10 febrero, 2015

Huesos y literatura. Por Francisco Sosa Wagner



Un esfuerzo grande está haciendo un grupo de especialistas por encontrar los huesos de don Miguel de Cervantes y recomponerlos para presentarlos en sociedad quizás con las galas del difunto o en forma de alguna otra truculencia... no sé porque ignoro cuál es el sentido de tantas fatigas.

Veamos. La mayor parte de los humanos necesitamos que nuestros huesos -o nuestras cenizas- sean conservados en algún lugar para que nos rindan culto familiares y amigos, una vez que estemos -confundidos allá en lo hondo de los misterios- con el viento y las olas del mar. De ahí el invento de la tumba y del cementerio de muertos bien relleno manando sangre y cieno que impide el respirar.

Hay culturas antiguas en las que para convocar a un muerto en una sesión de espiritismo se usaban sus huesos y, si faltaba alguno, se sustituía por una pieza de madera bellamente aparejada. Las brujas, cuando han sido hacendosas y eficaces, las brujas antiguas y con certificado de excelencia expedido por la agencia nacional de la brujería andante, es decir, las de las cuevas de Zugarramurdi y espacios similares habitados por Julio Caro Baroja, han manejado siempre los huesos como materia prima para sus pócimas y ungüentos. Sin huesos una bruja está más perdida que un fregador de platos sin Fairy. Y así, en un buen bebedizo para recuperar el amor de quien se ha hecho humo, no ha faltado nunca un fémur triturado y aderezado con especias orientales. Remedio infalible: el huido volvía  y lo hacía entregado, solicitando ávido el perdón y pidiendo ternuras.

Esto es así y vale para todos los humanos que, al final de los trajines, quedamos en puros esqueletos, restos mortales, desvaídos, con esa estampilla burlona que la Muerte nos ha puesto encima para enviarnos al sueño pegajoso y monótono.

Pero no rige para Cervantes. Como tampoco para Mozart ni para Vermeer. ¿Por qué? Porque ellos carecen de “restos mortales” al ser pura inmortalidad, vida eterna que se propaga y se vivifica a diario cada vez que nos los encontramos en las cumbres de la emoción estética: leyendo sus páginas, oyendo su música o admirando sus cuadros. 

Estos hombres han dejado no restos mortales sino “rastros inmortales” que peregrinan sin cesar y sin permitirnos un olvido porque el olvido sería un terraplén que nos conduciría a la sima angustiosa de la barbarie.  

Se podrán caer las más altas torres; se podrán deslustrar las mejores famas; podrán secarse las fuentes y apagarse las luces de una estrella; podrán las entrañas de la tierra vomitar fuego y esparcir su destrucción ...  pero las páginas que recogen la aventura de los leones o los amores de Lotario y Anselmo por Camila (como el Cosí fan tutte o la adorable muchachita de la perla) quedarán ahí gozando de su soplo eterno, renacidas siempre de entre cenizas y devastaciones como un arroyo prodigioso e inmortal.

Buscar los huesos de Cervantes es algo tan inútil como buscar los huesos de una estatua.