16 junio, 2013

Sobre el sobre. Por Francisco Sosa Wagner



El lenguaje se alimenta de esos nutrientes que son los hablantes quienes lo enriquecen con flamantes hallazgos. Ramón Gómez de la Serna, por ejemplo, usa mucho la palabra “reborondo” que la Docta Casa, proclive a acoger cualquier barbarismo, no ha incluido en su Diccionario y, sin embargo, es palabra oronda, redonda y con sonido a tambor y zarabanda.

Otras novedades son palabros abominables a los que no merece la pena dedicar atención porque ya a diario nos vemos obligados a flagelarnos con ellos.

Frente a los nacimientos, es muy triste constatar las pérdidas de palabras cuyo uso se extravía debido a no se sabe qué designio histórico o a qué atropello de la razón. Debería dedicarse en los periódicos una sección a recordarlas, una especie de obituario que muchos seguiríamos con lágrimas en los ojos o al menos llenos de nostalgia, aturdidos por una defunción cruel e inmerecida.

Pero antes de llegar al certificado final habría que anunciar la enfermedad de las palabras llamando a los ciudadanos a su curación por medio del masaje de su uso en el habla, de su empleo en un poema o en un relato. Se anunciaría que tal palabra tiene las constantes vitales muy bajas, que no fluye por ellas el adecuado riego, que tiene las cañerías averiadas por el desuso, que no presta el servicio a que estaba destinada ... Entonces, las personas sensibles dedicarían parte de su tiempo a atenderlas, a dar con ellas paseos higiénicos, a refrescarla en la memoria de las gentes aireándolas en un certamen, en una flor natural, en el editorial de un periódico de campanillas y por ahí consecutivo.

No sé por qué si hay acciones generosas como la de salvar a las focas o al urogallo no hay análogas iniciativas respecto de las palabras. Propongo pues anuncios en las camisetas, también pegatinas y emblemas en los coches destinados a preservar tal o cual palabra de su injusta extinción. En casos extremos habría que crear la UVI de las palabras y allí los cuidados consistirían en sacarlas en los telediarios y en repetirlas machaconamente en las escuelas o amigas (ya me ha salido una pobre palabra prácticamente muerta sin haber recibido el honor de funeral alguno).

¿Por qué quedó sepultada la preposición “cabe”? Con lo bonita que era: cabe el río, cabe la tumba de la amada, cabe el brezo en flor, cabe aquellas ruinas medievales etc. Las dejamos ir sin darnos cuenta, con un desagradecimiento profundo que es más condenable cuando de preposiciones se trata pues que ellas son puente, la pasarela por la que hacemos circular nuestros pensamientos o acciones, la cuerda que nos permite enlazar las oraciones y darles sentido, dignidad y prestancia.

Ahora puede ocurrir lo mismo con otra preposición: “sobre”. Desde que se ha generalizado el sobre que contiene dinero procedente de negros negocios y de cuentas en Suiza, la desvalida preposición está sufriendo mucho, teme verse contaminada y que al final se la orille por su resonancia con la infamia mercantil y financiera.
Este es el momento de actuar y de convocar a la población para que la preposición no sufra: preciso es pues ponerla sobre todos nuestros pensamientos, estar siempre sobre ella, y acariciarla con su uso en la sobremesa. Por eso esta Sosería trata sobre ella. 

12 junio, 2013

Pequeña pausa en el blog, hasta el lunes

Será que gestiono mal mi tiempo en los últimos tiempos o que la vida se me encoge, pero esta semana la tengo viajera y muy inquieta y me parece que a los días pasados sin momentos para el relax de la escritura se van a sumar otros pocos ahora, pues salgo mañana para Alicante a vérmelas con los queridos colegas y amigos de allá. 
El lunes volveré con ganas renovadas y digo yo que con unos minutos para este vicio del blog y las amistades virtuales.
Pues eso, que nos leemos pronto. Saludos.

09 junio, 2013

Trapiello sobre la dolosa estafa de cierto arte contemporáneo. Con postdata mía sobre otros apaños.

Andrés Trapiello, en La Vanguardia, canta algunas verdades sobre cierto arte contemporáneo que pasa por rupturista y que es gilipollez enlatada y timo para pijos sin corbata. Conforta que Trapiello se atreva a proclamar lo que tantos piensan y callan para no parecer poco finos o algo reaccionarios o de mente estrecha. Que viene a ser como notar que te están atizando por parte no santa y sonreir para no parecer apocado. 
Yo, puesto a darme al arte conceptual, a la Bienal de Venecia mandaría a algún rector universitario en una jaula y permitiría a la gente echarle cacahuetes y manzanas. 
Con el tiempo también podremos presentar allá o en Basilea o Kassel un Tribunal Constitucional casi entero. Como lo de los escombros de ahora, pero con más vidilla y unos saltimbanquis.
Lo de Andrés Trapiello pueden leerlo aquí.
PD.- Hace unas semanas, en Coimbra, escuché una conferencia de un ex rector de aquí que luego siguió en variados carguetes o con pintorescas encomiendas, hasta hoy. La conferencia versaba sobre tema de su especialidad. Vergozoso. Me cuenta eso un estudiante mío y me lo cargo, seguro, por descarado y por no dar ni golpe. Eché cuentas y lleva más de quince años sin estudiar de lo suyo, a lo que se suma que cuando se hizo rector por algo sería y que lo que se dice vocacional no parece. Un vocacional de la academia y la investigación, aquí, no se mete a rector, por lo mismo que un futbolista de élite en edad de fichar y competir no se presenta a masajista o cocinero del equipo ni se empeña en ser el que reserve los hoteles para cuando los de la plantilla viajan. Bien, pues que cada cual siga la llamada de su selva, pero a los que se apartan y se dedican a hacerse la manicura en los reglamentos o a firmar convenios en Tegucigalpa que no se les permita luego hablar de lo que no saben ante auditorios que se dan cuenta de que están como burros y que por eso vamos como vamos, porque nos gobernaron y nos gobiernan. Que se callen, coño. O que los pongan en lo de la Bienal y peroren allá ante un público que piense que es una performance sueca.

05 junio, 2013

Europa: el gigante encadenado. Por Francisco Sosa Wagner



(Publicado en El Mundo)
El hecho de que el momento que Europa vive sea preocupante es el adecuado caldo de cultivo para que –en algunos de sus países– proliferen ensayos firmados por observadores con buena pluma y entendederas aptas para tejer argumentos y arriesgar propuestas. O por actores que se hallan en medio del tráfico de las instituciones europeas pero que saben alzar la mirada por encima de las bardas de sus respectivos cometidos. Se agradecen estos esfuerzos porque tratan de poner sordina a las atropelladas descalificaciones o los mal intencionados dicterios de tanto bucéfalo como anda suelto. Es el caso del libro que acaba de publicar Martin Schulz y que ha titulado Der gefesselte Riese. Europas letzte Chance y cuya traducción sería El gigante encadenado. Última oportunidad para Europa. Schulz es persona que lleva en el cuerpo varias legislaturas en Estrasburgo como diputado y, en la actualidad, ocupa la presidencia de la Cámara europea. Hombre combativo, es criticado y al tiempo respetado porque sus convicciones las expresa sin muchos dengues diplomáticos.

Confiesa Schulz que de joven había soñado, como final de la integración europea, con unos Estados Unidos de Europa, es decir, con un Estado federal que recogiera la tradición y las enseñanzas de los de América. Pero con los años ha podido constatar la fuerza de las identidades nacionales y por ello no puede concebir que un día dejemos de considerarnos alemanes, polacos, españoles… Ni falta que hace –razona Schulz– porque nuestra diversidad y nuestras específicas experiencias constituyen una hacienda que sería absurdo destruir. Por ello el estado nacional no corre el peligro de disolverse ni tampoco las identidades nacionales se van a mezclar configurando una identidad europea. Una realidad ésta que, empero, no excluye que existan intereses comunes, intereses que exceden el ámbito de nuestros territorios tradicionales, y que están presentes y se nos enredan entre nuestros cuerpos y nuestras sombras como un imperativo de la razón mientras que las identidades son ante todo llamas que engendra el fuego de la emoción. De ahí que apueste por la configuración de Europa como una Federación de Estados en la línea que defiende la jurisprudencia del Tribunal Constitucional alemán. Pues nosotros, como europeos, no seguimos unidos por puro entusiasmo sino por un ejercicio de la inteligencia a la que mueve la existencia de esos citados intereses comunes.

Si, históricamente, Europa se forma como respuesta a las necesidades de paz tras la batahola desencadenada por el cabo austriaco, hoy avanzamos juntos porque sabemos de muy buena tinta que ya ninguno de los estados nacionales que la Historia ha dejado como estela es capaz de proyectar señal inquietante alguna en el escenario de un mundo radicalmente nuevo. Sólo nuestra unión nos permite disponer de instrumentos aptos para conformar la realidad pues, aunque con 500 millones de habitantes y con el mayor mercado interior del mundo somos una entidad política impresionante, seguimos siendo pequeños si tomamos los cinco continentes como medida.

Tenemos pues un artefacto importante entre manos que son las instituciones europeas. Hay quien quiere destruirlas como el insensato que quema los muebles del palacio para calentarse las manos y hay quien quiere simplemente dejarlas como están. Schulz está por renovarlas con decisión corrigiendo los defectos pero manteniendo sus muchos elementos positivos. No se trata de querer «más Europa» sino de esforzarnos por definir qué Europa concreta queremos en ámbitos como la economía, el comercio, la moneda, la protección ambiental y las políticas exterior y migratoria.

Un socialdemócrata convencido como es Schulz proyecta en su libro sobre todas estas cuestiones sus particulares preferencias ideológicas. A mí, personalmente, me convencen bastante pero no es éste lugar para abordar tal debate. Lo que me interesa más es airear las propuestas organizativas concretas que ofrece quien atesora una larga experiencia como lidiador en el ruedo bruselense.

En tal sentido, propone el refuerzo de las instituciones comunes de la Unión, a saber y sobre todo, del Parlamento y de la Comisión (yo añadiría un recuerdo para el Tribunal). La Comisión debe ser el Gobierno europeo y su presidente debe salir del debate propio de las elecciones europeas y sus resultados. En las próximas de 2014, las grandes familias políticas –y las demás opciones que quisieran unirse a ellas– presentarían sus candidatos a la presidencia de la Comisión con un programa determinado. Con ello, la influencia de los jefes de Estado y de Gobierno a la hora de nominar al candidato a la presidencia de la Comisión se desvanecería. Y ello tendría otro efecto: habría alternativas ideológicas y así podríamos aclararnos todos sobre qué Europa concreta quieren unos y otros. El Parlamento elegiría y el Parlamento podría cesar a ese presidente de la Comisión, quien ya no dependería de quienes ostentan el mando en los estados nacionales. Se lograría así además algo que no existe en la actualidad y es la configuración de un Gobierno y una oposición, lo cual es muy importante pues buena parte de la población tiene lo que me atrevo a llamar mentalidad de espectador de fútbol y quiere ver enfrentamientos para seguir la función.

En este escenario, el Parlamento no solo tendría las muchas atribuciones con que ya hoy cuenta, como advertimos los parlamentarios a la hora de votar cientos y cientos de cuestiones enrevesadas, sino que se le atribuiría el derecho a presentar iniciativas legislativas, como es usual en los parlamentos nacionales.
Por su parte, los intereses de los estados quedarían representados en una segunda Cámara, compuesta por los representantes de los Gobiernos de los estados miembros, lo que no sería sino la reproducción a escala europea de la estructura propia de Estados federales que llevan muchos años funcionando con desenvoltura.

Algunas de estas reformas pueden introducirse sin alterar los tratados. Las que exigieran su modificación deberían llevarse a una Convención en la que estuvieran presentes las instituciones europeas y las nacionales más las organizaciones representativas de intereses culturales, sociales, etcétera. Aquellos países que no ratificaran el nuevo Tratado se verían obligados a abandonar automáticamente la Unión porque «no podemos permitirnos que un texto elaborado con una amplia participación descarrile por el veto ejercido desde un Estado». Esta previsión es muy importante pues forzaría a debatir con seriedad entre los ciudadanos, quienes acabarían por tener una cabal visión de lo que significa estar o no estar en la Unión.

Hay decenas de observaciones fecundas en el libro de Schulz (que alguien se debería animar a traducir), entre ellas las dedicadas a la división de poderes en el seno de la Unión y a la relevancia de nuestros lazos culturales que han de ser grapa de luz y grapa de saber. Todas ellas están destinadas a «liberar» al gigante encadenado que, a su juicio, es hoy Europa. O, dicho de otro modo: a salir de las vagas fábulas de la demagogia para escribir el relato lúcido de una Europa renovada que se beba las lágrimas del desencanto.

04 junio, 2013

¿Todos igual de inocentes? Propuesta tentaviva para una aplicación matizada de la presunción de inocencia



                He vuelto a las lecturas sobre prueba procesal de los hechos y razonamiento probatorio, y entre los muchos asuntos apasionantes en relación con eso van surgiendo me topo con el de la presunción de inocencia. Además de por otros compromisos, tendré que seguir documentándome sobre el particular durante el verano (¿cómo es eso que dicen las abuelas y los vicerrectores sin sexenios de que los profesores de universidad tenemos dos o tres meses de vacaciones a tutiplén cada año?), pues el próximo seminario de Derecho Penal y Filosofía del Derecho aquí en León, coorganizado por mi compadre Miguel Díaz y García Conlledo y un servidor, versará sobre los problemas de la presunción de inocencia y se celebrará los días 12 y 13 de septiembre, con ponentes de primera.

                Me queda por disfrutar prácticamente toda la bibliografía relevante sobre la relación entre prueba y presunción de inocencia (tengo sobre mi mesa, recién salido del horno editorial, el libro de Javier Sánchez-Vera Gómez-Trelles titulado Variaciones sobre la presunción de inocencia. Análisis funcional desde el Derecho penal (Marcial Pons, 2013) y por ahí iré enseguida. Entre mis escasas lecturas sobre cuestión tan específica, la que me ha hecho reflexionar es la de un trabajo de mi colega y amigo Jordi Ferrer Beltrán, trabajo que se titula “Una concepción minimalista y garantista de la presunción de inocencia” (En el libro Contribuciones a la Filosofía del Derecho. Imperia en Barcelona 2010, editado por J.J. Moreso y J.L, Martí, Marcial Pons, 2012). En la pista me pusieron algunas referencias contenidas en otro interesantísimo libro de ahora mismo, el titulado Estándares de prueba y prueba científica. Ensayos de epistemología jurídica, editado por Carmen Vázquez y publicado por Marcial Pons, 2013.

                Bueno, pues mucha mención bibliográfica, pero no para fingir la erudición que en esto no tengo, sino para subrayar que voy a lanzar en esta entrada nada más que una pura hipótesis de trabajo y que lo mismo puede resultar descabellada que suponer la invención de la pólvora, pues tal vez ya lo ha dicho media humanidad y no me he enterado yo. Esto último es bastante probable. Así que adelantadas sean mis disculpas, si es el caso, y bienvenidas las críticas, objeciones y llamadas al orden libresco.

                ¿A qué inquietud trata de dar salida esa hipótesis que dentro de nada explicitaré? Pues a la que nos provoca ver de qué manera cunde la impunidad en determinados delitos de corrupción o económicos o de los llamados de cuello blanco, y muy especialmente cuando los imputados son miembros de una de esas dos castas que nos están retrotrayendo a la Edad Media: la casta político-partidista y la casta de los banqueros y altos ejecutivos de determinadas empresas rimbombantes, junto con ciertos elementos de la corte o el mamporreo de tales personajes. Ese malestar ante el espectáculo continuo de evidentes ladrones y de consumados estafadores, de desalmados contumaces y de sinvergüenzas reincidentes que se están yendo de rositas por la cara y se están riendo del país entero en nuestras propias narices, se me junta con dos convicciones que, se supone, deben servir para frenar un poco la llamada a las armas y a cargarse a esos gusanos violentamente y en correspondencia con su condición de invertebrados morales, de molestos moscardones moralmente merecedores de fumigación.

                Una, que ni soy  ahora ni quiero llegar a hacerme punitivista de viejo. No creo que ante cada problema, incomodidad o cabreo haya que echar mano del Derecho penal y llenar las cárceles de condenados. Tampoco estoy por el abolicionismo, sino que creo que hay que ser selectivos o, si se quiere, contundentemente selectivos y selectivamente contundentes. El Derecho penal como última ratio, desde luego, pero que sea una ratio última que a los más cabrones los deje sin ganas de volver a meter la mano en nuestra bolsa. En otras palabras, que hay que condenar a pocos, pero hay que condenarlos bien.

                Mi fondo liberal me lleva a ver la cuestión de manera bastante diferente de como la aprecian muchos conciudadanos, en particular aquellos que a menudo escucho en la pescadería, la frutería y el bar. Estoy por la despenalización acelerada o por un uso contenido del Derecho penal en todo lo relacionado con símbolos, modos de expresarse, costumbres, opiniones y convicciones; y, si me apuran, también opino que hay que moderarlo bastante cuando se trata de punir bastantes delitos contra la vida, la integridad física, la propiedad, etc. Espanta oír que por un calentón de una tarde, por una angustia de un día o por un cruce de cables que llevó a perder los papeles a alguien sin antecedentes y que no pasa de ser un pobre diablo, tenga que purgar seis, diez o quince años en la cárcel. Pero, con todo y con eso, hay un tipo de delincuentes que no suelen pagar como tales y que sacan a pasear mis peores instintos. Son aquellos que reúnen las siguientes características, o la mayoría de ellas:
                a) Se apropian de lo que no es suyo con malas artes unidas a cobardía y a una bajeza moral más que notable. A su lado los atracadores de bancos o los tironeros callejeros son auténticos señores, gentes que se la juegan para salir con la suya, que arriesgan aunque sea para un fin discutible. No, estas otras sabandijas obran en la oscuridad de los despachos o se manejan con los papeles y generalmente se valen de una recua de asesores, testaferros y mandados. Los hay que han llegado a usar al yerno o al suegro, depende.
                b) O bien se quedan con el dinero de los más débiles y fácilmente manipulables (¡ay, las preferentes!) o bien afanan guita del erario común, pero jamás dan el palo a sus iguales o a otros más ricos que ellos.
                c) Crean camarillas valiéndose de todas las artimañas imaginables y mediante variadas corruptelas, de modo que, en conjunción con su fuerte capacidad económica, se van labrando muy anchas impunidades. Al final, siempre resulta que el juez es socio de su primo, o cuñado de su apoderado, o novio de la concejala aquella que recibió un sobrecito…; o que el fiscal va al mismo club o al mismo puticlub; o que el jefe de policía aspira a un carguete en Madrid y casualmente ahora está en el Ministerio uno al que le hicimos una vez una casa por cuatro perras, tú ya sabes…
                d) Se pueden pagar los abogados más caros, los peritos mejor cualificados, los asesores más vivos, todo el personal técnico mejor capacitado para asegurar en el proceso un buen manejo de las pruebas y el más conveniente uso de las garantías procesales. Por poner un ejemplo, a esta gente nunca les va a inadmitir el Tribunal Constitucional un recurso de amparo y, en una de éstas, hasta cambia para alguno de ellos el Constitucional su doctrina sobre la prescripción o sobre lo que haga falta. Y eso cuando no andan financiando estos pájaros a alguno de esos jueces que luego van a sobreseer su caso y que pasan en el mundo mundial por ser el paradigma de la honestidad judicial y el símbolo de la lucha a brazo partido contra la injusticia; a brazo partido, pero a mano puesta, ya te digo, che.
                Algún día habría que estudiar con algo de seriedad un elemento perverso que se nos cuela en estas cuestiones. En el mundo del Derecho también funciona un cierto mercado y muchos de los mejores penalistas prácticos, abogados, aspiran legítimamente a que les caigan pleitos que los hagan ricos, igual que muchos penalistas (y no penalistas) que no ejercen la abogacía sueñan (soñamos) con el dictamen que les rellene bien los bolsillos. Lo malo es que esa minuta nunca te la va a pagar un desharrapado del barrio al que pillaron asaltando la tienda de electrodomésticos y ese dictamen no lo va a encargar el que le disparó al vecino con la recortada mientras discutían por un metro de huerta. No, para hacer botín hace falta uno de los del más allá. Y, ante la esperanza de que te llame Botín un día, o cualesquiera otros de ese calibre económico, no te pones a escribir contra los privilegios penales y procesales de los banqueros, los políticos y los empresarios de tronío. Luego el dictamen no te lo piden, claro, a pesar de que procuraste no molestar y te ensañaste nada más que con los delitos de género, pero al menos no te queda el remordimiento de que fue por portarte mal. Dicho de otra manera, la mayor parte de los que más Derecho penal económico saben son los que se dedican a defender delincuentes econnómicos y no van ellos a esmerarse gran cosa en luchar por un Derecho penal económico más justo y más acorde con el interés general. Por lo de no morder la mano que te da de comer y tal. Y es legítimo, conste. Yo mismo, por pasta gansa así, hasta podría renunciar a mi asturianía o al Sporting de Gijón. Somos gente de principios los juristas, personas de una sola pieza. No voy a explicar cuál es el material de la pieza. Aunque hay excepciones, conste.

                La otra convicción que quiero dejar a salvo es la fe en el garantismo. Sin garantías procesales bien firmes, estamos perdidos los ciudadanos y nos tornamos marionetas en manos del Estado y de los compatriotas más poderosos. La gente de orden cree que lo que más la protege es el Código Penal, con sus castigos para los malos, pero no se quiere dar cuenta de que si está a salvo es gracias a la legislación procesal, que es la que, en un Estado de Derecho que lo sea, impide que al inocente lo puedan hacer pasar por culpable y condenarlo como criminal. Pensamos que es en el Código Civil donde asentamos nuestros derechos patrimoniales y familiares, pero son papel mojado si no hay norma procesal que diga cómo se hacen efectivos, cómo se defienden y cómo se reparten las oportunidades de cada uno a la hora de probar lo que alega. Pero no hay garantista que no se entristezca cada tanto al constatar que los que mejor explotan los muy loables y necesarios sistemas de garantías procesales son los que tienen los mejores equipos de abogados, que los que disponen de tales equipos mejores son los que pueden pagarlos y entre los que pueden pagarlos están antes que nadie los mafiosos y los más corruptos. Una pena, ya digo; una pena que así se libren de la pena tantos que son más malos que la quina y que sabemos con certeza que son delincuentes a carta cabal, amén de unos cerdos con genes de lombriz.

                Bien, pues al grano. Mi tesis es que se debería modular o graduar la presunción de inocencia, haciendo variar sus implicaciones o su nivel de exigencia según para qué tipo de delitos, concretamente aminorándolas para determinados delitos económicos y político económicos. Espere, espere, permita que me explique y luego ya me fusila sin juicio ni nada. Porque es posible que la presunción de inocencia hasta salga sin un verdadero rasguño por lo que voy a decir.

                ¿Nos hemos parado a pensar a fondo qué es y qué implica la presunción de inocencia? Yo me estoy enterando ahora, ya que andaba poseído por las habituales ideas tan superficiales como erróneas. Solemos proclamar que la presunción de inocencia supone que penalmente nadie es culpable mientras no se demuestre o pruebe su culpabilidad. Pero ¿qué es demostrar o probar? Un proceso judicial no es un proceder científico en el que se trabaje con verdades experimentalmente acreditadas. Ya quisiéramos, pero no. Un científico no da por verdadero un hecho mientras no quede plenamente probado a tenor de los estándares científicos de prueba. Esos estándares no son los mismos que los de la prueba en Derecho y, además, el contexto es completamente diferente. Con estándares de verdad científica plena y acorde con las exigencias todas del método científico, en la inmensa mayoría de los procesos penales, o en todos, el juez no podría concluir que el acusado es culpable de haber hecho (y hecho con ciertas notas adicionales, como dolo o culpa, por ejemplo) el hecho del que se lo acusa.

                La presunción de inocencia, sacrosanta e incuestionable conquista de la civilización, supone que para condenar penalmente a uno tiene que haber pruebas válidas y razonable, ha de haberse practicado con las debidas garantías alguna prueba y esa prueba tiene que resultar convincente para el juez y, por extensión, para un hipotético universo de sujetos imparciales y ecuánimes que hubieran visto el caso y las pruebas y escuchado las alegaciones de las partes. Pero eso, bien mirado, vale también para otros ámbitos del Derecho, pues a usted no pueden condenarlo a pagar las rentas que le debe a su casero si no se prueba que se las debe, o no pueden sentenciar que el hijo que usted reconoció era de  otro si no se ha practicado prueba convincente de que la semillita la había puesto el otro, casualmente. Y así.

                Como bien explica el antes citado Jordi Ferrer, la presunción de la inocencia sólo adquiere sentido específico si se liga con el estándar de prueba que en el respectivo proceso se aplique. Cuando mayor sea el grado de convicción o la fuerza demostrativa que de las pruebas incriminatorias se exija, tanto más difícil será dar por probado que el acusado cometió el delito. Por eso los anglosajones forjaron aquella idea de que, en materia penal, las pruebas en las que la condena se base han de provocar una convicción de culpabilidad más allá de toda duda razonable. En cambio, en otros campos de lo jurídico basta la llamada prueba preponderante o es suficiente con que las pruebas causen la impresión de que es algo más probable que las cosas sean como plantea el que demanda, por ejemplo.

                El problema está en que son expresiones, formas de hablar. “Más allá de toda duda razonable” significa que, con las pruebas lícitas practicadas en mano, el juez no vea más salida congruente y lógica que condenar. Pero esa es una impresión subjetiva, porque lo que para uno resulta completamente cierto puede ser dudoso para otro, y porque, además, los elementos con los que la convicción probatoria debe formarse y motivarse en la sentencia son los dados por las pruebas lícitas y practicadas. Puede perfectamente ocurrir que en su fuero interno el juez esté total y honestamente convencido de la culpabilidad del acusado, de resultas de una prueba ilícita, pero deba absolver porque esa prueba dirimente no fue válidamente obtenida o practicada.

                Con todo esto nos damos  de bruces con una curiosa situación. La prueba de determinados delitos económicos es extraordinariamente compleja, bien sea por el enmarañamiento objetivo de cuentas, papeles, transferencias, regulaciones, testaferros, movimientos de capitales, cambios de titularidades, grados de conocimiento de los hechos por el investigado o imputado (miren la Infanta, que tenía el cincuenta por ciento de una sociedad, estaba en su consejo, firmaba los papeles correspondientes y dicen que no es penalmente responsable porque habría que probar, para que lo fuera, que sabía lo que hacía, y habría que probar tamibén que es tan lista como parece y romper por completo la duda sobre si será medio taradilla), etc. En esos delitos es sumamente fácil para los imputados y sus cómplices y secuaces destruir pruebas documentales, resulta complicado conseguir testigos fiables, hay que obtener documentos de empresas y bancos (algunos de los cuales son suizos o luxemburgueses y honrados a más no poder, por tanto) o conseguir papeles y certificaciones de las Administraciones públicas, que por lo general insistirán en que es inocente del todo y no cometió ni falta, válgame Dios, el miembro de familia real o el alto cargo del partido o el que tiene cualquier tipo de mando en plaza. Miren Hacienda, ahora mismo, con lo de la Infausta.

                Claro, los testigos mienten porque comen del mismo plato que los imputados o tienen tras la oreja la pistola del sicario, los documentos han sido pulcramente quemados por las mismas empresas o instituciones que tenían que aportarlos, si es que no van con la cerrilla hasta los del servicio secreto, los peritos aspiran a un trabajo mejor remunerado, a ciertas pruebas materiales no se les puede hacer mucho caso porque, casualmente, falló un día la cadena de custodia, el policía cambia su testimonio en un matiz porque por puro azar acaban de nombrarlo jefe de seguridad en una embajada, y aquella secretaria que levantó la liebre tuvo un accidente de coche justo la semana antes, porque ya se sabe cómo fallan los frenos hoy en día y que van como locas. Y, of course, los del bufete de a millón el suspiro pero me lo pone en las Caimán aducen que in dubio pro reo y que presunción de inocencia y que con esas pruebas cómo va a recaer condena sin que se conmuevan los cimientos del Estado de Derecho. Y se absuelve. Maldición, pero cuando sea yo el acusado porque atropellé a un rector una noche en un callejón oscuro, dicen que con dolo, no va a desaparecer ni una foto ni a faltar un papel ni a desdecirse un testigo ni a decirse el juez que por qué no nos tomamos veinte años o así de instrucción y porque las cosas de palacio van despacio, querido Oriol.

                En otras ramas del Derecho la ley y la jurisprudencia ya toman en cuenta la llamada facilidad probatoria. Esto es, hay una regla general de carga de la prueba que prescribe que el que demanda tiene que probar los hechos que basan su pretensión, pero en las situaciones en que esa prueba es poco menos que imposible para el demandante, porque, aun pareciendo más que probabilísimo que el ilícito en cuestión sucediera,  todos los hilos de la prueba los controla el demandado, se invierte la carga. Sucede a veces, por ejemplo, en materia de responsabilidad médica, pues la ley y los jueces reaccionan a una circunstancia indudable: si es el pobre parroquiano el que tiene que conseguir la prueba documental o material correspondiente en cuestiones tan extraordinariamente técnicas o el que ha de lidiar con el corporativismo en ciertos oficios, aviado está y no gana un pleito. Así que, visto que en efecto se quedó sin una pierna y las dos orejas en aquella operación de amígdalas, que sea el médico el que pruebe que obró con la diligencia debida y según la lex artis, y si no a pagar.

                No propongo para los delitos económicos de malnacidos una inversión de la carga de la prueba, sino una atenuación del estándar probatorio. Vaya, que cuando sean más las pruebas indiciarias que lleven a creer bastante probable que un acusado de éstos se llevó el dinero malamente, se condene, aunque a algún abogado de Madrid le pudiera quedar alguna duda de a tanto el kilo. Que mantengamos las garantías, las exigencias probatorias y el estándar de prueba más alto para cualesquiera delitos que no consistan en que unos pijos sin escrúpulos se apropian dinero de todos o con el de los más indefensos y necesitados. A los de la Gürtel, a los del caso andaluz de los ERE, al yernísimo y su señora, a los del asunto Marea en mi tierra, a unos cuantos de los de Bankia y otro puñado de cajas de ahorros y a otros casos así, leña a discreción y con la conciencia tranquila: no estaremos hundiendo el Estado de Derecho por derribar sus garantías, sino protegiéndolo de quienes se prevalen de las garantías para arruinarlo y destruirlo.

                Mutatis mutandis, recordemos lo de los Procesos de Nüremberg. Se mire como se mire, se crearon para la ocasión la mayor parte de las normas que a aquellos malditos se aplicaron y no se respetó en ninguna de sus facetas el principio de legalidad penal, pero estuvo muy bien y moralmente no veo tacha a las condenas. No pido tanto para estos hijos de mala madre de aquí y ahora, sólo que para ellos no exacerben los tribunales los requisitos probatorias y formales que para otros relajan. En el fondo es bien sencillo: que no sea más fácil condenarme a mí por homicidio rectoral que a un directivo bancario por timar a sus clientes o a un político por robar el dinero de los parados o a un yernísimo y su señora por ser unos ladrones de guante gris. Y la manera de igualarnos en esto a mí y a esos miserables conciudadanos míos es haciendo que rija una verdadera igualdad de armas en materia de prueba y que la desigualdad que en eso resulte inevitable, como consecuencia del diverso poder social, económico y político, la compensen los tribunales con un toquecito adecuado por el lado de los estándares probatorios. En realidad no estaríamos cargándonos la presunción de inocencia, sino evitando que la pobre Inocencia acabe tan prostituida y ultrajada como sus hermanitas igual de indefensas.

02 junio, 2013

¿Hay lubinas civilizadas? Por Francisco Sosa Wagner



En el pasado he escrito sobre lo sostenible que nos hemos vuelto todos y tal parece como si alguien hubiera lanzado el “sosteneos los unos a los otros como yo os sostengo a todos” y esto en una época en la que la sensación es justa la contraria, a saber, que vamos todos hacia abajo y que sostenernos, lo que se dice sostenernos, nos sostenemos más bien poquito. En la misma abominable onda se halla lo solidario y así acudimos a banquetes y bailes solidarios, endilgamos o nos endilgan una conferencia solidaria o emprendemos una excursión solidaria. Hasta el “sobre” que se reparte en algunas alcantarillas de las instituciones públicas está al parecer inspirado en la máxima solidaridad. ¡Ay aquella época en la que la palabra “sobre” conservaba la dignidad intacta de una preposición! (sobre esto volveremos otro día).

Queda recordada así la proliferación de estos vocablos que podemos llamar vocablos-tabarra por lo mucho que aburren a las personas no acatarradas por las modas y los extranjerismos. Circula otro que está haciendo estragos: “inteligente”. Hasta ahora tal cualidad se predicaba de un talentudo que descubría un microbio, patentaba un invento redentor, escribía un soneto o se hacía concejal sin haber perdido el tiempo en adquirir conocimiento alguno. La capacidad de resolver problemas de álgebra o la habilidad o destreza a la hora de afrontar una situación peliaguda también ha estado ligada a la inteligencia. Fuera de estas aplicaciones, a lo más que habíamos llegado era a asociar la inteligencia con los espías y agentes secretos y así hemos hablado de los servicios de inteligencia para denotar aquellas oficinas destinadas a conocer de un modo astuto y taimado los planes militares del enemigo o las hechuras de las señoritas con las que holgaba el primer ministro de una potencia extranjera. Las pantallas de los cines nos han entretenido mucho con este tipo de relatos ligados a la aventura.

Por último, la “inteligencia” de un país hacía referencia a esos aguafiestas que proliferan en todas las latitudes dedicados a amargar la vida del prójimo perpetrando ensayos y publicando librotes sombríos.

Todo esto es el pasado. Hoy las agencias de viajes nos ofrecen el turismo inteligente para disfrutar en una ciudad que asimismo es inteligente. Y es calificado de botarate sin remedio quien conduce un coche no inteligente. Hay, de otro lado, la comida inteligente como hay el ocio inteligente. Y la energía inteligente y el transporte inteligente que los políglotas por cierto, como personas que hacen gala de inteligencia, llaman “smart”.

En fin, otro adjetivo que se nos colado en nuestra cotidianidad es el de “salvaje”. También hasta hace poco se consideraba tal al habitante de islas remotas a las que no habían llegado los misioneros y por animal salvaje se tenía al no domesticado siendo las fieras de la selva el ejemplo más a mano. Hoy, por el contrario, el camarero que nos atiende en el restaurante -inteligente- nos ofrece una lubina “salvaje” aunque en ella lo único nuevo que advirtamos sea el precio, que nos parece, ese sí, una salvajada.


Y así vamos tejiendo nuestras vidas: sin mucho acierto pero con lo sostenible, lo solidario, lo inteligente y lo salvaje al hombro. Henchidos todos de tópicos.

01 junio, 2013

Lo que se enseña a los que enseñan y que es mentira que hay crisis

Amos a ver, amos a ver, yo quiero mucho a todo el mundo y respeto una barbaridad a cualquiera. Así que la cuestión no es personal. Y como la institución universitaria ya me importa más bien poco y que le den, pues tampoco debe ser institucional el asunto. Así que no sé ni por qué me cabreo ni con quién, aunque, bien pensado, tampoco estoy cabreado, sino con una sonrisa de oreja a pies.

Recibo un correo electrónico de mi querida Universidad y me comunican los cursos de formación para profesorado que se van a impartir próximamente. Ya saben ustedes, uno cursa cursos de esos y luego cuentan como méritos a la hora de acreditarse o de comprar leche semidesnatada en Hipercor. Así que tengo un momento de debilidad y miro. Para qué lo hice, si ya sabía lo que me iba a pasar.

Se ofertan estos tres.

- Uso de Google-Calendar para la planificación horaria global en un centro académico.

Pues sí, con un par de narices.  Oye, estará bien, yo no digo nada. Eché un ojo a los contenidos del curso y aparece descritos así sus objetivos: 

"Objetivo: aprender el manejo del uso de Google Calendar para una implantación posterior de su uso en todo un centro académico. Competencias: con el manejo del Google Calendar el coordinador de curso podrá conseguir que en su centro cada profesor del centro pueda confeccionar su propia agenda académica de acuerdo a las asignaturas que imparte y que los alumnos confeccionen su propia agenda de acuerdo a las asignaturas (nuevas o repetidas) de las que se encuentra matriculado".

¿Destinatarios del curso? Estos: "Personal responsable de Facultades y Escuelas encargados de elaborar los horarios de cada cuatrimestre/semestre".

Yo no digo esta boca es mía y me clavo los dientes en la lengua. Pero daría algo bueno por acercarme a espiar en faena a los que se inscriben, todos aplicados para ver cómo consiguen poner en el calendario que el examen de Estadística es el viernes y que menudo lío porque es vigilia. 

- El trabajo cooperativo: un recurso para enseñar y un contenido para aprender.

Con este título podríamos ir a Eurovisión. Raro que Wert no lo haya puesto en la nueva ley educativa. Bueno, pero quedamos en que divulgo y no comento. Así que trascribo:

Objetivos del curso:  "1) Introducir el aprendizaje cooperativo como recurso de innovación para el desarrollo de Competencias básicas comunicativas y metodológicas en la enseñanza universitaria. 2) Desarrollar habilidades para gestionar la heterogeneidad en el aula". 

Me podría haber venido bien lo de la heterogeneidad, pues he tenido yo este año un aula heterogénea de ovarios, ciento ochenta alumnos en el aula, aunque sólo el primer día. Creo que los asusté y se fueron, y todo por no gestionarles adecuadamente la heterogeneidad. Recuerdo que había varios con gafas.

Contenido del curso: "El aprendizaje cooperativo dentro del ámbito del EEES. Psicopedagogía de la simplicidad vs. psicopedagogía de la complejidad: las escuelas inclusivas. El aprendizaje cooperativo: objetivos, cambio de la estructura del aprendizaje. Cooperatividad de un equipo. Organización social en el aula: estructuras cooperativas (competitiva, individualista y cooperativa). Enseñanza del aprendizaje cooperativo: fomento de la interacción entre iguales y con el profesor. Potenciación de competencias básicas. Aspectos positivos de los equipos cooperativos y aspectos a mejorar. Procesos de coevaluación y autoevaluación en el aprendizaje cooperativo". 

No comment porque no me da la gana comentar, ¿vale?

Destinatarios del curso: "Profesorado universitario con alta motivación para promover aprendizajes significativos y con deseos de desarrollar competencias y/o habilidades para la facilitación del proceso enseñanza-aprendizaje". 

Supongo que irán los mismos que al otro. Están en su derecho y yo lo(s) veo bien. Un poco enrevesada la prosa y escasamente cooperativa, eso sí. La palabra "cooperatividad" no sale en el Diccionario de la Real Academia. Otras, tampoco.

Sí, eso he dicho, emoción y conflicto. Supongo que se explicará bien que hay emociones conflictivas y conflictos emocionantes. Entre otros.

Objetivos del curso:  "Objetivo General Conocer la naturaleza de los conflictos y aprender a manejarlos de forma constructiva, especialmente en el contexto laboral. Objetivos Específicos 1. Conocer los modelos y conceptos fundamentales en la gestión de conflictos. 2. Aprender a afrontar los conflictos con efectividad, abordándolos en el momento oportuno y reconociendo y gestionando los pensamientos y emociones implicadas". 

Contenido del curso:
"1. ¿QUÉ SON LOS CONFLICTOS?  Características de los conflictos.  Actitudes frente el conflicto. El conflicto como oportunidad de mejora 2. RELACIONES INTERPERSONALES Y HABILIDADES SOCIALES. Percepción. Inteligencia Emocional. Autoestima. Empatía 3. COMPONENTES DE LAS HABILIDADES SOCIALES 4. TÉCNICAS PARA LA PREVENCIÓN Y RESOLUCIÓN DE CONFLICTOS. Técnicas de Reestructuración Cognitiva. Entrenamiento en Asertividad. Técnicas de reducción de ansiedad.

Joer, éste sí que me encantaría a mí, para montármelo en plan conflictivo y mostrar mis habilidades sociales destructivas y mi empatía antipatica. Además, nunca permitiré que me hagan una reestructuración cognitiva, que ya bastante tengo con lo del urólogo cada añito. 

La palabra "asertividad" tampoco viene en el Diccionario. Pero qué más da, lo que importa es quererse.

¿Crisis? ¿Quién dijo crisis? Es todo mentira, no hay crisis. No hay más que ver todas las terrazas atestadas de gente y los cursos llenos. 

Dicho todo con el debido respeto y en aras de la convivencia entre los pueblos, cuidao.