02 junio, 2013

¿Hay lubinas civilizadas? Por Francisco Sosa Wagner



En el pasado he escrito sobre lo sostenible que nos hemos vuelto todos y tal parece como si alguien hubiera lanzado el “sosteneos los unos a los otros como yo os sostengo a todos” y esto en una época en la que la sensación es justa la contraria, a saber, que vamos todos hacia abajo y que sostenernos, lo que se dice sostenernos, nos sostenemos más bien poquito. En la misma abominable onda se halla lo solidario y así acudimos a banquetes y bailes solidarios, endilgamos o nos endilgan una conferencia solidaria o emprendemos una excursión solidaria. Hasta el “sobre” que se reparte en algunas alcantarillas de las instituciones públicas está al parecer inspirado en la máxima solidaridad. ¡Ay aquella época en la que la palabra “sobre” conservaba la dignidad intacta de una preposición! (sobre esto volveremos otro día).

Queda recordada así la proliferación de estos vocablos que podemos llamar vocablos-tabarra por lo mucho que aburren a las personas no acatarradas por las modas y los extranjerismos. Circula otro que está haciendo estragos: “inteligente”. Hasta ahora tal cualidad se predicaba de un talentudo que descubría un microbio, patentaba un invento redentor, escribía un soneto o se hacía concejal sin haber perdido el tiempo en adquirir conocimiento alguno. La capacidad de resolver problemas de álgebra o la habilidad o destreza a la hora de afrontar una situación peliaguda también ha estado ligada a la inteligencia. Fuera de estas aplicaciones, a lo más que habíamos llegado era a asociar la inteligencia con los espías y agentes secretos y así hemos hablado de los servicios de inteligencia para denotar aquellas oficinas destinadas a conocer de un modo astuto y taimado los planes militares del enemigo o las hechuras de las señoritas con las que holgaba el primer ministro de una potencia extranjera. Las pantallas de los cines nos han entretenido mucho con este tipo de relatos ligados a la aventura.

Por último, la “inteligencia” de un país hacía referencia a esos aguafiestas que proliferan en todas las latitudes dedicados a amargar la vida del prójimo perpetrando ensayos y publicando librotes sombríos.

Todo esto es el pasado. Hoy las agencias de viajes nos ofrecen el turismo inteligente para disfrutar en una ciudad que asimismo es inteligente. Y es calificado de botarate sin remedio quien conduce un coche no inteligente. Hay, de otro lado, la comida inteligente como hay el ocio inteligente. Y la energía inteligente y el transporte inteligente que los políglotas por cierto, como personas que hacen gala de inteligencia, llaman “smart”.

En fin, otro adjetivo que se nos colado en nuestra cotidianidad es el de “salvaje”. También hasta hace poco se consideraba tal al habitante de islas remotas a las que no habían llegado los misioneros y por animal salvaje se tenía al no domesticado siendo las fieras de la selva el ejemplo más a mano. Hoy, por el contrario, el camarero que nos atiende en el restaurante -inteligente- nos ofrece una lubina “salvaje” aunque en ella lo único nuevo que advirtamos sea el precio, que nos parece, ese sí, una salvajada.


Y así vamos tejiendo nuestras vidas: sin mucho acierto pero con lo sostenible, lo solidario, lo inteligente y lo salvaje al hombro. Henchidos todos de tópicos.