09 noviembre, 2006

Necrofilia y filiación

Con tantas horas en las aulas y tanto compromiso social, no me quedan recursos para pensar ni manera de escribir ninguna cosa del otro jueves. Se me queda el cerebro más achatado que el de los ideólogos del PP.
Pero, mientras cenaba en mi hotel, acabo de ojear el periódico, El Tiempo, y doy con la noticia de que la familia del Pablo Escobar, el célebre capo del cártel de Medellín, ha exhumados sus restos "para saber si es él". Menuda bomba (vaya, no sé si será esta la expresión adecuada) si resultara que no es. Aumentaría cierta leyenda y daría para un par de películas el tema. Hace algunos años, en un vuelo a Colombia, me tocó al lado de una señora de Medellín, que me contó que lo primero que hace cada vez que vuelve a su tierra es ir al cementerio para orar ante la tumba de ese santo, así lo dijo. Está chungo el santoral últimamente, y no me hagan que escriba más ejemplos.
Pues me puse a leer la letra pequeña de la noticia y tenemos que se trataba de tomar muestras de ADN para ver si el muerto es el que se supone y para poder determinar si fue el padre o no de un hijo extramatrimonial que reclama ahora tan afortunada filiación. Ah, claro, entendido: pleito con pasta de por medio. Debieron de quedar buenos despojos y siguen revueltas las hienas. Si no, a ver por qué va a reclamar alguien que se le reconozca hijo de semejante benefactor de la humanidad, por orgullo familiar y aprecio al árbol genealógico no creo que sea, digo yo.
La escena debió de ser muy tierna si ocurrió como el diario la cuenta. La viuda del presunto finado tomaba fotos con su cámara digital mientras abrían el ataud y examinaban los trozos del fiambre. Romántico. ¡Ah, el amor que no sabe de años ni separaciones! Y a propósito de los quereres, miren este párrafo: "Tras abrirlo (el ataúd) lo primero que vieron fue la bandera del Medellín, que había sido dejada allí con las firmas de algunos seguidores de Escobar". Supongo que el Medellín de marras es el equipo de fútbol del mismo nombre. No hay nada como el fútbol, tan puro, tan saludable, haciendo cada día mejor a lo mejor de cada casa.
Debió de ser una reunión grata y muy entretenida: "Luego, el sepulturero extrajo el cráneo y se lo dio a Nicolás, quien reconoció inmediatamente el bigote de su tío". El rostro, desmejorado, se supone, pero el bigote incólume. Lo reconocieron por los pelos.
Realismo mágico y prensa amarilla, amarilla como las mariposas aquellas.

08 noviembre, 2006

Viaje aromático.

Ay, qué molido se le queda el cuerpo a uno después de diez horas de avión, más la horita previa desde León, más la espera en la T4. Ya no son edades para tanto ajetreo, tal vez. Para colmo, en cinco días regreso y al cabo de una semana más, vuelta a cruzar el charco, esa vez para un garbeo por Managua y ver qué tal anda el ambiente ahora que retorna Daniel Ortega. Y de Managua a Bogotá otro ratito y...
Pero creo que hoy estoy débil por no haberme alimentado bien en el vuelo. Con lo tragón que me pongo en los aviones. Pero no me entraba la comida mayormente, y todo por el vecino de asiento. El buen hombre no dijo esta boca es mía en todo el vuelo, y eso se agradece. Pero su boca se expresaba, aun sin hablar, de la peor manera: alitosis. Ahhhjjjj. ¿Existe una trama mundial de pestilencias o es que me estoy volviendo demasiado sensible a las miasmas ajenas? ¿Por qué militan tantos en Al-Quadra?
Resulta que ahora controlan a los pasajeros los líquidos, sprays y de todo, muy bien, paciencia y viva la seguridad aérea. Pero ¿para cuándo el examen de sobaco y el test de aliento? ¿Por qué no nos hacen pasar a todos por un detector de pestes y al que cheire de aquella manera para casita a lavarse las partes y a hacerse unos enjuagues?
Para más inri, al otro lado del pasillo y justo en diagonal con mi mirada, una gorda estrepitosa, un prodigio de sebo desbordante, bajo camiseta de licra y tres tallas menos de las merecidas. Que pongan también espejos en los pasillos de los aviones, para que la gente se vea y se opere o algo. Y las azafatas todas como con síndrome premenstrual, pero en el recuerdo, que a buenas horas con esas edades. ¿Esa gente no se jubila?
Parece que estoy de mal humor, ya lo sé. Mis disculpas. Pero es que, además, la cola para el control de inmigración era kilométrica y hube de aguantarme más de una hora a pie firme y pasaporte en mano. Y diluvia en Bogotá.
Mañana será otro día.

06 noviembre, 2006

Ideología y ceguera

Esto cuenta Laura Adler en su biografía de Hannah Arendt (Hannah Arendt, Barcelona, Destino, 2006, pág. 20).
“En un café del corazón del barrio peatonal (de Hannover), los profesores Detlef Horster y Peter Brokmeier me hablan del interés de los estudiantes por Hannah Arendt. El primero, nacido en 1942, es profesor de filosofía moral, y el segundo, nacido en 1935, de ciencias políticas. Actualmente, ambos dan clases sobre Hannah Arendt. Brokmeier recuerda que, en el Berlín occidental de finales de los años sesenta, tenía una reputación endiablada: “Pertenecíamos a un grupo de la izquierda radical y, después de ignararla largo tiempo, aunque sus obras tampoco se encontraban en las estantarías de la biblioteca de la universidad donde yo trabajaba, sentí deseos de saber qué decía aquella mujer de la que tan mal hablaban mis camaradas. Me habían contado que ponía el comunismo y el nazismo en el mismo plano. Y añadían que confundía todos los valores y que era una ideóloga peligrosa. A fuerza de oír hablar mal de ella, me sentí atraído y quise buscar la fuente. Encontré su obra Los orígenes del totalitarismo. Enseguida dejé de leerlo. Estaba escandalizado. Me llevó mucho tiempo y un largo rodeo por la historia de las ideas políticas poder retomarlo. Mi incomprensión no se debía a Hannah Arendt sino a mis prejuicios marxistas. Yo había investigado durante mucho tiempo cómo se podía dotar de sentido al marxismo. Había comprendido que era difícil. Hasta el día que supe que era imposible. Gracias a Hannah Arendt. Fue justo antes de la caída del Muro”.
No traigo a colación este párrafo por ninguna especial simpatía hacia los ajustes de cuentas de éste o aquél con el marxismo, para nada. Sino por lo que tiene de significativo en cuanto a esa obnubilación que a muchos “intelectuales” les ha impedido durante mucho tiempo hacer justicia a esos pocos grandes autores que supieron ver a tiempo que la opresión es opresión venga de quien venga, y sobre esa particular censura que la “intelligensia” europea se autoinfligió para seguir creyendo contra la evidencia y la razón, para mantenerse en un maniqueísmo pueril. Han tenido que pasar unas cuantas décadas para que se haga justicia a la clarividencia y la valentía de grandes pensadores libres, como Arendt, como Camus, como Isaiah Berlin, como Popper, como Orwell...

Lo que vale un pene, según la jurisprudencia

Mañana debo tomar el avión para un vuelo transoceánico y vean qué sentencia me muestra hoy mi chica. Creo que viajaré con calzoncillos de amianto.
El caso es el siguiente. En 1996 un compatriota viajaba en avión, de la compañía TWA, de Nueva York a Madrid. Al servirle la azafata el desayuno, le puso el vaso de café en la bandeja de su asiento. En ese momento, el pasajero del asiento delantero inclinó su butaca y el café se le derramó a nuestro hombre encima de sus genitales, se supone que cubiertos púdicamente por el pantalón y los gallumbos. Según parece, la temperatura del café era de unos cien grados y el líquido inflamado le produjo al pobre señor grave quebranto de tan sensibles partes. Pidió ayuda a la azafata, quien, diligente, “le trajo unos cubitos de hielo en una servilleta, indicándole que se los aplicara en la zona afectada, lo que así hizo”. Mas no surtió el frío el efecto lenitivo que se pretendía, por lo que nuevamente imploró el hombre la ayuda de las azafatas, hasta que una de ellas “le dio un bote en el que ponía HT Hotles Tivoli. Portugal. Creme do Corpo. Body Lotion”. De donde se desprende que también las azafatas mangan los botecitos de los hoteles. Tendrán una colección bárbara. Se aplicó la víctima esa crema corporal a la parte del cuerpo dolorida, sin que los padecimientos se aliviaran. Suponemos que se desplazaría al baño para tal menester, aunque dicho extremo no consta en autos. Tampoco se dice si la azafata, en gesto humano que la honraría, lo ayudó en la delicada tarea. Como los sufrimientos no mejoraban, tras el aterrizaje en Barajas acudió al médico del aeropuerto, quien le diagnosticó “eritemas y una ampolla en la zona inguinal y púbica” y lo mandó a una unidad de quemados para que lo examinaran. En el hospital Ramón y Cajal ratificaron aquel diagnóstico y le recetaron Betadine. Unas semanas después pidió consulta con una dermatóloga, la cual emite informe que alude a lesiones “en la zona púbica, inguinal izquierda y base del pene” lesiones “consistentes en máculas eritematosas-escamosas, acompañadas de un tenso escozor y prurito”. Menudas semanitas debió de pasar el hombre con el pene hecho una pena. Y, para colmo, dejó sentado la doctora que el tratamiento con la “creme do corpo” no había hecho más que empeorar la situación.
Así que, ni corto ni perezoso, aunque bastante escocido, se fue a los tribunales y reclamó de la compañía aérea una indemnización de once millones de pesetas. En primera instancia el juez le respondió que nones, que el dichoso prurito no daba derecho a pelas. Recurre el muy escamado viajero y en el 2002, seis años después del fatídico acontecimiento, resuelve la Audiencia Provincial de Madrid y le reconoce su derecho a una indemnización de dos mil doscientos euros, en concepto de responsabilidad objetiva de la compañía, es decir, independiente del grado de diligencia con que hubiera actuado su personal. ¿Cómo se fija el montante de una indemnización por un daño así en los genitales?
La víctima reclamaba compensación por daños morales derivados de “la brusca interrupción que las lesiones padecidas le supusieron en la vida sexual de su matrimonio, causándole sentimientos de abatimiento y de depresión, así como problemas dentro de la pareja”. Vuelve uno a sorprenderse de lo poco comprensivas que son algunas parejas. Cómo no va el personal a andar quemado. Pero ante el Tribunal no cuela la pretensión porque el demandante no ha aportado prueba. ¿Por qué no llevó a su mujer a declarar que muy mal y mucha penuria? Sea como sea, los magistrados estiman que un pene quemado sigue siendo útil mientras no se pruebe lo contrario. Cada día se nos exige más a los varones, hay que ver.
Así que la indemnización estimada lo es sólo por los padecimientos físicos del señor, sin computar la pena por el pene.
Lo dicho, si mañana hay turbulencias durante el vuelo apretaré las piernas y procuraré que no se me acerque nadie con un vaso caliente. Cuando éramos pocos...

05 noviembre, 2006

Manuel Vicent contra los horteras de hormigón.

Miren esta joya que publica hoy Manuel Vicent en El País. Es sobre lo decadentes y horteras que son los que hacen y los que compran en esas urbanizaciones infernales con las que se forran los proxenetas del paisaje. Algo dijimos sobre el particular aquí el otro día, modestamente.
Ahí va lo de Vicent. Se titula "Infame":
Enmascarado detrás de unas gafas oscuras, con el ala del sombrero en las cejas y las solapas de la chupa levantadas hasta media mejilla he visitado el complejo inmobiliario, que responde con el nombre de Marina d'Or, en Oropesa del Mar. Si tienes un mínimo aprecio por la estética, es mejor que te sorprendan en un antro de perdición que te reconozcan en un lugar como ése. En Marina d'Or hay una avenida principal iluminada con arcos de bombillas como en la feria de abril de Sevilla, un jardín con esculturas romanas de yeso alternando con otras modernas de metacrilato, farolas barrocas y de diseño, bancos de azulejos adoptando formas imposibles de animales, todo amalgamado por el horror al vacío. En una carpa, bajo un espectáculo de agua, luz y sonido, se muestran las maquetas de lo que será este inmenso alarde de la especulación para atraer a los incautos. En ese mundo de ilusión se levantará una Venecia de cartonpiedra con canales llenos de góndolas, avenidas de París con una torre Eiffel de cemento pintado, un simulacro de cabañas del Caribe con estanques para remar entre cocodrilos de plástico, unos Alpes repletos de nieve sintética con pistas de esquí, y no sé si montarán también las cataratas del Niágara sin una sola gota de agua. La línea del mar ya está tapada por varias murallas de apartamentos desolados puestos a disposición de una clase media cuyo buen gusto ha sido ofendido y degradado. En el vestíbulo de algunos hoteles valencianos he visto rincones decorados con el escudo de una gran águila bicéfala cuyas alas se abren sobre un tresillo estilo Luis XV, flanqueado por una columna corintia que tiene plantado en el capitel un chino de alabrastro fosforescente bajo un centollo pegado a la pared a modo de lámpara. Creía que la locura hortera se había detenido ahí, pero el listón ha sido sobrepasado en el hall de hotel de cinco estrellas de Marina d'Or. Allí, por unas enormes columnas con taraceas de falso mármol y de acero dorado, la mirada asciende hasta el techo, donde te encuentras con los frescos de la Capilla Sixtina. En uno de los paneles está pintado el mismísimo Jehová en el momento de unir su dedo creador con el dedo de Adán. Se trata de una pintura simbólica, porque ese dedo no pertenece a Jehová, sino al político infame que ha engendrado a un tiburón inmobiliario con carta blanca para violar la belleza de este paraje, uno más entre los depredadores con tres filas de dientes que siguen tapando con un muro lo poco que queda del litoral mediterráneo.

Dos leyes inmutables. Por Francisco Sosa Wagner

Hay que formular leyes generales, leyes válidas para toda ocasión, leyes eternas e inmutables. Las otras son leyes pacotilla, leyes taparrabo de quien no tiene rabo, no sirven más que para una “saison” por lo que se desvanecen con ella. Prácticamente todas las leyes que se aprueban en las Cortes generales pertenecen a esta segunda modalidad, son de usar y tirar, salen en el BOE con avidez mal disimulada del contenedor de basura pues entran en la vida con el estigma de lo superfluo. Su única dignidad es la de ser alimento de abogado.
A mí me gustan las leyes que no admiten quiebras ni derogaciones. Las leyes refractarias a que puedan ser borradas del mapa, sin más y con desembarazo, por otra ley. Estas leyes resistentes a los avatares del tiempo me fascinan porque tienen cuerpo de titanio y alma de cura carlista.
De entre ellas, hay dos que son mis preferidas. Una es la del embudo, para mí lo ancho y para tí lo agudo. Rige las relaciones sociales hispanas desde la batalla de Covadonga y es probable que aún antes conociera momentos de gloria. Su contenido se atreve a desafiar al mismísimo Kant y a su imperativo categórico, que yace entre escombros cuando la ley del embudo se aplica. La ley del embudo significa el triunfo de la alcaldada y de la extravagancia, es decir, de los componentes más valiosos de la estética. La ley del embudo es además una ley dandi, una ley del refinamiento que bien merecería por ello llevar una flor prendida en una disposición adicional. Participa de la esencia de la eternidad, al no tener ni principio ni fin. Ni el juez más ambicioso se atreve a interpretarla porque es transparente como el aire de la alta montaña y tiene las resonancias inextinguibles de los ecos sin orillas. Gran ley la del embudo, ley básica, ley marco, ley orgánica, que, altiva como es, no precisa de desarrollo reglamentario ni de leyes de desarrollo por parte de las Comunidades autónomas. En el Estatuto de Cataluña se ha intentado hacer de ella una competencia blindada pero el embudo se ha carcajeado, distante y engreído, afirmando con determinación su señorío sin fronteras.
La otra ley de mi preferencia es la que puede resumirse en la siguiente proposición: “cuanto más inútil es un cargo, más da para reuniones y viajes de quien lo ostenta”.
Esta ley, debo reconocerlo, carece de la pátina de la antigüedad de la anterior, es mucho más reciente, creo incluso que soy el primero en formularla así, con pretensiones de teorema matemático. Su expansión corre pareja con la multiplicación de cargos en las autonomías, en los ayuntamientos, en las agencias estatales, en las comisiones de la energía, en los nuevos observatorios -de la pobreza, del maltrato, de los precios-, es decir, se alimenta de un organigrama complejo y barroco, así como del ir y venir de miles y miles de burócratas que gestionan con gran seriedad los intereses públicos. Sí, lector, no sonría, los intereses de usted y los míos.
¿Cómo se distingue a simple vista a ese cargo inútil? La pregunta es pertinente y es lógico que se me dirija como descubridor que soy de la ley porque el ciudadano tiene derecho a identificar sin equívocos el cargo inútil. Para tomar sus precauciones, mayormente. Hay varios indicios pero uno es determinante y, como es muy sencillo de observar, lo anoto para facilitar la identificación del sujeto: el uso del móvil. Quien más veces eche mano del móvil, quien ande todo el día azacanado hablando por ese aparatito -versión de bolsillo del diván del psiquiatra-, ese homínido ostenta un cargo inútil. Lo demás es coser y cantar: estará reunido permanentemente, reuniones de trabajo, trabajos de reuniones, comidas que son reuniones y reuniones que son comidas, un muestrario variado. Lo encontrará usted en los aeropuertos y, en tal sentido, puede afirmarse que la T4 y el AVE son los lugares que albergan un mayor número de cargos inútiles por metro cuadrado. Van de aquí para allá y se agitan en un ajetreo perseverante que es la cinta sin fin del camelo incombustible.

04 noviembre, 2006

Padre Pelayo. Por Francisco Sosa Wagner

La semana pasada hablaba de la historia y lahistorieta y vuelvo a estos conceptos porque son ruedas de una noria mental que gira y gira ... Y porque he leído la biografía que Ignacio Gracia Noriega dedica a “Don Pelayo, el rey de las montañas”. ¿Biografía? ¿Se puede hacer una biografía de un personaje de quien se desconoce casi todo? ¿sobre qué datos o testimonios es posible trabajar? Sobre crónicas y cronicones, sobre las grandes historias de España del pasado, es decir, un poco sobre inventos más o menos bien urdidos pero que acaban formando una trama verosímil. Aceptando siempre lo que de verosímil tiene el pasado reconstruido con mirada y trebejos del presente.
De nuestro padre común Pelayo se ha dicho de todo: hasta que no existió y se trata de una patraña inspiradora de una gesta heroica para explicar el origen de la Reconquista. A final de cuentas, como escribe Gracia, “Asturias está llena de leyendas de tesoros, con su correspondiente guardián, que suele ser un moro armado, o el cuélebre, versión un tanto devaluada del dragón”. Pese a esta tendencia asturiana hacia la fábula, parece claro que Pelayo fue un ser humano de carne y hueso, un godo acaso, que tuvo una hermana/esposa llamada Gaudiosa, que se retiró o refugió en las montañas y que en ellas y desde ellas protagonizó un encuentro poco amistoso con los moros invasores a los que puso en fuga con tal determinación y éxito que les quitó las ganas de rondar por aquellas tierras.
Nació así el mito de Covadonga, la cueva sagrada. ¿Hubo una batalla o hubo tan solo una escaramuza? La segunda hipótesis es más lógica pues en ese espacio angosto era imposible que se concentraran grandes masas de guerreros ni se libraran batallas espectaculares con refulgentes relieves. Más creíble es que una partida de sarracenos, en plan excursión y para ver qué pillaban, se adentrara en aquel territorio con montañas de pocos amigos y, en el momento más inesperado, se encontraron con unos rudos moradores que les hicieron frente. Luego, unos y otros magnificaron sus acciones: los de Pelayo para subrayar la importancia del triunfo, y los de enfrente para explicar su fracaso y su huida, despavorida y al grito de “cristiano, el último”.
Lo cierto es que a Pelayo -Don Pelayo, el don procedente de “dominus” en latín corrupto- le coronaron rey, tampoco se sabe muy bien dónde, pero este lance da asimismo para muchas sabrosas especulaciones y, andando el tiempo, la historiografía y las artes crearían un decorado de película con vasallos y resplandores. En este sentido, la pintura histórica del siglo XIX fue decisiva y llegó a meter incluso a un obispo con su báculo y todo en la ceremonia de la coronación. Que de aquella los obispos iban siempre con su báculo, por si acaso.
De la misma forma que todo fuego es bueno para alimentar un poema, todo alarde es bueno para construir el mito.
O sea que el libro de Gracia es historia, historieta, leyenda, fábula, de todo tiene un poco, pero ¿qué más se puede pedir a un libro? “Pelayo, el rey de las montañas” tiene cuerpo de novela y alma de biografía. O sea, es un ser mixto, y esto es bueno para meter a la imaginación en aventuras.
Ahora bien, a partir de Pelayo y sus sucesores se iniciaría el avance cristiano hacia el sur de suerte que cuando Asturias se convierte en una retaguardia segura, la capital se trasladó a León, desplazándose así -de forma irreversible- el centro del poder y por ahí ya nos topamos con otros personajes coronados, entre ellos, el segundo Ordoño. Por cuya calle hoy hacemos compras los leoneses.
Don Pelayo, una vez concluida la hazaña de Covadonga, se convirtió en un personaje silente que no salió ni en un telediario. Tal falta de oportunismo nos acerca mucho a él.

03 noviembre, 2006

Librerías

¿Paraíso? No, librería. Sé que no le ocurrirá a todo el mundo, ni tiene por qué, pero a mí el deambular dentro de las buenas librerías me resulta un acto poco menos que sensual. Son minutos abismales, asomado uno al arte y el saber de tantos, ansioso de poseerlo todo y sabedor, al tiempo, de que la vida no alcanza y de que el horizonte se aleja más cuanto más pugnamos por alcanzarlo. Pero queda el gusto, al menos, de poder elegir, de manosear las páginas, de sobar los lomos, de leer solapas o párrafos al azar. Los colores, el olor, el tacto. Y la inspiración que viene. Rodeado de historias, te sientes por un rato capaz de fundirte en ellas para crear otras nuevas, te ves a ti mismo remozado en cuentista, reciclado en poeta. Es una borrachera, un éxtasis, una alucinación enaltecedora.
La tristeza comienza cuando eliges ese puñado que has de llevarte, sólo ésos, con el convencimiento, que sabes fingido, de que no habrá de faltarte el tiempo para masticar cada página. Luego vendrá, en casa, la tristitia post coitum, cuando esos mismos libros que con amor seleccionaste para que te acompañaran, te miren, ceñudos, desde estantes, mesas, sillones o el mismísimo suelo, cuando te acosen con su queja y a ti el remordimiento te corroa por no poder atenderlos a todo con el mimo que soñaste. Te acosa la culpa por los menesteres mundanos que te absorben, por la voluntad que te falta para encerrarte en ellos todo el tiempo y respirar con ellos, comer con ellos, dormir con ellos. Y mañana los dejarás allí, intonsos unos, otros abiertos y en espera, y retornarás a la librería y al devaneo. El gozo y la melancolía siempre de la mano, ley de vida.
Las librerías son los harenes de las almas.

02 noviembre, 2006

Críos de los demonios.

Todos los días la misma cantinela sobre niñatos/as entregados a zumbarle al prójimo y sobre papás/mamás/profesores/as perfectamente idiotas. Hace un par de días era el asunto del quinceañero que le atizaba a un profesor, mientras una sensible adolescente grababa la escena en su móvil, seguramente de ultimísima generación, y los compañeritos ofrecían a los periodistas la película al módico precio de cien euros, revisables a la baja. Esta mañana oí en la radio que tres muchachas le habían roto a una compañera unos huesos a leches: tibia, peroné y tobillo. Angelitos. Las dulces criaturas alegaron en su descargo que todo fue porque en ese momento no tenían a mano nadie mejor a quien vacilar. Adorables, no me digan que no. Va siendo hora de ronovar el arsenal de frases soeces. Por ejemplo, que cuando queramos insultar gravemente a alguien no le digamos hijo de puta, sino padre/madre de puta. Es más realista y ajustado en estos tiempos que corren.
No quisiera que me saliera aquí y ahora el ramalazo aldeano ni sucumbir a la tentación pedestre de reclamar que inflen a guantazos a semejantes ratas consentidas. Porque se me echará el mundo encima enarbolando la corrección política y el daño que un tratamiento de choque así puede causar en la frágil personalidad de esos angelitos de su madre y de su padre. Bueno, pues me corto, pero algo habrá que decir.
Un principio esencial de la convivencia en sociedad es el de reciprocidad, que la sabiduría popular ha venido expresando en refranes como el de que donde las dan las toman o el de que quien a hierro mata a hierro muere o el de que el que la hace la paga. Ese principio se nos está esfumando en este entorno bobalicón y de pensiero debole en que andamos metidos, y va siendo sustituido por la ley del embudo, a tenor de la cual, cualquiera puede arrogarse por el morro privilegios y exenciones de las reglas generales. Pasa en el tema del multiculturalismo, concepto que tiene muchas virtudes positivas, pero que acaba siendo disculpa de ventajistas cuando resulta que unos pueden ciscarse en el dios de los otros sin consentir que al suyo le hagan ni una tonta caricatura. Y pasa con los niños. Los estamos educando y protegiendo para que sean intocables, para que no se les moleste con exigencias ni se les fatigue con esfuerzos. Pero sin enseñarles que si ellos no tienen por qué cansarse, a ver por qué narices van a tener que dejarse la salud sus padres currando para que ellos disfruten del último modelo de videoconsola o el último grito en teléfonos móviles; que si a ellos no se les puede importunar con nada, a cuento de qué deben los demás soportar sus gritos, sus malos humores o sus desplantes. Y que si a ellos no se les puede dar un cachete será porque es intocable todo el mundo y la violencia está mal en cualquier caso. Pero no, son reyezuelos que no tienen más que derechos y que no pueden asumir ninguna obligación cuyo incumplimiento acarree sanciones que los disgusten, pobrecitos. Luego, cuando cumplan los dieciocho, vaya usted a explicarles que ahora sí, corazón, ahora ya tienes que portarte bien porque te pueden castigar unos señores con toga y bigote.
Así que cuando resulta que un infante le parte la crisma a otro las culpas nos las echamos los mayores por permitir que vean la tele o por andar haciendo guerras en Irak. Muy bonito, menudo chollo. Por esa regla de tres, cuanto más violentos y desagradables sean ellos, más razón tendrán en que los malos somos los adultos y en que sus actitudes no son más que el grito desesperado del que no tiene el cariño que merece en esta sociedad arisca. Pues no.
Aquí hace falta que se definan las reglas comunes y, si lo que rige es el sálvese quien pueda, yo me pido tratamiento de churumbel y me dedico a arrearle a quien se me antoje y que sea más débil que yo, qué caramba. Desde pequeñajos les reconocemos privilegios de adultos ricachones, privilegios de los que no puede disfrutar ni un diez por ciento de la población del mundo, viejos incluidos. Son como mayores para comprarse lo que les guste, para comer lo que les apetezca, para entrar y salir de casa sin darle cuentas a nadie, para tener dinero de bolsillo con el que permitirse buenos caprichos; para todo menos para responder de sus actos. Si son social y moralmente inimputables, que lo sean para todo y que se sometan a la disciplina de quienes los alimentan y los educan. Y si son responsables sólo para lo que les conviene, no nos dejemos tomar el pelo. Es la guerra, más madera.
Violencia entre los adolescentes ha habido siempre. La diferencia está en que antes se le caía el pelo, en la escuela y en casa, al muchacho que hería a otro de mala fe. Eso se llama reciprocidad: si tú puedes hacerlo, es que se puede hacer, y entonces también se te hace a ti, aunque sea en la forma sublimada del castigo por equivalencia. Ahora no, ahora puede cualquier mocoso llamar hijo de mala madre en clase a su profesor y éste debe sonreír y comerse el marrón. El que antiguamente le levantaba la mano a su padre o a su madre se llevaba una buena tunda y se largaba de casa con una patada en el culo a ganarse los garbanzos por su cuenta. Ahora no, ahora los papás van al psicólogo a torturarse y se preguntan qué habrán hecho mal para que en lugar de una persona les haya crecido un rinoceronte con ropa de marca; o acuden al fiscal de menores para pedirle que hable con su hijo y lo convenza de que ellos lo quieren mucho-mucho. Y ay del padre, la madre o el profesor a los que se les escape un bofetón, se les cae encima la sociedad entera y el aparato represivo del Estado al completo. A ellos sí, pero a sus retoños no cuando son ellos los que maltratan para pasar el rato.
Estamos locos de remate. Según cuenta hoy el Diario de León de esa noticia de las que le rompieron a la compañera tres huesos en Ponferrada, la Junta de Castilla y León ha ofrecido a los padres de la víctima la solución de que la manden a otro colegio en el que esté más segura. Sí, sí, han leído bien. No ha dicho la Junta que a la puñetera calle las agresoras ni que le ofrecen clases de jiu-jitsu gratuitas a la víctima para que se tome por su mano la justicia que las instituciones le niegan. Sólo que tal vez le convenga irse adonde le peguen menos.
No hay norma sin sanción. Las normas de convivencia no son gazmoñerías de manual de buenas maneras, son pautas sin las que la convivencia se vuelve selvática. Los niños deben aprender eso, y si no se les enseña se les hace el peor de los favores. Y al reticente se le castiga, por su bien y por el de todos. Si su falta es grave, la consecuencia debe ser dura.
¿Pegarles? Pues sí, pero sólo en legítima defensa. ¿O es que deben un profesor o un padre permitir que los pateen en pro de la sagrada intangibilidad de la infancia? Existen mil alternativas a semejante violencia: quitar el móvil, prohibir ver la tele, no dejar que lleven gente a la cama de los padres cuando estos se van de finde al apartamentito de Cuella. O poner a los bestias de rodillas con orejas de burro y en cada mano un tomo de las obras completas de Sabino Arana. No se preocupen, no se les romperá la tibia ni el tobillo por el esfuerzo. De paso, sacamos utilidad a algunos libros.
Hombre, y si queremos seguir amparando a los gamberretes hasta la náusea, se me ocurre otra solución: por cada agresión grave que un niño sufra a manos de otro, por cada padre que se lleve de su descendencia unas collejas o por cada profesor maltratado o vilipendiado, que le den cien latigazos a un pedagogo modelno. Mano de santo, ya verán.

01 noviembre, 2006

El ladrillo y los gustos de las moscas.

He oído en la radio, mientras conducía camino de Asturias y de mis muertos, que el Ayuntamiento de Cullera ha aprobado el plan para la construcción de lo que andan llamando ya la “Manhattan de Cullera”. Se prevé que se levanten treinta y tantas torres de hasta veinticinco plantas. Va a dar gusto verlo. ¿Para cuándo se le va a ocurrir a alguien instalar en algún lado un museo del hormigón? O, mejor, que tomen nota los feriantes y lo lleven de pueblo en pueblo por las fiestas y que sustituya al tren de la bruja, a ver si por lo menos sirve para asustar a los niños y que dejen de pegar a los profes.
La última vez que me di un garbeo por la costa levantina acabé durmiendo en Calpe entre ataques de claustrofobia. Y ante esta gozosa noticia de hoy me vuelven las mismas preguntas. Puedo entender, que no disculpar, a los constructores que se forran levantando colmenas y estrangulando horizontes. También a tanto edil venal que, de una, vende su alma a un diablo con Mercedes y cinco tenedores y asiente al asesinato del paisaje, el reposo, el decoro y la calidad de vida. A los que no puedo comprender y para los que no encuentro atenuante es a los paganos que se dejan los cuartos en semejantes nichos, a quienes, sin que nadie los fuerce, presumen de adquirir segunda residencia en primera línea de playa, cuando ni es residencia, sino celda, ni es línea ni es primera ni queda más playa que una poca arena cercada por el cemento y aturdida de chiringuitos.
Eso sí que es un misterio, y lo demás cuentos. La mayor degeneración de este país no es ni moral ni jurídica, con serlo éstas de órdago. No, la madre de todas las corrupciones es la corrupción estética del personal. ¿Qué le pasa a la gente? ¿Tan abotagadas andan las sensibilidades? ¿Por qué esa afición al hormiguero, esa ansia de apreturas, ese alevosía contra el paisaje, ese empeño en atocinarse? Y luego los muy cenutrios se empeñan en contarnos que los mueve el gusto por el mar o el apego a la naturaleza. Degenerados, que son unos degenerados. Para mí que serían aún más felices dentro de las vallas de un campo de concentración, bien apiladitos en los barracones y contándose los unos a los otros que qué lujo de descanso, qué relax y vaya level.
Puede que la culpa la tengamos todos. Porque nos parece de educación y buen trato ponerle buena cara al colega que, enardecido, nos explica que se ha comprado un apartamento en uno de esos putiferios y que fíjate, para el verano con la familia y tal y que ideal de la muerte. Y hacemos mal, porque deberíamos mirarlos bien serios, con la cara que se nos queda si alguien nos dice que disfruta revolcándose en los urinarios o tirándose ventosidades en público, y tendríamos que contestarles secamente con un tú estás chalao o llamándolos pringaos decadentes, sin más.
Pero, bueno, quizá no conviene perder de vista que algo tendrá la mierda cuando las moscas van por millones. Son misterios escatológicos.

Azúa, los políticos y la campaña catalana.

Mi amigo Avelino F. me remite un texto reciente de Félix de Azúa, tomado de su blog, que no tiene desperdicio. Se titula Otra repetición. Copio aquí ahora mismo su primera parte:
"El mayor encanto de las campañas electorales es que mientras duran no es necesario decir lo que pensamos de nuestros representantes: ya se lo dicen ellos solos. Rata de albañal, serpiente bífida, camaleón paranoico, simio cleptómano, lombriz renca. El zoológico se queda corto. Aunque es cierto que ellos no utilizan metáforas; su educación no lo permite.
Se dice (y es cierto) que la profesión de político es de una dureza extrema y por eso, como entre los taxistas, se produce una selección natural del idóneo. Apenas tienen tiempo libre para leer o usar un poco el cerebro, han de pasar cientos de horas comiendo en restaurantes carísimos e indigestos, el 80% de su trabajo consiste en hablar con tipos aún más beocios que ellos mismos, del gigantesco tráfico de dinero del que son responsables solo se quedan una parte mínima (aquel 3%, una limosna), sus apoderados pertenecen al ramo de la construcción que es ganado de pelo duro, han de soportar a los humoristas de la tele, posiblemente los profesionales más zafios de ese bello ente, en fin, un jardín.
En este momento tiene lugar la campaña catalana. Da bastante risa, pero también un aburrimiento de Padre del desierto, la insoportable sensación de dejá vu. Todos los partidos catalanes menos el PP (pero el PP no existe en Cataluña), han decidido que la estampa sentimental de la sociedad catalana, su icono religioso, es la República. Todos los partidos tratan de reconstruir aquel espléndido momento de pistoleros y espadones, idealizado como un calendario de paisajes olotinos. Lo que no saben es que están repitiendo con toda exactitud, en efecto, lo que ya hicieron durante la República. Si leyeran un poco…
He aquí un fragmento que tomo de una carta de Antonio Machado (2 junio 1932) en la que comenta con su acostumbrada lucidez el Estatuto catalán que se había debatido en Consejo de Ministros y que sería aprobado en septiembre del mismo año.
“La cuestión de Cataluña, sobre todo, es muy desagradable. En esto no me doy por sorprendido, porque el mismo día que supe el golpe de mano de los catalanes, lo dije: «los catalanes no nos han ayudado a traer la República, pero ellos serán los que se la lleven». Y en efecto, contra esta República, donde no faltan hombres de buena fe, milita Cataluña. Creo con don Miguel de Unamuno que el estatuto es, en lo referente a Hacienda, un verdadero atraco, y en lo tocante a enseñanza algo verdaderamente intolerable”.
Me parece indicativo del indudable progreso democrático de este país en los últimos años, que si don Antonio expusiera hoy mismo sus opiniones en Gerona o Tarragona, o en las Universidades de Barcelona, sería corrido a pedradas y tachado de fascista. Cientos de periodistas (que dicen amarlo) afirmarían con aplomo que es una criatura de Jiménez Losantos. En la tele catalana varios humoristas lo utilizarían de espantajo para mostrar la estupidez de los paletos españoles. Seguramente Machado preferiría morir, en esta ocasión, algo más lejos de Colliure".

31 octubre, 2006

¿Cuánto cuestan unos cuernos? Nuevos capítulos sobre sexo y Derecho

Está haciendo falta un periódico jurídico que se titule “La Monda”. O “La Monda Jurídica”.
Resulta que el otro día en una revista de Derecho se decía que primero el Tribunal Supremo, en un caso, y luego la Audiencia Provincial de Valencia, en otro, habían concedido indemnización por daños morales a maridos a los que sus santas les habían puesto unos cuernos de tomo y lomo. Vaya, pienso en ese momento, aquí hay tema para hacer unas gracias en el blog. Y me hago con las sentencias correspondientes, las leo y... mentira, el avezado autor de la referencia había entendido las sentencias al revés o tocaba de oído. De indemnización por daño moral derivado de la infidelidad nada de nada. Al contrario. Voy a contar resumidamente un caso que tiene su tela, y, de paso, comprobamos por enésima vez que a la jurisprudencia convendría inocularle unas dosis de coherencia.
En el caso que resuelve la Sentencia de la Sala Primera del Tribunal Supremo de 30 de julio de 1999 los hechos eran así. Un matrimonio tenía dos hijos. Cuando éstos contaban cinco y dos años, respectivamente, los cónyuges se separan por vía legal. Al año siguiente la esposa impugna la paternidad del marido y consigue demostrar que los tales hijos no lo eran de él, sino de otro señor. Luego vino el divorcio, el hasta entonces marido solicitó pensión compensatoria a su favor y no la obtuvo. El exmarido pidió ante los tribunales una indemnización en concepto de daños morales causados por la infidelidad de su esposa y por las consecuencias reproductivas de la misma y la Audiencia Provincial de Madrid dijo que nones, corrigiendo así la decisión del Juzgado de Primera Instancia, que había decretado por ese concepto la cantidad de diez millones de pesetas a favor del hombre.
La Audiencia razonó de esta guisa: que el Código Civil no liga al incumplimiento del deber de fidelidad conyugal establecido en su artículo 68 más sanción o consecuencia negativa que la de ser la infidelidad causa de separación y divorcio (consecuencia que, por cierto, ya tampoco se sigue desde que la última reforma, de julio de 2005, prescinde de la exigencia de cualquier causalidad para la separación y el divorcio y los hace puramente voluntarios), por lo que la aplicación del art. 1902 (“El que por acción u omisión causa daño a otro, interviniendo culpa o negligencia, está obligado a reparar el daño causado”) a los efectos de reparación por los daños morales padecidos por el cónyuge cornudo supondría darle a la infidelidad un tratamiento que la ley expresamente no contempla.
Ah, pues muy bien. Se infiere de lo anterior, si la neuronas no me patinan, que el artículo 1902 del Código Civil está de más. O sea, sólo hay derecho a indemnización por los daños padecidos por un sujeto a consecuencia de la conducta jurídicamente ilícita de otro cuando una norma expresamente así lo contemple; en ese caso, el 1902 es ocioso, porque la pretensión indemnizatoria no necesita basarse en él. Y el 1902 tampoco se aplica, por lo visto, cuando no exista esa norma que expresamente contemple para el caso la reparación del daño. En resumen, y repito, el 1902 sobra.
He subrayado el carácter “jurídicamente” ilícito de la infidelidad conyugal a tenor del referido artículo 68 del Código Civil. Algunos autores han mantenido que ese deber que ahí se tipifica no es jurídico, sino puramente moral. Vaya, pues se acorta la distancia entre el Código Civil y el catecismo. Pero no cambiaría demasiado el tema, pues también se sabe que no sólo los comportamientos antijurídicos pueden engendrar la responsabilidad por daño que acoge el artículo 1902.
Pues miren por donde, el caso llegó al Supremo y éste dijo que muy bien, que de acuerdo en todo y que tiene mucha razón la Audiencia, cuyo razonamiento reproduce. Y vamos a lo que me importaba, lo de la coherencia jurisprudencial. Si a esa doctrina del Supremo se le da alcance general, estaría siendo violentada en todos los casos, numerosísimos, en que éste admite la responsabilidad por daños sin más base normativa que la del artículo 1902. Estaría el Supremo contraviniendo para este supuesto su propia doctrina general, presente en una infinidad de sentencias. Y para nada se detiene en justificar tal excepción, por lo que habremos de concluir que, ya sea en términos de fondo, ya de pura motivación, la sentencia del Supremo que comentamos es, cuando menos, sospechosa de arbitrariedad. Sigue la jurisprudencia deslizándose por la pendiente resbaladiza del casuismo puro y duro, de la conveniencia momentánea o de la comodidad. Pues muy bonito.
El marido recurrió al Constitucional en amparo, alegando vulneración del derecho a la tutela judicial efectiva, consagrado en el artículo 24 de la Constitución, y del derecho a la igualdad del artículo 14. Pero su recurso fue rechazado por Auto del Tribunal Constitucional de 4 de junio de 2001, con el argumento de que se trata de un asunto de legalidad ordinaria en el que el Constitucional no puede entrar. Pero ¿es un asunto de legalidad ordinaria y no sufren claramente esos derechos fundamentales cuando para un caso el Tribunal Supremo hace dejación flagrante de su doctrina general y se inventa un muy chusco argumento ad hoc? Pues vaya usted a saber, esto del Derecho es así y por eso tantos hablan ya de lotería judicial.
Para acabar con una sonrisa, vuelvo a la sentencia de la Audiencia y me voy a dar el gusto de transcribir un párrafo en el que se permiten los señores magistrados una comparación la mar de cachonda. A veces Sus Señorías tienen una gracia que no se pué aguantá. Vean lo que dicen (el subrayado es mío; ojo a esa parte):
“Aun siendo moral y socialmente reprobable cualquier infracción genérica del deber de todo ciudadano de ser justo, respetuoso con el principio de igualdad, defensor de la libertad propia y ajena, cumplidor de sus compromisos sociales y éticos, leal con el pacto social, parece evidente que la infracción genérica de esos deberes incluso constitucionalmente consagrados, siempre que no constituyan una violación o conculcación específica de una obligación jurídicamente exigible, no puede servir de base al resarcimiento del daño moral o del “pretium doloris” producido por aquella genérica infracción. Por expresarlo de forma más plástica y ejemplificadora: si un dirigente político o un representante popular o un candidato electoral formula determinadas promesas a la opinión pública que después incumple flagrantemente, no parece razonable entender que ese incumplimiento (por demás habitual y hasta, en ocasiones, lacerante) pueda dar lugar a una pretensión de resarcimiento por daño moral”.
Así que ya saben, amigos y amigas, las promesas de fidelidad que usted le haga a su cónyuge valen para el Derecho lo mismito que las promesas de los políticos en sus mítines, por mucho que ninguna norma jurídica obligue a los políticos a decir la verdad y que un artículo del Código Civil expresamente establezca el deber de fidelidad en el matrimonio. Ya ven, todo lo que el Derecho, la Constitución incluso, mande sin prescribir una sanción específica para la vulneración del mandato vale lo mismo que palabra de político, nada. Debe de ser otra forma, más sutil y revolucionaria, de politizar el Derecho.
Una advertencia final contra posibles interpretaciones torcidas de este humilde post: no es mi intención, para nada, defender la fidelidad en el matrimonio, allá cada cual con su pariente/a y con su conciencia. A lo que voy es a cómo les gusta a los altos tribunales decidir a huevo, conforme al viejo adagio romano de “pinto, pinto, gorgorito”.
¿O será que alguno se cura en salud en este tema de la indemnización por infidelidad?

30 octubre, 2006

Breve tratado de antropología religiosa

Tenían miedo y, para mitigarlo, inventaron un dios que los aterrorizara.
Su dios les dijo: honradme. Y le hicieron sacrificios humanos.
Su dios les dijo: yo soy amor. Y mataron en su nombre a todos los que no lo querían bastante, como si les hubiera dicho “yo soy amor a mí mismo”.
Su dios los hizo libres, pero con libertad condicional.
Cada vez que cambiaban de idea, reformaban la teología y retocaban el dogma.
Sus convicciones religiosas son estrictas: en lo que no les conviene, se proclaman creyentes no practicantes.
Cuando algo les sale bien dicen que ocurrió gracias a su dios. Cuando les sale mal, callan y no dicen que es culpa de él.
De los males del mundo no responde ni dios.
Su teología desconoce la responsabilidad objetiva del fabricante.
Cuando no son capaces por sí de amar a los demás dicen que los aman por amor a dios.
Cuando su dios, en su infinita bondad, se enfada, manda plagas y desgracias.
Su dios es nacionalista: quiere más a los de su pueblo. ¿Su pueblo de él o su pueblo de ellos?
Cada vez que en su teología apareció un Beccaria lo quemaron para que las condenas siguieran siendo eternas y sin debido proceso.
Y qué empeño en quemar a los que hacen mejor y más benéfico uso del don supremo que su dios puso en todos: la razón.
Su dios creó a todos, pero aplica(n) la dialéctica amigo-enemigo.
Su dios creo los cuerpos de la nada, pero con libro de instrucciones: esto se toca, esto no se toca, esto según y cómo.
La mayor preocupación: saber quién es el padre.
El paraíso celestial asusta porque no hay vuelta atrás. ¿Y si nos aburrimos?

29 octubre, 2006

Historia e historieta. Por Francisco Sosa Wagner

Hay la gran historia y la historieta. La primera es respetable, la segunda solo sirve para el juego intrascendente o la emboscada política. La historia es tarea de investigadores serios que pasan horas sobre los libros, en los archivos, desenterrando documentos, expedientes o esos papelotes que llevan dentro una vida que parece muerta pero que está dispuesta a clamar sus verdades a poco que se les despabile. El legajo de un archivo tiene algo del cadáver del profesor que aún está dispuesto a subir a la tarima y dar una última lección.
La historieta más o menos trapacera es la que se emplea para reconstruir un ayer que legitime opciones políticas del presente, tiene escaso valor porque esas herencias del pasado se toman a beneficio de inventario, esto quiero, esto no quiero, un método que no es serio. Cada uno tiene derecho a defender las opciones políticas que mejor le plazcan, allá cada cual, pero el respeto a una ciencia -la historia- aconseja no invocarla en vano.
Hijos de la historieta son los derechos históricos y la memoria histórica. Esta última se utiliza para evocar lo que a cada quien le peta y se verá que, si se llega a un acuerdo entre el gobierno y los terroristas, quienes hoy defienden la memoria pedirá que no la activemos, que olvidemos, y a la viceversa. Todo pura trampa, primorosamente cultivada por tartufos de artesanía.
Pues ¿y los derechos históricos? Figuran en ciertos Estatutos de autonomía y en alguno, como el valenciano, se nos aparecen, cual fantasmas que arrastraran sus cadenas -como el de Canterville-, en forma de los Fueros anteriores a 1707. Se camina hacia el futuro por la senda de un pasado bien polvoriento. Pueden ser “actualizados” que es algo así como someterlos a un tratamiento geriátrico porque los años se agolpan en sus entretelas. Pero se sabe que estos tratamientos son largos y de resultados inciertos, por eso tales derechos históricos participan del encanto de lo misterioso, constituyen un arcano que alberga en sus intimidades riquezas inextinguibles, pepitas de oro aptas para ser objeto de comercio, como demuestran las polémicas en torno a una de sus hijas, las “deudas históricas”. Cumplir adecuadamente esta función exige su supervivencia como cláusula abierta que, por venir engalanada con la pátina del pasado, no quiere ser atrapada ni neutralizada por un presente que siempre le resultará angosto.
Nadie sabe en consecuencia lo que es el “derecho histórico” pero quien lo invoca puede alzarse limpiamente con una partida presupuestaria. Quien pregunte por su exacto contenido o por sus verdaderos titulares se le tendrá por un impertinente dispuesto a estropear el festival. El derecho histórico es algo parecido al elemento de sorpresa en la narrativa del realismo “mágico”, un ingrediente que da temperatura y fiebre al relato llenando de ausencias las presencias reales. Posee una naturaleza enigmática y participa de la inasible sustancia de la eternidad, al no tener ni principio ni fin.
Relleno pues de merengue oportunista. Todo lo contrario del debate científico que se ha producido estos días en León con motivo de un congreso de medievalistas dispuestos a contarnos confidencias de reyes, obispos, magnates, benedictinos, poetas, frailes, albéitares, barberos ... Incluso las tendencias sexuales (adulterios, violaciones, incestos, actos de zoofilia) de nuestros antepasados se pasearon entre los estudiosos de la mano de un destacado latinista. Como asimismo las reflexiones acerca de la naciente estructura política en torno al “ordo gothorum”, origen de mucho de lo que vino después.
Se agradece este baño con masaje de rigor en medio de los chorros de frivolidad.

La acusación

EL FISCAL.- ¿Reconoce usted que le dijo a su mujer que le iba a partir la crisma y que hasta cogió el atizador de la chimenea y amagó unos golpes con él?
EL ACUSADO.- No era una amenasa. Taba imahinando una esena para una novela que quiero escribí.
EL FISCAL.- ¿Una novela?
EL ACUSADO.- Zi zeñó.
EL FISCAL.- ¿Ya ha escrito alguna?
EL ACUSADO.- No zeñó, pero toy mu iluzionao y tengo el agumento tó en la cabesa. Un zupeventa va a zé cuando zalga, de lo cuarenta prinsipale, ya verá uté.
EL FISCAL.- ¿Y de qué trata su argumento?
EL ACUSADO.- Pos verá uté, de un marío que e mu buena hente y que tié una muhé haputa que le pone lo cuelno. Asín qu´él ze mozquea y le palte la chola.
EL FISCAL.- ¿Está usted a favor de la violencia doméstica?
EL ACUSADO.- ¿Mande?
EL FISCAL.- Que si ve usted bien que los maridos peguen a sus mujeres.
EL ACUSADO.- No zeñó, pa ná, qué lo voy a vé bien. Ezo e una dezgrasia mu gande mu grande, no hay ná peó que tené que surrále a la parienta. No zabe uté lo que ze zufre.
EL FISCAL.- ¿Usted lo ha probado alguna vez?
EL ACUSADO.- Cuatro hoztia de ná, zi señó, pero ya pagué por ezo, que bien que cumplí mi pena y entoavía no me querían dehá zalí del trullo laz haputaz feminiztaz ezaz.
EL FISCAL.- Pero ahora ha vuelto a amenazar a su mujer. Según consta en autos, usted fue denunciado por amenazarla con el atizador y decirle que le iba a abrir la cabeza.
EL ACUSADO.- Quiá, que e que yo quiero zé ecritó, zeñoría.
EL FISCAL.- ¿Pero amenazó a su mujer o no?
EL ACUSADO.- Era na má qu´un ezayo, zeñoría, una ezena de la novela mía.
EL FISCAL.- ¿Qué escena?
EL ACUSADO.- De cuando el marío cornúo la va a matá por sorra y haputa y po tocále los cohone tó el zanto día.
EL FISCAL.- Pero ella no lo entendió así y lo denunció a usted.
EL ACUSADO.- Poque e una burra, zeñoría, una malparía que no zabe ve que yo zoy na má qu´un artizta y que no pué tar tó el zanto día tocándome loz cohone.
EL FISCAL.- ¿Pero volvería usted a pegarle?
EL ACUSADO.- ¿A quién?
EL FISCAL.- A su mujer.
EL ACUSADO.- Yo namá quiero ze ezcritó y que no me toque lo güevo eza malparía, zeñoría, con tol repeto del mundo ze lo digo a uté. A la otra haputa que le palta la cabeza un rayo o yo qué zé, maldita zea zu eztampa.
EL FISCAL.- Bien, o sea que manifiesta usted que su presunta amenaza tenía una finalidad estético-representativa y simbólica, fruto de una teatralidad exacerbada resultante de la pasión por la narratividad del gesto. Eso me gusta.
EL ACUSADO.- Oiga uté, ezo no me lo dise a mí ni mi ma...
EL FISCAL (interrumpiendo).- No tengo más preguntas, creo que queda suficientemente demostrado que el acusado es un varón de lo más cándido.

28 octubre, 2006

Humanos/Derechos.

Hoy viene en el diario alemán Die Welt una noticia preocupante, al menos para eso que se llama la sensibilidad occidental actual, si es que algo va quedando de tal cosa, algo más que un vestigio de una civilización que se agota, bajo las acometidas simultáneas de relativistas culturales y nostálgicos de teocracias y poderes sin freno. Cuenta ese periódico que, según los resultados de una encuesta entre estudiantes de las universidades turcas, más del treinta por ciento de éstos aprueba sin reservas que las familias maten a las mujeres que hayan mancillado su honor, el honor de sus familias. Y ya sabemos cómo causan las pobres damas tal daño, por ejemplo teniendo relaciones sexuales antes o fuera del matrimonio. La maté porque era mía, dicen las familias, y yo, familia, tengo un honor que está muy por encima de cualquier pecaminosa y perversa pretensión de autodeterminación personal y sexual de las mujeres y que sufre gravemente cuando éstas hacen de su capa un sayo y de su cuerpo un ejercicio de libertad. Treinta por ciento de los universitarios turcos están de acuerdo, repito. Qué pensaremos de lo que opinarán los que tienen menor formación o están más inapelablemente sometidos a las tradiciones, los usos atávicos y los clérigos. Al parecer, la noticia la dio originariamente el periódico turco Hürriyet, que lleva dos años en campaña contra el maltrato de la mujer en Turquía.
Lo gracioso del caso es que, según el periódico –que a lo mejor es tendencioso o parcial en la manera de dar la noticia, no excluyamos esa posibilidad-, la voz de alarma no la han dado en Alemania los grupos feministas o las ONGs que defienden los derechos humanos, sino la ministra alemana para la Integración, que milita en el partido demócrata-cristiano (CDU). Otro indicio del desconcierto presente, los políticos conservadores convertidos en adalides de los derechos de la mujer, frente a tanto silencio, a tantas dudas o a tantos miedos de muchos progres de multiculturalismo estrábico.
Parece de cajón que desde nuestra cultura de los derechos humanos, de la autonomía del individuo y de la igualdad entre los sexos, conquistas de siglos a base de sangre, sudor y lágrimas, y conquistas aún incompletas, deberíamos, todos a una, alzarnos en campaña por la implantación universal de tales valores y derechos, si es que aún creemos en ellos, fortalecer los mecanismos para su propagación, pergeñar serias estrategias para su difusión, esforzarnos en la afirmación de estas virtudes y ahondar en la educación para el respeto a todo individuo, comenzando por nuestras escuelas y nuestras universidades. Pero, claro, para eso deberíamos tener cubiertas nuestras propias espaldas, que están quedando al aire; y nuestras propias vergüenzas también. Nuestra casa sin barrer. Pues mal podemos hacer la apología de los derechos humanos y de su suprema valía si por aquí nos dedicamos a tolerar y hasta legalizar la tortura o a dar por buenos ciertos exterminios en nombre de fantasmagóricas seguridades estratégicas o económicas, por ejemplo. Y en este asunto son los partidos conservadores los que mejor arropan las vulneraciones de los derechos humanos, eso parece claro.
La defensa de todos los derechos humanos básicos, comenzando por los derechos de libertad e integridad personal, debería ser entre nosotros objeto de un acuerdo suprapolítico y entre todos los partidos decentes. Sólo de esa forma podremos pretender eficazmente y sin abuso su extensión a otras culturas. Y sin dar malos ejemplos.
Hágase una encuesta entre nuestros universitarios para ver cuántos aprueban la tortura o la detención sin garantías de los que al gobierno de turno le parezcan meramente sospechosos de terrorismo, y a lo peor nos llevamos sorpresas difíciles de digerir.
Al paso que muchas cosas van, acabaremos nosotros pareciéndonos más a esos turcos que ellos a nosotros. Qué pena.

27 octubre, 2006

¿Pedagogía jurídica para la sociedad?

Hablar de cosas de Derecho para legos es una experiencia no precisamente reconfortante. No me refiero a las posibles dificultades de lenguaje o a intrincados problemas técnicos que puedan afectar a algunos asuntos que se quieran explicar. Aludo a cuan complicado resulta que el común de los mortales asimilen las reglas básicas que gobiernan el juego de las leyes en el Estado de Derecho, sumado a lo poco que ayudan a veces para ese fin los manejos jurídicos del poder.
Ayer me tocó hablar ante un auditorio heterogéneo sobre la discrecionalidad judicial. Traté de mantenerme en lo que tengo por evidente, esto es, que los jueces se manejan con márgenes de libertad a la hora de interpretar las normas que aplican y a la hora de valorar las pruebas de los hechos que enjuician en cada caso. El grado de esa libertad varía en función de la mayor o menor precisión o determinación semántica y sintáctica de la norma y en función de la evidencia o discutibilidad con que se presenten los elementos fácticos del asunto. Hasta ahí sin problema, creo. Esa discrecionalidad, amén de inevitable, es buena, en mi opinión.
Lo conté con algunos ejemplos jurisprudenciales y con el único propósito de desterrar cualquier idea de que al juez se le imponga la verdad de los hechos por sí misma, como si los propios hechos hablaran unívocamente, y de que en las normas jurídicas se contenga siempre para cada caso una única solución compatible con su tenor. Pero no está el ambiente para andar dando muchas pistas sobre ese tema y, como cabía esperar, alguien vino con la pregunta de por qué, puesto el juez a ser libre, no aplica mano dura y rebasa los límites legales, tenidos por timoratos, cuando toca castigar a los malos. Así que tocó explicar, o intentarlo al menos, que cosas tales como el principio de legalidad penal o la presunción de inocencia obran en favor de nuestra seguridad como ciudadanos, antes que para proteger a los delincuentes. A la gente le chocan esas precauciones y nos impulsa un atávico deseo de venganza, nos tienta el ojo por ojo, diente por diente, a la vez que nos repatea la impunidad. Por eso resulta tan importante una buena pedagogía jurídica para la sociedad y de ahí también que el mal ejemplo jurídico provoque un escepticismo social disolvente, precisamente, de aquellos principios que conviene proteger.
Ese prejuicio social se puede vencer con buenos argumentos. Pero en estos tiempos anda la sociedad demasiado inquieta con el espectáculo mediático del Derecho. Cunde la sensación de que la discrecionalidad judicial tiende hoy a convertirse en libertinaje y, especialmente, la impresión de que en asuntos capitales rige una excesiva instrumentalización del Derecho por la política. El mismo gobierno que, con el Ministro de Justicia a la cabeza, hace dos días presionó para que el Tribunal Supremo revisara el modo de calcular el cumplimiento de las penas o los beneficios penitenciarios, fuerza hoy a los fiscales para que atenúen la petición de castigo para aquél al que ayer se quería mantener entre rejas. Un juez solicitó como fianza para un imputado doscientos cincuenta mil euros y luego vino otro juez y la dejó en cincuenta mil, con la complacencia muy probable del Gobierno. Es perfectamente posible que las opciones últimas sean mejores o más razonables en términos estrictamente jurídicos o en línea de principio, no excluyo para nada esa posibilidad ni es eso lo inquietante. Sea como sea, lo cierto es que los mismos políticos que hoy alientan una medida jurídica demandan mañana la contraria y no cabe creer que lo hacen en ambos casos movidos por idéntico propósito de respeto al Derecho y a la independencia judicial.
Lo que produce escándalo social es la sospecha, más que fundada, de que la presión de la ley se estira o se afloja en función de los intereses políticos coyunturales, de la conveniencia política de cada momento. El ejecutivo con mayoría parlamentaria suficiente tiene legítimos resortes para adaptar las normas a circunstancias nuevas, desde cambiar la ley hasta disponer indultos, entre otras posibilidades. Lo que lanza a la sociedad un mensaje problemático en sus consecuencias es que también la aplicación de la ley y la acción de fiscales y jueces esté tan descaradamente condicionada por la presión gubernamental, sea el gobierno el que sea y sean cuales sean sus objetivos inmediatos. Si la jurisprudencia baila al son de la política, el efecto social inmediato será de descreimiento, de desconfianza. Una sociedad en la que no impere una convicción, aunque sea mínima, de que la aplicación de la ley está por encima de la táctica política y de que los castigos son independientes de los beneficios para este o aquel partido y de la fuerza social o negociadora del delincuente, tomará nota de esa relatividad extrema del Derecho y tenderá a actuar en consecuencia. Si la ley y las sentencias son simple moneda de cambio o medio para aumentar votos en cada tesitura, no resultará fácil exigir a los ciudadanos lealtad a las instituciones por encima de la política y el partidismo ni convencerla de que en el Estado de Derecho es el poder el primero que ha de someterse a las normas.
Cuando la discrecionalidad judicial pasa por el aro de la discrecionalidad política se convierte en otra cosa, tiembla la separación de poderes y se hace una pésima pedagogía social. Porque para jueces y fiscales debe regir lo mismo que para la mujer del César. Y, si no, atengámonos a las consecuencias y no nos extrañemos de que el personal no crea en nada y se deje llevar por la pura víscera.

26 octubre, 2006

Troya y los caballos.

Imagínese usted en la siguiente tesitura. Es uno de los grandes dirigentes de algún país ciertamente atrasado en muchas cosas, pero con ingentes cantidades de petróleo, del que saca su Estado –y especialmente usted y los suyos- una barbaridad de miles de millones de dólares cada año. O sea, y hablando en plata, considérese usted jeque saudí, por ejemplo. Ponga que, además, usted es plenamente consciente de las siguientes circunstancias:
- El petróleo se acabará dentro de unas cuantas décadas.
- Los países más desarrollados, que hoy son grandes consumidores de petróleo, comienzan a tomarse muy en serio la investigación de nuevas energías que lo puedan sustituir a medio plazo.
- En esos mismos países se ha ido propagando, al menos entre las élites universitarias e intelectuales, una cierta cultura de la culpa y el autorreproche, imputando a la cultura propia los males del mundo y exculpando a las ajenas de cualquier crimen o exceso, por razón de su pobreza. No se suele mencionar cuánto se podría atenuar esa pobreza gracias al petróleo, por ejemplo.
- En el país de usted y en muchos de los alrededores existe una cultura particular, de cariz fuertemente religioso, cultura que en muchas cosas choca con la vigente en los estados más desarrollados.
- De su país o de otros que comparten la misma cultura están emigrando millones de personas a aquellas naciones mucho más desarrolladas.
Ahora viene la pregunta: ¿qué haría usted en el caso de que fuera un fervoroso creyente de la religión de su pueblo y de los circundantes y un férreo defensor del superior mérito de su cultura sobre las ajenas, tenidas éstas por pecaminosas y pervertidas?
Creo que en una situación así a la mayoría se le ocurriría lo siguiente: aprovechar el tiempo para que, cuando se muera la gallina de los huevos de oro (negro), el mundo esté a mis pies. Para ello la estrategia sería:
a) Utilizar el tiempo restante de vacas gordas para invertir en las empresas principales y estratégicas de los países más desarrollados, para llegar a controlarlas lo más posible.
b) Impulsar el activismo cultural de la población de mi cultura que es inmigrante en aquellos países hoy avanzados.
c) Apoyar y financiar en tales países todo tipo de iniciativas, publicaciones, investigaciones, foros, grupos, organizaciones, manifestaciones, etc. que propaguen la necesidad de que no se reprima (allí, en esos países de acogida, no en el país de usted, que sigue siendo una dictadura teocrática e intolerante en grado sumo) ningún tipo de práctica cultural ni religiosa, que critiquen la cultura de acogida y que justifiquen los dogmas o prácticas de la cultura inmigrante.
¿Estaré hoy particularmente paranoico? Puede ser. Pero estas cosas hace algún tiempo que las pienso y desde anoche se me ha excitado más esta imaginación truculenta, pues escuché de boca de un buen amigo la siguiente tesis: que probablemente los movimientos antinucleares de los años setenta u ochenta estaban manipulados y financiados por el KGB (Putin, ya entonces) y que los buenos frutos de aquella estrategia los recoge ahora Rusia (Putin, otra vez), que nos tiene en el bote por nuestra dependencia de su gas.
Cuando menos, habría que pensarse estas cosas un poco en serio.

25 octubre, 2006

Génesis del urbanismo. Por Francisco Sosa Wagner

Puedo afirmar que mis investigaciones para escribir estas Soserías me han llevado a descubrir en una cueva de las montañas asturleonesas una -hasta ahora- desconocida versión del Génesis en la que las ideas de la tentación y la caída se encuentran tratadas de una forma diferente a la que ha sido usual.
Lo de la manzana de Eva era poco creíble, el texto habla del "fruto del árbol que está en medio del jardín", de él no se podía comer. Es el hecho de desobedecer el mandato divino lo que convierte a nuestros primeros padres en seres normales -como concejales de hoy, una verbigracia- que descubren su desnudez y necesitan unas hojas de higuera para taparse los espacios más pilosos y más comprometidos. El trabajo sucio lo había hecho la serpiente que les había asegurado que, si comían lo prohibido, llegarían a "ser como dioses, conocedores del bien y del mal".
Pues bien, es aquí donde el nuevo texto discrepa de los hasta ahora manejados. En realidad, lo que la serpiente dijo a Adán y Eva fue que se asomaran a contemplar lo que había más allá del territorio del Paraíso y estos, que andaban un poco aburridos de estar todo el día viendo lo mismo, con aquella inocencia tan tediosa, cayeron en la tentación diablesca para ver de inmediato lo que a sus pies se hallaba, hasta donde se perdía la vista en el esquivo horizonte. ¿Qué era? Un inmenso suelo no urbanizable sobrevolado por aves canoras y traviesas, plantaciones de frutales cargados de manzanas, senderos con latidos de ternuras que ya pedían a gritos senderistas que les dieran su sentido. Y, entonces, apareció de nuevo la serpiente y les dijo:
-¿Os imagináis este suelo recalificado y reparcelado? ¿Os lo imagináis so berzotas, que parece que estáis alelados?
Y, entonces, Adán y Eva se miraron y en sus ojos -empezaba a surtir efecto el maleficio de Satanás- se dibujaron brillos de codicia. Adán, llevado de dengues que ya parecían jurídicos, puntualizó:
-Necesitamos previamente un plan parcial.
Satanás rió de buena gana. Lo que queráis, les dijo, aunque si andáis con miramientos no llegaréis muy lejos. La verdad es que Satanás apuntó en su diario que eran un poco idiotas aquellos seres tan raros que habían venido a romper la soledad de las tierras y los cielos.
Viendo a aquellas criaturas a punto de ser atrapadas por esa tenaza mortal que es el embrollo jurídico, Satanás sugirió que el plan parcial se aprobara por mayoría absoluta. Lo hizo por divertirse pues a él tres pitos le importaban las mayorías y los procedimientos.
Y así fue cómo nació el primer suelo urbanizable, por mayoría absoluta y cabe el Paraíso terrenal. Se construyeron viviendas individuales y en bloque y, como quiera que no había nadie que las comprara, Adán y Eva no tuvieron más remedio que meterse mano, perdón, que ponerse manos a la obra para producir una descendencia capaz de absorber la oferta. Las licencias hoy son papeles timbrados que se recogen en el Ayuntamiento con el visto bueno del secretario pero de aquella eran frutas que se recogían en los árboles. Como el aire acondicionado se resistía a ser inventado, nada había más placentero que sentarse a la sombra de uno de aquellas ramas ricas en licencias.
Para acallar los escrúpulos declararon el Paraíso suelo de especial protección pero pronto, cuando se aflojaron las convicciones, se edificó en él hasta crear un parque tecnológico, donde se pusieron tornillos en el lugar de los sauces.
Yavé, comprensivo, todo lo toleró porque sabía que aquellos seres habían aprobado un plan parcial y, después, una ley del Suelo. Conocía bien los efectos devastadores de estos documentos. Quien queda atrapado por ellos, está irremediablemente perdido. Solo cuando, enfermos en su fiebre edificatoria, quisieron construir sin licencia una torre que llegara al cielo, les dispersó y confundió sus lenguas. Pero ya no pudo extirpar sus mañas. Que son las madres del derecho urbanístico.

24 octubre, 2006

Irán, (cierto) Islam

En El Mundo viene esta noticia: Amnistía lanza una campaña para frenar la ejecución por lapidación de siete mujeres en Irán. Véanla en el periódico pinchando aquí. De todos modos, ahora mismo la copio.
¿Y si allá gobernara Bush? (y la pregunta no excluye, para nada, la condición cafre de Bush, en su caso). ¿Y si un presidente nuestro se hubiera hecho unas fotos en las Azores con los líderes teocráticos de Irán? (y la pregunta no excluye, para nada, que Aznar sea un bobalicón o cosas más lamentables, en su caso).
Bien por Amnistía Internacional, pero en general hay poco ambiente, ¿no? ¿Dónde andan otras ONGs, las feministas, las asociaciones de derechos humanos, Moratinos, ZP, la progresía y la gente guay en general? Y si Irán fuera un país católico radical, en lugar de ser islámico radical, y proclamara -otra vez, como antes- que el adulterio es delito y castigara a las adúlteras, aunque no fuera con la muerte por lapidación, ¿saldrían los guapos a las calles en manifestacion o tampoco? Yo creo que se nos desequilibró el rasero hace un tiempo. Es móvil. Antes se inclinaba a favor de las dictaduras del otro lado del telón de acero y ahora coquetea con las dictaduras teocráticas. Claro, con Cuba no nos alcanza a los defensores de la vida, la libertad y los derechos humanos toditos.
Esto es lo que cuenta el periódico:
YASMINA JIMÉNEZ (elmundo.es)
MADRID.- "Siete mujeres corren riesgo de ejecución por lapidación en Irán". De este modo comienza la carta que Amnistía Internacional espera que firme el mayor número posible de internautas urgentemente. Después, la ONG enviará las rúbricas al líder de la República Islámica de Irán para que conmute la condena a estas mujeres.
La organización defensora de los derechos humanos explica que "el país islámico trata el adulterio como un delito castigado con la pena de muerte por lapidación -según recoge el artículo 83 de su Código Penal- violando el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, que garantiza el derecho a la vida y prohíbe la tortura".
En la campaña lanzada por la ONG se intenta frenar la muerte de Parisa, Iran, Khayrieh, Shamameh, Kobra, Soghra y Fatemeh, que "han sido injustamente condenadas a la pena más cruel, inhumana y degradante, la de la pena de muerte".
La víctima condenada a morir lapidada es envuelta en una sábana blanca y enterrada hasta la cintura o el cuello para sufrir una muerte lenta y dolorosa mientras es apedreada con piedras no excesivamente grandes -como exige la ley islámica-, para evitar la muerte con el primer golpe.
La ley islámica deja clara su postura en cuanto a las relaciones extramatrimoniales y los castigos que se aplican, sobre todo en el caso de las mujeres, las principales víctimas. Cuatro testigos deben descubrir a la pareja en el acto y denunciarlo. En muchos casos, si ambos adúlteros están casados, son ejecutados en público; si están solteros, cada uno recibe cerca de un centernar de latigazos.
Otra historia reciente
En la carta que enviará Amnistía a Irán se denuncia la muerte de un hombre y una mujer en mayo de 2006 mediante este método. A pesar de que en diciembre de 2002 el presidente de la magistratura anunció la suspensión de las ejecuciones por lapidación, los informes recibidos por la organización indican que la pareja ha sido ejecutada.
La ONG recuerda a las autoridades iraníes que el Comité de Derechos Humanos de la ONU ha explicado claramente que tratar el adulterio y la fornicación como delitos es contrario a las normas internacionales de derechos humanos, y que, por tanto, la imposición de la pena de muerte de este tipo constituye un incumplimiento del compromiso contraído por Irán en virtud del artículo 6.2 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, según el cual "sólo podrá imponerse la pena de muerte por los más graves delitos".
Amnistía Internacional ha utilizado en otras ocasiones la presión ciudadana e internacional en campañas similares para salvar a otras mujeres condenadas a morir lapidadas. Dos casos consiguieron dar la vuelta al mundo: el de Amina Lawal, una mujer de 31 años, y el de Safiya Husaini, de 35. Las dos mujeres, de Nigeria, consiguieron salvar sus vidas gracias a la presión internacional.