12 junio, 2006

Académica formalidad y académicos sin personalidad.

Se están perdiendo las formas, en la convivencia social en general y en el mundo académico en particular. Está tocada de muerte la cortesía, se desangra la deferencia, toda consideración que no sea homenaje al ombligo propio pasa por decadente antigualla. Otra vez el péndulo oscilando sin control ni gobierno. De la rigidez de antaño, de aquellas fórmulas impostadas y autoritarias, a este despendole. Ya vale todo y tonto el último. ¿Que a qué me refiero? La crisis tiene variantes y diversas manifestaciones. Veamos algunas.
Hubo un tiempo en que la palabra tenía valor. Ahora la palabra es el instrumento mediante el cual se gana tiempo, en el mejor de los casos, o se le toma el pelo a la gente de manera vil, en el peor. Nos enseñaron, mamamos, imitamos aquello de que cuando uno se compromete a hacer algo o a estar tal día a tal hora en un lugar para vérselas con un cometido, se cumplía, así cayeran chuzos de punta. Eso se acabó. En otro tiempo, no tan lejano, era signo de carácter e indicio de calidad humana el atenerse al compromiso adquirido, el cumplir con lo que se promete, el no dejar en la estacada a los que con uno se embarcan en cualquier empresa. Hoy en día funciona justamente al revés, cuanto más incumples más te cotizas, cuanto menos fiable resultas, mas importante pareces, cuanto más superficial y frívolo, más chic y cool te sientes. Pero incluso en esto hay clases, que, con ánimo simplificador y didáctico, podemos reducir a dos.
Están los ocupados que se fingen brutalmente atareadísimos. Uno los llama un día para algún evento universitario que, supuestamente, es motivo de honor y halagüeña distinción; cosas tales como dictar una conferencia, actuar de ponente en un congreso o formar parte de un tribunal de tesis doctoral. Te dicen que sí y que qué bien y que muchas gracias y que cómo no y que no faltaba más. Lo organizas todo en consecuencia, viajes, alojamientos y alguna expansión mundana. Cuando faltan un par de semanas, o de días, te llaman, compungidos, que mira, que me surgió una cosa en Coimbra, que ya ves qué putada, que fíjate y date cuenta, que no puedo negarme porque el que lo organiza estuvo en la boda de mi cuñada y, además, dirige la academia lusa de vuelo sin motor. Y tú balbuciendo que hombre que habías quedado antes conmigo, que qué faena, que no tengo margen para arreglar esto. Y él que te corta y que te dice que, caray, a ver si la próxima vez hay más suerte y que qué ganas de coincidir contigo en algo y charlar y que no dejes de llamarlo para la próxima porque le hace una ilusión bárbara-bárbara ir a tu universidad y dar un abrazo a toda esa buena gente. Y te cuelga justo antes de que resuelvas el dilema que en ese minuto te corroe las entrañas: me cago en sus ancestros de lupanar para mis adentros o se lo casco de viva voz y allá se las componga.
Con todo, la anterior es la subespecie más respetuosa de semejantes mamelucos con cátedra inflada. Los hay peores. Por ejemplo, el que con absoluta normalidad y sin asomo de sonrojo te explica que no podrá venir porque su mujer, que lo iba a acompañar, tiene ese día ensayo del coro parroquial, y que hazte cargo, con las ganas que ella tenía de darse una vuelta por ahí, fíjate que disgusto, está la pobre que no encuentra consuelo. Más lo que te aprecian a ti los dos, claro, él y ella, Abelardo y Eloísa de los cataplines. ¿Horrible? Pues los hay todavía peores. Por ejemplo, aquel que entiende que es justificación suficiente para saltarse cualquier compromiso el que el día señalado, precisamente, pase el tapicero a retirarte el sofá al que le quiere poner nuevos colores, pues, ¿sabes? hemos puesto el salón en wengé y dice mi suegra que los estampados en los sillones ya ni pegan ni se llevan, y tú conoces de sobra que hoy en día lograr cita con un buen tapicero es más complicado que hacer una tesis, precisamente, jejeje, y bueno, tú, saludos por ahí y tal y otra vez será, ¿eh?
Eso, los que te dejan colgado y no asisten al acto previsto. Pero hay informales que sí asisten. No se sabe qué es mejor. Llegan algunos a su conferencia o al tribunal como si fueran a la piscina de su puñetero pueblo el fin de semana. Sólo es faltan las clanclas. Y les sobra gracejo. Todo menos haber meditado cinco segundos sobre lo que van a contar o haberse tomado el trabajo mínimo de ojear en diagonal cincuenta páginas de la tesis que tienen que juzgar. Y se sienten tan artistas, se consideran tan geniales, que piensan que su lamentable impostura cuela como destilación de ciencia inconmensurable. De estos he visto docenas, pero no quiero alargarme. Contaré sólo un caso espectacular, de entre muchísimos. Hace una buena partida de años, en mi vieja universidad asistí, entre el escaso público, a la defensa de una tesis doctoral. Presidía el tribunal una vaca sagrada de la disciplina en cuestión, un intocable, un capo del copón. Cuando le llegó el turno de hablar, miró fijamente a la doctoranda, pues mujer era, y no pronunció más palabras que éstas: felicito a la doctoranda por el peinado, el caer de párpados y la sonrisa. Olé tu madre. Y se quedó tan fresco. Ah, y votó el sobresaliente cum laude, cómo no. Se ve que estaba inspirado. O cachondillo. O retozón. O gagá, que es lo que suele pasar y nadie se atreve a decirles a semejantes estrellas de todo a cien.
Si conserváramos algo de aquello que en tiempo se llamaba honor, o más modestamente, de vergüenza torera, hace tiempo que elaboraríamos listas negras de los supuestos genios que no tienen más que descaro canallesco y de los atareadísimos de pega que sólo sirven para aparentar una importancia que no alcanzarán en su puñetera vida de marujos banales.
Pues eso.

1 comentario:

Uno que pasa dijo...

¿No le parece que ahorraríamos tiempo si hiciéramos "listas blancas" donde quedaran incluidos los que sí merecen ser llamados académicos? Porque lo otro iba a abultar más que la guía de teléfonos de Pekin