22 diciembre, 2007

Oh, la Navidad

Ay, cuanto gozo nos da la Navidad. Un auténtico aquelarre. Supremo desorden, inversión de roles y funciones, mascarada completa, la Navidad ha sustituido al Carnaval. Ocasión para el exceso, apoteosis de la heterodoxia, la Navidad se diferencia del Carnaval en que no se explica como preparativo para las penalidades y privaciones de la Cuaresma, sino como exaltación y recuerdo del nacimiento del Hijo de Dios. Por eso es mucho más transgresora la Navidad que en estos tiempos se vive, porque no significa la pequeña licencia previa al fervoroso recogimiento, sino la prueba de que no cabe ya recogimiento ninguno, de que la vivencia de la religión se ha carnavalizado por completo y de que, por otro lado, la sociedad, plenamente laica dígase lo que se diga, usa la religión como supremo pretexto para el festejo profano, ya que la imaginación secular no ha sido capaz de inventar alternativas a la fe, ni siquiera a la hora de romper cadenas y afirmar hedonismos. Menos mal que la fe se corrompe a sí misma y la religiosidad la matan los creyentes a base de ponerse como cerdos en homenaje a su dios.
En Navidad los ateos honran a los Reyes Magos, colocan el nacimiento, bien presidido por la Estrella de Belén, conmemoran el nacimiento de Cristo con una muy familiar y armoniosa cena de Nochebuena y acaban por entregarse a un sincretismo religioso hecho de los ritos más heterogéneos y de la acumulación de todas las supersticiones. Por su parte, los supuestos creyentes y practicantes se ponen hasta el culo de langostinos y besugos, aprovechan las reuniones con los parientes para socavar todo lo que pueden esa que ellos llaman célula básica de la sociedad, enseñan a sus hijos que lo bonito de la fe es que te caen regalos a mansalva y se gastan en un par de ágapes lo que alimentaría a una aldea africana durante todo un año.
A mí lo que me gusta particularmente es el respeto a la libertad individual que se vive en estas fechas. Te toca escuchar por bemoles los villancicos pelmazos, sea en la calle o en los comercios, te llenan todo de luces horteras al día siguiente de recordarte que el mundo se va al carajo como te dejes dos días encendida una bombilla casera, las familias políticas llevan en la sonrisa la daga mejor pulida, los hijos adolescentes se ratifican en su vieja impresión de que es agobiante cenar al mismo tiempo que los padres, el cava de tercera ablanda el seso para que el personal engulla los más vomitivos especiales televisivos, en los que aparecen todo tipo de muertos vivientes y sombras de un pasado tan cutre como el presente. También son estupendos esos obsequios que tú nunca te comprarías, por autoestima y porque jamás imaginaste que alguien pudiera verte tan capullo como para ir por la vida con eso puesto. Y esos niños que de los ochocientos regalos carísimos se quedan con el envoltorio que hace fru-fru al apretarlo, en lugar de con esos jodidos juegos que siempre son para edades que ya pasaron y que dan tanta vergüenza si los descubren los colegas del cole.
Bah, no sigo.
Felices fiestas. En serio.

1 comentario:

Antón Lagunilla dijo...

Tiene usted toda la razón, ya no sabemos celebrar el solsticio de invierno como en los buenos tiempos. Pero estamos vivos después de todo un año, y hay gente que nos quiere. Poco más se puede pedir.

Felices fiestas, extensivas a todos los contertulios.