19 junio, 2006

Raíz.

Mientras lo enterrábamos, una lagartija pequeña nos miraba desde una pared muy cercana, apenas a un metro de mí. Se movía, iba, venía y parecía que no sentía ningún temor de los que allí apretadamente nos congregábamos, en aquella esquina del cementerio pequeño, sobre cuyo muro podíamos divisar, apenas alzándonos un poco, todo el verde de nuestra tierra. La lagartija permaneció un buen rato contemplándonos y contemplando cómo el enterrador tapiaba el nicho, mientras la gente callaba y una neblina tenue empañaba las distancias. Quién sabe.
Mientras lo enterrábamos, mi madre, que nada sabe y cree aún, a su manera, que se trata nada más que de una nueva hospitalización, por unos pocos días, tenía una crisis y perdía sus escasas fuerzas. Hoy la hemos visto y me ha dicho palabras extrañas sobre el día de ayer, ella que de lo inmediato apenas recuerda nada nunca. Me dijo que ayer había sido un día malo, feo, y que no lo había encomendado. No conseguimos averiguar qué quería decir con esta última expresión, pero se le velaban los ojos y tenía hoy la sonrisa sin la frescura inocente de los últimos tiempos.
Mientras lo enterrábamos, yo reflexionaba sobre el significado tan profundo de los ritos de los que siempre he abominado por culpa de mis prejuicios de intelectual bobalicón y de ciudadano con suerte que nunca había vivido de cerca la muerte de un ser tan próximo. Ahora sé qué importante es el calor de la gente que lo quería a él o que me quiere a mí; cuánto te ayudan a reponerte esas conversaciones en el tanatorio con la gente buena que no mira el reloj y sólo está pendiente de tus ojos para decirte ven, tomemos un café; cuánto te enseña la ruda charla de los pocos que quedan de su quinta y que te narran, entre risotadas, todas aquellas locuras, todas aquellas aventuras, tantísima vitalidad y esa fuerza de los que trabajaban siempre, y se divertían y sabían hallar la alegría y el disfrute donde nosotros hoy, ahítos, recebados, ociosos, acomodados, cultivamos estúpidas angustias vitales y nos damos al prozac, el yoga y las dietas macrobióticas, en lugar de a la sidra y al vino, a la conversación y a los caminos, como hacían aquellos hombres, de los que quedan tan pocos; y ahora uno menos, uno de los mejores.
Mientras lo enterrábamos, volví a sentirme pequeño, como hace cuarenta o más años, necesitado de guía y protección y confiado en su fuerza y en aquella mirada suya de los que nunca retroceden ni se asustan. Y me acordé de cuántas horas pasaba yo, de niño, sentado en el prado de detrás de nuestra casa, mirando hacia las montañas lejanas, pensando que allá, lejos, al otro lado, debía de haber muchos mundos y muy interesantes y que un día habría de recorrerlos yo, como cuando mi padre me contaba cuánto de este país había pateado él durante la guerra. Creo que en su fuero interno sentía que la maravilla de haber visto lugares tan lejanos para él lo compensaba de todos los padecimientos de sus tres años de guerra y los otros tres más de servicio militar. Él me empujó después, tenuemente, sutilmente, discretamente, para que yo caminara y marchara lejos, aun al precio de dejarlos atrás, tan solos, a mi madre y a él. Contaba orgulloso mis andanzas y las de su nieto, pero a mí me hace mucho más dichoso haber sabido regresar a tiempo para estar a su lado en estas semanas finales y tener, gracias a él, la sensación de que al fin descubrí el sentido del viaje largo: el retornar a lo que es nuestro, a lo que somos, a la raíz que se teje de vida y muerte con los tuyos y donde los tuyos.
Mientras lo enterrábamos, yo, su hijo, pensaba en que ayer mismo había descubierto de él cosas que desconocía, cosas buenas, de su vitalidad, de sus conversaciones, de lo que quería a su nieto, de lo grabados que llevaba ciertos detalles que yo creí que no atendía o no entendía, de cómo contaba las cosas para dejarme a mí mismo, a mí, en el mejor lugar ante los demás. Es como si siguiera hablándome y se sincerara y consiguiera, al fin, romper algunos viejos hielos, mientras lo enterrábamos.
Estoy escribiendo esto a comienzos de la tarde del día siguiente, en su casa que ya no volverá a pisar, rodeado todavía de sus cosas, con ese aroma suyo que impregna las paredes. Y llega de algún lado, parece que del piso de arriba, el sonido de una flauta que toca ese ritmo nuestro de "a mí me gusta la gaita, viva la gaita, viva el gaiteru...". Quién sabe.

14 junio, 2006

¿Fútbol o hooligans?

No, no voy a hablar de fútbol propiamente. Es por lo de poner títulos con anzuelo. Lo del fútbol es una comparación, o así.
Cuando era un crío me indignaba la actitud de mi padre cuando veíamos en la tele partidos de fútbol. ¿Que si ya había televisión en aquel tiempo lejano? Sí, hasta en mi pueblo. Andaba la globalización en pañales y balbuciente, y los cosmopolitas viajaban en trenes renqueantes. Contemplábamos en casa los partidos del Real Madrid en la Copa de Europa y los de la selección española, los unos y los otros con Amancio, Velázquez, Gento, Zoco, Pirri y compañía, tipos más recios que metrosexuales, qué horror. Y mi padre siempre deseaba que perdieran, era un anti avant la lettre. Aquello me producía profunda desazón y dudas sobre las virtudes de mi progenitor A. Él se justificaba con que el franquismo pretendía legitimarse a patadas y apuntarse los goles como propios. Lo comprendí mucho después y de traumas infantiles de ese calibre se alimenta mi escepticismo de hoy frente a los patrioterismos de toda laya.
Hasta llegar al presente y a mi dolida condición de futbolero sin equipo, hincha del juego, pero descreído de todas las hinchadas. Con tal escuadra futbolística no puedo simpatizar porque su directiva es un cueva de constructores blanqueados, del otro porque alienta ultras del sur o del norte que harían las delicias de Goebbels o Beria, del de más allá porque su afición llena todo de banderas agresivas o de regüeldos racistas. En fin.
Y el caso es que el fútbol me gusta, como juego, qué le vamos a hacer. Pero como juego limpio, eso sí. Me pasa lo mismo con la política. ¿Usted qué prefiere, que gane su equipo a base de trapacerías y de comprar hasta al árbitro, si hace falta, o ver un buen partido, lealmente disputado y, de propina, que gane su equipo con respeto a las reglas y al fair play? ¿Se trata de destrozar malamente al contrario o de alegrarse de que gane el mejor en buena lid? ¿Qué importa más, las reglas, esto es, el juego en sí, o el resultado?
Al juego político en democracia le podemos aplicar idénticas preguntas. Y, según las respuestas, nos clasificamos en fanáticos sin escrúpulo o demócratas propiamente dichos. Al demócrata le gusta más el juego en sí de lo que le interesa el resultado, por mucho que tome partido y tenga equipo de sus amores. El demócrata sabe que sin el respeto escrupuloso de las reglas no hay juego, sólo simulacro y resultados amañados, trampa, abuso. En las dictaduras y los autoritarismos el juego se simula, hay jugadores y goles, pero con más trucos que en un viejo vapor del Mississipi. Por ejemplo, Acebes y Rubalcaba tienen una pinta estupenda de tahúres consumados y de pasarse el juego limpio por salva sea la parte. Memorable aquella partida suya en tres días de marzo. De aquellos polvos... En el deporte honrado se echa la pelota fuera del campo cuando hay jugadores lesionados sobre el césped. Estos truhanes corrieron como locos, balón en ristre, hacia la portería contraria, con sus ultras jaleando. Ganó el más diestro en lo siniestro, no el juego.
Y ahí andamos. Ya ven lo que acaba de suceder ayer mismo. Montilla fue gravemente insultado en un mercado de Salamanca, hasta le arrojó huevos un grupo de españolistas exaltados y tuvo que escapar bajo protección de la guardia civil. Qué horror.
Si éste fuera un país de demócratas, es decir, de políticos y ciudadanos convencidos de que en democracia las reglas cuentan infinitamente más que los goles de cada cual, andaríamos todos, como un solo hombre y una sola mujer, alzando nuestra voz contra los energúmenos de alma parda y consigna inducida, para defender los principios de la democracia (pluralismo, libertad de expresión...) contra los hooligans descerebrados que no llegan ni a los talones de los grandes simios. No quiero ni pensar lo que le puede ocurrir a Rajoy si un día de estos se aventura por un mercado de Granollers, pongamos por caso. A este paso, mejor sería organizar ligas independientes, para que cada equipo se las ingenie con los cafres que amamantó.
Uno, modestamente, se proclama voluntario para defender a Montilla de los fantasmás del inframundo, de los fanáticos como adoquines, en cualquier campo en que quiera exponer sus ideas y su programa. A Montilla o a cualquier otro que ni mate ni agreda ni rebuzne.
La democracia es el imperio de la palabra libre, de la idea no amordazada, de la disputa en buena lid y deportivo pulso de programas y propuestas. Y se gana a los puntos, pero no de sutura. Los buenos aficionados hemos de luchar por las reglas del juego, para evitar que los partidos se conviertan en un depósito de estiércol, en un comedero de gusanos. En eso se ve el percal de cada uno. Y el talante.

13 junio, 2006

Furia española

¡Ondia!, la furia española. No, no voy a hablar de fútbol y del Mundial. Pero, por cierto, ¿por qué los comentaristas de fútbol ya no usan esa vieja imagen? ¿Porque desapareció el ímpetu de nuestros pizpiretos jugadores de diseño o por qué?
Me refiero a la que lió nuestro sabio Tribunal Constitucional con su Sentencia 237/2005, en la que, aplicando a rajatabla el art. 23.4 de la Ley Orgánica del Poder Judicial, sentó la jurisdicción universal de los tribunales españoles para la persecución de ciertos delitos, como los de genocidio, terrorismo, piratería, falsificación de moneda extranjera, prostitución o tráfico ilegal de drogas. Y allá vamos, como motos. Que tiemblen rufianes, malandrines y cacos.
Ya no es sólo que la Audiencia Nacional ponga manos a la obra con lo de los vuelos de la CIA que hacían escalas en Mallorca, dicen, en su viaje hacia países con tortura y todo incluido. Vaya papelón, tanto si el Gobierno lo sabía como si no. Lo seguro es que mentir no miente este Gobierno; que mira lo que le pasó al otro por andar con trolas. Es que ahora, en coherente aplicación de la doctrina del supremo intérprete constitucional, va el mismo órgano judicial a investigar los crímenes de China en el Tíbet y hasta la persecución por el gobierno chino de la secta Falun Gong. Van a caer como chinos.
A mi me parece muy bien que alguien se anime a plantarles cara a los matones del mundo mundial, y hasta me enorgullece un poco que sea España (léase Estado español). Cabalgamos de nuevo a lomos de Rocinante, que se preparen los molinos de viento. Pero, caramba, es que vamos a por todas, estamos en la procesión y repicando, somos el país más inquieto y juguetón del orbe. Justamente cuando cuarto y mitad de los compatriotas de uno comienzan a abominar del universalismo y a mirar otra vez con ojitos mimosos el principio de soberanía nacional, ¡zas!, nos convertimos en guardianes de la universalidad de ciertos derechos y no respetamos ni soberanías ni autodeterminaciones ni nada. A mí me gusta, pero a alguno le puede dar un síncope con tanto torcimiento de neuronas. Cualquier día, manifestación de antiglobalizadores a favor de una justicia global.
Verás qué guasa el día que aquí indultemos a Pakito y lo procese por terrorismo un Marlaska de Sichuan, menudo mosqueo. Como el de China ahora. Y nuestro Gobierno, que venga, jo, que es broma, no os lo toméis así, cómo no vamos nosotros a entender la importancia de la realidad nacional soberana china, jeje; si queréis negociamos y vemos, deberíamos buscar fórmulas de consenso y tal y cual. ¿Se imaginan la cara de los otros, amarillos? Oye, y qué les ofrecemos a los chinos esos a cambio de que dejen de fumigar a los pobres tibetanos. Que vaya Patxi, propongo; sí, López.
A este paso, media humanidad se va a tentar la ropa antes de aterrizar en suelo español (o lo que sea), no vaya a tener aquí causa abierta o celda amueblada a la espera. Como comiencen nuestros jueces con el rosario de dictadorzuelos sanguinarios y proxenetas barbudos, tienen tela que cortar para rato. Menudo marrón para Moratinos, venga asegurarles a todos, algunos incluso buenos amigos suyos y de la pazzzzzz, que tranquilos, que no pasa nada, que acudan confiados a esta nación de naciones a reposar un rato y a reponer energías para volver a la carga. Y en cuento asoman la nariz por estos pagos, hala, a chirona a pagar por sus culpas.
Al pobre Pumpi lo van a volver tarumba, todo el día deshojando la margarita: este criminal sí, éste no, éste sí, éste no, perdón, ¿cómo dices?, ¿este qué?. Y Grande Marlaska y Moreno a su bola, sin reparar en gastos. Y los juzgadores de la Audiencia Nacional desgañitándose más que la niña del exorcista, para ver cómo se lo montan para que Santi Potros o Gadafi salgan bien parados y a los chinos se les meta un buen rejón en rebeldía.
A veces tiene uno la impresión de que todo es un sueño cachondo, que en cualquier momento nos despertaremos y que esto vuelve a sus modos de país normal, donde los buenos son buenos, los malos, malos, y la mayoría silenciosa, mediopensionista. No como ahora, que no se entiende nada.

12 junio, 2006

Académica formalidad y académicos sin personalidad.

Se están perdiendo las formas, en la convivencia social en general y en el mundo académico en particular. Está tocada de muerte la cortesía, se desangra la deferencia, toda consideración que no sea homenaje al ombligo propio pasa por decadente antigualla. Otra vez el péndulo oscilando sin control ni gobierno. De la rigidez de antaño, de aquellas fórmulas impostadas y autoritarias, a este despendole. Ya vale todo y tonto el último. ¿Que a qué me refiero? La crisis tiene variantes y diversas manifestaciones. Veamos algunas.
Hubo un tiempo en que la palabra tenía valor. Ahora la palabra es el instrumento mediante el cual se gana tiempo, en el mejor de los casos, o se le toma el pelo a la gente de manera vil, en el peor. Nos enseñaron, mamamos, imitamos aquello de que cuando uno se compromete a hacer algo o a estar tal día a tal hora en un lugar para vérselas con un cometido, se cumplía, así cayeran chuzos de punta. Eso se acabó. En otro tiempo, no tan lejano, era signo de carácter e indicio de calidad humana el atenerse al compromiso adquirido, el cumplir con lo que se promete, el no dejar en la estacada a los que con uno se embarcan en cualquier empresa. Hoy en día funciona justamente al revés, cuanto más incumples más te cotizas, cuanto menos fiable resultas, mas importante pareces, cuanto más superficial y frívolo, más chic y cool te sientes. Pero incluso en esto hay clases, que, con ánimo simplificador y didáctico, podemos reducir a dos.
Están los ocupados que se fingen brutalmente atareadísimos. Uno los llama un día para algún evento universitario que, supuestamente, es motivo de honor y halagüeña distinción; cosas tales como dictar una conferencia, actuar de ponente en un congreso o formar parte de un tribunal de tesis doctoral. Te dicen que sí y que qué bien y que muchas gracias y que cómo no y que no faltaba más. Lo organizas todo en consecuencia, viajes, alojamientos y alguna expansión mundana. Cuando faltan un par de semanas, o de días, te llaman, compungidos, que mira, que me surgió una cosa en Coimbra, que ya ves qué putada, que fíjate y date cuenta, que no puedo negarme porque el que lo organiza estuvo en la boda de mi cuñada y, además, dirige la academia lusa de vuelo sin motor. Y tú balbuciendo que hombre que habías quedado antes conmigo, que qué faena, que no tengo margen para arreglar esto. Y él que te corta y que te dice que, caray, a ver si la próxima vez hay más suerte y que qué ganas de coincidir contigo en algo y charlar y que no dejes de llamarlo para la próxima porque le hace una ilusión bárbara-bárbara ir a tu universidad y dar un abrazo a toda esa buena gente. Y te cuelga justo antes de que resuelvas el dilema que en ese minuto te corroe las entrañas: me cago en sus ancestros de lupanar para mis adentros o se lo casco de viva voz y allá se las componga.
Con todo, la anterior es la subespecie más respetuosa de semejantes mamelucos con cátedra inflada. Los hay peores. Por ejemplo, el que con absoluta normalidad y sin asomo de sonrojo te explica que no podrá venir porque su mujer, que lo iba a acompañar, tiene ese día ensayo del coro parroquial, y que hazte cargo, con las ganas que ella tenía de darse una vuelta por ahí, fíjate que disgusto, está la pobre que no encuentra consuelo. Más lo que te aprecian a ti los dos, claro, él y ella, Abelardo y Eloísa de los cataplines. ¿Horrible? Pues los hay todavía peores. Por ejemplo, aquel que entiende que es justificación suficiente para saltarse cualquier compromiso el que el día señalado, precisamente, pase el tapicero a retirarte el sofá al que le quiere poner nuevos colores, pues, ¿sabes? hemos puesto el salón en wengé y dice mi suegra que los estampados en los sillones ya ni pegan ni se llevan, y tú conoces de sobra que hoy en día lograr cita con un buen tapicero es más complicado que hacer una tesis, precisamente, jejeje, y bueno, tú, saludos por ahí y tal y otra vez será, ¿eh?
Eso, los que te dejan colgado y no asisten al acto previsto. Pero hay informales que sí asisten. No se sabe qué es mejor. Llegan algunos a su conferencia o al tribunal como si fueran a la piscina de su puñetero pueblo el fin de semana. Sólo es faltan las clanclas. Y les sobra gracejo. Todo menos haber meditado cinco segundos sobre lo que van a contar o haberse tomado el trabajo mínimo de ojear en diagonal cincuenta páginas de la tesis que tienen que juzgar. Y se sienten tan artistas, se consideran tan geniales, que piensan que su lamentable impostura cuela como destilación de ciencia inconmensurable. De estos he visto docenas, pero no quiero alargarme. Contaré sólo un caso espectacular, de entre muchísimos. Hace una buena partida de años, en mi vieja universidad asistí, entre el escaso público, a la defensa de una tesis doctoral. Presidía el tribunal una vaca sagrada de la disciplina en cuestión, un intocable, un capo del copón. Cuando le llegó el turno de hablar, miró fijamente a la doctoranda, pues mujer era, y no pronunció más palabras que éstas: felicito a la doctoranda por el peinado, el caer de párpados y la sonrisa. Olé tu madre. Y se quedó tan fresco. Ah, y votó el sobresaliente cum laude, cómo no. Se ve que estaba inspirado. O cachondillo. O retozón. O gagá, que es lo que suele pasar y nadie se atreve a decirles a semejantes estrellas de todo a cien.
Si conserváramos algo de aquello que en tiempo se llamaba honor, o más modestamente, de vergüenza torera, hace tiempo que elaboraríamos listas negras de los supuestos genios que no tienen más que descaro canallesco y de los atareadísimos de pega que sólo sirven para aparentar una importancia que no alcanzarán en su puñetera vida de marujos banales.
Pues eso.

11 junio, 2006

Luz de antorcha. Por Francisco Sosa Wagner.

Hace un par de semanas puse en relación al “bloguero” actual, es decir, la persona que sabe mantener un“blog” en Internet, con Karl Kraus, el escritor austriaco. Precisamente hoy se cumplen setenta años de su muerte en Viena, víctima de una embolia. En España Kraus es conocido, al menos en los círculos que frecuentan la literatura imaginativa, la literatura comprometida, no en el sentido que dio a esta expresión el marxismo de barrio, sino en el sentido de comprometida con la denuncia y la crítica contra todo lo que se moviera en derredor, sin seleccionar pues en función de los intereses del partido, la cofradía o el banco o caja de ahorros a que se debe sumisión.
Para que el lector actual lo entienda más claramente: justito lo contrario de lo que ocurre en el panorama español donde respecto de cada opinante ya se sabe de antemano qué nos va a vender y qué tipo de mercancía nos quiere colocar, exactamente aquella que le ha indicado quien se encarga de su tarjeta de crédito. Como decía, Kraus es conocido en España pues circulan traducidos algunos de sus libros y quienes gastan buen paladar han sabido descubrirlos y apreciarlos. Estamos en el Imperio austro - húngaro, abigarrado y barroco ensamblaje de pueblos, religiones, culturas y lenguas, y en él la gente nacía donde podía. Kraus lo hizo en un territorio que ahora pertenece a la República checa pero el centro de su actividad intelectual estuvo en Viena. Para que el lector se vaya haciendo una idea se trataba de la Viena de Freud, de Mahler, de Loos, de Hofmannsthal, de Musil, de Schönberg, de Kokotschka y por ahí seguido porque la lista podría enriquecerse mucho más. No era pobre la nómina de creadores en aquel Imperio que se derrumbó dejando como estela un país pequeñito que se llama Austria.
En aquel territorio de la cultura y de la política convulsa, Kraus se aísla, se envuelve en su casaca, y saca su pluma como toda arma de combate. Contra la hipocresía de la sociedad, contra sus mentiras, contra un mundo de dengues y de melindres ridículos, Kraus empieza a publicar su revista “la Antorcha” que aparecía tres veces al mes y que probablemente leerían cuatro adictos. Haría historia. Pronto será él autor de todo lo que en ella salía: “ya no tengo colaboradores. Les envidiaba. Me ahuyentaban los lectores que quiero perder yo mismo”.
Anotaba ideas, disparaba, se reía y bromeaba... ¿Hace falta decir que la prensa “seria” le ignoró? “Lasnecedades actuales parece que nacen listas para la imprenta”. Por ahí viene su parentesco con los “blogueros” actuales (cité el caso del Profesor Juan Antonio García Amado y lo mismo puede decirse de tantos otros que se mueven en la misma dirección) que aprovechan una página a su disposición en el espacio cibernético para hacer astillas con los tablones que sostienen la farsa.
Como es natural, Kraus no tuvo detrás ningún partido ni escuela, contó por el contrario con la antipatía activa del mundo convencional de la cultura. Kraus fue inexpugnable en su independencia: “la sátira escoge y no conoce tema alguno. Surge al huir de éstos cuando se le imponen”. “A nadie le pido fuego. No quiero agradecérselo a nadie. Ni en la vida, ni en el amor, ni en la literatura. Y sin embargo fumo”.
La antorcha pues para iluminar rincones, para provocar incendios, para hacer estallar la pirotecnia de la incorrección. La antorcha es el comienzo de la hoguera donde han de arder los ventrílocuos del poderoso. Quien la enarbolaba representa, fácil es comprenderlo, la antítesis del poeta-mendigo, del bueyuno que despliega en la esquina sus baratijas de complacencia para recibir los premios que, a distancia, otorga el ministro.

10 junio, 2006

Venganza y Estado.

Tengo un amigo argentino, de Mar del Plata, buena tierra. Alguna vez anduvimos por allá. Un día tuve con él y otros compatriotas suyos una discusión algo subida de tono por mi parte; luego lo lamenté. Bien es verdad, aunque no valga ni de atenuante, que yo me había tomado unos vasos de vino, quizá demasiados. El caso es que volvió a salir a colación un caso que se había dado en aquella tierra. De por allá es el lúgrubemente célebre teniente Astiz, aquel hijo de madre de la Escuela de Mecánicos de la Armada. Ya libre, por obra de una infame amnistía, el tipejo andaba por la calle de su ciudad y entraba de vez en cuando en locales o discotecas a pasar el rato. Al parecer, en más de una ocasión la gente que estaba dentro lo reconoció y abandonó el lugar, lo dejó sólo. Era una forma ciertamente loable de echarle en cara el merecido desprecio. Está bien. Pero a mí se me antojó sostener que no era comprensible la cobardía, dicho sea abruptamente, de tantos argentinos, de los que sabían que alguno de sus seres más queridos habían muerto a manos de semejantes salvajes desalmados, y que se limitaban a tragar saliva y cambiar de acera, tal vez tapándose la nariz y aguantando el vómito. Pues, sostenía un servidor de aquella manera, esa buena gente estaba obviando un imperativo moral supremo, casi un mandato del derecho natural del bueno, si se me permite expresarlo así con algo de ironía: matar al asesino impune. Vamos a ver si ahora, con serenidad, puedo explicarme sin molestar demasiado, y menos a los queridos amigos de la tierra del tango.
Voy a partir de un supuesto hipotético y trágico. Imaginemos que alguien mata a un hijo mío, o a mis padres, o a un hermano, o a la persona que amo como pareja, y que el asesinato fuera consciente, alevoso. Por ejemplo, porque el asesino alegue que esa muerte intencionada es un medio para lograr el fin de eliminar la subversión, o de lograr la autodeterminación de un pueblo. Pero el muerto no era ni siquiera un político, ni un policía, en cuyo caso seguiría el crimen siendo plenamente reprobable. Pero voy a lo que en mí desencadenaría la suprema angustia: era un ciudadano normal y corriente, de a pie, era mi familiar, que pasaba por allí. Es probable, muy probable, y esto tiene más de confesión que de hipótesis de trabajo, que mi impulso primero y más natural fuera tratar por encima de todo de matar al autor del crimen. Y creo que es un sentimiento noble y que no merece reproche. Y me parece que debería, en principio y a salvo de lo que luego matizaré, esmerarme en conservar mi determinación y en cumplirla, aunque caiga sobre mí todo el peso de la ley, de esa ley de la que el infame, como en el caso de Astiz, se había librado pese a sus torturas y sus homicidios, paradójicamente.
Se me reprochará que ese instinto vengativo es sumamente primitivo, poco menos que animal, y es cierto; que va contra los principios más elementales de la civilización, y es verdad; que para eso está el Estado, para imponer una justicia objetiva y con garantías y para hacer que el delito sea retribuido mediante la pena pública; y así es y bien que quiere un servidor defender tal idea. Pero a eso vamos, precisamente.
En sociedades primitivas era, o es, regla común la venganza privada. A la familia del asesinado le corresponde vengar el mal con otro semejante, a costa del malhechor o de su familia. Las variantes son muchas, y de ello nos cuentan historiadores y antropólogos. Repárese, por lo demás, en que es proceder propio de naciones y realidades nacionales, de prístimas comunidades con identidad grupal muy marcada y plenamente cohesionadas con la argamasa de las tradiciones y los usos seculares. Considérese también que estamos hablando del que venga personalmente un mal personal, no del que en nombre de una pura idea abstracta (la Fe, la Verdad, la Comunidad o el Bien) mata al que considera enemigo, rival o hereje. Esto no merece el nombre de venganza. Cuando se hace masivamente y en lucha es guerra; cuando se hace contra individuos aislados e indefensos son sacrificios humanos. Cuando se hace contra grupos indefensos es exterminio o genocidio.
La venganza privada como castigo amparado por reglas grupales tradicionales fue quedando de lado en cada ocasión en que una sociedad pasó a regirse por un poder político legislador que impone y se guía él mismo por reglas jurídicas abstractas y que rompen con las costumbres atávicas y las reglas sociales espontáneas. Esto es una cuestión de escala, de proporción mayor o menor, no de blanco o negro. Quiero decir que cuanto más una forma de organización política se aproxima al modelo de lo que llamamos genéricamente Estado, tanto más la venganza privada queda relegada por el monopolio centralizado de la coacción, lo que significa que es el legislador estatal, en cualquiera de sus formas, quien determina qué conductas merecen castigo público, como escarmiento y reparación, y son los propios órganos del poder los que ejecutan tal castigo como pena.
En estos asuntos el Estado moderno representa el avance fundamental, pensábase que definitivo. El Estado moderno ha ido, del siglo XVI en adelante y hasta hoy, afirmando su poder supremo frente a cualesquiera poderes locales anteriores, poderes locales o grupales que pierden su autonomía normativa y de ejecución y que, todo lo más, pasan a desempeñar funciones normativas o ejecutivas por delegación de ese Estado central, no necesariamente centralista. Ese Estado, que primeramente se afirma como poder omnímodo bajo la forma de Estado absoluto, se reviste en algunos lugares de poder autoritario reformista a la manera de lo que se denominó despotismo ilustrado. Pero ya ha aparecido un término clave, Ilustración. La filosofía ilustrada, racionalista, en conjunción con nuevas circunstancias económicas y políticas que requieren una profunda reforma social que logre eficiencia gestora y que imponen una nueva forma de legitimación basada en el apoyo ciudadano, en lo que hoy llamaríamos la opinión pública, determina nuevos hitos en el modo de concebir la acción legisladora, judicial y punitiva del Estado. En lo primero, el consenso social se va asentando muy gradualmente como base única de la ley legítima y merecedora de acatamiento ciudadano. Van surgiendo cámaras y parlamentos, primero con funciones mínimas o de mero dictamen o consejo, luego, paso a paso, con competencias específicas sobre la creación de normas. Al principio fue la aprobación de ciertos impuestos, luego el visto bueno al presupuesto, más tarde la ley toda, sobre cualesquiera materias. Al tiempo, la base social de la representación parlamentaria se iba ampliando al ritmo de la extensión de los derechos políticos. Las primeras cámaras parlamentarias eran aún de representación estamental o aristocrática. Luego el voto se extiende con carácter general, pero como voto censitario. Más tarde como voto universal masculino. Al fin, como voto igual de hombres y mujeres.
En cuanto a la aplicación de la ley, en particular de la ley penal, la doctrina ilustrada va a aportar garantías, en lucha a brazo partido contra la arbitrariedad del poder y con el propósito declarado de evitar el sacrificio estatal de víctimas inocentes a manos de verdugos. Basta aquí mencionar el nombre de Beccaria. Y toda una serie de precedentes en derecho inglés, comenzando por la Carta Magna de Juan sin Tierra, allá por 1215, sentando por primera vez una forma, aún limitada, de habeas corpus. En nuestros días todas esas conquistas se resumen en la idea de que todos, también los más atroces delincuentes, tenemos derecho al juez predeterminado por la ley, a un proceso con garantías y posibilidad de defensa, a que no se nos castigue por nada que la ley previa a la acción no tipifique como delito y a que no se nos sancione en más de lo que esa ley como pena disponga.
En lo que se refiere a la ejecución de las penas, imperó inicialmente el retribucionismo, la idea de la pena como sublimación de la venganza por obra del Estado, bajo el lema de que el que la hace debe pagarla. Pero se inició al tiempo un camino hacia la eliminación de las penas más crueles y degradantes. Primero se impone la idea de que el delincuente condenado conserva su dignidad como persona, dignidad que nadie, ni el Estado, puede vulnerar con padecimientos desmedidos o ensañamiento más reprobable que el crimen mismo que se compensa. Después irá triunfando también la idea de que todo el mundo tiene derecho al arrepentimiento, a lamentar sus yerros, a la enmienda, a una segunda oportunidad, a rehacer su vida como ciudadano de bien. Y de ese modo las penas se reorientan a la (re)socialización del penado. Y más aún, surgen mecanismos para aliviar el castigo al que fue delincuente y tiene el propósito serio de dejar de serlo, al que muestra arrepentimiento, buena disposición, propósito de enmienda.
Todo lo apuntado conforma un éxito civilizatorio sin par, una de las más altas conquistas, si no la más alta, del género humano. Sin la más mínima duda. Algo que debemos defender con uñas y dientes para que no regresemos a la caverna, no precisamente platónica.
Retornemos ahora a los casos hipotéticos. Supongamos que un criminal mata con el mayor de los dolos a un hijo mío. La policía lo persigue para que sobre él se derrame todo el peso de la ley. Pero el asesino transmite a las autoridades el siguiente mensaje: si me dejan en paz, no vuelvo a matar a nadie de esa familia; si siguen acosándome, mataré a otro hijo, y saben que puedo hacerlo. Esas autoridades me dan cuenta a mí de tal declaración y me aseguran que parece seria y creíble. Y ahora vienen las preguntas. Una: ¿qué debería hacer yo en una situación así? Creo que no me quedaría más remedio que concluir que la vida de mi hijo vivo vale más que la venganza por el hijo muerto. Pero algo comenzaría a revolverse en mi interior contra ese estado impotente. ¿Y qué debería hacer el Estado? Posiblemente no cejar en su empeño justiciero, porque ese malnacido puede tomarla de la misma manera otro día con otra familia, aunque respete el pacto con la mía. O porque otro criminal pueda descubrir en el precedente una buena manera de salir de rositas.
Pero compliquemos el caso. Pongamos que se trata de una banda de matones que se ha llevado por delante la vida de mi hijo y de un puñado de personas más. El Estado de vez en cuando los acorrala, detiene y juzga a unos cuantos, pero no consigue erradicar la plaga, porque son muchos, o fuertes, o contumaces. Un día, los jefes de la banda hacen saber que están dispuestos a dejar de matar, pero no sin algo a cambio. Quieren impunidad. Quieren borrón y cuenta nueva, quieren el perdón para los suyos que han sido condenados, quieren, incluso, un protagonismo social y político, quieren luz, taquígrafos, propagar libremente sus ideas; quieren homenajes incluso, o hacer tranquilamente los suyos a sus héroes homicidas. Quieren reconocimiento y legitimidad para sus móviles, aunque abandonen sus acciones. Pero advierten también que, si el Estado no cede, volverán a las andadas y tendremos nuevas víctimas inocentes. En tal situación, la autoridad pública se pone a calcular, pondera todo tipo de razones y conveniencias, incluidas las conveniencias políticas, electorales. La opinión pública es importante a ese propósito. Y los ciudadanos, sensibles a los discursos y sedientos de seguridad para sí, sus familias y sus bienes, razonan así: bien, si a cambio del perdón que los malvados demandan yo me libro de todo temor, bendita sea, hágase; qué pena de esos padres que perdieron a sus hijos, pero... no vamos a arriesgarnos todos por darles satisfacción a ellos.
¿Cómo debe proceder ese Estado en una situación así? Supongamos que acepta el trato y asume todas o la mayoría de las condiciones que la banda solicita, especialmente las que tienen que ver con la impunidad de sus verdugos y el respeto de sus móviles. Yo sé qué pensaría yo, con toda reflexión, con la mayor frialdad, con plena determinación, en una tesitura tal: ha renacido mi derecho a la venganza, la obligación moral personal de tomar por mi mano la justicia que se me hurta, que me escatiman aquellos cuyo poder se justifica sólo para velar porque haya normas penales que a todos nos protejan del delito y de su impunidad. Es cierto, como aducen los gobernantes, que así lo han querido otros ciudadanos, la mayoría quizá, pues buscan seguridad y paz para ellos y los suyos. Pues será, entonces, el Estado de esos ciudadanos, pero ya no el mío. Le deberán ellos lealtad y disciplina, yo ya no. El contrato social se ha incumplido conmigo, por conveniencia de la mayoría. Pero un contrato no se rompe válidamente por un puro cálculo de beneficio para algunas de las partes, ni siquiera de los más. Y tiéntense la ropa esos ciudadanos con vocación de súbditos bien cebados, pues cuando se abre la veda se abre para todos, y el próximo sacrificado a un interés general que no es más que la suma aritmética de intereses individuales mayoritarios, puede ser cualquiera. Bastará que surja una nueva ocasión para que haya de imponerse esa variante de la razón de Estado.
Pues la razón de Estado tiene dos caras, ambas temibles y despreciables. Una se contempla cuando son los mismos poderes públicos los que, en nombre de la seguridad o del bien público o de la pervivencia del Estado mismo, se convierten en delincuentes, matan por su cuenta, torturan, condenan sin juicio, secuestran, roban. La historia enseña muchos ejemplos. Por aquí mismo hemos tenido alguno en la década de los ochenta. Unos pocos responsables fueron condenados. Ningún responsable, o casi ninguno, ha pedido perdón. Los que con su silencio cómplice dejaron hacer y luego tanto gritaron, tampoco se han disculpado. Llamemos razón de Estado activa a esa primera variante. La segunda sería la razón de Estado pasiva o por omisión, y ocurre cuando, por cualesquiera razones similares, siempre expresados en los términos más ampulosos, el Estado hace deliberada dejación de su compromiso para la persecución y castigo del crimen. Tal vez porque no ve con total antipatía las razones degeneradas de los asesinos; tal vez porque no se siente con fuerza para mantener la lucha y para asumir sus costes; tal vez porque la opinión pública se tiñe de egoísmo insolidario; tal vez porque el partido gobernante quiere conservar el poder a cualquier precio, haya caído quien haya caído. Da igual. Ese Estado se muda en cómplice por omisión, se impregna, quiéralo o no, del tufo del crimen. No tanto como cuando él mismo mata por fuera de la ley; pero mucho, en cualquier caso.
Se me dirá, quizá, con la mejor intención, que se puede comprender la actitud mía en el caso imaginario que he puesto, pero que mi interés meramente individual en que se me haga justicia castigando al matón o mi moral individual no pueden predominar sobre el interés general, por mucho que mi angustia se comprenda o que hasta se me disculpen mis impulsos o mis actos vengativos. Pero, ¿realmente una actuación estatal como la que he descrito se puede amparar en el interés general? Me parece que no. Porque el interés general sufrirá, a la corta o a la larga, tanto o más que el mío particular. Con actitudes públicas de ese talante se envía a la sociedad toda un mensaje siniestro: la persecución del delito se somete a cálculo y conveniencia, el legítimo empeño justiciero de las instituciones públicas, de gobernantes y jueces, ya no es absoluto y para todos, sino que opera bajo condición, es un interés relativo, vencible cuando las circunstancias lo aconsejen. Sabrá cada uno que esté tentado de saltarse la ley que cuanto mayor y más fuerte sea su banda y más despiadadas sus acciones, tanta más será su fuerza negociadora y la probabilidad de salir bien parado. Y caerá en la cuenta cada ciudadano honesto de cuán grande es el peligro que corren sus bienes más preciados, y rezará para que, si alguno de los suyos tiene la desgracia de sufrir muerte o lesiones, sea por obra de un asaltante individual, de un atracador descarriado o, incluso, de un psicótico aislado. Porque ésos si pagarán seguramente, poco o mucho, pero pagarán. En cambio, los otros...
Por eso, porque somos conciudadanos bajo un mismo contrato político con el que buscamos la maximización simultánea de seguridad y libertades, resulta obligación moral y política de cada uno la solidaridad plena con las víctimas del crimen y con su demanda de que el homicida pague por lo que hizo. Y por eso, porque el Estado tiene la misma deuda contractual con todos y cualesquiera de nosotros, no puede, sin defraudar la confianza y saltarse el contrato que fundamenta nuestra adhesión, otorgar más perdón que el que concedan los ofendidos. Los ofendidos he dicho, no los que se mueven por su interés personal más mezquino ni, menos aún, por puro afán de medro o disfrute personal. Estos, especialmente, son escoria, desecho moral, hez.
Cierro con otra pequeña anécdota, paralela a la del comienzo. Hace unos cuantos años, andaba el arriba firmante por las aulas del Instituto Internacional de Sociología Jurídica, en Oñate/Oñati, Guipuzcoa/Gipuzkoa. Por allí solía coincidir con un profesor vasco de gusto marcadamente abertzale, un tipo muy cordial y amistoso. En más de una ocasión salí de vinos con él y otros y acabábamos siempre en una herriko taberna o cosa así, adonde le gustaba llevarnos por sorpresa, para reírse luego y preguntarnos si no teníamos miedo de que nos comieran. La última vez, ya advertido, me escaqueé a tiempo y me fui con viento fresco a donde me dio la gana. Si se dieron cuenta, quedé poco progre, mira qué pena tan grande. Uno tiene derecho a elegir sus compañías, sin acritud, como decía aquél. No en vano comparto mi vida con quien lleva en un brazo una huella de metralla, por una bomba de los amigos de aquella gente tan simpática que no se come a nadie, faltaría más. Pues resulta que en algún debate en el mentado Instituto a mí se me ocurrió mantener, en general y sin ejemplos ni nombres, que es supremo derecho moral de las víctimas de crímenes atroces el de la venganza cuando el Estado mira para otro lado o perdona por miedo o ventaja. A la salida vino hacia mí el compañero vasco, cariacontecido, con expresión entre preocupada y de pocos amigos, y me preguntó que a qué me refería con lo del derecho a la venganza. Le conté el caso argentino y le relaté el ejemplo del teniente Astiz. Su rostro se iluminó, respiró aliviado y me reconoció que tenía yo muchísima razón. Manda cojones.
¿Alguna idea abstracta puede justificar el asesinato vil, hacerlo comprensible y hasta más merecedor de perdón u olvido? ¿Ideas como la Verdad, el Bien, la Nación, la Raza, la clase X o la clase Y? No. Por eso son miserables las amnistías al estilo de la argentina... y tantas otras. Salvo que las propias víctimas asuman el perdón en primer lugar.
¿Le haría usted muchas concesiones a Hitler si el 1 de febrero de 1945 se hubiera declarado dispuesto a deponer las armas a cambio de una negociación que diera impunidad o beneficios a sus verdugos y a él mismo? Sí, es un caso extremo, ya hemos dicho que todo es cuestión de escala y medida. Lo es. Pero, al fin y al cabo, él también apelaba de continuo a su Nación y a los derechos de su Pueblo. Interpretados a su manera, cómo no; como siempre. A él le parecía razón suficiente para matar a muchos; a otros les parece argumento bastante para matar a unos cuantos, estrictamente a los necesarios para poder negociar. Es una diferencia, no hay duda.

09 junio, 2006

Bogavantes

Vaya, vaya, vaya. Me entero tarde y por los pelos de que se ha censurado en la capital de esto una obra de teatro porque en ella moría un bogavante, supongo que uno por sesión. Por cierto, que a la compañía le debía salir más caro el bicho que todo el atrezzo, que no sé muy bien lo que es, pero me queda fino. Menuda se va a armar. Con lo bien que se lo estaban pasando los políticos con mando en solares en esas cuchipandas con constructor orondo y, ocasionalmente, modelo local con ínfulas de estrella errante. Por cierto, rebusquen en estantes y bibliotecas y léanse la estupenda novela de mi amigo Sosa Wagner, Hígado de oca a las uvas, se lo pasarán bien y algo tiene que ver.
Ya veo lo que se nos viene encima bien pronto, el debate sobre el estado de la nación convertido en pugna sobre el estado de la ración. Rajoy defendiendo el derecho del comensal galaico a beneficiarse la media docenita de ostras vivas y Zapatero, ¡ostras!, insistiendo en que vuelva al consenso para culminar el proceso de pazzzzzzz de mariscos y bivalvos. Y los mileuristas de a pie recordando con nostalgia la sopa con almejas y quisquilla que prepara su mamá los domingos, mientras los ilustra, a ellos, sobre lo mal que está todo y que a dónde vamos a parar. Y los politicastros dale que dale que si la gula, que si el percebe. Y Yamasfabes jurando que aquella vez él no se estaba zampando el mejillón, sino haciéndole la respiración boca a boca. Notables rifirrafes nos aguardan.
¿Tienen alma los bogavantes? ¿Siente la almeja tanto como a veces aparenta? ¿Se les encoge el ánimo a las navajas cuando intuyen la boca ansiosa? ¿Se esconde ternura en lo más recóndito del mejillón? No está lejos el tiempo en que los restaurantes habrán de disponer espacios apartados para los muy viles que se solazan a base de crema de nécoras y truchas con torreznos. ¿Afectará a los peces la campaña antiomnívoros? Tal vez sea tiempo de que Peter Singer nos ilumine sobre técnicas indoloras de cocción del centollo. Porque hasta ahora, creo, rige la regla infame de que hay que meterlo en agua fría que se vaya calentando poco a poco, hasta la ebullición, para evitarle contracturas súbitas que priven al paladar de sus esponjosas hebras.
Día tras día voy cayendo en cuenta de que he vivido rodeado de los más crueles criminales. Mi propia madre, sin ir más lejos. Y yo que, pasados los primeros sobresaltos, me enorgullecía de lo depurado de su técnica de ejecución de gallinas o su estilo de karateka a la hora de sacrificar el conejo. Ay, iluso de mí, cuanto pitu de caleya (traduzco yo para que no tengan que ir a un traductor automático de ésos: pollo de corral) me zampé, con patatines (traducción: patatitas; no, patatillas; bueno, yo qué sé), acompañado de la caterva de primos que se dejaban caer el día de la fiesta del pueblo, no por amor al patrono ni por afecto familiar sobrevenido, no, por puro afán de devorar otra vez las rústicas viandas.
Yo creo que es tiempo propicio para reforma penal; que hace tiempo que no tocamos el Código ese y se nos anquilosa la lista de crímenes. Qué tal el delito de conspiración de cetárea o el de maquinación marisquera. Ya me veo entre rejas, en compañía de concejales y coleccionistas de sellos, engullendo el puré de espinacas y los filetes de tofu. Si bien, confío en que ZP, perpetuado en la paz y ahíto de comisiones y mesas vegetarianas, decida un acercamiento de penados carnívoros y marisquívoros, o un indulto de bogavanticidas. Ya puestos a ser comprensivos con los criminales... Me imagino la mesa para los tratos, a un lado el Gobierno y sus asesores vegetarianos, al otro los depredadores del percebe y la langosta poniendo precio a su abstinencia.
O tal vez no he entendido bien la noticia y la prohibición de cargarse el bogavante rige sólo para el teatro. En cualquier caso, por algo se empieza. Pues qué es la vida, sino puro teatro, como cantaba La Lupe:
Igual que en un escenario
finges tu dolor barato,
tu drama no es necesario,
ya conozco ese teatro.
Fingiendo qué bien te queda el papel,
después de todo parece
que ésa es tu forma de ser. Yo confiaba ciegamente
en la fiebre de tus besos,
mentiste serenamente
y el telón cayó por eso. Teatro, lo tuyo es puro teatro,
falsedad bien ensayada,
estudiado simulacro,
fue tu mejor actuación
destrozar mi corazón.Y hoy que me lloras deveras
recuerdo tu simulacro,
perdona que no te crea, me parece que es teatro
.
¿A quién diablos se refiere La Lupe?

08 junio, 2006

Multiculturalistas y comunitaristas.

Hora y horas de hospital. Y días y días. Se me va trastornando la cabeza, síndrome de encierro se podría llamar esto, no sé. Leo, paseo por la habitación, dormito algunos minutos, sigo a ráfagas los partidos de Roland Garros. Es duro. Porque, para mayor desánimo, no se ve a mi viejo mejorar. Paciencia, para eso estamos.
Ayer y hoy, por si éramos pocos, hube de ponerme a terminar de leer los trabajos de mis estudiantes. Consuela que están más que dignos. Sorprendentes esos muchachos, pues de palabra dicen poco y no para extasiarse precisamente, pero por escrito parece que piensan, y bien, y hasta se expresa pulcramente la mayoría.
En ésas andaba y me tocó leer todo el taco de sus comentarios sobre un texto de Rodolfo Vázquez alusivo al multiculturalismo y la relación entre derechos individuales y culturales. Y me hizo pensar nuevamente. A eso vamos, aunque sólo sea para pasar el rato. Hablemos de las paradojas del multiculturalismo de raíz comunitarista.

Lo del multiculturalismo es un cajón de sastre, como corresponde a su condición de moda y de rótulo chic para ligar con progres. Como aquí estamos en un blog diletante y no en una sesuda monografía ni en una conferencia para durmientes, intentemos definiciones de andar por casa, aunque con el propósito de que no desmerezcan demasiado de lo debido.
El multiculturalismo es aquella doctrina filosófico-política que proclama la bondad y las ventajas de las sociedades multiculturales, es decir, de las sociedades en las que conviven pacífica y armónicamente culturas diversas. A estos efectos, por cultura podemos entender el conjunto de creencias y prácticas que corresponden a una visión del mundo y a una correspondiente idea del ser humano, creencias y prácticas que se asientan en una tradición o conjunto de tradiciones concatenadas. Su grado de amplitud o su extensión pueden ser muy diversos, razón por la cual se habla de una cultura cristiana occidental o una oriental, de una cultura islámica o de una cultura cristiana, o, en escala menor, de una cultura alemana, o francesa, o catalana o asturiana, o de los Picos de Europa.
Pocos, sólo fanáticos y fundamentalistas, serán los que hoy en día sostengan que las sociedades perfectamente homogéneas son mejores y más enriquecedoras que aquellas otras en las que convivan cosmovisiones y costumbres de distinta raigambre. En ese sentido la inmensa mayoría creo que somos multiculturalistas. El problema teórico se vuelve más acuciante cuando se trata de poner en relación cultura y Estado y de preguntarse si cabe, y cómo se debe organizar, un Estado multicultural. En términos superficialmente fácticos, los Estados multiculturales abundan. Pero la cuestión interesante se halla en si son preferibles o no a los monoculturales. Aquéllos que ligan esencialmente el Estado a la nación, entendida ésta de modo sustancialista, propenden al ideal de Estado monocultural, homogéneo, pues culturales son las definiciones de nación que este tipo de doctrinantes o políticos manejan. Así que, por la propia lógica de los conceptos y por pura coherencia, podemos sentar una primera hipótesis: cuanto más "nacionalista" sea una noción de Estado, más reacia será a la admisión de un Estado como mera estructura jurídico-política que dé abrigo y admita por igual cosmovisiones y prácticas culturales diversas. Un caso claro podemos verlo en la doctrina del Estado franquista. Otros casos transparentes los contemplamos ahora de continuo.
La hipótesis anterior se complementa con una segunda: es el liberalismo, en tanto que doctrina política -aquí no estoy hablando de neoliberalismos económicos y cosas por el estilo, lo uno no lleva a lo otro, conste- el que se halla en mejores condiciones para admitir un Estado abierto a las diversidades culturales de su ciudadanía. Y arribamos con esto a una gran paradoja. Muchos, no todos, de los que se proclaman multiculturalistas simpatizan grandemente con la filosofía política del comunitarismo. El comunitarismo es aquella doctrina que sostiene que el individuo aislado es mero átomo, hombre sin atributos, papel en blanco. Que es la respectiva cultura en la que nacemos y vivimos la que nos alimenta de nuestras ideas, nuestros ideales y nuestra noción del bien y del mal. Y que, por consiguiente, el imperativo moral primero de cada ciudadano es el amar, mantener y defender esa cultura de la que todo su ser bebe, sin la que no sería como es ni pensaría como piensa. El deber genérico de amor al prójimo se matiza en escala, pues no todo el prójimo merece el mismo amor y se debe más al prójimo próximo, es decir, a los miembros de los propios grupos, de las propias comunidades: familia, nación, cultura. El viejo imperativo kantiano que propugna valorar a todo individuo como supremo bien, al margen de cualesquiera características añadidas, todas aleatorias, se muta en obligación de tener por bien supremo al grupo de cada uno, con sus normas y sus tradiciones. Y esto se hace particularmente agudo en caso de conflicto entre el grupo propio e individuos o grupos ajenos a él: la prioridad la debe tener el grupo propio, mi comunidad cultural vale más y merece mayor respeto que cualquier ser individual foráneo. Entre nosotros y los otros las diferencias no son secundarias, son constitutivas y esenciales, determinantes, y bien está así. De ahí que uno de los más radicales comunitaristas, como es MacIntyre, haya escrito que es deber supremo de cada ciudadano defender, incluso con las armas, su comunidad frente a todo peligro externo o interno que amenace sus señas definitorias o su independencia. Estamos obligados a impedir que "los otros" contaminen, desfiguren, disuelvan la cultura comunitaria nuestra, la de "nosotros".
¿Cómo explicamos esa simpatía de algunos multiculturalistas por el comunitarismo? Pues no lo sé, tal vez por desarreglos psicológicos o por el simple afán de acumular pegatinas de moda en la capa de uno. O, en unos pocos casos, por cinismo. Tal ocurre, por ejemplo, pero no sólo, con ciertos profesores latinoamericanos que en nombre del comunitarismo defienden los derechos grupales de los indígenas como superiores a los genéricos derechos fundamentales individuales, que dejarían de ser comunes a todos los nacionales y pasarían a pertenecer sólo en propiedad a los blancos y capitalinos. Eso sí, por respeto a la identidad cultural indígena. Y los indígenas, por tanto, a sus reservas, a sus resguardos, a disfrutar allí en paz y gloria de Dios de las normas tradicionales de su grupo, sin acceso a prácticas de otras culturas que desvirtuarían su identidad y los convertirían en desgraciados sin arraigo: minucias tales como la libertad de expresión, o de consentir el casamiento o de no sufrir tratos o penas crueles inhumanos o degradantes, o de tener igual oportunidad que los de las otras culturas estatales, en particular la capitalina, para acceder a los supremos puestos de la gobernación o las finanzas. Pero se hace por su bien, eso sí, porque son más felices con sus tradiciones que con las nuestras. Así que ellos con las suyas y nosotros con las nuestras. Y Dios en la casa de todos. Qué bien.
En suma, que no veo cómo se puede ser coherentemente y al tiempo, y sin doblez, multiculturalista y comunitarista. En cambio, considerándome, como me considero, multiculturalista, creo que la filosofía que permite la defensa más consecuente de este planteamiento es la filosofía liberal, una cierta filosofía liberal, la clásica. ¿Por qué? Porque la admisión de distintas culturas conviviendo bajo un mismo ordenamiento jurídico-político requiere las siguientes condiciones:
a) Dar más valor a los individuos, a cada individuo, que a cualesquiera grupos o comunidades.
b) Estimar que el supremo bien de cada individuo es su autonomía, la cual supone, ante todo, libertad de elección, libertad para escoger su fe, su filiación política y su prácticas vitales tanto públicas (profesión, v.gr.) como privadas (opción sexual, matrimonio...).
c) Considerar que cuantas más culturas y cosmovisiones cohabiten en un mismo territorio, tanto más amplia es la "carta" de la que cada ciudadano puede escoger el "menú" de su vida.
Por estas tres razones, que podrían ampliarse, la filosofía política liberal acoge como ventaja enriquecedora para cada sujeto lo que para los comunitaristas no es más que riesgo de corrupción y contagio de las señas de identidad de los grupos.
Ahora, bien, se podría objetar a todo esto, como ha venido haciendo el propio MacIntyre, que las anteriores no son más que las señales definitorias de una determinada cultura, la occidental-liberal, y de unas determinadas comunidades nacionales en ellas insertas. Y es cierto. Pero se podría replicar lo siguiente. Por un lado, si es verdadque la existencia de culturas alternativas es un bien, esta cultura liberal es la que mejor admite el pluralismo cultural, eso parece histórica y políticamente innegable.
Para el comunitarista no es un bien la pluralidad cultural, sólo es un bien la propia cultura comunitaria. A las otras meramente se las tolera mientras estén en su casa y se las anima a seguir en ella y sin invadir la nuestra. Por otro lado, nos tropezamos con el gran problema de ver bajo qué reglas convivimos en un Estado multicultural. Cualquier comunitarismo dirá que o bajo las reglas únicas de la cultura dominante, en su plenitud, o bajo reglas diferentes, pero enviando a las culturas alternativas a la mayoritaria o dominante a sus "reservas". En cambio, el liberal responderá que para que la convivencia quepa hacen falta unas mínimas, tal vez minimísimas, reglas de juego comunes, marcadas esencialmente por el respeto a los derechos individuales fundamentales, a las libertades primeras y más básicas de cada individuo, unidas a los derechos políticos que garanticen idénticas oportunidades participativas y a una mínima igualdad de oportunidades que se siga de la garantía de satisfacción de las necesidades materiales básicas.
¿Quiénes rechazan por "imperialistas" esas reglas mínimas de la acción común? Los comunitaristas. ¿Quiénes las aceptan? La gran mayoría de los mejores teóricos del multiculturalismo, comenzando por Kymlicka y siguiendo, por ejemplo, por Raz. La lógica inmanente al comunitarismo es, paradójicamente, una lógica antipluralista y exterminadora de culturas. La lógica inmanente al mejor liberalismo político es una lógica de la tolerancia leal de la diversidad.
Cuando un Estado decide examinar el grado de integración de los inmigrantes antes de darles papeles o ciudadanía, hace algo que un comunitarista coherente jamás podrá criticar, sino es al precio, precisamente, de dicha coherencia. En cambio, un liberal propugnará, en su caso, que tales acreditaciones se limiten al conocimiento de las reglas de juego más elementales, que son reglas de pleno respeto de todos y cada uno de los individuos.
Ah, y por si acaso: Bush no es liberal. Es un fanático muy al gusto comunitarista. Que conste.

06 junio, 2006

Pequeñeces

Vaya, resulta que hoy es el día de la Bestia. Felicidades, Bestia, no lo sabía. Definitivamente, tu ascensión no es resistible, ya tienes santo y todo. No dejes de celebrar tu día, quizá en el bar de tu amigo. Y que no se os olvide invitar al negro.
Los periódicos vienen estos días con un revoltijo de noticias inquietantes. Quizá estaban preparando el terreno para la efemérides de hoy. El suplemento Magazine de este fin de semana contenía un artículo de Quim Monzó, ese gran escritor de relatos cortos, artículo titulado Ricuras. Sorprendente la noticia que recoge: ya son muchos los hoteles de medio mundo que no admiten niños. Je. ¿Tendrá eso algo que ver con lo que hoy celebramos?
A propósito de hijos y tal, venía en los periódicos de hace unas pocas jornadas la noticia de que una pareja separada andaba en pleitos por el régimen de visitas al perrillo que fue de ambos. Por ahí abajo ya hay comentarios sobre eso. Tras la ruptura el perro se quedó con la mujer y pactaron los de la pareja declinante que esposo amante podría visitar al chucho regularmente. Pero no se pararon en pormenores y el juez que llevó el caso dejó al buen hombre sin el derecho a alternar periódicamente con su adorado chucho. Un drama de no te menees, para que digan que no es perra la vida. Y a ese pobre can, ¿quién lo salva de su dueña? Me lo imagino paseando en invierno por su ciudad natal, nostálgico de prados y de perras propiamente dichas, abrigado con traje de lana de vivos colores y adornada su cola con un vistoso pompón, cual si fuera cliente de un Llongueras perruno. ¿Para cuándo la liberación de los perros?
Leo en La Nueva España que el rector de Oviedo y presidente de la CRUJE (¿se me coló errata?) insiste en que hacen falta planes de rejuvenecimiento para el profesorado universitario. "Hay que mover banquillo", esas fueron sus palabras, bien oportunas en este delicado momento histórico, con el Mundial a la vuelta de la esquina. Ya les decía yo a éstos dónde habría que ponerles el banquillo, ya. Quieren esclavos más jóvenes e inexpertos, está bien. Que no se olviden de solicitar también unos abanicos y vaselina abundante para el dolor de alma mater, por lo de las rozaduras.
Cuando lleguen las prejubilaciones, ¿quién se va a apuntar? ¿Los buenos y cumplidores que trabajan -o lo intentan entre las burocracias mil- o los absentistas a tiempo completo? Los primeros, claro, que son los únicos que se queman. Los otros no notarían la diferencia práctica entre su situación actual y la de pensionistas. Se jubilaron de facto al día siguiente de aparecer su nombramiento en el BOE. Eso sí, la huerta la tienen preciosa y a sus churumbeles los llevan monísimos.
Un gran amigo y querido colega ha tenido arrestos suficientes para leerse entero el anteproyecto de ley de reforma universitaria, o cómo se llame la nueva alhaja jurídica que les va a dar a los rectores placer por donde más les gusta. Le pregunto qué se dice en tan relevante texto sobre el nuevo sistema de concursos para profesorado funcionario. Me explica que nada, que eso lo deja la ley al desarrollo reglamentario, eso sí, advirtiendo que los jueces serán profesionales de reconocido prestigio. Probablemente no dice profesionales de qué, eso facilita las cosas. A golpe de decreto, a todos los míos meto, cada día son más descarados estos magníficos, que son cuarenta y la madre. Vayan los candidatos en edad de merecer titularidad o cátedra practicando la genuflexión en dos tiempos y el movimiento suave de pompis en pompa. Que ahora los buscan jóvenes, además.
Al parecer, a Arcadi Espada han intentado zumbarle un poco a la entrada de un acto en su tierra, Cataluña. Esos muchachos tan aguerridos tienen ante sí un brillante futuro. Que nos jodan bien hasta que pidamos paz. Ya verán luego con qué valentía les plantamos cara y defendemos las libertades y los principios. Tranquilo, Arcadi, sabes que esta sociedad jamás te dejará en la estacada, por nada del mundo. Eso sí, a lo mejor te dicen que algo habrás hecho o que eso te pasa por hablar, en lugar de ir a tu bola. Es que somos la monda los españoles -y los otros, da igual-, gente cojonuda, valerosa, de una pieza. Qué bien. Podemos vivir todos juntos y tranquilos, chapoteando con fruición en este estiercol posmoderno, descreído y talantoso.
¡Referenda a tutiplén ya! Y que cada perro se lama su culo. O lo que diga el convenio de separación.

05 junio, 2006

Universidad y tecnología. Por Francisco Sosa Wagner.

La Universidad española no ha perdido el norte como se afirma. La Universidad se dirige con plena conciencia a ponerse al servicio de sus miembros que se han apropiado de una organización financiada con el dinero de todos, tal como he razonado en mi libro "El mito de la autonomía universitaria" (que va por la segunda edición y, con el favor de los lectores, pronto verá la tercera). Ahora se anuncia la supresión de las pruebas públicas para acceder al profesorado más la jubilación de los catedráticos vejestorios de sesenta años, ventajosamente sustituidos por ayudantes que, con un contrato temporal, suelen tener el impagable detalle de votar lo que se les pide y a quien se les señala.
Menos mal que los estudiantes aportan innovaciones que contribuyen al progreso. Así, en el caso de la chuleta. Esta fue un tiempo un trozo de carne de una res que se comía con unos pimientos y unas patatas fritas. Todavía hoy se ve en los restaurantes a gentes disfrutar de este plato. Con aparente complacencia. El lenguaje, que es burlón -porque viene de lengua que es músculo movible y mudable- se apropió de la palabra para designar asimismo las notas o papelillos en que los estudiantes apuntaban el contenido del artículo 1922 del Código civil o las enfermedades de aparato urinario. Y así surgieron los más imaginativos inventos: quién llevaba las obligaciones del empresario del buque en un canuto parecido a un cigarrillo, quién anotaba largos fragmentos de Herodoto en el antebrazo. Imagino que, en los seminarios, los aspirantes al sacerdocio apuntarían entre los pliegues de sus arreos las enrevesadas cuestiones de la liturgia o los recovecos insondables de las disputas teológicas. Pecados veniales que encontrarían la indulgencia del confesor porque este también actúa al dictado, al dictado de Dios que es quien le pasa la chuleta de la penitencia.
Todo eso es ya pasado. Hoy es la alta tecnología la que impera y, como se desliza por cualesquiera intersticios de la vida social y animal, ha llegado también al micromundo de la chuleta. Así, en California, que es donde suele empezar casi todo, un joven descargó sus apuntes de biología molecular en un móvil-PDA y, a partir de ahí, el examen fue coser y cantar. Un experto en estas cuestiones ha anunciado un futuro grávido de dificultades. Ha dicho: "con el tiempo, tendremos que fijarnos mucho en el uso del iPod". Y más diabólica resultará la utilización de la programación de la calculadora con fórmulas y no digamos el manejo del Sidekick.
Las autoridades docentes americanas no están como las españolas entregadas a la productiva tarea de rebañar los textos legales para permanecer decenios en el poder académico sin amenazas de prejubilaciones. No. Las de aquel continente se dedican a perseguir estos engaños e inventan al efecto prácticas como la de disponer las mesas de las aulas de modo que los alumnos ofrezcan la espalda y el profesor pueda ver limpiamente las pantallas de sus portátiles para vigilar si usan aplicaciones fraudulentas.
La verdad es que me resulta difícil entender estos esfuerzos. Me parece que saber manejar el iPod o el Sidekick es muchísimo más difícil que aprenderse la Anatomía patológica o las intimidades de las cucurbitáceas que son cuestiones al alcance de cualquier joven. En cambio, enviar un mensaje desde el PDA con retorno a la pantalla del móvil o preparar una conexión inalámbrica al pupitre son habilidades reservadas a personas muy capaces. Quien puede dominarlas ¿no va a saber en el futuro aprenderse, cuando las circunstancias apremien, las enfermedades de las vacas? ¿No son estas cuestiones menores?
Con todo, yo que soy profesor antiguo, me quedo con la chica a la que sorprendí hace años con los vicios del acto administrativo apuntados justo en el inicio de su muslo. Adorable criatura que ignoraba que a mí los vicios, cuando son del acto administrativo, me traen al fresco pero... los muslos, los muslos opulentos, ay, me encalabrinan.

¿Qué hay en el coco de Zapatero?

Ésa del título es para mí la cuestión más apasionante, la más interesante, la que invita a más hipótesis y argumentos. Otras cosas de la situación política en estos pagos me apasionan bastante menos, aunque inciten a la sátira y el esperpento y a un servidor le entretenga ensañarse con la profunda ridiculez y el olor a moho que despiden casi todos los asuntos que andamos debatiendo en este país masoca. Como ya he dicho muchas veces, me resulta bastante indiferente que España sea una, trina o kas, que la libre convivencia de los homosexuales se llame matrimonio o patrimonio, que se les hagan homenajes a los simios grandes o a los pequeños, que se pueda fumar o a un lado o a otro de la barra de un bar, pero no en los dos lados, que se organicen concursos de lanzamiento mutuo de muertos de hace ¡setenta años!, que los archivos de cualquier cosa se integren, se desintegren o se rocíen con el aroma de la Calvo en calderas. Y no digamos cuánto es mi escepticismo ante la enésima ley de universidades que se aproxima, descenso, probablemente ya definitivo, a los abismos del mamoneo rectoral y etapa terminal de ese cáncer llamado autonomía universitaria (véase el libro de mi amigo Sosa Wagner sobre el particular), a mayor pompa y ostentación de esa panda de gañanes con tratamiento de magníficos y excelentísimos, nada menos. Por si acaso, en mi disciplina los más avispados ya han encontrado la pauta para sobrevivir en los gloriosos tiempos venideros: el que quiera peces que se moje el culo.

Pues digo que por el lado intelectual todo eso, y mucho más, me deja frío, pues, de tan clara la retahíla de mamarrachadas y de tan ridícula la pose de quienes piensan que estamos construyendo un país la mar de chuli y cool, poco queda por hablar, la situación se comenta sola. Lo que de verdad me intriga es la personalidad de Rodríguez Zapatero, supuesto que tenga alguna, que vaya usted a saber. ¿Qué ideales contiene su cabeza? ¿Qué propósitos lo guían? ¿Qué quiere hacer con este país, con este Estado, con esta gente, con nosotros? Enigmas, enigmas, enigmas. Miramos atrás con ánimo comparativo y no encontramos cosa igual en nuestra memoria (histórica, claro). Suárez, Calvo Sotelo, González, Aznar, cada uno con sus luces y sus sombras, sus méritos y sus servidumbres, pero a todos se los veía venir, enseñaban sus cartas, tenían programas, mejores o peores, que eran algo más que una bolsa de chucherías retóricas, de frasecillas monas de todo a cien. El ciudadano pensaba: éste es así y asá, quiere esto y lo otro, su idea del Estado, o de Europa, o del mundo, es ésta, y sabemos, poco más o menos, lo que se puede esperar. Eso con Zapatero no ocurre, parece un colgado de la improvisación, un funambulista del BOE, un ludópata del regate en corto sin visión de la jugada ni sentido del gol. Tiene más peligro que un chimpancé con una pistola cargada. ¿O me equivoco y estamos ante una lumbrera política posmoderna, ante el renovador de las ideas y las prácticas de gobierno de lo público? No sé, pero suena a coña, la verdad, y me gustaría, en serio, encontrarme con alguien que lo crea así de buena fe y sin que le paguen por pensarlo.

Tengo un buen amigo que, resentido, como yo mismo, por las traiciones de esta izquierdita frívola, bobalicona y descarada que masturba cuatro topiquillos baratos como si frotara la lámpara de Aladino, llama siempre a Zapatero el Gran Vacuo. Andrés de la Oliva decía este sábado en un artículo de ABC que ya no le quedan dudas de que Zapatero está poseído por una vacuidad intelectual supina. No sé cuánto de diagnóstico sincero tendría lo de bobo solemne que le soltó Rajoy, parafraseando a medias, y seguramente sin saberlo, aquellos versos de Nicanor Parra que tal vez se le pueden aplicar también a él en algo:

Durante medio siglo
La poesía fue
El paraíso del tonto solemne.
Hasta que vine yo
Y me instalé con mi montaña rusa.
Suban, si les parece.
Claro que yo no respondo si bajan
Echando sangre por boca y narices.

Zapatero nos tiene a todos desconcertados y creo que porque no se corresponde su apariencia con los supuestos resultados. La apariencia es infame en lo intelectual y grimosa en lo moral, creo que hace falta estar muy ciego para negar las dos cosas. Sus discursos son material de primera para semiólogos, ejemplos casi redondos de cómo construir frases carentes de todo significado tangible, mensurable, analizable, pero biensonantes a base de meter muchas palabritas con resonancia agradable. Ni los suyos lo entienden, de eso no cabe que cabeza humana dude. Y lo siguen marcando el paso, sin embargo, de lo que se desprende que no ha de ser por cosa de ideas, sino de instinto de nómina. En suma, si en su cacumen vive alguna idea que no sea la obsesión por mantenerse en el poder y un par de viejos prejuicios más, la disimula a base de bien. Y, pese a eso, tal parece que se propone cosas y las consigue. La mayoría de las veces no hay hijo de madre que sepa el por qué y el para qué de lo que se propone y cumple (v.gr. el Estatut dichoso), pero nos queda a todos un resquicio de duda o ese temor insuperable a admitir que tal vez estamos en manos de un conductor sin carnet y borracho. Pronto desearemos que deje de buscar objetivos para su gobierno, no sea que los alcance, y vaya desastre.

Dicen que es irresistlible en las distancias cortas, que tiene un don hechicero y te lleva al huerto en cuanto te clava esos ojos con fijeza demente. Algo habrá de verdad cuando tantos lo afirman y cuando tantísimos sucumben. Debe de ser una cosa como aquello que se contaba de la Preysler en tiempos, mutatis mutandis, claro. Yo lo comprobé un poquito en un amigo que yo tenía antes de meterme a largar en este blog, un tipo de mucho peso en el Partido Socialista Obrero Español. Él no era obrero, no, pero español se sentía por los cuatro costados. Qué matracas, en las comidas de entonces, con que España una y los nacionalistas vascos y catalanes unos malandrines y unos facinerosos. Cuantísima indignación, qué manera de dolerse de España. Y un día me lo encuentro y me cuenta que hay que cambiar todos los estatutos de autonomía, reinterpretar la Constitución, ir a un modelo federal o cuasifederal y bla, bla, bla. Le pregunto que qué le pasó o que si ha ido a Damasco últimamente. Y me cuenta, con una mirada de intensa felicidad, que se le apareció Zapatero. Que fue Zapatero a su casa y le explicó todo. Qué es todo, inquirí yo. Pues todo, ahora lo veo claro. Y no saqué de él más palabra sobre el contenido de tan magnífico plan de organización territorial del Estado. Eran los tiempos en que ZP encabezaba la oposición a Aznar y andaba haciéndose arrumacos con Maragall. Pasados los años, creo que fui bastante ingenuo al pensar que mi amigo se había deslumbrado por la idea de España plural y en paz que le había vendido Zapatero. No, ahora sospecho que de eso no hablaron. Me juego una cena a que la conversación fue toda sobre cómo trincar el poder y mantenerse en él mucho tiempo, colocando a éste y al otro, y sobre qué le gustaría a mi amigo que le regalaran para su jubilación. Tiene que ser bueno el obsequio, porque hay que ver cómo ha tragado y tragado.

¿Y el tema moral? De Franco para acá no habíamos tenido un político que pusiera tal cara de bueno y soltara tantas palabras de amor, paz y solidaridad universal, al tiempo que con las dos manos hace putadas a mansalva, a diestro y siniestro. Dicen que pronto será el hombre sin sombra, pues ni ésta se fía ya de él y el día menos pensado se larga. Tiene una mala uva de libro, una propensión innata a la deslealtad y un resentimiento crónico. Vende a su mismísimo abuelo -sí, hasta al famoso abuelísimo- si le conviene para seguir enhebrado al poder. ¿Y su capacidad de disimulo, engaño y trola vil? Donde pone el ojo, pone la bola. Cada día me recuerda más, hasta en el gesto, a ese mentiroso compulsivo del que he hablado aquí más de una vez. ¿Alguien se atreve en serio a discutirme todo esto?, ¿de verdad?

Y, sin embargo... Pues sin embargo sigue gozando de crédito moral en esta sociedad. Quizá esto último se explica porque la sintonía es perfecta, porque él es la medida de ella y ella a la medida de él, porque están hechos el uno para el otro y ha resultado providencial su unión. Con lo que a ella, perversona, le gusta que la chuleen y que le digan cosas bonitas al oído mientras se la benefician.

PS.- La nota anterior la escribí el sábado. Es madrugada del lunes cuando la cuelgo y dos sensaciones contradictorias me poseen. Una de grima, pues vi a ZP hace unas horas en un informativo de la tele diciendo aquello de que no va a permitir que se metan con sus muy sufridos y honestos compañeros del PSE. No se refería a Rosa Díez, no. Pero lo que me descompuso el estómago fue el puchero que ponía al decirlo: clavadito a ese trolero enfermo que yo conocí. Ya no me caben dudas, ZP no es malito: está malito. Que los psiquiatras se pronuncien, please.

A cambio, la sensación agradable me la dio lo que leí hoy en un par de periódicos y que ojalá sea verdad: que Felipe González y Aznar han empezado a hablarse y a comentar la situación. Ay, si fuera verdad, qué maravilla si hicieran algo y tomaran la iniciativa para que este país que gobernaron un día no acabe siendo una irremediable casa de putas con gobernanta turulata. Demasiado bonito para ser cierto, tal vez.


03 junio, 2006

Proceso de paz. Un relato futurista.

Esto es una pura ficción literaria, un intento elemental de cuento futurista. Cualquier parecido con la realidad no sería más que broma del azar: es imposible. Palabra.
Corre el año 2023 y estamos en el Estado Ibérico Oriental. Se palpa la inquietud en la población, pues desde hace unos diez años una muy organizada banda de chorizos lleva sus fechorías por todo el territorio del Estado. Comenzaron robando en pisos deshabitados, luego pasaron a los adosados y pareados, sin importarles que estuvieran sus moradores dentro. Y fueron ampliando la gama de sus fechorías, incluyendo el llamado secuestro express y distintas formas de extorsión. A veces han matado, incluso, a alguno de los asaltados. En los últimos tiempos también se ha vuelto común que cobren impuesto de "seguridad" a las empresas o comunidades de vecinos de áreas residenciales, a cambio del compromiso de excluirlas de sus asaltos. La policía ha detenido a muchos de estos bandoleros, pero parece que tienen una buena cantera y cada uno que va a la cárcel es rápidamente remplazado por un miembro nuevo, de idéntica proveniencia. Porque éste de la proveniencia es un detalle peculiar y, por lo que vamos a decir, muy importante: todos los de esa banda tienen el mismo origen, son naturales de un territorio que llamaremos T. Hablan, la mayoría, la lengua de su tierra y cultivan con esmero sus tradiciones originarias. Hasta se consideran descendientes de no sé qué guerreros de no sé cuándo.
Al principio cometían sus delitos sin más. Pero con tanta actividad y lo peculiar de su organización, perfectamente jerárquica y con disciplina militar, los ciudadanos empezaron a especular sobre sus propósitos últimos, la índole de sus razones o las causas que los llevaron a vivir al otro lado de la ley. Los medios de comunicación tuvieron mucho que ver con todo eso y abundaron los programas sobre la banda, programas de todo tipo: documentales, reportajes, debates, y telenovelas. La opinión pública está ya muy familiarizada con la fotogénica imagen de su líder encarcelado, un tipo cuarentón, de ojos vivos y sonrisa permanente, con buena planta. Se hizo tan famoso, que muchos jóvenes ya imitan su modo de vestir, con esos jerseys de cuello redondo, sin camisa debajo, y esas cazadoras informales de paño, muy diferente todo de aquellos trajes cruzados de los mafiosos de antaño.
El Gobierno anterior puso todo su esfuerzo en la persecución policial de la delictiva organización, para lo cual aumentó el presupuesto de las fuerzas de seguridad. Y los éxitos fueron muchos, ciertamente, pero no suficientes; el índice de los delitos descendió notablemente, pero no se acabaron las ominosas acciones de ese grupo de los de T., ni mucho menos. El Gobierno actual ganó las elecciones a base de prometer que a este país retornaría la paz, aunque fuera a costa de ponerse a negociar directamente con los jefes de los ladrones. El mismísimo Parlamento avaló dicho propósito, si bien bajo condición de que los robos y secuestros parasen antes de que las conversaciones formales se iniciaran.
Dicho y hecho. Las acciones de la banda han cesado hace meses y sus portavoces se dicen dispuestos a negociar con el ejecutivo del Estado. Todo el mundo se preguntaba cuáles serían sus reclamaciones, qué pedirían a cambio de convertirse en ciudadanos que viven dentro de la ley y no a su margen. Esta misma semana se ha desvelado el misterio. Quieren un territorio dentro del Estado en el que puedan vivir juntos y a su aire, y autogobernarse sin interferencias del Estado central, con su propia ley y sus propios jueces. Y que sean indultados sus presos. Y subvenciones y unas autopistas. La reacción primera de los partidos estatales y de los medios de comunicación fue de incredulidad y rechazo, pero los jefes de la banda adujeron que existían precedentes de situaciones similares resueltas como ellos pretenden. Aluden a algún caso del 2006, nada menos.
No se sabe qué ocurrirá, pero la sociedad vuelve a estar muy esperanzada y el optimismo renace. Es probable que se les dé gran parte de lo que piden. Al fin y al cabo, es tan importante para el ciudadano de a pie poder vivir tranquilo y sentirse seguro...

02 junio, 2006

Derechos históricos: nuevas complicaciones

Qué lío. Los conceptos son como los bichos o como los humanos. Cada uno tiene su temperamento, se labra su biografía o anda al albur de los destinos. Los hay que pasan que ni fu ni fa, no se hacen notar, nacen por azar y acaban sin pena ni gloria. Otros, en cambio, parecen surgidos para alterar los cimientos mismos del mundo, para socavar los pilares de la convivencia y todas esas cosas, en fin. Me he puesto así por causa de lo de los derechos históricos. Se le veía venir a esta noción su malévolo carácter, lo revoltoso de su ser. Y confirmado.
Que las autonomías de acá, de allá o de acullá se desabrochen y se saquen los derechos del saco de la historia, como el mago extrae los conejos o el trilero los dados lastrados, pues pase, allá cada cual con su conciencia jurídica. Si acaso, es buen tema para los que tienen blog y se desfogan en el ágora virtual. Ah, pero, amigo mío, la cosa cambia cuando es la mismísima vida privada de los ciudadanos de carne y hueso la que recibe las acometidas del ambicioso concepto, los embates ardorosos de algún derecho histórico despendolado. Ando meditabundo estos días y repitiéndome que no somos nada y todo eso. Y no sólo por la tragedia de Rocío Jurado, último emblema incuestionado de lo que fue la nación española y a la que el buen dios se lleva por amor a la metáforas. Cuando murió el Papa anterior yo andaba por países lejanos, pero alcancé a indignarme un poco por el entusiasmo luctuoso de las radios y las televisiones patrias aconfesionales, que yo captaba por internet o en sus emisiones internacionales. Pero reconozco mi error, no se trataba de nostalgia del Estado católico ni afán neofundamentalista para combatir a la competencia, no; es que el buen hombre y sucesor de Pedro era famoso. Si hubiera cantado copla habría sido lo mismo, incluso copla atea. O puede que sean formas de una nueva religiosidad popular, pagana, promiscua y gratis.
Lo siento, me desvié. Retomo el hilo derecho de los históricos. Y me reconozco reflexivo, tirando a anonadado, tal es el efecto que me se ha desencadenado por un encuentro casual de estos días. Me topé en la calle con una vieja amiga y compañera de carrera. Los saludos de rigor, las preguntas reglamentarias y unos ojos llorosos que yo no recordaba de ese color, pero vaya a usted a saber qué le pasa a mi memoria histórica (por cierto, las memorias que no sean históricas serán adivinatorias, ¿no?, recuerdos del futuro y tal). El caso es que, compasivo, la convido a un café y acepta, para mi sorpresa. Que le vendrá bien hablar un poco, me confiesa, desahogarse incluso, si le permito el abuso. Sea, contesto, ya arrepentido para mis adentros. Recojo ahora nuestro diálogo, podado únicamente de algunas líneas intrascendentes y que no vienen al caso.
- Tuve un novio primero, luego un marido luego, del que enviudé, y ahora vivo, mesuradamente feliz, con un buen hombre, otra vez casada.
- Vaya, no imaginaba que alguien de nuestra promoción se gastara una vida sentimental tan movida-. Se lo dije por decir algo, y de inmediato pensé que estaría más guapo callado. Pero ella ya ponía cara de ir a embalarse y ni reparó en mi bobo comentario.
- Y ahora ando en pleitos, si no lo veo no lo creo. Pleitos amorosos.
- ¿Pensiones y esas cosas?
- No, no, derechos históricos.
- ¿También te dedicas a la política?
- Ay, la política. No, hijo, no. Aquel primer novio.
- Cuéntame.
- Pues ha venido con que soy suya porque él me tuvo antes y que el que tuvo retuvo y Santa Rita-Rita y no sé qué más zarandajas. Y que prior in tempore, potorrus.
- Potior in ius.
- Bueno, eso, da igual. El caso es que ha presentado una demanda y estamos metidos en un pleito civil.
- No entiendo nada, discúlpame.
- Pues muy sencillo, al parecer. Se empeña en que yo fui suya antes que de ningún otro, que yo fui su primera pareja y él el primer novio mío y que lo que una vez pasó ya es para siempre y él puede reclamarlo cuando quiera; o yo. Pero yo no quiero.
- ¿Pero qué reclama exactamente?
- Ay, no te lo vas a creer. Que mi matrimonio es nulo porque cuando me casé yo no era libre, pues él era mi pareja por derecho histórico. Dice que él y yo seguimos siendo pareja, pero pareja oprimida. Así que solicita la disolución del vínculo o, supletoriamente, que se le permita acostarse conmigo cuando él lo desee, pues su derecho es preferente sobre el de mi marido, por ser anterior y primigenio.
- La leche, qué cosas. Pero vamos a ver, qué hubo exactamente en aquel tiempo entre ese novio y tú. ¿Os casasteis?
- Qué va. Ni follamos siquiera, si te digo la verdad.
- Ah, pues vaya.
- Apetecer sí nos apetecía, bastante. Todavía me acuerdo. Pero ya sabes, que si la familia, que si el miedo al embarazo, que si no teníamos un duro. Y a eso se agarra él.
- ¿A qué?
- Pues a que somos una pareja originaria que constitutivamente no sé qué. A veces ni lo entiendo. Está todo el rato con la matraca de que nuestra pareja es de libro y que nunca ha podido autodeterminarse y que ya toca, caiga quien caiga.
- Pero tu tendrás que estar de acuerdo.
- Dice que no, que no tiene nada que ver. Y su abogada, lo mismo.
- ¿Su abogada? ¿La conozco?
- Te sonará, es una exdiputada catalana, de Los Verdes, que acaba de casarse aquí en Oviedo y ha abierto despacho en la calle Uría.
- Y tu abogado cómo lo ve.
- Chico, no sé, no me convence. Él insiste en que lleguemos a un acuerdo con mi exnovio.
- ¿Dinero?
- No, que le deje echarme un par de polvos, que a lo mejor se calma.
- ¿Y no?
- No estoy segura. ¿Y si luego quiere más y más?
- Ya, qué lío.
- Dichosos derechos históricos, si lo llego a saber hace treinta años ese cabrón no me toca un pelo.
- Pues habría sido otro y tendría derechos históricos también.
- Ya. Qué putada. Ahora que estaba feliz con mi marido.
- Hay algo que no entiendo. Si tú con éste estás casada y con el otro no lo estuviste nunca, qué pasa con los derechos de tu marido, y con los tuyos.
- Ya, pero el otro viene con que mi marido y yo no somos una pareja normal, que somos una pareja de parejas y no sé qué más.
- ¿Un pareja liberal?
- No creo, este rollo no es político, es puramente privado.
- Pues tíratelos a todos, y al carajo.
- Deja, deja, acabarían conmigo, ya no tengo el cuerpo para tantas alegrías. Por cierto, ¿quieres que un día quedemos por la noche para tomar algo?
- Uf, es que ando de paso y ya me voy esta tarde. Si vuelvo por aquí te llamo.
- Vale, no dejes de hacerlo.
- Suerte.
Nos despedimos con un casto beso en la mejilla y empecé a preocuparme de cuántos derechos puedo perder por culpa de los derechos históricos que habré dejado en el camino. Estamos en manos del Volksgeist, hay que joderse. Deberíamos llamar a Los Cazafantasmas (Ghostbusters), a ver si ellos consiguen acabar con los ectoplasmas.


Coherente compasión.

Habitación de hospital. Dos enfermos. En una cama mi padre, que tiene el día tranquilo, dentro de lo que cabe. Sentado a su lado, yo leo en silencio. En la otra cama un paciente que parece bastante enfermo, tiene mal aspecto el hombre. Por la tarde se juntan ocho visitas, ocho, para ese enfermo. Ellos hablan y hablan; yo juro en arameo para mis adentros. Mi padre me mira y nos entendemos sin palabras. Van fallando todas mis técnicas de concentración y mis esfuerzos para aislarme en la lectura de un relato de Cardoso Pires que tengo entre manos.
La conversación de la atenta concurrencia toma derroteros que captan ya indefectiblemente mi atención. El tema es el del día, cómo no: la muerte de Rocío Jurado. Cuando esta mañana viajé, andaban en lo mismo todas las emisoras de radio. Consternación nacional, el acabose, qué tragedia, una buena señora ha muerto, tremendo acontecimiento. Y trabajadora además, matiz no desdeñable en este país de currantes inmortales.
Mientras yo me compadezco de los vivos raros, la muchedumbre vecina va llegando a importantes acuerdos. Así, coinciden en lo mucho que ha debido de padecer esta temporada la hija de la difunta, pobrecilla, qué gran pena da verla, cuánto han empeorado su aspecto y su expresión. Se entusiasman con los detalles últimos atinentes al aspecto doliente de la desdichada huérfana. Consternados y como por misterioso azar, quedan en silencio un par de segundos, lo justo para que suenen en la habitación las toses doloridas de mi padre y el gemido continuo del otro paciente. Una tristeza realmente, esa intensidad con que los hijos de famosas tonadilleras sufren la enfermedad de sus progenitores, una tristeza. La compasión me inunda, no me llega la camisa al cuerpo, eso sí que es dolor.
Los sensibles visitantes vuelven por sus fueros rápidamente, a la caza de nuevos recovecos de su trascendente tema ético-funerario. Ahora toca lo de los paparazzi, precisamente al hilo de cuántos han perseguido a los deudos de Rocío Jurado, que en paz descanse. Pues no hay derecho, por favor, hombre, a molestar así a la gente, es un sinvivir, un agobio, qué aprietos, todos esos desaprensivos echándosete encima, gritándote incluso; lo soportan porque tienen mucho aguante y un temple especial, que si no... Los ocho se pronuncian al unísono y con entusiasmo cierto sobre este aspecto de la cuestión. Mi padre me mira como si quisiera decirme que los saque del cuarto a leches, pero yo qué voy a hacer, con este temple y este aguante que los dioses me han dado. Podría ser famoso, pienso.

31 mayo, 2006

De edades y batallas. 2.

Echas en falta el aire de los puertos,
de las veredas de la tierra nuestra,
de los riscos que azotan cuatro vientos,
de la lenta tonada con los bueyes.
Las albas de diciembre en los cerros
han venido a posarse en tus manos.
Las escarchas, las piedras, los aperos,
una luna de charcos y luciérnagas,
el relente de noches y de perros.
Y hasta el frío metal de los fusiles
se condensa en temblores de tu aliento.
Esquivos pájaros de suaves alas
roban la luz y afilan tu resuello.
Presientes horizontes de jinetes
y ciudades que sólo cruzan ecos,
sin caminos ni brújula ni mapas,
en desiertos.

De edades y batallas. 1.

Otra vez el hospital. No llego a tiempo a Gijón y la ambulancia ya se ha llevado a mi padre. Tres horas o más de espera, mientras lo examinan en urgencias. Me explican luego que su dolencia respiratoria se ha agravado, que han surgido complicaciones renales y... Al fin lo suben a la habitación. Le pongo la mano en el hombro y se agita, pues quiere hablar y apenas puede. Me pide por señas que me acerque y, con voz insegura, apenas audible, insiste en que quiere morir.
Me toma la mano. Es algo inusual y sé bien qué indica. Tiene miedo, ese miedo animal de los valientes. Se libera de usos y prejuicios, necesita el afecto en la piel. Los campesinos rehuyen el roce físico. Por eso a los que venimos de ese mundo nos cuesta un tiempo acostumbrarnos a toda la retahíla de besos y abrazos en la ciudad, a la cercanía constante de los cuerpos, al roce con cualquier pretexto.
En mi pueblo los varones nunca o casi nunca besaban a sus hijos. Nosotros a ellos tampoco. Eso era cosa de madres, de mujeres. A cambio, mi padre jamás me pegó, ni un pequeño tortazo siquiera. Él y mi madre sufrieron estrecheces para que yo estudiara, trabajaron de sol a sol siete días a la semana, siempre. Mi compromiso es la memoria.
Le aprieto la mano y le hablo para que se anime. Se calma un poco. Me dice fíjate, y yo que estaba mucho mejor que tu madre y ahora mira. Un cabronazo, vuelvo a pensar, eso no se pierde ni en las últimas. Y todo por fumar, me cuenta, maldita la hora. Fue por culpa de la guerra. Yo nunca había fumado y no me llamaba la atención. Pero en la guerra. Fue en Termes, Lérida. Estaba conmigo Luis el de Palacio, otro de Ruedes. Me decían fuma, total qué más da, vamos a morir todos aquí, en cualquier caso. Fumé y ahora fíjate, qué muerte me espera.
Se queda silencioso un buen rato. Respira con trabajo y ruido. Pugna por toser, pero no consigue arrancar esa argamasa cruel que atora su garganta. Cuando se recupera un poco, vuelve a la guerra. En Bárcena Mayor nos ordenaron tomar un monte. De setenta y cinco sólo volvimos vivos trece. Un sargento de Boal, que era un buen hombre, cayó a mi lado. Al sentir la bala gritó morí luchando por la causa de la libertad. Quedó muerto allí mismo. Pero vale más no pensar en aquello, concluye. Y calla, abrumado por la fatiga.
Al cabo me mira, me tiende su brazo tembloroso y me pide que dé cuerda a su reloj. Aunque total para qué, añade. Lo hago y vuelve a repetirme lo de tantas veces: este reloj tiene más años que tú, es un Omega y lo compré antes de que nacieras. Pasa un rato más tranquilo. Luego me repite que mañana tengo que afeitarlo yo, esta gente no sabe.

28 mayo, 2006

Escenas del otro León. Por Anónimo.

Vuelve nuestro Anónimo oficial a mostrar sus dotes narrativas y a contarnos de su mundo, que está en el nuestro sin que lo veamos mayormente. Buena literatura y mucha vida.

¿Dónde le iba a ver sino allí ? En el jardín de Correos, estaba bebiendo agua. Yo venía de recoger un certificado. El estaba bebiendo agua. ¡Antonio, Antonio!, le llamé alto de cerca. ¡Hombre, Anónimo!, parecía un sudista tras la retirada de Getysburg, con sus zapatos desgastadísimos, pantalón gris panza de burra, chaqueta torera marrón clara con 23 grados a la sombra (es que nunca se sabe dónde se puede descuidar una colonia, ¿sabes?), el pelo rizado a lo afro, la barbucia de tres días entrecana, como sudando y los ojos semicerrados de un estar a gusto, como corresponde a quien no está al tanto de lo del Estatuto de Cataluña y ni puta idea de que ERC había dejado el tripartito, que a ver si ERC era el sponsor que había roto el contrato con el Tripartito Illes Balears por el doping. Era la derrota de Getysburg personificada ¡se lo juro!
¡Que dices Antonio! (un hombre nunca le debe preguntar a otro ni adónde vas ni de dónde vienes, porque se puede estar viniendo o se va a ir a un trapi y te puedes emparanoiar bastante con el preguntón) ¿Me invitas a un helado de chocolate con lakasitos que ponen ahí en el B. King?, Siempre, chalemos (vamos). ¿Has arreglado ya los papeles para cobrar el subsidio? (De 46 años que tiene, 21 de cárcel ha pagado este ciudadano para cumplir el fin retributibo de la norma. ¿Que algo haría?, lo que se le puso en los cojones, y bien retribuido está me cago en ros. Sí ya cobré y ya pagué la habitación y compré comida : yogur, chorizo, dos hogazas ...
Mientras, reposadamente, al ritmo monótono en que te deja el habla el Tranquimazin, seguía hablándome de lo que se cuidaba y tal, yo preferí acordarme de cuando antaño, de cuando hace veintitantos años se pegó con quince gitanos en el pub Ludwig van B, que hoy es un solar (joder qué rollo, un desdichado no tiene ni la posibilidad, orgullosa más o menos, de decirle a su hijo un día que coincida : aquí hijo, en este pub, conquisté el título), me contaron que se puso espalda a la pared con una banqueta cogida en la mano izquierda para parar los puñetazos y las patadas que le tiraban y con la derecha soltando hostias como un fiera, con dos cojones. Nadie le ha quitado ese título todavía en León ...
¡Que si me dejuñas 10 euros, Anónimo!, ¡Estoy canino compadre!, respondí con labia instantánea volviendo de mi gondi, tira a mi casa si camelas comer que ha hecho pescado mi hermana. No, tengo que subir dentro un momento a ver al Luis el de la Antonia. El helado le estaba encantando, nos miramos, la heroina te está desarmando y la coca hinchándote la barriga, majo, le dije; ni puto caso, es que no tengo voz de apóstol precisamente.
¿Sabes a quién vi que me compró un paquete de tabaco?, a la chorba esa de la Sobarriba que salió contigo en el 98. Me quedé con cara de besugo y mientras él se quedaba con su coloconcico mascando lakasitos y paladeando helado, yo me fuí a encontrar en mis recurdos con la nativa de un pueblo del, en tiempos, abolengo de los Condes de Luna.
Laura de los ojos azules, de los ojos del azul intenso de llama preparada para fundir hierro, pero en zonas de esas pupilas hacían esfumatto nubecillas más claras ; yo he visto atravesar de perfil sus ojos preciosos la luz blanca del sol y caí en la cuenta de que ya no me importarían cosas tales como saber que el primer Borbón se llamaba Felipe V, ¿qué más da que se hubiese llamado Anastasio III el Breve?, la ruina iba a haber sido la misma. Lo que yo quería era aprender la física y la química que lograban aquel fenómeno que ... ¡me atraes con tus ojos!, ¡ni se te ocurra cometer el sacrilegio de ponerte gafas de sol!, ¡ni parpadees, te lo suplico! Yo pillao y ella brillando en la discoteca y donde estuviera.
En unos andurriales cerca de tu casa, me enseñaste, Laura, a volverme loco por las moras de las zarzas. Y en tus brazos nunca me cansé de escuchar como recitabas a Neruda, a Espronceda ... ¿Cómo te hubiese llamado a tí Lope de Vega? ¿Filis o Amarilis?. Tú eres la Laurencia de Fuenteovejuna arengando a los hombres contra el marquesón o lo que fuese aquel ocioso noblón violador. Seguro que Lope la imaginó con tus ojos del cielo.
Vosotros ya para siempre, nos dijo una amiga una vez que me vió mirarle el azul como si esperase que se derramase en mi vida una catarata de dulzura. Pero fue un Ministerio y prejuicios de no querer comprender lo que es la vida, en ciertos momentos que se pasa muy mal, lo que nos separó.
¡Joder Antonio! te estaba apeteciendo el helado. Lo que me apetece es fumarme un chino, ¡hace que no fumo!, fumo un poquitín, 10 euros, pero... de vez en cuando, no lo busco tampoco. No te llama ¿verdad?, sonreí como de irónico, no, no es que no me llame, es que estoy solo como un perro. No te me curres la lástima, ni me vengas con filosofías, a ver entiéndeme : ¡yérguete!, fuiste un kie en el maco (más que un caballero Jedi y mucho más que uno del Santo Sepulcro de Jerusalén, por supuesto) y todavía conservas el título.
Y a pesar de la derrota que llevaba encima, al decirle yo eso, salió de su ser un orgullo como lanzando al aire desbocadamente Su Lucha (y no estoy parafraseando el libro) desafortunada que me estremeció e hizo que yo también me estirara.

Utilidad de la filosofía


Níjar. Mayo 2006.
J.A.G.A.