquellos que sacan tajada de la explotación cotidiana de lo más menesterosos. Pero ese acuerdo mayoritario no impide que la noción y la aplicación de los derechos sociales pueda convertirse en fuente de manipulaciones y en vía para un paternalismo de cortos vuelos y para el fomento del clientelismo. Por eso importa aclarar algunas cuestiones básicas, como el objetivo último de una política pública comprometida con esos derechos y las vías mejores para su puesta en práctica.
Comenzaré con un ejemplo español reciente. El Gobierno acaba de decidir regalar dos mil quinientos euros por cada hijo que nazca a partir de esta misma semana. ¿Cuánto de social encierra tal disposición? Muy poco, si tenemos en cuenta que la cantidad que se entregará es la misma tanto si nace el hijo en el seno de una familia con escasísimos recursos como si viene al mundo en casa de los más ricos banqueros. Política social ligada a los derechos sociales significa distribución de los recursos equitativa y ligada a las necesidades reales de los ciudadanos, no dádivas para ganar votos por todas partes. Aquí se hace bien patente lo que de verdad hay en el viejo principio de que la justicia exige tratar desigualmente a los desiguales, a lo que se añade que en el Estado social han de recibir, en proporción, más los que tienen menos.
Los derechos sociales no son donativos que graciosamente se otorgan a los más pobres, con actitud paternal y con el viejo espíritu farisaico de la limosna. Su función primera es procurar la igualdad de oportunidades. Igualdad de oportunidades quiere decir que en el Estado social nadie puede estar privado, por razón de su cuna, de su suerte al nacer, de la posibilidad de acceder a los más altos puestos de las profesiones, el poder y la economía. Un símil deportivo aclara bien la noción. Si en una competición de mil metros lisos resulta que la línea de salida no es la misma para todos los corredores y que, además, unos salen con los pies atados y otros perfectamente libres, el resultado está viciado desde el principio, pues antes de que suene la señal de comienzo ya sabemos quién tiene posibilidad cierta de ganar y quién no tiene ninguna. Ahora supongamos que la competición es para llegar a Presidente de la Nación, a Ministro o a miembro del consejo de administración del mayor banco. ¿Alguien de Ciudad Bolívar, pongamos por caso, tiene alguna oportunidad al respecto? Las políticas redistributivas poseen dicho cometido, acercar las oportunidades de todos, para que la competición social no sea tramposa. Y los derechos sociales obtienen de ahí su razón de ser, pues el que no dispone de medios para procurarse salud, educación o vivienda está de antemano excluido del juego.
Dos consecuencias claras se desprenden. La primera, que no es política social ni de promoción de esos derechos la que se limita a otorgar beneficios puntuales a unos pocos afortunados, sea porque forman una bolsa de votos o porque son del pueblo del ministro del ramo. Esos gobernantes que en víspera electoral aparecen en un barrio deprimido con camiones de leche y promesas de redención universal no hacen tal política, sino escarnio de los pobres. La segunda consecuencia es que una política de derechos sociales exige medidas legislativas, en lugar de puntuales concesiones a aquél que interpone una tutela. No se trata de ayudar a este o aquel pobre o de darle la razón a uno o a mil enfermos que pugnen con el seguro social, sino de asegurar por igual los mismos beneficios a todos los que se hallen en situación idéntica. Y esto nos lleva de nuevo al reparto de papeles entre legisladores y jueces. Éstos, y especialmente las cortes constitucionales, han de velar por que las leyes que afectan a los referidos derechos respeten unos mínimos, fuera de los cuales se burlarían los correspondientes preceptos constitucionales y la cláusula de Estado social. Por tanto, a ellos les corresponde, también en esto, pararle los pies al legislador abusivo, pero en ningún modo enmendarlo. Por muchas tutelas que, por ejemplo, se otorguen a quien reclama su elemental derecho a la salud, no se hace más que poner remiendos puntuales a una situación que no se cambiará a base de sólo sentencias. Bien está reconocer su derecho a este o aquel ciudadano, pero la suprema y única protección verdadera de los derechos de la ciudadanía ha de contenerse en la ley, no en la lotería de las sentencias. El día que la ley sanitaria especifique suficientemente los derechos de todos en ese campo y lo haga con atención especial a los más necesitados, se habrá construido Estado social. Sin eso, ni la judicatura más generosa y comprometida puede hacer más cosa que amparar a unos pocos, los pocos que se animan a pleitear y que tienen, además, la suerte de dar con un juez con conciencia social. Por eso debería la judicatura recrearse menos en los logros de sus fallos ocasionales y poner mayor énfasis en el control negativo de constitucionalidad de las leyes, incluso en lo que tiene que ver con esa figura llamada inconstitucionalidad por omisión.

11 julio, 2007

Toby

Cuando éramos unos críos y en lugar de bajar porno –no había- con los ordenadores –no había- o grabar palizas a los compañeritos con el móvil –tampoco había- leíamos tebeos, casi todos los perrillos que en esa literatura aparecían se llamaban Toby. El Toby era un perro estereotipado, una caricatura canina, de la misma forma que siempre han sido caricaturas un tanto artificiosas los gatos o los ratones de los dibujos animados, al menos los de antes de que los japoneses pusieran cara de patata de siembra a cualquier ser que sus dibujos representen, perros, gatos, alcaldes o suegras.
Toby solía ser un perrillo un poco trasto, amigo de travesuras propias de su siempre joven edad perruna, pero entregado y fiel a su amo a nada éste se pusiera serio o las cosas se torcieran para los dos. Toby en el fondo sabía, como saben todos los animales domesticados y domésticos, que para él la vida salvaje ya no es vida y que ahí fuera, en libertad y a la intemperie, sólo le esperarían el hambre y las pulgas, en el mejor de los casos. Así que en el fondo amaba a su amo, porque lo necesitaba, y sus mínimas correrías detrás de algún gato vecino o sus ladridos al cartero, más ruidosos que propiamente fieros, cesaban en cuanto su dueño le levantaba el dedo admonitorio y le decía aquello de Toby, a tu rincón.
Porque lo que más gustaba a los tobies de todos los cuentos y todas las viñetas era tener su rinconcito en un extremo del salón, donde alcanzaran unos rayos de sol por las tardes y donde pudieran echarse bien a gusto y despatarrados en un cómodo cojín que cada mañana mullía la asistenta. Toby únicamente sufría en las historias más crueles, pura advertencia para niños y mayores, aviso para navegantes díscolos, cuando su amo moría o lo abandonaba, obnubilado; y, así, al viento y en la calle, Toby vagaba aterido y recordaba los felices tiempos en que era un perro juguetón, pero obediente y muy bien alimentado.
Estos días, al leer las noticias sobre la vuelta de Bono a la política y su probable candidatura a la Presidencia del Congreso, por designio de su amoroso dueño, me he acordado mucho de Toby. Da gusto verlo saltar y mover el rabito. A Toby, digo.

10 julio, 2007

Sexo(s)

Leo en el ABC (estas cosas cada vez se leen más en el ABC: en este país nada está donde se supone) que aquel ciclista famoso hasta hace pocos años, Robert Millar, ahora es una señora y se llama Philippa York. El titular tiene guasa: “El rey de la montaña es reina”. Caramba, el día menos pensado al ganador de la etapa reina del Tour lo visten de señorita Pepis para subir al podio. No ganamos para sustos.
Uno se pone a imaginarse cosas de guasa, pero verosímiles, visto lo visto, y la cabeza se le pone como una moto. Ya veo a más de un colega, hoy varón, convertido en reina de las fiestas de su pueblo, y a alguna compañera de disciplina, con mostacho indisimulado y meando de pie tras la ponencia estelar de cualquier congreso. Y no me parece mal, al contrario: puede ser la manera de que tantos y tantas dejen de tocar las narices al personal y de sublimar su interno malestar a base de conspiraciones y zancadillas a porrillo. Qué gozada. ¿De dónde vienes tan tranquilo? le preguntarían a uno al verlo regresar a su casa. De un tribunal de acreditaciones a tanto el kilo. ¿Y esa cara? Es que han estado todos los miembros (¡?) de lo más ecuánime y justo. ¿Y eso? Pues, hija, que la mayoría de los que más picias armaban contra el principio de mérito y capacidad se han cambiado de sexo, nombre y apariencia y ahora van hechos unos adalides del justo merecimiento, qué descanso. Porque con los miembros de muchos tribunales y comisiones algo hay que hacer y puede que la solución pase por el sitio más insospechado: por ahí.
Bromas aparte (ah, ¿pero eran bromas?), uno está firmemente convencido de que, a nada que la ciencia progrese un poco más, lo del sexo y sus roles no lo va a reconocer ni la madre que lo parió. Es más, para entonces la madre ya será padre. De la misma forma que nuestros abuelos no habrían dado crédito hace cincuenta años a todos estos cambios de sexo y costumbres sexuales, lo que les tocará vivir a nuestros nietos ni lo podemos sospechar nosotros.
Yo apuesto porque en un futuro no muy lejano cada persona podrá vivir alternativamente y a voluntad al modo de varón y de hembra, experimentando las correspondientes vivencias y sensaciones. Hoy fulana sale de copas como fulano y como tal trajina con una señora. Mañana esa misma persona liga en la oficina con un señor y se lo hace con él en el papel de dama juguetona. Es más, en el seno de las parejas más o menos estables los roles sexuales se alternarán. Vida, hoy tengo el día un poco machote, dirá la esposa, ¿te importa que te eche un quiqui en plan varón impulsivo? Qué casualidad, cariño, hoy me siento yo bastante femenino, así que me encantará. Y otro día al revés y al siguiente en plan homo ambos, como dos tías o dos tíos. ¿Que no me creen? Tiempo al tiempo, y a nada que lleguemos los cuarentones y cincuentones de ahora a los noventa lo veremos, aunque ya no nos toque jugar a eso. O sí, pues quién sabe qué atracciones nos esperarán en las residencias de ancianos del futuro.
Tengo la impresión de que el cambio de mentalidades ha comenzado ya más que de sobra y que sólo falta que la ciencia avance otro poco, vaya usted a saber si a base de electrodos, cirugías, apósitos sensibles o qué. Y, como casi siempre, en la vanguardia están las mujeres. En el camino hacia la asunción generalizada de la bisexualidad, ellas llevan mucho más trecho recorrido y les cuesta cada vez menos reconocer que, aun sintiéndose heterosexuales y disfrutando del ayuntamiento con varón, también les atraen las de su género. Conversación típica de matrimonio de hoy (de clase media, eso sí), mientras contemplan la porno del viernes por la noche. Ella: ¿tú que estás mirando exactamente ahora, cielo? Él: lo buenorra que está esa señora, ¿y tú? Ella: lo mismo. Pues eso.
Creo que vamos hacia el género único bipolar. Salvo que las nuevas tecnologías consigan que uno pueda hacérselo consigo mismo sintiendo como si fuera dos, en cuyo caso sí que va a ser la risa. Supongo que esta última solución será la que más agradará a los obispos.
En todo lo que he escrito en los párrafos anteriores creo que no he hecho ni un juicio de valor, trato únicamente de jugar a adivinar el futuro. Sólo ahora me pronuncio, en el habitual tono liberalote: todo lo que aumente nuestro disfrute sin forzar a nadie a nada, es bueno. Y el vicio peor es la represión forzada. Que cada palo aguante su vela; y las velas al viento.

09 julio, 2007

Tortilla francesa

El tal Sarkozy está dando mucho juego y seguramente va a seguir así. Al margen de otras consideraciones, eso se agradece, al menos en comparación con la monotonía de los políticos de por aquí.
Entre lo más llamativo del jefe de los franchutes está su facilidad para fichar para ministerios y altos cargos a tantos militantes notables y famosos del partido de doña Segolène. Va camino de dejarla con los cuadros en cuadro. Lo último ha sido proponer a Strauss-Kahn como sustituto de Rodrigo Rato, pero eso no es nada, comparado con la facilidad con que ha conseguido ministros y ejecutivos gubernamentales a base de birlárselos a los socialistas. Y uno se pregunta: ¿será que los convenció a base de prometerles políticas de lo mas progresista, o será más bien que donde esté un sillón que se quiten las siglas y las lealtades? Mucho me temo que haya bastante más de esto último.
En el fondo, ese baile y semejante manera de ponerle los cuernos al partido de uno de toda la vida encaja la mar de bien con el vaciamiento ideológico de la política actual. Como no quedan propiamente ideologías en pugna, más allá de los eslóganes y de cuatro frases para la chusma, inventadas por asesores de imagen y de campaña, los partidos y sus dirigentes se tornan intercambiables, fungibles hasta la náusea. Se trata de personas que quieren gobernar y, generalmente, alimentar su vanidad con poder y notoriedad pública, y que no tienen empacho en vender su alma al diablo a nada que les digan ahí tienes ese puesto y a los tuyos que les den.
Cabe, pues, descartar que por regla general los altos mandos de los partidos crean verdaderamente en lo que para ganar votos proclaman cuando toca, y no me parece que sean muy distintas las cosas en Francia y aquí. Si fueran diferentes, seguramente por estos pagos no veríamos tantos pactos contra natura para el gobierno de ayuntamientos, comunidades autónomas y hasta de la nación misma (con perdón por lo de nación).
¿Y la militancia de a pie? Es posible que el militante del montón sea más fiel a sus siglas y le tenga más fe a las ideas, reales o supuestas, que su partido defiende. O, al menos, que deteste al rival con más coherencia y persistencia mayor. Seguramente porque fe es creer lo que no se ve y el votante leal piensa con ingenuidad que al apoyar a éste y no al otro contribuye a procurar un país distinto. El día que se nos acabe de caer la venda de los ojos no sé qué va a pasar.
¿Cuántos dirigentes del PSOE se pasarían con armas y bagajes a un hipotético gobierno de Rajoy si éste les ofreciera algún chollete guapo? ¿Y cuantos del PP se dejarían querer por Zapatero si no tuviera su alma vendida a los traficantes de naciones y a los desenterradores de abuelos zurdos?

08 julio, 2007

SEXO PARA GILIPOLLAS Y GILIPOLLOS.

Hay que verlo para creerlo. No hay mejor catálogo de las estupideces que hacen furor en esta sociedad atrofiada y papanatas que ciertas revistas “femeninas”, revistas para féminas jovencitas o que quieran sentirse tales, aunque estén más pasadas que un yogur del pleistoceno. Un servidor se troncha de vez en cuando ojeando la revista Nosotras, auténtico vademecum de la memez con preservativo. Ya he señalado aquí alguna vez que si a algún grupete de varones se le ocurriera perpetrar el equivalente masculino de dicho panfleto, ardería Troya con los epítetos, que si machistas, que si retrógrados, que si tienen la inteligencia en el pirulín. Pero lo hacen unos cuantos listillos para atontarlas a ellas y todo son parabienes y mira qué progre y hay que ver qué total.
La última joya de la revistilla de marras viene esta misma semana en forma de artículo (?) titulado ¿Eres ecosexual?... practica el sexo ecológico. Reconozco mi morbosa perplejidad al leer el título, título que también serviría para alguna publicación de secta católica ultraconservadora que la emprendiera contra condones, cremas y aparatos a pilas para el orgasmo electrónico. Pero no, aquí el apareamiento se da propiamente entre el catecismo del sexo chachi y el sector más tontaina del ecologismo ecuménico, y está detrás nada menos que Greenpeace, lo cual ya te deja pensando que no hay con quien contar en este mundo perdido.
Resulta que, al parecer, Greenpeace se ha sacado de la manga diez reglas para el sexo sostenible, que no es lo que ustedes están pensando, sino la manera de darse al folleteo sin dañar el medio ambiente. Resumo dichas reglas, para general escarmiento.
1. Hacérselo con la luz apagada o de día, para no gastar energía eléctrica.
2. Si se manejan frutas para el menester amatorio, procúrese que no sean transgénicas.
3. No uses marisco como afrodisiaco, pues anda la fauna marina de capa caída y no está bien meter la gamba.
4. Nada de revolcarse en el jardín, pues puede haber pesticidas y fertilizantes distintos de los que tu llevas en los pies y ahí.
5. No uses lubricantes derivados del petróleo y empléalos naturales (?), tipo escupitajo.
6. Nada de accesorios penetrantes que lleven PVC.
7. Si os da por ducharos, hacedlo juntos para ahorrar agua.
8. Si os encamáis para el evento, mirad que la madera lleve el sello FSC, que no quiere decir “fornica sobre cama”, sino que la madera proviene de un bosque ecológicamente explotado.
9. Si jugáis a disfrazaros, hacedlo de Bush y del presidente de la Cumbre de la Tierra, aun a riesgo de que se os quiten por completo las ganas.
10. Y la que llaman regla de oro: Haz el amor y no la guerra. Mira qué original.
Alucino. No había leído cosa más tonta sobre sexo desde que salí del colegio de curas.
Si después de tanta regla aún sigue usted con ganas, enhorabuena. Pero puede que traiga más cuenta hacerse monje cartujo que montárselo con una dama que vaya con semejante reglamento en el canalillo. No me jodas: lo único que cabe decir. Tiene más morbo una misa en el Vaticano que semejantes catecismo para mindundis.
Y el caso es que se trata de una buena ocasión perdida, pues, ya metidos a comerle el tarro a la gente para bien del planeta, se nos podrían ocurrir unos cuantos consejos mucho más razonables. Allá van algunos.
a) Si follas en el monte, no dejes los condones colgados de los pinos, que están los bosques que parece navidad perpetua.
b) Si te lo haces en una solución habitacional de treinta metros, no grites de esas maneras, rediez, que las paredes son de papel y la gente tiene que dormir.
c) Si te va el rollo de los cueros, procura que sean sintéticos, que las pobres vacas no tienen la culpa de que a ti te ponga el látigo.
d) Si llevas compresas con alitas, no las siembres por el campo, pues ni vuelan pese a semejantes extremidades ni arraigan por muchas que siembres.
e) Por regla general, no tires las compresas ni los tampax por el water, que luego van todos a las redes de los pescadores de bonito.
f) Si te empecinas en la dichosa lluvia dorada, dile a tu pareja que no coma espárragos, que ese tufo es malsano.
g) Si en plena expedición táctil detectas silicona, no preguntes la marca ni el fabricante, pues te quedarás a dos velas y más solo que la una.
h) Si andas todo el rato con las bolas chinas para arriba y para abajo, búsca bolas autóctonas, o bolos, pues los chinos nos están haciendo competencia de lo más desleal.
i) Si te empecinas en remojar las partes de tu contraparte con algún licor, usa Don Simón y no malgastes de semejante manera el Möet Chandon, que hay gente que pasa hambre, hombre.
j) Si eres dado a la fotografía íntima, cuidadín con el flash, que tu pareja puede quemarse.
k) Si te encanta el porno, graba para esos momentos el debate sobre el estado de la nación, que para algo tiene que servir semejante despendole dialéctico.
Y la regla de oro: si eres cuarentón o más, hetero y amigo de zamparte un chuletón antes y otro después, no lo vayas contando por ahí, pues estás más anticuado que un político decente.

07 julio, 2007

GÉNESIS

Sobre la rama verde manos negras,
bajo la bóveda celeste ojos
como estrellas errantes
o como pájaros.
Desde las hondas selvas suben gritos.
Huele a sangre y a heces.
Trotan enhiestos los ceñudos seres
con sus retoños al hombro y en las manos
un dolor puntiagudo.
Ya hollaron sus pies las arenas del llano,
tomaron la cosecha de los gélidos ríos.
Ya van llegando al mar.
Un súbito temblor posee a las otras bestias,
pues al amanecer
la muerte acecha con ojos de sangre.

06 julio, 2007

Pactos de progreso

La diferencia más relevante entre este gobierno de pícaros y la oposición alelada que lo apoya sin querer está en el lenguaje. El gobierno y las cabezas a precio que le alivian la sequía ideológica llevan una ventaja apabullante en todo lo que tiene que ver con logos, marcas, eslóganes y nombres de las cosas. Un buen ejemplo, entre muchos, está en esa joya semiótica que encubre tantos encamamientos contra natura, los “pactos de progreso”. Para gobernar una comunidad autónoma o un ayuntamiento se juntan los del PSOE, su apéndice más íntimo, IU, un partido nacionalista de boina interna, una coalición de amos de casas (de las casas que construyen) y la confederación de bedeles baturros unidos por Dios y por la pela, y a semejante contubernio propiamente innombrable lo llaman pacto de progreso. La razón de fondo es siempre la misma, trincar coches oficiales, colocar a un par de docenas de cuñados sin oficio ni beneficio y deleitarse en el ejercicio de las competencias de urbanismo, no vaya a creerse el PP que tiene el monopolio del pelotazo hormigonado. Pero el nombre mola un montón, pacto de progreso.
¿Progreso en qué? ¿Progreso de quiénes? Ah, eso es justamente lo que oculta la etiqueta, lo que esconde el envoltorio semántico. Hay palabras con connotaciones mágicas y efectos hipnóticos, vocablos que no cuentan por lo que significan, sino por su pura sonoridad, y la de “progreso” es una de ellas. En tiempos, “progresista” era el antónimo de reaccionario, pero luego “progreso” y sus derivados fueron mutando hasta convertirse en nociones-pegatina. Uno de los hitos de tal evolución se dio en las escuelas, donde, de la mano de los pedagogos más tarambanas, la expresión “progresa adecuadamente” se utilizó para equiparar al infante aplicado y al pequeño cantamañanas descarado, zángano y con móvil de última generación. A uno le cuentan que la criatura de sus entrañas progresa adecuadamente en la escuela, y eso significa que todo va bien, aunque el jodido chaval no sepa hacer la o con un canuto y se pase las horas puteando a los maestros y tirando pedorretas. ¿Qué tal tu hijo en el cole? Progresa adecuadamente. ¿Y el tuyo? Lo mismo, hija, da gusto, qué suerte hemos tenido. A este paso acabarán de concejales, qué ilu. Concejales de progreso, casi seguro.
Luego vinieron los locutores deportivos y el progreso llegó al fútbol. Cuando el lateral, que antes se llamaba defensa, sube por la banda a millón el metro recorrido, ya no se dice que sube, avanza, corre o pierde el culo, sino que progresa por la banda, de la misma manera que lo que lleva entre las piernas ya no es un balón, sino un esférico. Así y poco a poco, el que contempla el partido con sus gordas posaderas bien asentadas y sudorosas en el sofá de Ikea no sólo se siente deportista de pro, sino partícipe privilegiado en un saber esotérico que tiene su propia jerga para iniciados.
El paso a la política estaba cantado, pues ya se sabe que el buen político se deforma en la escuela y consolida su vocación en el estadio. Basta adaptar levemente la terminología y el éxito va de suyo. En lugar de esférico se dice consenso, en lugar de carrilero, secretario general y en lugar de progresar por la banda se forma una banda y a progresar. Eso sí, lo que se hable hay que hablarlo pausado, como Zapatero, nuestro Demóstenes de peluche, y Fernández de la Vega, barbie con veneno en los pliegues. Importantísima esa lentitud de rumiante: “Vamos... (dos segundos) a establecer... (dos segundos)... un pacto... (tres segundos) de progreeeso" (largo silencio y mirada al vacío, como en un éxtasis místico). Y el espectador se va durmiendo, acunado por las pausas, aletargado por la monotonía. Y le meten a uno lo que quieran, el pacto de progreso, el proceso de paz o la lista de los reyes godos. Nanas para adultos, adormidera para votantes que aún mean las sábanas.
¿Qué es lo contrario de un pacto de progreso? ¿Un pacto de regreso? ¿Un pacto de retroceso? Qué dudas tan bobas. Es como si nos preguntamos que es lo contrario de un hipo o de una tos. No hay ni antónimos ni sinónimos, lo que importa no es la letra, sino la música. Es como si uno se topa al toro y la vaca apareándose con afán y le da por decir que están haciendo el amor. Qué amor ni qué leches de vaca, sobran las palabras, salvo que se trate de describir en serio el acontecimiento, cosa que no es plan, pues se nos jode la poesía. Pues lo del pacto de progreso, lo mismo, coyunda para darse gusto y hacer engordar la faltriquera, por mucho que lo ponga en endecasílabos el mismísimo César Antonio Molina, poeta premonitorio que en su poema “Olvido necesario” escribió aquello de “nunca tan altivo como a la hora del hundimiento”, o en aquel otro titulado “Juncos” ya parecía verlas venir cuando decía “Cómo quisiera no imaginar/ a aquél que desconozco./ Cada uno debajo de su duna/ y el sagrado simún sellando todo”.
Los del PP van a lo mismo, qué duda cabe, pero a ellos les desertan los poetastros y sus intelectuales de guardia se pasan la vida buscando lemas que rimen con España y, para colmo, sólo se les ocurre maña y caña, y acaban deslizándose por la cucaña. Pactan en Canarias, por ejemplo, y al pacto lo llaman nada más que pacto y se quedan tan oreados, como si hablaran para gente normal y despierta. Están tontos.

05 julio, 2007

Lataratos

Mucho me tranquilizó leer en un reciente número del cultural de ABC, creo, una andanada, puede que de Ignacio Fernández de Castro –no estoy seguro tampoco de esto- sobre los mitos y los cuentos sobre los que se eleva el arte contemporáneo, mezcla de impostura y propaganda. No encuentro ahora esas páginas y siento no poder copiar aquí unos buenos párrafos.
De ese arte entiendo bien poco, ni voy a entender jamás, salvo que decida ponerme estupendo y tirar p´alante. Pero la literatura sí me interesa y he de confesar que cada día se me atragantan más los autores del canon actual, que me temo que está hecho también a golpe de confabulación crítica y mamoneo editorial. Se me atoran muchas obras de las que se dicen imprescindibles y dejo cada vez más libros a medio leer. Al principio me desasosegaba y me daba complejo ese proceder. Ahora simplemente me cabreo y ya no me da corte ante mi mismo.
El último caso lo estoy sufriendo con una novela de César Aira, prolífico y muy promocionado autor argentino, del que suelen afirmar las crónicas que es inclasificable, como si eso fuera ya una ventaja. La pieza se titula Las noches de Flores y tiene sólo 140 páginas en edición de bolsillo y letra bien legible. Es lo más legible, el tamaño de la letra. Noche tras noche leo cuatro o cinco páginas y o bien me cabreo o bien me duermo; o ambas cosas. Y no es la primera obra de este autor con la que acabo sumido en la perplejidad y la impaciencia más feroz.
Trata de un matrimonio entrado en años que en plena crisis económica argentina se dedica a repartir pizzas a domicilio y lo hace a pie, no en motocicleta como sus jóvenes compañeros. Trata de eso supuestamente, pero, en realidad, de todo y de nada. Porque se dice que han ocurrido cosas –un secuestro, una investigación policial, un fiscal atareado-, pero ése es el trasfondo, ya que las páginas van pasando como si un miope contemplara sin gafas una realidad que se le escapa. Ni chicha ni limoná. Puede que su arte, para mí tan incomprensible, radique en el aire de improvisación. Demonios, eso sé hacerlo hasta yo, si me pongo. Pero me daría corte y de mi escrito nadie diría que qué bien, vaya prosa y qué ignotas profundidades se adivinan bajo la superficie superficial.
Creo que el procedimiento es tal que así. Usted piense cualquier cosa para echar a andar e ir emborronando páginas. Por ejemplo, que un hombre camina bajo la lluvia con un paraguas azul y demasiado grande. El hombre va recordando que de pequeño tuvo un paraguas verde que le regaló su tía Maruja y que su tía murió de susto al encontrarse una cucaracha en el bidé. Luego échese unos párrafos glosando las sensaciones de la cucaracha mientras se ahogaba cañería abajo y, ya que estamos con cañerías, cuente que había una vez un fontanero que vivía obsesionado con las tuercas y las coleccionaba de todos los colores, tanto que su mujer lo dejó porque pensaba que al señor le faltaba un tornillo. Y después esa señora emigró a la Tierra del Fuego, donde pretendía aclimatar los geranios que se había llevado de casa, pero se le morían y llamó a un jardinero experto, del que se enamoró porque era bizco y le recordaba a un tío político suyo al que adoraba de pequeña porque le cantaba tangos mientras le tocaba las nalgas. Y acabe con que deja de llover y el paisano aquel del principio cierra su paraguas y entra en el supermercado a comprar unos bastoncillos para limpiarse los oídos. Entremedias, márquese unas reflexiones aparentemente sesudas sobre cómo la televisión aliena al pueblo porque lo tiene todo el rato pendiente de las noticias del tiempo, y sobre la incomunicación entre los del Norte y los del Sur. ¿El Norte y el Sur de dónde? Da igual, se trata de darle a esa joya literaria un tono ensayístico y reflexivo, para hacer patente que son ficticias las fronteras entre los géneros y tal y cual y esto y lo otro.
Ya imagino las críticas. La nueva narrativa argentina –o leonesa o compostelana o riojana- ha roto con el boom a base de una construcción fragmentada que toma posesión de una realidad polivalente y abstracta que desubica al lector para hacerlo sutilmente consciente de los influjos policéntricos que adornan su ser-en-sí que no es más que un ser-para-los-otros-pero-en-soledad y sobredetermina la aspiración expresiva que se acompasa con el descarte de lo inmediato y lo concreto para elevarse a una improvisada inmanencia de lo intempestivo inminente. Con un par de críticas así en el Babelia y en unas cuantas revistas para masocas, y con que tenga usted una prima que siempre le amó en secreto y que le hace el trabajo sucio con el editor, ya va lanzado para el nobel y le traducen al catalán y al checo.
Se impone el retorno a Corín Tellado y a Marcial Lafuente Estefanía, al paso que vamos. Antes, esta misma noche, me voy a leer un par de prospectos de medicinas y las instrucciones en japonés de mi nueva lavadora, y me dormiré perpetrando unas tesis sobre las relaciones entre estética de la recepción y que te den por la hermenéutica. Y mañana me llevo la noveluca al Musac y me duermo en mitad de una sala vacía llena de arte, para que todos piensen que estoy instalado y se vayan arrepentidos por no haberse atrevido a interactuar conmigo, ya que estamos.
Manda güevos.

04 julio, 2007

Bandidos

Otros, los que alimentan a los cerdos,
pierden la vista paulatinamente,
y lo mismo sucede con los cerdos,
incluso algunos nacen ya sin ojos
.
Julio Martínez Mesanza
“La torre y los cerdos”
Soy en mayo (Sevilla, Renacimiento, 2007, p. 103)

No he prestado atención ninguna al debate sobre el estado de la nación. ¿Qué nación?, por cierto. Bueno, la que sea. El caso es que uno tiene que velar por su paz interior y que mantener a raya la bilirrubina cuando te miro y no me miras. Pero no he podido evitar que la radio me metiera algún fragmento en la cabeza o que los periódicos me impusieran sus resúmenes, pese a que hoy he ojeado pocos y poco, a posta. Así que me he enterado, a mi pesar, de que Rajoy la tomó de nuevo con la política anti-para-por-según ETA y que le dijo a Zapatero que era un tipo mentiroso, tramposo, esquinado y de mala fe. Craso error. Estos mantas del PP no aprenden que el pueblo llano sólo se allana a que les hablen de la nueva cosecha de Ribera o de que estamos colonizando Liverpool con unos tipos hábiles con los pies y que allí pasan por españoles sin tacha. Y, como viene siendo habitual, Zapatero se llevaba en lugar de las ideas un precio y en lugar de la política un escaparate de rebajas, y ha puesto a todo el mundo feliz y contento porque va a subvencionar el parir del pueblo. En adelante, cada miembro de la familia Botín que procree se va a embolsar unos euros a costa de todos y para que los españoles seamos muchos antes de saber si somos españoles o qué leches.
Me encanta la justicia distributiva y me declaro ferviente partidario de esa humanista manera de favorecer a los más desfavorecidos. Si uno fuera españolito con vocación de rebaño, andaría hoy comentando con su parienta que mecachis, por qué no habremos esperado un mesecito más para abandonarnos al apareamiento sin aditamentos, y así habríamos trincado este aguinaldo por nuestra pequeña Elsa. Que no lo necesitamos, ya lo sé, y que mejor estaría gastado en becas para los más menesterosos, pero que, ya que lo dan así por el morro y sin reparar en ingresos, mira qué pena que nos quedemos por tan poco sin la pedrea infantil.
Pero voy al otro tema, al de Rajoy dale que te pego y empeñado en hacerle la radiografía moral a la lapa de la Moncloa. Está tonto el gallego, la verdad. Esta gente no aprende que hay cosas que no se deben decir, porque el pueblo no está para sinsabores. Que Zapatero miente como un bellaco es verdad que nadie duda, y los zapatistas menos que nadie. Que es más tramposo, falaz y felón que una pandilla de alacranes haciendo pacto de gobierno con una familia de camaleones, nadie en sus cabales lo discute. Que vendería hasta a su abuelo bueno por un ratito más en el sillón lo saben hasta los negros (con perdón). Pero, carajo, una cosa es saberlo y otra cosa andar proclamándolo por ahí para general indignación contra el vocero. No queremos saber, ¿vale? Pues ya está.
Por lo poco que hoy he leído y escuchado, el personal se ha puesto furioso por semejante sarta de verdades a quemarropa y tan atinado diagnóstico de nuestro gran timonel. Pensarán los desavisados que son los del PSOE los que se indignan al verse con ése su culo al aire, pero no es así, el malestar es general, suprapartidista y apolítico. Pues nos tocan la fibra íntima y hasta nos agitan el genoma nacional con esas imputaciones. Dígamoslo bien claro y sin tapujos: lo que más nos gusta de Zapatero es precisamente que sea así, un gandul, un piernas, un pícaro de tres al cuarto. Es más, en estos tiempos él es el único que hace nación, que nos hace nación, que aglutina el sentir colectivo y nos recuerda las señas de identidad que nos unen. Que no nos lo toquen, que es nuestro, que es la síntesis de lo peor de nosotros que más nos gusta. Que nadie lo toque, que lo dejen tranquilo y no lo provoquen, ese toro bonito ya nacio pa sementar.
La historia viene de largo, pero quedémonos en lo que todos podemos recordar. Franco aguantó cuarenta años en el pedestal porque aquí no se le oponía ni el dos por ciento, por mucho que ahora el antifranquismo se aplique con efectos retroactivos. Lo que nos hechizó de Suárez fue su condición de perjuro y su habilidad para cambiar de camisa con cara de no romper un plato. Calvo Sotelo no nos emocionó lo más mínimo, pues parecía hombre de una sola cara y de palabra única, además de ser leído, que eso sí que no se perdona. Luego fuimos aprendiendo a querernos así como somos y cuando González nos metió en la OTAN porque estábamos en contra nos rendimos a su maestría para cambiar de baraja en plena partida. Llegaron los GAL y miramos para otro lado porque gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones. Más tarde, ya poseídos por la conciencia de nuevos ricos, nos extasiamos ante el vil pelotazo y todos soñábamos que un día nuestros hijos serían como Mario Conde. De Aznar nos gustó que estaba sin pulir y que llevaba en los bigotes la determinación cejijunta de la Meseta en agraz; hasta que se lo creyó y empezó a fastidiarnos. Ayer mismo, casi todos los pueblos que tenían alcalde procesado, o en vías de tal, por corrupción urbanística, lo reeligieron por amor a la perseverancia. Antes, va un independentista catalán, hijo de guardia civil aragonés, a Perpiñán a decirles a los etarras que no maten en la tierra de la que come y que en otros lugares allá se las compongan, y consigue en ella unos resultados electorales que ni soñaba. Y así todo el rato, mil y mil casos. ¿Cómo no vamos a querer a Zapatero, que es de los nuestros?
Sólo Luis Candelas, Pasos Largos o el Tempranillo podrían hacerle sombra a nuestro Talante Cazurro. O tal vez firmara con ellos un pacto de progreso, y todos contentos.

03 julio, 2007

¿Esto es la guerra o qué?

Se nos queda cara de tontos cuando les ponen bombas a los soldados españoles en Líbano o cuando lanzan un coche con piloto suicida contra turistas en Yemen. Eso a los ciudadanos, que ya no sabemos a qué carta quedarnos ni si son galgos o son podencos. Gran parte de la culpa la tienen los políticos, los del mundo y los de aquí mismo, enzarzados en estériles debates conceptuales y poseídos por el eufemismo, haciéndose cruces unas veces porque las víctimas sean españolas, con lo pacíficos y pacifistas que somos aquí, y otras veces meneando el concepto de guerra para ver si sale que lo que pasa con el terrorismo islámico es cuestión bélica, no bélica o mediopensionista. Súmese a esto la mala conciencia de este Occidente, que ha decidido echarse sobre sus espaldas los pecados del mundo mundial y que cree que los principios de libertad y democracia valen poco más o menos para aquí y son causa, al tiempo, de todas las desdichas del planeta. Para colmo, tenemos la compasión desajustada y sentimos casi la misma lástima de las víctimas que de los verdugos. Que si son pobres, que si ignorantes, que si pelean por ideales que también merecen respeto. Mentira todo. Al fanático acabamos teniéndolo por idealista, al asesino por obnubilado, a los instigadores por resistentes, al nihilista por hombre de fe. Y ya se sabe que la fe va ganando día a día a la razón por puntos, y a veces por k.o. Somos como un boxeador sonado o como masocas empedernidos, nos pierde la admiración por lo primitivo, nos seduce la elementalidad de las almas más degradadas. Y así nos va. Y lo que te rondaré, morena.
Puestas así las cosas, ya no concebimos más alternativas que las extremas. Unos, los bienpensantes, las almas cándidas imbuidas de un pseudohumanismo decadente y dimisionario, no se apean del todo el mundo es bueno y del algo habremos hecho para merecer esto. Otros, nuestros propios primitivos, hacen la guerra por su cuenta y la hacen sucia, como el amigo americano. ¿Qué nos queda?
El País dedica hoy un editorial al atentado de Yemen y concluye con un párrafo que acaba en una frase enigmática, que subrayo: “El ataque de ayer parece cambiar radicalmente el guión. En una estrategia planetaria que parece tener raíces inequívocamente comunes, aunque se manifieste en escenarios y circunstancias diferentes, el coche bomba no aguarda ya solamente a tropas no combatientes, como en Líbano, o se estaciona en calles céntricas de Londres. Espera también a inofensivos turistas que acuden a visitar en Yemen el mítico reino de Saba. Sería suicida que los países democráticos en general y España en particular no sacaran las conclusiones pertinentes”. ¿Qué habrá querido decir el editorialista de este medio tan poco dado a creer –quizá por fortuna- en el choque de las culturas y tan poco crítico con la alianza de civilizaciones?
Si se trata de interpretar esa insinuación o de proponer, modestamente, nuevas estrategias para enfrentarse al animal sanguinario poseído de sagrado celo, ahí van algunas opiniones.
En el plano interno, el de los Estados y organizaciones internacionales de esto que llamamos el Occidente liberal, parece de cajón que va haciendo falta reforzar el empeño ideológico, ratificar con mayor esmero los principios en los que supuestamente creemos. Si creemos en las libertades, si creemos en la democracia, si creemos en la justicia social y los derechos sociales, ratifiquemos todo esto con la cabeza bien alta y sin complejos y vayamos culminando tales tareas en lugar de abandonarnos a la melancolía y la duda. Respeto a todos, justicia y equidad para todos, pero manos a la obra y basta de penitencias de fariseos. No puede ser que aquí nos empeñemos, con toda razón, para conseguir la igualdad entre los sexos y que, al tiempo, transijamos con el machismo de chilaba y alfanje. Si nos preocupa que todos los ciudadanos del mundo tengan de qué comer y con qué alimentar en libertad sus espíritus, no más concesiones a las cleptocracias de jeques, ayatolás y dictadores que se escudan en la religión para hacer de su capa un sayo y para mantener a sus poblaciones en la indigencia y la más cerrada ignorancia. Al pan, pan y al vino, vino y que ni el uno ni el otro le falten a nadie que los quiera.
Aquí dentro hasta hacemos penalmente punible la negación del holocausto –asunto con el que no estoy de acuerdo, pero no es ése el tema ahora- o la incitación al odio racial, pero les reímos las gracias a gobiernos que elevan a doctrina oficial dicha negación o que ponen su principal objetivo en la eliminación completa de otro pueblo, otro Estado o la civilización occidental por entero. Aquí mantenemos a raya a la parte más retrógrada y antidemocrática de nuestro catolicismo –no todo él es retrógrado, pero una parte sí-, pero cuando el retrógrado va con turbante nos ponemos multiculturalistamente respetuosisimos. Aquí al que sueña con el retorno a teocracias y medievos lo llamamos facha y reaccionario, pero cuando otro se plantea lo mismo Corán en mano, invocamos la sacrosanta libertad de los creyentes. Cuando aquí una iglesia se rasga las vestiduras porque se admita el matrimonio homosexual o por todo lo que le parece una ola de libertinaje que nos invade, los ponemos en su sitio con cuatro frescas, invocamos la libertad de expresión y las otras y no dejamos que nos intimiden ni nos coarten, pero cuando los de Alá queman homosexuales o ahorcan actrices porno o no dejan que las señoras enseñen ni tanto así de la pantorrilla, nos da un ataque de relativismo cultural. ¿En qué quedamos? Si los principios de libertad que aquí consagran las constituciones y conquistan las sociedades día a día los estimamos buenos para nosotros, ¿a cuento de qué hemos de mostrarnos tolerantes con los que ni los quieren para los suyos ni nos los permitirían a nosotros si pudieran dominarnos?
Lo primero que hace falta es que coloquemos la religión –las religiones- en su lugar y que en ese tema dejemos de confundir el culo con las témporas. Mi condición de ateo tranquilo no me impide apreciar el componente poético, sublime, de la fe religiosa ni captar incluso los beneficios sociales que de ella pueden derivarse. Todo el respeto para cualquier confesión, por tanto, pero lo primero, el respeto para todos y cada uno de los seres humanos y para todos por igual. Y la libertad religiosa conviviendo con las otras, no suplantándolas ni arrinconándolas. Si se puede hacer caricatura de Cristo o de Buda, se puede hacer de Mahoma y no hay más tutía. Escrupuloso respeto a cada religión, pero en la medida precisa en que cada religión respete al que no cree o al que cree otra cosa. El principio de reciprocidad funcionando a pleno rendimiento. ¿Que usted considera que todos los que no comulguen con su credo son unos infieles que merecen el desprecio y hasta la muerte? Pues lo sentimos mucho, pero en ese caso aquí pierde usted, pues por encima de la fe trascendente de cada cual está la religión civil inmanente a esta sociedad, en la que se puede creer en libertad en cualquier libro sagrado y cualquier paraíso ultraterreno, con huríes o con angelitos asexuados, mas sin pisotear la vida y la libertad. Usted sálvese como quiera, coma cordero o marisco, beba güisqui o pepsi-cola, rece de cara a la Meca o peregrine a Lourdes, pero no le toque las narices al prójimo. Se acabaron las Cruzadas, las de ida y las de vuelta. Y contra el reticente, la legislación vigente. Ha costado sangre, mucha sangre, domesticar a nuestros profetas y abolir inquisiciones. Así que no vamos a volver a las andadas, ni nosotros ni nadie. Y el que no trague con estos mínimos, ya sabe donde está la puerta de salida. A predicar al desierto, que mola más y puntúa el doble.
¿Y qué hacemos desde la política internacional con esos estados corroídos por la más salvaje irracionalidad? Entrar a tiros ni se puede ni se debe, y bien demostrado ha quedado, por si algún cafre dudaba. Mientras tengan gobiernos que aún intenten someter a la bestia, se les apoya con todos los medios legales y desde el Derecho internacional. Cuando con alguno ya no quede esperanza, se cierran las puertas y ahí os las den todas. No pasa nada porque en el mundo haya unas cuantas reservas en las que vivan juntos los que prefieren hacer el indio. Imaginemos que son gigantescos conventos de clausura. Pues clausuramos, y listo. Y no les dejamos ni viajar a Suiza a dejar sus oros negros, blancos o amarillos. Eso sí, si nos atacan aquí, nos defendemos, aunque nos cueste volver a tener ejércitos en lugar de ONGs especializadas en cruzar la calle a los ancianos. Y si algún rey o algún bufón de Corte se empeña en seguir riéndoles las gracietas a los ceporros del turbante, mandémoslo para allá a dorarse al sol de los desiertos. Para que sepa lo que cuesta un peine. Y lo que vale la libertad.

02 julio, 2007

Balbuceos en el foro

Estos días hemos podido oír fragmentos de las intervenciones orales de algunos de los abogados del caso 11M. Aterrador, en mi opinión. Y no por el tema, ciertamente trágico, ni por los contenidos que a cada uno le toca defender, sino por la forma. ¿Dónde ha quedado la buena oratoria forense?
Cualquiera que tenga una misma sensibilidad para las cuestiones del lenguaje vive permanentemente escandalizado y en pleno desánimo al escuchar a diario a los políticos que padecemos. Pero cabía esperar, ingenuamente, que los que viven de la abogacía y tienen en su capacidad retórica buena parte del destino de sus clientes se manejaran con mucha más soltura. Vana ilusión. Habrá de todo, ciertamente, pero lo común hoy en día es deprimirse al escuchar esas intervenciones entrecortadas, de tono mortecino, vocabulario ramplón y nula capacidad persuasiva.
¿Por qué hemos ido a parar a tan lamentable estado? Serán muchas las causas, pero supongo que entre ellas se encuentra, y en lugar bien destacado, el hecho de que en las facultades de Derecho continúa el predominio del empolle acrítico y se sigue inculcando a los estudiantes la torcida idea de que en Derecho la verdad no tiene más que un camino y que éste se ilumina con sólo abrir los códigos. A los estudiantes se les practica durante cinco años una especie de cirugía, consistente en abrirles la cabeza, expurgar de ella todo sentido crítico y cualquier capacidad analítica e implantarles leyes y reglamentos, como si con ellos bastara para convertirlos en juristas capaces y hábiles. Como se piensa que las verdaderas soluciones para los casos de Derecho aparecen por irradiación directa desde los textos legales, basta instalar éstos dentro del cráneo del jurista en ciernes para que, sólo con que éste ponga la vista sobre los hechos de un caso, el fallo debido se aparezca, igual que de la lámpara surge el genio de Aladino o a los partorcillos de Fátima se les mostró la Virgen. Cuestión de fe y de frotar, en este caso el código. No hace falta pensar, no es necesario razonar, sobran las reflexiones y los argumentos, es suficiente abandonarse y escuchar el latido de la ley, de la misma manera que la medium sigue con la vista la ouija hasta que se posa sobre el nombre del bisabuelo. Usted, ya todo un juez, se pregunta si esto que tiene entre manos es homicidio o asesinato, y una voz que nace de las honduras y del espíritu de la ley le sopla en la oreja: ¡asesinatooooo! Y ya está.
Así que la formación jurídica es eminentemente esotérica y básicamente consiste en la deglución y digestión de libros sagrados, en el aprendizaje de técnicas espiritistas varias y en la progresiva anulación de la capacidad de raciocinio. No hay más que ver esos casos prácticos que nos ponían en algunas asignaturas –y que supongo que se mantienen en muchas- en los que planteaban unos hechos la mar de complejos y luego te pedían que dieras la solución. No que propusieras una solución bien argumentada y competentemente fundada en los textos legales, reglamentarios y jurisprudenciales y sazonada con consideraciones que pueden ir desde el sentido común hasta su opuesto, la estadística, pasando por la justicia, la equidad o los mil y un valores constitucionales. No, tenías que adivinar cuál era la única salida correcta, entendiendo por tal la que el profesor creía así, y teniendo en cuenta que probablemente el tal profesor en su puñetera vida redactó una demanda ni resolvió un litigio ni planteó un recurso ni leyó más de media docena de sentencias ni se da cuenta de que sabe tanto de práctica jurídica como usted de física nuclear: nada.
Y pasa lo que pasa. Estas víctimas de nuestras facultades se colegian y el primer día que les dicen defienda usted a Mengano susurran treinta y tres. ¿Cómo que treinta y tres? Sí, el artículo treinta y tres. Su defendido lo mira, el fiscal también, el juez lo mismo, y el abogadete recuerda a sus profesores, piensa en Ticio y Cayo y no sabe qué más decir. Pero arguméntelo, hombre de Dios, le ruegan. Y entonces, cayendo de la burra, comienza el hombre esa simpática perorata que tan bien conocemos los profesores de hoy: esto es por ejemplo que si uno mata a otro... Salvo que se haya pasado sus añitos preparando judicaturas o notarías por darle gusto a la family, en cuyo caso recitará en treinta y tres del derechas, del revés y en decúbito supino.
Y así vamos. Aunque ahora con lo de Bolonia y el portafolios bien limpito que cada estudiante va a llevar para hacer los deberes, se va a arreglar, seguro. Tal que así:
- A ver, tú, Borja Alejandro Ortiz de las Batuecas y Alcanfor, ¿qué opinas de ese asesinato que viene hoy en el periódico?
- ¿En qué periódico, profe?
- En todos.
- Ah, pues no lo he visto, porque esta mañana tenía esgrima y luego natación.
- Pues mira, yo te cuento: un marido mató a su mujer de tres puñaladas, y todo por los celos. ¿Que opinas?
- Que eso no se hace, profe, que está muy mal.
- Pero ¿en qué tipo penal encajaría?
- Supongo que un tipo más bien delgado, profe, tal vez con bigote.
- Concreta un poco más, Borja Alejandro.
- Es que no he visto la foto profe.
- Bueno, por hoy vale así.
- ¿Qué tal lo he hecho, profe?
- Bueno, no ha estado del todo bien, pero al menos has captado el fundamento ético de la punición de esos comportamientos.
- Gracias, profe. Le preguntaré a papi, que es notario, qué quiere decir eso de la punción.
- Pregunta, majo, pregunta. De momento tienes un notable. Dale recuerdos a tu papá y dile que ya nos veremos el sábado en el club.

01 julio, 2007

Ejército y crema pastelera.Por Francisco Sosa Wagner

Hay que ver la de vueltas que es necesario dar para llegar más o menos al mismo sitio. Viene esta tonta reflexión a cuenta del triste asesinato de unos militares en el Líbano, de unos soldados que cobraban un sueldo por trabajar en una empresa que se llama Ejército: de tal a tal hora, guardias, retenes, vigilancias, participación en esta o en aquella acción, vacaciones, etc. Esfuerzos y desvelos llevados a cabo por dinero, nada que ver con esas milongas que proclaman los políticos, magos en el uso de las palabras gastadas y vacuas, artistas de esa hipocresía que a fuerza de batirla acaba convertida en merengue averiado.
Ese era el Ejército que hemos querido muchos: un Ejército profesional, adiós al servicio obligatorio, una antigualla de la más oscura reacción. Lo suprimimos y nos creíamos modernos, justos y benefactores. Si, además, eliminábamos una molestia a nuestros jóvenes, mejor, porque los jóvenes lo merecen todo, tanto es así que en la Universidad los rectores les “compensan” asignaturas en las que han sido suspendidos con otras que han superado en un alarde de condescendencia que sería un delito si la demagogia estuviera acogida en el Código penal.
Olvidábamos con esta forma atolondrada de decidir que el servicio obligatorio fue una aspiración igualitaria y por eso hoy un intelectual tan poco sospechoso de conservadurismo como Chomsky sostiene que es más justo para los pobres y las minorías. La razón es clara: las clases acomodadas no apoyarían las guerras si pensaran que sus hijos podrían ser reclutados para morir en ellas. Recordemos ahora quiénes han muerto en el Líbano: unos españoles humildes y unos extranjeros inmigrantes que buscaban su sustento enfundados en el uniforme de un país extranjero.
Cuando hablamos con tanto desparpajo de lo que es “progreso” (maestros como somos en los pactos precisamente “de progreso”), este ejemplo de lo que sucede con el Ejército profesional nos debería llevar a meditar acerca de nuestros alocados prejuicios y a sopesar esas afirmaciones que se acaban tambaleando al menor soplido. Pues ahora resulta que no era tan “progre” defender la abolición del servicio militar sino que se ha tratado de un ardid destinado a librar a los hijos de los burgueses de una molestia. El tiempo empleado en el cuartel es más productivo con una moto de gran cilindrada o en una noche de botellón.
Tal forma débil de razonar que llevamos en la solapa como la flor de ese gran banquete que es nuestra vida descuidada y voluptuosa, es a la que podemos identificar como el pensamiento “crema pastelera”.
Recordemos que, cuando termina el siglo XVII, la situación del Ejército español era calamitosa, por eso Felipe V intentó el reclutamiento obligatorio a través de las quintas, poco efectivas porque los soldados desertaban con la eficacia del alma que lleva el diablo. Este sistema de levas resultó insuficiente y llevó a los “asientos privados” para el suministro de soldados: el rey contrataba con un “asentista de hombres” la formación de los regimientos y extendía, firmados, los nombramientos de oficiales que rellenaba a su capricho el asentista (todo esto lo ha estudiando Andújar Castillo en un libro apasionante). Al final, el soldadito cumplía sus funciones o no, en función de la diligencia con la que era retribuido. Es en el siglo XIX, con la creación del Estado nacional, cuando se empieza a establecer la conscripción obligatoria que, sin embargo, liberaba por dinero a los pudientes. La aspiración democrática consistiría en eliminar estos privilegios.
Ahora, por el camino del progreso, volvemos al Antiguo régimen: el rico hace oposiciones a notarios o consigue un empleo en la Caja de Ahorros, y el pobre y el inmigrante se alista en el Ejército. Y muere en lueñes tierras.
Y así, envueltos en este pensamiento pastelero, pasamos la tarde. Con la conciencia tranquila.