25 agosto, 2008

El Manifiesto y la lengua bífida

Pues de fuente absolutamente fiable acabo de saber una cosa muy edificante y poética sobre nuestros ecuánimes gobernantes. Resulta que a un importantísimo artista lo acaban de cesar como miembro del Patronato del Instituto Cervantes. Casualmente había firmado el llamado Manifiesto de la Lengua Común. En este Régimen, como en otros, también te pasan factura por dar la lengua más de la cuenta. O será todo un desgraciado azar. Por cierto, del prudente Gazmoñeda no hemos sabido que haya tenido que padecer ostracismo, castigo, merma de la cartilla de ahorros o deshaucio de la casa que le cedió la Diputación franquista antes de que él ejerciera de vate de la oposición retroativa en el gobierno. Es lo bueno de tirarse en marcha: que no resulta tan embarazoso.
Y ya que estamos con el tema, ahí copio artículo ad hoc de mi siempre admirado Pérez Reverte. Tendrá razón unas veces y otras no la tendrá, como cualquiera que no sea del Partido, pero zumba como pocos, y eso ya es muy de agradecer en estos tiempos de poetastros venales y pichicortos.
Mi propio manifiesto (I). Por Arturo Pérez Reverte
A ciertos amigos les ha extrañado que el arriba firmante, que presume de cazar solo, se adhiriese al Manifiesto de la Lengua Común. Y no me sorprende. Nunca antes firmé manifiesto alguno. Cuando leí éste por primera vez, ya publicado, ni siquiera me satisfizo cómo estaba escrito. Pero era el que había, y yo estaba de acuerdo en lo sustancial. Así que mandé mi firma. Otros lo hicieron, y ha sido instructivo comprobar cómo en la movida posterior algún ilustre se ha retractado de modo más bien rastrero. Ése no es mi caso: sostengo lo que firmé. No porque estime que el manifiesto consiga nada, claro. Lo hice porque lo creí mi obligación. Por fastidiar, más que nada. Y en eso sigo.
No es verdad que en España corra peligro la lengua castellana, conocida como español en todo el mundo. Al contrario. En el País Vasco, Galicia y Cataluña, la gente se relaciona con normalidad en dos idiomas. Basta con observar lo que los libreros de allí, nacionalistas o no, tienen en los escaparates. O viajar por los Estados Unidos con las orejas limpias. El español, lengua potente, se come el mundo sin pelar. Quien no lo domine, allá él. No sólo pierde una herramienta admirable, sino también cuanto ese idioma dejó en la memoria escrita de la Humanidad. Reducirlo todo a mero símbolo de imposición nacional sobre lenguas minoritarias es hacer excesivo honor al nacionalismo extremo español, tan analfabeto como el autonómico. Esta lengua es universal, enorme, generosa, compartida por razas diversas mucho más allá de las catetas reducciones chauvinistas.
La cuestión es otra. Firmé porque estoy harto de cagaditas de rata en el arroz. Detesto cualquier nacionalismo radical: lo mismo el de arriba España que el de viva mi pueblo y su patrona. Durante toda mi vida he viajado y leído libros. También vi llenarse muchas fosas comunes a causa del fanatismo, la incultura y la ruindad. En mis novelas históricas intento siempre, con humor o amargura, devolver las cosas a su sitio y centrarme donde debo: en el torpe, cruel y desconcertado ser humano. Pero hay un nacionalismo en el que milito sin complejos: el de la lengua que comparto, no sólo con los españoles, sino con 450 millones de personas capaces, si se lo proponen, de leer el Quijote en su escritura original. Amo esa lengua-nación con pasión extrema. Cuando me hicieron académico de la RAE acepté batirme por ella cuando fuera necesario. Y eso hago ahora. Que se mueran los feos.
Quien afirme que el bilingüismo es normal en las autonomías españolas con lengua propia, miente por la gola. La calle es bilingüe, por supuesto. Ahí no hay problemas de convivencia, porque la gente no es imbécil ni malvada, ni tiene la poca vergüenza de nuestra clase política. La Administración, la Sanidad, la Educación, son otra cosa. En algunos lugares no se puede escolarizar a los niños también en lengua española. Ojo. No digo escolarizar sólo en lengua española, sino en un sistema equilibrado. Bilingüe. Ocurre, además, que todo ciudadano español necesita allí el idioma local para ejercer ciertos derechos sin exponerse a una multa, una desatención o un insulto. Métanse en una página de Internet de la Generalidad sin saber catalán, por ejemplo. De cumplirse el propósito nacionalista, quien dentro de un par de generaciones pretenda moverse en instancias oficiales por todo el territorio español, deberá apañárselas en cuatro idiomas como mínimo. Eso es un disparate. Según la Constitución, que está por encima de estatutos y de pasteleos, cualquier español tiene derecho a usar la lengua que desee, pero sólo está obligado a conocer una: el castellano. Lengua común por una razón práctica: en España la hablamos todos. Las otras, no. Son respetabilísimas, pero no comunes. Serán sólo locales, autonómicas o como queramos llamarlas, mientras los países o naciones que las hablan no consigan su independencia. Cuando eso ocurra, cualquier español tendrá la obligación, la necesidad y el gusto, supongo, de conocerlas si viaja o se instala allí. En el extranjero. Pero todavía no es el caso.
Y aquí me tienen. Desestabilizando la cohesión social. Fanático de la lengua del Imperio, ya saben. Tufillo franquista: esa palabra clave, vademécum de los golfos y los imbéciles. La puta España del amigo Rubianes. Etcétera. Así que hoy, con su permiso, yo también me cisco en las patrias grandes y en las chicas, en las lenguas –incluida la mía– y en las banderas, sean las que sean, cuando se usan como camuflaje de la poca vergüenza. Porque no es la lengua, naturalmente. Ése es el pretexto. De lo que se trata es de adoctrinar a las nuevas generaciones en la mezquindad de la parcelita. Léanse los libros de texto, maldita sea. Algunos incluso están en español. Lo que más revienta son dos cosas: que nos tomen por tontos, y la peña de golfos que, por simple toma y daca, les sigue la corriente. Pero de ellos hablaremos la semana que viene.

2 comentarios:

Gaviota dijo...

Gran artículo. A pesar de no ser español, he observado como en mi país (Colombia) el problema radica en asuntos más banales, como es el caso de los acentos.

Nuestros actores de telenovelas acuñan acento mexicano, nuestras modelos hablan como las paisas colombianas, y quienes tienen pretensiones de ser más ilustrados que el resto de la humanidad, hablan como los cachacos (bogotanos de los años ´40 a ´80 con una forma de hablar muy particular). Las niñas tienen que hablar como las "teenagers" norteamericanas, con traducción simultánea inglés-español.

Parece ser que en España, el catalán se siente superior al vasco, y éste al gallego, y así sucesivamente, pero al menos se sienten orgullosos de quiénes son (aunque todos sean españoles y hablen español-castellano). Aquí, al parecer, es siempre importante parecerse a alguien, porque no basta con mostrar quienes realmente somos.

Felicitaciones por el ingreso, y por el blog en general.

medulas dijo...

Veamos. Soy leonés, mi mujer gallega, y mis hijos asturianos. Supongamos que mi futuro yerno sea catalán y mi futura nuera sea vasca. Reunión familiar
¿Lenguaje de signos o español?. Evidente
Salud