03 febrero, 2007

Gregarios

La noticia del día es la del muerto y los heridos en los enfrentamientos habidos con ocasión del partido de fútbol Catania-Palermo, en Italia. Toca hoy que todo el mundo se rasgue las vestiduras y que se pregunte por las causas de salvajadas de ese calibre. Suspenden la liga italiana, anuncian medidas drásticas (?), alguno pedirá que se prohíban los partidos de fútbol o que se hagan a puerta cerrada. Fariseísmo.
Hoy los muertos y heridos son en el fútbol, otro día tocarán guerras de religión (todos los días, por ejemplo en Iraq), cada dos por tres serán luchas, batallas y terrorismo por enfrentamientos entre “patriotas” de distintas “naciones”. Volveremos todos a condenar la violencia, renacerán las ansias infinitas de paz, protestarán enardecidos pacifistas de toda laya, se manifestarán contra la brutalidad las hinchadas de un equipo y del otro, pero lo harán por separado, como aquí los partidos políticos cuando marchan contra el terrorismo. ¿Y?
No se trata de concursar en el torneo intelectual sobre las causas, a ver quién tiene la idea más estupenda sobre las (sin)razones de tanta irracionalidad. Pero me parece que en el fondo de tanto despropósito y tanta agresividad hay un motivo común, siempre el mismo: el gregarismo.
Siglos de vano racionalismo, impotencia perenne de la Ilustración, inútiles apologías de los derechos humanos. ¿Y qué? La bestia continúa bien viva y se alimenta de grupalismo, el hombre-masa sigue ansioso por disolverse en esencias comunitarias, todas perversas, todas hostiles, fuente de fanatismo siempre. Dame una empresa colectiva y te mostraré al enemigo, indícame una comunidad suprapersonal y te enseñaré una razón para odiar, para justificar la agresión, para exterminar a los del otro lado. Entre idiotas, la única dialéctica posible es la de los puños.
En la pasión por un equipo de fútbol hallan contento y razón de ser los más descerebrados, los que tienen atorado el intelecto, pervertida la sensibilidad, podrida la moral. Los otros, los leídos, los que presumen de reflexión y sentido crítico, se van a refugiar en sentimientos que se suponen más elevados, en presuntos amores más puros que no son más que amores perros, instintos igual de primarios bajo disfraces de diseño más selecto. Lo único que buscan, todos, es un móvil para consolar el complejo de pequeñez, el desconsuelo de una autonomía personal impotente, la cobardía de asumir las propias decisiones y de administrar los miedos en persona y sin delegación. A fin de cuentas, ¿qué diferencia hay entre luchar y matarse por el equipo local, por la autodeterminación de los que comen lo mismo y llevan idéntica boina o por el sanguinario dios que nos ha elegido como parte de su pueblo para que hagamos valer universalmente, a sangre y fuego, su bondadosa verdad?
El mal empieza en las casas,en las escuelas, en la plaza pública, donde se ensalza el martirio por conceptos vacíos (patria, pueblo, credo, equipo), donde los héroes que se enseñan suelen tener las manos manchadas de sangre del enemigo, de sangre de traidores, de sangre de heterodoxos, de sangre de personas libres. Esos héroes siniestros que a sangre y fuego levantaron fronteras, establecieron privilegios, quemaron herejes, excluyeron a indiferentes, reflexivos, individuos libres. La muerte no es más que la conclusión inevitable de ese proceso estúpido que empieza cuando se proclama en amor a las banderas, el valor de los símbolos, la emoción de los himnos, la poesía de las ceremonias, lo sublime de los ritos.
Hacen mucha falta padres, maestros, políticos, ciudadanos que con convicción afirmen que se debe desconfiar de todo el que te invite a disolver tu persona y tu libertad de pensamiento en quiméricas comunidades, en iglesias castrantes, en pueblos sin más alma que el instinto gregario de los lobos o las ovejas, en ridículos equipos de idiotas hipnotizados por un libro sagrado, unas siglas, unos colores o un balón.

2 comentarios:

Antón Lagunilla dijo...

Estoy plenamente de acuerdo con su análisis. Como especie, los seres humanos venimos de la gratificante comunidad de afectos del grupo (el clan, la tribu), que nos sustentaba frente a un mundo que no controlábamos. Pero el avance en el control de las circunstancias materiales (desde la agricultura a la ingeniería genética, en un recorrido de varios miles de años), responsabilizándonos de nuestro destino, ha implicado necesariamentea avanzar en un proceso de individualización y racionalización que, como contrapartida, conlleva un creciente alejamiento emocional del mundo real. Por ello, la construcción de la indentidad del hombre moderno, de su individualidad racional, es dura y emocionalmente dolorosa: no es fácil pensar por uno mismo, ser uno mismo.

De ahí que, con frecuencia, este alejamiento emocional del mundo se intente compensar mediante la ascripción al grupo. Lo que sucede es que ello exige siempre renunciar a la responsabilidad sobre el propio destino, transferir esta responsabilidad al partido, la iglesia, la comunidad de creyentes, el líder, la nación territorial y mítica (la identidad premoderna se caracteriza por organizar la realidad en torno al espacio y al mito, mientras que la moderna la organiza en torno al tiempo y a la ciencia).

Ser una persona libre nunca ha resultado fácil. Ni gratis. Y en ello estamos.

tumbaito dijo...

¡Convicción! ¡Convicción! ¡Lo que sobra es convicción! ¡Coño!

Lo que hace falta es gente que cuando está haciendo algo se gire preocupada y pregunté: ¿creéis que lo estoy haciendo bien? Y gente que sin la menor convicción diga: creo que sí, o quizá: mejor así, ¿no? Y que se preocupe en ayudar porque la bondad de esa cosa que se está haciendo será aval de futuras acciones.


¡LA CONVICCIÓN MEJOR QUE SE LA METAN POR EL CULO!