13 febrero, 2013

Testaferras



            Entre las renovaciones del lenguaje feminista que van haciendo falta, pues muchas nobles metas anteriores ya se han conseguido o vienen en camino, está la crítica del testaferrato de dama. Va quedando tan rancio y demodé, que sólo se compara con lo del joven pijo y embarretinado que le enseñaba a la novieta los maletines con el dinero del papá patriota que transportaba a Andorra, y que al acabar le soltaba a ella la pregunta típica:¿te gustó?

            La testaferra es esa señora a la que muchas veces no se le conoce más labor que aguantarle al marido el aliento y el carmín de la camisa, pero que acaba con medio extrarradio a su nombre, un prodigio inmobiliario de mujer, o como accionista de empresas cuyas iniciales desconoce o con sede legal en islas de mares ignotos.

            La testaferra firma escrituras de compra y de apoderamiento sin quitarse la mascarilla de pepino o mientras con la otra mano se pone crema en las ingles, y recibe de los bancos cartas a su nombre que no abre nunca porque no le parecen románticas y de los números se ocupa Manolo, y de los numeritos. Lo de esa mujer es un esfuerzo denodado por no saber, y no desentonaría en cualquier informe Pisa de por estos pagos, vive con la mente al día mientras se broncea el alma o se mete botox en los labios y la conciencia o comenta de sus cartucheras con otras señoras de firma de similar amplitud. Presume de tener amigas que tampoco saben y cuñadas que tampoco son ni parecen, pero a su Emilio no le reprocha ni las demoras ni los procesos, cuando llegan. Ella es la que se queda segura y con el patrimonio a buen recaudo hasta que él vuelva y decida fundar un partido local o hacerse nacionalista de algún sitio y mientras en las noches ventosas las llaves de las cajas de seguridad tintinean tras las puertas igual que si los jueces fueran sonsos o los policías se hubieran desmoralizado y porque no sé dónde vamos a parar en este país en que cualquier arribista se apropia debida e indebidamente como si se hubiera casado con alguien de buena casa, hija.

            La testaferra emite un tique mental después de cada polvo y a los hijos los tiene más por mandarlos a un colegio bueno que por amor, y porque en lo público hay mucho inmigrante y abundan los mal hablados. Empieza a sentir algo en verdad la primera vez que tiene que ir sola al banco porque el hombre está con la preventiva, y cruza las piernas mientras el director le mira la libreta o teclea algo como si le percutiera el clítoris y ella nota un pequeño mareo, un vahído, un incontenible deseo, irrefrenable ansia de tomarse un vaso de Perrier y luego desnudarse sola y deshacerse de unas obligaciones al tuntún, como poseída y vulgar o como si un día volviera a la sucursal del centro y le agarrara al director por los güevos sabiendo que él no va a gritar y que ella puede apretar y apretar con la fuerza de quienes tienen todo sin ser nadie, de los que pululan sin existir, existen sin sustancia, son sin haber sido y poseen porque los poseyeron.

            La testaferra es puta santa, ramera fina con frigidez contable, interdicto vitalicio, noble esposa sacrificada que nunca conocerá a un hombre como papá ni amará a ninguno como a ese chico que todos los días observa en el gimnasio mientras suda y se dice que no sé cómo se las arregla Puri para ser tan perra.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Sospecho que esto puede ser tildado de leso infantado.

Como siempre, impecable.

Juan Carlos Sapena dijo...

¡Jajajaja, qué tremendo, qué manera de repartir!
Excelente análisis y sospecho que certero.
¡Qué demoledor es el humor así a quemarropa!
No me canso. Ha estado fino hasta en lo de Puri la tan perra ¡Jajajaja!

cachibache dijo...

Preparémonos para incluir los datos del hijísimo en el listado:

http://www.elindultometro.es/index.html