15 febrero, 2015

Modesta apología de la indignación activa



  Cuentan los más variados tratadistas en materia ética que, aun cuando el cometido de la teoría moral consista antes que nada en tratar de diferenciar el bien del mal en las acciones, la justicia e injusticia en el obrar y en las situaciones resultantes, en la práctica social el sentimiento moral se traduce en acciones y actitudes de loa o de rechazo. Sea desde una moral crítica y reflexiva, sea desde la moral positiva y socialmente dominante, el individuo asume unos valores morales que funcionan no sólo como pauta para el enjuiciamiento interno de su propia conducta, sino también como guía del juicio sobre la conducta ajena.

  Cuando vemos al asesino torturador ensañarse con su víctima no nos limitamos a dictaminar en sede teórica sobre la maldad o injusticia de su acción, sino que expresamos de variadas maneras nuestra repulsión moral, nuestro personal rechazo. Allí donde los ciudadanos hicieran su interno veredicto, pero no manifestaran hacia el exterior, hacia los demás, su juicio sobre las que estiman buenas o malas acciones, tendríamos una sociedad que en la práctica funcionaría cual si fuera perfectamente anómica. Si yo, por imperativo de mi moral, me abstengo de apoderarme de la cartera llena de billetes que se le acaba de caer al peatón con el que me cruzo en la acera, pero también dejo de expresar mi disgusto en caso de que vea a otro apropiase ese dinero, manejo una especie de ética demediada, amputada.

   La moral pierde su eficacia social y su dimensión comunitaria cuando los sujetos bloquean las expresiones de su desacuerdo ético con las conductas ajenas, cuando no ven razón para hacer valer hacia los otros y ante los otros las reglas que internamente asumen y con las que orientan su conducta propia. Si uno honestamente piensa que la moral que personalmente asume es razonable, tiene una razón de mucho peso para exponerla no sólo en su particular manera de actuar, sino también en sus juicios explícitos sobre la conducta de los otros. Porque, además, esa comunicación y el posible debate consiguiente, son la mejor base para la elaboración colectiva, comunicativa, de una ética común razonable. Cuando, sin motivos reales para el miedo, renuncio a juzgar moralmente a los demás y a expresar tales juicios en los términos más claros, estoy invalidando o relativizando insoportablemente esa ética mía. No se trata de buscar el heroísmo, para nada, sino de evitar la cobardía, pues es absoluta la antítesis entre moralidad personal seria y cobardía pública inmotivada.

  Pretender hacer valer las propias razones a base de explicitar los juicios morales personales no tiene por qué significar que se busque imponer la razón de uno ni creer que es uno el único que está en posesión de la razón. Es querer compartir razones a base de salir del egocentrismo total y es dar vía adecuada al compromiso con los demás, al que también nos fuerza una creencia moral que consideremos razonable y defendible.

  ¿Por qué me viene todo lo anterior y adónde quiero ir a parar? A lo siguiente: a la abominación de los silencios y las silentes censuras. Grupo de amigos o compañeros, pongamos por caso, comentario general sobre ciertas fechorías bien inmorales de alguien al que conocemos. Jolín, cómo es, cuánto descaro, qué pena que haya gente así, no sabemos por qué lo hace, etc., etc. En ese momento, uno dice, con todas las letras, que sí, que ese sujeto al que nos referimos es un sinvergüenza integral, un completo indecente. Entonces, se hace un tupido silencio que, todo lo más interrumpen algunas toses o unos pocos intentos para cambiar de tema. Y todo porque mientras todos andaban en el vaya, vaya, uno se animó a colocar el epíteto moral más duro, la descalificación moral más contundente. Se admite hoy en día con más o menos reservas el no me gusta, pero sin más, sin el paso al terminante veredicto, al juicio rotundo sobre la maldad de la persona mala. En cambio, no pasa nada ni hay tales reacciones de distancia prudente cuando uno afirma que otro es bueno, ejemplar y loable.

   Si no yerro, vivimos en una sociedad aquejada de cobardía moral. Decirle a alguien a la cara que obra con injusticia equivale a mentarle a la mamá, suprema ofensa, descortesía supina. Pero no sólo eso. Cuando se habla de un tercero tampoco se quieren descalificaciones terminantes. No es que se vayan a pedir justificaciones, explicaciones de por qué se hace el juicio negativo y claro. Eso sería razonable. No, se rechaza el rechazo y, con ello, se amputa la expresión mejor y más pura de la indignación moral. Y una moral que no se puede expresar es una moral socialmente impotente. En nuestras ciudades tan libres, impera una taimada censura moral.

   ¿Por qué será? Quizá se explica por la acción combinada de varios factores. La moral se está contaminando de cortesía. Decirle al malo que es malo o decirlo del malo resulta de mal gusto, parece que va contra la urbanidad, es como un eructo o como comer con las manos o masticar con la boca abierta y mucho ruido. Inquieta a la concurrencia, la desconcierta y la incomoda. Pero la moral, si es seria, importa más que la buena educación. Diríase, incluso, que tendría que ser de buena educación no disimular los sentimientos morales, y más si se está dispuesto a fundamentarlos. ¿Por qué callar si es importante y a todos afecta lo que hay que decir?

   Puede que también hayamos entendido muy mal el significado de la tolerancia y del pluralismo. Por supuesto que debo yo respetar al que piensa distinto y actúa diferente. Yo puedo ser un ateo con una moral sexual de lo más liberal y el otro puede ser un católico muy convencido y con mucho más estrictas opiniones morales sobre el sexo, la familia y el mundo. Podemos tanto debatir como respetarnos profundamente. Cosa diferente es que uno y otro sepamos de las andanzas de un consumado ladrón. ¿No podemos, uno y otro, decir que el ladrón es un maldito ladrón? ¿O acaso, en aras de la tolerancia y la apertura de miras, debemos a ese también respetarlo y no calificarlo, no sea que su moral personal le permita robar y quiénes somos nosotros para juzgar de morales y conductas ajenas? Si tal cosa es lo que entendemos como ser tolerantes, va siendo hora de que prescindamos de una buena parte de tan absurda tolerancia.

  Y algo de cobardía, cómo no. Si tres compañeros hablamos sobre cómo es Fulano y que, mecachis, es una pena que se haya vuelto tan corrupto y amigo de lo ajeno, podemos sentirnos en una conversación grata y en un cotilleo sabroso. Si en ese momento Fulano llega al bar, no notamos mayor desgarro al cambiar de tema y ponernos a tomar unos vinos con él, comentando la nevada que cayó la pasada semana y el frío que hace. En cambio, si hemos dado rienda suelta a nuestros juicios morales y con todas las letras le hemos puesto el calificativo que merece, el de ladrón indecente y asqueroso, y en ese instante se presenta allí y le sonreímos y lo tratamos con la mayor finura y completa deferencia, nos estamos retratando a nosotros mismos: somos unos enanitos. Y a nadie le gusta sentirse tan birria, tan poquita cosa, tan débil y tan sin sustancia. Y qué decir si Fulano tiene algún poder o cierta influencia o puede suponernos alguna incomodidad el no llevarnos bien con él. La forma de asegurarnos impunidad social cuando con él tratemos por nuestra propia conveniencia es podar y reprimir toda expresión moral seria de su negativa condición. Y, encima, mientras nos humillamos y ponemos nuestra autoestima a la altura de nuestra debilidad moral, presumiremos de ser gentes tolerantes, abiertas, comprensivas y con mucho mundo.

   Naturalmente, sabemos que reprimir el juicio moral propio y el ajeno nos pone a los ojos de los demás en una posición de cierta debilidad, puede el prójimo pensar que carecemos de convicciones o de carácter para hacerlas valer. Ante tal inquietud, nos vienen de perillas unos mecanismos de desplazamiento. Claro que soy un tipo moralmente sensible, por supuesto que veo, siento, juzgo y me indigno, es evidente que no admito ni la injusticia ni la indecencia, menudo soy yo: y me pongo a echar pestes de los políticos venales, de los avariciosos banqueros o de los maltratadores domésticos. A ser posible, de todos los que estén a más de doscientos kilómetros y con los que personalmente no haya tenido trato ni piense tenerlo.

   Reivindico la indignación moral y su expresión más clara. Y sin cuentos ni disimulos. ¿No estamos de acuerdo en que nuestros compromisos morales positivos son tanto más fuertes cuanto más cercanas las personas a las que afecten? ¿Es mejor y más intenso el mandato de ayudar al enfermo aquí delante caído en la calle o al que está muy lejos de nuestro alcance y nuestra posibilidad de hacer algo? Diríamos que al cercano. Entonces, ¿por qué del sinvergüenza de aquí al lado no puedo decir que es un sinvergüenza y, sin embargo, puedo ensañarme muy a gusto contra Bárcenas en medio del aplauso y la aquiescencia de cuantos me rodean y me escuchan?