05 octubre, 2007

¿Pero Kafka estuvo aquí recientemente?

Es lo que tienen los clásicos, que a todo el que los lee, sea cuando sea, le dicen algo de sí mismo y de lo que tiene alrededor. Me pongo hoy a hojear al albur cosas de Kafka en la agradable edición de sus Cuentos completos en Valdemar (2007) y voy a dar con esta pieza titulada Una comunidad de infames, que no me digan que no parece una radiografía.

Una comunidad de infames, de Franz Kafka.
Érase una vez una comunidad de infames, es decir, no se trataba de infames, sino de personas normales, del tipo medio. Siempre se mantenían juntos. Cuando, por ejemplo, uno de ellos cometía alguna infamia, es decir nada infame, sino algo normal, como es habitual, y se confesaba ante la comunidad, entonces ésta investigaba el caso, lo juzgaba, hacía penitencia, perdonaba y otras cosas parecidas. No hay que interpretarlo mal, los intereses del individuo y de la comunidad se respetaban con severidad y al penitente se le administraba el complemento, cuyo color de fondo había mostrado. Así se mantenían siempre juntos; aun después de la muerte no renunciaban a la comunidad, sino que subían al cielo en corro. En general, la impresión que daban al volar era de la más pura inocencia infantil. Pero como ante las puertas del cielo todo se descompone en sus elementos, caían en picado como bloques de hormigón.

04 octubre, 2007

Jóvenes, violencia, educación. Por Avelino Fierro.

Recojo aquí un texto que me ha enviado Avelino Fierro, queridísimo amigo. Su trabajo como fiscal de menores lo coloca en una buena atalaya para observar aún mejor y explicar más cabalmente lo que, en realidad, todos vamos sabiendo sin engaño posible.

Este texto forma parte de un trabajo más largo del autor y hemos respetado la numeración original de los epígrafes.

4.2.- (In) Cultura.

Hace unos días leíamos en una crítica de arte: “El imperio de los media ha enseñado que la forma de conseguir algo “memorable” tiene que ver con el síndrome de Eróstrato (en recuerdo de aquel griego que prendió fuego al templo de Diana con el único objetivo de que su nombre fuese conocido públicamente y así pasar a la posteridad). Finalmente, la salida (en el pantano de la mascarada contemporánea) es la salvajada o la pura y lisa tontería.” (F. Castro Flórez, Cultural de ABC).

Ese diagnóstico sirve para desenmascarar también los contenidos aculturales que los medios transmiten a los jóvenes y las formas de conducta de los mismos que provocan. Como escribíamos en La Ley, de 26 de mayo de 2006: “Los mensajes de esa cultura para jóvenes son claramente antipedagógicos y tienen una lectura criminógena por parte de éstos. Algunos ejemplos últimos de comportamientos delictivos están asociados a esa cultura del ocio juvenil: dar palizas a un compañero y grabarlas o jugar a pegar al abuelito, o repetir, mientras se quema a la indigente, la cantinela de la sección de “juegos brutos” (Jackass) de la MTV”.

Los investigadores han estudiado la relación entre los medios de comunicación (fundamentalmente la televisión) y el comportamiento de los adolescentes. Las conclusiones son dispares, desde los que plantean efectos lineales entre los medios y ciertos comportamientos violentos a los que, desde estudios más estructurales y sociales, reducen esa influencia al estar inmersos los jóvenes en otras situaciones familiares, socio-económicas, ambientales… que modulan la mera recepción pasiva y las posibles respuestas.

Los videojuegos e Internet, influyentes también en crear tendencias uniformadoras de comportamientos, pueden estimular algunas respuestas indeseadas al transmitir ideas bastante recurrentes en casi todos ellos (utilización de la violencia ante cualquier problema, ignorar los sentimientos de los otros, desprecio de las víctimas, fomentar el “todo vale” como causa de comportamiento) y encierran a los jóvenes en su ciberesfera a la que los adultos tienen difícil acceso para comunicarse o aconsejar. Los jóvenes se confían en el conocimiento que tienen de los medios tecnológicos, de sus funciones instrumentales y trucos por el uso y consumo, a veces desaforado, que hacen de ellos. Pero no disponen de criterios adecuados ni críticos para diseccionar los contenidos, “ideologías” y posibles consecuencias perniciosas de los mismos.

“De todo lo que la humanidad ha inventado, de todo lo que ha soñado, de todo lo que ha descubierto, religión y poesía, arte y música, no queda aquí más que una colección de tópicos accionada por una máquina de divertir”(Marc Fumaroli, El Estado Cultural. Ensayo sobre una religión moderna, 2007). Esa colección de tópicos la destilan de forma inmisericorde los medios de comunicación aderezados con chabacanerías, excentricidades y griteríos dirigidos de aquiescencia ante los triunfadores (triunfitos) de turno. Como escribía el crítico que citábamos al comienzo, estamos ante una cultura del fraude cuyo modelo es el karaoke para el que no hace falta ninguna memoria, salvo la del tono sometido a imitación. Pues ése sería uno de los mimbres con los que los jóvenes deberían de construir su identidad, esos contenidos y prácticas culturales donde las ansias de competir por el mercado, la estridencia y complacencia acríticas, y la propaganda y el papanatismo son predominantes. Nada que ver con la cultura como “política del espíritu”, de la que habló Valéry, ni como algo importante para la teoría política y la justicia social, ya se considere desde un enfoque individualista como recurso a disposición de los ciudadanos, como bien primario, o como un bien social (ver, K.A.Appiah, La ética de la identidad, 2007. Por cierto, hemos utilizado antes “identidad” en su dimensión colectiva o como pertenencia a un grupo cultural y no como hace S.Ferlosio, que la define como fetiche totalmente carente de significado, como distintivo “frente a” otro).

Platón hablaba de que la política es el arte de cuidar de las almas y ya desde S.Mill y hoy, con las propuestas del perfeccionismo liberal, el gobierno debería de promover las virtudes, intereses y excelencias de sus ciudadanos y las actitudes reflexivas y autocríticas. Pero lo que hace es despreocuparse y fomentar la anestesia y el servilismo, “un festival perpetuo y de encargo, donde publicidad y propaganda, diversión de baja estofa e información amputada, se embrollan inextricablemente” (M. Fumaroli).

4.3.- Violencia Escolar.

Como bien expresa Carlos Vázquez González (Delincuencia juvenil. Consideraciones penales y criminológicas, 2003), la escuela es, junto con la familia, el otro gran agente de socialización de nuestra sociedad, en la que niños y adolescentes aprenden a tener un comportamiento socialmente correcto acorde con las más elementales normas de convivencia pacífica en la sociedad, además de transmitirles conocimientos que conformarán una base cultural. Se trata de que se convierta (con independencia de asignaturas específicas de “educación para la convivencia”) en un buen ciudadano.

Ya Beccaria recordaba que el mejor medio de evitar los delitos es perfeccionar la educación. El fracaso escolar y el abandono temprano de los estudios inciden en los comportamientos delictivos.

Parece que la cuestión es delicada y hay que guardar un cierto equilibrio: ni fomentar un fuerte sentido del individualismo o competitividad que provoque exclusiones o inadaptación entre los que no puedan superar esas exigencias ni -lo que es más común, vistas nuestras leyes educativas- tratar de evitarlo reduciendo los niveles educativos y promocionando a los alumnos a cursos superiores independientemente de su nivel de conocimientos, huyendo así, absurdamente, de toda idea de fracaso escolar. En su blog Dura Lex (17-02-07), Juan Antonio García Amado, titulaba “La mala educación de nuestros orondos muchachos” la reseña y comentario de un editorial de ABC sobre los resultados de un informe de UNICEF: estamos a la cola del rendimiento escolar entre los países industrializados, dato que contrasta con la sensación -según el mismo estudio- de un elevado nivel de “bienestar global” de los adolescentes españoles.

En nuestros días, la violencia escolar es objeto de atención constante de los medios de comunicación, aunque ya hemos comentado que el tratamiento informativo no es normalmente el más adecuado.

Hacíamos referencia a un ejemplo reciente. El titular de varias páginas que se dedicaban a estos asuntos del Diario de León de 20-02-07 era “La Junta identifica a 3.000 reincidentes en episodios graves de violencia escolar”, refiriéndose a cifras de los dos últimos años. “La preocupación crece en la comunidad escolar porque son cientos de alumnos los que siguen cometiendo conductas violentas como insultos, robos, agresiones e insolencia ante los profesores…”, se decía más adelante. Y quien esto suscribe parecía, por las declaraciones que hacía en la entrevista de ese mismo día, que no se enteraba de que nuestros colegios son un criadero de maleducados y delincuentes, de que los profesores españoles en un 63,5% presenta riesgo de sufrir estrés alto (de ahí le viene luego lo del anunciado año sabático), de que hay que poner un policía detrás de cada niño (ya lo ridiculizó Forges en su chiste de El País de 26-02-07) o de que haya que llegar al absurdo de dictar normas -como ha hecho la Comunidad de Madrid- para prohibir el uso del teléfono móvil en clase.

Menos mal que todavía quedan ejemplos de opiniones contundentes o razonables: a) García Amado, en el blog citado, “(antes) aprendían a comprender que la convivencia es sacrificio común de los impulsos más rudos, egoístas y ordinarios. Con ello adquirían la base para entender más tarde el significado de la ley que castiga al delito, que proscribe el abuso de los arreglos privados o que estipula el deber de todos de colaborar al sostenimiento de los gastos comunes. Pero estos reyes enanos de ahora, ¿qué ciudadanos maduros y solidarios van a ser mañana?... el hiperlegalismo de las relaciones familiares y escolares con los niños acabará forzándonos a elaborar códigos inmensos con listas de prohibiciones que de otro modo nadie se sentiría autorizado para imponer”.

b) El País, 9-Nov-2006: “La federación nacional de directores observa con preocupación el tratamiento que los medios de comunicación dan a los problemas de convivencia escolar: “Por una parte los magnifica, convirtiendo en habitual lo que sólo es ocasional, y por otra puede crear un modelo negativo fácilmente imitable por los adolescentes”.

c) Nuestro admirado Ferlosio en La hija de la guerra y la madre de la patria, 2007, pp. 27-28: “En fin, amén de la libertad de los papás y las mamás de elegir para sus hijos la enseñanza que les parezca conveniente, la libertad de enseñanza se traduce también, más allá de esta elección, por una parte, en el derecho de mantener sometidos a constante control y vigilancia los criterios y las prácticas de un profesorado del que se consideran autorizados a desconfiar de modo sistemático (con las ya más arriba apuntadas consecuencias de acobardamiento y desmoralización de muchos profesores) y, por otra, en el derecho de extender y mantener extendidos los tentáculos de las privadas y personales relaciones familiares sobre un territorio público e impersonal como es o debería ser el de las relaciones de enseñanza.”

La Administración educativa contribuye con frecuencia a esa desautorización o desprotección de los profesores al quitarles la razón en caso de conflicto y dársela a los padres, que tienden a disculpar o amparar el comportamiento de sus hijos. La consecuencia es que muchos educadores hacen la vista gorda ante los casos de hostigamiento y maltrato. Y hasta soportan en sus carnes la conducta agresora o disruptiva de esos canijos violentos. Y los maltratados no confían en dichos educadores, ante esa debilidad de la voluntad de quien debería imponer su autoridad y límites a la chulería de los matones y sufren las acometidas de naturaleza de lo más diversa de esa especie de sadismo infantil. Los mayores tienen su mobbing, pero los críos su bullying, con su “excitante” modalidad del cyber-bullying, tal como manejan sus móviles y correos electrónicos.

Todo esto necesita de coro o espectadores que aplaudan; si no, no tendría gracia: el resto de la clase o la pandilla lo ríe y aprueba. Y lo hace sin sentimiento alguno de culpa y guardando silencio sobre ello. Y las víctimas sufren y no quieren que se les trate de “chivatos”, cuando lo que habría que fomentar es la delación. Son los médicos o los padres los que destapan muchas veces los miedos de los agredidos, cuando aparecen los síntomas de nerviosismo, depresión, falta de apetito, insomnio...

No vamos a extendernos mucho más. Todos estamos al corriente del bullying, y tenemos claro que el que siempre haya existido ese tipo de comportamientos no legitima el maltrato, que el acoso escolar -como dice con cierto énfasis la Instrucción 10/2005 de la Fiscalía General del Estado- es un mal profundamente arraigado en el entorno educativo, pero no puede caerse en la simplificación de reducir su abordaje a un tratamiento represivo.

Desde las Fiscalías pensamos que debe transmitirse una sensación de apoyo a profesores y docentes -incluso como una instancia última y más imparcial que la de los responsables político-educativos-, de que deben ejercer la docencia en condiciones de seguridad e imponiendo de forma razonable y proporcionada su autoridad, porque tenemos claro, como escribe Ricardo Moreno Castillo en Panfleto antipedagógico, 2005, que “hablar de calidad de la enseñanza cuando el problema de la disciplina no está resuelto es un discurso vacío.” Si no, va a ser difícil educar a esos adolescentes “para quienes sus caprichos pueden y deben mandar sobre todas las cosas, que sólo disfrutan con la contemplación infinita de su propia imagen, anonadados por el espectáculo de sus fantasmas que los medios de comunicación les devuelven constantemente. Y son otra vez estos niños lo que ya no discuten solamente los métodos o las apreciaciones del profesor, sino también los contenidos de su enseñanza... “la televisión no nos lo ha enseñado”; o bien: “He encontrado lo contrario en Internet...” (Philippe Meirieu, Carta a un joven profesor, 2006). Al menos habrá que enseñarles a discriminar que no todas las opiniones son respetables ni tienen el mismo valor.

4.4.- Bandas juveniles.

Los adolescentes buscan su propia identidad dando bandazos entre diversas actividades u opciones (permisividad-control; amigos-padres; privacidad-normalización). Las amistades juegan un papel importante en comportamientos normalizados o infractores. La pandilla de los amigos es más importante que padres o profesores. Y la mayoría del tiempo se pasa en grupo, en el colegio o en actividades extraescolares y llegados a casa la socialización está en la televisión (cada vez menos) o en el ordenador y su “chat” (cada vez más), después de haber pasado la mayor parte del día accionando el pulgar en el móvil para no salirse “ni un pelo” del grupo, del paraguas de la amistad, que para la mayoría es más gratificante y permisiva que las obligaciones o reprimendas caseras o escolares.

Pero de la “panda” a la “banda” hay un trecho largo que afortunadamente se transita en pocas ocasiones. Nada tienen que ver las infracciones ocasionales (casi siempre vandalismo) de los grupos de amigos de clase, barrio o botellón, sin estructura organizativa o muy diluida o que responde a los estímulos del más gamberro, más extrovertido o más fuerte, con la integración pactada (con “juramento de sangre” incluido o no) en organizaciones articuladas jerárquicamente. Hay más actuación grupal que enrolamientos en bandas.

Recientemente, Gerardo Landrove, (La Ley, 11-Enero-2007), escribía sobre bandas juveniles y delincuencia y hacía un buen resumen de la literatura jurídica y sociológica sobre el tema. Criticaba después (como lo hacemos otros) la imagen distorsionada, morbosa o alarmista que crean los medios, de la delincuencia juvenil y la reforma de la LORPM basada en la coartada de la seguridad ciudadana. En nota a pie de página nos citaba y criticaba que “contemplásemos con simpatía” la endurecedora modificación de la regla 2ª del Art. 9. Es cierto que nos hemos pronunciado (La Ley del Menor: Crónica de una reforma anunciada) favorablemente a la flexibilidad que supone la reforma, aunque reconocemos que dogmáticamente y conforme a los principios del derecho penal de adultos no resiste muchas críticas. Pero el interés del menor relativiza o modera esos principios teóricos y no debe verse con recelo que el margen de actuación que se concede a fiscales o jueces vaya a ser utilizado en detrimento de una ponderada intervención que favorezca una adecuada socialización de esos jóvenes. Va a ser difícil no obstante, “desprogramar” a algunos grupos o bandas de delincuentes a quienes, como los kaleborrokeros, “en la escuela les han enseñado geografía fantástica y una historia mitológica inspirada en folletines truculentos del siglo XIX. Los tebeos de Asterix y las columnas de astrología de las revistas del corazón son más rigurosos que sus libros de texto...” (A. Muñoz Molina, Estado de delirio, El País, 27-01-07).

No obstante, Landrove escribe más adelante sobre la necesidad de actuar con cierta contundencia contra los “latin kings” y otras bandas juveniles que en España constituyen “un fenómeno nuevo, de importación, realmente peligroso pero en modo alguno generalizado”. No sabemos si la actuación sólo debe ser policial y preventiva, ante las críticas que expresaba sobre los instrumentos jurídico-legales de la nueva Ley.

Algún suceso próximo, como la revuelta juvenil en Alcorcón (enero, 2007), ha contribuido a crear cierta inquietud por lo que pueda tener de síntoma de formas de actuar ante el descontento o desengaño de los jóvenes para con la sociedad de los adultos. Al fin y al cabo, las revueltas en Francia son de hace dos días. Pero ya recogíamos al respecto las palabras de Finkielkraut en nuestro artículo en La Ley, y a ellas nos remitimos, esperando que nuestros políticos hayan tomado ejemplo y reaccionen menos bobaliconamente ante los descontentos futuribles de nuestras segundas generaciones de inmigrantes.

Vale que los jóvenes estén construyendo su identidad por oposición al que es diferente (como decía una psicoanalista entrevistada por el escritor Santiago Roncagliolo), pero ya está bien de que la líen porque sí, porque eso “les pone”, y porque les da notoriedad, y porque les fascina salir en los medios.

A mediados de agosto tuvimos ocasión de comprobar que los okupas barceloneses se dedicaban a aguarles las fiestas a los vecinos del barrio de Gracià y a putear a la policía local sin más. No vimos allí reivincidaciones de tipo cultural ni identitario, ni a favor del acceso de los jóvenes a una vivienda digna. Iban en pos de la marcha, el subidón, la excitación..., salpimentados con una pizca de frustración y odio. Al releer lo anterior, recordamos aquí y ahora unas palabras de un barcelonés ilustrado, Félix de Azúa: “los okupas siguen en esa estela de ridiculización del trabajo […] el trabajo como actividad moralmente encomiable, como tantos otros valores ha ido desapareciendo por el sumidero relativista de la posmodernidad. (El Periódico, 2 de julio; también en su blog).

Otros sucesos de los últimos días, algaradas diversas protagonizadas por jóvenes, unas bajo paraguas ideológicos nacionalistas, otras sin coartada alguna, guiadas todas por el desprecio a elementales normas y principios de convivencia pacífica y respeto (y cómo han sido instrumentalizados), nos hunden en un resignado hastío y nos hacen recordar esas líneas del diario neoyorkino de Muñoz Molina y los versos de Yeats, en los carteles del metro patrocinados por Barnes&Noble: “The best lack all conviction, while the worst / are full of passsionate intensity”. “No puede haber más verdad -escribe- en menos palabras; no se puede explicar con más claridad lo que sucede en tantas situaciones, en tantos lugares, lo que causa la ruina de las mejores esperanzas y el triunfo de la imbecilidad, la injusticia y la desgracia. Los mejores carecen por completo de convicción, los peores están llenos de apasionada intensidad”.

4.5. La mala educación.

La escuela es uno de los agentes más influyentes, junto a la familia, en el proceso de socialización de niños y adolescentes. En los últimos tiempos, otros factores que tratamos en estos últimos apartados (nuevas tecnologías, medios de comunicación, grupo de iguales) vienen a reducir esa relevancia. También influyen otras fuerzas del entorno en ese cambio o proceso de socialización: la política, la cultura, los valores sociales. En todos estos aspectos se han venido produciendo cambios apreciables en los últimos tiempos.

Cualquier publicación o manual conforme a la ideología dominante y políticamente correcta, enseña que “no hay en España jurídicamente un concepto delimitado de familia”, “se siente la necesidad de poner en valor otros medios educativos diferentes a la escuela”, “hablar de adolescencia migrante es “inventar” (encontrar) tanto una categoría conceptual en referencia a un sector de población poco descrito como dotarla de contenidos, es decir, ponerla en circulación y someterla a debate” (citas de la obra La adolescencia y su interrelación con el entorno, Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, edición electrónica, y respecto de las cuales vamos a ahorrarnos comentarios sobre el lenguaje de los psicólogos y psicopedagogos).

Poco o nada que ver tiene la situación actual con la vivida en tiempos pasados. Stefan Zweig la describe así en sus memorias El mundo de ayer: “En primer lugar, tenían que educarnos de tal manera que aprendiésemos a respetar lo establecido como algo perfecto e inamovible, infalible la opinión del maestro, indiscutible la palabra del padre, absolutas y eternamente válidas las instituciones del estado. El segundo principio cardinal de aquella pedagogía, que también se aplicaba en el seno de la familia, establecía que los jóvenes no debían llevar una vida demasiado cómoda”. Ante esas palabras, cualquier pedagogo de cliché actual pegaría un respingo y se apresuraría a criticarlo con una fraseología como la anterior.

Pero también cuenta Zweig que su mundo era “un mundo ordenado, con estratos bien definidos y transiciones serenas, un mundo sin odio”, un mundo de “ovillados en la seguridad”. Hoy día, bien podía la escuela actual servir de polo opuesto y moderador a las convulsiones y dislates de las otras fuerzas socializadoras que la han relegado a un plano secundario, fomentando para ello la eficacia y el esfuerzo, la educación moral y el respeto a la autoridad de los profesores y combatir la cultura de la gratificación instantánea y la concepción del hedonismo espontáneo de los adolescentes. Con contenidos pedagógicos y con actitudes. Para empezar, no estaría de más colgar otro cartelito al lado de los que ya existen de “los derechos del niño”, con los correlativos deberes, en aulas, en consultas de pediatras y psicólogos y otros profesionales que trabajan con menores, incluidos nuestros equipos técnicos. (Es una empresa difícil: ahora mismo, oigo vomitar en la radio, con felicitaciones del entrevistador de la SER a la Milá, el share de la emisión de ayer de la novena temporada de granhermano: más de tres millones de espectadores).

Escribe Sánchez Ferlosio en El País, 26-Julio-2007, “He leído que ahora andan queriendo establecer el usted en las relaciones de enseñanza. No sé si tendrá éxito, en el sentido de que logre difundirse o en el de que sea eficaz para lo que se pretende. De todos modos, debería ser recíproco, o sea, también del profesor al niño... nótese que el usted lleva los verbos en tercera persona, como si los interlocutores estuvieran ausentes entre sí... el factor de la distancia, que aportaría el uso del usted, es un factor completamente idóneo para completar la impersonalidad”. Más arriba en ese artículo, “Educar e instruir” (que tenía como partida una crítica al anterior de F.Savater, “Ciudadanos o feligreses”), hablaba Ferlosio de “la perturbadora intromisión de los papás y las mamás en las tareas de la enseñanza” que iría contra la naturaleza pública de la misma.

En su libro La hija de la guerra y la madre de la patria, cuya primera parte está dedicada a los usos y abusos de nuestros pedagogos, se extiende en la necesidad de fortalecer ese sentimiento de impersonalidad, exterioridad y extrañeza (“los conocimientos no conocen a nadie”) opuesto a la “enseñanza personalizada”, a la Logse que adaptaba los contenidos según la “identidad” de los alumnos de cada Comunidad, lo que lleva luego al autor a extenderse en críticas sobre el atentado contra el conocimiento que se perpetúa en la enseñanza de las “historias nacionales” (“últimamente, con este nuevo prurito de las autonomías, la mística devoción onfaloscópica está alcanzando extremos preocupantes, porque ahora se han vuelto nada menos que diecisiete los ombligos hechos aisladamente objeto de contemplación. Pondré sólo un ejemplo de hasta dónde se puede ir a parar con semejante mística: con una obra excepcional del siglo XIX como es el ‘Diccionario geográfico de España’ de don Pascual Madoz, los leoneses se tomaron hace unos años el inmenso trabajo de entresacar de los dieciséis gruesos volúmenes en letra menuda, y en los que los topónimos están en orden alfabético, los que pertenecían al antiguo Reino de León… para publicarlos en un libro aparte, destrozando, de esta manera, casi diría que en un alarde como de menosprecio, una obra realmente benemérita que se concibió y se hizo toda entera…”(pg. 36).

Esa enseñanza instrumentalizada, reduccionista y que se pretende liberadora y crítica de ideas conservadoras y caducas y que, en realidad, no hace más que servir a otros propósitos caciquiles e incultos (el nacionalismo es la incultura de los incultos, decía hace poco en un entrevista Vargas Llosa), es el aspecto que ofrece actualmente la debilitada institución escolar, en la que resulta antipático o pedantesco (F.Savater, en el prólogo al citado Panfleto antipedagógico, de Ricardo Moreno Castillo) insistir explícitamente en lo que suena a disciplina, esfuerzo personal, respeto y obediencia razonable a los educadores, “claro que poca educación cívica podemos pedir en un país en el que se propone como modelo para la juventud a un campeón automovilista que al día siguiente de conquistar la fama se instaló en Suiza para aliviarse de impuestos y los genios mediáticos son los cocineros vascos que pagan a ETA y nada dicen en público ante los asesinatos de sus colegas por el terrorismo…”, (pg. 11).

Sólo con la lectura de algunos epígrafes de la obra que acabamos de citar, podemos hacernos una idea aproximada de los males que aquejan a la educación y educadores españoles: “defensa de la memoria y de los contenidos”, “la mentira de la motivación”, “la falacia de la igualdad”, “la falsedad de la enseñanza obligatoria”…, sin que ministerios nacionales ni políticos autonómicos hagan nada por solucionarlo sino todo lo contrario, inventando instituciones o alumbrando luminosas ideas inoperantes y absurdas que sirven para aumentar la burocracia o desautorizar al profesorado (como las elaboraciones con los alumnos de “compromisos de convivencia”, o la creación de la figura del delegado de padres o de “planes de cultura de paz”, o “aulas de convivencia”, ocurrencias todas de una Consejería de Educación andaluza -que suscribirían a buen seguro todas las demás, en un ejercicio modélico de papanatismo “ilustrado”- que resignadamente analizaba un profesor de Secundaria en el diario Sur, 4-Abril-2007, y que puede consultarse en el blog Dura lex de J.A.García Amado, 8-Abril-2007).

De todo ello no se salva, ni mucho menos, la Universidad española, donde sólo pensar en la formación, promoción y cooptación del profesorado produce urticaria.

Un buen y acertado resumen del estado de la política de desastre educativo que estamos viviendo puede verse en la reseña que en Revista de Libros, septiembre 2007, (“Viva la ignorancia. El fracaso de la educación en España”), hace Fernando Eguidazu de la publicación reciente de un par de libros de pedagogos. Allí se hace mención de las dos líneas o formas de contemplar la educación, la de Condorcet, que distinguiría la instrucción, tarea del Estado, y educación, competencia de los padres y la de Rousseau, para quien el objetivo sería educar y no instruir (antecedentes teóricos que no son mencionados pero están latentes en la reciente polémica que en las páginas de El País han mantenido estos días Savater y Ferlosio) habiendo triunfado esta última entre los posmodernos educadores y de donde derivan la mayoría de las actuales paradojas y dislates del progresismo educativo.

Hay muchos ejemplos de ello a lo largo del artículo, desde las consecuencias reaccionarias y limitadoras de la igualdad de oportunidades que ha generado el sistema, pasando por la enseñanza de etnomatemáticas y la coeducación matemática feminista, hasta el papel desempeñado por otros actores de la tragedia, las Comunidades Autónomas, a las que la Logse concedió competencias para definir la mitad de los contenidos de los planes de enseñanza y que aplicaron en fomentar la burricie y el localismo como, vgr., dar la misma relevancia a autores locales que a Cervantes o hacer aparecer milagrosamente ríos en las fronteras de la Comunidad (“el Ebro es un río catalán que nace en España”, que nos citaba Julio Llamazares), o considerar a las lenguas no como asunto individual, de cada habitante, sino propias de un lugar y poseedoras de un aura colectiva, histórica y simbólica que genera una fractura social entre los ciudadanos (sobre este aspecto, es recomendable la lectura de los capítulos sobre la cuestión lingüística en El Estado fragmentado, 2007, de Francisco Sosa Wagner e Igor Sosa Mayor).

Vamos con otra cita (casi en tiempo real, como titulamos este apartado, porque es una de nuestras lecturas de estos días), que tendría que ser innecesaria por insistir en lo evidente. Está en la obra citada de K. A. Appiah y es de Michael Oakeshott: “Cada uno de nosotros nacemos en un rincón de la Tierra y en un momento particular del tiempo histórico, envuelto de localismo. Pero la escuela y la universidad constituyen lugares apartados, donde el estudiante se emancipa de las limitaciones de sus circunstancias locales y de cualesquiera preferencias adquiridas, y se deja llevar por las señales de lo que hasta entonces no había siquiera soñado. [...] Se trata de lugares protegidos, donde puede oírse la excelencia porque el estruendo de las parcialidades locales no es más que un murmullo distante”. Como dice Appiah, es lo que la educación debería hacer por nosotros ‘expandir nuestros horizontes’, exponernos a un mundo más ancho que aquel que habitamos. Y lo particular, decimos, no está reñido con lo universal, ni con la tolerancia, ni con el cambio social y el progreso. La educación es el motor de nuestra historia colectiva y nuestras particulares individualidades, lo que hace, como escribió Locke, que nueve de cada diez hombres sean lo que son, buenos o malos, útiles o no. La cultura nos lleva de nuestra mesa camilla a las naves en llamas más allá de Orion, del yo -como a Stephen Dedalus, el personaje joyceano- al Universo.

De todos modos, conviene no ser agoreros ni tremendistas ante este insostenible estado de cosas, ante este empecinamiento que continúa (al inicio de este curso escolar, la ministra del ramo dice “el poder pasar con cuatro suspensos servirá para combatir el absentismo”). Alguien -fundamentalmente los políticos… alguno habrá con una mínima visión de Estado y de futuro- tendrá que reaccionar y arbitrar soluciones para una mejor educación de nuestra ciudadanía.

03 octubre, 2007

Trenes, estaciones, tiempos.

Vuelvo a viajar en tren a menudo. Es retornar a un mundo conocido, pues buena parte de mi infancia y adolescencia transcurrió en aquellos trenes del llamado Ferrocarril de Langreo. De mi pueblo a Gijón íbamos en tren, pues en casa no había coche. Ni en la mía ni en casi ninguna de aquéllas. Primero la estación estaba en Pinzales y era necesario caminar algo menos de una hora, por senderos y montes. Luego hicieron un apeadero más cercano y en veinte minutos se llegaba, por iguales caminos.

En mis primeros años aquellos trenes de madera eran idénticos a los que se ven en algunas películas del Oeste. Aquellos vagones se jubilaban en Asturias, pero en la pátina y la fatiga se notaba que habían rodado por medio mundo. Quién saben si no llegaron incluso a conocer a Pat Garrett o a tratarse con el hombre que mató a Liberty Valance. Por las mañanas iban llenos de señoras con gallinas y cestos de patatas para vender en el mercado de la ciudad, y a mediodía las mismas mujeres regresaban con sus bolsos repletos de lo que habían podido comprar con el dinero obtenido. Todos los viajeros habituales se conocían entre sí y se hablaba a voces y siempre de lo mismo. Eran los tiempos en que cada tren llevaba su pareja de la guardia civil, a la que, en cientos de viajes, nunca vi hacer cosa que no fuera dormitar en sus asientos.

Hoy las cosas son bien distintas y aunque cualquier tiempo pasado fue peor, que lo fue, en esto de los ferrocarriles no estoy yo muy seguro de los progresos. Parejas de la guardia civil ya no se ven, pero sí vigilantes privados en los trenes y las estaciones. En realidad y si lo pensamos bien, hay mucha más vigilancia en todas partes ahora que en los tiempos aquellos de la oprobiosa dictadura. No creo que sea porque existan más ladrones, sino porque la gente se siente más insegura después de que se ha acostumbrado a la seguridad. Son las paradojas del bienestar. El producto crea su necesidad. Los tribunales de justicia también ayudan lo suyo. Cada vez que condenan a RENFE como responsable civil de un daño por hurto o robo en sus estaciones o trenes, por no haber establecido medios suficientes para evitarle al viajero tales delitos, se pone un ladrillo más para que los nuestros sean trenes rigurosamente vigilados.

Algún día habrá que plantarse a estudiar en serio esa manera en que el afán por la seguridad está mermando nuestras libertades o, al menos, nuestro disfrute de un paisaje ciudadano libre de tantísimos uniformes. Siempre se dice que son las medidas extremas contra el terrorismo las que están restringiendo nuestros derechos, y es verdad, pero apenas se habla de esa neurosis de seguridad en la vida cotidiana y que hace que no quede ya apenas tienda, vehículo público, espectáculo o institución que no estén repletos de guardas jurados esmeradamente explotados por sus empresas para tranquilidad de todos nosotros. Adoramos la vida sin riesgos y hasta cuando vamos a mear queremos que esté allí, bien vigilante, un tipo con una porra y unos brazos de aizcolari. No sé qué diría Freud si levantara la cabeza y se viese de pronto tan rodeado por las huestes de Prosegur. ¿Y Marx?

En las estaciones de antes se pasaba frío y aburrimiento. Ahora es lo mismo, pero, encima, las más modernas sobrecogen. Anteanoche me tocó tomar el tren en Zaragoza, en la estación de Delicias, casi de madrugada. Magnífica jugada de algún arquitecto impotente y ansioso por empequeñecernos a todos. Los techos apenas se ven sin prismáticos, para llegar de los andenes al lugar de los taxis hay que caminar un trecho pensado para maratonianos entrenados en la T4, las salas de espera son cubículos tan grandes como desangelados. Me pasé media hora esa noche en una de esas salas. Éramos cinco o seis personas, sembradas a voleo y perdidas entre docenas y docenas de asientos rojos, sin más objetos alrededor que esas filas de sillas y un par de pantallas, todo bajo aquel inalcanzable cielo pintado de blanco. No se oía el vuelo de una mosca, hasta los dormidos se achantaban, supongo que por miedo a que un leve ronquido suyo retumbara en las paredes y rebotara multiplicado al cabo de cinco minutos. Por los enormes espacios vacíos caminan a esas horas personas sonámbulas que se observan a distancia con la misma expresión que si aguardaran veredicto del Juicio Final. Vagabundos a pasar la noche ya no se acercan, y no sólo por su incompatibilidad existencial con los uniformados, sino porque hasta los rigores de la intemperie aragonesa son más acogedores y cálidos que esos muros del sadismo ferroviario.

Y luego te subes al tren, previo paso por los controles en los que esos trabajadores de la seguridad privada, que es seguridad tuya, al parecer, te miran en una pantalla las entrañas de tu maleta con la misma expresión desabrida que si le estuvieran haciendo un tacto rectal a su propio destino laboral. Los compartimientos de tren son una lotería, pues nunca sabes con quién te tocará convivir en ellos y bajo qué leoninas condiciones; como la vida misma, tal cual. Llevaba billete en preferente (primera ya no hay, para evitar que haya segunda; ahora, como somos más iguales todos, hay tan sólo preferente y sin rótulo: el Estado social avanza que jode), pues pagaba Universidad ajena y qué menos que sacarle sillón más cómodo, puesto que le sale gratis el trabajo que te tomas para leerte una tesis gorda como muchacha de Texas y fría como ministra de educación contando créditos y azotando directrices. Atravesé las puertas del vagón y un tufo a pies alevosos me dio en la jeta con tal violencia que casi me devuelve al andén. Otro asunto para analizar despacio y comparar tiempos. En aquella época de mi lejana infancia nadie se descalzaba en el tren, tal vez para que no se viera en el calcetín ese tomate que, andando las décadas, adoptaría coquetamente todo un presidente del Banco Mundial. Los ricos llegan a su colmo cuando pagan para parecer pobres. Una vez que te haces a esa mortecina luz que no te permite leer, pero que tampoco te deja dormir, puedes repasar con calma la gama multicolor de calcetines y medias que portan tus compañeros de viaje, prendas de marca, de ésas que no se compran ni con lo que sacan los de mi pueblo por tres gallinas cebadas con sidra y castañas. Si no fuera por lo esmerado de tales indumentarias, diríase que has ido a parar al mismísimo infierno, pues de aquellos cuerpos apenas se ve otra cosa que pies alzados y bocas abiertas, tales son las posturas con que el nacional hispano gusta de exhibir en público su mucho sueño y su poco pudor.

El revisor pasó como alma que lleva el diablo y, ante mi ademán de entregarle el billete, se limitó a asentir con la cabeza y ni a darme las buenas noches se detuvo, lo cual me hizo pensar que no había sido grande mi suerte y seguramente eran menos fétidos otros coches de este tren que había salido de Barcelona y terminaría su andanza en Galicia, después de haber dejado a aragoneses, riojanos y castellanos varios (y leoneses, ya sé, ya sé) en esa tierra media que va camino de ser la única tierra de todos, la única tierra de cualquiera, la tierra de cualquier don nadie sin historia, sin lengua propia por no hablar más que el insignificante castellano y sin haberse quedado para siempre en ese estadio evolutivo que los psicoanalistas llaman fase anal.

Hay quien sueña con el día en que el viajero que haga completo el recorrido de ese tren tenga que mostrar dos o tres veces su pasaporte. Porque, bien mirado, menudas birrias de naciones y de estados si no se necesita pasaporte para entrar y para salir. Pero el aroma de los vagones será el mismo, común, por mucho que duela.

02 octubre, 2007

Un collar de cristales. Por Francisco Sosa Wagner

Los políticos nos prometen de todo: pisos, viajes, medicamentos estimuladores del rijo, aprobados en las asignaturas más enrevesadas, un decreto para el nene y la nena, cacahuetes, una ley para cada uno... Este debería ser el último y mejor invento que yo propondría para la próxima temporada primaveral de elecciones: nada de leyes generales, pensadas para los altos y los extremeños, los bajitos y los de Zaragoza, sino una para cada uno, individual e intransferible, no me digan que no sería magnífico y, encima, se daría así trabajo a todos esos parlamentos autonómicos que proliferan por España. Todos llevaríamos nuestra ley en la cartera, en formato papel o metida en la agenda electrónica en PDF, y la mostraríamos en los trances apreciables: para ligar, para viajar en el tren o para matricularnos de fotografía y cinefilia.

Pero el problema es que no solo los políticos nos ofrecen óbolos, bienes y favores, sino que a este festival se han apuntado también las empresas comerciales de todo tipo. De siempre había creído que los negocios consistían en el trueque por dinero de mercancías y servicios, sin embargo, a la vista de cómo anda el patio, preciso es pensar que también en esto estamos viviendo una revolución de dimensiones impredecibles.

Porque abrir el correo a diario se ha convertido en un ejercicio sublime de complacencia o de resistencia, según el talante de cada cual. Una editorial que edita libros serios me ofrece por el solo hecho de asistir a un acto de presentación de su nueva colección un precioso collar de cristales pero, si voy con mi pareja, además me darán una olla a presión que cuece las zanahorias en menos minutos de los que emplea en decir el credo un cura especialmente entrenado para el trance.

Pues ¿y la concesión de préstamos? Descuelga uno el teléfono y una voz nos anuncia la suerte que tenemos por haber recibido miles de euros que otorga, benéfica ella, la entidad crediticia más acreditada del mundo. O por haber sido agraciados con un piso en la isla de nuestros sueños -aquella en la que se ha prohibido la entrada a los secretarios de organización de los partidos- para disfrutar en ella esas épocas en que las noches se abren eminentes y los días se construyen amarrando luces y espumas.

Hace una semana me obsequiaron una vajilla completa y un juego de ajedrez de lo más aparente y prometedor. Cuberterías tengo una docena, las enciclopedias las amontono como si fueran garbanzos, igual me ocurre con los DVDs de cine, con las guías de viaje, con las camisetas, con las tarjetas visas oro que son tantas que a veces pico tarjetas como antes picaba aceitunas o galletitas.

La vida se parece cada vez más a una tómbola en cuyo tenderete cada uno se limita a recoger los regalos que le han tocado en suerte. Aquello de “ganarás el pan con el sudor de tu frente” ha pasado a la historia, ahora se gana el pan y la sobrasada dentro con solo atender a un agente comercial o asistir a un desfile de moda. Por lo que a mí se refiere, he adoptado ante este asalto de agasajos y dádivas una actitud complaciente, me he dejado querer y acepto lo que me echen. A veces pienso que se trata de un objeto para mí superfluo pero valoro el esfuerzo de quien regala y no me gusta desairar a mis semejantes.

Ahora bien, donde me he plantado y he ofrecido una actitud de abierta resistencia, ha sido ante la oferta de un curso de contabilidad. Y eso que abarcaba las muy regocijantes ramas de la contabilidad financiera y la de costes. Por benevolencia, he admitido cursos de jazz, de yoga, de halterofilia, de masajes en las plantas de los pies, pero, ah, la contabilidad, esta ¡no pasará! Uno puede admitir la prosa de la vida, sus miserias, pero la mortificación contable se queda para el infierno que, si se llama infierno, es porque la única lectura que existe es la de los libros de balances.

30 septiembre, 2007

Otro inminente desgarro constitucional

Si yo fuera la Constitución estaría preocupada. Después del anuncio de Ibarreche de que convocará un referendum, han salido como fieras ZP, la De La Vega y el Blanco a asegurar que esas cosas no se pueden hacer fuera de la Constitución. Con ello quedan más que claros sus propósitos: se lo van a meter dentro. El refefendum, que se lo van a meter a la Constitución, igual que le han endilgado tantas cosas esta temporada. Ya es vicio.
A mí estas palabras de los prebostes y las prebostas del partido que fue socialista antes de darse al proxenetismo constitucional me suenan a aquello de no te preocupes, vida, que no te va a doler.
A la pobre Constitución le están haciendo un boquete cada vez mayor. Y lo que te rondaré, morena.
Esto es pura resaca, indigestión tardía. Para luchar contra el franquismo hubo que cargar las tintas simbólicas y ciscarse en todo lo que a aquel régimen más le gustaba para sus propagandas: la bandera, el himno, la nación, la historia más o menos tergiversada. El caso es que Franco pasó a mejor vida, llegó una Constitución nueva, se reconquistaron ejemplarmente las libertades y... aquella izquierda no aprendió nuevas consignas, siguió creyendo esencial y verdadero un discurso crítico que era fundamentalmente instrumental, que era como un traje cosido para ir al entierro del franquismo, pero no para llevar a diario y en casa.
Como los intelectuales más brillantes que la izquierda española oficial y militante ha tenido en estas décadas han sido Alfonso Guerra y Santiago Carrillo y como gran parte de los intelectuales no formalmente militantes andaban buscando sillón y palmaditas, no se renovó el pensamiento llamado progresista ni hubo apenas capacidad para construir un pensamiento sólido de respaldo del régimen constitucional democrático y de un Estado nacional español.
Carente de referentes intelectuales y doctrinales claros, el PSOE se convirtió en un nido de caimanes, dispuestos a morderse sin conmiseración para ver quién se llevaba el gato al agua. Pero era un gato escuchimizado, desorientado, débil. Hasta que llegó quien mejor entendía la situación. En un debate de altos vuelos e intelectualmente exigente Zapatero no habría abierto la boca, incapaz entre los incapaces, vacío entre los vacíos, simple entre los simples. Pero como se trataba sólo de andarse en marrullerías, de comprar conciencias y de enredar irresponsablemente, él era el mejor y así se demostró. Sólo que donde debería tener ideología basada en ideas e ideas basadas en el conocimiento y la reflexión, él sólo tiene una lista de tópicos rancios, un cargamento de prejuicios heredados y un ansia de poder sin el contrapeso de una ética mínimamente madura.
Hemos puesto a un chimpancé a jugar con las joyas de la abuela. Y confunde el collar de perlas con una ristra de bolas chinas. Normal. Qué esperábamos.

29 septiembre, 2007

Miscelánea sabatina

No sólo hay guerra de banderas. Las banderas dan lugar también a escaramuzas protocolarias. En este proceso acelerado de medievalización y feudalización, lo propio será que dentro de poco cada señor vaya con su bandera particular y con sonido de fanfarrias. El protocolo tiene sus normas, unas muy asentadas en la tradición, otras aceleradamente dispuestas por trepas con cargo para diferenciarse de la gente del montón. Por eso en las Comunidades Autónomas, que no tienen tradiciones propias ni gaitas semejantes, han medrado los especialistas en protocolo, para que el trasmerano de turno que asciende directamente de la dehesa al sillón presidencial deje de sentirse simple gañán con bonoloto y comience a tenerse a sí mismo por un señor en toda regla.
Supongo que el protocolo real será de los que beben en costumbres antiguas, pero vaya usted a saber. Miren lo que pasa en Oviedo. El lunes próximo el Rey abre el curso universitario, pues se conmemoran los cuatrocientos años de la fundación de aquella querida Universidad por un inquisidor de los de antes, que casi eran mejores que los de ahora. Bien, pues resulta que por indicación de la Casa Real la autoridad académica ovetense ha procedido a retirar la bandera de la Unión Europea que, junto con la española y la asturiana, engalanaba el edificio histórico de la Universidad. La repondrán el martes, cuando el Rey y la Reina se hayan ido con la música a otra parte.
Rediez, en unos sitios queman banderas, en otros las quitan para que nos las quemen, en otros más las ponen porque están quemados, en Cataluña lo que queman, además, son los retratos del Rey, y en Oviedo hay que quitar la bandera europea porque llega el Rey en cuerpo mortal. ¿Alguien da más? En otro tiempo tal cantidad de señales con banderas sólo se hacían en los barcos, pero ahora nos embarcamos todos en semióticas de manicomio.
Banderas aparte, está muy simpático eso de que antes de que el Rey clausure el acto con su discurso, un catedrático de Biología Celular impartirá la lección inaugural sobre “Estrés y enfermedad”. Imagino a Sus Majestades poniendo el oído con cuidado, con lo que estresa el tener que buscarse la vida a ciertas edades.
Llueve sobre mojado en materia de troleros. Por cierto que el otro día vi a mi mentiroso compulsivo favorito a la hora del vino que siguió a la inauguración de curso en León. Iba en pos del Presidente de la Comunidad con la lengua fuera y cara de endilgarle una ocurrencia bien gorda. Tal vez él también vivió lo de las Torres Gemelas, de la misma manera que esa señora que viene hoy en todos los periódicos.
Vean lo que pasó. Una tal Alicia Esteve, más catalana que la butifarra, se montó la película de que había estado en el World Trade Center cuando lo del 11-S y que sobrevivió por los pelos y de milagro. Lo adornó contando que allí había perecido su novio, al que eligió, al parecer, de la lista de difuntos. Como es habitual en esa gente, fue aumentando el grosor de la bola y acabó la tal señora presidiendo una asociación de víctimas de aquella catástrofe llamada Red de Supervivientes del World Trade Center. De paso y para resultar más creíble, se cambió el nombre e hizo que la llamaran Tania Head.
Esto de los fabuladores con ínfulas debe de ser una epidemia que lo va invadiendo todo. El día que nos pongamos a investigar en serio se nos va a quedar cara de tontos al ver que, como mínimo, la cuarta parte de los personajes que se lo montan a base de bien en cargos y comisiones se inventan todo el currículum, los méritos y hasta los padecimientos. Por cierto, me recuerda esta historia aquella costumbre que tenía –y que supongo que seguirá teniendo- mi trolero favorito, de ir diciendo a todo el mundo que su mujer tenía cáncer y que estaba muy mal, la pobre. La mataba como mínimo una vez al mes. Y a algún hijo cada trimestre. Les pone cachondísimos el inventarse enfermedades y provocarnos la compasión más gilipollas del mundo. Otro día llegó él a mi despacho con un ojo morado y me dijo que tenía un gravísimo mal de la vista, que podía quedarse ciego y que lo debían operar en Barcelona la semana siguiente. Luego nos enteramos, por la chacha, de que lo único que había pasado es que un hijo suyo le había dado un pequeño golpe en el ojo, sin mayor importancia.
¿Y saben qué? La gran ventaja de estos enfermos es que no solemos atrevernos a echarles en cara sus mentiras y que les sonreímos conmiserativamente, mientras nos colocan mentiras, a cual más increíble. Y, mientras nosotros sonreímos y decimos aquello de bah, en el fondo no es mala gente, sólo un poco exagerado, se nos van subiendo a la chepa y van medrando. Porque el problema está en que cuando chupan la sangre de los ingenuos a éstos les da gustito. Por cierto, ¿habrá acabado el becario de mi trolero aquella tesis que estaba haciendo para el marido de aquella señora? Porque, sépase, a veces no es parasitismo, sino simbiosis.
Bueno, penúltima cosa para este sábado desordenado. Con ocasión del pasado post sobre “Ciudadanos”, me llega un correo en el que un lector togado opina lo siguiente:
"Muy bonita la equidistancia y realmente enternecedor eso de que se siente más europeo que español. ¿Hay realmente alguien en este mundo que se sienta europeo, salvo burócratas?
El autor del escrito se avergüenza de que no lo consideren lo suficientemente antiespañol, por eso da una de cal y otra de arena y habla de un pretendido "nacionalismo español" que no existe. Por otra parte, el bienamado Amado ¿sabe quién era Licinio de la Fuente o es que ha visto algún NO-DO de esos que trae "el Mundo"?
Ciudadano del mundo, dice, cosmopolita. Qué tierno. Que no haya fronteras. Hermoso. Estupendo. Ni unos ni otros. Eliminamos todo sentimiento nacional y se acaba el problema. ¿Cómo pretendería éste acabar con la gonorrea? ¿Cercenando qué?
Hay que ver lo cursis que se ponen algunos que no saben distinguir entre Nación y Estado. Debe ser una pandemia leonesa. Qué bien. ¿Por qué no cantamos "Imagine" y nos pasamos el canuto?
"
Al intermediario que me remitió tal comentario de un conocido suyo, le envié la siguiente respuesta:
"No me parece mal lo que dice, en absoluto. Los liberales somos así. Ahora bien, me dicen que está escorado a la derecha y me lo puedo creer porque lo afirman así quienes lo conocen, pero exactamente sus mismos argumentos y palabras los podría usar un "izquierdista" de ERC. Si uno u otro no explicitan qué concreta nación es la que los pone cachondos, sus ideas se confunden, y no porque las tengan confusas, sino porque son idénticas.
En cuanto a la imputación de equidistancia que me hace (por así decir), estoy acostumbrado. Puedo contestar mejor que nada con una pequeña fábula que suena a china. Érase un señor que tenía que esperar en una habitación grande. Se fue hacia un rincón para sentarse allí un rato, pero se encontró una gran cagada de vaca, fresca y maloliente. Así que caminó hacia el rincón opuesto, con tan mala suerte que en él fue a dar con una cagada de caballo, también reciente y apestosa. Huyendo de ambas fetideces, se sentó en el centro de la habitación. Unos criados que lo veían por una ventana comentaban: hay que ver qué afán de equidistancia tiene ese hombre. Y ya ves, lo suyo no era propiamente una pasión geométrica, sino reacción elemental al asco por lo que había en un rincón y en el opuesto.
Por otro lado, la equiparación entre nacionalismos y gonorrea me parece oportunísima, al menos como diagnóstico. Como terapia supongo que serán más convenientes la higiene y la profilaxis que la cirugía, pero nunca se sabe".
Por último, y para acabar. Gran escándalo porque han despedido a la Peri Rossi de una emisora catalana por no hablar en catalán. Lamentable, pero qué esperaba. El que con nacionalistas se acuesta… La buena señora ha colgado en su web un texto titulado "Persecución lingüística". Pinchen aquí para leerlo. Está muy enfadada y su escrito concluye así: "Los fascismos tienen algo en común: siempre son excluyentes. Excluyen por motivos ideológicos, de raza, de sexo…o de lengua. Y es paradójico que me ocurra a mi, Premio Ciudad de Barcelona de Poesía en 1992 por el libro que se titula precisamente Babel bárbara y donde se exalta la diversidad de lenguas, la Babel mítica. ¿Paradójico o síntoma de los tiempos que corren? Quizás no sea casual. Quien defiende Babel es discriminada. Es posible que quienes perpetraron esta exclusión ni siquiera sepan que soy Premio Ciudad de Barcelona o que luché clandestinamente contra el franquismo y a favor del catalán desde Agermanament, hace muchos años. Los censores no suelen leer y tienen pésima memoria”.
Cómo pudo pasarle a ella, mecachis.
Bien, me apunto de corazón a la solidaridad con esta escritora reincidentemente perseguida. Pero tengo una duda genuina, una duda sincera, que consulto aquí para que cualquier amigo me ilustre: ¿Había levantado antes de ahora su voz –en cualquier lengua- Cristina Peri Rossi para quejarse de la opresión y creciente exclusión de los castellanoparlantes en Cataluña? Repito que no lo sé. Ando morboso y esquinado, eso es todo.
¿Cómo era aquello de Brecht? Veremos a otros más pasar. Al tiempo.

28 septiembre, 2007

Fray Gerundio se va a Cataluña

Los políticos son de otra pasta. Pasta gansa, pasta dura. Su lógica es pastosa. Resultan enigmáticos. Cuando dicen ciertas cosas no sabemos si pretenden tomarnos el tupé como a idiotas perdidos –cosa que sería muy de lamentar- o si es que en verdad piensan así y se creen ellos mismos sus descomunales paridas –cosa que resultaría más lamentable aún-. Sea como sea, estos políticos nuestros están sin homologar y no les vendría mal, además, una pasadita por la ITV.
Pues miren con lo que se ha soltado Montilla, un sujeto tristón y maniobrero que, según recuerda hoy mismo Arcadi Espada en El Mundo, se toma clases semanales de catalán para ser capaz de hablar la lengua de esa nación que gobierna y cuya identidad nacionalsocialista (no he puesto z, ojo) defiende, igual que podría defender que las almorranas son berberechos: con convicción y coche oficial. Como siga así, acabará rebasando a Zapatero, otro maestro de la lógica patética, de la sintaxis a la virolé y de la coherencia al baño María. Va el Montilla, don José (o Josep, que será Yusuf en cuanto la moda mora penetre un poco más y dé votitos) y dice en el Parlamento catalán que a los comerciantes de aquella nación nacionalsocialista (sin z) no los multan por rotular en español o por atender a los clientes en esa lengua del puto imperio, sino por no hacerlo en catalán. Y ni se le escapó la risa ni se tiró una ventosidad para ponerle música apropiada a tan buena letra. No, lo cascó así y se quedó tan fresco.
La verdad es que da gusto. Con esa forma de razonar se nos ponen a huevo las disculpas para lo que nos venga en gana. ¿Que su pareja le engaña y quiere usted un pretexto convincente para mandarla a la porra sin parecer un/a posesivo/a pasado/a de moda/o? Muy fácil, diga que no la deja por ponerle los cuernos, sino por no serle fiel. La cosa cambia muchísimo, ya ven. ¿Qué su hijo no come bien y usted lo castiga por ello? No le explique que el castigo es por dejar las lentejas, sino por no comerlas.
Por cierto y cambiando de tercio, aunque menos de lo que parece. Acabo de escuchar en la radio que el Ayuntamiento de León ha aprobado una moción para solicitar que León se desgaje de Castilla y sea Comunidad Autónoma él sólo consigo mismo. Supongo que pronto el lliunés será lengua oficial del Ayuntamiento y habrá que ir inventándolo a toda leche. Pero a lo que voy: la propuesta partió del partido leonesista, el PSOE votó a favor y el PP se abstuvo. Lástima que no esté IU, habría sido otro voto favorable. Alianzas de progreso. Por mí como si se la machacan; la sesera, digo. Me trae absolutamente sin cuidado que León sea Comunidad Autónoma, unidad de destino en lo universal, isla de la Micronesia o franquicia de Evo Morales. Total, mi plan más íntimo y secreto es, con permiso y colaboración de la family, que nos larguemos dentro de unos años a vivir a cualquier otro país donde no haya que pasarse los días y las horas aguantando a payasos sin gracia y a zoquetes pedigüeños. Esta España, o lo que sea, apesta a boina, incienso y picaresca, es irrespirable, insufrible. Pero mientras voy ahorrando para la casa en el extranjero y el corte de mangas a toda esta panda de papanatas y mindundis con mando en plaza, me hago una pregunta: ¿acaso creen los tontainas éstos del PP o del PSOE que van a ganar votos por no llevarles la contraria a los cuatro nacionalistas diarréicos? ¿No será al contrario? ¿No estarán más bien contribuyendo a que tengan más los otros?
Del PSOE ya no digo nada, pues ha dejado de existir como partido propiamente dicho desde que se le apareció Zapatero en el carro de fuego que lo llevó a la Presidencia de esto que era un Estado y ahora parece la casa de la Troya. Lo que en tiempos era un partido no es ya más que una pandilla de consentidores que ponen hasta la cama con tal de que les pasen unos billetes por el canalillo. Pero lo del PP tiene también una guasa que no se puede aguantar. Recurren el Estatuto catalán, votan a favor de cosas similares en el Estatuto valenciano, afirman que Andalucía es nación, arsa, se pronuncian en las Cortes de Castilla y León contra la autonomía leonesa y se abstienen en León en el mismo tema. Otros que tienen la lógica política justo, justo donde un glúteo limita con el otro.
Con su pan se lo coman todos ellos.

27 septiembre, 2007

Raseros

Esto es Jauja. Una Jauja invertida (¿o es más correcto decir inversa?), pero Jauja. Con una lógica muy rara, ciertamente. Por ejemplo, la inmensa mayoría del profesorado universitario está en radical desacuerdo con los turbios manejos de ministerios y CRUEles rectores, pero no hay tu tía, se haga lo que se haga y se diga lo que se diga, no hay hijo de madre que pare esta caída en picado de lo que antes merecía el nombre de universidad y ahora es una boñiga llena de moscas con portafolio.
Pero, mira por donde, en temas más de Estado basta que se reúnan cuatro capullos y hagan un poco de ruido, para que se tambalee hasta el esqueleto constitucional. Dos tercios de los habitantes de Cataluña pasan completamente de autonomía, nacionalismo, Estatuto, sus políticos y la madre que los fundó, pero ellos –y algún Forrest cazurro- siguen a lo suyo y en un dos por tres ponen patas arriba el orden territorial del Estado, cambian las reglas del juego constitucional, amenazan al Tribunal Constitucional con armar la de Zeus si intenta pararles los pies Carta Magna en mano y, por si acaso, ya van preparando un referéndum que ganarán con una participación del veinte por ciento de los ciudadanos mayores de edad, mientras los otros se abanican o juegan al tresillo al calor del brasero de la abuela.
¿Y lo de la Monarquía? No soy monárquico, aclaro, pero tampoco antimonárquico. Con los jefes de Estado pasa como con el vagón de cola de los trenes. Ya saben, había uno que decía que, puesto que el último vagón era el que más sufría en los descarrilamientos, lo mejor sería suprimirlo. Pues con los jefes de Estado igual. Porque lo de las monarquías es irracional y pintoresco, ciertamente, pero en este país da auténtico pánico pensar en un Jefe de Estado democráticamente elegido. Como esté en liza Jesulín de Ubrique, sale seguro. O Zapatero, que viene a ser lo mismo, pero con menos arte y más mala follá.
Dicho todo eso: ¿será posible que nos vayamos a cuestionar la Monarquía no cuando nos da la gana, sino cuando se confabulan tres descerebrados que queman unos retratos, unos cuantos periodistas que se dan la mano desde sus próximos extremos y un fiscal del Estado a las órdenes de un lumbrera semioligofrénico que sueña con presidir la Tercera República Española? Ponen a uno en una situación sorprendente, pues volvemos a lo de tantas veces: si todos ésos son los que se van a cargar la Corona, ganas dan de defenderla, para que se fastidien y se vayan a tomar otros vientos. Luego ya debatiremos en serio y con libertad nosotros, cuando nos dé la gana.
Es pistonudo. Primero pasan décadas en que nadie dice ni pío de la Familia Real, salvo repetir hasta el hastío unos pocos tópicos apolillados sobre su importante papel vertebrador, aglutinador, trifásico y peristáltico. Y en cuanto cuatro cantamañanas tocan el silbato, se cambia de tercio y es hora de despellejar a destajo. Pues ni lo uno ni lo otro, no nos da la gana que nos manejen así: ahora no se puede, ahora la puntita nada más, ahora dale caña. No.
Y, sin duda, aquí falta un rasero común. ¿Podemos meternos con la gente o sólo con quien nos digan? ¿Está bien que los medios de comunicación destripen intimidades de los personajes públicos y de quienes ocupan las altas magistraturas del Estado o no? Porque si es que sí, adelante con todos y sin reparar en gastos. Por ejemplo, ¿se acuerdan de cómo se puso don Zapatero cuando, al principio de su mandato (por llamarlo de alguna manera), un periódico osó sacar una foto de sus hijas del alma? Bueno, pues si se puede sembrar bromas, cotilleos, rumores o insidias sobre Letizia o su marido, lo mismito con Sonsoles, José Luis y sus vástagas (no es errata, es que estoy muy modelno y feministón hoy). Si no, va a parecer que el Rey es él, no me digan que no.
Como lo de las banderas. He escrito a menudo que me hace poca gracia el culto a ciertos símbolos. Ahora bien, si la tomamos con las banderas, la tomamos con todas. Un buen amigo me hacía ver ayer lo siguiente: ¿qué dirían Carod, Montilla & Cia si mañana alguien quemara una bandera catalana? Qué escándalo, cuánto dolor, que rasgarse de vestiduras, qué manera de llamar desalmado y facha al autor del desaguisado. Y estoy seguro de que hasta el lelo presidencial, su escudera de cartón y su fiscal articulado exigirían la aplicación inmediata del Código Penal con la máxima contundencia posible. Entonces, ¿en qué carajo quedamos? ¿A qué jugamos aquí? ¿Ha vuelto el feudalismo y esto va por estamentos? ¿Ya no hay una ley igual para todos, sino que rigen distintos estatutos jurídicos personales?
Y, ante todo: ¿algún día nos va a contar Zapatero qué planes tiene y quién se los inspira? Esto cada vez huele más a secta. Hace años se habría dicho que a logia, pero se pasó de moda la imagen. Sea lo que sea, algo hay, no puede caber duda. Porque un tonto tan tonto no puede hacer el mal con tanta habilidad, él solito.

26 septiembre, 2007

Penas y delincuentes.

Me temo que voy a cascar aquí alguna cosa que no es políticamente muy correcta, aunque desde un planteamiento de fondo que tendrá que agradar a los progres, al menos a los cuatro de verdad qe quedan. En consecuencia, a los progres de pacotilla y posturita para ligar en el pub se les puede producir un cortocircuito. Que se chinchen y que se aclaren.
Estos días hemos estado leyendo y oyendo de la consternación general producida por la puesta en libertad del famoso violador de la Vall d´Hebron. Parece que ahora este tipo de delincuentes viene con denominación de origen. Hasta los más sesudos periódicos se han descolgado con que no puede ser y que qué horror y que cómo va a andar por ahí con el peligro que tiene y que los expertos penitenciarios dicen que no está rehabilitado y que adónde vamos a parar, por favor, por favor, por favor. Las últimas noticias hablan de que posiblemente ese señor se ha instalado estos días en Andalucía, lo cual, a nada que nos descuidemos, merecerá un artículo en la próxima reforma del Estatuto Andaluz, para establecer que queda prohibido que allí vivan y por allí circulen violadores que hayan cumplido su pena. Qué diablos, dirán algunos, si es catalán que se lo quede Carod y se lo presente a todas sus primas bigotudas.
Coñas aparte, este puñetero país rezuma fariseísmo hasta por las solapas. Y esquizofrenia. Cada día es mayor la distancia entre la ideología que supuestamente se profesa y nuestros actos y juicios. Haciendo leyes y reglamentos somos los primeros de la clase, pero la lista de excusas para saltarnos hasta las disposiciones transitorias es monumental. Vayamos al tema y por partes.
¿No hemos quedado en que el que cumple la pena debe salir limpio de reproche y exento de nuevos castigos mientras no vuelva a las andadas? ¿A qué viene, pues, tanto cuento con este tipo, que fue violador, recibió su condena y la cumplió con arreglo a la legislación vigente? Gran parte de los medios y periodistas que esta temporada han estado lamentando que vuelva a la calle el antiguo violador se rasgarían las vestiduras si ahora se pidiera para los violadores una pena el triple de contundente o la cadena perpetua, incluso. Bueno, pues si las penas no pueden ser eternas, para que la resocialización sea posible y no se quede el castigo en pura venganza sin remisión, atengámonos a las consecuencias. No se puede estar en la procesión progre y repicando con la extrema derecha.
Anda el personal muy confundido entre la función debida y la función real de las penas privativas de libertad. Por imperativo constitucional han de orientarse a la rehabilitación, y en función de la rehabilitación se organizan el cumplimiento y las diversas medidas de redención parcial del tiempo de castigo. Pero ¿y qué pasa si, con todo y con eso, un delincuente ni se arrepiente ni se rehabilita ni cría el más mínimo propósito de no reincidir en cuanto tenga oportunidad? Pues ajo y agua. Así se han organizado las cosas porque así ha parecido oportuno. ¿Cabría condicionar más fuertemente la función de los mecanismos de redención a los resultados rehabilitadotes en cada caso? Seguramente sí, pero entonces se debería operar de ese modo siempre, y no sólo con violadores.
Y luego está lo de la violación, claro, y aquí es donde alguno/a se va a acordar de mis muertos/as. Es un delito horrible, deleznable, espantoso, aborrecible y todo lo que se quiera, sin la más mínima duda. Pero no más que ciertos homicidios y asesinatos, determinadas formas de robo con violencia, secuestro, lesiones, tortura, etc., etc. Por un efecto pendular, la violación ha dejado de estar medio falta de consideración seria y ha pasado a convertirse en el delito de los delitos, el no va más, el atentado más grave. Miren, pues no, ni lo uno ni lo otro. Uno más de los delitos atroces, simplemente. Y si es uno más de esos delitos atroces, no veo por qué con el violador hay que gastarse más cuidado o mayor castigo que con el asesino, el ladrón violento o el aficionado a apuñalar gente.
Es curioso que no seamos capaces de normalizar los asuntos del sexo. En épocas de represión sexual explícita, la presión era fundamentalmente moral, mientras que el Derecho penal se mostraba más bien comprensivo con los ílícitos sexuales, y los aparatos estatales no ponían su mayor celo, ni mucho menos, en la persecución de violadores, maltratadotes o abusones. En cambio, ahora que la moral social aparentemente se ha relajado en esos asuntos el Derecho penal se pone como loco a dar caña a tales personajes, tomándolos por los mayores canallas y los más infectos de los humanos. Pues mire usted, ni tanto ni tan calvo. Lo que ahora está ocurriendo es que se fomenta día a día una nueva represión sexual, pero ésta no confesa, larvada, mezquina, farisaica.
¿Adónde quiero ir a parar? Pues a algo tan simple como esto: el escándalo que nos produce la salida de la cárcel de un violador no arrepentido ni rehabilitado no tiene por qué ser mayor que el que se nos causa si el que la abandona es un homicida propenso a la reincidencia. Si no es así, se deberá a que el riesgo de una violación nos parece más temible que el de un homicidio y porque, en consecuencia, hemos ido a pensar que la libertad sexual es más importante que la vida misma o que la integridad corporal referida a cualquier otra parte de nuestra anatonía. Pura mitificación y mistificación desmesurada de lo sexual. Y con esto no pretendo quitarle hierro, repito, a lo atroz de cualquier violación, sino que me limito a solicitar un mínimo de coherencia en nuestros juicios y en nuestras apreciaciones sobre delitos y penas.
Primero fue la excarcelación de terroristas y ahora la de violadores. Acabaremos queriendo y teniendo un régimen penal y penitenciario distinto y específico para cada tipo de delitos. Por cierto, y cuando acaben de cumplir sus penas Mario Conde, Javier de la Rosa, Antonio Camacho e tutti quanti y los expertos nos digan que tienen voluntad de volver a dar el palo ¿qué hacemos? Ah, pero de esto último ni se habla ni se hablará, de lo que se trata es de asustar a la gente con la vieja historia de que viene el coco: que viene el terrorista recién salido, que regresa el violador excarcelado. Pastoreo de los miedos, manipulación de los temores, acogotamiento de la sociedad para llevarla de la mano hacia el autoritarismo y hacia la delegación irrevocable de su autonomía en manos los que mandan; hobbesianismo para idiotas.
Y, volviendo a lo del sexo y los delitos, ¿qué me dicen de la paranoia con la pederastia? Execrable crimen también, indiscutiblemente. Pero ¿cuál crimen? ¿Bajarse unas fotos de niños desnudos es un crimen tan tremendo? Tal parece que lo es tanto como violar a un bebé y que todo el que se da a las fotos de niños es un violador no ya en potencia, incluso en ejercicio. Pues no, mire usted, no confundamos la velocidad con el tocino. Al final, conseguiremos una sociedad en la cual el que le haga un requiebro a una señora sea acusado de tentativa de violación (de acoso ya puede serlo ahora mismo), el que le dé un caramelo a un crío sea detenido por sospechoso de pederastia y al que simplemente se declare independentista se le aplique legislación antiterrorista. En cambio, a los de Afinsa y Gescartera seguirá considerándolos todo el mundo unos tíos la mar de vivos y pillines, sin más. El mundo al revés, again.
Contaré una anécdota que algo tiene que ver con todo esto. Tengo en casa internet inalámbrico y lo tenía en abierto, pues me parece muy bien que cualquiera pueda engancharse a mi señal, ya que eso no me cuesta ni más dinero ni nada y, de paso, le damos menos negocio a Telefónica, que ya va bien servida. Pero, ah, amigo, el otro día se me juntaron en casa parientes, informáticos unos y de los cuerpos de seguridad del Estado otros, y me convencieron para poner clave secreta y cerrar así el acceso libre. Me convencieron con el siguiente argumento: si llega frente a tu casa un tipo en un coche y con un ordenador portátil, se conecta a tu red y se pone a bajar fotos de niños en pelotas, te la cargas tú, al menos mientras no demuestres que tú no eras el autor de tan espantoso y perseguido comportamiento. Pues sí, puse la clave; pero sigo pensando que así es como se fomenta la insolidaridad más radical y el miedo al prójimo, haciendo de cualquiera un delincuente en potencia y acrecentando nuestros temores a base de inundar nuestro mundo de peligros mucho más imaginarios que reales. Porque seamos realistas, el peligro de que un terrorista nos mate, de que un violador nos acometa o de que a nuestro hijo pequeño lo ataque un pederasta peligroso es infinitamente menor que el de que nos partamos la crisma todos en nuestra próxima salida en coche por una carretera comarcal. Así que pongamos de una dichosa vez las cosas en su sitio.
Y ahora sensaciones personales aún más delicadas, y a ver quién es el malnacido que me malinterpreta a posta. Tengo una preciosa hija de tres meses. Cuando la cambio o la baño y la veo desnuda, en su belleza pura, el sentimiento absolutamente prístino de amor y de inefable entrega a la maravilla de ese ser y de ese cuerpo pequeñín se me contamina, y me desconcentro de uno de los sentimientos más poéticos que un ser humano puede experimentar. ¿Saben por qué? Porque me acuerdo del maldito rollo de la pederastia, de las quince noticias de esta semana sobre pederastia; porque pienso que si me vieran babear y sonreír todos estos nuevos adalides del puritanismo, estas renacidas ligas de las buenas costumbres, con su sucia mirada malinterpretarían la mirada mía, y me dirían que no mire, que no acaricie, que no disfrute de mi hija con los ojos, con las manos y con el alma. Pues me cago en todos los sucios que ensucian a los demás, en todos los puritanos que corrompen los sentimientos naturales y sencillos de la gente, en todos los políticos que nos marcan de porquería para tenernos controlados en el rebaño, y en todos los periodistas que alimentan su nómina a base cadáveres y del único sexo que entienden, en sexo ruin, tosco, deprimente, infame. Algo marcha horriblemente mal en este mundo cuando, en medio de tanta belleza por doquier, de tanta maravilla, de tanto milagro diario, sólo se habla y se habla de la fealdad, del pecado, del delito. Malditos y mil veces malditos.
¿O no le ha pasado a usted esto otro que ahora le voy a decir? Si usted es varón y le gustan los niños (¿ven? Uno escribe esto de si le gustan los niños y ya teme ser mal entendido; hasta el lenguaje nos manchan con la hez de sus mentes y de sus carteras), ¿no es cierto que ya se corta y se cuida muy mucho de hacerles carantoñas espontáneas y bienintencionadas a los niños desconocidos que se topa en un parque o en una acera? En efecto, teme que alguien entienda lo que no es y le aticen un paraguazo o llamen al guardia de la porra. Y de regalarle a un niño unas chucherías porque sí, ni hablemos.
Es genial cómo se fomenta la comunicación, la confianza y la empatía entre la gente. Cuando una alumna viene al despacho a consultar algo de la asignatura o a revisar un examen, deja uno la puerta abierta por completo y, a ser posible, procura que algún compañero ande cerca, pues nos aterra que nos acusen de acoso, intento de abuso sexual o similar. Ni sonrisas, ni bromas ni confianzas, por si está el fiscal al otro lado del tabique y lo entiende al revés. Cuando te encuentras un niño simpático, ni la cabeza le tocas al viejo estilo, no vayan a tomarte por pedófilo irredento. Cuando te vas de viaje, no le dejas las llaves de casa a un amigo, para no tener que darle también la clave de la alarma casera anticacos. Cuando te sale un rollo –al que le salga y esté en edad y situación- de ligoteo, antes de encamarte no sólo te pones tres condones, uno encima de otro, sino que haces a la contraparte firmar una declaración jurada de que folla porque le apetece y no por fuerza, presión o engaño. Y así sucesivamente. Viva la espontaneidad social, arriba la comunicación libre y no distorsionada.
Hay dos asuntos que merecen ser discutidos sosegadamente y del modo más racional posible. Uno, el de la cuantía de las penas para según qué delitos. Otro, el de los mecanismos de redención, de acortamiento de penas. No descartemos que se pueda defender con buenas razones que el castigo para violadores, por ejemplo, sea más alto, o que los descuentos de la pena se calculen sobre el total de los años de condena, o que no se apliquen a quien no da efectivas muestras de haberse rehabilitado mínimamente. Ahora bien, lo que sea, que sea para todos por igual. Nada de hacer un régimen particular para terroristas, otro para muy violadores, otro para violadores medianos, otro –con todos los beneficios y unos pocos más- para delincuentes de cuello blanco, y así sucesivamente.
Y una última cosa, que para penalistas y juristas en general sonará muy evidente, pero para la gente de bien vaya usted a saber, con tanta distorsión de lo jurídico que se hace desde los medios de comunicación. El que ha cumplido su pena y sale de la cárcel sale limpio. Su deuda ya la pagó, en la medida que la sociedad y su Derecho estimaron debida. Lo que no cabe es considerar que, puesto que sigue siendo peligroso, se le apliquen nuevas medidas punitivas o simplemente discriminatorias. Y no cabe porque no nos conviene a ninguno, no conviene a la sociedad. Ya que el paso siguiente es encerrar al delincuente meramente potencial, al que tiene pinta de ir a violar, matar o robar un día, aunque nunca lo haya hecho. Por ejemplo, ese hijo suyo de usted que va con esas pintas, trasnocha de esas maneras, se toma eso que se toma y va diciendo lo que va diciendo. ¿A que lo vemos distinto así? Mientras no hay delito, no puede haber castigo; cuando el delito ya se ha purgado con el cumplimiento del castigo, no cabe más castigo.
En tiempos de los nazis había dos prácticas a las que parece que retornamos –de la mano de todos los políticos, incluso los progres, y de toda la gente tan guay y tan ideal de la vida-, como a tanto de aquellos tiempos (banderas, himnos, Blut und Boden, exaltación de los derechos colectivos en perjuicio de los individuales…). Una era la de encerrar a ciertas personas aunque no hubieran hecho nada malo, sólo por su peligrosidad, por el riesgo de que un día delinquieran. La otra consistía en que a muchos delincuentes los esperaba la Gestapo al salir de la cárcel, después de finalizar el cumplimiento de su pena, y se los llevaba a un campo de concentración, donde quedaban encerrados para evitar toda posible reincidencia. ¿De verdad es eso lo que queremos? ¿De verdad es algo similar lo que nos proponen desde la mayor parte de los medios de comunicación?

25 septiembre, 2007

To-pillos

Estaba un servidor el pasado domingo con su familia real en el modesto jardín casero. Franciscano que es uno, había echado en el césped unos trocillos de pan para que se alimentaran los alegres gorriones y las muy académicas urracas. Mas como andábamos tomando un poco de este tardío sol de septiembre, no osaba acercarse bicho alguno. Al menos, hasta que llamó nuestra atención un animalillo que se presentó brincando. Era pequeño, negro grisáceo y de orejillas atentas y levemente parabólicas, y se puso a comer de un trozo de pan con la misma tranquilidad con que un concejal se merienda dietas. Y ahí comenzó el debate doctrinal entre mi esposa y éste que les escribe. Ella que era un topillo; yo que no, que un vulgar ratón campestre, aunque con cierto estilo y don de gentes, eso sí.

Como de zoología sabemos nosotros lo mismo que Zapatero de ética de principios o política internacional, nuestros argumentos no dieron para mucho y hubimos de concedernos tablas rápidamente, con las dudas sin resolver, pero habiéndonos tomado la precaución de sacarle una foto a la confiada criatura. Así que ayer mismo me acerqué a la Facultad de Veterinaria, prestigiosa entre las que más y repleta de expertos que llevan la cabeza tan alta que pareciera que andan todo el rato investigando el vuelo de las águilas. Aquí nos sacarán de dudas en un santiamén, pensé, ingenuo y poseído por esa fe contrafáctica en los conocimientos y habilidades de cualesquiera colegas con sexenios y proyectos de investigación bien financiados.

Me fui primero a ver a X, a quien conozco sólo superficialmente, pero de cuya fama en todo lo animal se hacen lenguas en la entera Comunidad Autónoma y hasta en alguna de las vecinas. Le conté la anécdota sin pararme en detalles intrascendentes, pues lo vi con cara de tener que rellenar varias probetas, y le describí al roedor pequeñín que habitaba mi jardín humilde. “Yo sólo sé de roedores de más de un kilo”, me dijo. Y añadió: “Precisamente ando ahora embarcado en una investigación, muy bien financiada por la Unión Europea, sobre la mixomatosis del conejo berciano”. Y, claro, me narró con lujo de detalles el apasionante estudio y cómo los ayuntamientos de El Bierzo estaban que se comían las uñas, a la espera de los importantísimos resultados que se auguraban, y que la asociación de cazadores “León caza solo” quería invitarlo a dar una conferencia el próximo fin de semana en Cacabelos. Y así una horita de nada, él olvidado de laboratorios y disecciones y ajeno a prisas, y yo intentando vanamente terciar cada tanto con alusiones a mi ratoncillo sin denominación de origen. Lo único que conseguí, ya en la puerta y mientras me daba unas amistosas palmadas en el hombro y me repetía que ya tenía ganas él de conocer a un profesor de Derecho Romano tan famoso como yo, fue que me recomendara una visita a su colega Y, a quien se refirió llamándolo “analista de bichucos de poca monta y pelotas oficial del Rectorado”.

Encontré a Y con la consabida bata blanca y sentado ante su ordenador. Se levantó, amable, para recibirme y me saludó efusivo, pero debió de olvidarse de cerrar algún programa informático de I+D+i, pues de los altavoces seguía saliendo un “fiu, fiu, fiu” que sonaba más a disparo de cazamarcianos que a aplicación para el análisis del aparato digestivo de los coleópteros. Por abreviar y no volver a correr riesgos, le enseñé la foto del pequeño roedor sin apenas preámbulos y sin más que preguntarle qué creía él que era eso. La tomó en sus manos, la miró, le dio unas vueltas, se cambió de gafas, volvió a mirarla y me la devolvió con una sonrisa algo forzada. “Por la pinta no lo saco- me dijo-, pero si me traes una muestra de su hígado te indico exactamente el género, la especie, el tipo de alimentación que llevaba y si su padre era negro o blanco”. Temiéndome lo peor, comencé a levantarme del sillón al que atentamente me había invitado, al tiempo que le iba recitando que no importaba, que tranquilo, que era una simple apuesta y que en el fondo qué más nos da que sea un ratón o una cucaracha, con los problemas que hay en el mundo. Pero no llegué a incorporarme del todo ni a acabar propiamente mi larga frase, pues me puso la mano en el hombro y me obligó a sentarme otra vez, mientras me contaba con minucia el artículo que acaba de publicar sobre enfermedades hepáticas en el gerbillo adolescente. Al parecer, semejante avance de la ciencia natural había exigido el sacrificio de unos mil gerbos nacidos para la gloria y la experimentación, pero rápidamente puntualizó Y que él no había tocado ninguno, pues para eso están “los becarios ésos”, que no tienen mejor cosa que hacer. Y ahí se animó a contarme lo mal que vienen hoy en día los becarios de investigación y lo tontamente que protestan cuando les mandas pinchar a cien bichos un domingo a las diez de la noche, que la gente ya ni tiene vocación ni nada y encima se dejan malear por los sindicatos.

Menos mal que, oh fortuna, me sonó el móvil en ese instante y pude despedirme moviendo la mano, encogiendo los hombros y poniendo un muy fingido gesto de contrariedad y ya nos vemos otro día. Antes de que llegara yo a cerrar la puerta del todo ya estaba él sentado otra vez ante su pantalla y moviendo el ratón –inalámbrico- con furia asesina.

A la porra el ratón de casa, pensé, y me encaminé hacia la salida de aquel templo del saber zoológico y sanitario, pero me topé con Z, dicharachera profesora que de joven debió de encender más de una pasión animal y que aún ahora se conserva como para un par de experimentos en cómodo animalario. Habíamos coincidido en tiempos en alguna comisión, vaya usted a saber de qué, tal vez de bioética o de fiestas patronales, y me saludó efusiva y escotada, preguntándome qué me llevaba por allí, con cara de estar convencida de que andaba justamente tras sus pasos, como todo el mundo macho. Como pude saqué a relucir el ratón, el de mi jardín, y en su cara se pintó un mohín, no sé si debido a que esperaba de mí comentario más elevado o empresa más atrevida, o a que les tiene algún tipo de fobia a los pobres ratoncitos. “Habla con B, que es becario mío”, me dijo, ya alejándose de mí como si me hubiera descubierto cara de violador del ascensor- Creo que él hizo su tesina sobre poblaciones invernales de ratas en Tierra de Campos”.

Dudé, lo confieso, pero la curiosidad me pudo y eché a andar hacia el Departamento en el que para el tal becario y que no recuerdo ya si es el de “Sanidad Animal I” o “Sanidad Animal II”, pues los de letras somos un poco torpes para el matiz científico-natural. Allí me recibieron, amables y desenfadados, un grupo de titulares y titularas apiñados/as alrededor de una máquina de café y con las batas desabrochadas. Cuando les pregunté por B, el becario, su expresión se nubló un tanto y me indicaron que tal vez estaría de vuelta en una hora, pues en este momento se hallaba fregando el establo de los burros y luego tenía que sacar el estiércol de las frisonas del segundo piso. Salí pitando mientras balbuceaba que no tenía importancia y que ya llamaría a B por teléfono. No se interesaron por saber quién era yo, tal vez convencidos de que se trataba de algún viajante de Vim Limpiacuadras.

Y así termina la historia. Veré si esta tarde aparece el ratón o topillo y le preguntaré su opinión a un vecino que tengo, que hizo la mili en Ceuta y sabe de todo.

Si quieren, y para descargo de veterinarios de despacho despechados, en otra ocasión les cuento qué pasó un día que vino uno de ellos a consultar a un catedrático de Derecho cómo se podía conseguir el desahucio de un inquilino moroso. Fue de mucha risa también.

24 septiembre, 2007

Cálida calidad

Inauguración oficial de curso de las universidades de Castilla y León, en León, con presencia y discurso del señor Presidente. El Presidente de la Comunidad quiero decir. Me refiero a la Comunidad Autónoma. ¿Qué otra va a ser? Estaba también el Consejero del ramo, pero no pió. Mejor.
Embotado me dejaron tantos discursos. Primero el Rector de por aquí, que ni siquiera tuvo el detalle de dirigirse a los aborígenes en lliunés y parló en castellano de Valencia de Don Juan, su tierra. Para que luego digan que de los pueblos no sale gente notable. El buen hombre va y nos cuenta que le toca despedirse, pues acaba su segundo mandato. Esta dichosa ley no lo deja volver a presentarse. Mecachis. Y el personal que se queda en el sitio callado y como si tal cosa, con lo fácil que hubiera sido arrancarse con un aplauso. Luego que cada cual lo interpretara como le conviniera. Estos leoneses siempre tan secos. Tengo para mí que son nación, qué te parece; o, al menos, cuarto y mitad de nación.
En la entrada del edificio estaban seis o siete leonesistas (es decir, leoneses, pero a tope y con barba y camiseta) con una pancarta que decía “Facultad de Medicina y Hospital Universitario ya”. Deberían haber añadido “sede olímpica y la lucha leonesa deporte olímpico”. Y representación de la nación leonesa en el festival de Eurovisión. Pero van con tiento. Todo se andará. Durante los discursos se oían por las ventanas sus gritos y consignas. Para entonces debían de ser lo menos diez. Luego un ujier cerró las ventanas y se acabó la diversión. No hubo más remedio que atender a los oradores, vaya por Dios.
Y ahí comenzó mi desconsuelo. La Memoria anual de la Universidad, los anales, como quien dice, leída por el Secretario General, que es un honesto profesor de educación física (perdón, Ciencias del Deporte) ya nos dejó tocados a todos. Rediez, hay que ver cuántas titulaciones y cosas tenemos. Y órganos, organismos, organillos, institutos, departamentos, sedes, edificios construidos o en construcción, másteres, convenios, cargos encargados de relacionarse con las empresas, empresas encargadas de relacionarse con los cargos, fundaciones, fundiciones, fondos, esternocleidomastoideos, de todo. La bomba, y parecíamos poca cosa vestidos. Eso sí, al oír cuantísimos somos caí en la cuenta de que tocamos a un PAS (personal de Administración y servicios, cuidadín) por cada dos profesores y medio. El trozo de PAS que me debería tocar a mí supongo que se lo habrá quedado algún director de área o algún linier. Lo que debe de currar esa gente, mamma mía.
Luego el Rector dijo que todo muy bien y que menudo nivel, pero que la Junta tiene que meter más pasta si quiere que esto sea como tiene que ser. No dijo cómo tiene que ser, pero vale más no darle muchas vueltas, que se desvela uno a lo tonto. Y en esto llegó el Presi. Entró con un par de chicuelitas que le quedaron monas, pero, ay, cuando cogió los papeles aquello fue como el país de irás y no volverás. Me perdí pronto, pues era todo muy macro y así. Creo que nos van a poner hasta un piso con jacuzzi y sirvienta dominicana, pero de las pastillas para la tos y la materia gris del personal no dijo nada. Resistí lo que pude, mas confieso que a los cinco minutos me abandoné a mis ensoñaciones erótico-festivas. Pero había algunas dichosas palabras que cada poco me hacían volver a la realidad y darme de bruces con nuestro cruel destino: calidad, competitividad, productividad, otra vez calidad, y calidad, y control de calidad y calidad sin control, y calidad descontrolada que hay que controlar, y control de calidad de los controladores de calidad. Buf, nos vamos a morir de una sobredosis de calidad cualquier día de éstos.
Y se queda uno pensando que vaya bien y todo eso y que divinos de la muerte y que tiemblen Oxford y Cambridge, que allá vamos, montados en la alfombra mágica de la calidad. Pero luego se te vienen a la cabeza ideas bobas. Por ejemplo: qué calidad ni que formas en vinagre, si resulta que los rectores no han parado hasta estar bien seguros de que no se va a controlar la calidad de los profesores titulares y los catedráticos. Qué calidad ni que gaitas, si resulta que se han llenado las plantillas profesorales de sobrinos y feladores y ahora no queda sitio ni para el joven investigador más brillante y prometedor, salvo que acredite ser bueno en trabajos manuales y bucofaciales. Qué calidad ni que niño muerto, si resulta que, según la última reglamentación de los grupos de excelencia investigadora de esta Junta juntera, no se admiten grupos de investigación fetén que tengan más de un diez por ciento de investigadores de fuera de la Comunidad comunitaria, ¡Ausländer raus! Vamos, que os juntáis tu primo y tú, cátedros ambos, con tres premios Nobel y resulta que nones, que el grupo no da la talla por falta de cazurrez y porque los putos extranjeros seguro que vienen a comernos la cecina y a tirarse a nuestras ovejas. No, el grupo de excelencia excelente es el formado por uno de Tordesillas, dos de Zamora y una prima segunda de Viloria de la Jurisdicción, término municipal de Onzonilla, provincia de León, País Leonés. Manda oeufs.
Colegas, compañeros, amigos, llegado está el tiempo de pasar a la acción directa. A las barricadas. Que cada uno cape a un/a controlador/a de calidad/dod y le dé un par de patados/as en el culo/a al primero/a que diga que hay que fomentar las relación con las/os empresas/os. I+D+i+cm (corte de mangas/mangos). Ah, y no nos olvidemos de la vieja consigna: escupe a un/a pedagogo/a.
Gaudeamus.