13 septiembre, 2011

Mientras no seamos así no tendremos universidad decente

Andaba esta mañana hojeando números atrasados de algunas revistas importantes de mi especialidad y fui a dar con el tercer volumen del número 23 de la que se llama Ratio Iuris, correspondiente a septiembre de 2010. En las últimas páginas del índice me encontré con un título que me resultó raro, Announcement, y allá fui a fisgar de qué se trataba. Mereció la pena. Abajo, al final de la entrada, les copio entero ese texto.

Resulta que tres importantes profesores de teoría del Derecho, entre ellos Enrico Pattaro, director de la mencionada revista, fueron los editores de un importante tratado de filosofía del Derecho en varios volúmenes. En el volumen sexto un profesor relativamente conocido, Martin Stone, había escrito un capítulo sobre “The Nature and Significance of Law in Early Modern Scholasticism”, treinta páginas en total. Pues bien, ya con el libro en la calle, se descubrió que gran parte de esas páginas eran puro plagio. No plagio de una sola fuente, sino de diez trabajos distintos de otros autores, todos los cuales se enumeran en la nota que estoy comentando. Lo que ahora hacen los firmantes es denunciar tal hecho, indicar de qué textos originales se realizó la copia ilícita, informar de dicho acto vergonzoso por todos los medios disponibles, tanto impresos como a través de internet, y encargar a otro autor la redacción de aquel capítulo, de cara a futuras ediciones de la obra.

Hasta ahí bien, pero no es muy grande la sorpresa, pues sabemos de sobra que hay mucho pirata camuflado de profesor de cualquier cosa. Como los redactores de la nota explican, ni ha sido esta la primera vez ni será la última. Pero, ah, amigo, al lector español que sepa de los males de nuestra corrupta universidad lo que le hace dar un buen salto en la silla es otro pequeño detalle, al principio de este texto que gloso. Pues en el segundo párrafo se da cuenta de que en marzo de 2010 la Universidad Católica de Lovaina, donde enseñaba el plagiario señor Stone, lo ha puesto de patitas en la calle, después de que la “Comisión de Integridad Científica” de la misma investigara los hechos del caso.

Eso ya es harina de otro costal. ¿Qué habría pasado si el dr. Stone enseñara en una universidad española? Se echaría tierra sobre el asunto, se culparía a la prensa si informaba del desaguisado, se tildaría de traidores y envidiosos a los colegas que denunciaran tamaña indecencia, se haría pasar tal denuncia por venganza política o maniobra contra el rector… Y el correspondiente vicerrector de investigación seguramente miraría para otro lado con cara de a mí qué me cuentan, silbaría tangos y, todo lo más, prometería una investigación a fondo para dentro de un año y luego se dejaría todo correr, correr y correr, sin mover un dedo más. Y el deshonesto, tan chulo y voceando por las esquinas que a él no lo llama plagiario ni su propia madre y que a ver si va a tener que darle dos bofetadas a alguien.

Así somos. Mejor dicho, así estamos por aquí. Ejemplos, a puñados. ¿Recuerdan aquel de los físicos orensanos sobre el que informó el Frankfurter Allgemeine Zeitung, pues hasta Alemania tuvieron que acudir los denunciantes, ya que aquí todo se encubría y ni los periódicos querían decir nada, con la leve excepción de El País, después de mucho porfiar? Aquí contamos el caso hace unos meses.

Años atrás, bastantes, cuando un servidor era un joven ayudante, hubo un profesor de aquella facultad que publicó en una revista de su especialidad un trabajo que había hecho un alumno suyo. Al alumno lo había calificado con un notable y le había dicho que estaba regularcito su escrito, pero luego esa lumbrera profesoral le cambió el nombre al artículo y lo publicó como propio. El alumno descubrió la cochinada y denunció al sinvergüenza. Se le abrió expediente y poco después se cerró el expediente: no había caso, dijo el instructor. Los hechos probados estaban probadísimos, hasta yo mismo vi el original y el plagio. Como conocía un poco a tal instructor, que era profesor asociado y tenía su empleo principal en el mundo de la Administración de Justicia, le pregunté amablemente por qué habían terminado así las cosas. Su contestación fue de esta guisa: “Hombre, tenemos que ser un poco tolerantes; al fin y al cabo, quién no ha plagiado alguna vez en su vida”. Con un par. Luego conviene tirar de la cadena.

Ya tienen que estar mal las cosas por estos pagos para que a uno a veces le apetezca hasta ser belga. Ya tiene que ser chunga la situación, no me digan que no. En un lustro más,envidiaremos hasta a los de el Congo.

Aquí les pego la nota de la revista:

I have never had the pleasure of meeting Mr. Martin Stone, but I have had the displeasure of coming up against the serious act of plagiarism with which he crossed my path. Here is how the story goes.

On March 8, 2010, Fred Miller, Jr., gave me some bad news he learned from the Katholieke Universiteit Leuven, namely, that Mr. Stone had had to resign from his position at that university when its Commission on Scientific Integrity discovered that Mr. Stone is tainted with a series of plagiarisms. One of these he committed contributing to Volume 6 of the Treatise of Legal Philosophy and General Jurisprudence—a volume titled A History of the Philosophy of Law from the Ancient Greeks to the Scholastics and edited by Fred Miller, Jr., in association with Carrie-Ann Biondi—a thirty-page chapter, the fourteenth, titled “The Nature and Significance of Law in Early Modern Scholasticism,” running from page 335 to page 365 of the same volume. The content of this chapter was judged positively by its editors. The point, however, is that that text was not written by Mr. Stone, but was copied by him, including some passages copied verbatim, from the following works:

  • (i )

Monahan, Arthur P. 1994. From Personal Duties towards Personal Rights: Late Medieval and Early Modern Political Thought, 1300-1600. Montreal: McGill-Queen's University Press, 1994.

  • (ii )

Pagden, Anthony, and Jeremy Lawrance. 1991. Introduction. In Vitoria, Political Writings, xiii–xxviii. Cambridge, Mass.: Cambridge University Press.

  • (iii )

Hamilton, Bernice. 1963. Political Thought in Sixteenth-Century Spain: A Study of the Political Ideas of Vitoria, De Soto, Suárez, and Molina. Oxford: Clarendon.

  • (iv )

Sánchez-Sorondo, Marcello. 1997. Vitoria: The Original Philosopher of Rights. in Hispanic Philosophy in the Age of Discovery. Ed. Kevin White, 59–68. Washington, D.C.: The Catholic University of America Press.

  • (v )

Brett, Annabel S. 1997. Liberty, Right and Nature: Individual Rights in Later Scholastic Thought. Cambridge, Mass.: Cambridge University Press.

  • (vi )

Griffin, Nigel, and Anthony Pagden, Introduction. In Bartolomé de Las Casas, A Short Account of the Destruction of the Indies. I, i–ii. London: Penguin Books, 1992.

  • (vii )

Beuchot, Mauricio, O. P. 1998. The History of Philosophy in Colonial Mexico. Washington, D.C.: The Catholic University of America Press.

· (viii) Costello, Frank Bartholomew, S. J. 1974. The Political Philosophy of Luis de Molina, S. J. (1535–1600). Rome: Institutum Historicum S. I.

  • (ix )

Doyle, John P. 1998. Suárez, Francisco. In Routledge Encyclopedia of Philosophy. Ed. Edward Craig, vol. 9, 189–96. London: Routledge.

  • (x )

Wilenius, Reijo. 1963. The Social and Political Theory of Francisco Suárez. Helsinki: Suomalaisen Kirjallisuuden Kirjapaino.

This was not the first time that deeds, or rather misdeeds, of plagiarism have taken place in the scholarly community, and certainly will not be the last time. As far as we are concerned (Profs. Miller and Biondi, as well as myself), we are trying to remedy the situation, as is appropriate in these cases.

In the first place, we are making the present announcement to the entire scholarly community.

In the second place, we are providing readers with the original sources from which the plagiarizing Chapter 14 of the Treatise Volume 6 is copied, thus making it possible to find those sources and quote them if they need to, and also assess Mr. Stone's plagiarism themselves.

In the third place, we have promptly notified the Treatise publisher, Springer, of this case of plagiarism, and we have put ourselves at the publisher's disposal to do whatever is in our power to make up for Mr. Stone's misdeed: This we are doing not only through this announcement, but also through any other initiative that may prove opportune, such as making this announcement available to appropriate websites and, even more so, providing in the future an amended edition of Volume 6 of the Treatise carrying a new Chapter 14 written by a scholar who, unlike Mr. Stone, should be impervious to the temptations of plagiarism.

We are at the disposal of the Treatise and Ratio Juris readers with respect to any request for further information they may have.

Faithfully,

Enrico Pattaro University of Bologna Editor-in-chief of A Treatise of Legal Philosophy and General Jurisprudence (Dordrecht: Springer, 2005–2011)





Fred Miller, Jr. Bowling Green State University Editor of A History of the Philosophy of Law from the Ancient Greeks to the Scholastics. Vol. 6 of A Treatise of Legal Philosophy and General Jurisprudence (Dordrecht: Springer, 2007)

Carrie-Ann Biondi Marymount Manhattan College Associate editor of A History of the Philosophy of Law from the Ancient Greeks to the Scholastics. Vol. 6 of A Treatise of Legal Philosophy and General Jurisprudence (Dordrecht: Springer, 2007)

12 septiembre, 2011

Intelectuales, cultura y unos chanquetes abajo firmantes

Hojeaba periódicos ayer en los aeropuertos y me encontré con alguno que daba cuenta de que unos cien intelectuales (igual eran noventa o ciento veinte, no me acuerdo, ni sé exactamente cuántos entran en un kilo) habían firmado una protesta contra los recortes del gobierno de Esperanza Aguirre en educación y la ampliación del horario del profesorado. Creo que no estoy de acuerdo con esas medidas del gobierno madrileño ni con el gusto generalizado por empezar el ahorro por los temas de educación, pero no es ese me asunto hoy.

Lo que me chocó, aunque parezca mentira, fue la lista de los dizque intelectuales de padre y muy señor mío. Había algunos profesores conocidos y otros que no me suenan, algún filósofo de guardia y supongo que un politólogo trabajando en el campo, eso es normal. Pero en la lista aparecían también los habituales paracaidistas de la (A)brigada Hoperativa: Miguel Ríos y Víctor Manuel, que yo recuerde ahora mismo. Creo que también estaba Joaquín Sabina, que como sabemos, es amigo de varios poetas, amén de cantante y compositor de magníficas letrillas. Esta vez no figuraba Almodóvar. Tampoco se mencionaba a Valdano o a futbolista en activo, ni siquiera a alguno con carrera, que también los hay, caramba.

Tiene bemoles lo de los intelectuales. Uno no lo será, ni de lejos, pero como algún despistado un día me insinúe que pueda un servidor andar en esas, le miento a la progenitora y lo mando al carajo. Porque cuándo se me ha visto a mí cantar, vamos a ver, cuándo. Tres o cuatro veces en algún karaoke con los amigotes, pero eso no me hace artista, ni compositor siquiera. ¿Cómo dice usted? ¿Que tampoco Víctor Manuel da conferencias ni escribe libros largos ni artículos cortos? Y a mi qué, oiga. Que se defienda él solo, que para eso tiene voz –si le queda- y una mujer dentona con cuyas mordisquillos bien dirigidos soñábamos de jóvenes más de cuatro. Por cierto que hará dos o tres años me la crucé en Barajas y estaba pequeñita y arrugadilla, tanto, que pensé que ya no me incitaría nada que volviera a cantar(me) aquello de “toca otra vez, viejo perdedor, sabes que me sienta bien”. Ni perdedor ni leches, que la toque su intelectual de romería.

Son raros los intelectuales propiamente dichos, si es que de tales especímenes aún quedan. Supongan que se organiza un manifiesto de cien fontaneros y que se les cuelan por el morro tres o cuatro profesores. Los sacan a gorrazos, desde luego, al grito de dónde han visto esos algo de fontanería, ¿eh? Si los que se hacen pasar por curritos del tubo son Miguel Ríos o Falete, ídem de lienzo. Si el manifiesto es de intelectuales y los que pretenden poner su rúbrica son fontaneros, limpiadores de fachadas, taxistas o mineros, tampoco se lo permitirán, incluso aunque alguno de ellos se hubiera autoeditado un libro de poemas o cante en las bodas con suma afinación. Cada oveja con su pareja, se diría en todos los casos. En cambio, en los panfletos de intelectuales salen cantantes de los que no constan lecturas ni escrituras, salvo las inmobiliarias. Y me pregunto: ¿eso eleva de condición a los cantantes y, en su caso, a las tonadilleras o directoras de cine manchego, o rebaja a los profesores y demás profesionales de la pluma? Ahí está el nudo y no sé desenredarlo.

También leía estos días sobre el jaleo que en mi tierra se ha organizado con el Niemeyer, en Avilés, que es un centro cultural o así que ha costado un pastón y que, por lo visto, tiene agujerillos abundantes de gastos sin justificar. Ni entro ni salgo en el fondo, del que no sé más que lo que cuentan los periódicos, pero resulta que si se echa un vistazo a las cosas culturales que se organizan en el mentado centro cultural, sale por ejemplo que ahora mismo hay una exposición de fotos de Jessica Lange. No digo de fotos que la retraten a ella, cosa que hasta podría ser escultura cuando la dama era jovenzuela y estaba para unos tientos, sino que la fotógrafa es ella y retrata lo que se le ocurre, qué se yo, aquí un amigo, aquí unos señores, más allá dos niños atándose un zapato. No sostengo que no sean fotos majas, no sé, pero me juego una merienda a que yo mismo (y usted no digamos) las tengo tan artísticas o más y con unos enfoques y unos ángulos que alucinan los avilesinos o los de Kansas City. Entonces, ¿por qué exponen las de Jessica y las mías no? Joer, pues por qué va a ser: porque las suyas son cultura y las mías son de un particular. Mis fotos son como el patio de mi casa, pero las de la señora Lange son de actriz, igual que si yo canto en la ducha o por ahí no me vuelto intelectual ni firmo junto a profes de la Pompeu o la Autónoma de Madrid, que son los más firmones de todo tipo de manifiestos, pero si nací en Mieres, canto que mi abuelo fue picador, soy directivo de la SGAE, que en paz descanse y, por tanto, izquierdoso total, pues entonces cómo no me va a dar un marcado aire de intelectual abajo firmante junto a todos estos. De cajón. Y manda cajones.

Ahora que lo pienso, a lo mejor nos estamos devanando los sesos para nada; o los sexos. Quizá se deba todo a la escasez. Que puesto que un manifiesto como es debido tiene que ser de cien, a lo mejor es que cien intelectuales propiamente dichos no se encuentran así como así y entonces meten de matute a los de la limpieza o a las churris de las gárgaras. Dicho sea con todos los respetos para los intelectuales propiamente dichos, que nadie se me mosquee.

08 septiembre, 2011

Sobre polvos y lodos.

(Publicado hoy en El Mundo de León. La noticia aludida sobre las faltas laborales del político leonés puede verse aquí. El asunto tiene una gracia que no se puede aguantar: literalmente insoportable)

Hay tantas varas de medir y tan distintas… Coja usted el periódico un día cualquiera, baraje las noticias y luego compare lo bien librados que salen los políticos que la pifian y cómo las pasan canutas los ciudadanos del común que metieron la pata o que simplemente tuvieron una mala racha. Es una discriminación atroz.

Les pongo algún ejemplo. Resulta que a un ciudadano francés un juez lo condena, en sentencia con ocasión de un proceso de divorcio, a indemnizar a la que era su esposa porque en lo sexual había cumplido muy malamente con ella, pues andaba desganado de su dama y descuidó lo del débito conyugal, con grave daño moral y fuerte cabreo de la hembra demandante. Aviados estamos, pero tengo para mí que al pobre diablo lo acompañaba un mal abogado. ¿Acaso pidieron peritaje sobre los méritos de la mujer y su estado general o es que hay que ir a ojos cerrados y caiga quien caiga? ¿Hubo prueba sobre si ella empleaba mimo para atraerlo o lo fustigaba con lengua viperina? Y, sobre todo, ¿por qué no se ponderaron las consecuencias futuras de una decisión de esta envergadura? ¿Van a poder ahora recurrir y solicitar compensación por las ganas pasadas los que casaron con mujer propensa a la jaqueca o educada en la reticencia ante el físico apareamiento?

Pero íbamos a lo de las comparaciones, no nos perdamos. Mientras ese pobre hombre ha pagado caros sus desfallecimientos conyugales, aquí al señor Lázaro Bayón le han salido gratis del todo sus gatillazos laborales y se ha ido limpio de polvo y paja. Mejor dicho, no se ha ido, sino que se ha venido, se ha venido al fin al puesto de trabajo en el Ayuntamiento con cara de aquí no ha pasado nada, quién no falta unos años al tajo sin que se note, vamos a ver, y por qué hay que enfadarse si uno siguió cobrando. Si al marchito esposo francés le hubiera tocado un juez como este Ibán García que don Lázaro tenía de supremo jefe, habría salido bien parado y hasta con una felicitación pese a no dar la talla. Los franceses no disculpan las noches sin polvo, pero aquí lo que mejor se perdona son los polvos que algunos echan a las instituciones y hasta lo ligeras de cascos que se vuelven las instituciones mismas. Luego dicen que por qué nos habremos arruinado.

Reflexiones elementales con ocasión de un viaje a México

Hace tiempo que vengo diciendo que a los españoles (y puede que a unos cuantos europeos más) nos estaba haciendo falta un baño de humildad y volver a poner pie a tierra. Parece que ya se presenta la ocasión y que en esas estamos, por las buenas o por las malas. Me sirve ahora de muestra, aunque sea modesta, este nuevo viaje a México o los que a América Latina he hecho en el último año y pico.

Hará mal el que venga por primera vez en aterrizar aquí con el ego subido, la soberbia disparada y las plumas de pavo real. Basta reparar en este pequeño detalle: estos países están creciendo, mientras los nuestros menguan; la economía marcha por estas tierras bastante boyante, la nuestra ya sabemos cómo anda; en las calles, o al menos en los ambientes no depauperados –que también hay, y muchos, todavía- se percibe optimismo, mientras que nosotros, allá, no sé cuándo nos vamos a curar la depresión y a quitarnos el desánimo. Los llaman países emergentes. ¿Cuál sería el calificativo apropiado para el nuestro? ¿Tal vez país en inmersión?

Van hacia arriba a toda velocidad, y de año en año se nota. Es la misma impresión en Colombia o en México, en Chile o en Brasil, y uno piensa dónde estarían si no tuvieran, algunos, el lastre de la violencia y de la gran delincuencia organizada, o a dónde irán a parar en cuanto lo solucionen, que lo solucionarán.

En las universidades y las instituciones se capta bien clara la diferencia, y en eso hace tiempo que insisto. Estudiantes, trabajadores del Estado y profesionales en general se apuntan con verdadero entusiasmo a todo tipo de cursos, hasta los de más abstracta doctrina. Vaya usted, en España, a contarles a sus estudiantes de Derecho que se organizan unas conferencias o que viene un profesor extranjero a hablar de no sé qué temas, o cuénteselo a jueces, magistrados y fiscales y espere que asistan. Espere sentado, a ser posible, salvo que se les pague o que el título les dé unos puntillos para algo, en cuyo caso dormitarán con despectivo rictus mientras disertan ponentes y expositores.

Permítaseme mi ejemplo de ahora mismo, sin que valga más que de eso, de ejemplo, uno de tantos. Cuatro horas hablo cada mañana, con una sola pausa de un cuarto de hora. Y allí están los cuarenta o cincuenta que se inscribieron a tiempo, personal de la Administración de Justicia, magistrados incluso, atentos, dispuestos a preguntar, deseosos de debate, sedientos de que se les informe sobre la última teoría o se les explique nuevamente lo que sostiene esta o aquella doctrina reciente. Créanme, no les miento: llevo dos días y a ni uno he visto dormirse ni bostezar. Y no porque mis numeritos sean muy entretenidos, que algo puede haber también de eso, para que me voy a poner modesto, sino porque ellos están interesados y con tales quimeras disfrutan y buscan sin parar la forma de aplicarla a lo que hacen. Intentan incluso que uno lea sus sentencias para que se las discuta y para debatir sobre ellas. ¿Imaginamos algo parecido en España? Imposible.

El futuro está aquí, si es que lo hay en alguna parte. La vieja Europa avanza con paso decidido hacia la decadencia. Tiene sueño, está hastiada, sucumbe a la pereza, se entristece si no le regalan las ventajas y los privilegios. Te pones a leer alguna cosa sobre los españoles que por oleadas vinieron, sea antes como “conquistadores”, sea luego como emigrantes y exilados, y te asalta la perplejidad al preguntarte cuántos de nuestros actuales conciudadanos tendrían fuerzas para hacerlo, para abrirse camino así. Poquitos. Echaríamos de menos a mamá, el cocido casero, la tele de plasma, la videoconsola y el médico amigo que nos regala las bajas laborales. No estamos ya para nada, se nos entumeció el cuerpo, se nos licuó el espíritu.

Desde hace una temporada, cuando un buen alumno despierto e inquieto me pregunta qué hacer o adónde ir, qué manera habrá de ganarse honestamente la vida trabajando lo que haga falta en lo suyo, respondo que vaya pensando en la emigración a cualquier parte y que, si no se le dan muy bien los idiomas o no soporta el frío, que considere América Latina. Aquí están construyendo sociedad y Estado. Vienen de muy abajo, pero avanzan imparables. España se cierra y anda en plena liquidación de existencias; o en derribo. Fue bonito mientras duró y bien que nos chuleábamos a base de turismo y griterío. Hasta aquí hemos llegado. A lo mejor son cosas mías, pero incluso en los aviones ha cambiado el ambiente. Vuelan menos españoles y, sobre todo, más silenciosos.

Sólo una cosa les falta o les faltaba por estos parajes para progresar debidamente, aunque ya la han captado gracias a Lula: un país sólo prospera cuando el Estado es capaz de ir eliminando la pobreza extrema, cuando hasta los más ricos, incluso ellos, se convencen de que también ellos vivirán mejor cuando los pobres sean menos.

Todo se andará. Recomiendo a quien pueda la visita calmada a lugares como Chile, Brasil, Colombia o México. Y no hagan caso de los miedos de abuela que en la madre patria nos infunden y con los que todavía, tontos, nos consolamos para sentirnos superiores: que si la violencia, que si los peligros, que si cómo se te ocurre y no salgas del hotel, que te pueden matar. Paparruchas. También en Madrid hay que andarse con cuidadito, y los extranjeros más. Y cada vez será peor.

PD.- Miren la foto de arriba. Han engalanado la ciudad y la llenan de luces con los colores de la bandera. Nosotros ya no tenemos ni para unas bombillitas en Navidad. El próximo día 15 celebran su fiesta nacional y están la mar de orgullosos y contentos. Lo nuestro... ¿cómo era lo nuestro? ¿Fiesta nacional? ¿De cuál nación? Somos pequeños y ridículos, sí, aunque una vez nos tocó la lotería. Y lo fundimos todo. Todo.

07 septiembre, 2011

Toluca al atardecer

Pues aquí ando, de nuevo por tierras mexicanas, y contento. En Toluca. Buena gente, buenos auditorios bien atentos, rica comida, interlocutores amables. Y falta de tiempo para explayarse en el blog con más historias. Así que ahí van cuatro fotos, nada buenas, del breve paseo de hace un rato, con luz ya escasa, por un centro sorprendentemente abierto y hermoso.
Otro día, más.

06 septiembre, 2011

Faenas matrimoniales

Cómo íbamos a dejar el tema sin comentario, aunque hayan pasado un par de días. Ya saben, porque ha salido en todos los periódicos: un señor francés de Francia, en concreto de Niza, ha sido condenado, con ocasión de un proceso de divorcio, a pagarle a su hasta entonces mujer diez mil euros porque llevaba años sin hacerle el amor como ella, al parecer, demandaba.Sí, diez mil euros.

Una sentencia revolucionaria, sin duda, y como empiecen a crearse precedentes de estos se va a armar gordísima. Porque ya saben que en Francia y en todas partes está lleno de hombres que sufren constantes ataques de jaqueca que los incapacitan para toda actividad física horizontal o inclinada, y que otros no han conseguido superar la estricta educación recibida en los colegios religiosos y abominan del sexo en general, aunque esté santificado y recomendado hasta por el confesor, o lo quieren solo cada tanto y a oscuras. ¿Y el dormirse noche tras noche ante la tele? ¿Y el no querer despeinarse porque se me van los bucles o se me corren las mechas o yo qué sé qué más inverosímiles razones para negarse al llamado débito o retrasarlo sine die? ¿Y si nos oyen los niños? ¿Y el estate quieta, que hoy duerme aquí mi madre y me da mucha vergüenza que se nos oiga suspirar? ¿Y los efectos terminales que sobre el deseo tienen algunas dietas a las que los varones somos muy dados, parecidos efectos a los que produjeron las previas cuchipandas grasientas que ahora hay que compensar con meses sin hidratos ni revolcones? Madre mía, como nos pongan a indemnizar por tanto daño moral y tanto cuasidolor de las partes de la contraparte, va a ser un no parar.

Me gustaría leer la sentencia, pero por desgracia no he podido verla. Sospecho que el pobre diablo ha tenido un pésimo abogado. Pero, sea como sea y tal como aparece la noticia en los diarios, la conclusión es pavorosa: hay que cumplir con la parienta sí o sí; y si no cumples, apoquina pasta. ¿Y si resulta que la tal señora se había puesto como una foca y había dejado de afeitarse el bigote y de darse jabón en las axilas? No me digan que también hay jambos que evolucionan así, porque de sobra sé que es verdad, pero aquí la condena no ha sido para una dama que rechazara al cerdo que tenía por esposo, sino para un pobre señor del que no nos consta si se había casado con un ser humano o con la mula Francis. ¿También hay que aplicarse con la que no pone de su parte? Y si se pasa el día gritándole a uno todo tipo de imprecaciones y enumerándole malamente los muertos, ¿también hay que perdonárselo todo en el tálamo? Y así sucesivamente.

Por otro lado, ya puestos los jueces a sentar y asentar esta complicada normativa matrimonial, convendría que la jurisprudencia fuera elaborando criterios fiables, más que nada para que cada cual calcule si el casarse le conviene o le aterra o si, ya casado, debe tomarse unas vitaminas o no. ¿Cuál es la frecuencia debida, la que no da lugar a condenas judiciales e indemnizaciones? ¿Cuenta el grado de satisfacción de la demandante o la cosa va a tanto alzado y sin entrar en más detalle? ¿Y la calidad de la prestación? ¿Se penaliza la ausencia de juegos preliminares o más bien es su presencia lo que perjudica, en caso de que la dama sea presa de la ansiedad y vaya perdiendo la paciencia mientras el otro se recrea en los pasos del manual? ¿Va en proporción a la edad la exigencia judicialmente respaldada o ha de ser la prestación constante e idéntica aun con el paso de los años? ¿Hasta cuántos? ¿Sesenta? ¿Setenta? ¿Noventa y siete? Me refiero a los años ¿Descuenta del montante de la indemnización el hecho de que el hombre le haya regalado algún sucedáneo de tipo mecánico?

Por no hablar de los problemas de prueba. El pobre diablo francés, el muy mindundi, lo reconoció todo y alegó que andaba muy cansado esa temporada y que tenía que madrugar mucho. Capullín. Hoy, hombre sincero es hombre muerto. No olvidemos el viejo principio de que el que demanda prueba. ¿O ya se invirtió la carga de la prueba también en esta materia y no me he enterado? Aunque no sé, puesto cada uno a gestionarse las pruebas de cargo o de descargo, ya me imagino la cama matrimonial llenas de artilugios grabatorios, de micrófonos escondidos en la almohada y de cámaras ocultas en los clavos del crucifijo, y hasta vecinos llamados como testigos y expertos traídos para el dictamen, todo un evento local, los Pérez han quedado para un ayuntamiento carnal esta noche y eso hay que verlo, pues está en juego el patrimonio familiar y la fortuna de cada uno.

Me ratifico en mi repetida tesis. La vida matrimonial y familiar se está convirtiendo en un campo minado. Conviene ponerse a salvo. Ante los múltiples riesgos y las evidentes inseguridades de la relación legal y convencional, toca implorar la plena legalización del sexo mercenario. Al fin y al cabo, ya puestos a pagar, parece más lógico hacerlo por polvo echado que por polvo faltante. ¿O no? Mal están los matrimonios cuando el modelo de legalidad, orden, confianza y cariño acabamos viéndolo en las casas de putas. O de putos, eso es lo de menos.

04 septiembre, 2011

El tiempo encadenado. Por Francisco Sosa Wagner

Cuando parece que la inventiva española desfallece y se anega en nimiedades, aparece de pronto el estro redivivo que logra alumbrar un hallazgo de los que se asientan en los libros de historia.

El último se aloja en las normas laborales. Nunca pude pensar que en tales textos, insípidos y escorbúticos productos de la legislación, pudiera hallarse nada digno de atención. Y, sin embargo, la sorpresa ha saltado y yo la acojo y le doy la bienvenida.

En España se ha inventado el “contrato temporal encadenado”. ¿Quiere decir que quien tiene un contrato temporal, indignado por su precaria situación, se encadena como signo de protesta a los barrotes que sirven de protección al Palacio episcopal? ¿O a los de la Caja de Ahorros? En absoluto, lo entendemos mejor si lo llamamos “encadenamiento de contratos temporales”. Significan -si yo he entendido bien pues pudiera ser que esté disparatando- que los vínculos que ligan al trabajador con el empresario están concebidos en términos temporales -días, meses, lo que sea- pero se encadenan de manera que forman un continuum, una especie de ese perpetuum mobile que se oye en la música sobre todo en los conciertos de Año nuevo, gracias a la inspiración de Johann Strauss.

¿Nos damos cuenta de lo que esto significa? Nada menos que un desafío en toda la regla al tiempo, ese monstruo voraz, ese animal sin entrañas que se posa sobre nuestras vidas sin que nadie le haya invitado, y que nos devora, y nos pinta arrugas, y nos llena de canas, de ácido úrico, de mala leche ... El tiempo, musa de los poetas, ahora se halla vencido, como el pobre don Quijote cuando volvía a su aldea natal, pues que puede ser burlado y encadenado a sí mismo, lo que lo convierte en tiempo perpetuamente renovado, es decir, en la eternidad que todo lo disuelve (hasta el tiempo).

Estas paradojas me gustan mucho y me recuerdan la columna que escribía Josep Pla en la revista “Destino” hace años bajo el título genérico de “calendario sin fechas”. Él decía que era un contrasentido impuesto por el editor y, en efecto, sonaba a algo así como a unos Alpes sin Aníbal o a un juzgado penal sin unos buenos reos, pero lo cierto es que son un acicate para la imaginación.

Que es, entiendo, de lo que se trata. Porque las leyes laborales no creo que haya nadie en el mundo que se las tome en serio, fuera de los esforzados galeotes que de ellas viven, pues cada estación del año se aprueba por el Gobierno de turno su reforma pactada con estos y con aquellos ... (que siempre son los mismos): el otoño, la primavera, el invierno ... tienen la suya propia que acuden a la cita con la regularidad de las castañas, las cigüeñas o el pavo de navidad.

La imaginación a veces se reseca y, entonces, es preciso acudir al “más difícil todavía” de los trapecistas de circo que, en este caso, es el descubrimiento sensacional del “encadenamiento de los contratos temporales”, última moda de la próxima temporada.

Y aquí es donde viene mi inquietud porque la temporada dura poco, menos que esas semanas eternas que anuncia el Corte Inglés, y entonces si en invierno derogamos, como se hará, el “encadenamiento” y ya el tiempo vuelve a ser lo que era, apremiante, implacable, fugaz, pasajero, litúrgico ¿qué queda del nuevo contrato ligado al calendario sin fechas de Pla?

Si no se encadenan las reformas laborales y cada una vive su propio destino en lo temporal ¿cómo diablos se encadenan los contratos temporales nacidos bajo su cobijo? ¿quién corre detras de quién?

Contestar estas cuestiones exigiría encadenar esta sosería a la siguiente y eso son ya ganas de matar el tiempo.

01 septiembre, 2011

¿Universidad más cara?


(Publicado hoy en El Mundo de León)

Cada vez que oímos hablar de que suben las tasas que pagamos por algún servicio público, cunde la indignación. ¿Tan malo es que se pague por lo que del Estado se recibe y que, si sale gratis o está subvencionado, acabamos soportando entre todos? Depende. Bien estaría que nos acostumbráramos a los matices propios de un Estado social.

Pongamos el ejemplo de la educación universitaria. Con las tasas de matrícula, cada estudiante abona aproximadamente un treinta por ciento del coste de sus estudios. ¿El resto por cuenta de quién va? Del erario público; o sea, a nuestro coste, a costa de los que pagan impuestos. Nuestra propia universidad leonesa anda con graves problemas económicos, como casi todas las públicas. ¿Sería muy injusta una subida de las tasas? Veamos. Un equitativo sistema de becas debería proporcionar matrícula gratuita a quienes carezcan de medios económicos o los tengan escasos. ¿Y los demás? Los estudiantes de familias pudientes aportan ahora lo mismo que los otros; es decir, el Estado también los subvenciona a ellos. Cuando uno de esos estudiantes suspende reiteradamente, no es raro que esas familias lo manden a universidades privadas, donde el coste es diez veces mayor y de las que, a cambio, vuelve, casi seguro, con su título bajo el brazo. Así que si nosotros, en la pública, los aprobamos, les sale por cuatro perras y el resto lo pone la gente. Si suspenden, se van con la música a otra parte y apoquinan tan contentos.

¿Sería tan difícil que, además de que hubiera un buen sistema de becas, cada estudiante contribuyera en proporción a su capacidad económica? ¿Resultaría, además, tan complicado adaptar los costes de matrícula al rendimiento, para que algunos, que están bien forrados, no se pasen diez o quince años en una carrera financiados por el pueblo llano? ¿Alguien tendría el descaro de gritar que una política universitaria de ese tipo no es social y progresista a carta cabal? Y, por supuesto, el complemente perfecto: que no haya título universitario sin una prueba final, de carácter nacional, en la que se acrediten unos mínimos conocimientos y competencias. Para los de las privadas también, por supuesto. Así, también los profesores nos pondríamos las pilas.