01 febrero, 2013

Y ahora qué hacemos



                Llevo desde el domingo fuera de España, en la República Dominicana. Dos días de congreso y ponencias y hoy de excursión. La lejanía relaja, pero unos días de distancia también dan algo de perspectiva. Esta tarde, al llegar a mi hotel en Santo Domingo, me encuentro con las últimas informaciones sobre los “sobres” de los dirigentes del PP, Rajoy incluido. Más de lo mismo, lluvia sobre mojado, ya no va a escampar jamás, eso parece. Es sobrecogedor. Vivíamos en la mentira, en una completa burbuja, en la deliberada inopia, en el limbo de los injustos. Qué país vamos a dejar a nuestros hijos, cielo santo.

                La economía que parecía boyante resultó alucinación, la organización territorial del Estado es un sinsentido carente de cualquier lógica y de la más mínima justicia, se mire desde donde se mire, las administraciones públicas no administraban, dilapidaban sin control ni cálculo, la mayor parte de los empresarios no eran tales, sino piratas reconocidos, los sindicatos se fueron olvidando de los trabajadores y se hicieron casta particular, los partidos políticos más representativos tenían ideología b, interés b, cuentas b y complicidades entre ellos, promiscuidad de timadores irredentos. Las universidades despreciaban a los mejores investigadores. En la Justicia fueron quedando cuatro jueces tan honestos como acorralados. El legislativo lleva décadas legislando tontunas y mirando para otro lado para no ver el país. La ética pública nada más que estaba en los libros, la ética privada se convertía al hedonismo más ramplón, las instituciones se regían por intereses privados y los particulares buscaban las ubres alimenticias de las instituciones públicas.

                Del Rey abajo, un ciento, varios cientos o miles de procesados por todos los delitos económicos imaginables. Se hunden desde la Casa Real hasta los partidos mayoritarios en el Estado y las autonomías, mientras la mitad de los menores de treinta y pico años está en el paro, y con un paro total por encima del veintiséis por ciento. Estamos endeudados de por vida, tanto los particulares como el Estado, las comunidades autónomas y los ayuntamientos. Ya hay muchos pasando hambre, y más serán cuando se vayan muriendo los abuelos que reparten su pensión con la familia. Compramos casas por un dineral y no hay a quién venderlas ni a mitad de precio, mandamos a nuestros hijos a las universidades y no tienen salida ninguna ni en lo privado ni en lo público. Nos enorgullecíamos de la legislación más progresista del mundo en tantas cosas y ahora lo que más urge es organizar un buen sistema de beneficencia y de estimulación de la caridad privada.

                Y Rajoy y compañía cobraban sobresueldos en negro, recibían los billetes en sobres. Que sí, que no hay duda y que va a quedar sobradamente probado. El problema no es si ganaban más o menos estos o aquellos políticos, no habría nada ilegal, supongo, si el partido les ponía un sueldo adicional. El asunto es que recibían dinero raro, de procedencia ignota o sospechosa y que lo cogían con nocturnidad y no lo declaraban a Hacienda ni lo confesaban a sus electores. El problema, el horror, el espanto, es que ni la más remota duda nos va quedando de que nos han venido gobernando mangantes con siglas de todo pelaje, individuos de doble cara, corruptos morales y con las corrupciones adicionales que son consecuencia de esa primera.

                Hasta hace bien poco no queríamos verlo. Ahora, casi sin transición y cuando el desengaño es irreversible, tenemos que empezar a pensar en el día después. El día después de todo esto que ya llega, que ya está aquí, con condenas judiciales o sin ellas, pero con certezas sin escapatoria. Debemos empezar a pensar seriamente en nuestros hijos y va siendo tiempo de reflexionar privada y colectivamente. Nunca más podremos vivir con esa ceguera, con semejante conformidad con un destino que parecía hermoso y tenía los pies de barro y nuestros días contados. Cómo y dónde van a poder vivir nuestros hijos, qué país les cedemos, a qué futuro gris los condenamos. Por amor a nuestros hijos tendremos que cambiar nuestros hábitos privados, nuestro conformismo irreflexivo, nuestra tolerancia sospechosa, nuestras maneras de entender también la vida pública y nuestras conductas de ciudadanos. Porque nos estamos quedando solos, porque ahí arriba no resta en quién confiar ni paraguas que no rompa este huracán de cruel realidad.

                ¿Vamos a seguir votando lo que votamos? ¿Continuaremos aplaudiendo la picaresca ubicua o negándonos a mirar lo que nos rodea? ¿No renunciaremos a las complicidades, los tópicos baratos, las rivalidades de pega, el egoísmo y la insolidaridad? Es urgente que salgamos del cascarón y los algodones y que colectivamente tomemos las riendas. La transición de verdad empieza ahora, transición o ruina. O logramos nuevos acuerdos sobre una base de decencia y compromiso, o nos llevamos a la tumba el porvenir de unas cuantas generaciones. Borrón y cuenta nueva y a hacer una nueva Constitución, a cambiar las reglas del juego, pero ahora en serio. Sin miedo, porque nada asusta más que dejarse ir en esta nave de locos y perversos. Volver a empezar, o acabar sin dejar más rastro que la miseria y el oprobio.

                O emigrar. Estoy fuertemente impresionado con este país que no conocía, República Dominicana. Vienen de la pobreza y la injusticia extrema, pero se está haciendo la luz a pasito de merengue, hay pujanza, optimismo, afán de mejorar en todo, propósitos de ir haciendo país y haciendo justicia. En poco tiempo el ser español se va convirtiendo en mácula, retornan los complejos y se esfuma el orgullo, la desesperanza se apodera del alma. Emigrar, sí, cada uno como pueda y a donde pueda, si no nos ponemos de acuerdo para barrer nuestra casa y para no tornarnos un Estado fallido y un pueblo perdido.

9 comentarios:

Anónimo dijo...

El teatrillo de la traicision se viene abajo y el ventilador ha sido encendido. Se acercan tiempos interesantes

Exiliado dijo...

El que pueda, que se vaya buscando otra nacionalidad, por si acaso.

Juan Carlos Sapena dijo...

Nada pueden hacer los que nunca fueron nada.
Decía un bolero, como el doctor aquel, que todo era mentira.
Hay una decena de tipos de verdad, según la wikipedia, pero solo uno de mentira. Ésto puede indicar que la mayor parte de las verdades que asumimos como tales son, también, mentira; o que el afán del hombre es encontrar la verdad, buscar un asidero. Pero todo es mentira.

Un saludo.

Anónimo dijo...

"O logramos nuevos acuerdos sobre una base de decencia y compromiso, o nos llevamos a la tumba el porvenir de unas cuantas generaciones"

¡¡¡Que razón tiene!!!

Luis Simón Albalá Álvarez dijo...

Terrible.

Anónimo dijo...

Resumes lo que ya hace tiempo me ronda en la cabeza. Tomé medidas yéndome a vivir a una ciudad más grande hace unos meses, pensando en nuevas oportunidades. Me negaba a pensar que por mis cuarenta y siete años, ya nunca tendría empleo, pero la soga sigue apretando y mi próximo movimiento será irme a un medio rural si el arrinconamiento que los dirigentes hacen sobre mi persona continúa. Más tarde, si eso tampoco funcionara, buscaría otra solución.

No me hace falta ver las noticias en Tv para saber que me estaban y estan robando y lo que es peor, lo hacen sobre mis hijos sin impunidad. Me siento fracasada como madre y cabeza de familia, cansada de tanta lucha, pero aun tengo coraje y continuaré buscando soluciones a mi situación.

Esto se está convirtiendo en una película de terror.

Anónimo dijo...

Estamos en estado de derecho a cambiar esto, nosotros los ciudadanos de a pie legales y leales con principios , en nuestro saber y entender podemos apretar y desenfundar nuestro poder de persuasión y acabar con esta mentira que nos esta destruyendo

Perplejo dijo...

Estimado Juan Antonio y estimados amigos,

Este último escándalo no me ha escandalizado lo más mínimo. Sólo puede escandalizar a quien se ha negado a mirar cara a cara la realidad de este país. Y el presunto escándalo, por supuesto, no es sino la punta del iceberg.

No se trata de una disfunción eventual, subsanable haciendo que "rueden cabezas" (que serían, además, recolocadas inmediatamente): se trata de una disfunción estructural, sistémica. Y, una vez más -soy el primero en estar cansado de mis reiterados argumentos-, se trata de un sistema sustentado por la mayoría de los españoles.

Podemos hacer cuantos análisis queramos, proponer cuantas reformas creamos oportunas; pero, en última instancia, nada servirá realmente hasta que se asuma y se intente poner remedio al auténtico mal: que a una buena parte de los ciudadanos de este país le es más o menos indiferente la profesionalidad y la honestidad de sus representantes políticos, la independencia de los medios de comunicación (y de "la justicia"), la calidad de su sistema educativo y un largo etcétera.

La mayoría de los españoles actuamos como si un sistema verdaderamente democrático pudiese mantenerse sin nuestra implicación política y el control activo de nuestros representantes. Ante todo, queremos no “calentarnos la cabeza”, disfrutar de nuestro ocio sin más complicaciones, tomarnos nuestra cervecita comentando el partido de la jornada y que el mundo “lo arreglen otros”: en suma, disfrutar de nuestros derechos obviando alegremente nuestros deberes como ciudadanos. Y hablo sólo de los “indiferentes”. Para qué hablar de los (muchos) que, en su ámbito de posibilidades, reproducen las corruptelas de “los de arriba”. O los que están donde están gracias al padrino de turno; y agradecidos de por vida (el clientelismo, esa enfermedad nacional).

Luego, claro, cuando todo empieza a irse al traste, cuando el chiringuito no soporta tanto y tan extendidos mamoneo e indiferencia, nos acordamos de santa Bárbara y nos apuntamos a la indignación, la revolución “guillotinera” o a alguna otra “solución” irracional y vociferante. Muy vociferante.

Preguntado por un joven acerca de qué habría que hacer para reformar la sociedad, Thomas Carlye le respondió, soberbiamente: “Refórmese usted. Así habrá un granuja menos en el mundo”.

¿Una democracia de verdad en un país donde los granujas, granujones o granujillas son mayoría? ¿Una economía solvente en una sociedad donde el príncipe Nepote y la princesa Cigarra se ríen de la profesionalidad y la meritocracia? Que alguien explique cómo.

Como he dicho demasiadas veces, nuestros políticos son como somos. Y sólo cambiarán cuando cambiemos.

Esto va para largo. Para muy muy largo. Yo ya estoy convencido que la alternativa es la que propone el amigo Exiliado.

Perplejo dijo...

Una última puntualización.

Algunos afirman, con razón, que la base para ir arreglando las cosas es la educación. La familiar y la estatal.

Ahora bien: ¿cómo esperar que los padres eduquen en unos valores que no tienen ni practican?

¿Quién va a presionar para que se produzca una reforma radical del sistema de enseñanza? ¿Esos padres? ¿Los políticos de la oposición?

Como apunta el último anónimo, este país sólo podrá ir cambiando (muy poco a poco) si los ciudadanos honestos, si aquellos que practican la honradez y defienden la meritocracia se implican de forma intensa en la esfera pública (y en la privada). Y a cruzar los dedos para que se conviertan en ejemplo, antes de que los quiten de enmedio.