05 junio, 2013

Europa: el gigante encadenado. Por Francisco Sosa Wagner



(Publicado en El Mundo)
El hecho de que el momento que Europa vive sea preocupante es el adecuado caldo de cultivo para que –en algunos de sus países– proliferen ensayos firmados por observadores con buena pluma y entendederas aptas para tejer argumentos y arriesgar propuestas. O por actores que se hallan en medio del tráfico de las instituciones europeas pero que saben alzar la mirada por encima de las bardas de sus respectivos cometidos. Se agradecen estos esfuerzos porque tratan de poner sordina a las atropelladas descalificaciones o los mal intencionados dicterios de tanto bucéfalo como anda suelto. Es el caso del libro que acaba de publicar Martin Schulz y que ha titulado Der gefesselte Riese. Europas letzte Chance y cuya traducción sería El gigante encadenado. Última oportunidad para Europa. Schulz es persona que lleva en el cuerpo varias legislaturas en Estrasburgo como diputado y, en la actualidad, ocupa la presidencia de la Cámara europea. Hombre combativo, es criticado y al tiempo respetado porque sus convicciones las expresa sin muchos dengues diplomáticos.

Confiesa Schulz que de joven había soñado, como final de la integración europea, con unos Estados Unidos de Europa, es decir, con un Estado federal que recogiera la tradición y las enseñanzas de los de América. Pero con los años ha podido constatar la fuerza de las identidades nacionales y por ello no puede concebir que un día dejemos de considerarnos alemanes, polacos, españoles… Ni falta que hace –razona Schulz– porque nuestra diversidad y nuestras específicas experiencias constituyen una hacienda que sería absurdo destruir. Por ello el estado nacional no corre el peligro de disolverse ni tampoco las identidades nacionales se van a mezclar configurando una identidad europea. Una realidad ésta que, empero, no excluye que existan intereses comunes, intereses que exceden el ámbito de nuestros territorios tradicionales, y que están presentes y se nos enredan entre nuestros cuerpos y nuestras sombras como un imperativo de la razón mientras que las identidades son ante todo llamas que engendra el fuego de la emoción. De ahí que apueste por la configuración de Europa como una Federación de Estados en la línea que defiende la jurisprudencia del Tribunal Constitucional alemán. Pues nosotros, como europeos, no seguimos unidos por puro entusiasmo sino por un ejercicio de la inteligencia a la que mueve la existencia de esos citados intereses comunes.

Si, históricamente, Europa se forma como respuesta a las necesidades de paz tras la batahola desencadenada por el cabo austriaco, hoy avanzamos juntos porque sabemos de muy buena tinta que ya ninguno de los estados nacionales que la Historia ha dejado como estela es capaz de proyectar señal inquietante alguna en el escenario de un mundo radicalmente nuevo. Sólo nuestra unión nos permite disponer de instrumentos aptos para conformar la realidad pues, aunque con 500 millones de habitantes y con el mayor mercado interior del mundo somos una entidad política impresionante, seguimos siendo pequeños si tomamos los cinco continentes como medida.

Tenemos pues un artefacto importante entre manos que son las instituciones europeas. Hay quien quiere destruirlas como el insensato que quema los muebles del palacio para calentarse las manos y hay quien quiere simplemente dejarlas como están. Schulz está por renovarlas con decisión corrigiendo los defectos pero manteniendo sus muchos elementos positivos. No se trata de querer «más Europa» sino de esforzarnos por definir qué Europa concreta queremos en ámbitos como la economía, el comercio, la moneda, la protección ambiental y las políticas exterior y migratoria.

Un socialdemócrata convencido como es Schulz proyecta en su libro sobre todas estas cuestiones sus particulares preferencias ideológicas. A mí, personalmente, me convencen bastante pero no es éste lugar para abordar tal debate. Lo que me interesa más es airear las propuestas organizativas concretas que ofrece quien atesora una larga experiencia como lidiador en el ruedo bruselense.

En tal sentido, propone el refuerzo de las instituciones comunes de la Unión, a saber y sobre todo, del Parlamento y de la Comisión (yo añadiría un recuerdo para el Tribunal). La Comisión debe ser el Gobierno europeo y su presidente debe salir del debate propio de las elecciones europeas y sus resultados. En las próximas de 2014, las grandes familias políticas –y las demás opciones que quisieran unirse a ellas– presentarían sus candidatos a la presidencia de la Comisión con un programa determinado. Con ello, la influencia de los jefes de Estado y de Gobierno a la hora de nominar al candidato a la presidencia de la Comisión se desvanecería. Y ello tendría otro efecto: habría alternativas ideológicas y así podríamos aclararnos todos sobre qué Europa concreta quieren unos y otros. El Parlamento elegiría y el Parlamento podría cesar a ese presidente de la Comisión, quien ya no dependería de quienes ostentan el mando en los estados nacionales. Se lograría así además algo que no existe en la actualidad y es la configuración de un Gobierno y una oposición, lo cual es muy importante pues buena parte de la población tiene lo que me atrevo a llamar mentalidad de espectador de fútbol y quiere ver enfrentamientos para seguir la función.

En este escenario, el Parlamento no solo tendría las muchas atribuciones con que ya hoy cuenta, como advertimos los parlamentarios a la hora de votar cientos y cientos de cuestiones enrevesadas, sino que se le atribuiría el derecho a presentar iniciativas legislativas, como es usual en los parlamentos nacionales.
Por su parte, los intereses de los estados quedarían representados en una segunda Cámara, compuesta por los representantes de los Gobiernos de los estados miembros, lo que no sería sino la reproducción a escala europea de la estructura propia de Estados federales que llevan muchos años funcionando con desenvoltura.

Algunas de estas reformas pueden introducirse sin alterar los tratados. Las que exigieran su modificación deberían llevarse a una Convención en la que estuvieran presentes las instituciones europeas y las nacionales más las organizaciones representativas de intereses culturales, sociales, etcétera. Aquellos países que no ratificaran el nuevo Tratado se verían obligados a abandonar automáticamente la Unión porque «no podemos permitirnos que un texto elaborado con una amplia participación descarrile por el veto ejercido desde un Estado». Esta previsión es muy importante pues forzaría a debatir con seriedad entre los ciudadanos, quienes acabarían por tener una cabal visión de lo que significa estar o no estar en la Unión.

Hay decenas de observaciones fecundas en el libro de Schulz (que alguien se debería animar a traducir), entre ellas las dedicadas a la división de poderes en el seno de la Unión y a la relevancia de nuestros lazos culturales que han de ser grapa de luz y grapa de saber. Todas ellas están destinadas a «liberar» al gigante encadenado que, a su juicio, es hoy Europa. O, dicho de otro modo: a salir de las vagas fábulas de la demagogia para escribir el relato lúcido de una Europa renovada que se beba las lágrimas del desencanto.